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Fito Páez sin filtro: cuando el mundo (por fin) cabe en una canción



Call me old fashioned... please! | Por Mónica Castro Lara |

Recuerdo que en cuanto vi el post en Instagram, le escribí rapidísimo a mi cuñado Hugo para que ya NO hiciera el pago del Airbnb que él había buscado y que nos había gustado un montón. “¡Pinche Fito, no mames!”. A 17 días de sus conciertos en México, al rosarino se le ocurre caerse, fracturarse cinco costillas (aunque dice que fueron 11) y cancelar y posponer sus presentaciones en Guadalajara y Ciudad de México, incluida la del Zócalo capitalino. Yo, francamente estaba que me llevaba la chingada como buena provinciana porque imprevistos como este, realmente te cambian todos tus planes. Lo último en lo que pensaba era en el bienestar de uno de mis artistas favoritos y eso te da mucho que pensar sobre el ensimismamiento de ser fan, porque entre la emoción y la frustración, me olvidé de que detrás del ídolo hay un ser humano que también puede romperse (literalmente). Y eso, créanme, duele y avergüenza más de lo que una quisiera admitir.


Cuando Netflix anunció el mes pasado que el documental “Fito Páez: el mundo cabe en una canción” llegaría a nuestras pantallas el 03 de septiembre, sentí una alegría total. Pensé: “órale, Fito seguro es un consentido en Netflix”. Y no es para menos: ya en 2023 la plataforma le había dedicado un espacio con “El amor después del amor”, la serie biográfica que nos transportó a la Argentina de los ochenta, a los inicios de Páez como cantautor y a las tragedias que lo han acompañado e influenciado toda su vida. Pero ahora, con este nuevo documental, la apuesta sube de nivel, porque si la serie nos contó su historia desde afuera (con actores, recreaciones y esa estética que nos hizo revivir cada éxito y fracaso) esta vez, como bien sentencia la propia plataforma de streaming: “La serie contó su historia. Ahora habla él”. Y eso, querides, es ooootra cosa. Es Fito sin filtros, la voz en primera persona; es el artista que vuelve para decirnos lo que tal vez nunca nos contó del todo. Y, por lo que habían dado a entender en el tráiler, la película transcurre justo ahí, en el límite entre el dolor físico y emocional tras el accidente que frenó su gira exactamente hace dos años, y desde esa pausa forzada, Fito reexamina sin filtros su historia personal, sus excesos, sus fracasos y esos éxitos que lo consagraron como uno de los compositores más importantes de Latinoamérica. Es como si, después de más de cuatro décadas de intensa carrera, el músico eligiera ese momento tan vulnerable para abrirse del todo, mostrándonos que a veces hay que quebrarse un poco para encontrar la honestidad más cruda y hermosa.


Sin duda, la cereza del pastel fue descubrir que el gran Matías Gueilburt está detrás de este proyecto y que, además, tiene un vínculo muy estrecho con Fito. Yo no puedo parar de elogiar el trabajo de Gueilburt; es como si el Rey Midas se hubiera convertido en director argentino. Algunos de sus proyectos documentales, como “Patria”, “El vendedor de ilusiones: El caso Generación Zoe” y “Los Ladrones: La verdadera historia del robo del siglo”, los considero auténticas joyas cinematográficas, en especial “Los Ladrones”. Me parece que encaja perfectamente con el espíritu de esa peculiar argentinidad que tanto me gusta y atrae. Cuando tengan oportunidad, véanlo. Les va a explotar la cabeza como a mí. 


Matías es, ante todo, un narrador obsesionado con las grietas de la historia que aborda; su estilo se define por una investigación y narrativa quirúrgicas que no teme revolver archivos polvorientos y olvidados, testimonios incómodos y documentos inéditos para reconstruir relatos que, aunque conocidos en superficie, guardan capas de complejidad moral.


No le interesa la cronología lineal: prefiere sumergirse en los claroscuros, en los personajes que oscilan entre el mito y el monstruo; su mirada no juzga, sino que deja que los hechos y las voces se desplieguen con una crudeza que obliga al espectador a hacerse miles de preguntas mientras transcurre lo que está viendo. Me parece que lo más rico de Gueilburt es su capacidad para convertir temas densos en relatos accesibles y humanos, sin caer en el sensacionalismo, a través de una fotografía y encuadres de una calidad absoluta.


Por lo tanto, estoy muy feliz de compartirles que mi clarividencia y yo acertamos: este documental es brillante. La amistad entre Fito Páez y Matías Gueilburt le da al director una llave privilegiada para entrar en esos instantes frágiles donde, a ratos, se nos olvida la excentricidad del rosarino y nos topamos de lleno con su dolor, con su angustia, con su desesperación ante un momento de salud sumamente complicado. Como bien dijo Gueilburt para Página12: “en ningún momento vemos un personaje, es un retrato de Rodolfo”, y eso es justo lo que hace tan potente a esta pieza: no hay pose, hay pura verdad.


La película arranca, además de con un espectacular montaje de Páez en conciertos masivos musicalizado por “Al lado del camino” (una de esas canciones eternas que, confieso, me aprendí a marcha forzada porque quería berrearla sin errores en su concierto), con una declaración que, si uno lo piensa bien, es lo que cualquier espectador desea: “Lo que me embola de los documentales, en general, es que les falta malicia”, dice Fito como advirtiéndonos. Y se justifica: “[…] el personaje retratado siempre es visto como una especie de adalid de la bondad y las buenas costumbres. Y eso me embola terriblemente”. A modo de pedido, o de manifiesto, hay una necesidad del cantante por no mostrarse impoluto y le indica al director que quiere que pasen cosas reales, sin caretas porque él ya sabe que hay que “caretear” en la vida, pero en este documental no. Y vaya que suceden “cosas reales”. Gueilburt nos presenta un retrato del músico en dos dimensiones entremezcladas: de un lado, la intimidad del hogar, el cuarto de hospital, los hoteles de gira y los ensayos; del otro, los recuerdos y momentos claves de su historia narrados por él mismo. Es como si la cámara se atreviera a entrar donde pocos han estado, y el resultado es tan incómodo como necesario.



La primera parte del documental es la cámara siguiendo a Páez en algunos momentos clave que vivió a mediados de 2024: lo vemos siendo trasladado por un incrédulo taxista hacia los estudios Abbey Road donde estaba trabajando en “Novela” su vigésimo noveno álbum, proyecto que había iniciado desde 1988 y recién concretó en 2025 (con un montón de críticas, por cierto). Luego, nos vamos a Madrid, donde Fito festeja su décimo aniversario de relación con su entonces pareja, la actriz Eugenia Kolodziej quien es la encargada de narrarnos cómo fue que encontró a Fito la mañana siguiente tirado en el descanso de la escalera completamente desgastado, golpeado, adolorido y sin la capacidad de responder a las simples preguntas que le hacía. Realmente me re entristeció y angustió la situación tan delicada y grave en la que estuvo Fito; los moretones en el brazo y los gritos desgarrados de dolor se quedan cortos a lo que verdaderamente sentía y nos confiesa que sí se sintió al borde de la muerte:


“Es muy salvaje la situación. El dolor era tal, era tan grande, tan fuerte, que dije bueno hasta acá llegué”.


Casi como en una especie de metarrelato, el músico mira en la televisión lo que se informa sobre su accidente. Y con esa visión y sensibilidad quirúrgica de Matías que les mencionaba unos párrafos arriba, el momento de la vulnerabilidad absoluta es musicalizado con “Tumbas de la gloria”, convirtiendo a la canción en una especie de banda sonora de su historia familiar en Rosario. Mientras suena “Tu amor abrió una herida porque todo lo que te hace bien siempre te hace mal” nos platica que su mamá murió 8 meses después de haberlo dado a luz porque le sacaron mal la placenta e ipso facto, deduce y nos dice con una tranquilidad dolorosa, que la muerte de su mamá entonces fue por su culpa. Uff. Pausita para exhalar. Nos cuenta su cotidianidad en Rosario: cómo eran su padre y las “abuelas” que lo criaron, el exceso de amor y esos primeros acercamientos a todo tipo de música que lo moldearon, detalles que, por suerte, dejaron bien plasmados en la serie, para que nosotros también pudiéramos asomarnos un poquito a ese universo. La historia de Fito desafortunadamente también va de la mano con la tragedia; tal vez una no podría existir sin la otra. Revivimos el terrible asesinato de sus “abuelas” y la empleada doméstica que las acompañaba, por allá en 1986 y nos lanza otra frase devastadora: “[…] yo ya no vengo a ofrecer mi corazón, ¿para qué? ¿para que me lo rompan?” haciendo alusión a su canción homónima. 


