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Letrinas: «El olor de las gardenias»


El olor de las gardenias

Mónica Blumen


JUEVES. VICTORIA ESTABA LISTA PARA SALIR AL ESCENARIO. Tenía los labios brillosísimos e hinchados de color rojo ardiente, y las tetas operadas y espectaculares. Todas las demás áreas de su cuerpo, sí cumplían con el cánon visual que ponía a los hombres como perros rabiosos. Janis, trabajaba con ella en el Amadeo Night Club. Bailaba en lencería delgadamente peligrosa y dominaba el arte del tubo como una mariposa que se desliza por las hendiduras de un tornillo. El show de ella, le abría pista a la única bailarina exótica que se desnudaba por completo y en partes, conforme los guitarrazos eléctricos de Scorpions, con Still loving you, y era, Victoria.

Los jueves se habían popularizado gracias a ella. Los hombres, que ya eran fieles a su show, lo bautizaron como «los jueves victoriosos».

Victoria también trabajaba como secretaria en un consultorio dental por las mañanas. Ya había comprado una camioneta y enganchado una casa pequeña de un piso. Se estaba haciendo de un buen ahorro, producto de sus desvelos y empeño físico; de trabajo arduo. Ya llevaba tiempo pensado en dejar el Amadeo.

Sabía que como cada jueves, iba a llegar El Chino Moreno a llenarle los tacones de billetes, y le iba a mandar un arreglo más de flores caras y exóticas, acompañadas de peticiones para tener una noche a solas, con ella.

Él, era uno de los clientes que más dinero le ponía alrededor de la correa de los altísimos tacones de charol negro. Lo hacía con el suficiente tiempo, mientras ella bailaba despacio y totalmente desnuda sobre su mesa. Contoneaba cada conjunto de sus huesos de manera suave, como una víbora que se arrastra en un desierto, dejando perfectas curvas en la arena.

            El jueves anterior, El Chino Moreno le había enviado un frondoso arreglo de tulipanes, y en la tarjeta decía «Para Victoria: la más exótica de las flores salvajes. Deseoso de tener una noche contigo a solas. Quiero que seas mía. De: Damián Tzu, tu Chino Moreno». El jueves antepasado le había enviado un arreglo de ranúnculos de variados colores y su respectivo mensaje: «Para Victoria: Estas hermosas flores te pertenecen, ¿Te gustaría a ti, ser de mi pertenencia? Serás solo mía. De: Damián Tzu, tu Chino Moreno». El jueves pasado al antepasado, un precioso arreglo de flores de azafrán había llegado a su camerino, y en la tarjeta: «Para Victoria: estas flores son un recordatorio de lo mucho que me encantaría tenerte encima de mí. ¿Me concederás una noche? Quiero que seas mía. La tercera, es la vencida. De: Damián Tzu, tu Chino Moreno».

            Damián Tzu, era descendiente de chinos. Sus ojos eran icónicamente rasgados, y su color de piel, muy morena. —Gracias, Chino Moreno —le murmullaba Victoria en el oído a Damián cuando terminaba su show y pasaba junto a él, para regresar a su camerino. A su paso, aprovechaba para recorrerle con sus uñas postizas de cinco centímetros, desde el hombro hasta la rodilla. Se mordía el labio superior con una sonrisa desdeñosa cuando lo volteaba a ver. Victoria no interactuaba así con ningún otro cliente, a pesar de que también le guardaban suficiente dinero en los tacones.

Ese jueves, antes de salir del camerino, Victoria dijo —¿Cuánto a que este pendejete ahora me manda unas orquídeas?. —¿Y si no, qué? —dijo Janis mientras se arreglaba frente al espejo del camerino que ocupaba casi toda la pared. —Está tan apendejado contigo ese güey, que no lo dudo hija —dijo mientras se ajustaba las copas del brasier lleno de lentejuelas azules. —Güey, ya dale pa sus chicles ¿no?, o se me hace que me lo ando echando yo, y le voy a cobrar bien cabrón —dijo— a la vez que observaba a Victoria directo a los ojos y se terminaba su cigarro. —Si me manda unas orquídeas hoy, neta que me largo con él en la noche… ya, a la chingada —dijo Victoria— y le dio una calada al cigarro de Janis. —Y si no, te vas a subir encuerada al cerro de la familia hoy, saliendo de aquí ¡perra! —contestó efusiva y extendió la mano. —Si ya me mandó todas esas flores bien pinches caras, ¿qué otras pueden seguir? Obvio orquídeas, ¡te la vas a pelar culera! —respondió— y selló la apuesta al responderle con su mano.

Terminó el show. Victoria se dirigió desnuda al camerino, como todos los jueves. En un brazo, se colgó la lencería que se había quitado. El olor de las gardenias le dio la bienvenida. —Ya te jodiste chula, ¿lista para encuerarte en el cerro?, —dijo Janis entre risas—. Victoria puso los ojos en blanco y se fue quitando todos los billetes que le había acomodado principalmente el Chino Moreno, en la correa de los tacones. A la vez que observaba el arreglo floral sin emoción en el rostro.

Viernes. 4:00 a.m. Iban en el carro de Janis rumbo al cerro de la familia. Habían preparado dos porros. Se estacionaron en la falda del cerro y subieron a la punta. Olía a árboles frescos. Veían el titiritar de las luces de la ciudad, mientras se iban pasando el porro. —Encuérate pues —le dijo Janis. Victoria la volteó a ver —Ay, no mames, claro que no. Ya equis, ganaste mamona —dijo—.

La torreta de una patrulla de policía sonó. —¡Güey, aviéntalo y échale tierra, no mames, no mames!—, escondieron el porro entre un miserable agujero que hicieron debajo de sus pies con prisa.

—Policía Municipal. Permanezcan en el mismo lugar. Policía Municipal, vamos a subir —indicó un hombre, a través del altavoz.

El cerro de la familia, era conocido con ese nombre, porque era un cerro pequeño y muy accesible de subir. Estaba en las afueras de la ciudad, sin embargo, personas, personas con animales, y familias, iban y hacían ejercicio, o paseaban, casi siempre por las mañanas.

Dos policías subieron. Eran dos hombres, uno gordísimo con predominante papada, y con el cabello corto, ralo y claro. El otro, era moreno, delgado y chaparro, y tenía un débil intento de bigote en las orillas de los labios. —Buenos días, señoritas ¿cómo las trata la madrugada? Andan muy solitas ¿no? —dijo el gordo—. Ellas permanecieron en silencio. El moreno sacó su pistola, era un arma corta. —Tienen que tener cuidado, porque hay gente peligrosa a estas horas —los dos se empezaron a reír pelando los dientes. —A ver, ¿lo hacemos rápido y fácil?, ¿o no? ¿Quién me la quiere chupar primero? —dijo el gordo—. El moreno se acercó a Victoria —ssssssuy!… qué buenas tetas tiene esta, Padrino. Se ve que le gusta darle duro. Yo digo que esta primero, oficial. Y después de ti, voy yo apá.

El gordo le tocó los senos a Victoria con las dos manos, los apretó con enjundia, luego la empujó hacia abajo ejerciéndole fuerza en los hombros, y la puso de rodillas. Mientras, el moreno vigilaba a Janis apuntándola con su pistola de forma discreta, a la altura de su cadera. Ella permaneció con la cabeza agachada y en silencio. Le corrieron algunas lágrimas mudas.

Aparte de las ramitas de los árboles rozándose entre sí, el sonido de ahogo mezclado con chasquidos de saliva y falta de respiración, y los gemidos de placer del gordo, era lo único que se escuchaba en el cerro. Sin dejar de apuntar con la pistola, el moreno sacó su celular y grabó el acto sexual. Tuvo cuidado de no encuadrar la cara del gordo.

Un automóvil se aproximaba al cerro. El gordo retiró la cabeza de Victoria de su pene, con un brusco jalón de cabello que la hizo perder el equilibrio y cayó de sentón. Se abrochó el pantalón a la vez que bajaba apresurado por el cerro, junto con el policía, para subirse a la patrulla. Victoria empezó a vomitar.

El siguiente jueves, una manta colocada encima de la puerta principal del Amadeo Night Club, anunciaba: «¡HOY!, último jueves ardiente, jueves victorioso. Siente la soberbia del placer. Abrimos puertas a las 7:00 p.m.».

En el camerino, Victoria se delineaba con mucho cuidado y pulso los labios. —A mí también me dan ganas de renunciar ya de toda esta mierda —dijo Janis. Victoria se inundó los labios con un gloss rojo ligeramente transparente, —¿cómo me veo? —dijo— y le modeló sus tacones altos de correa, junto con unos ligueros de red que se sostenían de dos líneas gruesas de encaje, que a su vez, eran parte de un cinto que le rodeaba la cintura. Una tanga y brasier semitransparentes, intentaban cubrir sus partes íntimas. —¡Te ves súper! —dijo Janis—.

