Falses Beatniks | Por Liz De Roman
Esto es amor, quien lo probó lo sabe
Lope de Vega
Desde que tengo memoria, el tema del amor ha estado presente en mi vida y, contrario a la interesante (y quizás divertida) idea de buscarlo activamente en mis relaciones personales, me fascinan un poco más las historias que se proponen contarlo, así no sabes si habrá una sensibilidad distinta como en los animes y doramas en los que cada gesto y roce encierran una explosión de sentido o una alegría fugaz de ver el coqueteo entre dos personajes de películas e incluso videos musicales. Aunque es cierto que este impulso nunca descansa, pues no importa el número de narrativas que conozca, una pregunta vuelve a aparecer para susurrarme: ¿qué es amar?
Si repasamos nuestras experiencias cercanas a lo amoroso, es muy probable que coincidamos con los artistas que afirman un hecho casi indiscutible: no importa cuántas sociedades ni cuánto tiempo transcurra, quizá la incógnita más íntima y, por ende dimensionada como una de las más importantes en el sentir humano, sea la del amor. Y esto no con el afán de colocar lo amoroso en el centro del mundo, sino para preguntarse nuevamente por qué el amor es tan complejo y a la vez tan común de vivir. Rastreando dicha naturaleza, la obra Tu otro nombre de Elsa Cross se une a esta discusión y su misterio en una propuesta que juega con el peso del “nombre” y el acto de “nombrar”, pues aunque parezca una labor sencilla (casi automática) en realidad compromete un modo distinto de ver y existir en el mundo.
Pensemos en una de las certezas más grandes de nuestra vida: el nombre, esa etiqueta que moldea tu identidad y te afirma ante otros, a veces con cariño como en el caso de los sobrenombres o apodos, y otras con distancia o formalidad (para algunos apellidos o nombres que no reciben modificación alguna en el modo de llamarte); un grupo de palabras que encierran de principio a fin todas las cualidades, características e ideas que uno tiene de su persona a quien identificamos con solo evocarla en el pensamiento o abrir la boca. Sin embargo, ¿habrá algún modo de poner en duda ese nombre?, ¿tal vez de confrontarlo? La respuesta inmediata sería “sí”, y para una explicación más detallada los poemas de Elsa Cross exhiben que esa posibilidad radica en el amor.
Si nos dieran a la tarea, como en las películas, de pasar diferentes escenas y recuerdos que guardan cada instante en nuestras relaciones, ¿qué las distinguiría a unas de otras?, porque sin importar que todas las viva un mismo sujeto, nunca se salvan de condiciones y cambios que las afectan. Así, partiendo de lo más visible: la otra persona (que suele cambiar) hasta lo más profundo, la vida creada en compañía, Cross señala un fenómeno recurrente; el amor tiene múltiples dimensiones, la del amante es la que siempre quedará con nosotros (la perspectiva del que ama y puede declarar “yo amé”), pero hay algo más allá, algo que rebasa los hechos y las sensaciones o que las integra en una cosa innombrable, una manera de convivir con el otro que no posee una sola forma y mucho menos una sola etiqueta para describirse, un lenguaje que solo es comprendido por los que se aman en él y que Cross señala como el “otro nombre” que recibimos al estar con la persona amada y que es irrepetible.
Un aroma, un chiste personal, un apodo, una costumbre… en suma, el abanico de cosas que hacemos con esa persona en particular y que, aunque amemos después a otros y este conjunto cambie (sean otros gestos, otros apodos, otros chistes u otras vivencias), no podemos encasillar en una sola palabra, pero sí experimentarlo en el amor. Ese es nuestro otro nombre. Uno que jamás será nombrado porque no tiene una sola forma, mas sí reconocido como tal. Tú vives con una parte del otro y viceversa, el otro vive con una parte de ti. Un nombre adoptado en el amor.
Entre los aspectos clave del libro, resonaron mucho en mí los usos de otras nociones ligadas al espectro amoroso como el deseo y la sensualidad, resaltando su erotismo y el papel importante que en la experiencia del enamoramiento se le da a los límites del lenguaje o el poder de los silencios. Para lo erótico, por ejemplo, Cross me mantuvo a la expectativa porque plasmaba de manera muy meticulosa los argumentos de George Bataille y Byung-Chul Han (ambos filósofos) sobre el erotismo, el cual alejado de lo que se cree (un género pornográfico o sexualizante) tiene teorías en las que se habla de un encuentro con “el otro” y su alteridad. Es decir, al conocer a alguien lo que hacemos es dejar de lado nuestro egoísmo y las barreras que nos encierran en el “yo” (esto es en nosotros mismos y nuestra forma de ver las cosas), por lo que de dicha experiencia se puede llegar a una especie de “fusión con el otro” a partir del cuerpo o el afecto o ambos. En los poemas de la autora el juego de cada elemento de lo amoroso y del erotismo se confunde o se mezcla, aludiendo a que al final se asumen como eso, una fusión entre dos individuos que por instantes dejan de ser “dos” y se vuelven “uno”, al grado en que no se sepa quién es quién: “ese instante/ contiene/ todo el espacio/ en sí/ todos los tiempos/ en sí/ en nos”.
