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Código sci-fi: PP Red


Por Franco García |


Hace unos meses me reuní con el poeta guerrerense Carlos Ortiz en la cafetería El Edén, en Chilpancingo, Gro., donde solemos hacerlo siempre que coincidimos. Un par de horas nunca serán suficientes para hablar de un tema en específico: el tiempo vuela y a él sólo lo veo dos o tres veces al año. Así que tenemos que hablar a medias, o lo más breve y certero posible.

En algunos temas políticos, económicos, literarios o musicales quizá no coincidimos, pero nos respetamos. Entre tantos temas al aire, hubo uno particularmente interesante: el género de ciencia ficción. Para ser más exactos: la ciencia ficción mexicana.

¿Por qué se desprecia ese género en México? Me refiero al escrito por mexicanas y mexicanos, porque la verdad ando demasiado perdido. Se conoce más lo noir (que por momentos me cansa) o el terror (que me coquetea, pero no me atrapa). Y cuando uno habla de ciencia ficción siempre vienen a la mente Philip K. Dick, Ray Bradbury, Isaac Asimov, Ursula K. Le Guin, Mary Shelley, etcétera.

Esto evidencia que estamos muy acostumbrados a lo norteamericano, a las películas gringas; fuera de ese ambiente parece carecer de sentido. Así, a la ciencia ficción mexicana no se le ha dado el valor correspondiente, y no digamos ya a la latinoamericana. Se ha intentado una y otra vez, pero no despega; su difusión resulta mínima y complicada. No se vende como otros géneros tan sobrevaluados.

Uno de los autores mexicanos que más ha trascendido en ese género es, sin duda, Pepe Rojo. Un autor underground de culto, guerrerense, buenísimo en el cuento y cronista, aunque actualmente se enfoca más en lo cinematográfico. Se le admira y respeta por lo que ha hecho en la ciencia ficción mexicana. De verdad se ha esforzado en ese terreno.

Es un admirador de Kurt Vonnegut, quien, por cierto, es otro autor norteamericano que no se lee tanto en nuestro país. O al menos no tiene el mismo peso que K. Dick o Bradbury. Cuando uno se aferra a cierta autora o autor, rara vez escapa de ese mundo literario. Pepe ha adoptado y adaptado a Vonnegut a su estilo. No se trata de imitar, sino de homenajear: buscar la propia voz que llevamos dentro. Para eso sirven las influencias literarias: para autoexplorarnos y sacar lo mejor de nosotros.

Casi todos en el mundo literario mexicano han escuchado el nombre de Pepe Rojo, pero hasta ahí. No se le ha dado la oportunidad a la ciencia ficción mexicana como debería. Recientemente el Fondo de Cultura Económica reeditó un libro de cuentos de Pepe: Estroboscopía y accidentes similares. Bef —quien también es uno de los principales exponentes del sci-fi, aunque más en la novela gráfica— fue uno de los impulsores de esta reedición. Lo dijo durante la presentación en la UNAM, donde estuve presente, ya que no se le ve mucho por la Ciudad de México.

Y no me parece mal que se le rescate, que se le reedite o edite. Ha puesto muy en alto a la literatura guerrerense y no necesita de premios o becas para demostrar su talento. Creo que por eso se ha ganado mi admiración y respeto: porque no es un autor enfermo u obsesionado con acaparar todos los premios y becas posibles.

Los cuentos que más me agradaron fueron Cosas, Breve manual para escapar de la monotonía, Estroboscopía, Tornillos y Ascensión 01. Es un deleite ver cómo Pepe explora la ciencia ficción a través de deseos, temores u obsesiones. El encuentro entre sujeto y objeto desde una perspectiva sensible, irónica, humorística, caótica, cinematográfica. Esa enajenación, revolución, revelación o rebeldía de los objetos.

Además, me recuerda un poco al libro de Jean Baudrillard El sistema de los objetos, donde analiza el exceso de objetos producidos que llevan a un vacío existencial, perdiendo el sentido de la vida a través de su acumulación. El fetichismo de la mercancía, como bien lo señaló Marx en El Capital. Objetos que, a su vez, nos permiten ascender a cierto estatus social: entre más objetos de calidad tengas, eres un ciudadano con más valor. Ese libro también estudia la frialdad de las relaciones humanas con los objetos y cómo esto caracteriza la vida moderna.

Por ejemplo, en Cosas de Estroboscopía… hay una melancolía y soledad por parte de Muñequita y Refrigerador. Esa sensación de abandono los une: logran empatizar y ser tiernos a la vez.

“—¿Te sientes solo? —le pregunta Muñequita.
Refrigerador asiente.
—Yo también —le dice Muñequita, mientras se rasca el pelo.

Muñequita suspira y empieza a sacar los alimentos que Muñeca había colocado dentro del refrigerador unos minutos antes.

—¿Estás segura? —pregunta Refrigerador.”

Lo mismo sucede en Estroboscopía:

“Me siento en una banca del parque frente a la disco. Puedo ver cómo salen las estatuas con las que bailé, caminando como si nada. Escucho un ruido detrás de mí. Hay un vagabundo que despierta. Se sienta en la misma banca que ocupo, pero lejos, en la otra esquina.

Nos quedamos en silencio observando las luces de la ciudad.

Después de unos minutos, me voltea a ver.

—Cuéntame la historia de tu vida —me dice.”

Un final abierto, con tintes cinematográficos. Sin olvidar que Pepe mantiene ese ojo de cineasta. Los objetos desempeñan un papel relevante en cada cuento, como en Ascensión 01 con el abrelatas, describiendo su vida diaria: sus miedos, su angustia, su amor, su odio, su desesperación, su entrega.

“Abrelatas está nervioso. Abrelatas no reposa. Al dormir, se agita. Sueña con Cátsup. Cátsup prohibida. Cátsup sin lata. Abrelatas tiene miedo. Algo no funciona, algo falla. Hoy lo separaron.”

Su pasión con Vela lo lleva a entregarse, a despertar derretido. O en Tornillos, que están hartos —al igual que otros objetos— de su trabajo y se rebelan contra los humanos:

“(...) el día que los tornillos gritaron ‘nunca más’, se hicieron promesas eternas de amor, los calendarios y los relojes tartamudearon, hoy era mañana, el ahí era un aguijón, birlos y bisagras, camas y libreros, las cosas y las plantas, nada volvió a callar nunca más”.

Como bien señala la cuarta de forros: objetos más humanos que sus dueños e instrucciones para vivir en un mundo futurista. Vale la pena rescatar una y otra vez la obra de Pepe para que no se le olvide; para que se mantenga más vivo, sensible y rebelde que nunca, como sus objetos.