Regresamos al presente, con el proceso de recuperación de Fito y los ensayos de cara a la gira “4030” en Argentina. El documental nos muestra la primera vez que se sienta al piano post accidente para tocar “Del 63” en su casa de Buenos Aires y, de pasada, para ver cómo le respondían sus manos; otro momento de vulnerabilidad que pocos se atreven a mostrar. Acá tengo que hacer mención especial al muñequito de Charly García saltando desde aquel épico noveno piso, colgado de una lámpara de techo, que me pareció una brillantez y genialidad absoluta y me hizo pensar que necesito uno cuanto antes. Se develan también otros detalles en esos espacios privados: fotografías, portadas de revista, cuadros, medicinas, suplementos alimenticios… 


Luego aparece un Páez melodramático regañando y exigiéndole a sus músicos como si la vida se le fuera en cada nota. La rigurosidad y los tonos (nada amables) con los que se dirige a ellos, incomoda MAL; al menos a mí sí me molestó e hizo que le cuestionara a modo de reclamo, un montón de cosas que yo he vivido y visto de sus presentaciones más recientes… sin respuesta alguna, obviamente. 


Y entonces… ¡llegan los conciertos en México! Lo vemos caminando por la CDMX con una tierna familiaridad, de la mano de su hijo Martín. Me hace reflexionar que le tomó únicamente 4 meses en recuperarse de ese fatal accidente donde por momentos, parecía que se estaba entregando a la muerte y que verdaderamente, hizo un esfuerzo casi sobrenatural por cumplirle a sus fans mexicanos. Hay algo más que me conmueve de esas escenas: haber compartido un mismo tiempo y espacio en el Auditorio Nacional con esta leyenda. Recuerdo el concierto casi a la perfección y ahora me doy cuenta de que ambos atravesábamos momentos complicadísimos en nuestras vidas pero que, durante dos horas, pudimos dejar pasar todo. Porque la música —y el arte en general— nos lo permite; nos da ese permiso tácito de suspender el caos, aunque sea un ratito.


Rápidamente, ooootra escena incómoda: el cierre de uno de estos conciertos no salió como lo habían ensayado y el músico se mortifica con una ansiedad e insistencia que, les confieso, no me fueron ajenas. Si bien podríamos llamarlo “perfeccionismo”, creo que más bien se trata de tener o no el control absoluto de las cosas. Tuve que revisar los videos de su concierto en mi celular para ver si había sido en esa misma noche, pero no… ahora me queda la incógnita de saber si fue en la segunda noche del Auditorio Nacional o si más bien, fue en su concierto en Guadalajara, pero sobre todo, si la gente se dio cuenta o no del “error”. Algo así como un pequeño misterio personal que, supongo, también forma parte del encanto.


Ya en la recta final del documental, nos topamos con escenas de Fito compartiendo con su otra hija, Margarita. Son fragmentos que se entrelazan con material de archivo y grabaciones caseras donde se les ve, tanto a Martín como a Margarita, conviviendo con ese padre peculiar y caprichoso que todos conocemos (o creíamos conocer). Es una faceta menos pública, más íntima, y me parece comprensible —casi necesario— que haya permanecido resguardada en lo privado durante todos estos años, como si ese espacio reservado fuera el que le permitió a Fito seguir siendo tan auténtico en lo público.


El documental cierra con la visita de Fito Páez a Estados Unidos, donde da una charla en la Universidad de Berklee en Boston, que trató sobre “la música en tiempos de demencia masiva”, y al mismo tiempo, afinaba los detalles de su sesión de Tiny Desk, que he de confesar con total libertad, no me gustó. Me pareció una muy mediocre selección de canciones, curadas mal, a Fito se le veía distraído, se le escuchaba desentonado y ahora ya sé por qué: el día de la grabación, el man tenía una fiebre intermitente junto con una migraña de esas que aniquilan. Aun así, logra sacarlo adelante. Y aquí regreso a mi dolencia y vergüenza del primer párrafo: ¿quiénes somos para exigir y exprimir hasta la última gota a nuestros artistas?


Hay algo en la figura de Fito Páez que trasciende lo meramente musical. No es solo el pianista virtuoso de “Cadáver Exquisito”; es esa capacidad para convertir el caos emocional en melodías que nos hacen sentir menos solos, como si fuera una extensión directa de nuestras propias contradicciones.


A diferencia de otros de sus contemporáneos, Fito eligió la exposición brutal, una honestidad incómoda que lo llevó a desnudarse en público una y otra vez, ya sea cantándole a la “puta ciudad” que lo vio caer en el abismo más profundo o confesando sus demonios en entrevistas que a veces parecen sesiones de terapia. Quizás por eso, escucharlo hoy se siente menos como un acto de consumo cultural habitual y más como un reencuentro con esa versión de nosotros mismos que todavía cree, ingenuamente, que hay amor después del amor.


¿Vale la pena ver el documental? Para mí, es un total y rotundo SÍ, y no lo digo solamente desde mi cariño, admiración y fanatismo por Rodolfito. Disfrútenlo, llórenlo, cuestiónenlo y compárenlo con otros documentales musicales y satúrense de él como ya lo hice yo. Porque, al final, lo que logra Gueilburt es exactamente lo que Fito pidió: malicia, pero por supuesto, también mucha humanidad. Eso, en un género tan saturado de homenajes edulcorados, es un verdadero lujo. Nuestro rosarino consentido, termina casi dos horas de exposición con un “I’m baack!”, porque con sus contradicciones, múltiples heridas y resiliencias, ya nos lo había predicho en cierta canción del 2010: “[…] si algo aprendimos en el mundo es que el mejor momento aún no vino, está por llegar”. Así que, señoras y señores, habemus Fito para rato.




El mejor infarto de mi vida: una ficción demasiado real



Call me old fashioned... please! | Por Mónica Castro Lara |

Cuando me di cuenta, luego de seis capítulos, que la historia de “El mejor infarto de mi vida” estaba basada en un suceso trascendental de la vida de Hernán Casciari y vi su breve cameo en pantalla, no se imaginan el grito que pegué. Me hizo auténticamente muy feliz. Y no porque le haya dado un infarto a un escritor argentino, sino porque le pasó a EL escritor argentino y comprobé, una vez más, la genialidad de este hombre al saber que hizo de una historia ya de por sí peculiar, algo narrativamente extraordinario. Así que, qué les parece si vamos por partes e intento animarlos a darle una oportunidad a esta miniserie.

Quiero pensar que, con todo lo que pasa en el mundo, la mayoría tenemos ganas de ver cosas más ligeras en la tele; contenido que no nos abrume demasiado porque ya tenemos demasiado con qué abrumarnos en el día a día y preferimos recurrir de vez en cuando a la comicidad o a la ternura para que nos entretengan un ratito. Y es precisamente en este mundo, donde las historias de ficción suelen ser más increíbles que la realidad, que "El mejor infarto de mi vida" viene a romper completamente con ese molde. Una creería que el título en sí ya dice bastante o al menos hace que generes una idea preconcebida sobre de qué va la serie, pero al menos yo me quedé muy corta. Ni siquiera podemos imaginarnos todos los eventos que desencadena un “simple” infarto agudo de miocardio.

Aclaro un detallito por si no se ha entendido a estas alturas: este textito es sobre la miniserie y no sobre el libro homónimo de Casciari. A pesar de que está basada en un hecho real y que, según el autor, hay cosas parecidísimas, la serie se da muchísimas licencias creativas y narrativas para hacer una historia un poquito más atractiva para la pantalla, algo que no gustó tanto a la pareja de Hernán, Julieta, porque cambian TODO de su personaje. En una entrevista con Sebastián Wainraich, Casciari dijo que estaba divertídisimo viendo la reacción de Julieta mientras ambos veían la serie por primera vez, porque ella no paraba de gritarle a la televisión y de quejarse todo el tiempo. Entonces, obviamente hay diferencias sustanciales, pero que parten de la idea fundamental de que efectivamente el infarto es un antes y un después en la vida de Hernán Casciari.