            Tocaron dos veces a la puerta —¡Cinco minutos para salir Victoria! —gritó un hombre. Victoria se colocó por último, una larga capa negra de seda, y la amarró con un moño en su cuello.

           Un empleado del Amadeo, llegó al camerino con una caja de regalo grande, del ancho de sus hombros. Era de cartón grueso y estaba atada por un listón rojo y elegante con un moño encima, —Victoria, te mandaron esto —dijo— y sus ojos preguntaron dónde la podía colocar. —¡Ay!, gracias, ponla aquí sobre el peinador —y le hizo espacio— ¿quién la envío?. El hombre dijo que no sabía y salió del camerino. —Obvio el Chino Moreno, ¿quién más? —dijo Janis—.

           Victoria jaló una de las puntas del moño, y las cuatro caras de la caja cayeron hacia los lados exhibiendo un arreglo con treinta rosas negras y olor a excremento. —¡No mames! —dijo Janis— y se hicieron para atrás. Janis se tapó la nariz. —¡Saquen esto de aquí! —empezó a gritar en la puerta—. Victoria se quedó paralizada viendo el arreglo. —¡Saquen esto de aquí! —volvió a gritar Janis—. Uno de los empleados del bar, llegó —¡Huele a mierda! —dijo con disgusto, —¡sácalo de aquí! —volvió a decir Janis. El hombre cerró la caja con asco y se la alejó del cuerpo. —Ya tienes que salir Victoria —le dijo antes de salir del camerino.

            —Tengo miedo —le dijo a Janis—, y salió al escenario.

           Unos 12 hombres estaban en el lugar cuando Victoria salió cubierta del cuello a los pies por su capa vampirezca de seda negra. Still loving you de Scorpions, que ya era su leitmotiv, sonaba muy fuerte, mientras ella recorría la tarima con pasos lentos y firmes. Empezó a acariciar el tubo. Las luces de neón rojo le pintaron el cuerpo y el cabello por completo, y luego, desapareció entre una nube densa de humo que expulsó una máquina que formaba parte del escenario. Durante la primera estrofa, el humo comenzó a disiparse y lentamente Victoria fue apareciendo, ya sin la capa. Time, it needs time, To win back your love again, I will be there, I will be there. Love, only love, Can bring back your love someday, I will be there, I will be there. Empezó a recorrerse el cuerpo con sus manos, a la vez que volteaba a ver a los hombres con ojos pícaros.

            Era el último día de Victoria. Lo había decidido por lo que sucedió en el cerro aquella noche. Ese día, no hubo show antes del suyo, y le había pedido a Janis que la acompañara. Estaba segura de que en su despedida, iba a salir con más dinero que en otros días.

            Seguían entrando hombres al bar. Entre ellos, el Chino Moreno. Se sentó en su mesa reservada de siempre, justo frente al escenario, en medio de lo ancho del bar, donde la simetría le beneficiaba a la vista.

         Victoria lo vio y se puso nerviosa, pero siguió con su show y evitó mirarlo fijamente como siempre lo hacía. La gran estrofa que tiene el primer guitarrazo de la canción, fue la señal para desnudarse. Esta vez, caminó a un costado del escenario. Mientras se quitaba la lencería le sonreía con desdén a los hombres que tenía cerca, quienes ya le empezaban a poner billetes enrollados en las correas de los tacones. El Chino Moreno le aventó un cenicero de vidrio justo en la cabeza y le abrió la frente. Empezó a sangrar. Se llevó sus dos manos a la herida para detener la sangre y se sentó en el filo de la tarima, después de sentirse mareada. Varios hombres se acercaron para auxiliarla. Entre tantos brazos queriendo ayudarla, la música alta y la luz roja, había manos que también le agarraban los senos. La música de Scorpions, seguía su curso. El Chino Moreno se subió a la tarima y llegó hacia Victoria por un costado. Le dio varias patadas en la cadera y le gritó —¡Te dije que eras solo mía, puta!



Mónica Blumen (Ciudad Juárez, 1988) Egresada de la Licenciatura en Realización Cinematográfica por el Centro de Artes Audiovisuales (CAAV, 2009-2013). Actualmente, cursa la Licenciatura en Filosofía en la Universidad Autónoma de Chihuahua (UACH, 2022-2026). En el ámbito cinematográfico, se desempeña como directora de cine documental, productora, guionista, fotógrafa y montajista. Fue nominada al Premio Ariel con el cortometraje documental “13,500 Volts” (2016); seleccionada en festivales nacionales e internacionales y ganadora de diversos premios por su obra cinematográfica. En el ámbito literario, Mónica ha participado en la antología de cuentos “Raíces de obsidiana: criaturas mitológicas” y “Poemas pe(r)didos”, antología ganadora en Voces al Sol 2022. Fue asesora y editora en la escritura del guion de largometraje de ficción “La Biblia de Gaspar” (2023). Ha sido becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en 2014-15.

Letrinas: Nuestro capitán sueña con ríos azules


Nuestro capitán sueña con ríos azules

Liliana López León
Ilustración: @hectormexia


Con cariño para Arià Clotet y Mr. Flow.

 

He activado la velocidad crucero. La tripulación y yo charlamos sobre cómo todos los niños desean ser astronautas alguna vez, y que según los mensajes que recibimos en el buzón, los adultos también. Durante el tiempo de ocio asignado por Tobby, nuestra amigable Inteligencia Artificial, hemos comido unas frituras de espinaca algo sosas pero que sacian bastante. Durante esta cena aprovechamos para no olvidar que somos humanos. Brindamos con un suero saborizado parecido a la champaña.

La tripulación está conformada por la doctora Gloria Isaac, el médico Julien Mer, los gemelos ingenieros Von y Tan, y nuestro perrito de terapia, Berry. Un corgi tricolor de pelo suave y barriga tibia que nos acompaña. A Tobby le han dicho frecuentemente que tiene el nombre de un perro, y él, que no puede ofenderse, escuchó y su algoritmo solo buscó un equilibrio en el equipo. Por ello, lo bautizó así. Sí una máquina es un perro; un perro puede ser una fruta. Tobby también está programado para recoger algunas funciones de marketing; no es casualidad que Berry sea el nombre de aquel famoso sustituto de alimento: las tabletas que salvaron a varios países durante la última gran sequía.

Estoy yo, Ariandt Clay. Es mi tercera misión como capitán. Recuerdo, mientras chocamos nuestras copas y decimos salud, que también fui un niño que soñaba con volar al espacio. Aunque el mar también me llamaba, el agua sigue en mis deseos. Nuestra nave fue bautizada como Frog 7: nombre elegido por una votación mundial. Entre los nombres posibles había algunos patrocinados por empresas cinematográficas. Sentimos alivio de que ganara una especie casi olvidada de la Tierra; y porque los seguidores como los de la saga Aros Circa se vuelven amantes y odiantes al mismo tiempo. Ser capitán de un Frog, es neutral; es mejor.  

Discutimos si nos conviene hibernar, o disfrutar este año que queda de regreso para aprender algún idioma. Tobby aconseja hibernar, como siempre. Está programado para reducir el consumo. Yo propongo cenar juntos antes de ello y recapitular nuestros últimos ocho años de misión. Una misión exitosa, dice Julien Mer. Entre nuestra lista de tareas estaba recoger el lnituom, algo muy parecido al litio, más limpio y potente. Generará energía más de un siglo, según cálculos de la Dra. Isaac. Ella es Gloria Isaac, cerebro de la misión, y no lo digo solo por la amistad.

Von y Tan, hablan al mismo tiempo. A Gloria le incomodaba eso los primeros tres años, y ahora los observa con ternura. Yo pensaba que Von y Tan podían ser infiltrados de otra compañía energética aeroespacial. Lo creí e incluso lo anoté en mi bitácora personal. Asunto que Tobby leyó y tomó en cuenta para observar sus signos vitales y sus emociones durante varios meses. Los resultados arrojaron que solo eran una chica y un chico muy inquietos. Así supe también que mis pensamientos más privados estaban en el ojo de todo el sistema Tobby.

Julien Mer nos ha revisado: ha analizado nuestra sangre y nos advierte que el lnituom puede ser radioactivo. Nos realiza un análisis y sin decir mucho del diagnóstico, hace que Tobby nos suministre algo que prevendrá el deterioro celular. Mer dice que mi cuerpo tiene una edad biológica menor a la cronológica. Es una broma que le gusta repetir, pues entre tantas hibernaciones; cuando lleguemos a casa festejaremos más años de los que hemos vivido.

—¿Por qué le llamamos hibernar y no estivar a la animación suspendida?

Me da un golpecito en el hombro y me dice:

—Eso. Eso mi querido capitán, no lo sé.

Mer cumplirá 82 años y yo 95. Mi pregunta le deprime: estivar le recuerda que su hija cumple años en verano y será mayor que él cuando regresemos. Pero como casi todos los bromistas, evade con elegancia el tema que él mismo partió.