«A través del vaso» de Mariana H: un viaje sonoro alrededor del rock en México


La entrevista... ese género | Por Óscar Alarcón

@metaoscar


En la mayoría de las ocasiones, cuando se llevan a cabo entrevistas, deben centrarse en las respuestas de los entrevistados. Pareciera ser una obviedad lo que acabo de escribir. Sin embargo, siempre he creído que el entrevistador también es un protagonista. No el que se roba la escena, pero juega un rol fundamental.

Me explico.

El entrevistador debe de tener un conocimiento profundo del tema a tratar con su entrevistado. Debe de hacer un trabajo previo de investigación, meterse a los escenarios, a la vida profesional de la persona con la que entablará un diálogo. Así se irá hilvanando el tejido de las preguntas que llevará a buen puerto la charla. Escribo en cursivas “debe” pues el periodismo –trátese de la fuente que se tratara– implica investigación, equilibrio en la verdad y esclarecer los supuestos.

Para hacer una entrevista que atrape al lector, será necesario plantear preguntas inteligentes, ágiles, que le permitan al interlocutor expresarse libremente. Meterlo en apuros, pero no incomodarlo. En otras palabras: cuestionarlo, pues estamos en una entrevista, no en un interrogatorio policíaco.

Las preguntas, si se expresan de manera inteligente y con el objetivo de que nuestro entrevistado declare todo lo que sabe, se volverán un excelente texto periodístico. Si se busca el morbo o la anécdota fácil quedará en el olvido o en mero contenido para redes sociales inmediatas o en la persecución del click bait tan recurrente de esta época.

Si busca la declaración incendiaria estará más cerca del sensacionalismo que del periodismo.

Y un libro que refleja lo que he mencionado es A través del vaso de Mariana H, en donde entrevista a rockeros mexicanos. Es notorio no sólo su trabajo de investigación –que hay detrás de cada una de las charlas– sino que es vive dentro del contexto rockero y por ello le apasiona el tema.

En A través del vaso, cuando la pregunta y la respuesta fallan, la crónica saca a flote la entrevista. Y eso, más que un error, lo considero un acierto, pues la entrevista es una de las bases para escribir una crónica.

En una época en donde muchas voces dijeron que el rock pasó a mejor vida apareció este libro. Y también se publicó en una época donde todos estábamos al borde de pasar a mejor vida. A través del vaso se publicó en agosto de 2020, en plena pandemia por COVID-19.

Se nota que las entrevistas fueron previas a este año que marcó la vida del planeta para siempre pues lo mismo se habla de los próximos conciertos que de los proyectos que se estrenarán pronto, como si tuviéramos la vida comprada.

Mariana H tiene la enorme ventaja de estar empapada de música. Una cualidad que, como ya mencioné no es un signo negativo, por el contrario, me parece que la preparación de una entrevista debe hacerse con conocimiento de causa, con preguntas que pueden descolocar al entrevistado, con guiños a situaciones personales. Mariana H hace periodismo musical, reflexiona sobre lo que escucha de cada uno de sus entrevistados y entrevistadas y, en ocasiones, saca sus conclusiones personales.

En la entrevista se vale echar mano de todos los recursos; así, el lector se sentirá más encanchado, como leer a un par de amigos que recuerdan las anécdotas del pasado entre vodka, mezcales o agua mineral.

Esa es la ruta por la que transcurre A través del vaso: uno se siente como si Lino Nava, Amandititita, Dr. Shenka o Pepe Mogt se acabaran de bajar del escenario, con el sudor en el pecho y la guitarra recién puesta en su estuche para sentarse a platicar con Mariana H.

La periodista platicó con 26 músicas y músicos del rock mexicano y nos trae un libro multicoral –nunca mejor aplicado este adjetivo– pues leemos las declaraciones de gente que está a punto de estrenar un disco completamente vocal, como el caso de Ely Guerra –disco que por momentos nos recuerda al disco Medúlla de Björk–, o tipos que prácticamente regresaron de la muerte como Sabo Romo. Las anécdotas no sólo nutren las entrevistas, sino que, gracias a la observación de Mariana H, se convierten en historias. Sabe guiar la charla y en otros momentos permite que el entrevistado conduzca el hilo de la plática.

Lo mismo están los músicos cuyo objetivo primordial es divertirse, como el caso de Jay de la Cueva o Silverio; hasta los que saben que ser rockero es un trabajo de tiempo completo como José Manuel Aguilera o Chema Arreola, éste último se desmarca y, al mismo tiempo, recuerda a Juan José Arreola.

Las entrevistas no tienen una temática que las unifique y eso es un acierto pues los estilos de cada uno nos permiten tener un catálogo de música al cual acercarse a escuchar de manera tranquila en casa o mientras manejamos por el caos vial.

Las formas de abordar la música también son un crisol: Amandititita nos cuenta cómo luchó contra la figura de Rockdrigo González, su padre; Tammy Tamerlane habla de su trabajo como maquillista de muertos como una alternativa a estar sobre un escenario.

Con Cecilia Toussaint habla sobre ser madre y cómo conoció a Jaime López, entre otros temas. Con Jaime López se echa un clavado a la historia y le pregunta sobre el 68 y sobre Avándaro.

El viaje sonoro que Mariana H emprende nos lleva a leer a Amandititita; Abulón; Lino Nava; Fernando Rivera Calderón; Cecilia Toussaint; Dr. Shenka; Ely Guerra; José Manuel Aguilera; Jay de la Cueva; Denise Gutiérrez; Paco Huidobro; Jaime López; Tammy Tamerlane; Tito Fuentes; Clemente Castillo; Pato Machete; Natalia Lafourcade; Joselo Rangel; Jessy Bulbo; Daniel Gutiérrez; Chema Arreola; Pepe Mogt; Silverio; Sergio Arau; Sabo Romo; Ximena Sariñana.

Primeros días y últimos santos sin iglesia

Por Jorge Sosa | 


Pienso mucho en el título del libro de Jorge Orlando Correa, Primeros y últimos instantes de una mañana (Liliputienses, Sindicato Sentimental, 2024). Primero porque me hizo reír al recordarme a la asociación mormona. Luego porque tiene un sonido lindo, pegajoso, como estribillo pop. Los primeros instantes de una mañana también son lo que los artistas plásticos llaman hora mágica, una iluminación natural muy expresiva, sin exceso de luz directa. Por otro lado, los últimos instantes de una mañana son el peor momento para tomar una foto o para jugar futbol, el punto más alto del sol “quema” todos los colores y deshidrata al más atlético de los jugadores. 


El libro está dividido en cuatro partes (la primera es la que da nombre al volumen completo), cada una con ambientes y recursos de escritura claros y muy distintos. Fuera del momento en el que los textos hayan sido escritos, me parece que plantea cuatro búsquedas. Cuatro formas distintas de cocinar un pollo, por decirlo así.