Descrita como una “comedia dramática” (porque la vida misma es por momentos justo así), esta serie argentina sigue la vida de Ariel, un escritor con una vida en automático tirando a deprimente.

Nuestro protagonista no entra en la categoría del clásico personaje complejo. Lo que sí, es que su vida está cayendo a su punto más bajo: es un tipo que fuma sin parar, tiene sobrepeso, su esposa lo dejó por otra mujer y regresa a vivir con su madre (que acá entre nos, siempre me ha molestado que eso sea un recurso cliché derrotista, pero bueeee). Ama escribir poesía, pero sobrevive como escritor fantasma (porque eso casi no pasa, eh) en una editorial cuyo dueño y amigo personal, le tiene un cariño que se entremezcla con lástima y pena ajena. Por azares del destino y de un chantaje profesional, Ariel viaja a Montevideo con una chica española llamada Concha (sí… la Concha en Argentina), que acaba de conocer y que llegó a irrumpir su aburrida cotidianidad; se alojan en una bella casita de Airbnb de unos dueños típicamente uruguayos, sufre el infarto y su vida cambia radicalmente. Hasta ahí podemos concluir que es una historia… digamos… poco extraordinaria, pero ayuda a crear un buen escenario para todo lo que se avecina. Lo que sucede después, es lo que hace realmente especial esta historia. Y personalmente, no quiero ahondar en ello para no spoilear y, sobre todo, para meterles un poquito de curiosidad. Pero hay de todo: un caótico partido de fútbol, una boda gitana, hemodiálisis, crisis económicas, ghosteos, bebés y poesía, para que se den una idea.

La serie cuenta con un elenco maravilloso que incluye a Alan Sabbagh (que a lo mejor reconocen por otra joyita argentina llamada “División Palermo”), Olivia Molina, Rogelio Gracia y Romina Peluffo además de apariciones destacadas como la de la mismísima Rita Cortese e Imanol Arias. La dirección y el guion están a cargo de Mariana Wainstein y Pablo Bossi, quienes logran equilibrar perfectamente el humor y el drama en cada uno de los episodios. Es una coproducción entre Argentina, Uruguay y España, lo que le da ese toquecito internacional y nos hace suspirar viendo tomas hermosas de Buenos Aires y Montevideo.

"El mejor infarto de mi vida" no es una miniserie más; es casi casi una lección de vida. Y miren que a mí me dan cringe y pereza esas series o películas que insisten, a veces de manera muy poco orgánica, a aleccionarte, pero aquí es casi imposible no reflexionar sobre la vida y sus giros inesperados. En un mundo donde constantemente nos enfocamos en lo negativo, esta producción nos recuerda que incluso en los momentos más oscuros, hay espacio para la generosidad y el amor. Es una especie de homenaje a la auténtica bondad humana y eso, en tiempos convulsos donde lo que menos existe es humanidad, se torna hasta necesario de reconocer. Es, es pocas palabras, una emotiva e increíble historia que vale mucho la pena ver. La encuentran en Disney+ y aquí les dejo el trailer y por qué no, también la imperdible entrevista a Hernán, a Mariana y a Alan.





Nos quitan lo que más necesitamos: “Dinero y Amor”. Una carta de amor y despedida al legendario stream de Blender

Call me old fashioned... please! | Por Mónica Castro Lara |

 

Me fascina que mi último artículo del 2024 en Sputnik sea una carta de amor y despedida a un stream argentino que rellenó cada uno de los huequitos de mi corazón (generados por mil y un cosas que sucedieron en el año). Me hace tremenda ilusión imaginar/pensar/manifestar que les chiques de “Dinero y Amor” puedan llegar a leer este texto en algún momento de la vida y decirles en un par de líneas, lo mucho que se les quiere y se les va a extrañar, y a la vez, tirarles todas las flores que se merecen, al mismo tiempo en que intentaré reivindicar un poquito al programa de la nota que hace un par de semanas publicó una “mina” medio resentida que estuvo presente en uno de los episodios (precisamente en el “Chiclegate”) y se atrevió a criticar hasta el chillido agudito maravilloso y clásico de la –según ella– “botonera humana” Cata, productora del programa. Cata, en tiempos de ringtones, tu chillido hubiera sido un hitazo. Pues bien, embárquense conmigo a un texto meloso, lleno de melancolía, recuerdos y puro amor.

El programa inició en marzo, pero mi historia con DyA empieza a principios de abril, después de que vi el inolvidable discurso de aceptación en los Premios Platino de Andy Chango que ganó por su interpretación de Charly García en la serie de Fito Páez “El amor después del amor”, discurso que me pareció hermoso e irreverente, tal y como lo es Andy. Rápido me obsesioné con el tipo y empecé a buscar sus entrevistas, videos, artículos e ingresé como paciente de la “Clínica Chango”, espacio que tuvo en Futurock, radio argentina por internet. Les juro que nunca había escuchado semejante grado de honestidad y desacato, y me vi escuchándolo en todas partes mientras hacía cualquier cosa. Aprendí tanto de Andy, que ya me siento capaz de escribir su biografía oficial. Luego, siguiendo esa misma línea obsesiva (obsesiva saludable, eh), llegué a algo llamado “Dinero y Amor” de un canal de YouTube llamado Blender y el resto es historia. Al principio no había captado que Andy era parte de la conducción del programa y tras ver varios videos de sus icónicas columnas, entendí que Andy era conductor los días lunes, martes y miércoles y que se ausentaba los jueves y viernes por motivos personales. Decido echarme los programas completos y de inmediato me explota la cabeza. Me vuelvo FANÁTICA de todo el programa: la dinámica (no sólo que existe entre los conductores, sino entre los productores y los creadores de contenido), los temas que abordan, las entrevistas, los invitados musicales, absolutamente T O D O, y rápidamente comprendí que eran las dos horas que necesitaba al día para reír, aprender, descontracturarme y desconectarme un poquito de mi propia realidad.

Como ya he mencionado en varios de mis artículos aquí en mi columna de Sputnik, hay una relación o más bien, una conexión muy hermosa y singular que tenemos mi familia y yo con la Argentina. Mi hermana y mi cuñado vivieron tres años en Buenos Aires e indudablemente les cambió todita la vida, sin embargo, creo que nunca llegué a interiorizar y apreciar la argentinidad tanto como lo hago ahora. Este año, también me unió al territorio rioplatense, un proyectito llamado “La Sociedad de la Nieve” que por si no lo saben, fue protagonizada por actores y actrices uruguayos y argentinos. Tuve la audacia de entrevistar a dos de ellos a inicios y mitades de este año y por lo tanto puedo decir que oficialmente el 2024 es mi año más argentino a la fecha y que dicho vínculo, es algo que descubrí y construí de manera propia, y eso es algo que me encanta y de lo cual estoy muy agradecida.  No bastó que el rock nacional argentino fuera mi leitmotiv en estos últimos meses, sino que fue “Dinero y Amor” el verdadero soundtrack del año, la columna vertebral de ese amor y esa admiración que siento por lo auténticamente argentino en un año durísimo para ellos. Así que obviamente tengo una enorme necesidad de escribir sobre este extraordinario programa y de las increíbles personas que lo realizaron a lo largo de nueve meses (todo un embarazo, people) y que revolucionó mi manera de ver y consumir canales de streaming (cosa que nunca hacía y dudo que ahora que termina el programa, siga haciendo).


