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Oficio del cuentista: «El peso del tiempo»


La primavera para el colectivo de Letrhadas comenzó con el taller de cuento de la escritora Lola Ancira. Durante cinco semanas fueron revisados 15 textos de diferentes autoras y autores, con el fin de sentar las bases de la escritura del cuento. A través de la guía de la autora, las y los alumnos que se inscribieron comenzaron a ejercer el oficio del cuentista. En este dossier supervisado por la tallerista publicaremos los resultados de dicho taller. Queremos que conozcas a Lola Ancira como autora, pero también como editora y maestra del género, así que te invitamos a disfrutar la siguiente lectura.


El peso del tiempo

Lucía Zavarice

No es que Teódulo hubiera fallado en su deber: siempre fue fiel en todos los trabajos de herrería que le pedí. Su carácter manso repetía órdenes en su cabeza hasta hartarlo. Decidió lo que decidió porque entendió la transición divina que conlleva el arte. Era necesario. En el fondo lo supimos siempre, aunque nos costara aceptarlo. Le aturdía cualquier pensamiento ajeno a la obra. Sentía que, si dejaba de atenderla, el tiempo le jugaría una mala pasada. Y Teódulo no podía permitirse jugar en vano con el tiempo. 

Desde que comenzó a trabajar aquí, nos convertimos en uno. Si lográbamos concentrarnos y conectar a la perfección, podía fusionarme con  con sus pensamientos desordenados y su carácter de papel, siempre dispuesto a doblarse. Sobre todo si necesitaba un paseo nocturno para refrescar la creatividad. Entonces yo sentía con él, me dejaba guiar por su andar taciturno. Era lo mismo en cada caminata nocturna. Al principio, el aire nocturno se sentía de maravilla, después comenzaba la parte más caótica. Presentía que, a nuestras espaldas, alguien mimetizaba cada paso. Así que solíamos detenernos para saber si la presencia que nos inquietaba estaba realmente ahí o si solo existía en esa ruidosa mente que yo visitaba de cuando en cuando.


Decía que le ocurría todo el tiempo, desde que la obra había empezado a reclamarlo. La verdad es que recuerdo haberlo conocido así de paranoico desde mucho antes. Recuerdo esa inquietud constante tan suya de que alguien le acompañaba a todos lados. Esa paranoia de sentirse observado era más común de lo que él recordaba. Caminar le ayudaba a despejar la mente, pero al principio le era difícil sentir la confianza para salir. Por ello prefería la noche, la calma. Lo sé porque estuve ahí y lo sentí. Lo sentía todo.


Evitaba transeúntes por miedo a confundirlos con murmullos mentales. Los últimos pensamientos que le atormentaban eran que su familia aclamaba tanto la obra y que, en cambio, para él era una pieza sin consuelo celestial. Empezó la Piedra del Sol después de una reja decorativa. Dos días después del sueño que lo decidió todo. Si no hubiera sido por el sueño, ese estúpido sueño de revelación prehispánica, jamás se hubiera interesado por el calendario. Qué más se puede hacer cuando una deidad tan antigua como Tonatiuh, la deidad solar, te revela poco a poco los secretos del universo. Tanta información puede destrozarte por dentro, volverte loco. Un ser humano no tiene la capacidad para comprender los embrollos cósmicos, los dilemas celestes. 


Era natural que se obsesionara, que no pudiera pensar en otra cosa sin importar si era la hora del desayuno o la merienda. No podía ni siquiera caminar tranquilo con el peso del saber sobre sus robustos hombros. Entre aquellos misterios, la deidad le confesaba que el tiempo se había fracturado. Naturalmente, nadie más que un artista puede forjar el hierro con sus manos y el fuego para repararlo. Sólo Teódulo era capaz de traer de vuelta la Piedra del Sol y reparar el daño universal. 


El tiempo estaba roto, no había duda de ello. Se sentía en el ambiente y en el actuar mezquino de todos alrededor. Teódulo sintió que no podía ignorarlo, debía protegernos a toda costa. Debía proteger a mamá, al abuelo, a los primos, al cartero, al hombre de la esquina que pide unas monedas para comer y lo termina gastando en licor barato, en los niños que al salir de la escuela corren por las calles y suelen burlarse de su concentración máxima detrás de las rejas de las ventanas, en los políticos que no conocen su nombre y jamás se interesaron en saberlo, a todos, absolutamente a todos.


Después de días interminables de estudio y lectura, lo entendió. Quiero decir, lo entendimos. Me aferré a la idea de estar equivocado. De no entender lo que pasaba ni lo que sería necesario. Pensé muchas veces que se hartaría de este asunto. Que lo dejaría por la paz. Algún día despertaría y tiraría a la basura esa obra que no le permitía dormir. Volveríamos a los días tranquilos donde se realizaban encargos y trabajábamos hasta tarde, pero con la certeza de que la obra se iría sin la necesidad de recuperar el orden universal, ni de reponer el tiempo, ni de poner a salvo a mamá, al abuelo, a todos los conocidos y extraños. 


Comprendió además, que para reparar el tiempo y el orden universal, debía realizar una obra perfecta. Teódulo sabía que la forma más elevada de una obra de arte es la perfección. Es lo único que la conecta con la divinidad. Desde entonces no pudo concentrarse en otra cosa. Se volvió obsesivo y meticuloso en cada uno de los arreglos que le hacía al calendario: pulía los surcos hasta volverlos casi respirables, corregía la tensión de las figuras que orbitaban el centro. El disco de metal, denso y opaco, iba reuniendo signos que parecían acomodarse solos cuando estaban en su sitio. 


Ya le había dicho a mamá por qué, le explicó mil veces que su misión era importante, por su bien, por el del abuelo y de todos los demás, todos a quienes les tenía cariño e incluso todos a los que les tenía coraje. Aquellos que le eran indiferentes y aquellos que todavía no nacían. Todos dependían de este encargo. De la perfección del calendario. 