Ahora vamos a dormir. Hay que desinfectar completamente nuestros trajes de hibernación, porque si hubiera una bacteria ahí dentro sería un embrollo. Para inducir el sueño Tobby nos ha inyectado un sedante con el parche que tiene en su brazo mecánico: una droga que todos los soldados apodan el birthday cake. Los primeros segundos, el efecto es casi imperceptible. Solo sabes que está funcionando, cuando el suelo, la cama, y el propio cuerpo tienen la textura de un bizcocho cuya masa tuvo buen aire. La sensación mejora cuando tienes en la nariz el aroma dulce de un betún fresco, a chocolate fino con fresas.

Al pobre Berry no se la podemos poner, por eso lo cuidamos hasta que duerme de verdad, como él cuida de nosotros. Lo ayudamos, acariciándolo, pues se desespera mucho en la cámara de animación suspendida. Ahí estamos, pasándole las manos. Parecemos niños que nunca han tenido una mascota y de repente se encuentran una por la calle. Los perros no comprenden este proceso. Eso sí: cuando despiertan suelen ser los primeros en ponerse de buen humor. Para despertar, yo necesito al menos una hora, suero volcán y algunos suplementos alimenticios que calcula Tobby al analizarme.

Con el birthday cake te recuestas, y puedes escuchar cada parte de tus músculos relajarse. Aquí es cuando escuchas la amable voz de Tobby, indicándote cómo respirar. De repente, el año que perderás, no te preocupa mucho. La cápsula se siente como un capullo al que siempre perteneciste, del que nacerás de nuevo.

Si mientras dormimos algo saliera mal, hay otra droga que los soldados llaman el coffee crack. Odio ese nombre, sobre todo por su precisión. Esta droga nos la pone Tobby en caso de emergencias. Sirve para despertarte de la hibernación si él mismo no puede manejar un problema. Solo me la han puesto una vez durante el entrenamiento, y de estar, prácticamente en coma, despiertas alerta y listo para utilizar cualquier arma o herramienta. A mí me pidieron que realizara un aterrizaje forzoso en un simulador, y la verdad no parecía que el ejercicio fuera falso. Solo reaccionas y puedes concentrarte como un poseído, no sientes miedo. El efecto de esa droga pasa, y el cuerpo queda, digamos, con una resaca de fiesta de cumpleaños multiplicada por cien. Para aliviar eso hay otras drogas, aunque la sensación nunca se olvida.

Ya puedo oler mi birthday cake. Todo es suave, mi traje es ahora terciopelo. Me duermo y sueño. En el sueño hay un río. En verdad nunca he visto uno. Bueno, en mi curso de Historia me gustaban los videos de ríos y mares que eran muy azules. Mis compañeros de la escuela decían que eso no era posible. Yo siempre pensé que fueran verdaderos o falsos, eran muy bellos. Nuestra profesora mencionó haber visto uno cuando era pequeña, y que en la antigüedad las personas hacían vida alrededor de ellos. Recuerdo el diagrama con el que explicaban por qué el agua se veía azul. Mi cerebro está recuperando esa imagen para llevarme, supongo, a un sueño relacionado con la naturaleza.

Quizá Tobby me programó algo de su repertorio; a veces se pone creativo. Veo a una mujer desnuda que medita. A su alrededor bailan unos niños y unos ancianos cantan. Ella está sentada sobre el suelo de tierra, y me dejo llevar por su canto que es como un mmm continuo. El sonido del río es un cri hipnotizante. Quien diseñó este contenido binaural merece una donación a su academia de artes. Te digo, seguro lo pusieron a propósito para que a mi regreso les dé una beca. No sería la primera vez.

Ahora, una mujer de pelo plata se posa frente a ella y le cubre la cara con las manos. Le pregunta qué ha visto, con voz amorosa y firme. Ella abre los ojos con lentitud y exhala un aire que parece retenido desde hace horas. Dice que ha visto a un hombre acostado sobre una burbuja.

—¿Qué más?

—El hombre está en un sitio que no comprendo, donde muchas cosas son del color de la nieve. A su lado, otras personas duermen también sobre burbujas que no se rompen. Además, con ellos va el extraño cachorro de un lobo, también en una burbuja. Duermen y viajan tranquilos en un cielo oscuro.

A pesar de que el birthday cake no me permite sentir miedo, estoy entrenado para identificar algo inquietante. Si planearon esto como una broma, habrá consecuencias: cualquier militar lo sabe. Es peligroso hacer este tipo de bromas, porque la meta narrativa y la auto ficción pueden volver loco hasta al más sensato. He sabido de militares que, aunque distinguían el sueño de la realidad, se quedaron con dudas. Quizá Tobby pueda identificar mis signos, no sé cuánto tiempo real ha transcurrido. La mujer sigue hablando de mi traje:

—Nunca he visto ropas así.

—Explora hija, el significado de tu visión. Parece poderosa.

—No lo sé.

—Entonces, con el tiempo lo sabrás.

Despierto. Tobby me ha puesto un cuarto de dosis de coffee crack en los pies con la aguja parche. Me levanto de prisa.

—Ariandt, durante los tres meses que has dormido, la nave ha sufrido unos desperfectos. Requiero tu autorización para despertar al menos a uno de los gemelos.

Le pido que no lo haga. A causa de la droga, tengo energía en el cuerpo que puedo aprovechar. Además, según la clave del diagnóstico, es una reparación sencilla. Cuando pequeños asteroides logran colarse en algún compartimento, rasgan la superficie. En principio son inofensivos, pero si esto continúa durante algunas semanas pueden estropear todo. Se reparan desde adentro con una G5630, una herramienta que parece una pequeña barredora que se maneja con un control y un monitor externo.

Mientras me dedico a la nave, le pregunto a Tobby si ha detectado mi preocupación por el tema del sueño. 

—No. Capitán, ¿quieres hablar de ello?

Me conoce, hemos compartido otras misiones. Posee más datos míos que de los otros. Sabe que deseo contárselo. Le hablo de la mujer desnuda y de la descripción precisa que dio sobre nuestra nave y tripulación.

—Encuentro eso muy peculiar e interesante: según el código IV del inciso A de Publicidad y Contenidos Artísticos, no es posible insertar temas que se relacionen de ningún modo con la realidad del usuario. Ariandt, ¿quieres que lo reporte? Te pondré algo más fuerte para que puedas calmarte, ¿quieres que despierte a Berry?

—No, no, estoy bien. Es que nunca me había pasado.

Necesito algunas horas para volver a dormir. Hago un poco de tenis con un holograma entusiasta que me regaló mi ex esposa. Es un buen ejercicio, pero preferiría tener el simulador de surf. Ya sé: eso voy a regalarme en mi próximo cumpleaños terrestre. Sigo jugando, y llama mi atención que, de todas las animaciones suspendidas que hemos realizado en esta misión, Tobby no me había despertado nunca. No alcanza a preocuparme, pero sigue siendo curioso.

—Voy a proporcionarte unos nutrientes y sedantes para que vuelvas a tu cápsula, ¿estás de acuerdo?

Me recuesto. Siento la mente ligera, como si mi cabeza no pesara, creo que esto no es un birthday cake. Tobby me confiesa que ahora que estoy más relajado, ha calculado que es mejor compartirme una información, y me pide permiso para ello. Me río, no puedo contener mi carcajada. Cierro los ojos, y entre balbuceos lo animo a que hable.

—Ariandt, he revisado en tu panel de control onírico y no ha sido instalada ninguna historia artificial en los últimos seis meses.

No lo culpo, alguien lo programó para que fuera sobreprotector. En general, el diseño de historias oníricas implanta contenidos productivos o historias artificiales parecidas al entretenimiento cinematográfico. Mi sueño es natural. Algunos todavía tenemos el privilegio de soñar con el subconsciente. Sé que lo recomiendan para la salud cerebral. No puedo preocuparme, solo quiero sentir algo. No resisto más y duermo. Veo a la mujer, ya no está desnuda. Bueno, casi lo está. Solo que ahora porta unos collares y una corona de flores rosas. Es de noche y le han pintado la cara y el cuerpo con signos que no comprendo. Por el tamaño de su vientre, veo que un bebé nacerá pronto. La última vez que vi a una mujer en ese estado fue hace más de cuarenta años. Ella respira profundo y vuelve a deleitarme con su canto de mmm.  Le están dando a beber algo. Ella se asusta de nuevo y en medio del ritual llama a la mujer mayor:

—Madre, puedo ver de nuevo al hombre recostado en la burbuja. Él puede verme, no puede hablar. Algo lo mantiene en un sueño muy profundo, quiere asustarse, no lo logra.

—¿Qué está pasando? Tobby, investiga qué están induciendo los patrocinadores, por favor.