Marcos Aramburu

La cabeza del programa. El tipo que puede estar cagándose de risa un minuto y al otro está pidiendo orden y que “regresen/terminen la columna”. Tremendamente inteligente, carismático y reflexivo, ama cada vértice de la argentinidad. Se ha desempeñado como guionista, escritor, productor y locutor de distintos programas de radio e incluso uno de TV. Tiene la educación radiofónica de antaño mezclada con un estilo moderno y auténtico; se nota y se agradece. Cuando grita, es porque está cayendo en los abismos de la desesperación o porque está en un estado de felicidad plena, aunque normalmente su manera de expresarse es notablemente tranquila (jamás perdió el estilo incluso estando frente a sus ídolos e ídolas); si bien conoce a muchas personalidades argentinas, se conduce con bastante sencillez. Siempre con preguntas interesantes para sus invitados, se notaba el esfuerzo invertido para prepararse, ya sea viendo videos y/o leyendo sobre la persona a entrevistar lo cual enriquecía las charlas. No sé cómo lo hace, pero el capo sabe perfectamente cómo intercalar el humor con un análisis profundo, resignificando cualquier plática sin sentido que surgiera en el programa. Ama y defiende a Tomi a pesar de que Tomi es… Tomi. Tal vez acá en México se le conozca más por ser el jinglero por excelencia, pero lo que logró e hizo en DyA no tiene nombre. Dueño de un par de hoyuelos maravillosos, Marcos sabe cómo expresarse y conducirse durante las dos horitas del programa, a pesar del cansancio, el aburrimiento y el hartazgo. Mis momentos favoritos: cuando se desesperaba en la “Sección de Investigación” (al punto de matarla/cancelarla), cuando se desesperó terriblemente con una uruguaya que habló para asistir a los XV de Evitta (porque se hacía la boluda y no sabía qué significaba elegir la segunda opción) y Marcos abiertamente le colgó el teléfono y dijo que le habían cagado el fin de semana, sus muy preparados “Momentos de Apreciación” (en especial el de Fernando Peña y Cris Miró). Me encanta cómo cambia su risa cuando hay algún invitado, lo mucho que cuida a Andy, cómo molestaba a “la enana” de Evitta, el esfuerzo descomunal por seguir la estructura del programa y darle su merecida atención y dimensión a cada sección; la naturalidad cuando cuenta sus historias personales (mi favorita por siempre es la cita funesta que tuvo en tiempos de COVID donde salió con el cabello pintado de rosa en contra de su voluntad). No tiene reparos en decir lo poco constante que es con sus proyectos personales, el desinterés que le causan ciertas cosas o temas, lo mucho que le gustan las plantas y sus gatos. Siempre supo separarse de su personalidad jinglera en Gelatina. Escribió “Las Ceremonias”, cuatro crónicas que cuentan las vivencias de personas que usan diferentes sustancias psicoactivas que tengo unas tremendas ganas de leer. Se destaca lo bien trabajada que tiene su voz y sus ganas de hacer algún doblaje de manera profesional. Tuvo un sinfín de momentos hermosos en el programa, como cuando en vivo le marcaron al profesor que le dijo que tenía talento para la radio, en pleno día del locutor. El grito que di cuando se confirmó su noviazgo con la maravillosa Ofelia Fernández, no se me olvidará nunca y es de esas relaciones en que no sabes si tenerle envidia a Ofelia o a Marcos.


Evitta Luna

Ustedes no lo saben, pero yo tengo una relación re íntima con Evi, mi uruguaya favorita. Es actriz de teatro y su fama se disparó en tiempos de pandemia haciendo TikToks. Evi es la representación del desmadre. Tremendamente disléxica (aunque no lo es), cambiaba los apellidos y los nombres de las personas (hasta de su jefe) constantemente. Es divertida, extrovertida, auténtica, creativa. Siempre dice cosas “bien breves”. Su sección “Evitta Curiosa” era una radiografía de su esencia. Armaba sus columnas, aunque improvisara mucho sobre la marcha, y cuando le tocó conducir el programa por ausencias de Marcos, a pesar de su nerviosismo SIEMPRE se la bancó con resultados excelentes; preparaba las entrevistas y hacía intervenciones que desataban las risas de los invitados. Citaba constantemente a Gabriel Calderón (profesor de actuación) e inventaba voces y personajes, algo que creo que le heredó a Marquitos. Jamás tuvo reparos en decir que no se bañaba seguido, pero que al menos las axilas y la “pepona” sí. Siempre con looks re facheros, Evitta es la personificación de la sensibilidad. Ama a su madre, a sus hermanos (que tiene un montón); los chistes recurrentes fueron el abandono de su padre, que creció en un barrio peligroso de Montevideo llamado Piedras Blancas y que de pequeña veía videos de Yuya y al no tener dinero, se hacía contour con Nesquik (sí, tal y como lo leyeron). Siempre bailando, siempre sonriente, siempre tierna, siempre loquita. Amamos a Evitta aun cuando nos abandonó a finales de septiembre para irse a filmar una serie a Uruguay. La reparación histórica que tuvo nuestra uruguaya con su fiesta de XV fue de los mejores momentos que existen en internet. Su relación con Tomi, a principios misteriosa, fue top. La química entre ambos es palpable y le causó varios dolores de cabeza a Marcos. Sus momentos de más seriedad era en la sección de Alex Kohan, donde tenía intervenciones interesantes y muy aterrizadas. El personaje de Kevin y su clásico “casshhhiiiate” fue legendario y vaya que le vamos a extrañar.

 

Elisa Sánchez

Eli arribó a DyA en octubre para sustituir la ausencia de Evitta y llegó con toda la actitud capricorniana maravillosa a dejar una huella imborrable en el programa. La inteligencia de Eli es incomparable. Dueña de una poderosísima voz (en lo literal y en lo figurativo), llegó para descontracturarse un poco. Se caracteriza por una combinación de rasgos que reflejan su pragmatismo, responsabilidad y profundidad emocional. Y a pesar de que pocas veces se le vio cómoda en la apertura de nubes del programa (te re entiendo Eli yo tampoco sabría improvisar y disociarme como lo hacen ellos) supo rápidamente adaptarse a la dinámica de locura de los chicos y fluir con ellos. Adoro cómo se tapa la cara cada que se muere de la risa, amo su sección de “Mapapis Progres” (donde escuchamos testimonios de hijos con educaciones progres que me dejaban con la boca en el suelo), amo sus historias personales (lo de la Navidad con su familia cheta fue re gracioso) y amo la dinámica fraterna con Tomi, cuando lo trata de exponer sin exponerlo, de molestarlo, de picarle un poco la cresta. Eli me recuerda a mi hermana Elo (y no, no nada más por la similitud de sus nombres), sino por ese lado medio maternal y cuidador que tuvo con el grupo, además de lucir una perfecta cabellera canosa y ondulada. Se nota lo mucho que ama cocinar, lo buena que es en ello, lo mucho que ama a Cosmo (su perro), su obsesión adolescente con los BSB y sus intervenciones siempre acertadas con Alex Kohan. Está de menos decir lo guapa que es (sí Eli, te hemos cachado arreglándote a cámara), y lo buena amiga que es, en especial con Marcos. Eli llegó a ser ese bálsamo de estructura para el programa, aunque nunca logró su propuesta de comenzar puntualmente a las 7 (a mí también me jodía un poco Eli, pero bue…). Me hubiera gustado verla intervenir más en las entrevistas, pero como buena capricorniana, es preferible ser reservada y escuchar. Mi momento favorito con Eli, fue cuando no tuvo reparos en contar lo mala que es ahorrando, lo increíblemente gastalona que es y que, entre mudanza y mudanza, se encontró dos mil dólares que seguramente había ahorrado con alguna finalidad y en vez de ser previsora, agarró ese dinero y se compró unos tickets para Perú. ¡Venga, Eli! Que yo soy peor que tú y se sintió tan bien escucharlo de otra voz.

 

Tomas Quintín Palma

 “Déjala pasar”. A Tomi es fácil y difícil de describir. Es la personificación del desastre, el humor y la disociación, y al mismo tiempo, un tipo tremendamente sensible, amoroso y tierno. Tomi es el comic relief del programa. Si había una línea que seguir, él se encargaba de ir para el lado contrario. Un clásico rosarino que precisamente, no dejaba de enlazar absolutamente todo con su amada Rosario. Hijo de payasos (literal), Tomi creció con el ímpetu de sobresalir y dejar huella. Escritor, cómico, entrevistador, actor, creador de contenido, Quintín es toda una personalidad multifacética. Intuitivo, carismático, gracioso, imprudente, borracho y ocurrente, siempre se le notaron las pocas ganas de trabajar y a la vez lo increíblemente feliz y cómodo que estaba en el programa. Sus caras siempre lo delataban en los momentos de seriedad y en los de desmadre, sazonados por esa risa particular que tiene. Autor del hitazo “Llanura” y su clásico “VA-MOS” cuando daban la bienvenida a un entrevistado/a, Tomi es un ser especial y se nota lo mucho que quiere a su gente (aunque siempre nos hubiera gustado ver más su afecto por Evitta, pero a pesar de todo, es alguien que valora la privacidad me imagino). ¿Sus obsesiones? Las redes sociales, la IA, Rosario (como ya lo dije), una birra. Acaba de publicarse su libro “Irse en la espuma” y ruego porque podamos encontrarlo algún día en México porque todo mundo habla de lo maravilloso que es. Sus historias personales, dada su profunda conexión con sus raíces familiares, también dieron mucho sabor al programa. La gran dualidad de Tomi es que sabe combinar el humor con momentos de drama y ternura. Amaba sus momentos de berrinche, cuando algún detonador lo hacía levantarse de la mesa e irse un rato. Su sección “Famosos que no son porteños” estaba siempre llena de videos que, bajo su percepción, eran mucho más fabulosos de lo que en realidad eran.

