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Oficio del cuentista: «Elevador»



La primavera para el colectivo de Letrhadas comenzó con el taller de cuento de la escritora Lola Ancira. Durante cinco semanas fueron revisados 15 textos de diferentes autoras y autores, con el fin de sentar las bases de la escritura del cuento. A través de la guía de la autora, las y los alumnos que se inscribieron comenzaron a ejercer el oficio del cuentista. En este dossier supervisado por la tallerista publicaremos los resultados de dicho taller. Queremos que conozcas a Lola Ancira como autora, pero también como editora y maestra del género, así que te invitamos a disfrutar la siguiente lectura.


Elevador

Por Ana Paulina Flores Aguilar


Braulio N. de setenta y seis años, empleado de tiempo completo en la tintorería del Centro Urbano del sur de la ciudad, era un hombre muy formal. Todos los días a las siete y media de la mañana, tomaba el elevador desde el séptimo y último piso del edificio hasta la planta baja; vestía siempre con camisas de manga larga cuidadosamente planchadas y fajadas en sus pantalones de pana, sujetos por un cinturón de cuero auténtico que combinaba con sus zapatos boleados.

En el edificio la hora pico comienza a las seis de la mañana y termina poco después de las siete y cuarto. Por orden de protección civil, debido a la antigüedad y a la falta de mantenimiento del edificio, solo se permiten cuatro personas a la vez dentro del elevador incluyéndome a mí, por eso cuando los inquilinos salen de sus departamentos para ir a trabajar, los que llegan temprano esperan pacientemente su turno para bajar, y a los que se les hace tarde bajan corriendo por las escaleras de zig zag.

A pesar de la cantidad de gente que utiliza el elevador a esas horas, los dulces y cigarros de mi pequeño puesto se mantienen intactos, mientras que los periódicos y los boletos de la lotería se acaban rápidamente bajo la esperanza de que “este boleto es el bueno”. Braulio N., el nombre que se leía en su gafete, compraba ocasionalmente un paquete de chicles de menta y una paleta de corazón, de esas que tienen frases cursis en uno de sus lados.

Nava, Navarrete, Negrete… Cada día, después de que el señor Braulio salía del elevador y se despedía con un “gracias, que tenga buen día, Rosita”, yo me ponía a pensar en todos los apellidos que comienzan con ‘N’ tratando de adivinar el suyo. Preguntarle hubiera sido más fácil, pero cuando el hombre entraba al elevador, sus conversaciones casuales sobre el clima y el olor intenso de su perfume me hacían olvidar la duda.

Operar un elevador es un trabajo agotador aunque no lo parezca: el horario matutino inicia a las seis de la mañana y termina a las dos de la tarde; el espacio mide poco más de un metro cuadrado y está cubierto de plafones de madera que se han ido despegando con los años y por la humedad que se filtra por las grietas; la radio y el periódico han sido mi escape de la soledad constante.

Cada cierto tiempo, Braulio N. entraba al elevador con una maleta grande. Me explicó que algunas veces su jefa le permitía lavar y planchar su ropa en la tintorería donde trabajaba. Pasaba horas en el local “sacando todas las manchas” decía, pero yo nunca vi su camisa sucia, ni siquiera el último día.

El mes pasado, Lucía, la operadora del turno nocturno, me pidió cambiar los turnos para cuidar a su madre enferma. Ese turno era aún más solitario. Los inquilinos empezaban a llegar a las ocho y el último, Braulio N., subía pocos minutos antes del final del turno, a veces solo y otras con esa pesada maleta que olía a una extraña combinación entre vapor y metal.

La mañana en que regresé al turno matutino él no usó el elevador. La última vez que lo vi fue en una foto, en la primera plana del periódico: “Braulio “N” de setenta y seis años, empleado de tiempo completo en la tintorería del Centro Urbano del sur de la ciudad, fue detenido anoche en su domicilio por el asesinato de al menos doce niñas de entre seis y nueve años, a las que invitaba a entrar al establecimiento a base de mentiras y una paleta”.



Ana Paulina Flores Aguilar, egresada de la carrera de Escritura Creativa y Literatura por la Universidad del Claustro de Sor Juana, nació y creció en la Huasteca Veracruzana. Es apasionada de la literatura de terror, ciencia ficción y de todas aquellas historias que reflejen la cotidianidad mexicana desde todos sus ángulos.

Comerse la vida a cuerpos: la identidad apasionada de Claudina Domingo


Falses Beatniks | Por Liz De Roman



Si así sueño mi carne, así es mi mente:
un cuerpo largo, largo, de serpiente,
vibrando eterna, ¡voluptuosamente!

Delmira Agustini


Una mujer lobo bella y feroz. Esa es la imagen que vino a mi mente cuando pensé con detenimiento en el nombre de Claudina Domingo, pues junto a la sonoridad tintineante de aquel vino una infancia en la que me rodeaba toda clase de caricaturas e historias ficticias y la única serie en que recuerdo haber escuchado un nombre similar al de ella fue en la de “Clawdeen” de Monster High, que siempre pronuncié como “Claudín”. Lo curioso de esta mención nostálgica no sería mi ignorancia respecto a la autora de mi nueva lectura, sino la reconfiguración que pude observar de la (o las) personaje que fue “Claudina” a lo largo de las páginas de Dominio (2023); de modo que, aunque aquella no estudiara en una institución para monstruos sacados de la mitología occidental, sí en varias escuelas públicas edificadas por la narrativa mexicana y, pese a que no nos referimos a una criatura sobrenatural, el sueño y las ideas serán el cauce de crecimiento de una mujer empujada a los lindes de “monstruo”.

Claudina nos entrega una novela autobiográfica y, haciéndole honor a la cercanía o incluso confidencia que tienen estos textos, la historia se rige a partir de dos temporalidades significativas en la vida de la poeta: su paso de la pubertad a la adolescencia y la mujer adulta en que se convertiría. Así, los capítulos conceden el salto y avance entre una u otra Claudina, iniciando por la mujer que llega convaleciente al hospital y regresando a la chica que añoraba salir de sus ataduras para finalmente vivir como mujer autónoma. Dicho vaivén ocurre de manera paralela, por lo que vemos crecer tanto a la chica mexicana que le tocó habitar la década de los noventa en el entonces “D.F.” y a la mujer mexicana de siglo XXI que también padeció el confinamiento por COVID-19. Ambas se dejan escuchar, mas a través de la primera se da pauta a otro vaivén: un viaje hacia los sueños y la imaginación que la otra plasma en imágenes poéticas.