No puedo moverme, ni hablar, es verdad. A la mujer le preguntan si puede ver mi rostro:

—Es un hombre blanco, su ropa es abultada y le cubre todo el cuerpo. Su cabello es muy corto. Sus manos son grandes y suaves. Creo que este hombre no ha sido tocado por el sol en mucho tiempo.

—Oma Azul, hija. Parece que Pequeño Árbol está por nacer y te quiere decir algo.

—No sé. Se siente muy real. No parece venir de mí, ni de Pequeño Árbol. Siento el dolor y el miedo que este hombre no puede sentir con su piel.

La mujer llora. No logro ver más, porque Tobby nos despierta con un coffee crack a todos. Ahora es una dosis completa. Debe ser algo grave, pero estamos listos. Los gemelos han hecho unas piruetas cerca de mí. La Dra. Isaac ya se encuentra en su sitio leyendo los parámetros. Julien Mer no despierta, Tobby se encargará, nosotros ahora mismo no podemos. En automático, pido que hagan una valoración en voz alta del cero al diez. Todos han dicho tres al unísono. La cosa no pinta bien. El diagnóstico: un escudo y cuatro motores desaparecidos. Así, sin más, no están.

Quedan cinco meses para llegar a casa. La Frog 7 no resistirá. Gloria me informa que Julien se ha esfumado. Le digo que no puede ser, y pido a Tobby que lo busque. ¡No despierten a Berry! No necesita ver este momento. Ahora activo el protocolo de emergencias. Según Tobby, un compresor también se ha ido. Observamos juntos el mapa activo de la nave, y vemos que desaparecen ante nuestros ojos, los talleres de reparación y el área de ingeniería. Las pantallas son lo único que ilumina la cabina. Ordeno a Tobby que active nuestros trajes de exploración y que ponga a Berry en una cápsula móvil de rescate.

Sé que no hay mucho que podamos hacer, pero sigo el protocolo. Si los trajes nos conceden ocho horas, una nave de rescate podría recogernos y revivir nuestros cuerpos si no hay daño neuronal. Ahora los trajes se activan. El casco automático se sella y enseguida se empaña con nuestro aliento. Luchamos por conservar la vida y la misión. Conservo mi posición de capitán, hablándoles con autoridad como si eso sirviera de algo:

—Dra. Isaac, ¿diagnóstico? 

—¡Pareciera que caímos en un hoyo negro! Pero al mismo tiempo no…

Gloria desaparece ante nuestros ojos. Entro en pánico, no distingo entre mi adrenalina natural y la reacción aumentada del coffee crack. La nave atraviesa más turbulencia. Los gemelos me miran como dos niños perdidos:

—Capitán, ¿vamos a morir?

Von y Tan, tomados de las manos, desaparecen antes de que pueda contestarles algo. He quedado solo en la cabina de mando. Una de las alarmas de emergencia cede. Solo hay silencio. Siento el latir de mi corazón. El suelo a mis pies desaparece. El traje y yo flotamos en la nada.

—Tobby, ¿sigues ahí? Mi muerte es inminente, solo intenta enviar nuestra caja negra a la central.

Suena débil y una interferencia distorsiona su confirmación.

—Tobby, ¿qué ha sucedido? No identifiqué la amenaza.

—No la hay.

—Tobby, ¡estás desconfigurado! Vuelve en ti. Es una orden.

—No ha ocurrido nada. Estás cansado, mi capitán. Vuelve a dormir. Te espera un gran día.

Cierro los ojos. Veo el río azul. El andar de su agua es música. Cerca, alguien ha hecho fuego con madera. Sudor, sangre y lágrimas de alegría: nace Pequeño Árbol. Llora con buenos pulmones y lo acercan al pecho de Oma Azul, que ha dejado de soñarme.




Liliana López León (Mexicali, 1984). Es una escritora bajacaliforniana de narrativa y poesía radicada en Barcelona. Es doctora en Medios, Comunicación y Cultura por la Universitat Autònoma de Barcelona. Ha publicado en la revista Pez Banana, en la Revista Espejo Humeante y en la Revista Sputnik ha colaborado con Un camiseta de los Coquette para GabiUn año sin la Carrà y fue entrevistada por Antonio León . Forma parte de la antología Letrinas del Cosmódromo (Agujero de Gusano, 2022). Ha publicado poemas en El Septentrión y en Especulativas. Obtuvo el Premio Estatal de Literatura 2022 de Baja California en la categoría Poesía con el libro Este vientre es un conejo de carbón (2023).

 

liliana.lopez.leon@gmail.com

https://twitter.com/KittyLily1Q84

IG: @kittylily1984



Letrinas: Promesas


Promesas

Alejandro Emmanuel León Cohetero


—...
—Sentí luces en mi cabeza.
—...
—Así como destellos en los ojos, como cuando estamos en educación física y miro al sol.
—...
—Sí, sí. Pequeños destellos que se prenden y se apagan caminando como hormigas rojas en mis ojos.
—...
— Aquí me duele, me zumba la cabeza. Siento decenas de abejas entrando y saliendo por mis orejas, ese aleteo sutil y delicado que escarba en mi cerebro.
—...
—Ya no quiero estar aquí, quiero ver a mi papá
—...
—¡Ya no quiero! ¡Papááá! ¡Ven rápidooo!
—...
— ¿Estás segura? ¿Me lo juras? ¡No mientas! Mi papá dice que no se debe jurar en vano.
—...
—¡Dónde está Karla!


Esa noche no pude dormir, lo sé bien porque al cerrar los ojos solo veía destellos que anoté en mi diario. No entendía qué pasaba, enfermeras iban y venían, el lugar olía a mucho cloro y a pinol chafa, de ese que no le gusta comprar a mi papá.

Logré ver a mi papá, tenía un semblante de preocupación, estaba triste. Lo había visto algunas veces así en los aniversarios luctuosos de mi mamá. Ella murió cuando yo nací, un intercambio. Vida por muerte. Nunca quería tocar el tema. Era un misterio, uno que fui descubriendo a pedazos cuando en una ocasión me quedé despierta hasta muy noche para esperar a los reyes magos, les había pedido la saga completa de Harry Potter. Solíamos pasar el año nuevo con la familia de mi mamá, así que ese cinco de enero por la noche me escondí debajo de las escaleras y me cubrí con sábanas para no ser detectada por nadie. Estaba ansiosa por mi regalo, mis amigos me decían que habían visto a Melchor, Gaspar y Baltazar; Karla, mi mejor amiga, me había jurado que los había visto, habían entrado a su casa con todo y sus animales. Yo no lograba concebir que semejantes bestias cupieran en una casa, era imposible. Yo dudaba de esas palabras, lo que más me importaba en ese momento era mi regalo. Mientras estaba oculta vi caminar a mi tío Pedro y a mi papá. Se sentaron en el sillón rojo a platicar sobre los gastos y las noticias del canal de las estrellas. Me estaba desesperando, ya habían pasado horas y mis pies ya estaban entumecidos, no me moví de ahí porque escuché la verdad de mi vida, de mi madre muerta. La plática de mi tío Pedro y de mi papá se extendió hasta hacerlos llorar, él narraba como el IMSS no la pudieron atender por falta de camas y de personal médico. Habían llegado un sábado por la mañana que recorrieron entre caminatas entre pasillos y mentadas de madre para llegar al fatídico domingo. El gobierno, la corrupción, el personal inepto y una hemorragia eran palabras con las que mi tío Pedro describió los sucesos que le arrebataron la vida a Emilia.


—...
—¿Ayer comí? No recuerdo
—...
—No papá, no sé cómo pasó. Lo último que recuerdo son los gritos de Karla. Creo que se me cayó algo encima.
—...
—Siento una cabeza gigante, como un globo enorme.
—...
—Nos iremos pronto de aquí, ya quiero ir a casa
—...
—Sí, me acuerdo de esa película de Adam Sandler. Es sobre una chica que tiene un accidente con unas piñas y no recuerda nada. Creo que se llama Como si fuera la primera vez. ¿Estuve muy cerca de quedar así?
—...
—¿Sabes algo de Karla?