 

Andy Chango

 ¿Cómo empezar a describir a Andy Chango? Otro ser sensible, amoroso, tierno envuelto en un empaque de desenfreno total. Creo que jamás había conocido a alguien como Andy, lo cual lo hace un ser único para mí. Cantante, compositor y conductor, Andrés Fejerman es conocido por su personalidad carismática y su estilo provocador y desafiante. A menudo se burla de sí mismo y de los distintos sucesos que han marcado su vida, lo que le permite conectar con nosotros de manera más real y única. La audacia y el nivel de serenidad con que dice las cosas más atrevidas, irreverentes e ingeniosas es simplemente hermoso de ver y escuchar. Nunca pierde su lado crítico, eso sí. Amo cuando habla abiertamente sobre sus experiencias con la salud mental y con las drogas, enfatizando la importancia de abordar dichos temas sin tabúes. Amo cuando nos habla abiertamente de cómo fue/es la relación con su familia y sus historias de infancia y adolescencia el plena dictadura. Amo lo buen padre que es y lo mucho que ADORA a su hija Martina; su relación es excepcionalmente especial. Andy, como yo, sufre del Síndrome del Impostor y en una ocasión cuando Marcos estaba en las Europas y Evitta y Tomi estaban atrapados en el Buquebus, el Dr. Chango tuvo que bancárselas y dirigir el programa con la ayuda de Martina, a quien llamó media hora antes para que lo auxiliara. Ese, sin lugar a duda, ha sido de mis episodios favoritos y pude ver en vivo cómo, a pesar del nervio, la inseguridad, las ganas de autosabotearse, logró hacerlo genial. Jamás nos importó las veces en que repetía sus historias, Andy se ha ganado ese derecho. A lo largo de 9 meses, fuimos testigos de cómo floreció la amistad y complicidad con Marcos, la hermandad ya bien instalada con Tomi, lo protector y paternal que era con Evitta y lo mucho que admira a Eli. Tengo hermosos recuerdos de Andy, pero sus canciones improvisadas siempre fueron lo top de lo top. “AYER PEQUÉ… AYER BESÉ A UN ROCKERO”. Espero que el Dr. Chango ya no se masturbe con libros de medicina como en su adolescencia (sí, esa fue una de sus últimas intervenciones más legendarias).

 

Alex Kohan

Por motivos meramente económicos, tuve que abandonar mi terapia desde el año pasado, pero la columna de todos los jueves de la psicoanalista Alexandra Kohan, era una especie de reemplazo a ese espacio que tanto me hace falta. Profunda, inteligente, directa, crítica, reflexiva y con un humor ácido y peculiar, Alex fue parte de la esencia de DyA. Se nota el compromiso que tiene con el psicoanálisis y lo buena que es en ello. No saben cuántas veces compartí su columna “Dejamos Acá” con mi hermana y mi cuñado, y lo intensas que se volvieron nuestras discusiones y pláticas alrededor de ellas. Mis eternas favoritas, fueron las que hablaron sobre la amistad, la reciprocidad, las redes sociales, el aburrimiento, la empatía y el duelo. Y a pesar de la constante disociación e imprudencia de Tomi para con Alex, nunca supimos cuánto cobraba.

 

Como ya he mencionado ochocientas veces en este texto, hubo entrevistas realmente legendarias, como la de Liniers, la de Rita Cortese, la de Mauricio Kartún, pero hubo una en particular que me estremeció todita la primera vez que la vi, y lloré. Sí, sí, lloré. Lloré y comprendí cosas de mí que ni siquiera había descubierto en mis años de terapia y fue como ponerle un curita a tanto dolor y empezar a sanar y comprender un montón de cosas, e hizo que me abrazara un poquito más fuerte. La entrevista al escritor y editor Hernán Casciari. ¡No saben qué pedazo de entrevista! Por favor VEÁNLA y lloren conmigo.


Tras este sentido resumen/homenaje, hoy me despido con el corazón en la mano de un stream que se convirtió en un rincón especial de mi vida, en ese espacio que me acompañaba mientras trabajaba o hacía el aseo de mi casa. Ese momentito de alegría y apapacho que se volvió parte fundamental de mi cotidianidad. A lo largo de sus episodios, disfrutamos de grandes invitados que compartieron sus historias y experiencias, llenando cada transmisión de risas y reflexiones profundas. Cada momento fue una celebración de la argentinidad, un viaje a través de su cultura, sus tradiciones y la calidez e inteligencia de su gente, algo que siempre he admirado y reconocido de este hermoso país sudamericano. Este espacio no solo nos entretuvo, sino que también nos unió a todos los que andábamos creando ruido en el chat, generando momentos inolvidables que atesoraré siempre. Nunca fue un programa más del montón, nunca fue solo la joda y el buen rato. Quédense satisfechos/as del esfuerzo colectivo y descomunal que hicieron para construir semejante legado. Gracias, gracias, gracias por cada instante compartido, gente de “Dinero y Amor”. Se les extrañará más de lo que se imaginan.


“Rezo por vos”: un canto a la introspección y a la universalidad



Call me old fashioned... please! | Por Mónica Castro Lara |


Y sí, tras una laaaarga ausencia de escritos en mi columna de Sputnik, ¡he vuelto! Y caigo en la cuenta de que, en definitiva, me siento mucho más cómoda escribiendo que entrevistando gente. No sé si tenga algo que ver con sentirme media expuesta o el hecho de tener el síndrome de la impostora aunado al de Sir. Fitzwilliam Darcy, pero nada se compara con la comodidad y seguridad de escribir un texto sin tanta presión (siempre autoimpuesta, por supuesto). Pero bueno, haciendo a un lado mis propias inseguridades, claro que lo disfruté un montón y aprendí muchas cosas en el proceso. Acá esto me suena a sesión de terapia, así que mejor corto, pero no quería desaprovechar el espacio y agradecer de corazón las lindas palabras que me hicieron llegar en estos meses a raíz de las entrevistas en “Cinetiketas” (¡incluso unas re lindas desde Australia!).

 

Pues bien, como en otras ocasiones en que me ausento y regreso de manera intermitente, anduve pensando y repensando (algo que se me da muy bien, obvi) sobre qué quería abordar en este legendario retorno a las letras (legendario para mí, déjenme soñar) y como siempre, cada momento de mi vida pareciera tener un leitmotiv bien específico y justo ahora, suena a puro rock argentino (¿tendrá algo que ver que mis entrevistados hayan sido argentinos? ¿o con la bella conexión que siempre hemos tenido con la Argentina?). Anyway. Me dispongo a contarles un poco acerca de la canción que en estos momentos, invade cada espacio de mi cabeza: “Rezo por vos”, compuesta e interpretada por dos de los músicos más influyentes de la historia del rock argentino, los maravillosos Charly García y Luis Alberto Spinetta. Y no sé bien si es por la letra, la música, la interpretación o el hecho de que es una extensión directa de la mente de este icónico dúo, pero algo hermoso tienen estos más de cuatro minutos que me gustaría compartir con ustedes, ya sea que estén familiarizados con el tremendo temazo o no mucho.




La canción nace en 1985, en un momento clave de la trayectoria, tanto de Charly como de Spinetta. Ambos ya eran figuras reconsolidadas del rock argentino, con una extensa y hermosa discografía a sus espaldas. Charly García, por un lado, ya había conocido y saboreado las mieles del éxito masivo con las bandas “Sui Géneris”, “La Máquina de Hacer Pájaros” y “Serú Girán” en la década de los 70s y continuaba explorando nuevos sonidos, tanto en solitario como en distintas colaboraciones. Por su parte, “El Flaco” era considerado uno de los compositores más talentosos y visionarios del llamado rock nacional, habiendo liderado bandas icónicas como “Almendra” y “Pescado Rabioso”. Es en este contexto que “Rezo por vos” surge como la gran colaboración entre dos artistas que, si bien ya compartían una amistad y admiración mutua, provenían de trayectorias y estilos musicales bastante diferentes. Mientras García se destacaba por su música más directa y vanguardista, Spinetta era conocido por su propuesta más introspectiva y poética.