Ahora se arrepentía de haber sido tosco con la señora de la panadería. Es probable que ella actuara de manera tan grosera porque sentía el tiempo destrozarse. No era consciente de ello, por supuesto. Pero el cuerpo y la psique humana no podían ignorar la inevitable catástrofe que se aproximaba. Lamentaba las discusiones con mamá, pero tenía claro que su deber era más importante. Su voz se mecía en palabras que parecían sin sentido para ella. Mamá recordó cuando Teódulo era pequeño, que pintaba las paredes y ella dudaba en reprenderlo porque creía que su talento artístico salvaría a toda la familia. O al menos la salvaría a ella de ser una madre terrible. De ser un monstruo que le prohibía a su hijo expresarse por medio de los colores y las texturas. 


Con esta nueva locura, se reprochó no haberle prohibido jugar con los crayones en las paredes blancas, no haberlo llevado a los entrenamientos de futbol en lugar de las clases extracurriculares de pintura y cerámica. No haberle puesto mano dura cuando ella lo defendía diciendo que era un niño muy sensible. Ya era tarde, era muy tarde para salvarlo, y salvarnos a todos por medio del calendario, o de los crayones, o de los diálogos interminables de su hijo. 

Por mi cuenta, puedo decir que nos volvimos tan unidos por las peculiaridades que compartíamos. Éramos capaces de detectar el sabor del metal utilizado en cada trabajo. Mientras más lejos estuviera la obra de ser terminada, el amargor se intensificaba. Fue algo que compartimos desde el primer día: él decía que sus huellas dactilares percibían sazones ferrosos como si fueran papilas gustativas. Yo lo sentía en todo mi ser; ese sabor amargo y frío que acompañaba los materiales metálicos. Teódulo me decía que era muy similar al sabor de la sangre. Por desgracia, nadie más creía que esto fuera un don divino. Su familia, sus amigos, todos subestimaban sus habilidades y lo creían loco.

Estas sensaciones le decían si había forjado una figura a la perfección o si debía volver a hacerla. Sin su aprobación —o sin la mía— no podía considerar ninguno de sus trabajos como bueno. Si en alguna ocasión se rehusaba a escucharlas, no dejaba de pensar en la imperfección durante días: le quedaba un sabor amargo en el paladar de las manos que no le permitía distinguir nada comestible. Recurría seguido a mi consejo para dar por terminado un trabajo. Fui exigente con él, pero confiaba en su talento. Buscaba llevarlo más lejos, empujarlo a rozar el límite de su obra. 

Era común que la familia se reuniera los fines de semana. Podía escucharlos cada sábado, recurriendo a las mismas pláticas de siempre, a los mínimos chismes con tal de tener algo en la boca que soltar. También oía cómo la voz de Teódulo cambiaba, como si cambiara de piel para protegerse de algún depredador.

—El taller peca de imperfección, pero me hace sentir seguro…— discutía en cierta ocasión con un primo que siempre tenía un cigarro escondido entre los dedos alargados. Al parecer, este último trataba de convencerlo de rentar un estudio más moderno y más cercano al centro de la ciudad.

—Es su decorado de mosaicos diminutos. Las figuras coloridas le dan un toque especial —seguía Teódulo, con una voz inexpresiva y desconectada. Nunca se atrevía a hablarles de lo demás: de cuando comenzaba a ver los mosaicos borrosos, como píxeles intentando escapar de la pantalla de la objetividad. De cómo después se volvían líquidos y sentía que era capaz de oler los colores. De cómo crecían y empezaban a darle miedo, porque creía que lo miraban, que observaban con determinación su trabajo y lo juzgaban. Siempre tachándolo de imperfecto e indigno.

Entre conversaciones que iban y venían como humo, sus primos le pedían ver su último trabajo. Al entrar, sus miradas iban directo al calendario colgado en mi pared, un disco compacto de símbolos y relieves precisos. Lo tocaban como si fuera un talismán. Luego comenzaban a juguetear con piezas sueltas, a girarlas entre los dedos, y al final le pedían que se los regalara. Esto había ocurrido en dos ocasiones anteriores, cuando apenas comenzábamos con esa creación. La insistencia solía molestar a Teódulo, que decidía ignorarlos.

—Podrías regalármelo, primo —decía entre risas—. Estaría encantado de quitártelo de la vista. Quizá eso sea justo lo que necesitas para relajarte. —reía de nuevo, daba otra fumada al cigarro y añadía, sin asomo de comprensión por la encomienda tan delicada que Teódulo tenía que cumplir, que sería mejor deshacerse de aquello cuanto antes.

Se cansaba pronto de la adulación. Los nervios se le contorsionaban con el más mínimo halago hacia su supuesta obra imperfecta. Entre tragos y risas apagadas que venían del patio, los familiares insistían en quedarse con la obra que devolvería el tiempo a la normalidad. La Piedra del Sol se filtraba en la conversación como una obsesión compartida. Teódulo no entendía aún que su deber implicaba una responsabilidad mayor que la creación misma de la obra.

La casa lo resentía. El aire se volvía más denso los fines de semana, como si las horas se acumularan sin terminar de avanzar. Las risas llegaban tarde o se quedaban suspendidas un segundo de más, y nadie parecía notarlo. En el taller, en cambio, el cambio era más claro: el calor persistía incluso cuando el fuego estaba apagado, y el olor a metal no se disipaba del todo, como si algo siguiera trabajando en silencio.

Cada arreglo alteraba un equilibrio mínimo. Al corregir un relieve, al tensar una figura, algo en el espacio se ajustaba con él: una vibración apenas perceptible, un orden que se reacomodaba a costa de otro. Las paredes parecían contener la respiración, y el calendario, colgado en su sitio, adquiría un peso nuevo, como si no solo ocupara espacio, sino tiempo.

Aun así, ellos insistían en tocarlo, en pedirlo, en llevárselo como si se tratara de una pieza más. No alcanzaban a percibir lo que ya se había puesto en marcha. Jamás accedió. No estaba completa. Sus familiares eran incapaces de verlo: aseguraban que ya era perfecta. Pero Teódulo sabía lo lejos que estaba de ser terminada. Cuando se retiraba a dormir, creía ver el calendario moverse. No de manera física. Más bien era la idea que se agitaba en su mente, como si reclamara ser completada. Trataba de ignorarlo y pensar que se trataba de una alucinación.