No lloré cuando me enteré de la verdad que ocultaba mi papá, sé que era muy complicado explicarlo, el dolor no dejaba que su boca emitiera los sonidos del pasado. Sentí un nudo en la garganta que no se podía deshacer, quería llorar, pero no lo logré. Se lo conté a Karla a la hora del recreo. Ella me juró que no se lo contaría a nadie, confié en ella. Era mi única amiga, pasábamos las tardes haciendo la tarea y me enseñó cosas que nunca había experimentado. Como aquella ocasión en la que me invitó a comer tacos de moronga con su familia. Me daba asco el tener que probar eso, mi papá siempre me decía que la comida no se desperdiciaba, que eso era el respeto que se debía de tener para el animal sacrificado, era la manera de honrarlos, además de ser la comida favorita de mi amiga. Karla incluso me había defendido de las burlas de Abi. Karla siempre fue mi hermana mayor, la que nunca tuve y siempre quise. Prometí siempre ser su amiga y nunca defraudarla. Yo odiaba a Abi, por todo lo que nos hacía, cruzó la línea cuando empezó a burlarse de mi mamá, había inventado que ella era una prostituta que me había abandonado. ¿Acaso mi dolor no contaba? ¿acaso los niños de mi edad son unos estúpidos que no cuestionan nada y se dejan guiar por la niña popular? Ella incluso me había puesto de apodo la Pinocha. Karla no aguantó y se lanzó hacia ella dándole una cachetada, Abi respondió tomando una piedra y golpeándole en la cabeza, yo me metí a defenderla, jamás había participado en una pelea y tenía miedo, la tomé del cabello para que soltara a Karla y ella a su vez le dio un puñetazo en el ojo. Gritó y no parecía normal, ella había aullado. Pidió auxilio para quedar como inocente. ¡Maldita perra! Llegaron los maestros viendo la escena y por más que les explicamos que Abi tenía la culpa nunca nos creyeron, y nos suspendieron a ambas por una semana. Era una injusticia, la última que nos haría.


—...
—Me duele el vendaje, creo que la sangre se me pego al cabello
—...
—¿Cuándo va a volver mi papá? Ya llevo dos noches acá.
—...
—¡Ya sé, ya sé! Debo de seguir en observación, todavía siento un pequeño dolor
—...
—¿Me pueden dar otra cosa para comer?


Durante la semana de suspensión nos prohibieron reunirnos, pero eso no significo nada, nos llamábamos a todas horas, planeamos nuestra venganza. Solamente queríamos darle un escarmiento. Karla me había platicado del lugar donde vivía y de su gato Migajón. Yo no estaba muy convencida de secuestrar al gato. Las dudas se desvanecieron cuando Abi pegó letreros con mi cara diciendo que se buscaba a la mamá de la Pinocha. Uso el número de un prostíbulo y el número de mi papá como referencia de los informes. Era definitivo, esto era ya era una guerra. Así que lo hicimos, el último día que tuvimos suspensión secuestramos a su gato Migajón, lo encerramos en una caja. El maldito gato no dejaba de maullar, trató de arañarnos. Le cerramos la trompa con cinta metálica que había traído Karla. Yo me lleve al gato porque mi papá siempre llega tarde del trabajo y no causaría problemas, mientras Karla hacía un mensaje para negociar el secuestro. Llegué a casa pensando en lo que habíamos hecho, Migajón me parecía un ser muy lindo, todo lo contrario a su dueña. No merecía esto. Me arrepentí y quería devolverlo. Cuando intenté quitarle la cinta se erizó, sus pupilas se dilataron y vi la mirada de Abi, el odio que sentía hacía ella volvió de golpe, me mordió la mano. Sentí el dolor que quizá mi padre sufrió con la pérdida de mi mamá, el dolor de nunca hacer las cosas por mí, el dolor de siempre esperar a que alguien como Karla que me salvara y golpeé al gato. Me llena de odio, de vergüenza, de venganza. Lo azoté contra el piso, el gato maulló y le brotó sangre de su hocico, le había dislocado la mandíbula. No dejaba de maullar y eso se convertiría en un problema mayor. Fui a la caja de herramientas de mi papá y saqué un martillo. Lo golpeé en las patas, las fracturé porque vi cómo se desviaban, le tronó la cabeza desparramando todos sus sesos blancos, grises y rojos. Su último aliento y su mirada final me la dedicó, me miró con un odio salvaje, un rencor que yo había provocado por un ataque de irá. Por fin pude llorar, lloré como nunca lo había hecho. Lloré por matar a un inocente, lloré por aquel nombre que era desconocido, el de Emilia, mi madre que nunca estuvo, lloré por mi padre que nunca me explicó, lloré por mi tío Pedro que nunca me abandonó y lloré por mi amiga Karla. Mis manos temblaban, sentí un peso en mi espalda, como si algo se me hubiese subido, quizá solamente era el peso del remordimiento. Metí como pude los restos del gato en una caja de zapatos, limpié con cloro y jabón toda la masacre. Llamé inmediatamente a Karla y le conté todo, le dije que me ayudará a enterrarlo en el terreno baldío. Lo hicimos juntas, lloramos y nos abrazamos por la injusticia que habíamos hecho y por las que nos habían hecho.


—...
—¡Ya te dije papá! No me acuerdo de cómo fue, me duele todavía la cabeza. Todavía no me han dicho cómo está Karla, ¿le pasó algo?
—...
—¿Cuándo nos podemos ir de aquí?
—...
— ¡Como que nos expulsaron! Abi era la que merecía ser expulsada, no nosotras.
—...
—Necesito verla a Karla, necesito a mi tío Pedro, él nunca miente.
—...


Nos habíamos olvidado del mensaje del secuestro. Justo cuando habíamos terminado de enterrar al gato, llegó Abi preguntando por Migajón. No nos explicamos cómo había llegado allí. Ella prometió que nunca nos volvería a hacer nada si le entregábamos a su gato, nos dijo también que nos había buscado en nuestras casas y que no nos encontró. No pudimos decir nada, estábamos congeladas, nuestras manos temblaban y ella corrió a ver el montón de tierra y escarbo. Descubrió las patitas de Migajón y dio un gritó que hizo que los vecinos salieran de sus casas. Tratamos de correr pero ella me jalo del cabello y tomó una piedra y empezó a golpearme en la cabeza, empecé a experimentar las luces azules, como electricidad en mi cabeza, como yo lo había hecho con el Migajón. Vi correr a Karla, mi única amiga. ¿Me estaba abandonando? Escuche sus gritos, los gritos que no recuerdo, porque al momento de verla correr gritaba algo. Abi se abalanzó sobre mí, me golpeó. Los vecinos tardaron en reaccionar cuando ella me soltó, traté de correr y ella tomó la pala que minutos antes había servido para ocultar nuestra escena del crimen y la aventó golpeándome la cabeza. No hay memoria desde ese momento, solo una pantalla blanca.


—...
—¿Tuviste miedo? ¿Por qué me abandonaste?
—...
—¿Ya no quieres ser mi amiga?
—...
—Lo siento, pero ella se lo merecía.
—...
—Gracias por llamar a mi papá, él me contó lo que le dijiste. Me van a cambiar de escuela, ya no nos veremos.
—...


Y lo siguiente que dijo me hizo mostrar una silueta sonriente, era la justicia que había deseado tanto, una que no se tiñe de rojo, sino de azul como el cielo, el de la libertad y pasa a blanco como la pureza. Cerré los ojos y no volví a recordar más cosas. Desde ese momento vuelvo a releer mi diario para poder reconstruir los sucesos para poder cumplir mi promesa.

—...
—…




Alejandro Emmanuel León CoheteroEstudió Relaciones Públicas y Comunicación, originario de la mixteca poblana. Sus pasiones son la literatura, la escritura y los productos audiovisuales. Ha trabajado en distintos lugares desde restaurantes de comida rápida, como community manager y en la gestión de audiencias en el medio independiente Lado B. Actualmente es librero y colabora en el programa cultural Cuéntame una Historia Puebla que se transmite en redes sociales. Es organizador de círculos de lectura en la ciudad y amante de los gatos.

Letrinas: La forma en que suelo ser




La forma en que suelo ser

Jorge Tadeo Vargas


Hoy cumplo veinticinco años y cuatro de haber entrado a trabajar a la maquila. Lo hice unos meses después de casarme con Isela cuando nos enterarnos que estaba embarazada. Fue el último semestre de preparatoria de ella; hacia un año que yo me había graduado y me había tomado un sabático para ahorrar dinero —decía yo— y poder entrar a la universidad. Nada de esto sucedió. Estoy atorado en esta fábrica, donde ya pasé del área de pintura a la de ensamblado. Me dicen que esto es un ascenso y tal vez lo sea, pero yo no lo siento así, solo tuve un aumento en mi salario, de ahí en fuera son más responsabilidades y el trabajo es mucho más pesado.

Isela, me felicito en la mañana, también los gemelos lo hicieron en el desayuno, previo a que saliéramos yo al trabajo y ellos a la guardería. Mi esposa me dice que hará una cena familiar para festejarme, el domingo ya podemos invitar a los amigos a una parrillada. Ante mi respuesta de que no podemos pagarla, ella me contesta que estuvo ahorrando para eso. Que no me preocupe. Hoy en la noche solo vendrán mis suegros, mi hermana, su esposo y mi madre. De esto último no me gusta mucho la idea, si viene mamá es probable que me toque ir por ella a su casa e ir a dejarla después de la cena, y no quiero pasar mi día de cumpleaños escuchándola hablar de sus achaques, de sus dolores, de cómo mi hermana no está al pendiente de ella, que como mujer a ella es a quien le toca lidiarla. No tengo ganas de eso, ya veré como le hago. Al menos que mi hermana la traiga, le mandaré un mensaje pidiéndole ese favor. El domingo sí no me salvo de que venga.