Por momentos, tiene un tono confesional con el que es imposible no sentirse identificado, en especial cuando habla de la infancia como ese lugar en el que la memoria suele sugerir que estuvimos solos:


en el corazón de un miedo

junto a recuerdos escolares

encuentro la bicicleta

con la que aprendí a huir

de ladridos y regaños


el temor a caer

un impulso que conservo

hoy sin manubrio al que aferrarme

ni ruedas de apoyo


Es notorio el tránsito desde este lugar íntimo de creación hacia apreciaciones lúdicas, hechas con mucha ingenuidad, acerca del acto mismo de escribir o leer.


el lector no puede dormir

bañarse dar un paseo

escuchar un crujido

sin creer que un arma

desde un punto ciego

acabará con su vida


La colección de poemas de Primeros y últimos instantes de una mañana no es especialmente larga, pero al leerla de principio a fin da la impresión de que uno ha viajado un camino largo. Incluso la redacción de los versos es deliberada de una forma imposible de ignorar. Me gusta la idea de que escribir, en muchos sentidos, es borrar. Jorge borra con mucho cuidado, extrae elementos que existen a través de su ausencia, como un fotógrafo que busca la sombra que sugiere la presencia de un elemento que apenas existe y apenas no existe. Un fenómeno parecido a despertar, ver la sombra de un perchero y tener miedo por un momento de que se trate de un asesino o un espíritu maligno.


Quizá la asociación “religiosa” que me hizo reír tampoco es totalmente gratuita y el libro en muchos sentidos es un evangelio sin dogma, con sus cantos y sus parábolas, pero sin promesas de salvación.


Amar la incertidumbre: la invocación del amor de Elsa Cross

Falses Beatniks | Por Liz De Roman

 

Esto es amor, quien lo probó lo sabe

Lope de Vega

 

Desde que tengo memoria, el tema del amor ha estado presente en mi vida y, contrario a la interesante (y quizás divertida) idea de buscarlo activamente en mis relaciones personales, me fascinan un poco más las historias que se proponen contarlo, así no sabes si habrá una sensibilidad distinta como en los animes y doramas en los que cada gesto y roce encierran una explosión de sentido o una alegría fugaz de ver el coqueteo entre dos personajes de películas e incluso videos musicales. Aunque es cierto que este impulso nunca descansa, pues no importa el número de narrativas que conozca, una pregunta vuelve a aparecer para susurrarme: ¿qué es amar?

Si repasamos nuestras experiencias cercanas a lo amoroso, es muy probable que coincidamos con los artistas que afirman un hecho casi indiscutible: no importa cuántas sociedades ni cuánto tiempo transcurra, quizá la incógnita más íntima y, por ende dimensionada como una de las más importantes en el sentir humano, sea la del amor. Y esto no con el afán de colocar lo amoroso en el centro del mundo, sino para preguntarse nuevamente por qué el amor es tan complejo y a la vez tan común de vivir. Rastreando dicha naturaleza, la obra Tu otro nombre de Elsa Cross se une a esta discusión y su misterio en una propuesta que juega con el peso del “nombre” y el acto de “nombrar”, pues aunque parezca una labor sencilla (casi automática) en realidad compromete un modo distinto de ver y existir en el mundo.

Pensemos en una de las certezas más grandes de nuestra vida: el nombre, esa etiqueta que moldea tu identidad y te afirma ante otros, a veces con cariño como en el caso de los sobrenombres o apodos, y otras con distancia o formalidad (para algunos apellidos o nombres que no reciben modificación alguna en el modo de llamarte); un grupo de palabras que encierran de principio a fin todas las cualidades, características e ideas que uno tiene de su persona a quien identificamos con solo evocarla en el pensamiento o abrir la boca. Sin embargo, ¿habrá algún modo de poner en duda ese nombre?, ¿tal vez de confrontarlo? La respuesta inmediata sería “sí”, y para una explicación más detallada los poemas de Elsa Cross exhiben que esa posibilidad radica en el amor.

Si nos dieran a la tarea, como en las películas, de pasar diferentes escenas y recuerdos que guardan cada instante en nuestras relaciones, ¿qué las distinguiría a unas de otras?, porque sin importar que todas las viva un mismo sujeto, nunca se salvan de condiciones y cambios que las afectan. Así, partiendo de lo más visible: la otra persona (que suele cambiar) hasta lo más profundo, la vida creada en compañía, Cross señala un fenómeno recurrente; el amor tiene múltiples dimensiones, la del amante es la que siempre quedará con nosotros (la perspectiva del que ama y puede declarar “yo amé”), pero hay algo más allá, algo que rebasa los hechos y las sensaciones o que las integra en una cosa innombrable, una manera de convivir con el otro que no posee una sola forma y mucho menos una sola etiqueta para describirse, un lenguaje que solo es comprendido por los que se aman en él y que Cross señala como el “otro nombre” que recibimos al estar con la persona amada y que es irrepetible.

Un aroma, un chiste personal, un apodo, una costumbre… en suma, el abanico de cosas que hacemos con esa persona en particular y que, aunque amemos después a otros y este conjunto cambie (sean otros gestos, otros apodos, otros chistes u otras vivencias), no podemos encasillar en una sola palabra, pero sí experimentarlo en el amor. Ese es nuestro otro nombre. Uno que jamás será nombrado porque no tiene una sola forma, mas sí reconocido como tal. Tú vives con una parte del otro y viceversa, el otro vive con una parte de ti. Un nombre adoptado en el amor.

Entre los aspectos clave del libro, resonaron mucho en mí los usos de otras nociones ligadas al espectro amoroso como el deseo y la sensualidad, resaltando su erotismo y el papel importante que en la experiencia del enamoramiento se le da a los límites del lenguaje o el poder de los silencios. Para lo erótico, por ejemplo, Cross me mantuvo a la expectativa porque plasmaba de manera muy meticulosa los argumentos de George Bataille y Byung-Chul Han (ambos filósofos) sobre el erotismo, el cual alejado de lo que se cree (un género pornográfico o sexualizante) tiene teorías en las que se habla de un encuentro con “el otro” y su alteridad. Es decir, al conocer a alguien lo que hacemos es dejar de lado nuestro egoísmo y las barreras que nos encierran en el “yo” (esto es en nosotros mismos y nuestra forma de ver las cosas), por lo que de dicha experiencia se puede llegar a una especie de “fusión con el otro” a partir del cuerpo o el afecto o ambos. En los poemas de la autora el juego de cada elemento de lo amoroso y del erotismo se confunde o se mezcla, aludiendo a que al final se asumen como eso, una fusión entre dos individuos que por instantes dejan de ser “dos” y se vuelven “uno”, al grado en que no se sepa quién es quién: “ese instante/ contiene/ todo el espacio/ en sí/ todos los tiempos/ en sí/ en nos”.