En este sentido, la chica-Claudina procede de una familia trabajadora pero lo suficientemente tranquila para hacerle resentir sus limitantes. Aquí es preciso señalar que los “límites” son tan particulares como comunes a cualquiera que esté o haya estado alguna vez en esa etapa que refleja el paso de la secundaria al bachillerato; recuerdo que en cierta ocasión un maestro me dijo “nadie disfruta esa edad” y tal vez poniéndose de acuerdo con la autora, la novela expresa el caos, la confusión y al mismo tiempo las fuertes sensaciones de acabar con todo lo existente para abrirle camino a algo nuevo, a por ejemplo: la ilusión de ser otra persona o vivir otra vida. De allí, un frecuente aburrimiento por ir y regresar de la escuela a su casa (sin desvíos, un solo trayecto) o la insufrible atención de quedarse en un salón de clase muchas horas, lo que la reta a perseguir un mundo en el que fuera libre de desear, conocer y esculpir experiencias e ideales coherentes a su apasionada forma de buscar la vida. Para esta versión juvenil de Claudina, el mundo de los sueños le ofrece envolver su primera pasión: el placer de abrirse a su sexualidad.

Una de las escenas que más me atraparon fue la de una profesora de secundaria que se describe con la apariencia de Bonnie Tyler.

Siendo de las pocas a las que respetaban los alumnos, un día llega con un semblante distinto a dar una charla que tomaría toda la sesión; en ella, arranca una hoja de papel y la arruga, la hace bolita y la vuelve a estirar, luego lanza un comentario impactante: “ahora que existen los condones parece «más sencillo» tener una vida sexual desordenada. Pero es una confusión; no hay nada de inofensivo en «este mundo cruel»” (p. 40), acto seguido explica con efusividad que “una mujer puede acostarse con un hombre y con otro y creer que estará bien”, pero tras hacer pausas dramáticas y torcer la hoja repetidas veces, así como clavar una pluma en ella, la profesora comienza a enfatizar un discurso que en la superficie no sólo es conservador y machista sino violento, pero una vez sale del aula comienza una burla colectiva de todos los chicos contra una de las compañeras del curso que se rumoreaba con una vida sexual activa. Las impresiones a esta escena se dividen en dos: la de una lectora como yo, quien ve en sus palabras la negación de la sexualidad femenina mientras se le oprime con el mismo miedo de lo que la sociedad es capaz de hacerle a las mujeres que se atreven a ejercerla, y la de la chica-Claudina, la cual no se deja arrasar por su entorno y sigue fantaseando con esa vida erótica.

Quizá la siguiente pregunta sea: ¿por qué la chica-Claudina no se ha puesto en marcha por esa sexualidad? Apartando las confrontaciones con una conciencia de género, durante sus estudios de secundaria y gran parte de lo que denominará “infancia”, Claudina aún es una chica tímida y cohibida, por lo que su único escape de la realidad son los sueños, pero no de cualquier tipo, los “sueños de aire”. En ellos, Claudina es una mujer independiente con múltiples disfraces pero siempre libre de tener sexo con el hombre que se imagine. Un anhelo que se vuelve tangible hasta el bachillerato, lugar en el que decide desprenderse de su timidez y emprender una práctica sexual que concibe como la de cualquier otra afición: tanteando entre muchos intentos hasta estar satisfecha.

Para la chica-Claudina, el emprendimiento de su sexualidad será el detonante que le permite descubrir y “devorar” el mundo y los submundos que la rodean en forma de personas e historias; no obstante, en una realidad en la que se esperan grises, aquella se topa de frente con los polos: la iluminación que cree encontrar en el sexo la hace encarar el lado oscuro que la cultura ha clavado por generaciones a nuestro género. Una chica joven no “debe” manchar su cuerpo con muchos hombres, de lo contrario es un monstruo y para un monstruo la única posibilidad identitaria es el gran insulto (de afanosa letra “P”) que la sociedad patriarcal le da cuando rechazas realmente estar con “cualquiera”, cuando dices que no eres virgen, cuando “te insinúas”, cuando expresas tu deseo e individualidad, cuando al final de cuentas: eres mujer.

Ahora bien, en algún punto las obstaculizaciones a su ser deseante la empujan a la “crueldad” de la que hablaba la profesora Bonnie Tyler, donde la mujer libre y lujuriosa no “tendría que ser compatible con el amor”. Empero, alejándose de los dramas en los que no quiere ser el personaje principal y en contramedida a tal “lógica” de los hechos, se interna en un camión y se deja ir (no para perderse, sino para buscar) y lo que encuentra será el motivo fundamental de su poesía adulta: la esencia de la ciudad, de la urbe. En esta segunda pasión, la chica-Claudina aspira a capturar los sentidos y el rastro que se deja en las ruinas y construcciones, una influencia que vemos marcada en las imágenes de la mujer-Claudina, pues su modo de narrar tanto sueños como sensaciones viene de un ejercicio atento de observación de la realidad, cuyo eje termina por ser poético y con ello, hermoso.

Por lo que refiere a la mujer-Claudina, la adultez y el presente indefinido se cruzan con el dolor y la enfermedad, circunstancias que evidencian lo fácil que el ser humano, su hasta entonces vida y sus aspiraciones futuras se pueden torcer. Escuchamos con regularidad la frase “tenemos mucho tiempo por vivir”, sin embargo, lo temible para algunos es saberse preguntando ¿cuánto tiempo será? De entre tantas opciones, el tópico de la enfermedad es el más común y del que menos se quiere discutir. Claudina se aventura a mostrar su experiencia más cercana a la muerte y los estragos que mediante aquella la obligan a volver al hospital. Conforme lees sus pasajes, inevitablemente te mueves en los propios: quizá no te haya pasado a ti, pero sí a un familiar o en algún momento por equis razón te ves obligado a adentrarte en ese espacio hermético que es la salud, los hospitales, los horarios de visita, las habitaciones compartidas o los procedimientos médicos y sus consiguientes demandas, ya sean económicas o emocionales.

Pensemos en las anécdotas donde nos obligamos a enfrentar el dolor físico, un dolor de cabeza/ de estómago/ de rodilla/ de cadera y un largo listado de malestares que se nos ocurra; en cada uno Claudina conduce una comparación con las pesadillas, pues como éstas el dolor se reconoce por ser consistente y repetirse sin descanso. Sobre todo esto último: la repetición.

Así como no sabemos cuándo ni cómo nos podríamos enfermar, tampoco cuántas veces a lo largo de nuestra existencia seguirá sucediendo ni en qué alcance. Entonces, me sorprendió leer que la mujer-Claudina alude al término del “eterno estudiante” (pues se dice que nunca dejamos de aprender) para darle un sentido crudo a su experiencia: “[...] aguanto firmes, me domino mientras tiemblo de dolor. Quizás esa es la asignatura que debo recursar una y otra y otra vez. Dominio ante las propias pasiones, Dominio frente al miedo, Dominio en el dolor [...]” (176).

En conclusión, aunque debido a la naturaleza fuerte de las circunstancias se llegue erróneamente a asumir que Claudina sufre y es “una víctima” de las mismas, el tono sarcástico que le da un toque refrescante de humor a la lectura nos regresa a la realidad, porque Claudina en todas sus versiones ha sido atravesada por problemas y conflictos, pero nunca se victimiza. Al contrario: adopta una postura osada y rebelde que fluye a la contra. No se deja engullir por completo, cae profundo quizá, pero observa en ello un proceso y se acerca al lector a contarle su historia, no para compadecerse ni llorar, mucho menos dar una lección, sino exhibirse como lo quisiera alguna vez la chica-Claudina: como un personaje literario dispuesto a contar sus secretos.