Hoy cumplo veinticinco años y mi vida no es como la planeé, no es ni siquiera como pensaba que sería a los veinte. Estoy casado desde hace cuatro años, misma edad de mis gemelos y un trabajo estable en una fábrica ensambladora de coches. Mi sueño de ser un beisbolista de grandes ligas se ha ido al carajo desde hace ya bastante tiempo. Tal vez la frase que usa Don Julián, mi compañero en la línea de ensamblaje sea cierto, esa que me repite cada que puede: —Tener un mejor trabajo que tu padre es a lo más que puedes aspirar —me lo dice cuando nos sentamos a comer—. No pidas más, enorgullece a tu familia.

El trabajo terminó temprano el día de hoy, Don Julián en un descuido acabó prensado de su brazo izquierdo en la máquina. Hubo que parar toda la producción un poco más de una hora esperando a los paramédicos y como me quedé sin compañero, el jefe de montaje me mandó a casa, claro, dejándome entendido que mañana haríamos horas extras para reponer la productividad que perderíamos el día de hoy. Horas extras sin paga, me dijo, para que quedará claro que el retraso era culpa de nosotros y no de la empresa. No me pareció tan mal, de no ser por el accidente y que Don Julián terminaría perdiendo el brazo, pasar mi día de cumpleaños sin tener que trabajar era una buena noticia; ya mañana vería cómo sacar la producción en pocas horas.

Le mando mensaje a Isela de lo que pasó y que me darán el resto del día libre en la fábrica. Antes de ir a casa paso por el billar a ver a quién me encuentro para jugar un par de buchacas, hace tiempo que no juego, desde que dejé de tomar y drogarme. Me encuentro al Rale y al Tony, que me felicitan y me ofrecen una cerveza, les digo que ya no tomo, ante su insistencia de que me tome al menos una por mi cumpleaños, les digo que no pienso recaer, que lo hago por Isela y los niños. No insisten y el Rale me trae una coca-cola en un vaso con mucho hielo. Lo que sí les acepto es una fumada del cigarro de marihuana que se comparten entre sí; sé que un poco de hierba no me va a poner mal, hasta me ayuda para relajarme después de ver el brazo de Don Julián prensado en la máquina hecho pedazos.

Jugamos sin muchas ganas, más interesados en platicar que en el propio juego; hace años que no estábamos los tres juntos, desde aquellos tiempos en que nos dedicábamos a robar, de hecho, el Rale acaba de salir de prisión después de una condena de siete años por robo a casa habitación, salió en tres por buena conducta.

Rale me platica que ya está armando el próximo robo, que se enteró de una escuela privada que guarda el dinero de las cuotas escolares en la dirección y solo tienen un par de viejos que la hacen de guardias de seguridad. Nada de peligro. Me invita a participar, le digo que no, que estoy bien en la fábrica y no quiero más líos. —Sin pedos Quique, ya te la sabes —me dice y me pasa un nuevo cigarro de marihuana que acaban de prender, fumo un poco y me despido.

En casa ya huele a barbacoa, Isela sabe que es mi comida favorita y que la puedo comer de desayuno como se acostumbra, comida o cena, y como ella la prepara es como más me gusta. Está en la cocina picando la cebolla que la acompaña junto al cilantro, le doy un beso. Me me pregunta por Don Julián, le platico toda la historia, en el mensaje previo solo le dije que había ocurrido un accidente. Me dice que tenemos que ir a verlo a su casa, en cuanto podamos. —El fin de semana —le contesto y le pregunto sobre los invitados a la cena.

—Invité a mis papás, a Victoria y su esposo y a tu mamá, nosotros y los niños —me contesta—, a tu mamá la va a traer tu hermana, pero te toca llevarla a ti.

Ante mi gesto de desaprobación, ella me dice que es mi madre y que no me queda otra. Me voy al cuarto a quitarme el overol del trabajo e Isela me grita que vaya por los niños a la guardería. Me visto y salgo a la calle. La guardería esta a unas diez cuadras de casa, así que en el camino me topo a gente vieja del barrio que me vio crecer aquí y me felicita, me preguntan por mi madre, por su salud. —Está muy enferma —me dicen— ya casi no puede caminar —es otra de las cosas que tengo que escuchar. Argumentos que me tira mi madre cada que hablamos por teléfono, eso junto con las quejas de que no la visito, no importa si voy a diario para ella no es suficiente. Se queja conmigo de mi hermana, se queja de mi hermana conmigo. Cosas de vieja. Me dice Isela que muchas veces la tolera más ella que yo.

Dejo a los niños en casa y me voy a visitar a mi padre, quien no puede ir a los mismos espacios donde esta mamá, así que para evitar líos mejor lo visito. Me abre Cristina, su esposa desde hace quince años y a quien mamá sigue llamando “la nueva esposa” a pesar de que este matrimonio ha durado más que el de ellos.

Saludo a mi padre que está sentado en la sala con una cerveza en mano, ni siquiera me ofrece, él ha estado en el programa dos veces y las dos ha fallado, algo muy común en el barrio, especialmente con los albañiles. A mi padre la obra lo ha tratado mal, ha envejecido mal, a sus sesenta años parece un viejo de ochenta. Cada vez le es más difícil conseguir trabajo, sobreviven gracias al trabajo de Cristina. Limpia casas desde que la conozco, también ha envejecido mal. En el barrio no hay jóvenes, una vez que comienzas a trabajar los años pasan a una velocidad de años de perro. Lo sé, lo siento en mi propia existencia.

Es una visita corta, solo para que me felicite en persona. Acordamos que el sábado iremos a comer en familia para festejar. Me promete que va a preparar su sazonador de carne para el festejo del domingo. Mientras me lo dice sonríe a sabiendas de que no está invitado. Le agradezco, me despido con un beso prometiéndole que el sábado estaremos ahí los cuatro. —Nosotros llevaremos el pastel —le digo.

Regreso un rato al billar a matar el tiempo de espera. Ya hay más gente, sobre todo chicos de la escuela preparatoria cercana que ocupan la mayoría de las mesas. No solo van por el juego; el Gorila, quien maneja el lugar desde que yo estudiaba es el vendedor de marihuana del barrio, los rumores dicen que ya se expandió y se puede comprar desde hierba hasta cricko y fenta.

Ver a los chicos me traen viejos y buenos recuerdos de malos tiempos. Rale está sentado en una mesa con una cerveza, supongo que piensa lo mismo que yo, al menos esa parece ser la expresión en su cara. Paso a la barra por una coca-cola y me siento junto a él, platicamos de nada y la mayor parte del tiempo nos hacemos compañía en silencio hasta que me llega un mensaje de Isela avisándome que mamá esta en casa. —No quiso esperar a Victoria y pidió un taxi que me tocó pagar —dice el mensaje. Me despido de Rale y salgo a la casa.

—Hace mucho que llegó —le pregunto a Isela.

—Como una hora —me responde— no quiso esperar a tu hermana y me habló para que le pidiera un taxi. Que te marcó a ti pero que tu no le contestas.

Mamá está dormida en la sala, ni siquiera sintió cuando llegué. No quise despertarla.

—Le lleve café hace un rato y me dijo que se sentía cansada, que se dormiría en lo que tú llegabas —me dice Isela.

Salgo de la cocina y me acerco a ella. Mientas le toco la rodilla, le digo —Mamá, mamá, ya llegué —no me responde. Tiento su cara y no hay respuesta. Le tomo el pulso sabiendo la respuesta. Me siento a su lado y le grito a Isela —¡Amor, mi mamá se murió, se acaba de morir!

—No puede ser —me responde— solo estaba cansada cuando llegó.

—Está muerta. Avísale a los demás que la cena se cancela.

Isela me abraza mientas comienza a llorar. Yo le sonrío. —Está bien. Así tenía que ser, anda, avísale a los demás por favor.

Isela se levanta, toma su teléfono y comienza a marcar. Yo me siento al lado de mi madre y pongo mi mano sobre su rodilla que comienza a enfriarse.

Hoy cumplo veinticinco años, mi madre murió hace unos minutos en la sala de mi casa, tengo esposa y unos gemelos de cuatro años, un mejor trabajo que el de mi padre y antes de cumplir los veintiséis me compraré un carro.

Letrinas: El domingo




El domingo

René Rojas González




Cuántas veces pasó tanta familia por la casa, miembros de arcilla, siempre recogidos un día a la semana por la visita a los abuelos. El caluroso día en que el abuelo nunca dejaba de compartir un peso que les alcanzaba o completaba para un gustito, y la abuela, una bendición que les protegía para el resto de los días. El domingo, los tíos y los sobrinos estaban en la sala, atletas de la ocurrencia escandalosa que se pasaban como estafeta; las tías se confinaban en la cocina, jetonas y viperinas, enroscadas en el guiso indicado por la abuela, en defensa de la cantidad de sal que a cada una le parecía la adecuada; los abuelos se resguardaban en su cuarto, a puerta cerrada, protegidos de la boruca, no sin estar deleitados por oír las voces de sus consanguíneos y familiares políticos a lo lejos.