En más de una ocasión, le despertó un llamado insistente:

—– ¡Teódulo! – —se escuchaba musitar dentro de mis paredes. No había sido yo. Al igual que él, estaba confundido y un poco aterrado. Teódulo lo supo antes que yo. En la noche húmeda e irreal, había un tercero acechandonos. Tras la oscuridad, quien le llamaba era el círculo ferroso colgado en su sitio usual. Era como si le persiguiera a cada hora; tanto en sus lapsos despierto como entre sueños. No hacía más que dirigirle peticiones a medias, frases que se quebraban antes de completarse: que no bastaba con el metal, que el centro seguía vacío, que algo debía ofrecerse para cerrar el círculo. 


A veces solo alcanzaba a oír palabras sueltas —“sangre”, “latido”, “alimento”—, otras, un murmullo más espeso que insistía en que el tiempo no se sostenía solo. Teódulo no comprendía. No sabía qué más podía hacer por él. No sabía de qué manera podría alimentar a un sol tan obstinado, tan hambriento. No encontraba qué podría saciar su hambre. De un momento a otro, pasó a obsesionarse con mitología prehispánica, creyendo que entre páginas de libros antiguos encontraría alguna respuesta: ¿cómo se calma el hambre celestial?


Por desgracia, no fue así. Teódulo iba en picada. No podía mantenerse tranquilo, por más que ya no faltaran detalles por pulir. Los mosaicos ya no eran mosaicos. Eran jueces estrictos de las imperfecciones que dejaba en cada obra, de todo aquello que sus manos no lograban corregir. Eran monstruos intentando salir de las paredes para reclamar que la ruptura del tiempo siguiera sin arreglo. Le perseguían de día y de noche. Despierto o dormido. Le exigían. Le insultaban. Le recordaban todo lo malo que había hecho. Todo el tiempo desperdiciado, y Dios mío, ¡el tiempo!, el tiempo malgastado, roto, sin arreglo. El inicio del fin de los tiempos. La muerte. La desgracia. Y todo por culpa de un herrero que no podía concretar su misión. 

Eran monstruos intentando salir de las paredes para reclamar que la ruptura del tiempo siguiera sin arreglo. Le perseguían de día y de noche, despierto o dormido. Le exigían. Le insultaban. Afuera, el mundo comenzaba a resentirlo de formas mínimas, casi imperceptibles: las conversaciones se quedaban a medias, los relojes parecían adelantarse o detenerse sin motivo, los gestos llegaban tarde a los rostros. 

La gente repetía palabras como si no las hubiera dicho antes, olvidaba lo inmediato, confundía los días. Nadie lo atribuía a nada en particular, pero algo en todos empezaba a desacomodarse. Teódulo lo sentía con claridad. Cada fallo en su obra no era solo suyo: se filtraba, se extendía, alteraba lo demás. Como si cada imperfección dejara pasar un poco más de ese desorden que los monstruos no dejaban de reclamar. Todo el tiempo desperdiciado, y Dios mío, ¡el tiempo!, el tiempo malgastado, roto, sin arreglo. El inicio del fin de los tiempos. La muerte. La desgracia. Y todo por culpa de un herrero que no podía concretar su misión.

En un momento, todo se detuvo: pensó. Lo pensó una, dos, tres veces. Pensó que era la única manera. Entiende ar dEntendió el porqué del pasado sangriento. Los sacrificios. Los corazones al aire. La sangre brotando. El fluido carmesí impregnando escalones pertenecientes a pirámides construidas por miles de hombres sin descanso. Era necesario darle de comer al sol un humano. Un mortal servido o no saciaría su hambre. Y no sólo el tiempo estaba roto, sino que todo, absolutamente todo, se iría al carajo. Al carajo mamá, el abuelo, los conocidos, los políticos, los desconocidos. Todos. 


No podía responder a la ambición celestial simplemente con hierro forjado con fuego y sus manos expertas. Era necesario dejar de existir primero como autor de la obra. Deshacerse de ella. Evitar tenerla más entre sus pertenencias. Por ello los primos insistían tanto. No entendía cómo pudo ser tan terco. No cumplir con la voluntad divina. No entender las señales. Poner a todos en riesgo. Ignorar a los monstruos pixelados que le balbuceaban en otro idioma. Día y noche. Noche y día. Y lo que fuera que había entre estos dos lapsos de tiempo cuando no se duerme por tanto pánico, tanto estrés, tanto delirio. 


Y salió. Salió de madrugada como acostumbrábamos. Pero lo hizo sin mí. Se llevó la Piedra del Sol y no volví a sentirla, a verla, ni a saborearla. Al final, todo acabó. Y yo terminé siendo espectador de algo que quisiera borrar de la historia. Que quisiera borrel tiempo. El centro, por fin, dejó de exigir. Teódulo se fue y el hambre celestial al fin cesó.



Lucía Zavarice. San Miguel de Allende, 1997. Escribe desde las grietas de lo cotidiano, allí donde la materia se vuelve símbolo y la emoción, atmósfera. Su obra explora los bordes porosos entre la realidad y lo fantástico, entre lo visible y lo latente. Lucía no escribe para domesticar el misterio, sino para habitarlo. Formada en estudios literarios, combina su sensibilidad narrativa con una sólida comprensión crítica del lenguaje. Desde hace más de cinco años se ha desempeñado como correctora y editora de textos, experiencia que ha fortalecido su precisión estilística y su oído atento a los matices. Esa doble condición —la de quien crea y la de quien pule— se refleja en su escritura: cada palabra parece elegida con el rigor de quien cuida el lenguaje, pero también con la libertad de quien lo habita como territorio emocional.

«Annette» y la belleza del artificio

Retrovisión | Por Alberto Preciado


Vivimos, una vez más, el momento Cannes del cine. Ritual anual donde los aplausos se han convertido en una métrica paralela al premio. Uno de los lugares donde el cine se discute con una pantomima religiosa.