Por otro lado, en cuanto al lenguaje y el silencio, se nos muestran dos paralelismos: tanto se puede hablar del amor como no conseguir hacerlo en plenitud (la famosa frase “las palabras no son suficientes para transmitirlo”) y por lo que refiere al amor, se basta con no nombrarse por completo (aquí aplica en parte lo de “un silencio dice más que mil palabras”), entonces es posible leer fragmentos en los que la voz (generalmente femenina) no alcanza a expresar sus sentimientos y a la vez no lo necesita pues lo importante es transmitir ese conocimiento que compartimos todos por haber amado alguna vez; “desde qué fondo invisible/ viene esto que sabemos/ sin decirlo”, “poco a poco / nos contiene en su silencio/ esta cesura/ nos hace entrar en su núcleo/ de potencia infinita/ y antes de que existan/ acomoda/ y revuelve las palabras”, de ahí que “busque cómo decirse/ y se dice mejor en el silencio”.

A lo largo de los poemas se puede sentir la ambivalencia que solemos asociar al amor (más de uno no lograría mentir si nos cuestionaran el que no todo en su experiencia es y ha sido agradable), de manera que, aprovechando tal dinámica, los estados emocionales en que se encuentra la voz de los poemas cambia tan alternadamente como lo hacen los apartados de cada capítulo. Algunos fragmentos como “Y en el latido que pulse y se detenga/ habrá sólo amor/ sólo tu amor” o “ un instante contigo/ y todo se transfigura/ se vuelve/ esta fulguración” se percibe un proceso que intenta abarcarlo todo y que también carga “luz” e intensidad. Pero como lo declara la voz en otros versos “este amor [...]/ se juega todo entero a cada instante” y es “una moneda al aire [...]/ no sabemos/ de qué lado del tiempo/ va a caer”, por ende, en el resquicio de sentirlo hay una incertidumbre que permanece, no sabemos si una persona nos corresponderá o no (y, de hacerlo, si será en la misma medida en que nosotros la amamos) o si en algún punto de la relación ésta se volverá monótona, fría e indiferente.

A la par de la falta de certeza, existe un contrapunto al que le suelen temer todos los que aman: la ruptura. ¿Qué pasa conmigo cuando el “nosotros” vuelve a ser “tú - (menos) yo”? Para esto, Cross recurre nuevamente al erotismo y la fatalidad de una pasión que consume al sujeto porque carece de la reciprocidad del otro como en “y tu ausencia/ se extiende/ como una madreselva/ y no deja ya ver/ en dónde o cómo o para qué”. Un dolor que cohabita con otros sufrimientos como la desolación, la ausencia o la despedida, así hallamos versos en los que se escucha que “perdemos suelo y cielo [...]/ de pronto estamos/ en una tierra ajena/ buscando un rasgo familiar/ cualquier indicio–/ pero todo se va ya” o la sentencia que describe irónicamente el duelo del desamor: “qué maligna ley retributiva/ hace pagar con lágrimas/ cada instante de dicha”.

Sin embargo, llegados a la descripción de los diversos matices en el amor incluidos el sufrimiento y la desdicha, resulta necesario puntualizar que aunque el discurso de Cross tienda a describir cómo una sujeto femenina se pierde en el amor y la pasión desbordados o comienza a “destruir” el sentido de sí misma y de la vida, las estrategias de su escritura (e incluso de las metáforas) no enaltecen las ideas que hoy concebimos como “amor romántico”. No se trata de un romance que crece en el dolor donde muchas historias quieren cubrir los abusos, la falta de límites o la adversidad y drama como “verdadero amor”, sino que funcionan como hipérbole de lo pasional, en la que los sujetos resienten en cada fibra de su cuerpo y de su ser los síntomas del amor y desamor. Empleando palabras como “destrucción” o “muerte” ejemplifica de un modo simbólico el traspaso de ser uno y “volverse uno con el otro” (a nivel corporal y sensorial) o el duelo de una relación que llega a su fin. En “la hermandad creciente con la muerte/ hace de cada instante/ un vino delicioso” el sentido que se la da a “morir” no supone una interpretación literal del acto, sino su equivalencia con los puntos cúlmines del placer, pues al estar tan embelesados en volverse uno con sus cuerpos, el gozo se lleva a un extremo máximo que solo podría tener comparación con algo que nos hace sentir nuestra existencia efímera (la muerte) y su eternidad (los orgasmos y el amor).

Finalmente, aunque me gustaron la musicalidad y los temas que emplea la autora, sintiéndose como la cascada de emociones que cualquiera ha experimentado al enamorarse (o padecer el rechazo y el abandono), habría sido interesante encontrar poemas con nuevas metáforas o lugares literarios para explicar el amor, quizá más centrados en los métodos actuales de las relaciones, lo cual no implica que Cross carece de una propuesta adecuada para su contexto, pues ejecuta con maestría y soltura un amplio catálogo de imágenes que Occidente ha utilizado para hablar de lo amoroso. Y, si hay algo que la autora parece decirnos con su poemario, es que en un mundo donde “la entrega sin acuerdos, límites ni precauciones” es peligrosa, uno tiene que atreverse a amar, aún con miedo, aún con concesiones y filtros, dado que las personas pueden ir y venir o dejar heridas que nunca sospechamos, pero el amor, su enigma y sus sorpresas siempre quedarán en el desarrollo de nuestros corazones.

La fuerza invisible de "Auliya": un viaje de amor entre la magia y el desierto.



Falses Beatniks | Por Ale Ballesteros


En algún lugar del Medio Oriente existe una pequeña aldea llamada Achedjar. La arena blanca y el sol abrasador cubren todo a su paso y apenas algunas plantas crecen en la región así como algunas cabras que dan leche. Los habitantes sobreviven día a día.

Dentro de esta miseria nace Auliya, una pequeña que es marginada desde el instante de su nacimiento debido a, entre otras cosas, tener una pierna más larga que la otra. La postura del pueblo hacía Auliya se funda en el miedo: nace de la ignorancia, no entienden y, por tanto, temen. En consecuencia, la tribu la considera un mal presagio y sus padres no tienen más remedio que ocultar a su pequeña hija. Lo mismo para los dones que ella comienza a manifestar tan pronto comienza su niñez…

El temor a lo desconocido es un fenómeno universal. En él encontramos raíces psicológicas, culturales e incluso biológicas. La reacción “natural” es el deseo de alejarlo y negarlo, si no es posible eliminarlo. Sin embargo, nunca habrá de existir una explicación que justifique la crueldad.