Pero el comedor, esa circunscripción inviolable que, en el mejor de los casos, sólo se podía rodear; impensable sentarse ahí; majestuoso por sus garigoleos y relieves cuarenteros y la consistente composición de su madera; un altar “patrimonio de la humanidad”. Esos domingos incluso se podía hacer fila para pasar al desayunador, pero el comedor permanecía intacto. Los abuelos nunca dijeron que el comedor no se podía usar; es más, cualquier nieto que le hubiese preguntado a uno de ellos si podía sentarse en él, habría escuchado un “claro, hijo, cuando gustes”, pero el niño habría advertido que no podía hacerlo.

En ese país que era el domingo en la casa, el comedor era un flamante desierto. Sin embargo, esta misma naturaleza le despertaba un oasis, servido a los visitantes. El espejo reluciente de su caoba les blanqueaba las perturbaciones con un destello que iba más allá de su propio perímetro. La cimentación palaciega de sus patas les engrosaba el piso, uno que soportaba los pesos del alma. El cristal guardián de su mesa les acogía los lamentos, los desmanchaba, y los descansaba en el propio tablero. La vigilancia incólume de sus sillas les delineaba las desventuras en un rectángulo que no esparcía el dolor.

Los abuelos agradecían el efecto balsámico del mueble, por el bien de los suyos. También sabían que había generado una fuerza gravitacional en unos seres desmoronados que no tenían idea de qué los hacía regresar cada domingo. Tentados por la voz de sus demonios, se les había figurado que la mejor manera de conservar esta gratificante influencia era que el comedor no estuviera disponible. ¿Cómo hacer para que un objeto inspire estar cubierto por una cúpula de cristal? No tuvieron que pensar demasiado: si los abuelos no lo tocaban, nadie se atrevería a tocar. No había miembros de la familia más complacidos que los abuelos cada ocho días.




René Rojas González es un poco un exiliado de la academia de sociales por voluntad propia, pretendiente de la literatura para hacer de lo que nos sacude en la vida un lugar para habitar.

Letrinas: «Secretos familiares»



Secretos familiares

Mónica Blumen



SI VOLVIERA A COMENZAR, NO CAMBIARÍA NADA. Es un pensamiento constante cada que abro los ojos. Es mi mantra. «No cambiaría nada. No cambiaría nada». Hasta que me penetra el mal aliento de Cecilia. Su cabello cano, cada vez más delgado. Sus entradas, cada vez más notorias. Sus dientes más viles con el paso de los años. Antes de casarnos le advertí que comer tanta azúcar es una pésima idea. Lleva treinta y seis años con estos hábitos. Lo sorprendente es que siga viva. Es delgada. Sí. Pero su piel es como un envoltorio flácido de su esqueleto. Tener sexo ya es solo un método de supervivencia, no es placer. No para mí. Esta es la promesa del matrimonio, es la agonía en vida, «juntos hasta que la muerte nos separe». De cualquier forma estoy agradecido por lo que hemos vivido. No me arrepiento de nada. No me arrepiento de mi vida. Nunca lo haré. No hay errores. Hay vida.

He tenido sueños húmedos los últimos días. Procuro despertarme y levantarme para que Cecilia no se dé cuenta. Es vergonzoso para mí quitarle la mano cuando quiere tocarme por la mañana. Y dar explicaciones. No hay nada que me haga sentir tan enojado como tener que dar explicaciones. Prefiero evitarlo. Así que vengo a mi baño. Observo revistas. Fantaseo con una chica intentando escapar de mí. Una chica llena de miedo, por mi amenazante virilidad. Me gusta observarme en el espejo. Necesito la soledad a momentos durante el día. Sé que los sesenta y siete, me sientan muy bien. Soy un hombre atractivo y no tengo problema en reconocerlo. Soy pulcro. Eso le gusta a las mujeres. No soy lo suficientemente delgado, pero un hombre sin panza es como un cielo sin estrellas. Esa frase era épica de mi padre. La llevo presente. Tampoco soy tan alto, pero nunca ha hecho falta. Tengo el cabello cano, pero no con la misma blancura que el de Cecilia. Mi cabello es uniforme y de manera sutil pareciera estar contaminado de color bronce. Mi ceja es casi imperceptible. Mis lentes sin aro, con tintura azul, me dan más carácter.

Soy un hombre exitoso. Da igual mi apariencia. Me respalda el dinero. Nada más poderoso que eso.

Hoy es viernes. Día de fiesta de disfraces. Dentro de poco llegarán mis empleados. El DJ. El sonido. Las bebidas. La mesa con bocadillos. Los disfrazados. No recordaba que debo ir por mi disfraz. Las sustancias. Estas fiestas son una locura. Tantos adolescentes juntos. Me siento el padre de todos. En mis tiempos no había fiestas así. Estábamos en casa, escuchando vinilos, bebiendo ron, platicábamos de responsabilidades. El carro nuevo. Los niños. Las esposas. El jefe. La casa. Esas pláticas no se parecen a las de hoy.

Cada vez viene más gente. Cada vez entra más dinero. Cada vez invierto en más producción. Qué bueno soy para los negocios.

Hoy no estará Mariel para ayudarme a cobrar en la entrada. Desde que le dieron el anillo la veo menos. Se la pasa con Luis. Tiene tres fines de semana que no los veo. Ya casi no duerme aquí. Me gusta que esté Mariel, porque se queda todo el tiempo en la entrada. Como una gárgola. No hay poder humano que le haga moverse de ahí. También es buena para manejar el dinero.

A Pamela no la puedo hacer que cobre. Ella es distinta. Un ratón de biblioteca. Me gusta que sea así. Es una preocupación menos. Suelo regalarle libros que no sé de qué tratan. Ya tuve que ponerle otro cuarto para ella sola. Una biblioteca. Me siento orgulloso. Hasta cierto punto me alegra que no haya heredado esta sangre sucia.

Fernanda tiene prohibido venir a las fiestas. También ir a fiestas. Tiene quince. Y está prohibido. Está estrictamente prohibido que esté en este tipo de ambiente. Su mamá y yo queremos evitarle un futuro difícil. Un embarazo. Alguna sobredosis. Problemas. No es difícil darse cuenta del temperamento de los hijos. Tiene potencial de ser intrépida. Sé muy bien, que en el primer momento que pruebe el alcohol y sienta el revoloteo mental, su vida será otra. No entiendo lo que la genética hizo con ella, empezando por su cuerpo. Es un cuerpo irresistible. Es voluptuosa. Muy desarrollada para su edad. Un escote y todos corren peligro. Debo estirar lo más que pueda el tiempo para que ella permanezca en esta mansión. No tiene idea de lo que los hombres deseamos hacer con las mujeres. Será difícil privarla de esa naturaleza, pero trataré de frenarlo lo más que pueda.

Compré flores nuevas para decorar el jardín. Las personas pagan por la experiencia. Mi mansión es lujosa. Bonita. Llena de luz cálida en todo el exterior. Un sueño en el atardecer. La alberca es grande y desnivelada. Limpia. Todo es funcional. Pero aun así, si no hay una buena experiencia, la gente cree que pierde su dinero. Pagar la entrada a una fiesta donde hay todo, es una buena oportunidad para quedarse hasta el amanecer. Después ellos invitan a más gente. Y esa gente, a más gente. Y así es como mi mansión se ha convertido en un lugar de fiestas cada fin de semana. Ese es mi objetivo. A decir verdad, es mi secreto. Divertir a tantas almas en un espacio así. Hacerlos sentirse fuera de sí. De ensueño. Recibir dinero. Llenarme de placer. Me hubieran gustado este tipo de fiestas en mi juventud.

Tocan a la puerta, debe ser el sonido.

—Buenas tardes. ¿Aquí vive el Señor Antonio? —me pregunta una chica de unos veinticinco—.

—Dígame, ¿en qué puedo ayudarle?

—Vengo a traerle el éter.

Volteo hacia todos lados a ver si alguien la escuchó. Salgo y la tomo por el brazo de manera abrupta. La llevo conmigo a un lado de la puerta principal.

—Señorita, ¿quién la envió? Saben que no pueden mandarme este tipo de productos así, sin avisar. Podría ser peligroso.

—Entiendo Señor Antonio. José me envió porque tuvo un viaje de emergencia y no quería quedarle mal. Yo solo podía hacerle el favor a esta hora.

Le pido un minuto. Que espere en este mismo lugar. En el punto ciego de la puerta. Debo subir por el dinero y esconder esto en mi oficina. En el pasillo viene Cecilia, como lo imaginé. Va a empezar a hacer preguntas.

—¿Amor, alguien tocó a la puerta?