Es apropiado, de vez en cuando, revisar las películas que han inaugurado el festival; intentar entender qué cosa nos quería decir el arte ese año, escuchar su tono,, comprender sus acordes más íntimos. Entre ellas hay títulos tan distintos como La mala educación, de Pedro Almodóvar; The Fifth Element, de Luc Besson; o Annette, la película con la que Leos Carax abrió la edición de 2021.

Annette es un filme que parece buscar estirar la realidad al máximo, y es esta característica la que la hizo ser sumamente apropiada para inaugurar Cannes. Porque el festival francés es, entre otras cosas, una celebración del artificio cinematográfico.

Leos Carax lleva décadas filmando personajes que confunden la verdad con la representación. Como si la ficción y la realidad fueran una misma serpiente que se alimenta de su cola. Su cine es profundamente artificial, pero nunca falso. Hay una diferencia importante entre ambas palabras. En sus películas los decorados pueden parecer irreales, los gestos exagerados y las situaciones improbables, pero las emociones siempre terminan golpeando con una fuerza inesperada.

Basta recordar a Denis Lavant corriendo por las calles al ritmo de Modern Love de David Bowie en Mauvais Sang. La escena tiene algo de videoclip, de sueño, de fantasía adolescente. Sin embargo, pocas veces el cine ha mostrado con tanta claridad la desesperación de alguien que ama y no sabe qué hacer con ese amor. 

Con Annette, Carax decide llevar esa lógica al extremo. Y para hacerlo escoge quizá el género más artificial de todo el cine: el musical.

La película ni siquiera intenta ocultarlo. Antes de que la historia empiece, una voz en off nos anuncia que la función está a punto de comenzar. Vemos a los músicos prepararse, escuchamos los primeros acordes de So May We Start y los propios actores abandonan el estudio de grabación para entrar en la ficción que vamos a presenciar.

Carax deja las reglas claras desde el primer minuto. Esto es una representación. Un espectáculo. Un juego.

Tal vez porque el espectador contemporáneo necesita que se le recuerde algo que antes parecía evidente: que toda historia es una construcción.

Henry McHenry, interpretado por Adam Driver, es un cómico feroz, agresivo, casi salvaje.

Un hombre que convierte su desprecio por sí mismo y por los demás en espectáculo. Ann Defrasnoux, interpretada por Marion Cotillard, es una soprano célebre cuya voz parece venir de algún lugar más cercano a lo divino que a lo humano. Él es un primate. Ella una musa. Él provoca. Ella eleva.

Naturalmente están destinados tanto a enamorarse como a destruirse.

La película se burla constantemente de las convenciones del musical. Henry y Ann cantan una y otra vez la misma canción, We Love Each Other So Much, como si Carax quisiera exhibir el mecanismo hasta volverlo ridículo. Como si nos estuviera mostrando los hilos de la marioneta mientras la marioneta sigue moviéndonos emocionalmente.

Porque eso es lo fascinante de Annette. Cuanto más evidente se vuelve el truco, más poderosa resulta la ilusión.

Todo en la película parece construido para recordarnos que estamos viendo algo falso. Los decorados. Las canciones. Los movimientos. Incluso Annette, la hija de la pareja, aparece representada por una muñeca de madera.

Y sin embargo, a medida que la película avanza, esa marioneta divina termina resultando más humana. 

Ahí está quizá el verdadero gesto de Carax. Demostrar que la verdad artística nunca depende del realismo.

El cine es artificio. Siempre lo ha sido. Lo son los decorados, el montaje, la música que aparece en el momento preciso para indicarnos qué sentir. Lo son los actores fingiendo emociones frente a una cámara. Lo es incluso esa convención absurda por la cual aceptamos que una sucesión de fotografías inmóviles produzca movimiento.

Pero el artificio no es el enemigo de la verdad; en muchas ocasiones es un camino para alcanzarla.

Por eso Annette puede parecer una película excesiva, caótica o incluso dispersa. Porque está menos interesada en contar una historia que en reflexionar sobre la propia naturaleza de las historias. Sobre nuestra necesidad de creer en ellas aun cuando conocemos el truco del mago.

Carax, como dueño del circo, no intenta esconder los mecanismos del espectáculo. Hace exactamente lo contrario.

Los ilumina.

Y aun así consigue que la magia ocurra.

Annette es, entonces, una historia de amor, de tragedia. Un espectáculo. Vale la pena sumergirse en este extraño espectáculo. Un mundo artificial donde se revela la tensión entre el artista y su público, y donde también aparece nuestra necesidad de escapar, junto con todo lo imperfecta que puede ser esa evasión.

La verdad a veces es insoportable, y quizá por eso seguimos necesitando ficciones capaces de cantarla.

Entonces, So May We Start? 



Oficio del cuentista: «Elevador»



La primavera para el colectivo de Letrhadas comenzó con el taller de cuento de la escritora Lola Ancira. Durante cinco semanas fueron revisados 15 textos de diferentes autoras y autores, con el fin de sentar las bases de la escritura del cuento. A través de la guía de la autora, las y los alumnos que se inscribieron comenzaron a ejercer el oficio del cuentista. En este dossier supervisado por la tallerista publicaremos los resultados de dicho taller. Queremos que conozcas a Lola Ancira como autora, pero también como editora y maestra del género, así que te invitamos a disfrutar la siguiente lectura.


Elevador

Por Ana Paulina Flores Aguilar


Braulio N. de setenta y seis años, empleado de tiempo completo en la tintorería del Centro Urbano del sur de la ciudad, era un hombre muy formal. Todos los días a las siete y media de la mañana, tomaba el elevador desde el séptimo y último piso del edificio hasta la planta baja; vestía siempre con camisas de manga larga cuidadosamente planchadas y fajadas en sus pantalones de pana, sujetos por un cinturón de cuero auténtico que combinaba con sus zapatos boleados.

En el edificio la hora pico comienza a las seis de la mañana y termina poco después de las siete y cuarto. Por orden de protección civil, debido a la antigüedad y a la falta de mantenimiento del edificio, solo se permiten cuatro personas a la vez dentro del elevador incluyéndome a mí, por eso cuando los inquilinos salen de sus departamentos para ir a trabajar, los que llegan temprano esperan pacientemente su turno para bajar, y a los que se les hace tarde bajan corriendo por las escaleras de zig zag.