 

La canción se enmarca digamos que en un momento especial de transición y búsqueda espiritual para ambos artistas; tanto Charly como Spinetta, se encontraban explorando nuevos caminos creativos, lo cual se refleja en la temática y en el tono bastante melancólico, reflexivo y hasta existencialista de “Rezo por vos”.

 

Antes de empezar a analizar un poquito la canción en sí, cabe mencionar que hay tres versiones de ella: la de Charly que aparece en el álbum “Parte de la religión” del ‘87, la del Flaco que encontramos en el álbum “Privé” del ‘86 y la que presentaron juntos en un par de ocasiones, como por ejemplo en el 2009 en el Estadio Vélez Sarsfield. Voy a centrarme más en la primera y en la tercera versión, porque es mucho más fiel al demo que sacaron en un inicio y porque la de Spinetta es MUY Spinetta (siento que hasta merece un artículo aparte). Pero bueno. La canción inicia con un delicado y evocador riff de guitarra eléctrica acompañada de unos golpeteos de batería (probablemente generados en una caja de ritmos), que de inmediato enganchan y nos marcan el ritmo de los siguientes cuatro minutos y cachito. Luego, los teclados y sintetizadores junto con la voz de Charly (por momentos abrumadoramente desgarradora, sobre todo en el puente) se hacen presentes, acompañando y entonando esas letras profundas y emotivas que, en todo momento, transmiten una sensación de vulnerabilidad y espiritualidad (no en vano escogieron ese título, ¿verdad?). De acuerdo con el sitio Letras.com (sí, me pareció una buena fuente y se callan) la letra “[…] refleja un viaje espiritual y emocional, donde la transformación es el tema central en la canción; en su conjunto, es un himno a la resiliencia y la esperanza, a pesar de las adversidades y la soledad”. Y si bien la lírica aborda temas personales y existenciales, creo que la canción trasciende lo individual y se convierte en una reflexión sobre la condición humana en su conjunto, logrando combinar la introspección y a su vez, la universalidad. A lo largo de la canción y hablando en específico de la versión que interpretan ambos, la voz de Spinetta se fusiona con la de Charly, creando una armonía conmovedora que refuerza la intimidad y la conexión entre ambos artistas llegando incluso a generar confusión sobre quién está cantando qué estrofa, lo cual me parece que es una sensación instaurada a propósito. A mí lo que verdaderamente me mata, es el puente, con su: “…y curé mis heridas y me encendí de amor, de amor sagrado”. Uff. Pienso que ahí es donde se abre la canción y florece para entregárnoslo todo y así poder llorar en unísono.

 

“Rezo por vos” se convirtió rápidamente en una de las canciones más emblemáticas del rock argentino. Su profundidad lírica y la colaboración entre dos de los artistas más respetados del género, la convirtieron en un hito de la música nacional argentina.


Y así como yo, seguramente ustedes también se preguntarán por qué no existen más colaboraciones entre Charly y Spinetta siendo justo eso, el gran Charly García y el maravilloso Luis Alberto Spinetta, que pudieron regalarnos discografías enteras de genialidad, irreverencia y argentinidad pura. Pues bien, resulta que durante la grabación y presentación de la canción en el programa de televisión “Cable a Tierra” conducido por Pepe Eliaschev, ocurrió un incidente curioso y contundente. Mientras ambos, hermosamente vestidos (el Flaco tiene unas botitas amarillas sensacionales), estaban al aire presentando el tema, García recibió una llamada informándole que su departamento se estaba incendiando. Para empeorar las cosas, el incendio había sido causado o por un cortocircuito de la videograbadora, que según se dice, casualmente estaba grabando el programa en ese momento o también está la versión de que dejaron todo conectado (amplificadores, cajas de sonido, etc.) previo al programa y se generó un cortocircuito fulminante. Después del incidente, García y Spinetta tuvieron una fuerte discusión, con García molesto por la “actitud paranoica” de Spinetta y es que el Flaco tomaba como presagio la letra “y quemé las cortinas y me encendí de amor” (que incluso decide eliminar en su versión) y al parecer se culpabilizó por el incendio. En un momento de tensión, García llegó a tirarle un cenicero a Spinetta, algo ya clásico en Charly, pero fue la gota que derramó el vaso. Ambos artistas reconocieron que el incidente los había “quemado” y asustado mucho y decidieron no continuar con el álbum que tenían pensado hacer y que tenía varios demos ya medio elaborados.  Además de eso, sus personalidades eran dimensionalmente distintas; Charly siendo Charly, no tenía limitaciones en sus horarios y le hablaba a Luis Alberto descaradamente a las dos de la mañana con ideas y casi con la exigencia de grabar en ese momento. Y Spinetta, por otro lado, padre de familia y con rutinas de trabajo más disciplinadas, básicamente lo mandaba al diablo. El álbum iba a llamarse “Cómo conseguir chicas” y García usaría dicho nombre para un álbum propio un par de años después.

 

Háganse un favor y escuchen todas las versiones, disfrútenlas, llórenlas, compárenlas y satúrense de ellas como ya lo hice yo. Les dejo el videíto de la presentación porque es relindo e interesante ver cómo creaban música emblemática juntos.

Cinetiketas: entrevista con Valentino Alonso de "La Sociedad de la Nieve"



En esta entrega de Cinetiketas charlamos con el talentoso actor argentino Valentino Alonso quien interpreta a Pancho Delgado en la multipremiada película española "La Sociedad de la Nieve".

En esta entrevista de largo aliento, el histrión bonaerense nos narra la dificultad y la preparación física y mental necesaria para lograr ciertas escenas del filme dirigido por J.A. Bayona, nominado al Oscar como Mejor Película Internacional.



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La única versión de “Silent Night” que necesitas escuchar



Call me old fashioned... please! | Por Mónica Castro Lara |


“Silent Night” no es una buena canción navideña. Es una GRAN canción navideña. Es casi casi el epítome de las canciones navideñas (siento que ya escribí mucho “canciones navideñas” pero entienden el punto). Es lo suficientemente sencilla y delicada y cuya letra, es un tierno y amoroso relato del nacimiento del hijo de Dios y la paz y la alegría que vinieron con su llegada (dejemos tantito a un lado nuestra afiliación espiritual/religiosa).

Parte del problema del que no nos percatemos realmente de lo bella que es esta canción (compuesta en 1818 por el maestro Franz Xaver Gruber y escrita por el sacerdote católico Joseph Mohr), es porque actualmente, la época navideña es todo menos taciturna. Una vez que termina Halloween y los gringos descongelan a Mariah Carey desde el 1 de noviembre, resulta difícil evitar los villancicos y las canciones de navidad en los centros comerciales, en las tiendas, en la televisión, etc. y no es queja, eh. Ustedes ya saben de mi amor y mi fanatismo por la música navideña. Pero claro, para algunas personas que quieren hacérsela de Grinch, se ha convertido en un pasatiempo de temporada el quejarse amargamente del leitmotiv decembrino, de lo horrible e intrusivo que es y de que, en realidad, son las mismas canciones solo que en géneros musicales variados dependiendo del artista que las interprete (en esto último, estoy de acuerdo). En ese sentido, parece que todos los que hacen su propia versión de “Silent Night”, tienen la obligación de agregar más cosas: más voces, más cuerdas, un gran crescendo, un tempo más lento o rápido. A diferencia de la clásica “White Christmas”, que se beneficia de una grabación original espléndida de Bing Crosby, “Silent Night” se ha convertido en un lienzo en blanco sobre el que los productores musicales hacen un dripping a la Jackson Pollock.

Hace un año, a modo de cierre del 2022, les compartí una canción que recién había descubierto gracias a una estación de radio irlandesa de Navidad (bien random mi historia ¡já!). Dicha canción, era nada más y nada menos que el mashup de “Peace On Earth / Little Drummer Boy” de Bing Crosby y David Bowie y que, en definitiva, forma parte de mis ya de por sí ñoñísimas playlists navideñas. En esta ocasión, estuve pensando y repensando (lo cual se me da muy bien) qué canción o álbum navideño podía recomendarles. Estuve a nada de escribir este artículo sobre la muy alegre “That Holiday Feeling!” de Eydie Gormé y Steve Lawrence (que les juro, la primera vez que la escuché, pensé que era el mismísimo Frank Sinatra por el tremendo vozarrón) y que relanzaron Seth MacFarlane y Liz Gillies en su nuevo y sensacional álbum “We Wish You The Merriest” (ya ven que de por sí Seth es mi súper crush, pero de verdad se los recomiendo muchísimo, sus álbumes navideños siempre le quedan relindos). Pero, la verdad es que hay otra canción que se adueña de mi corazón en estas significativas fechas y supongo que, por mis larguísimos párrafos introductorios, ya se habrán dado cuenta de cuál es.