Oficio del cuentista: «El club de los gatos negros»



La primavera para el colectivo de Letrhadas comenzó con el taller de cuento de la escritora Lola Ancira. Durante cinco semanas fueron revisados 15 textos de diferentes autoras y autores, con el fin de sentar las bases de la escritura del cuento. A través de la guía de la autora, las y los alumnos que se inscribieron comenzaron a ejercer el oficio del cuentista. En este dossier supervisado por la tallerista publicaremos los resultados de dicho taller. Queremos que conozcas a Lola Ancira como autora, pero también como editora y maestra del género, así que te invitamos a disfrutar la siguiente lectura.


El club de los gatos negros

Por Miguel Ángel Barragán Reyes



Era la tercera vez que pasaba ese pensamiento descabellado por la mente de Lucho. La primera vez fue solo una reflexión; ¿qué pasaría si secuestro al gato del sargento Ospina? Esos bichos suelen escaparse de casa. La gente pone carteles de ‘se busca’ constantemente. Nunca los encuentran. La segunda vez fue, más bien, un arrebato de sofismas; ¡lo salvaré de ese pedante cocainómano! Una bala en la sien, un cuchillazo en el cuello y el gato sería mío. En todo caso, los gatos son seres sobrenaturales que no pertenecen a nadie. Pero la tercera vez, más que un pensamiento, fue un plan para cometer el crimen.

            En aquel entonces, Lucho tenía 30 años. Era contador en un discreto despacho y vivía en un pequeño departamento, solo. Una vida relativamente ordinaria, sino fuese por el oscuro secreto que, a veces, lo aquejaba. 

            Al lado de él vivía el sargento Ospina y su gato negro; un felino hermoso que Lucho comenzó a desear cuando se enteró de la existencia del Club de los gatos negros; una enigmática sociedad con la que se obsesionó sin remedio.

            Verónica, la chica nueva del trabajo, le contó acerca de ello; le confesó que aquel club estaba conformado por personas que buscaban un sitio donde poder ser ellas mismas. Personas, algunas, con oscuros secretos.

            —Desnudamos nuestra alma, Luchito. Nos contamos nuestros pecados más viles.

            —Pero, ¿qué tipo de pecados?

            —De todo, créeme.

            Lucho imaginó, con gran ilusión, a un grupo de psicópatas; inadaptados que habían encontrado un refugio. Un club que ansió conocer.

            —Sí pero, ¿qué tipo de pecados?

            Verónica rio por lo desesperado que parecía Lucho. Sabía que el Club sería de su interés pues, según algunos compañeros del trabajo, Lucho se sentía atraído por órdenes secretas y antiguas; sociedades que Lucho admiraba por pensarlas enigmáticas e, incluso, perturbadoras. Illuminatis dominando la economía global. Masones a las sombras de las más grandes revoluciones políticas. Neotemplarios protegiendo viejos cánones de conocimiento.

            —Si te lo contara, incumpliría la regla número 7 del club.

            —¿Y cuál es esa regla?

            —Si te lo contara, incumpliría la número 8.

            Lucho rio, se emocionó con ese exagerado secretismo.

            —¿Y qué se necesita para entrar?

            —Si te lo contara… ¡bueno!, tal vez algún día te dé una pista.

            Pero para Lucho fue obvio, se necesitaba un gato negro. Inmediatamente pensó en el gato del sargento Ospina. Aquel animal le daría entrada a una sociedad de personas como él.

            Fue así como empezó a planear el secuestro. Lo más orgánico sería provocar que el gato saliera de casa por su cuenta. Una vez afuera, lo tomaría sin más. Para esto, tendría que dejar alimento cerca de la casa del sargento y, así, provocar la salida del gato; con un poco de suerte, el felino se haría una rutina. Lucho estaría atento de esos horarios, aunque también de la actividad vecinal en la calle. Nadie debía verlo. Robar un gato es una atrocidad que ni siquiera el Club de los gatos negros perdonaría. O peor aún, el sargento Ospina podría propinarle la más histórica de las palizas. Pero mientras pensaba en estos escenarios, con la mirada perdida y la respiración un tanto agitada, se descubrió frente a la puerta del sargento Ospina, con un cuchillo de cocina en la mano izquierda, después de haber tocado el timbre.

            Escuchó fuertes pisadas aproximándose. Ocultó el arma. Respiró. Pensó en huir, pero no lo hizo. Miró rápidamente los alrededores. Cuando el sargento abrió la puerta, lo único que se le ocurrió fue señalar, con la mano derecha, el poste de luz más cercano. Apuntaba al panfleto que hace unos días habían colocado en la colonia para pedir información sobre Noa Martínez, un chico de 19 años que había desaparecido recientemente; un cuerpo que descansaba en el departamento de Lucho. Con convincente serenidad, Lucho le comunicó al sargento que sabía dónde estaba aquél chico. El sargento, dubitativo, lo invitó a entrar para entender qué pasaba, pero en cuanto el sargento dio la vuelta, Lucho le clavó con violencia el cuchillo en el cuello. El hombre cayó mientras balbuceaba algo inentendible. El gato, con la mirada fija, indescifrable, lo vio todo.

            Durante un minuto, Lucho no pudo despegar la mirada del cuerpo que yacía en el suelo. Buscó justificaciones del asesinato dentro de su confundida mente, pero, al no encontrarlas, un extraño trance se apoderó de él; solo podía pensar en un revoltijo de ideas: el club, el gato, oscuros secretos, solución. El Club de los gatos negros podría ayudarle.

            Al día siguiente, Lucho dejó una notita en el escritorio de Verónica. ‘Ya tengo un gato negro’, decía. Verónica no comprendió el mensaje de inmediato, pero supo de quién, dadas las últimas conversaciones que habían tenido. Lucho esperaba alguna especie de confirmación, pero no fue sino hasta tres días después, en el cumpleaños número 31 de Lucho, cuando Verónica le pidió acudir al Pompeyo Café, donde lo esperaría el líder del Club.

            Al llegar, solo una persona se encontraba en una de las mesas. Vestía de negro, tenía semblante pálido y sorbía su café tan elegantemente como lo haría un gato. Al sentarse, Lucho corroboró, como se lo exigía el prejuicio, que el hombre cargaba un aura sombría, casi exagerada, casi actuada. Esto emocionó como nunca a Lucho, sabía que estaba en el lugar correcto. El hombre le pidió confiar en él. Lucho asintió. El supuesto líder cerró ventanas y puertas; le vendó los ojos y le ató una mano a la silla. Lucho accedió sin chistar.