A pesar de la cantidad de gente que utiliza el elevador a esas horas, los dulces y cigarros de mi pequeño puesto se mantienen intactos, mientras que los periódicos y los boletos de la lotería se acaban rápidamente bajo la esperanza de que “este boleto es el bueno”. Braulio N., el nombre que se leía en su gafete, compraba ocasionalmente un paquete de chicles de menta y una paleta de corazón, de esas que tienen frases cursis en uno de sus lados.

Nava, Navarrete, Negrete… Cada día, después de que el señor Braulio salía del elevador y se despedía con un “gracias, que tenga buen día, Rosita”, yo me ponía a pensar en todos los apellidos que comienzan con ‘N’ tratando de adivinar el suyo. Preguntarle hubiera sido más fácil, pero cuando el hombre entraba al elevador, sus conversaciones casuales sobre el clima y el olor intenso de su perfume me hacían olvidar la duda.

Operar un elevador es un trabajo agotador aunque no lo parezca: el horario matutino inicia a las seis de la mañana y termina a las dos de la tarde; el espacio mide poco más de un metro cuadrado y está cubierto de plafones de madera que se han ido despegando con los años y por la humedad que se filtra por las grietas; la radio y el periódico han sido mi escape de la soledad constante.

Cada cierto tiempo, Braulio N. entraba al elevador con una maleta grande. Me explicó que algunas veces su jefa le permitía lavar y planchar su ropa en la tintorería donde trabajaba. Pasaba horas en el local “sacando todas las manchas” decía, pero yo nunca vi su camisa sucia, ni siquiera el último día.

El mes pasado, Lucía, la operadora del turno nocturno, me pidió cambiar los turnos para cuidar a su madre enferma. Ese turno era aún más solitario. Los inquilinos empezaban a llegar a las ocho y el último, Braulio N., subía pocos minutos antes del final del turno, a veces solo y otras con esa pesada maleta que olía a una extraña combinación entre vapor y metal.

La mañana en que regresé al turno matutino él no usó el elevador. La última vez que lo vi fue en una foto, en la primera plana del periódico: “Braulio “N” de setenta y seis años, empleado de tiempo completo en la tintorería del Centro Urbano del sur de la ciudad, fue detenido anoche en su domicilio por el asesinato de al menos doce niñas de entre seis y nueve años, a las que invitaba a entrar al establecimiento a base de mentiras y una paleta”.



Ana Paulina Flores Aguilar, egresada de la carrera de Escritura Creativa y Literatura por la Universidad del Claustro de Sor Juana, nació y creció en la Huasteca Veracruzana. Es apasionada de la literatura de terror, ciencia ficción y de todas aquellas historias que reflejen la cotidianidad mexicana desde todos sus ángulos.

Comerse la vida a cuerpos: la identidad apasionada de Claudina Domingo


Falses Beatniks | Por Liz De Roman



Si así sueño mi carne, así es mi mente:
un cuerpo largo, largo, de serpiente,
vibrando eterna, ¡voluptuosamente!

Delmira Agustini


Una mujer lobo bella y feroz. Esa es la imagen que vino a mi mente cuando pensé con detenimiento en el nombre de Claudina Domingo, pues junto a la sonoridad tintineante de aquel vino una infancia en la que me rodeaba toda clase de caricaturas e historias ficticias y la única serie en que recuerdo haber escuchado un nombre similar al de ella fue en la de “Clawdeen” de Monster High, que siempre pronuncié como “Claudín”. Lo curioso de esta mención nostálgica no sería mi ignorancia respecto a la autora de mi nueva lectura, sino la reconfiguración que pude observar de la (o las) personaje que fue “Claudina” a lo largo de las páginas de Dominio (2023); de modo que, aunque aquella no estudiara en una institución para monstruos sacados de la mitología occidental, sí en varias escuelas públicas edificadas por la narrativa mexicana y, pese a que no nos referimos a una criatura sobrenatural, el sueño y las ideas serán el cauce de crecimiento de una mujer empujada a los lindes de “monstruo”.

Claudina nos entrega una novela autobiográfica y, haciéndole honor a la cercanía o incluso confidencia que tienen estos textos, la historia se rige a partir de dos temporalidades significativas en la vida de la poeta: su paso de la pubertad a la adolescencia y la mujer adulta en que se convertiría. Así, los capítulos conceden el salto y avance entre una u otra Claudina, iniciando por la mujer que llega convaleciente al hospital y regresando a la chica que añoraba salir de sus ataduras para finalmente vivir como mujer autónoma. Dicho vaivén ocurre de manera paralela, por lo que vemos crecer tanto a la chica mexicana que le tocó habitar la década de los noventa en el entonces “D.F.” y a la mujer mexicana de siglo XXI que también padeció el confinamiento por COVID-19. Ambas se dejan escuchar, mas a través de la primera se da pauta a otro vaivén: un viaje hacia los sueños y la imaginación que la otra plasma en imágenes poéticas.

En este sentido, la chica-Claudina procede de una familia trabajadora pero lo suficientemente tranquila para hacerle resentir sus limitantes. Aquí es preciso señalar que los “límites” son tan particulares como comunes a cualquiera que esté o haya estado alguna vez en esa etapa que refleja el paso de la secundaria al bachillerato; recuerdo que en cierta ocasión un maestro me dijo “nadie disfruta esa edad” y tal vez poniéndose de acuerdo con la autora, la novela expresa el caos, la confusión y al mismo tiempo las fuertes sensaciones de acabar con todo lo existente para abrirle camino a algo nuevo, a por ejemplo: la ilusión de ser otra persona o vivir otra vida. De allí, un frecuente aburrimiento por ir y regresar de la escuela a su casa (sin desvíos, un solo trayecto) o la insufrible atención de quedarse en un salón de clase muchas horas, lo que la reta a perseguir un mundo en el que fuera libre de desear, conocer y esculpir experiencias e ideales coherentes a su apasionada forma de buscar la vida. Para esta versión juvenil de Claudina, el mundo de los sueños le ofrece envolver su primera pasión: el placer de abrirse a su sexualidad.