Murguía construye la imagen de una joven devota tanto de sus padre como de su fe. Una personaje que tratará de desmentir los rumores que han crecido en Achedjar y cuya lucha no será suficiente para esperar que pueda conocer a alguien que se case con ella. Una vida de soledad es lo que habrá que aceptar.

El cuidado determina mucho de su esencia. Por ejemplo, cierto día, un joven casi moribundo de nombre Abú al-Jakúm quien recién emprendía un viaje de autodescubrimiento con rumbo al mar, llega en el lomo de un caballo y los habitantes asumen lo peor del forastero. Asociando su misteriosa llegada con el mal presagio que es Auliya y esta idea cobra fuerza cuando la joven coja muestra interés en el enfermo. Será la única que limpie cada día sus heridas, lo alimente y ore por su recuperación, mientras el resto esperan su mejora para ver su partida inmediata.

A diferencia de su tribu, Auliya no adopta una actitud de rechazo a lo desconocido. Al contrario, se interesa en saber cómo y de dónde pudo llegar un joven tan mal herido. En aquellos momentos breves de lucidez que comienza a manifestar Abú al-Jakúm, el moribundo, muestra interés en los rasgos singulares que posee la joven que siempre está a su lado. Como agradecimiento, le contará numerosos relatos y en ella nacerá un deseo de salir a conocer el mundo, como aquellos viajeros de los cuentos.

Observamos el nacimiento de un amor que sobrepasa los prejuicios que el pueblo tiene sobre ambos. La autora narra este encuentro no encerrándose en la confusión, sino en el sentir de sus presencias, en interesarse el uno por el otro a través de pequeños detalles que reflejan sus verdaderas emociones. El joven herido, a pesar de saber cual es la probabilidad de su recuperación, procura mantener en calma a Auliya, brindándole una sonrisa cada vez que ella lo alimenta o cura sus heridas con los remedios caseros que prepara.

No obstante, encontraremos un tratamiento donde el amor aparece como efímero y Auliya, a través de este elemento, hará conciencia de sus poderes, la conexión que sus emociones logran establecer en los sueños, los eventos climáticos y eventualmente en el reino animal. Así, emprende un viaje en busca del mar del que escuchó hablar en las historias de Abu al-Jakúm.

Verónica Murguía nos adentrará en esta travesía por el desierto, el cual refleja la madurez que crece en su personaje a medida que se enfrenta con cada dificultad. Desde aprender a mantener comunicación con las diferentes criaturas que la ayudan a seguir su camino, aprender a manejar sus poderes y hasta la repentina ausencia de ellos.

Su estilo narrativo en tercera persona encaja con lo que desea transmitir a lo largo de su novela, combinado con la atmósfera poética, mítica y fantástica que crea, con un toque de metáfora en el renacer de Auliya. Resurgir sin más, que tu cuerpo sin memoria alguna de quién fuiste o eres lo redescubre de una forma tan genuina. Es decir, Murguía no crea una heroína inquebrantable, sino una joven que se deja cautivar por sus alrededores, que duda de lo que experimenta, sufre la incertidumbre, al igual que tiene constantes caídas, pero no la retroceden sino que la fortalecen.

Por momentos podemos llegar a cuestionar si algún día terminarán los constantes obstáculos que nuestra protagonista debe atravesar. Sin embargo, una suave brisa de mar es la que nos conduce a su final.

La protagonista pasa de ser una criatura solitaria y, a ojos de los demás, “peligrosa” a ser una diosa de la abundancia, emanando una esencia de valentía pura, sin dejar de ser la misma chica. Auliya es una joven que con frecuencia se ve perdida en diferentes cambios, físicos y mentales, demostrando que son consecuencia de la imagen que crearon de ella.

Podríamos relacionar sus diversos cambios con diferentes etapas de la vida. El tiempo no se detiene, vivimos eventos que nos obligan a cambiar. Estos cambios son confusos, a menudo frustrantes, a veces nos perdemos pero siempre podemos renacer de nuestros propios miedos.

Al final, encontramos una reminiscencia con la maga Auliya, que conectó con el mundo y lo multiplicó. Su esencia radica en renacer en algo más especial cada vez.

La estirpe de Caín: relatos sobre la herencia del daño


La estirpe de Caín (Editorial Agujero de Gusano, 2025), de Sergio Martínez, es una antología de cuentos que se adentra en una pregunta tan antigua como incómoda: ¿el mal se elige o se hereda? Desde distintos registros narrativos —realismo sucio, alegoría, reescritura bíblica, horror cotidiano— el libro construye un universo donde la violencia no irrumpe de golpe, sino que se filtra, se normaliza y se transmite como una marca familiar.

Los cuentos que integran el volumen dialogan entre sí a partir de un mismo eje: personajes comunes enfrentados a situaciones límite en las que el daño aparece como una respuesta posible, a veces incluso justificada. Aquí no hay héroes ni redenciones fáciles. Hay cuerpos expuestos, vínculos rotos, silencios prolongados y una sensación persistente de fatalidad.

Uno de los mayores aciertos del libro es su coherencia temática. Aunque cada relato funciona de manera independiente, en conjunto componen una genealogía del mal: padres que heredan violencia a los hijos, instituciones que fallan, familias que juzgan, comunidades que callan. El título no es solo una referencia bíblica, sino una declaración de principios: Caín no es un personaje aislado, es una condición que se reproduce.

La prosa de Martínez es directa, contenida, a ratos áspera. No busca embellecer la tragedia ni suavizar sus consecuencias. En varios relatos la violencia es explícita; en otros, apenas sugerida, pero siempre presente como una fuerza que modela la conducta humana. El libro incomoda porque se rehúsa a explicar o disculpar: observa y deja al lector frente al espejo.

Los textos finales del volumen funcionan como un cierre potente y revelador. Paradoja mutante, uno de los relatos más extensos, utiliza la pandemia como escenario para construir una alegoría inquietante: un hombre que, tras el encierro y la acumulación de tensiones sociales, descubre que puede transformarse. Lejos del tono heroico, la mutación se convierte en una herramienta para ejercer una justicia torpe, casi primitiva. El silencio que obtiene al final no es redención, sino alivio. Un gesto mínimo que dialoga con el resto del libro: a veces el mal no se castiga, simplemente se tolera si resulta funcional.

Soterrada, el cuento que cierra la antología, adopta el punto de vista de una mujer que presencia su propio velorio. Incapaz de comunicarse con los vivos, observa cómo la familia se fragmenta, cómo el juicio y el abandono pesan más que el duelo. Es un relato de inmovilidad y condena, donde la violencia no proviene del golpe, sino de la indiferencia. El cierre es seco, sin concesiones, y deja una sensación de soledad que persiste más allá de la última página.