Desafortunadamente, este 2023 perdimos a la maravillosa y contestataria cantante irlandesa Sinead O’Connor, la mezzosoprano de la generación X. El medio deliberadamente decidió opacar su excepcional voz y talento y poner los reflectores durante décadas en sus “escándalos” y controversias, como su famoso “FIGHT THE REAL ENEMY” en Saturday Night Live, mientras rompía la fotografía del papa Juan Pablo II. Podría escribir y escribir sobre la vida de O’Connor, pero hoy quisiera enfocarme en la que yo considero es la mejor versión de “Silent Night” que existe.

Acá entre nos, me da un poco de cringe platicarles cómo es que descubrí la interpretación de “Silent Night” de Sinead, pero a veces las cosas más random nos llevan a acontecimientos extraordinarios y por eso voy a contarles: hace cuatro años, justo antes de que el mundo se paralizara por la pandemia, mi curruñis Hugo compró en súper oferta una de esas películas navideñas gringas sinsentido para pasar el rato. El nombre de la peli es “Fred Claus” y la protagonizan Vince Vaughn, Paul Giamatti y Rachel Weisz. Aunque yo estaba reacia al principio, tras un poquito de insistencia decidí verla y ¡oh sorpresa! Nunca imaginé llorar tanto en una película de ese tipo; la escena donde aparece la canción es el clímax del film y es B E L L Í S I M A. Sientes que descubres y entiendes casi casi el verdadero significado de la Navidad y todas esas ñoñeces. Honestamente, no recuerdo casi nada de la película excepto esa inolvidable escena. Y bueno, como era de esperarse, agregué “Silent Night” de inmediato a mi Spotify y es un must desde entonces.

No hay mucha información acerca de “Silent Night” de O’Connor para serles franca y ahora que lo pienso, creo que es mejor así. Tras mucho buscar, encontré 3 datos en total: 1. que la grabó en 1991, 2. que la produjo su on and off Peter Gabriel y 3. que él mismo toca el teclado. No más. No se necesitó nada más que un teclado y la voz casi angelical de Sinead para hacer la mejor versión de “Silent Night” que existe hasta ahora y no doy pie a debate. Un verdadero orgasmo auditivo; jamás una canción navideña me había transmitido semejante e inexplicable paz. Y me encanta. Para algunos, es curioso o hasta contradictorio el hecho de que Sinead haya grabado una canción prácticamente religiosa tras sus constantes encontronazos con la iglesia católica y, en palabras de Mariana Enriquez (sí, sí, LA Mariana Enriquez): “[…] ella no era antirreligiosa. Al contrario. Siempre buscó la trascendencia, Dios, la fe. Por eso también su rabia con una Iglesia que no daba amor. La gente diciendo todo el tiempo que se contradecía y era controvertida – claro que se contradecía es NORMAL. Y no, la controversia la inventan los demás cuando tratan de disciplinar a la gente y decirle cómo vivir”.

El video de la canción, una cosa ahí medio bizarra, nos muestra a Sinead vestida de la época victoriana y a un hombre que la persigue atraído por su voz (o bueno, al menos así lo interpreto yo). Es raro verla en esos close ups maquillada y con peluca, pero ella divina siempre.

 

Existe también una versión larga de “Silent Night” inspirada en la historia real del ceasefire que tuvo lugar en la víspera de Navidad de 1914 durante la Primera Guerra Mundial. Los soldados alemanes e ingleses bajaron las armas y llevaron a cabo una tregua temporal, celebrando la Navidad juntos en donde se dice, compartieron canciones, algunos regalos y uno que otro partido de fútbol. Sinead también grabó esa versión extendida de la canción, la cual tiene uno que otro párrafo extra.

Con el mundo hecho una mierda, espero que por escasos cuatro minutos y acompañados de la legendaria Sinead, tengamos y sintamos una auténtica “Noche de Paz” en este cierre del 2023. Les quiero.

Fui al Eras Tour de Taylor Swift en CDMX… ¡Y SOBREVIVÍ!

 



Por Mónica Castro Lara |

Ya sé, ya sé. Ya pasaron días de los conciertos de la güera en CDMX, pero acá esta millennial geriátrica se enfermó de gripa (mi garganta lo resintió bastante y me puse de imprudente días después creyendo que estaba como si nada) y comprenderán que no estaba al cien para escribir y compartirles un poquito de mi *inolvidable* experiencia. Además, aprovecho que hace unos días anunciaron el Eras Tour Film en cines y otra vez la euforia regresó a nuestros cuerpos cansados y gastados. Como era de esperarse, esos boletos también se agotaron en cuestión de minutos a pesar de que Cinépolis se tiró al suelo, hizo berrinche y salió con diez mil jaladas, pero bueno. Nuevamente iremos a ver el concierto, pero ahora desde la comodidad de un asiento acojinado (y no la porquería de grada del Foro Sol al cual siempre odiaré) y a tan solo minutos de casa. Como podrán comprobar, el impacto del Eras Tour de Taylor Swift en 2023 es bestial y llegó para quedarse un bueeen rato en nuestro país.

*(Tantito imaginen que es la madrugada del 26 de agosto) *. Escribo estas líneas mientras regreso de lo que es, sin duda alguna, el concierto de mi vida. Digo… tampoco es que haya ido a muchos conciertos en mi vida, pero en definitiva, éste llegó para ocupar cada rincón de mi gélido corazoncito y créanme cuando les digo que, lo que acabo de vivir el día de hoy, dudo que pueda revivirlo con algún otro artista. No sé qué tan simple sea mi historia con el concierto, pero de todos modos la voy a contar. Así como millones de personas, me registré en el Verified Fan en Ticketmaster (que también odio, por cierto) sin recibir una respuesta positiva. Mi amiga Mary fue la suertuda que recibió el muy codiciado “código” (que en realidad era un link privado) y gracias a ello pudimos comprar los boletos sin mayor problema y, sobre todo, sin la intervención de ningún revendedor horroroso o tener que buscar los boletos por otros medios (cosa que, en definitiva, no estábamos dispuestas a hacer). Escogimos una zona bastante razonable económicamente hablando (porque a pesar de la euforia, hay que medio ubicarse) y afortunadamente no tuvimos ningún otro contratiempo (tipo que se cayera la página, que no nos aceptara el pago o esas cosas nefastas que suelen pasar con Ticketmaster). Como verán, efectivamente suena muy simple (porque debería serlo), pero en verdad fuimos de las pocas afortunadas en lograr una compra exitosa y sin percances. Ese era apenas el inicio de una larga y muy emocionante travesía; como buenas poblanas, necesitábamos transporte, planear el viaje en sí, pensar, comprar o incluso diseñar nuestros outfits, hacer las famosas friendship bracelets, ahorrar lo más que se pudiera y un largo etcétera. No les miento: fue una experiencia muy, muy linda pero también de mucho derroche económico. Prefiero no entrar en ese tipo de detalles porque si me pongo a indagar, a hacer cuentas y a reflexionar un poco más, entra una en un círculo capitalista vicioso e infinito y creo que es mejor disfrutar digamos… la esencia del por qué estamos haciendo y gastando todo esto, que es a grandes rasgos, ir a ver a una de nuestras artistas favoritas en sus primeros shows en nuestro país y pasarla muy, muy bien. Y por fortuna, así fue. 