            Al principio, se percató de que aquel hombre preparaba una suerte de utensilios. Guantes de látex que se esforzaba por ocultar inútilmente. Iba de aquí para allá sin explicación alguna. Pasaron varios minutos hasta que el lugar se tornó casi sepulcral; frío pero solemne. El hombre no decía ni una sola palabra. A lo lejos, el barullo de la calle nada más, como un recordatorio de que el tiempo no se había detenido; un recordatorio de que esto era real.

            De pronto, alguien habló. No era el hombre que lo recibió. La voz era contundente, casi violenta.

            —¿Sabes dónde estás?

            —En el Pompeyo Café.

      Irrumpió en el lugar un fuerte ‘nooooo’, gritado por varias personas. Lucho se sobresaltó. ¿En qué momento había llegado tanta gente al lugar? ¿Todos lo miraban?

            —¿Sabes dónde estás?

            —En el Club de los gatos negros.

            —¿Y qué es el Club de los gatos negros?

            —Una orden secreta de…

            ¡Noooooo!, se escuchó ahora más fuerte dentro del recinto. Lucho tragó saliva y volvió a contestar.

           —Mi hogar. El lugar donde conoceré a mis hermanos y hermanas.

           —¿Y qué quieres de nosotros?

          Una voz a lo lejos murmuró ‘quiere nuestros secretos’. Los demás parecieron seguir el juego. Lucho, en su esmero de no dar respuestas apresuradas, calló. 

           —¿Cómo saber si podemos confiar en ti? 

           —Este Club es lo que siempre deseé, sin saberlo.

           —Todo aquel que es parte de este club es iniciado en oscuros secretos, pero tememos que los reveles.

            —No pasará.

            —¿Estarías dispuesto a todo para probar tu lealtad?

            —Sí.

            —¿Seguro?

            —Sí.

            —Cuéntanos, entonces, tu secreto más vil. Solo así podremos contarte los nuestros.

            Lucho dudó. No veía nada. No sabía quiénes eran aquellos que estarían a punto de escuchar su confesión. Pero entre tanta oscuridad logró ver los ojos del gato del sargento Ospina, un recordatorio de la urgencia que debía ser atendida cuanto antes. Así que lo contó todo. Confesión tras confesión y con lujo de detalle. Andrea Lárraga, una mujer de 37 años, compañera suya en un curso de filosofía. Omar Atahualpa, un mesero del restaurante que Lucho frecuentaba. Noa Martínez, joven de 19 años que toda la colonia estaba buscando. Y, recientemente, César Ospina, un militar de 40 años, su vecino. Todos asesinados violentamente y descuartizados con delicadeza para que Lucho pudiera quedarse con los respectivos trofeos. A veces la cabeza, a veces un dedo.

            El silencio era sepulcral, casi incómodo. No era claro si alguien seguía ahí. Tal vez el Club de los gatos negros no era lo que esperaba y decidieron marcharse ante tanta atrocidad. Rápidamente decidió quitarse la venda con la mano que tenía libre. La luz era cegadora. Al principio, solo pudo advertir un pequeño grupo de personas que lo observaba. En el fondo, manchas de todos los colores adornaban el recinto.

            Cuando pudo ver con claridad, casi se le detuvo el corazón. Ni en sus momentos más oscuros habría imaginado un escenario tan atroz. Eran globos, globos de todos los colores alrededor del Pompeyo Café. También, un enorme y feo letrero que decía “Sorpresa Lucho!!”. Un pastel en medio de la mesa más grande. Un gato muy parecido al del sargento Ospina lamiéndose una de las patas delanteras. Y sí, Verónica con unos cuántos compañeros de trabajo que lo observaban con un horror indescriptible.



Miguel Ángel Barragán, filósofo de la Ciudad de México, nacido el 5 de septiembre del 89. Ha sido copywriter, storyteller y guionista en la industria de la publicidad y eventos corporativos. Actualmente diseñador de contenidos UX y amante empedernido de aquellas historias que espabilan la conciencia (o inconsciencia) y el corazón.

Código sci-fi: PP Red


Por Franco García |


Hace unos meses me reuní con el poeta guerrerense Carlos Ortiz en la cafetería El Edén, en Chilpancingo, Gro., donde solemos hacerlo siempre que coincidimos. Un par de horas nunca serán suficientes para hablar de un tema en específico: el tiempo vuela y a él sólo lo veo dos o tres veces al año. Así que tenemos que hablar a medias, o lo más breve y certero posible.

En algunos temas políticos, económicos, literarios o musicales quizá no coincidimos, pero nos respetamos. Entre tantos temas al aire, hubo uno particularmente interesante: el género de ciencia ficción. Para ser más exactos: la ciencia ficción mexicana.

¿Por qué se desprecia ese género en México? Me refiero al escrito por mexicanas y mexicanos, porque la verdad ando demasiado perdido. Se conoce más lo noir (que por momentos me cansa) o el terror (que me coquetea, pero no me atrapa). Y cuando uno habla de ciencia ficción siempre vienen a la mente Philip K. Dick, Ray Bradbury, Isaac Asimov, Ursula K. Le Guin, Mary Shelley, etcétera.

Esto evidencia que estamos muy acostumbrados a lo norteamericano, a las películas gringas; fuera de ese ambiente parece carecer de sentido. Así, a la ciencia ficción mexicana no se le ha dado el valor correspondiente, y no digamos ya a la latinoamericana. Se ha intentado una y otra vez, pero no despega; su difusión resulta mínima y complicada. No se vende como otros géneros tan sobrevaluados.

Uno de los autores mexicanos que más ha trascendido en ese género es, sin duda, Pepe Rojo. Un autor underground de culto, guerrerense, buenísimo en el cuento y cronista, aunque actualmente se enfoca más en lo cinematográfico. Se le admira y respeta por lo que ha hecho en la ciencia ficción mexicana. De verdad se ha esforzado en ese terreno.

Es un admirador de Kurt Vonnegut, quien, por cierto, es otro autor norteamericano que no se lee tanto en nuestro país. O al menos no tiene el mismo peso que K. Dick o Bradbury. Cuando uno se aferra a cierta autora o autor, rara vez escapa de ese mundo literario. Pepe ha adoptado y adaptado a Vonnegut a su estilo. No se trata de imitar, sino de homenajear: buscar la propia voz que llevamos dentro. Para eso sirven las influencias literarias: para autoexplorarnos y sacar lo mejor de nosotros.

Casi todos en el mundo literario mexicano han escuchado el nombre de Pepe Rojo, pero hasta ahí. No se le ha dado la oportunidad a la ciencia ficción mexicana como debería. Recientemente el Fondo de Cultura Económica reeditó un libro de cuentos de Pepe: Estroboscopía y accidentes similares. Bef —quien también es uno de los principales exponentes del sci-fi, aunque más en la novela gráfica— fue uno de los impulsores de esta reedición. Lo dijo durante la presentación en la UNAM, donde estuve presente, ya que no se le ve mucho por la Ciudad de México.