Que La estirpe de Caín haya sido realizada con el apoyo del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales, a través del PECDA Aguascalientes 2025, subraya el carácter de una obra que se arriesga a pensar el presente desde la ficción. No se trata de una colección de cuentos complacientes ni de ejercicios formales aislados, sino de un proyecto literario con una postura clara.

Con este libro, Editorial Agujero de Gusano reafirma su línea editorial: publicar textos que incomodan, que no buscan la corrección moral ni el consumo rápido, sino el diálogo con una realidad fracturada. Un proyecto literario paralelo a Revista Sputnik que comparte su vocación crítica y su interés por narrativas que se atreven a mirar la herida sin prometer consuelo.

La estirpe de Caín no ofrece respuestas. Plantea, insiste, vuelve sobre la misma pregunta desde distintos ángulos. Y quizá ahí radique su mayor fuerza: en recordarnos que el mal no siempre llega de afuera, que a veces se hereda, se aprende y se ejerce en silencio.

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Quién es quién en «36 toneladas» de Iris García Cuevas


Falses Beatniks | Por Osvaldo Sánchez

 

Iris García Cuevas (Acapulco, 1977) nos presenta una novela negra que, lejos de ser mero entretenimiento, se convierte en una herramienta que utiliza para denunciar y tratar de entender, desde las decisiones de sus protagonistas, la crisis de violencia, corrupción e impunidad que atraviesa nuestro país.

En 36 toneladas se nos narra una historia sí, de un crimen, pero que busca responder una pregunta existencial: “¿quién soy?”. Y aún más atrevida, nos busca exponer temas como la ética, la justicia y el deseo de poder, emociones totalmente humanas que nos permiten conectar con la novela desde el primer párrafo.

Es precisamente la forma de contar la historia lo que nos deja ver su identidad, qué curioso, identidad pues si bien tiene elementos clásicos como la investigación policial, usa la amnesia del personaje como un recurso narrativo para exponer los vínculos de corrupción, narcotráfico y violencia. Esto hace que nos preguntemos si lo contado al protagonista es verdadero o si los implicados de alguna forma buscan ocultar o justificar sus acciones.

El punto de partida de esta novela te engancha en un instante: un hombre, Roberto Santos, despierta en un hospital sin recordar nada. Un policía de gafas oscuras lo recibe con tres noticias impactantes: la primera, asesinó a un hombre; la segunda, es un judicial que se ha robado una cantidad enorme de dinero; y la tercera: saliendo del hospital, lo matarán.

La amnesia de Roberto Santos se convierte en el medio por el cual García Cuevas explora cómo la identidad y la moral de los personajes son maleables y corruptibles en un entorno en donde todos buscan el beneficio individual, sea cual sea el precio. Y éste es el conflicto que realmente se busca resolver, ¿Santos realmente quiere volver a ser ese judaca corrupto y violento que todos le describen? ¿O es esta amnesia una oportunidad para redimirse de su pasado y comenzar como un lienzo en blanco a pintar una nueva vida y un nuevo futuro para él?

Lo atrapante de la narración de la escritora es que, a medida que Roberto Santos encuentra una respuesta que parece definitiva, siempre hay un personaje que dice lo contrario, lo que nos devuelve a una posición de incertidumbre. Nos vamos resignando junto con el protagonista, quien declara que su nombre o quien haya sido antes ya no le importa, pues su pasado se vuelve una carga de culpa, vergüenza, e incredulidad por los actos tan grotescos que le adjudican.

Pero no me malinterpreten, no vamos en círculos. Es más a encontrarnos en una caída libre descubriendo la verdad sobre todos los personajes implicados en la desaparición de los recuerdos de Roberto Santos. La historia avanza de manera vertiginosa dándonos un plot twist cada vez más y más intrigante, haciendo que cada página nos haga querer más y más respuestas.

Y no podemos dejar de hablar del personaje secundario más importante de la novela: la corrupción. La autora nos presenta al crimen organizado y a las fuerzas del orden como miembros de un mismo bando, como un solo ente omnipresente a nivel nacional que esparce violencia por cada rincón del país.

Se describe, con una precisión de miedo, las redes de colusión entre la policía y los militares, quienes deberían fungir como actores garantes de la ley. Sin embargo, son ellos los principales perpetradores de pactos entre criminales, donde la misma autora nos dice “entre más alto el rango, mayor debe ser tu compromiso con la corrupción”. Están los políticos, quienes facilitan las condiciones para que esta red de corrupción se mantenga y también puedan probar una rebanada del jugoso pastel que es el dinero del decomiso de drogas. Y, por último, los periodistas, quienes podrían pasar como héroes de la verdad, pero que, en realidad, a ellos también les parece oportuno sacrificar un poco de su ética siempre y cuando se les presente un cheque con el número correcto de ceros.

Esta historia no es una de buenos contra malos, de blanco o negro, es una historia de grises, una muy humana, real, cruda y una muy importante para seguir cuestionándonos la forma en cómo funcionan los espacios de poder en nuestro país.

En cuanto a su forma, la novela de Iris García Cuevas es de esas que empiezas a leer en la mañana y que no dejas de cambiar páginas hasta la noche. Una novela con capítulos breves, pero precisos. En sus capítulos siempre estamos al pendiente de los hechos, llenos de tensión, y reflejan perfectamente la urgencia que tiene Santos por conocer la verdad de su pasado. Dicha urgencia se contagia al lector, lo que hace que no nos despeguemos de la trama.

Además, algo plausible es la forma que adopta el lenguaje dependiendo de quién narra la historia. Este toque aporta frescura a las páginas y dota de realismo a la novela, pues a lo largo de la narración nos encontramos con los testimonios de un profesor de literatura, de una periodista, de una prostituta, de un judicial y de un político. Entonces, es lógico que ninguno de estos personajes cuente o recuerde de la misma forma las cosas.

Para terminar, me gustaría remarcar que la obra de García Cuevas no sólo logra plasmar una intriga absorbente, sino que la usa como plataforma para poner como tema de discusión la corrupción, la violencia y la opresión del narcotráfico en nuestra actualidad. Pone al centro del conflicto la búsqueda de la identidad utilizando la amnesia del personaje como un recurso narrativo que expone precisamente eso: el olvido de la moralidad de la propia sociedad, dejando de lado el sentido de legalidad y de humanidad. Hace ver que el hecho de perder la memoria no sea algo tan malo del todo, pues así, por lo menos, tenemos una oportunidad más de hacer las cosas de forma diferente.

Esta novela es de principio a fin reflexiva, pues la falta ética, la impunidad y los estragos de un Estado fallido son elementos de nuestro día a día. La autora supo cómo aprovechar esta realidad tan desesperanzadora para convertirla en una historia trepidante, intensa, con un equilibrio magistral entre la acción, el lenguaje, la narrativa y la ambientación. Cerrando por completo los enigmas planteados al inicio de la historia, pero dejando un rastro de incertidumbre sobre el futuro de nuestro protagonista. 