—Sí, pero ya lo atendí. No es necesario que salgas. Mejor prepárame un té, hace hambre. Ya te alcanzo —le digo sin dejar de caminar—.

Escondo el éter en mi oficina. Tomo el efectivo. Voy sin hacer ruido con la misionera. Le pago y le pido que se vaya por toda la orilla del barandal. Yo distraigo a Cecilia en la cocina mientras me prepara el té. ¿Cómo se le ocurre a José enviarme a una mujer sin avisar? Necesita una advertencia de mi parte. No puede volver a pasar esto. Esa niña me vio la cara. Tiene huellas dactilares mías en su brazo. No me puedo arriesgar a nada. Absolutamente a nada.

—¿Quién era?

—Se equivocaron.

—Nadie se equivoca yendo a una mansión. Por cierto, Fernanda no quiere que vayamos hoy al hotel. Me dijo que ya está aburrida de ir a ver películas y comer pizza cada fin de semana conmigo.

—¿Y qué vas a hacer? Vete con ella a algún lado. Hoy espero una mayor cantidad de jóvenes para la fiesta. Ha ido subiendo la cantidad de gente las últimas tres semanas.

—No sé amor. No es necesario que hagas fiestas.

—No voy a dejar de hacer fiestas, Cecilia. Este es mi negocio de retiro. No voy a discutir de nuevo esto contigo.

—No necesitas el dinero. Intenta tú convencer a Fernanda. Yo nunca puedo negociar con ella.

Toco a la puerta. Fernanda está, como siempre, recostada en su cama. En calzones. Una blusa de licra de tirantes, y su laptop encima de las piernas. Escucha música con audífonos.

—¿Qué haces? —le pregunto mientras me siento junto a ella—.

—Hola papi. Estoy viendo tutoriales de maquillaje. Hoy no tengo clases.

—Muy bien. ¿Y ya sabes qué películas vas a ver hoy con tu mamá?

—No quiero ir a ver películas otra vez. ¿Por qué no puedo quedarme aquí? Te prometo que no voy a bajar.

—No es ambiente para ti. Reservaron el lugar para una fiesta de disfraces. Te vas a asustar con los que van a venir disfrazados de monstruos.

—No voy a ir hoy con mi mamá. No soy una niña chiquita. Aparte siempre se queda dormida y está bien aburrido. Vivo en una mansión. Tú has tu fiesta, no me importa —dice mientras se vuelve a poner los audífonos—.

Tocan a la puerta. Esta vez sí debe ser el sonido. Bajo y Cecilia ya los atiende. Veo que también están limpiando la piscina. Y llegaron a darle mantenimiento al jardín.

—Fernanda no quiere ir hoy.

—Te lo dije.

—Quédate con ella. Pero vas a cuidarla. No quiero que bajen durante la fiesta.

—Si amor. Como digas. Yo me encargo.

Comienza a llegar la gente. El DJ ya suena. Las luces están correctamente instaladas. El sonido distribuido de manera estratégica en el área más abierta del jardín. Las luces cálidas generan confianza. Las flores refrescan los rincones. La mesa de bebidas y bocadillos es de extensión doble en comparación a la fiesta pasada. Tengo personal suficiente este día. El cuarto oscuro está listo. Guardé un maletín con suficientes herramientas ahí. La vez pasada me quedé con ganas de explorar más cosas. Estratégicamente, están los baños enseguida. Ya se encargan del cover en la entrada. Creo que todo está por comenzar. Hoy será una buena noche. Han llegado algunas personas disfrazadas de los ochenta. Típico. También de piratas. Nada nuevo. Nunca se sabe. Me gusta que la noche me sorprenda. El DJ abre con un remix de «Lugares comunes» de Virus, los argentinos del rock elegante en los ochenta. Seguro se inspiró en los disfraces.

Voy por el disfraz a mi oficina. Nadie lo ha visto. Nadie debe saber quién soy. Antes de vestirme voy con Fernanda. No está en su cuarto. Luego voy con Cecilia. Veo que están las dos. Recargadas sobre la cama. Juegan cartas.

—Diviértanse —les digo con una sonrisa y cierro la puerta—.

Me dirijo a mi oficina. Me pongo el disfraz. Soy Scream. Sencillo. Rápido de poner y de quitar. No tan vistoso. Lo importante es mantenerme al nivel de los demás. Disfrazado, pero no con un gran disfraz.

Vengo al jardín. Una mujer se está robando las miradas. Huele a néctar. Viste un mini vestido de piel negra y brillosa. Tiene listones negros envueltos en las piernas que se desprenden de los tacones. Un antifaz y una peluca negra que llega hasta la cintura. Lo justo de su disfraz deja ver hasta el más mínimo pliegue de su piel. Es lo suficientemente hermética para imaginarla desnuda. Arrancarle de tajo ese disfraz de dominatrix. Vacío el éter solo cuando decido quién será mi dama de compañía. Ha habido ocasiones en las que no lo utilizo, porque no hay alguna que me encienda las entrañas. Pero hoy será uno de esos días ardientes en el cuarto oscuro. Nada es más emocionante que querer comerte un manjar y tener que tomarte el tiempo para quitarle la envoltura. Ella es la fruta de esta noche. Aquí es cuando voy por dos bebidas. Bastante hielo. Me alejo un poco en dirección hacia los baños. Revuelvo un poco de éter en una. Luego regreso y me acerco sutilmente a ella. Aprovecho que está en la mesa de bebidas.

—Hola. Me gusta tu disfraz —le digo modificando un poco mi voz—.

—Gracias —dice entre risas—.

Parece una joven. Voltea en diferentes direcciones. Parece que busca a alguien. Le extiendo mi mano con la bebida que contiene éter y ella la toma. La consume muy rápido. Casi de dos tragos. Pienso que es novata o que tiene mucha sed. Esto me asusta un poco. El éter le va a generar confusión y sueño en pocos minutos. Debo convencerla de movernos de aquí.

—¿Ya fuiste al cuarto secreto que tienen aquí atrás?

—Ah, sí. Sí lo conozco.

Está mintiendo. Nadie lo conoce. Me sigue el paso y vamos. Entre el andar se detiene algunas veces y se toca la cabeza. Seguro siente un mareo. Es el éter. Yo la tomo por el brazo y seguimos caminando. Entramos al cuarto. La dominatrix empieza a perder el equilibrio. Solloza casi de forma silenciosa. El sueño ha hecho de las suyas. Cierro el cuarto con llave. Escucho el bajo de fondo y el murmullo de la fiesta. Esta es mi parte favorita. Estoy tenso y eso me genera placer. Le intento quitar el vestido. Es demasiado justo. La forma más fácil es subirlo, y ya está. Tengo lubricantes que generan calor al contacto. Tengo también un par de juguetes. No serán necesarios. Está demasiado sedada. Puedo manipularla como plastilina. Así que solo la acuesto boca abajo en la mesa. Y la tomo por la cintura. Y doy todo de mí. Todo lo que tengo en mi ser. Mi ira acumulada. Mi frustración. Me desfogo entre sus piernas y pellizco con ansias su piel blanca y lisa. Sigo siendo un gran hombre a mi edad. Los ríos de sangre corren por mis venas. Por todas mis venas. Y yo me corro en ella hasta estallar. Pierdo fuerza en mis piernas y debo sentarme un momento. Luego dejar todo como estaba. Incluido el vestido de esta mujercita. Mientras tomo asiento alcanzo a ver ligeramente el perfil de su rostro. Se me quiere salir el corazón del pecho. Le quito el antifaz y es Fernanda. Es mi hija.

Le acomodo el vestido de nuevo. La siento. Guardo todo lo que tengo en el maletín y limpio con alcohol mis posibles huellas. Un nudo en la garganta comienza a incomodarme y es necesario llorar. Lleno mi vaso con éter. Lo bebo todo de un solo trago. Si volviera a comenzar lo cambiaría todo. Es lo que pienso mientras siento un frío fulminante correr por mis brazos.



Mónica Blumen (Ciudad Juárez, 1988) Egresada de la Licenciatura en Realización Cinematográfica por el Centro de Artes Audiovisuales (CAAV, 2009-2013). Actualmente, cursa la Licenciatura en Filosofía en la Universidad Autónoma de Chihuahua (UACH, 2022-2026). En el ámbito cinematográfico, se desempeña como directora de cine documental, productora, guionista, fotógrafa y montajista. Fue nominada al Premio Ariel con el cortometraje documental “13,500 Volts” (2016); seleccionada en festivales nacionales e internacionales y ganadora de diversos premios por su obra cinematográfica. En el ámbito literario, Mónica ha participado en la antología de cuentos “Raíces de obsidiana: criaturas mitológicas” y “Poemas pe(r)didos”, antología ganadora en Voces al Sol 2022. Fue asesora y editora en la escritura del guion de largometraje de ficción “La Biblia de Gaspar” (2023). Ha sido becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en 2014-15.
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