Una de las escenas que más me atraparon fue la de una profesora de secundaria que se describe con la apariencia de Bonnie Tyler.

Siendo de las pocas a las que respetaban los alumnos, un día llega con un semblante distinto a dar una charla que tomaría toda la sesión; en ella, arranca una hoja de papel y la arruga, la hace bolita y la vuelve a estirar, luego lanza un comentario impactante: “ahora que existen los condones parece «más sencillo» tener una vida sexual desordenada. Pero es una confusión; no hay nada de inofensivo en «este mundo cruel»” (p. 40), acto seguido explica con efusividad que “una mujer puede acostarse con un hombre y con otro y creer que estará bien”, pero tras hacer pausas dramáticas y torcer la hoja repetidas veces, así como clavar una pluma en ella, la profesora comienza a enfatizar un discurso que en la superficie no sólo es conservador y machista sino violento, pero una vez sale del aula comienza una burla colectiva de todos los chicos contra una de las compañeras del curso que se rumoreaba con una vida sexual activa. Las impresiones a esta escena se dividen en dos: la de una lectora como yo, quien ve en sus palabras la negación de la sexualidad femenina mientras se le oprime con el mismo miedo de lo que la sociedad es capaz de hacerle a las mujeres que se atreven a ejercerla, y la de la chica-Claudina, la cual no se deja arrasar por su entorno y sigue fantaseando con esa vida erótica.

Quizá la siguiente pregunta sea: ¿por qué la chica-Claudina no se ha puesto en marcha por esa sexualidad? Apartando las confrontaciones con una conciencia de género, durante sus estudios de secundaria y gran parte de lo que denominará “infancia”, Claudina aún es una chica tímida y cohibida, por lo que su único escape de la realidad son los sueños, pero no de cualquier tipo, los “sueños de aire”. En ellos, Claudina es una mujer independiente con múltiples disfraces pero siempre libre de tener sexo con el hombre que se imagine. Un anhelo que se vuelve tangible hasta el bachillerato, lugar en el que decide desprenderse de su timidez y emprender una práctica sexual que concibe como la de cualquier otra afición: tanteando entre muchos intentos hasta estar satisfecha.

Para la chica-Claudina, el emprendimiento de su sexualidad será el detonante que le permite descubrir y “devorar” el mundo y los submundos que la rodean en forma de personas e historias; no obstante, en una realidad en la que se esperan grises, aquella se topa de frente con los polos: la iluminación que cree encontrar en el sexo la hace encarar el lado oscuro que la cultura ha clavado por generaciones a nuestro género. Una chica joven no “debe” manchar su cuerpo con muchos hombres, de lo contrario es un monstruo y para un monstruo la única posibilidad identitaria es el gran insulto (de afanosa letra “P”) que la sociedad patriarcal le da cuando rechazas realmente estar con “cualquiera”, cuando dices que no eres virgen, cuando “te insinúas”, cuando expresas tu deseo e individualidad, cuando al final de cuentas: eres mujer.

Ahora bien, en algún punto las obstaculizaciones a su ser deseante la empujan a la “crueldad” de la que hablaba la profesora Bonnie Tyler, donde la mujer libre y lujuriosa no “tendría que ser compatible con el amor”. Empero, alejándose de los dramas en los que no quiere ser el personaje principal y en contramedida a tal “lógica” de los hechos, se interna en un camión y se deja ir (no para perderse, sino para buscar) y lo que encuentra será el motivo fundamental de su poesía adulta: la esencia de la ciudad, de la urbe. En esta segunda pasión, la chica-Claudina aspira a capturar los sentidos y el rastro que se deja en las ruinas y construcciones, una influencia que vemos marcada en las imágenes de la mujer-Claudina, pues su modo de narrar tanto sueños como sensaciones viene de un ejercicio atento de observación de la realidad, cuyo eje termina por ser poético y con ello, hermoso.

Por lo que refiere a la mujer-Claudina, la adultez y el presente indefinido se cruzan con el dolor y la enfermedad, circunstancias que evidencian lo fácil que el ser humano, su hasta entonces vida y sus aspiraciones futuras se pueden torcer. Escuchamos con regularidad la frase “tenemos mucho tiempo por vivir”, sin embargo, lo temible para algunos es saberse preguntando ¿cuánto tiempo será? De entre tantas opciones, el tópico de la enfermedad es el más común y del que menos se quiere discutir. Claudina se aventura a mostrar su experiencia más cercana a la muerte y los estragos que mediante aquella la obligan a volver al hospital. Conforme lees sus pasajes, inevitablemente te mueves en los propios: quizá no te haya pasado a ti, pero sí a un familiar o en algún momento por equis razón te ves obligado a adentrarte en ese espacio hermético que es la salud, los hospitales, los horarios de visita, las habitaciones compartidas o los procedimientos médicos y sus consiguientes demandas, ya sean económicas o emocionales.

Pensemos en las anécdotas donde nos obligamos a enfrentar el dolor físico, un dolor de cabeza/ de estómago/ de rodilla/ de cadera y un largo listado de malestares que se nos ocurra; en cada uno Claudina conduce una comparación con las pesadillas, pues como éstas el dolor se reconoce por ser consistente y repetirse sin descanso. Sobre todo esto último: la repetición.

Así como no sabemos cuándo ni cómo nos podríamos enfermar, tampoco cuántas veces a lo largo de nuestra existencia seguirá sucediendo ni en qué alcance. Entonces, me sorprendió leer que la mujer-Claudina alude al término del “eterno estudiante” (pues se dice que nunca dejamos de aprender) para darle un sentido crudo a su experiencia: “[...] aguanto firmes, me domino mientras tiemblo de dolor. Quizás esa es la asignatura que debo recursar una y otra y otra vez. Dominio ante las propias pasiones, Dominio frente al miedo, Dominio en el dolor [...]” (176).