«Salitre»: una muestra de la obra plástica de Aranza Hernández


"Salitre" es un proyecto editorial de Aranza Hernández Gómez que se basa en la intervención de un archivo fotográfico que reúne viajes durante varios años a la playa. A partir de la afectación del mar, la arena, el sol y el borramiento intencional, Salitre busca borrar recuerdos de violencia sostenida y posterior separación familiar.


Por Jorge Correa


En los confines de la palabra tiempo habita la palabra desgaste. No hay nada en la existencia que no sea esculpido por este par de términos. La obra plástica de Ara plantea una poética de lo que el devenir hace con los objetos, con las personas y con la forma en la que recordamos.


Fotos, postales y recortes, intervenciones, collages y ensambles. Todo expuesto al sol, al viento, todo manipulado con manos que eligen los elementos bajo el criterio de la nostalgia. El resultado, imágenes corroídas, palidez en los tonos, agujeros, blancos fantasmales deambulando de pieza en pieza.


El proceso, como el resultado, es una alegoría de la memoria. Recordamos interviniendo escenas, sembrando árboles de una época en el centro de otra, reteniendo instantes que resultan intervenidos por impresiones causadas por otros instantes; hay un delineado, un recorte, una tijera que no dejará de abrir y cerrar sus filos, marcando la frontera entre olvido y añoranza.


Aquí hay épocas que se disuelve en diferentes azules, una creatividad onírica, una sensación de amanecer y de ocaso: finales y despedidas; aquí todas las casas hundidas tienen parentesco; aquí todo parentesco es una casa hundida; veo las series expuestas como si mirara hacia el horizonte, porque las figuras, los relieves, las historias, parecen venir de un lugar lejano, cada elemento esa una señal que indica la ruta hacia esa lejanía.


Pero volver es imposible, como despertar y querer reaparecer en el sueño. Aunque ese sueño no deje ser una pulsión en cada uno de nuestros actos presentes. Nos queda la erosión y un puñado de arena, un caracol con voces prisioneras y dos o tres fotografías, como pruebas de que fuimos donde ya no es.


 ***

SALITRE


Crecí en una ciudad alejada del mar

pero sumergida en recuerdos de agua salada.

Sumergida no, más bien a la orilla.

Ahí donde las palabras se deslavan

y la brisa humedece los objetos

lentamente.


A veces excavo

en las cajas de cartón

limpio los restos de arena

hasta encontrar

los álbumes que construyó mi madre

las vacaciones

la fotografía de una familia

en tonos azules.


¿Cuántas personas se necesitan para formar una familia?


Intento recordar

la sensación de la arena

casi puedo ver sus manos

construyendo un castillo

del tamaño de mi cuerpo.

Arena entre las uñas

y mis dedos pequeñitos

colocando con cuidado conchas de mar.


Imagino el sabor del agua salada

concentrarme

volverme un pez

o flotar boca arriba como una estrella.

Los ojos me arden.


Olor amargo a cerveza

la sensación pegajosa de la brisa

mezclada con bloqueador solar sobre mi piel.

Mi mamá y sus lágrimas saladas

mi hermano creciendo ajeno a mí.

Duermo sobre la arena

para que el tiempo pase más rápido.


Al atardecer me levanté y busqué enjuagarme.

A mis papás les pareció que fui por horas

me convencí de que pasaron horas

pensaron que me había perdido.


Cuando me alejé

pude ver cómo se ahogaban

las cosas que no conoceré

su memoria

historias que mi abuela nunca me contará

fotos que no podré rescatar

personas que no lograré amar


Yo pensaba que lo que ocurría en la playa

solo duraría las vacaciones

que dentro de unos días

volveríamos a ser lo que éramos.

Pero el ardor en los ojos

la picazón de la arena en la piel

se prolongaron tanto

hasta que me acostumbré.


Vuelvo a los álbumes

encuentro el recuerdo de mi familia bajo el sol.

Incómodos, sudando.


Cierro los ojos

me pierdo en el sonido de las olas,

no vuelvo a sumergirme.

Intento recordar cuándo fue la última vez

que floté como estrella.



Aranza Hernández Gómez (Xalapa, 2002) Estudió Artes Visuales en la Universidad Veracruzana. Fue seleccionada en la 8° Bienal Internacional de Arte Visual Universitario. En 2024 fue acreedora a una beca para estudiar una Residencia de Aprendizaje en Tipos Móviles en La Ceiba Gráfica, y otra para cursar el Programa de Artes Visuales y Fotografía de Proyecto Imaginario. Su primera exposición individual, "Consejos para una vida lenta", se inauguró en diciembre del 2024 en la librería El Entusiasmo. Ha participado en exposiciones colectivas en galerías y recintos de Xalapa, Ciudad de México y Chiapas.

Crónica de una Buba anunciada (en el Alicia)


Conrado Parraguirre

 

Pudo ser una tarde como cualquier otra, en la que el sol caía lentamente sobre el lomo pardo del horizonte, y yo pude haber seguido rascando un instrumento musical de seis cuerdas sobre mi músculo cervecero, de no ser por un mensaje que tornó el día en poco habitual.

Tras una breve comunicación, el maestro José Quintero me convocó a ayudarle con su puesto de venta para la presentación del 25 aniversario del libro Buba vol. 1, en el emblemático Multiforo Alicia. Acordamos vernos en un punto estratégico durante la tarde del día siguiente –9 de octubre del año en curso– para emprender el viaje a la CDMX. 

Al rededor de las 15 horas pasaron por mí a una gasolinera, cercana a un lugar conocido como “el puente de la junta”, de la ciudad de Puebla. Elvia, quien es gestora y directora del centro cultural Musa; José, quien es dibujante, poeta y psicovaguito; y su servidor, quien esto escribe; enfilamos hacia la gran ciudad. Durante el trayecto discurrieron temas, datos, anécdotas, y chismes varios, que mi distraída mente no se distraerá en replicar.

La ciudad fue amable y nos dejó fluir por sus calles y avenidas, sin que hubiera ningún atisbo de tráfico. Por lo que llegamos con muy buen tiempo para comer algo antes de que iniciara la presentación. El día estaba nublado y todavía lloviznaba un poco. Al bajar del vehículo una mujer reconoció a Quintero, se acerco con cierto entusiasmo y le preguntó algo sobre la hora del evento. Tras obtener su respuesta, nosotros fuimos a buscar dónde apaciguar el hambre. “Las Ramonas” fue el sitio cercano que se puso en el camino.