Y no me parece mal que se le rescate, que se le reedite o edite. Ha puesto muy en alto a la literatura guerrerense y no necesita de premios o becas para demostrar su talento. Creo que por eso se ha ganado mi admiración y respeto: porque no es un autor enfermo u obsesionado con acaparar todos los premios y becas posibles.

Los cuentos que más me agradaron fueron Cosas, Breve manual para escapar de la monotonía, Estroboscopía, Tornillos y Ascensión 01. Es un deleite ver cómo Pepe explora la ciencia ficción a través de deseos, temores u obsesiones. El encuentro entre sujeto y objeto desde una perspectiva sensible, irónica, humorística, caótica, cinematográfica. Esa enajenación, revolución, revelación o rebeldía de los objetos.

Además, me recuerda un poco al libro de Jean Baudrillard El sistema de los objetos, donde analiza el exceso de objetos producidos que llevan a un vacío existencial, perdiendo el sentido de la vida a través de su acumulación. El fetichismo de la mercancía, como bien lo señaló Marx en El Capital. Objetos que, a su vez, nos permiten ascender a cierto estatus social: entre más objetos de calidad tengas, eres un ciudadano con más valor. Ese libro también estudia la frialdad de las relaciones humanas con los objetos y cómo esto caracteriza la vida moderna.

Por ejemplo, en Cosas de Estroboscopía… hay una melancolía y soledad por parte de Muñequita y Refrigerador. Esa sensación de abandono los une: logran empatizar y ser tiernos a la vez.

“—¿Te sientes solo? —le pregunta Muñequita.
Refrigerador asiente.
—Yo también —le dice Muñequita, mientras se rasca el pelo.

Muñequita suspira y empieza a sacar los alimentos que Muñeca había colocado dentro del refrigerador unos minutos antes.

—¿Estás segura? —pregunta Refrigerador.”

Lo mismo sucede en Estroboscopía:

“Me siento en una banca del parque frente a la disco. Puedo ver cómo salen las estatuas con las que bailé, caminando como si nada. Escucho un ruido detrás de mí. Hay un vagabundo que despierta. Se sienta en la misma banca que ocupo, pero lejos, en la otra esquina.

Nos quedamos en silencio observando las luces de la ciudad.

Después de unos minutos, me voltea a ver.

—Cuéntame la historia de tu vida —me dice.”

Un final abierto, con tintes cinematográficos. Sin olvidar que Pepe mantiene ese ojo de cineasta. Los objetos desempeñan un papel relevante en cada cuento, como en Ascensión 01 con el abrelatas, describiendo su vida diaria: sus miedos, su angustia, su amor, su odio, su desesperación, su entrega.

“Abrelatas está nervioso. Abrelatas no reposa. Al dormir, se agita. Sueña con Cátsup. Cátsup prohibida. Cátsup sin lata. Abrelatas tiene miedo. Algo no funciona, algo falla. Hoy lo separaron.”

Su pasión con Vela lo lleva a entregarse, a despertar derretido. O en Tornillos, que están hartos —al igual que otros objetos— de su trabajo y se rebelan contra los humanos:

“(...) el día que los tornillos gritaron ‘nunca más’, se hicieron promesas eternas de amor, los calendarios y los relojes tartamudearon, hoy era mañana, el ahí era un aguijón, birlos y bisagras, camas y libreros, las cosas y las plantas, nada volvió a callar nunca más”.

Como bien señala la cuarta de forros: objetos más humanos que sus dueños e instrucciones para vivir en un mundo futurista. Vale la pena rescatar una y otra vez la obra de Pepe para que no se le olvide; para que se mantenga más vivo, sensible y rebelde que nunca, como sus objetos.

«A través del vaso» de Mariana H: un viaje sonoro alrededor del rock en México


La entrevista... ese género | Por Óscar Alarcón

@metaoscar


En la mayoría de las ocasiones, cuando se llevan a cabo entrevistas, deben centrarse en las respuestas de los entrevistados. Pareciera ser una obviedad lo que acabo de escribir. Sin embargo, siempre he creído que el entrevistador también es un protagonista. No el que se roba la escena, pero juega un rol fundamental.

Me explico.

El entrevistador debe de tener un conocimiento profundo del tema a tratar con su entrevistado. Debe de hacer un trabajo previo de investigación, meterse a los escenarios, a la vida profesional de la persona con la que entablará un diálogo. Así se irá hilvanando el tejido de las preguntas que llevará a buen puerto la charla. Escribo en cursivas “debe” pues el periodismo –trátese de la fuente que se tratara– implica investigación, equilibrio en la verdad y esclarecer los supuestos.

Para hacer una entrevista que atrape al lector, será necesario plantear preguntas inteligentes, ágiles, que le permitan al interlocutor expresarse libremente. Meterlo en apuros, pero no incomodarlo. En otras palabras: cuestionarlo, pues estamos en una entrevista, no en un interrogatorio policíaco.

Las preguntas, si se expresan de manera inteligente y con el objetivo de que nuestro entrevistado declare todo lo que sabe, se volverán un excelente texto periodístico. Si se busca el morbo o la anécdota fácil quedará en el olvido o en mero contenido para redes sociales inmediatas o en la persecución del click bait tan recurrente de esta época.

Si busca la declaración incendiaria estará más cerca del sensacionalismo que del periodismo.

Y un libro que refleja lo que he mencionado es A través del vaso de Mariana H, en donde entrevista a rockeros mexicanos. Es notorio no sólo su trabajo de investigación –que hay detrás de cada una de las charlas– sino que es vive dentro del contexto rockero y por ello le apasiona el tema.

En A través del vaso, cuando la pregunta y la respuesta fallan, la crónica saca a flote la entrevista. Y eso, más que un error, lo considero un acierto, pues la entrevista es una de las bases para escribir una crónica.

En una época en donde muchas voces dijeron que el rock pasó a mejor vida apareció este libro. Y también se publicó en una época donde todos estábamos al borde de pasar a mejor vida. A través del vaso se publicó en agosto de 2020, en plena pandemia por COVID-19.

Se nota que las entrevistas fueron previas a este año que marcó la vida del planeta para siempre pues lo mismo se habla de los próximos conciertos que de los proyectos que se estrenarán pronto, como si tuviéramos la vida comprada.

Mariana H tiene la enorme ventaja de estar empapada de música. Una cualidad que, como ya mencioné no es un signo negativo, por el contrario, me parece que la preparación de una entrevista debe hacerse con conocimiento de causa, con preguntas que pueden descolocar al entrevistado, con guiños a situaciones personales. Mariana H hace periodismo musical, reflexiona sobre lo que escucha de cada uno de sus entrevistados y entrevistadas y, en ocasiones, saca sus conclusiones personales.

En la entrevista se vale echar mano de todos los recursos; así, el lector se sentirá más encanchado, como leer a un par de amigos que recuerdan las anécdotas del pasado entre vodka, mezcales o agua mineral.