Por otro lado, en cuanto al lenguaje y el silencio, se nos muestran dos paralelismos: tanto se puede hablar del amor como no conseguir hacerlo en plenitud (la famosa frase “las palabras no son suficientes para transmitirlo”) y por lo que refiere al amor, se basta con no nombrarse por completo (aquí aplica en parte lo de “un silencio dice más que mil palabras”), entonces es posible leer fragmentos en los que la voz (generalmente femenina) no alcanza a expresar sus sentimientos y a la vez no lo necesita pues lo importante es transmitir ese conocimiento que compartimos todos por haber amado alguna vez; “desde qué fondo invisible/ viene esto que sabemos/ sin decirlo”, “poco a poco / nos contiene en su silencio/ esta cesura/ nos hace entrar en su núcleo/ de potencia infinita/ y antes de que existan/ acomoda/ y revuelve las palabras”, de ahí que “busque cómo decirse/ y se dice mejor en el silencio”.
A lo largo de los poemas se puede sentir la ambivalencia que solemos asociar al amor (más de uno no lograría mentir si nos cuestionaran el que no todo en su experiencia es y ha sido agradable), de manera que, aprovechando tal dinámica, los estados emocionales en que se encuentra la voz de los poemas cambia tan alternadamente como lo hacen los apartados de cada capítulo. Algunos fragmentos como “Y en el latido que pulse y se detenga/ habrá sólo amor/ sólo tu amor” o “ un instante contigo/ y todo se transfigura/ se vuelve/ esta fulguración” se percibe un proceso que intenta abarcarlo todo y que también carga “luz” e intensidad. Pero como lo declara la voz en otros versos “este amor [...]/ se juega todo entero a cada instante” y es “una moneda al aire [...]/ no sabemos/ de qué lado del tiempo/ va a caer”, por ende, en el resquicio de sentirlo hay una incertidumbre que permanece, no sabemos si una persona nos corresponderá o no (y, de hacerlo, si será en la misma medida en que nosotros la amamos) o si en algún punto de la relación ésta se volverá monótona, fría e indiferente.
A la par de la falta de certeza, existe un contrapunto al que le suelen temer todos los que aman: la ruptura. ¿Qué pasa conmigo cuando el “nosotros” vuelve a ser “tú - (menos) yo”? Para esto, Cross recurre nuevamente al erotismo y la fatalidad de una pasión que consume al sujeto porque carece de la reciprocidad del otro como en “y tu ausencia/ se extiende/ como una madreselva/ y no deja ya ver/ en dónde o cómo o para qué”. Un dolor que cohabita con otros sufrimientos como la desolación, la ausencia o la despedida, así hallamos versos en los que se escucha que “perdemos suelo y cielo [...]/ de pronto estamos/ en una tierra ajena/ buscando un rasgo familiar/ cualquier indicio–/ pero todo se va ya” o la sentencia que describe irónicamente el duelo del desamor: “qué maligna ley retributiva/ hace pagar con lágrimas/ cada instante de dicha”.
Sin embargo, llegados a la descripción de los diversos matices en el amor incluidos el sufrimiento y la desdicha, resulta necesario puntualizar que aunque el discurso de Cross tienda a describir cómo una sujeto femenina se pierde en el amor y la pasión desbordados o comienza a “destruir” el sentido de sí misma y de la vida, las estrategias de su escritura (e incluso de las metáforas) no enaltecen las ideas que hoy concebimos como “amor romántico”. No se trata de un romance que crece en el dolor donde muchas historias quieren cubrir los abusos, la falta de límites o la adversidad y drama como “verdadero amor”, sino que funcionan como hipérbole de lo pasional, en la que los sujetos resienten en cada fibra de su cuerpo y de su ser los síntomas del amor y desamor. Empleando palabras como “destrucción” o “muerte” ejemplifica de un modo simbólico el traspaso de ser uno y “volverse uno con el otro” (a nivel corporal y sensorial) o el duelo de una relación que llega a su fin. En “la hermandad creciente con la muerte/ hace de cada instante/ un vino delicioso” el sentido que se la da a “morir” no supone una interpretación literal del acto, sino su equivalencia con los puntos cúlmines del placer, pues al estar tan embelesados en volverse uno con sus cuerpos, el gozo se lleva a un extremo máximo que solo podría tener comparación con algo que nos hace sentir nuestra existencia efímera (la muerte) y su eternidad (los orgasmos y el amor).
Finalmente, aunque me gustaron la musicalidad y los temas que emplea la autora, sintiéndose como la cascada de emociones que cualquiera ha experimentado al enamorarse (o padecer el rechazo y el abandono), habría sido interesante encontrar poemas con nuevas metáforas o lugares literarios para explicar el amor, quizá más centrados en los métodos actuales de las relaciones, lo cual no implica que Cross carece de una propuesta adecuada para su contexto, pues ejecuta con maestría y soltura un amplio catálogo de imágenes que Occidente ha utilizado para hablar de lo amoroso. Y, si hay algo que la autora parece decirnos con su poemario, es que en un mundo donde “la entrega sin acuerdos, límites ni precauciones” es peligrosa, uno tiene que atreverse a amar, aún con miedo, aún con concesiones y filtros, dado que las personas pueden ir y venir o dejar heridas que nunca sospechamos, pero el amor, su enigma y sus sorpresas siempre quedarán en el desarrollo de nuestros corazones.