Para nuestra sorpresa dentro del lugar se encontraba Ricardo Peláez Goycochea (quien –junto con Eric Proaño “Frik”– fue invitado a los festejos de Buba). Los maestros se saludaron como dos viejos buenos eneamigos, y nos sentamos en una mesa contigua. Me di cuenta que ya no me encontraba en territorio poblano, porque tuve que pedir queso para mi quesadilla. Por cierto que en la portada del menú figuraban personajes mexicanos como Jaime Sabines, Dr. Atl, Amado Nervo y José Alfredo Jiménez. Más adelante me enteraría de la razón de esto.

Mientras intercalábamos la charla con el ñam ñam ñam y el glu glu glu, afuera pude notar a un par de seguidores de Quintero. A pesar de estar de espaldas a la calle, una de las personas reconoció la silueta del maestro; observé cómo sin disimular su emoción le comunicaba a su acompañante: “ahí está”, mientras señalaba en dirección de quien en ese momento le daba una mordida a su sope. La pareja no cometió la indiscreción de interrumpirlo y continuaron su marcha en dirección al Alicia.

Nosotros hicimos lo propio después de terminar de comer. Bajamos los sofisticados artículos de la Buba Chop y los acomodamos en unas mesas que generosamente nos facilitaron para tal propósito. Apenas me encontraba consultando sobre los precios de algunos stickers, cuando le dieron acceso a la gente. Una persona me pidió una playera, tomó unos libros, un pin, y me dijo: “¿cuánto es?”. Y en menos de lo que canta un gallito comix, Elvia y yo nos encontramos rodeados de seguidores de Buba. Unicamente escuchaba: “¿cuánto cuesta esto?”, “¿qué otras tallas tienes?”, “¿es el único modelo?”, “¿sí me haces mi cuenta?”, “¿cuánto te debo de esto?”, y cosas por el estilo. Por fortuna los fans de Buba son amables y pacientes. Incluso una chica, al ver como mis matemáticas empezaban a colapsar, me ayudó a hacer una cuenta.

Aunque la charla ya había iniciado, los minutos de intensidad en el puesto duraron aproximadamente media hora. Lamenté no poder atender a lo dicho en el evento, pero en mi calidad de personal de la Buba Chop tuve que darle prioridad a intereses más pecuniarios.

En la ronda de preguntas, hubo momentos entrañables, por ejemplo, cuando se anunció que entre la audiencia se encontraba Ricardo Camacho, quien también formó parte de la camada del icónico Taller del Perro (colectivo de autores de historieta mexicana independiente de finales del siglo XX). También hubo quien le obsequió al festejado, una figura impresa en 3D de Buba.

Al final de esta dinámica, los asistentes se levantaron a hacer fila para poder obtener un autógrafo. Logré ver como algunos y algunas de ellas salían satisfechos, con cierto júbilo en sus rostros, tras interactuar brevemente con el autor y conseguir un dibujo de Buba. Y pude reconocerme en aquellas expresiones de entusiasmo, pues años atrás yo también estuve en ese lugar, antes de que se torciera el camino y terminara en la condición actual de amigo/chalan/admirador.

Algo notable es que las generaciones lectoras de Buba se renuevan. Gente joven acoge al personaje con el mismo entusiasmo que sus lectores de hace 25 años. Lo cual es digno de admiración, pues Quintero no sale mucho a eventos, no se promociona demasiado en redes, y no obstante, el alcance de su obra crece de manera orgánica. Tal vez por esto su audiencia no es masiva, y sin embargo su personaje avanza, lento, pero con paso firme. Porque sus seguidores son fieles y le guardan aprecio.

De hecho tengo la hipótesis de que el libro “rosa” es el que más se ha prestado y nunca ha retornado a manos de sus propietarios; o ha sido regalado en algún arranque de pasión y desmesura; por lo que sus fans han adquirido el ejemplar más de una vez. 

Parafraseando a un bibliotecario argentino, “La Buba debe ser una de la formas de la felicidad, y no se puede obligar a nadie a ser feliz”, evidentemente no se obliga a nadie, pero hay algunos que se agandallan esa felicidad.

Otra cuestión que me pareció vislumbrar, mientras me encontraba ahí paradito atendiendo el puesto, fue que los lectores de Buba son atípicos. A su audiencia no necesariamente le interesa la literatura, ni la historieta; les interesa Buba, el personaje liminal que habita en el subconsciente de la memoria de sus seguidores, salpicando fatalismo humorístico, desamor vital y pesimismo alegre. O al menos eso supongo.

En el microcosmos universal de Buba, conviven las obsesiones de símbolos teológicos del autor, junto con las chabacanerías complejas del personaje. La religión, dios, los querubines, entre otros, son elementos presentes en varias de sus viñetas.

Esto último viene a colación por una casualidad. Resulta que el recinto donde ahora se alberga el Alicia, antes fue la capilla de unas monjas. Justo en el centro, en la parte superior del escenario, donde presumiblemente pudo estar un vitral de ábside, ahora se encuentra adornado con el gato del logo del foro, y un poco más abajo en el muro, la figura en relieve de un querube; mientras que a los costados unas cortinas negras cubren los espacios donde, sospecho, también hay vitrales. Por lo que bien podríamos enunciar que: “a cada capillita le llega su Bubita”.

Pero regreso a lo que estaba. Las preguntas terminaron poco después de las 20h, y la fila casi llegó a su final antes de las 23h. Por fortuna, ya casi no hubo nada que recoger, pues la mayoría de los libros y souvenirs se agotaron. Un par de seguidoras esperaron hasta el final, para que les firmasen sus libros, y como ya habíamos rebasado el horario de cierre del foro, el maestro sugirió ir a cenar, para ahí terminar su labor. Nos dirigimos a una taquería cercana, y en ese momento nos tocó hacer fila a nosotros para conseguir una mesa.

Una vez instalados, Quintero concluyó su maratónica jornada de repartir trazos a diestra y siniestra. Yo también iba a solicitarle un garabato, pero mejor pedí unos tacos. Durante la conversación de la cena, me enteré del motivo por el cual en el menú del restaurante “Las Ramonas”, aparecían aquellos artistas mexicanos. De acuerdo con el diseñador de la última edición de Flor de Adrenalina, varios de esos personajes vivieron por la zona, o frecuentaban alguna cantina del área. Quizás en el futuro, también agreguen a Buba en la portada de su carta, pensé.

Ligeramente después de la media noche, nos despedimos de quienes nos acompañaron hasta el final, y emprendimos el camino de regreso. Y bueno, como amigo/chalan/admirador del trabajo de Quintero, he de confesar que me sentí muy agradecido de poder ser parte de los festejos de Buba en su edición de 25 años. Como dice la vox populi: “y que cumpla muchos más”.

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