Esa es la ruta por la que transcurre A través del vaso: uno se siente como si Lino Nava, Amandititita, Dr. Shenka o Pepe Mogt se acabaran de bajar del escenario, con el sudor en el pecho y la guitarra recién puesta en su estuche para sentarse a platicar con Mariana H.

La periodista platicó con 26 músicas y músicos del rock mexicano y nos trae un libro multicoral –nunca mejor aplicado este adjetivo– pues leemos las declaraciones de gente que está a punto de estrenar un disco completamente vocal, como el caso de Ely Guerra –disco que por momentos nos recuerda al disco Medúlla de Björk–, o tipos que prácticamente regresaron de la muerte como Sabo Romo. Las anécdotas no sólo nutren las entrevistas, sino que, gracias a la observación de Mariana H, se convierten en historias. Sabe guiar la charla y en otros momentos permite que el entrevistado conduzca el hilo de la plática.

Lo mismo están los músicos cuyo objetivo primordial es divertirse, como el caso de Jay de la Cueva o Silverio; hasta los que saben que ser rockero es un trabajo de tiempo completo como José Manuel Aguilera o Chema Arreola, éste último se desmarca y, al mismo tiempo, recuerda a Juan José Arreola.

Las entrevistas no tienen una temática que las unifique y eso es un acierto pues los estilos de cada uno nos permiten tener un catálogo de música al cual acercarse a escuchar de manera tranquila en casa o mientras manejamos por el caos vial.

Las formas de abordar la música también son un crisol: Amandititita nos cuenta cómo luchó contra la figura de Rockdrigo González, su padre; Tammy Tamerlane habla de su trabajo como maquillista de muertos como una alternativa a estar sobre un escenario.

Con Cecilia Toussaint habla sobre ser madre y cómo conoció a Jaime López, entre otros temas. Con Jaime López se echa un clavado a la historia y le pregunta sobre el 68 y sobre Avándaro.

El viaje sonoro que Mariana H emprende nos lleva a leer a Amandititita; Abulón; Lino Nava; Fernando Rivera Calderón; Cecilia Toussaint; Dr. Shenka; Ely Guerra; José Manuel Aguilera; Jay de la Cueva; Denise Gutiérrez; Paco Huidobro; Jaime López; Tammy Tamerlane; Tito Fuentes; Clemente Castillo; Pato Machete; Natalia Lafourcade; Joselo Rangel; Jessy Bulbo; Daniel Gutiérrez; Chema Arreola; Pepe Mogt; Silverio; Sergio Arau; Sabo Romo; Ximena Sariñana.

Primeros días y últimos santos sin iglesia

Por Jorge Sosa | 


Pienso mucho en el título del libro de Jorge Orlando Correa, Primeros y últimos instantes de una mañana (Liliputienses, Sindicato Sentimental, 2024). Primero porque me hizo reír al recordarme a la asociación mormona. Luego porque tiene un sonido lindo, pegajoso, como estribillo pop. Los primeros instantes de una mañana también son lo que los artistas plásticos llaman hora mágica, una iluminación natural muy expresiva, sin exceso de luz directa. Por otro lado, los últimos instantes de una mañana son el peor momento para tomar una foto o para jugar futbol, el punto más alto del sol “quema” todos los colores y deshidrata al más atlético de los jugadores. 


El libro está dividido en cuatro partes (la primera es la que da nombre al volumen completo), cada una con ambientes y recursos de escritura claros y muy distintos. Fuera del momento en el que los textos hayan sido escritos, me parece que plantea cuatro búsquedas. Cuatro formas distintas de cocinar un pollo, por decirlo así.

Por momentos, tiene un tono confesional con el que es imposible no sentirse identificado, en especial cuando habla de la infancia como ese lugar en el que la memoria suele sugerir que estuvimos solos:


en el corazón de un miedo

junto a recuerdos escolares

encuentro la bicicleta

con la que aprendí a huir

de ladridos y regaños


el temor a caer

un impulso que conservo

hoy sin manubrio al que aferrarme

ni ruedas de apoyo


Es notorio el tránsito desde este lugar íntimo de creación hacia apreciaciones lúdicas, hechas con mucha ingenuidad, acerca del acto mismo de escribir o leer.


el lector no puede dormir

bañarse dar un paseo

escuchar un crujido

sin creer que un arma

desde un punto ciego

acabará con su vida


La colección de poemas de Primeros y últimos instantes de una mañana no es especialmente larga, pero al leerla de principio a fin da la impresión de que uno ha viajado un camino largo. Incluso la redacción de los versos es deliberada de una forma imposible de ignorar. Me gusta la idea de que escribir, en muchos sentidos, es borrar. Jorge borra con mucho cuidado, extrae elementos que existen a través de su ausencia, como un fotógrafo que busca la sombra que sugiere la presencia de un elemento que apenas existe y apenas no existe. Un fenómeno parecido a despertar, ver la sombra de un perchero y tener miedo por un momento de que se trate de un asesino o un espíritu maligno.


Quizá la asociación “religiosa” que me hizo reír tampoco es totalmente gratuita y el libro en muchos sentidos es un evangelio sin dogma, con sus cantos y sus parábolas, pero sin promesas de salvación.


Letrinas: Siempre voy tarde

Siempre voy tarde

Luis De la O


“Alguien debió haber calumniado a Josef K.,
pues una mañana fue arrestado sin haber hecho nada malo.”
—Franz Kafka, El proceso


Me despierto como todos los días. Suena la primera alarma de las siete, la que pongo “por si no me levanto a la primera”. El reloj marca las 5:45 a. m.
Bajo a prender el bóiler y me concedo un ratito más, ese pequeño acto de resistencia inútil.
Cuando vuelvo a ver el reloj repito el mantra que me ha acompañado los últimos siete meses: mierda, voy tarde.

Me ducho, preparo café y le grito a la cafetera:
—¿No puedes hacerlo más rápido?
Como si la velocidad fuera una virtud moral y no un castigo.

Salgo tan aprisa que olvido perfumarme. Prendo el auto: no hay gasolina. Golpeo el volante. Recuerdo lo que dije anoche, como siempre: mañana me levanto temprano a cargar. Rezo a Dios, ese gerente invisible, para que el coche aguante con lo poco que le queda.

El estacionamiento está lejos. Corro con las agujetas sueltas mientras repito el mantra en voz alta, como un rezo laico. Me abre la misma persona de todos los días, con la misma sonrisa disciplinada. Alguna vez me dijo que este era el mejor trabajo que había tenido en su vida. Desde entonces sospecho de él.

La oficina —si es que se le puede llamar así— mide dos por dos. Tres personas coexistiendo por obligación. Se maquillan y hablan del fin de semana como si el tiempo libre fuera un rumor. Abro la computadora: el mismo archivo inconcluso del viernes. El pasado reciente siempre vuelve en forma de documento sin guardar.

—¿Y a ti cómo te fue?
—¿A mí?

