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Letrinas: Pena máxima

De vez en cuando es bonito sentirse parte de algún lugar, de alguna calle, de algún equipo.

20 enero 2020

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Delirium Tremens | Por Alejandro Carrillo


No pude dormir en toda la noche. En mi cabeza repasaba una y otra vez la jugada del gol del triunfo; recuperamos en media cancha, pared con “Zorro” que filtra para “Quesos” sobre la banda izquierda, le hago la pasada a toda velocidad y me la tira sobre el borde del área, recorte hacia adentro para deshacerme del lateral y cachetear la bola a segundo poste antes de que cierre el central, imposible para el portero. Golazo para ganar la final que nos llevaría a representar al estado en el torneo amateur más importante del país y en el Estadio Azteca.

Jugamos todos los fines de semana durante casi medio año para llegar a este partido. Atrás quedaron los campos de tierra -y vidrios-, las líneas malpintadas con cal y las batallas campales. Después de mucho sudor y sangre, los Truenos de San José habíamos llegado al partido final de la liga más difícil y competida del mundo: la Liga Estatal de Barrios.

Muchos de mis compañeros habían sacrificado tiempo en la casa y en el trabajo para poder estar en casi todos los juegos de la temporada. Los 54 goles que había logrado (más que José Saturnino Cardozo en su mejor año) me convirtieron en el romperedes de la liga y en el rompecorazones de la colonia. La mejor ofensiva y los menos goleados, el más regular de 150 equipos y una aplanadora durante la liguilla; 5-1, 6-0, 9-0 y así.

De vez en cuando es bonito sentirse parte de algún lugar, de alguna calle, de algún equipo. Y así pasó con el Barrio de San José y los Truenos. Los sábados o domingos, familias enteras de la colonia se organizaban para ir a vernos jugar. Se repartían en coches y camiones de redilas con trapos y banderas hechizas: “Truenos Orgullo de San José”, “De San José al Estadio Azteca”, “Aquí sólo nuestros chicharrones truenan” y ese tipo de cosas para apoyarnos durante los partidos. Incluso las madres de familia llevaban cubetas, cazuelas y sartenes para hacer ruido en la grada y echarnos porras. Chiquitibum bombita. Cómo no sentirse parte del barrio cuando hasta los jefes de manzana organizaron una coperacha casa por casa para comprarnos los uniformes que estrenamos en la liguilla.

Y aquí estamos, a 45 minutos de lo que podría considerarse una de las mayores proezas en la historia de San José y por lo que quizá muchos de nosotros seremos recordados en el barrio. El medio tiempo de la final-finalísima contra los pirrurris del Zenit Interlomas y el marcador a nuestro favor cuatro a cero. Todavía antes de iniciar el partido fui a tirar el nervio en forma de vómito atrás del tiro de esquina. Pienso que la noche en vela valió la pena. Cuestión de aguantar el marcador, tocar la bola y hacer otro par de goles y jugaditas para levantar a la tribuna. Hoy hasta trajeron una sirena de ambulancia (con todo y ambulancia) que suena cada que cobramos un córner a favor.

Pero no, el Zenit Interlomas no va a vender tan barato el pase al torneo nacional, se trata de un equipo semiprofesional con jugadores que cobran por gol, por pase y por partido. Les falta barrio, pero eso no les quita calidad; apenas al minuto y medio sorprenden a nuestro guardameta “El Cuino” con una raya desde tres cuartos de cancha que sólo le he visto a Marcelino Bernal en sus mejores tiempos.

Salimos muy confiados a la segunda mitad y pum, el segundo en un cabezazo pegado al poste al más puro estilo de Carlos Hermosillo. Cuatro a dos y se me revuelve el estómago, -venga, carajo, respeten al rival, métanse al partido- les digo a mis compañeros. En la banca el profe echa lumbre y la tribuna ha sido invadida por la tensión.

Jugada cerrada que me deja mano a mano contra el arquero rival –aquí se acaba todo-, picadita al balón por encima de la cabeza y… ¡¿Jorge Campos?! … Se rehace y ataja, sale con un despeje preciso y me dice: nadie te va a creer.

Observo con atención al Zenit Interlomas, los pechofríos del primer tiempo se han convertido en la Selección Nacional de 1994. Claudio Suárez y Nacho Ambriz repartiendo leña al “Zorro” y al habilidoso “Quesos”. Joaquín del Olmo y Benjamín Galindo tirando gambetas en medio campo y arriba Zague y Luis García jugando a tal velocidad que rompen la barrera del sonido y las caderas de nuestros centrales.

Falta en contra. Uno, dos, tres pasos. Alberto García Aspe la cuelga al ángulo y no doy crédito a lo que veo. Cuatro a tres. Vuelve el nervio en forma de vómito. ¡Árbitro ciego! ¿No te das cuenta que el Zenit Interlomas ha alineado de forma indebida a nuestros ídolos del Mundial de Estados Unidos?

A diez del final, Luis García de media vuelta empata los cartones. Cuatro a cuatro y se nos escapa la Liga Estatal de Barrios, el torneo nacional y la oportunidad de ser alguien por lo menos una vez en la vida, trascender y llegar a donde ningún vecino del Barrio de San José ha llegado: el césped del Estadio Azteca.

Con el cuchillo entre los dientes aguantamos los últimos minutos tirando faltas, jalones y escupitajos para intentar remediar la situación. En la banda Mejía Barón no se guarda nada y le da la papeleta de cambio al mismísimo Hugo Sánchez para jugar lo que queda del partido. Pareciera que en este duelo se quieren quitar de encima tantos años de desgracia nacional.

Pero entonces se gesta el milagro. A Ramón Ramírez se le alarga un balón en medio campo que “Zorro” recupera y da en corto, le regreso la pared y me echo a correr por la banda izquierda, “Zorro” filtra para “Quesos” y yo le hago la pasada a toda velocidad para que me la tire sobre el borde del área, recorte a Nacho Ambriz hacia adentro para cachetearla de chanfle al segundo poste que me está regalando “El Brody” y entonces pum… ¡el codo del “Potro” Gutiérrez!

Tirado en la hierba no sé lo que pasa. Pitazos, dimes y diretes. Sangre por todos lados. El árbitro ciego con el silbato en la boca. Vista nublada. Pena máxima. ¡Penalti a favor de los Truenos de San José! ¡Árbitro justo! ¡Árbitro conocedor!

Y ahí voy para arriba, me reincorporo como puedo. Me encumbro épicamente, homéricamente, para cobrar el penalti que nos hará ganar la final. Me pongo de pie para llevar a mi equipo a los anales de la historia del fútbol de llano, al torneo nacional, al Estadio Azteca. Me elevo momentáneamente por encima de la realidad y las carencias del barrio, de la familia y del país en el que nos tocó vivir. Me acomodo las espinilleras, las calcetas y me amarro los zapatos lentamente, religiosamente, porque a lo lejos escucho la voz de mi madre que grita enérgica desde la cocina que ya son las seis y cuarto, que se me va a hacer tarde para llegar a la escuela.

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