En conclusión, aunque debido a la naturaleza fuerte de las circunstancias se llegue erróneamente a asumir que Claudina sufre y es “una víctima” de las mismas, el tono sarcástico que le da un toque refrescante de humor a la lectura nos regresa a la realidad, porque Claudina en todas sus versiones ha sido atravesada por problemas y conflictos, pero nunca se victimiza. Al contrario: adopta una postura osada y rebelde que fluye a la contra. No se deja engullir por completo, cae profundo quizá, pero observa en ello un proceso y se acerca al lector a contarle su historia, no para compadecerse ni llorar, mucho menos dar una lección, sino exhibirse como lo quisiera alguna vez la chica-Claudina: como un personaje literario dispuesto a contar sus secretos.


Oficio del cuentista: «El club de los gatos negros»



La primavera para el colectivo de Letrhadas comenzó con el taller de cuento de la escritora Lola Ancira. Durante cinco semanas fueron revisados 15 textos de diferentes autoras y autores, con el fin de sentar las bases de la escritura del cuento. A través de la guía de la autora, las y los alumnos que se inscribieron comenzaron a ejercer el oficio del cuentista. En este dossier supervisado por la tallerista publicaremos los resultados de dicho taller. Queremos que conozcas a Lola Ancira como autora, pero también como editora y maestra del género, así que te invitamos a disfrutar la siguiente lectura.


El club de los gatos negros

Por Miguel Ángel Barragán Reyes



Era la tercera vez que pasaba ese pensamiento descabellado por la mente de Lucho. La primera vez fue solo una reflexión; ¿qué pasaría si secuestro al gato del sargento Ospina? Esos bichos suelen escaparse de casa. La gente pone carteles de ‘se busca’ constantemente. Nunca los encuentran. La segunda vez fue, más bien, un arrebato de sofismas; ¡lo salvaré de ese pedante cocainómano! Una bala en la sien, un cuchillazo en el cuello y el gato sería mío. En todo caso, los gatos son seres sobrenaturales que no pertenecen a nadie. Pero la tercera vez, más que un pensamiento, fue un plan para cometer el crimen.

            En aquel entonces, Lucho tenía 30 años. Era contador en un discreto despacho y vivía en un pequeño departamento, solo. Una vida relativamente ordinaria, sino fuese por el oscuro secreto que, a veces, lo aquejaba. 

            Al lado de él vivía el sargento Ospina y su gato negro; un felino hermoso que Lucho comenzó a desear cuando se enteró de la existencia del Club de los gatos negros; una enigmática sociedad con la que se obsesionó sin remedio.

            Verónica, la chica nueva del trabajo, le contó acerca de ello; le confesó que aquel club estaba conformado por personas que buscaban un sitio donde poder ser ellas mismas. Personas, algunas, con oscuros secretos.

            —Desnudamos nuestra alma, Luchito. Nos contamos nuestros pecados más viles.

            —Pero, ¿qué tipo de pecados?

            —De todo, créeme.

            Lucho imaginó, con gran ilusión, a un grupo de psicópatas; inadaptados que habían encontrado un refugio. Un club que ansió conocer.

            —Sí pero, ¿qué tipo de pecados?

            Verónica rio por lo desesperado que parecía Lucho. Sabía que el Club sería de su interés pues, según algunos compañeros del trabajo, Lucho se sentía atraído por órdenes secretas y antiguas; sociedades que Lucho admiraba por pensarlas enigmáticas e, incluso, perturbadoras. Illuminatis dominando la economía global. Masones a las sombras de las más grandes revoluciones políticas. Neotemplarios protegiendo viejos cánones de conocimiento.

            —Si te lo contara, incumpliría la regla número 7 del club.

            —¿Y cuál es esa regla?

            —Si te lo contara, incumpliría la número 8.

            Lucho rio, se emocionó con ese exagerado secretismo.

            —¿Y qué se necesita para entrar?

            —Si te lo contara… ¡bueno!, tal vez algún día te dé una pista.

            Pero para Lucho fue obvio, se necesitaba un gato negro. Inmediatamente pensó en el gato del sargento Ospina. Aquel animal le daría entrada a una sociedad de personas como él.

            Fue así como empezó a planear el secuestro. Lo más orgánico sería provocar que el gato saliera de casa por su cuenta. Una vez afuera, lo tomaría sin más. Para esto, tendría que dejar alimento cerca de la casa del sargento y, así, provocar la salida del gato; con un poco de suerte, el felino se haría una rutina. Lucho estaría atento de esos horarios, aunque también de la actividad vecinal en la calle. Nadie debía verlo. Robar un gato es una atrocidad que ni siquiera el Club de los gatos negros perdonaría. O peor aún, el sargento Ospina podría propinarle la más histórica de las palizas. Pero mientras pensaba en estos escenarios, con la mirada perdida y la respiración un tanto agitada, se descubrió frente a la puerta del sargento Ospina, con un cuchillo de cocina en la mano izquierda, después de haber tocado el timbre.

            Escuchó fuertes pisadas aproximándose. Ocultó el arma. Respiró. Pensó en huir, pero no lo hizo. Miró rápidamente los alrededores. Cuando el sargento abrió la puerta, lo único que se le ocurrió fue señalar, con la mano derecha, el poste de luz más cercano. Apuntaba al panfleto que hace unos días habían colocado en la colonia para pedir información sobre Noa Martínez, un chico de 19 años que había desaparecido recientemente; un cuerpo que descansaba en el departamento de Lucho. Con convincente serenidad, Lucho le comunicó al sargento que sabía dónde estaba aquél chico. El sargento, dubitativo, lo invitó a entrar para entender qué pasaba, pero en cuanto el sargento dio la vuelta, Lucho le clavó con violencia el cuchillo en el cuello. El hombre cayó mientras balbuceaba algo inentendible. El gato, con la mirada fija, indescifrable, lo vio todo.

            Durante un minuto, Lucho no pudo despegar la mirada del cuerpo que yacía en el suelo. Buscó justificaciones del asesinato dentro de su confundida mente, pero, al no encontrarlas, un extraño trance se apoderó de él; solo podía pensar en un revoltijo de ideas: el club, el gato, oscuros secretos, solución. El Club de los gatos negros podría ayudarle.

