Letrinas: Macaria

Felipa y yo somos felices. Yo me como uno o dos chocolates todos los días y mi madrina ni se da cuenta.


Macaria

Por Víctor M. Campos


Estoy sentada frente al espejo esperando a que me salgan las canas. La otra noche, mientras cenábamos, mi madrina me encontró una en el fleco. Dice que no hay nada peor que le pueda pasar a una mujer. Ella se las tiñe con esos rojos que tanto le gustan. Mi cana es blanca o más bien como plateada. Menos mal. Las canas amarillas le dan asco a mi madrina. Eso dijo mientras fruncía la boca y me la arrancaba con unas pinzas.

Felipa dice que no debería hacer eso. Que las canas son destellos de sabiduría. Pero mi madrina truena la boca y dice que qué sabiduría puedo tener yo. Y sí, digo no, supongo que no. Mi madrina es la sabia de la casa. Aunque, aquí entre nos, yo prefiero a Felipa. Ella es la que me da de comer lo que me gusta. Cuando mi madrina se va al banco o duerme su siesta, Felipa y yo vamos a mi cuarto y me da cosas ricas.

Cada primero de mes mi madrina va por su incapacidad. Luego vuelve y se encierra en su cuarto. Yo pego mi oreja a la puerta y la oigo contar el dinero en voz baja. Uno, dos, tres, y así. En la cocina le da algunos billetes a Felipa, pero antes se moja la punta de los dedos y se los va pasando uno por uno. No vaya ser que estén pegados, dice. Con lo caro que está todo. Con lo inútiles que somos Felipa y yo. Felipa me cierra un ojo y sonríe. 

Quién sabe cómo le hace, pero siempre trae chocolatitos. Ella dice que estira el dinero. Una vez yo lo intenté pero rompí un billete y mi madrina me pegó. Sólo quería estirarlo, le dije, pero no me creyó y me dio de bastonazos. Chamaca idiota. Ya me tienes harta, me gritó. Felipa me llevó a mi cuarto, me quito la ropa y me sobó. Sentí muy rico. Después, me dio un chocolate. Nomás no le digas a nadie, mijita, y te doy más chocolates luego.

          Yo aprendí a sobarme sola.

Pero Felipa se dio cuenta y me dijo que no; que eso no era para andarse haciendo así nomás. Y es que de repente me daban muchas ganas y lo hacía a todas horas y en todos lados. Felipa me dijo que si mi madrina me veía me iba a dar de bastonazos otra vez. Mejor yo te ayudo cuando se vaya al banco o cuando se duerma. Además, acuérdate de los chocolates. Así me convenció. Y aunque a veces me dan muchas ganas de sobarme, nomás me siento, cruzo las piernas y las columpio hasta que se me pasan. Felipa me mira y se pone un dedo en la boca como para que no diga nada. Y no, no digo nada. Ella es muy buena conmigo. No es de la familia, pero aquí está todo el día. Se la pasa barriendo y trapeando mientras mi madrina se depila las cejas o ve la televisión. Los sábados lava la ropa y es ahí cuando se da cuenta de que a veces no me puedo aguantar las ganas. Mira nomás estos calzones, me dice. Y yo me río. Lávate las manos antes, chamaca. O de plano bájatelos pa’que luego no me cueste tanto trabajo quitarles la mugre.

          También así se dio cuenta de lo del padrecito.

Los domingos venía a comer después de misa y se sentaba a ver la tele con mi madrina. Cuando ella se quedaba dormida, el padrecito decía que me iba llevar al cielo y me sobaba muy brusco y luego yo lo sobaba a él. Felipa se dio cuenta porque un día mis calzones estaban todos embarrados. Y ora qué es esto, dijo. Yo nomás alcé los hombros y me tapé la boca con las manos. Ella rascó la mancha, la olió y peló los ojos. Yo me reí y me hizo cosquillas hasta que le conté todo. Si sigues jugando con él ya no te voy a dar chocolates. Y como el padrecito no me daba nada y nomás se hacía pipí, ya no dejé que me llevara al cielo.

          Desde entonces ya ni viene.

          Felipa y yo somos felices. Yo me como uno o dos chocolates todos los días y mi madrina ni se da cuenta. Se la pasa viendo el programa de la Doctora Polo hasta que se queda dormida. Así desde su accidente. Felipa y yo estamos toda la tarde en mi cuarto y luego se va a su casa. Se despide de mi madrina hablándole bajito al oído y ella salta en el sillón. Sí, sí, dice mi madrina a lo puro menso. A mí me da mucha risa, pero Felipa se pone un dedo en la boca y me pela los ojos. Sé que ella también se ríe pero disimula.

          Sí, sí. Nos vemos mañana, dice mi madrina cuando por fin se despierta. Luego Felipa le recuerda que al día siguiente es domingo y que ella los domingos no viene. Sí, sí, hasta el lunes. Ya, lárgate, le dice. Cuando se va, mi madrina y yo cenamos las dos solitas en la cocina.

Así estábamos la noche en la que mi madrina me llamó. Se puso los lentes, me pidió que agachara la cabeza y me espulgó. Ya estás vieja, me dijo. Luego, sentí el jalón. ¡Auuuh! Ahora estoy sentada frente al espejo esperando a que me salgan las canas. Mi madrina me dio unas pincitas para que cuando vea una me la arranque. Dijo que si no me pongo viva me va a tener que pintar el cabello de rojo, pero yo no quiero. Felipa tampoco. Dice que mi cabello es más bonito así como está. No me ha salido ninguna cana en todo este tiempo.

Lo bueno es que mientras puedo columpiar mis piernas y comerme uno de los chocolates que Felipa me dio.

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