Hago una pausa. Pienso en excesos, en noches largas, en decisiones torpes.
—Bien, tranquilo. No hice nada.

La mentira más eficiente es la que no despierta preguntas.

Empiezo con los pendientes cuando me llaman. El jerarca quiere verme.
—¿Cómo vamos con los pendientes?

Suspiro. Repito la frase institucional de todos los lunes:
—Seguimos trabajando.

Su cara se endurece. Con voz de locutor de radio matutino, me pregunta:
—¿No puedes hacerlo más rápido?

Mierda. Eso mismo le dije a la cafetera. Aquí todos repetimos frases ajenas creyendo que son propias.

Regreso a la oficina. Dos personas esperan turno. La primera dice que su sueño es trabajar aquí. Pobre imbécil, pienso, pero sonrío.
La segunda tiene un apellido importante, rubia, ojos claros, padres benefactores de la iglesia. No sabe nada del puesto, pero eso nunca ha sido un obstáculo. Le doy el empleo de inmediato. El mérito es una superstición.

Hora de comer. Hago fila rápido: hoy hay algo que me gusta. Me siento cuando suena el teléfono. Es mi jefe, viejo lobo de mar varado en el pasado.
—¿Cómo vamos con los pendientes?
—Seguimos trabajando.
—Pues trabaja más rápido, mediocre.

Cuelga. La palabra se queda flotando sobre la mesa.

Como deprisa. La comida ya está fría. Toso y bebo agua de esas que prometen limón pero saben a tamarindo. Todo aquí es así: parece una cosa, es otra, y aun así lo aceptamos.

Anoto pendientes en una libreta con el nombre de mi jefe en letras doradas. Regalo navideño improvisado porque olvidó el intercambio. Estoy por terminar cuando alguien entra a contarme su vida. Mientras habla, mi ojo empieza a temblar.
Ojalá existan refacciones para los ojos, pienso, porque el mío ya se cansó de mirar lo mismo.
No escuché nada.
—Está cabrón —digo.

Funciona para casi todo.

Última junta del día. Presentan el plan de expansión. Me entregan pendientes que debí haber empezado hace dos semanas, quizá en otra vida. Antes de cerrar, alguien de la corte celestial presenta el nuevo producto que, según ella, revolucionará la industria. Silencio. Todos se ponen de pie y aplauden. Algunos lloran. En el fondo, todos sabemos que perderemos cientos de miles de pesos, pero la fe corporativa exige sacrificios.

Salgo corriendo, como cuando era estudiante y sonaba la campana. Tomo mi mochila, cierro la oficina y, de pronto, aparece detrás de mí la misma persona que me abrió en la mañana. Ya no sonríe. Con voz de ultratumba me dice:
—Ya no trabajas aquí. ¿Qué no lo entiendes? Ya vienen por ti.

No entiendo nada. Como Peña Nieto aquella vez, corro a esconderme en los baños. Entro al último cubículo y me subo al retrete. Abren la puerta. Revisan uno por uno. Llegan al mío. Veo los zapatos por debajo: botas viejas, usadas, de las que dimos porque no había de su número. Golpean la puerta. Cierro los ojos.
—Es el fin —susurro.

Despierto de golpe. Sudado. Jadeando. Respiro hondo.
—Solo fue una pesadilla.

Me siento en la cama, tomo un sorbo de agua y miro la hora con los ojos a medio abrir. Mierda, voy tarde.

Amar la incertidumbre: la invocación del amor de Elsa Cross

Falses Beatniks | Por Liz De Roman

 

Esto es amor, quien lo probó lo sabe

Lope de Vega

 

Desde que tengo memoria, el tema del amor ha estado presente en mi vida y, contrario a la interesante (y quizás divertida) idea de buscarlo activamente en mis relaciones personales, me fascinan un poco más las historias que se proponen contarlo, así no sabes si habrá una sensibilidad distinta como en los animes y doramas en los que cada gesto y roce encierran una explosión de sentido o una alegría fugaz de ver el coqueteo entre dos personajes de películas e incluso videos musicales. Aunque es cierto que este impulso nunca descansa, pues no importa el número de narrativas que conozca, una pregunta vuelve a aparecer para susurrarme: ¿qué es amar?

Si repasamos nuestras experiencias cercanas a lo amoroso, es muy probable que coincidamos con los artistas que afirman un hecho casi indiscutible: no importa cuántas sociedades ni cuánto tiempo transcurra, quizá la incógnita más íntima y, por ende dimensionada como una de las más importantes en el sentir humano, sea la del amor. Y esto no con el afán de colocar lo amoroso en el centro del mundo, sino para preguntarse nuevamente por qué el amor es tan complejo y a la vez tan común de vivir. Rastreando dicha naturaleza, la obra Tu otro nombre de Elsa Cross se une a esta discusión y su misterio en una propuesta que juega con el peso del “nombre” y el acto de “nombrar”, pues aunque parezca una labor sencilla (casi automática) en realidad compromete un modo distinto de ver y existir en el mundo.

Pensemos en una de las certezas más grandes de nuestra vida: el nombre, esa etiqueta que moldea tu identidad y te afirma ante otros, a veces con cariño como en el caso de los sobrenombres o apodos, y otras con distancia o formalidad (para algunos apellidos o nombres que no reciben modificación alguna en el modo de llamarte); un grupo de palabras que encierran de principio a fin todas las cualidades, características e ideas que uno tiene de su persona a quien identificamos con solo evocarla en el pensamiento o abrir la boca. Sin embargo, ¿habrá algún modo de poner en duda ese nombre?, ¿tal vez de confrontarlo? La respuesta inmediata sería “sí”, y para una explicación más detallada los poemas de Elsa Cross exhiben que esa posibilidad radica en el amor.

Si nos dieran a la tarea, como en las películas, de pasar diferentes escenas y recuerdos que guardan cada instante en nuestras relaciones, ¿qué las distinguiría a unas de otras?, porque sin importar que todas las viva un mismo sujeto, nunca se salvan de condiciones y cambios que las afectan. Así, partiendo de lo más visible: la otra persona (que suele cambiar) hasta lo más profundo, la vida creada en compañía, Cross señala un fenómeno recurrente; el amor tiene múltiples dimensiones, la del amante es la que siempre quedará con nosotros (la perspectiva del que ama y puede declarar “yo amé”), pero hay algo más allá, algo que rebasa los hechos y las sensaciones o que las integra en una cosa innombrable, una manera de convivir con el otro que no posee una sola forma y mucho menos una sola etiqueta para describirse, un lenguaje que solo es comprendido por los que se aman en él y que Cross señala como el “otro nombre” que recibimos al estar con la persona amada y que es irrepetible.

Un aroma, un chiste personal, un apodo, una costumbre… en suma, el abanico de cosas que hacemos con esa persona en particular y que, aunque amemos después a otros y este conjunto cambie (sean otros gestos, otros apodos, otros chistes u otras vivencias), no podemos encasillar en una sola palabra, pero sí experimentarlo en el amor. Ese es nuestro otro nombre. Uno que jamás será nombrado porque no tiene una sola forma, mas sí reconocido como tal. Tú vives con una parte del otro y viceversa, el otro vive con una parte de ti. Un nombre adoptado en el amor.