Un factor estresante (no solo para mí, sino para miles de personas) era el saber que lo más probable es que se cayera el cielo en la Ciudad de México en las cuatro fechas del concierto (porque sabemos que en agosto llueve, eh Taylor) y que lo usual en dicha ciudad y en especial, en el muy mal construido Foro Sol (sí, lo odio) es que se inunden. No sé si recuerdan, pero en 2020, justo días antes de que cerraran TO-DO por la pandemia de COVID y cuando el virus ya estaba bien instalado en nuestro país, estuve en el concierto de Billy Joel en el Foro Sol y a partir de esa muy mala experiencia, juré no volver a ir a ningún otro concierto o a algún evento en dicho lugar. Lo que no sabía es que tres años después, me iba a terminar mordiendo la lengua hasta sangrarme y que estaría asistiendo al mismo recinto que tanto me choca y al que tanto le echamos caca los mexicanos. “¿¡POR QUÉ NO LO HICIERON EN EL ESTADIO AZTECA!?” nos preguntamos varixs. ¿Será muy costoso gestionar un concierto en el Azteca? ¿O de plano los dueños del Foro Sol son más perros? Quién sabe. Lo importante aquí es que, Tláloc, al parecer íntimo amigo de Taylor Swift, nos dio tregua los cuatro días del concierto a pesar del cielo cerradísimo y nubladísimo que había. Sí nos llovió muy poquito cuando apareció la telonera Sabrina Carpenter, pero hasta ahí. Yo, como buena millennial geriátrica (sí, se los reitero), me fui muy preparada para un 25 de agosto lluvioso, es decir con botas de camping, dos impermeables (sí dos, pero solo usé uno) y la verdad es que, por cuestiones de comodidad, no planee más allá de lo que otrxs planearon, pero qué pinche bonito fue ver a un montón de gente vestida de su era favorita de Taylor Swift o de algún video musical en específico o de la letra de alguna canción. No me queda la menor duda de que la gente (y en especial lxs mexicanxs) es muy creativa, súper animada, arriesgada y que una lluvia o posible mal clima no iban a impedir que se expresaran a través de sus outfits, de sus espectaculares peinados y de las toneladas de glitter que iban a usar en sus impecables maquillajes. Así que todo mi respeto, todo mi amor y toda mi admiración a todas y cada una de esas personas que decidieron ir en contra del pronóstico del clima y del de por sí cansancio que implica el asistir a un concierto así (a la chica que vi con botas de tacón de aguja mientras caminábamos kilómetros rumbo a la entrada, quería darle un abrazo o un sape, francamente).

Estoy segura de que a estas alturas ya saben cuál es el significado o más bien el origen de las friendship bracelets que muchas hicimos y compartimos antes del concierto, así que me parece medio redundante repetirlo, pero sí quiero platicarles (porque soy una ñoñísima y se aguantan) que para mí fue relindo y de lo que más disfruté previo al evento; hacerlas junto a mi hermana Elo, con Bunny a un ladito, escuchando las canciones de Swift y estar totalmente concentrada en lo que estaba haciendo, fue inesperadamente terapéutico (¿mindfulness? ¿eres tú?). Lo que sí es que reafirmo mi nula capacidad para hacer cosas manuales y ni modo. Si a estas alturas ya se reventaron las pulseras que intercambié, pido disculpas. 

Tras llegar con tiempo récord al Foro Sol, recorrer casi todos los puestos ambulantes de merch porque somos medio indecisas, mirar desconfiadas al cielo cada cierto tiempo y encontrar nuestros lugares, por fin inició el segundo concierto de Taylor Swift en México tras 17 largos años de espera. Empecé a gritar como desquiciada cuando apareció nuestra querida güera debajo de los pétalos gigantes que la escondían y ahí supe que me iba a desbordar de la emoción. A M É con locura las maratónicas tres horas y media que duró el concierto y que, además de ser increíblemente puntuales, fueron en todo momento electrizantes y francamente maravillosas. Sabemos que Taylor Swift tiene un equipo de altísima calidad y me dio muchísimo gusto que, a pesar de haber estado en gradas, vimos perfecto todo el espectáculo cuyas pantallas la dejan a una sin habla (Taylor y su equipo mandaron a quitar la cochinada de escenario que tiene el Foro Sol y nos dieron por fin, equipo de calidad). Los visuales del show son geniales, muy ad hoc a cada canción o era; el sonido brutal a pesar de la mala acústica del recinto (porque no, no la tiene) y el fueguito en “Bad Blood” nos calentó a todos bien entradas las diez de la noche. Les confieso que estoy muy, muy orgullosa de mí misma porque pude cantar (más bien gritar jejeje) las 43 canciones que se avienta la Taylor (yo sé que son 44 canciones en total, pero la canción sorpresa que me tocó –“Tell Me Why”– la he escuchado, pero no me la sé). Había visto videos en donde la gente afirmaba que, del shock, se les olvidaban las letras de las canciones, pero no fue el caso de esta ñoña que la verdad, ni es taaaan swiftie. Pero eso sí, bailé, canté, grité, lloré, berreé como nunca y me di cuenta de que justo esa era la terapia que necesitaba y que estaba ansiosa de vivir desde hace varios meses, porque si bien veía partecitas de los conciertos a través de Instagram o de YouTube, la experiencia de estar presente en el Eras Tour México es completamente distinta a lo que vemos en pantalla y mucho se debió al público mexicano. Agradezco que pude estar rodeada de personas que estaban igual de emocionadas y desbordadas que yo. O bueno, unas dos que tres no ¡já!. Obviamente en “Cruel Summer” que es LA canción del verano y la segunda que interpreta, yo ya no tenía voz. Y a la señora o chica de cubrebocas que estaba a mi izquierda adelante de mí a unos tres o cuatro lugares de distancia y que me miraba súper sacada de onda cuando estaba B E R R E A N DO durante “august”, le digo que sí, que estoy bien y que mejor deje de juzgar a la gente o andar de mirona. Aun así, no me inhibió en lo absoluto. Muchxs me han preguntado cuál fue la canción o el momento que más me gustó del concierto y he de confesarles que creo que no es uno muy habitual o que hayan mencionado mucho en publicaciones previas y así, pero yo Mónica Castro Lara sentí que el Foro Sol se desbordaba durante los 10 minutos de “All Too Well”. Es una canción compleja, larguísima, pero en verdad se me enchinó la piel de inicio a fin. Y por lo que viví, creo que a la mayoría le pega cañón.


“No sabía que te gustara tanto Taylor Swift”. Lo escuché y lo leí muchas veces antes del concierto. Resulta que hace quince años, cuando iba en la universidad, mis amigxs y yo recreábamos a modo de burla el video de “Teardrops In My Guitar” y de ahí, decidí descargar algunas canciones de Swift en mi iPod. Siento que ahí empezó todo. Pero como a la gente le encaaanta juzgar los gustos musicales ajenos y Taylor Swift es lo más blanco, lo más ñoño, lo más pop, lo más mainstream que existe, pues confieso que nunca me sentí cómoda gritándolo a los cuatro vientos. Hasta hace unos años que leí sobre lo que Dave Grohl dice de los guilty pleasures y pues… resulta que no me gusta Taylor Swift… ¡M E E N C A N T A! “I don’t believe in guilty pleasures. If you fucking like something, like it. That’s what’s wrong with our generation: that residual punk rock guilt, like, “You’re not supposed to like that. That’s not fucking cool.” Why the fuck not? Fuck you! That’s who I am, goddamn it! That whole guilty pleasure thing is full of fucking shit.” Yo sí creo en lo poderoso de sus letras; como muchxs siento que he crecido con ella y he constatado la evolución de sus canciones, la complejidad de muchas de ellas, lo bien que sabe contar una historia (porque es una extraordinaria storyteller), lo mucho que me interpela su música y lo bien que está rompiéndola en la industria musical.

Por último, Taylor es una titán en lo que hace. No solo en su carrera musical (que ha tenido miles de altas y bajas), sino en el concierto en sí. Cientos de videos hablando de qué dieta llevará, qué tipo de ejercicio debe estar haciendo para mantenerse en forma, que rinde más que los atletas más disciplinados, de cómo debe estar cuidando su voz, qué drogas debe estar inhalando/fumando/inyectándose para resistir y dar lo mejor de sí durante tres horas y media con intermedios y cambios de vestuario de menos de cinco minutos. David Harbour, nuestro Jim Hopper de “Stranger Things” no se explica cómo va al baño la Taylor o en qué momento toma agua. Así todxs, David, así todxs. Estoy muy orgullosa de la perseverancia de nuestra güera favorita, de su tour y de saber que tendremos Taylor para rato. Tú siguele facturando, mami. Factura todo lo que puedas.

Mi agradecimiento por siempre a Andy, por hacer T O D O el viaje una realidad. A Mary, por no quejarte de mis gritos horrendos mal entonados durante el concierto y vivirlo juntas. Y a mi Elo,
siempre.


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