Entre los aspectos clave del libro, resonaron mucho en mí los usos de otras nociones ligadas al espectro amoroso como el deseo y la sensualidad, resaltando su erotismo y el papel importante que en la experiencia del enamoramiento se le da a los límites del lenguaje o el poder de los silencios. Para lo erótico, por ejemplo, Cross me mantuvo a la expectativa porque plasmaba de manera muy meticulosa los argumentos de George Bataille y Byung-Chul Han (ambos filósofos) sobre el erotismo, el cual alejado de lo que se cree (un género pornográfico o sexualizante) tiene teorías en las que se habla de un encuentro con “el otro” y su alteridad. Es decir, al conocer a alguien lo que hacemos es dejar de lado nuestro egoísmo y las barreras que nos encierran en el “yo” (esto es en nosotros mismos y nuestra forma de ver las cosas), por lo que de dicha experiencia se puede llegar a una especie de “fusión con el otro” a partir del cuerpo o el afecto o ambos. En los poemas de la autora el juego de cada elemento de lo amoroso y del erotismo se confunde o se mezcla, aludiendo a que al final se asumen como eso, una fusión entre dos individuos que por instantes dejan de ser “dos” y se vuelven “uno”, al grado en que no se sepa quién es quién: “ese instante/ contiene/ todo el espacio/ en sí/ todos los tiempos/ en sí/ en nos”.

Por otro lado, en cuanto al lenguaje y el silencio, se nos muestran dos paralelismos: tanto se puede hablar del amor como no conseguir hacerlo en plenitud (la famosa frase “las palabras no son suficientes para transmitirlo”) y por lo que refiere al amor, se basta con no nombrarse por completo (aquí aplica en parte lo de “un silencio dice más que mil palabras”), entonces es posible leer fragmentos en los que la voz (generalmente femenina) no alcanza a expresar sus sentimientos y a la vez no lo necesita pues lo importante es transmitir ese conocimiento que compartimos todos por haber amado alguna vez; “desde qué fondo invisible/ viene esto que sabemos/ sin decirlo”, “poco a poco / nos contiene en su silencio/ esta cesura/ nos hace entrar en su núcleo/ de potencia infinita/ y antes de que existan/ acomoda/ y revuelve las palabras”, de ahí que “busque cómo decirse/ y se dice mejor en el silencio”.

A lo largo de los poemas se puede sentir la ambivalencia que solemos asociar al amor (más de uno no lograría mentir si nos cuestionaran el que no todo en su experiencia es y ha sido agradable), de manera que, aprovechando tal dinámica, los estados emocionales en que se encuentra la voz de los poemas cambia tan alternadamente como lo hacen los apartados de cada capítulo. Algunos fragmentos como “Y en el latido que pulse y se detenga/ habrá sólo amor/ sólo tu amor” o “ un instante contigo/ y todo se transfigura/ se vuelve/ esta fulguración” se percibe un proceso que intenta abarcarlo todo y que también carga “luz” e intensidad. Pero como lo declara la voz en otros versos “este amor [...]/ se juega todo entero a cada instante” y es “una moneda al aire [...]/ no sabemos/ de qué lado del tiempo/ va a caer”, por ende, en el resquicio de sentirlo hay una incertidumbre que permanece, no sabemos si una persona nos corresponderá o no (y, de hacerlo, si será en la misma medida en que nosotros la amamos) o si en algún punto de la relación ésta se volverá monótona, fría e indiferente.

A la par de la falta de certeza, existe un contrapunto al que le suelen temer todos los que aman: la ruptura. ¿Qué pasa conmigo cuando el “nosotros” vuelve a ser “tú - (menos) yo”? Para esto, Cross recurre nuevamente al erotismo y la fatalidad de una pasión que consume al sujeto porque carece de la reciprocidad del otro como en “y tu ausencia/ se extiende/ como una madreselva/ y no deja ya ver/ en dónde o cómo o para qué”. Un dolor que cohabita con otros sufrimientos como la desolación, la ausencia o la despedida, así hallamos versos en los que se escucha que “perdemos suelo y cielo [...]/ de pronto estamos/ en una tierra ajena/ buscando un rasgo familiar/ cualquier indicio–/ pero todo se va ya” o la sentencia que describe irónicamente el duelo del desamor: “qué maligna ley retributiva/ hace pagar con lágrimas/ cada instante de dicha”.

Sin embargo, llegados a la descripción de los diversos matices en el amor incluidos el sufrimiento y la desdicha, resulta necesario puntualizar que aunque el discurso de Cross tienda a describir cómo una sujeto femenina se pierde en el amor y la pasión desbordados o comienza a “destruir” el sentido de sí misma y de la vida, las estrategias de su escritura (e incluso de las metáforas) no enaltecen las ideas que hoy concebimos como “amor romántico”. No se trata de un romance que crece en el dolor donde muchas historias quieren cubrir los abusos, la falta de límites o la adversidad y drama como “verdadero amor”, sino que funcionan como hipérbole de lo pasional, en la que los sujetos resienten en cada fibra de su cuerpo y de su ser los síntomas del amor y desamor. Empleando palabras como “destrucción” o “muerte” ejemplifica de un modo simbólico el traspaso de ser uno y “volverse uno con el otro” (a nivel corporal y sensorial) o el duelo de una relación que llega a su fin. En “la hermandad creciente con la muerte/ hace de cada instante/ un vino delicioso” el sentido que se la da a “morir” no supone una interpretación literal del acto, sino su equivalencia con los puntos cúlmines del placer, pues al estar tan embelesados en volverse uno con sus cuerpos, el gozo se lleva a un extremo máximo que solo podría tener comparación con algo que nos hace sentir nuestra existencia efímera (la muerte) y su eternidad (los orgasmos y el amor).

Finalmente, aunque me gustaron la musicalidad y los temas que emplea la autora, sintiéndose como la cascada de emociones que cualquiera ha experimentado al enamorarse (o padecer el rechazo y el abandono), habría sido interesante encontrar poemas con nuevas metáforas o lugares literarios para explicar el amor, quizá más centrados en los métodos actuales de las relaciones, lo cual no implica que Cross carece de una propuesta adecuada para su contexto, pues ejecuta con maestría y soltura un amplio catálogo de imágenes que Occidente ha utilizado para hablar de lo amoroso. Y, si hay algo que la autora parece decirnos con su poemario, es que en un mundo donde “la entrega sin acuerdos, límites ni precauciones” es peligrosa, uno tiene que atreverse a amar, aún con miedo, aún con concesiones y filtros, dado que las personas pueden ir y venir o dejar heridas que nunca sospechamos, pero el amor, su enigma y sus sorpresas siempre quedarán en el desarrollo de nuestros corazones.

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