            Al día siguiente, Lucho dejó una notita en el escritorio de Verónica. ‘Ya tengo un gato negro’, decía. Verónica no comprendió el mensaje de inmediato, pero supo de quién, dadas las últimas conversaciones que habían tenido. Lucho esperaba alguna especie de confirmación, pero no fue sino hasta tres días después, en el cumpleaños número 31 de Lucho, cuando Verónica le pidió acudir al Pompeyo Café, donde lo esperaría el líder del Club.

            Al llegar, solo una persona se encontraba en una de las mesas. Vestía de negro, tenía semblante pálido y sorbía su café tan elegantemente como lo haría un gato. Al sentarse, Lucho corroboró, como se lo exigía el prejuicio, que el hombre cargaba un aura sombría, casi exagerada, casi actuada. Esto emocionó como nunca a Lucho, sabía que estaba en el lugar correcto. El hombre le pidió confiar en él. Lucho asintió. El supuesto líder cerró ventanas y puertas; le vendó los ojos y le ató una mano a la silla. Lucho accedió sin chistar.

            Al principio, se percató de que aquel hombre preparaba una suerte de utensilios. Guantes de látex que se esforzaba por ocultar inútilmente. Iba de aquí para allá sin explicación alguna. Pasaron varios minutos hasta que el lugar se tornó casi sepulcral; frío pero solemne. El hombre no decía ni una sola palabra. A lo lejos, el barullo de la calle nada más, como un recordatorio de que el tiempo no se había detenido; un recordatorio de que esto era real.

            De pronto, alguien habló. No era el hombre que lo recibió. La voz era contundente, casi violenta.

            —¿Sabes dónde estás?

            —En el Pompeyo Café.

      Irrumpió en el lugar un fuerte ‘nooooo’, gritado por varias personas. Lucho se sobresaltó. ¿En qué momento había llegado tanta gente al lugar? ¿Todos lo miraban?

            —¿Sabes dónde estás?

            —En el Club de los gatos negros.

            —¿Y qué es el Club de los gatos negros?

            —Una orden secreta de…

            ¡Noooooo!, se escuchó ahora más fuerte dentro del recinto. Lucho tragó saliva y volvió a contestar.

           —Mi hogar. El lugar donde conoceré a mis hermanos y hermanas.

           —¿Y qué quieres de nosotros?

          Una voz a lo lejos murmuró ‘quiere nuestros secretos’. Los demás parecieron seguir el juego. Lucho, en su esmero de no dar respuestas apresuradas, calló. 

           —¿Cómo saber si podemos confiar en ti? 

           —Este Club es lo que siempre deseé, sin saberlo.

           —Todo aquel que es parte de este club es iniciado en oscuros secretos, pero tememos que los reveles.

            —No pasará.

            —¿Estarías dispuesto a todo para probar tu lealtad?

            —Sí.

            —¿Seguro?

            —Sí.

            —Cuéntanos, entonces, tu secreto más vil. Solo así podremos contarte los nuestros.

            Lucho dudó. No veía nada. No sabía quiénes eran aquellos que estarían a punto de escuchar su confesión. Pero entre tanta oscuridad logró ver los ojos del gato del sargento Ospina, un recordatorio de la urgencia que debía ser atendida cuanto antes. Así que lo contó todo. Confesión tras confesión y con lujo de detalle. Andrea Lárraga, una mujer de 37 años, compañera suya en un curso de filosofía. Omar Atahualpa, un mesero del restaurante que Lucho frecuentaba. Noa Martínez, joven de 19 años que toda la colonia estaba buscando. Y, recientemente, César Ospina, un militar de 40 años, su vecino. Todos asesinados violentamente y descuartizados con delicadeza para que Lucho pudiera quedarse con los respectivos trofeos. A veces la cabeza, a veces un dedo.

            El silencio era sepulcral, casi incómodo. No era claro si alguien seguía ahí. Tal vez el Club de los gatos negros no era lo que esperaba y decidieron marcharse ante tanta atrocidad. Rápidamente decidió quitarse la venda con la mano que tenía libre. La luz era cegadora. Al principio, solo pudo advertir un pequeño grupo de personas que lo observaba. En el fondo, manchas de todos los colores adornaban el recinto.

            Cuando pudo ver con claridad, casi se le detuvo el corazón. Ni en sus momentos más oscuros habría imaginado un escenario tan atroz. Eran globos, globos de todos los colores alrededor del Pompeyo Café. También, un enorme y feo letrero que decía “Sorpresa Lucho!!”. Un pastel en medio de la mesa más grande. Un gato muy parecido al del sargento Ospina lamiéndose una de las patas delanteras. Y sí, Verónica con unos cuántos compañeros de trabajo que lo observaban con un horror indescriptible.



Miguel Ángel Barragán, filósofo de la Ciudad de México, nacido el 5 de septiembre del 89. Ha sido copywriter, storyteller y guionista en la industria de la publicidad y eventos corporativos. Actualmente diseñador de contenidos UX y amante empedernido de aquellas historias que espabilan la conciencia (o inconsciencia) y el corazón.

Código sci-fi: PP Red


Por Franco García |


Hace unos meses me reuní con el poeta guerrerense Carlos Ortiz en la cafetería El Edén, en Chilpancingo, Gro., donde solemos hacerlo siempre que coincidimos. Un par de horas nunca serán suficientes para hablar de un tema en específico: el tiempo vuela y a él sólo lo veo dos o tres veces al año. Así que tenemos que hablar a medias, o lo más breve y certero posible.

En algunos temas políticos, económicos, literarios o musicales quizá no coincidimos, pero nos respetamos. Entre tantos temas al aire, hubo uno particularmente interesante: el género de ciencia ficción. Para ser más exactos: la ciencia ficción mexicana.

¿Por qué se desprecia ese género en México? Me refiero al escrito por mexicanas y mexicanos, porque la verdad ando demasiado perdido. Se conoce más lo noir (que por momentos me cansa) o el terror (que me coquetea, pero no me atrapa). Y cuando uno habla de ciencia ficción siempre vienen a la mente Philip K. Dick, Ray Bradbury, Isaac Asimov, Ursula K. Le Guin, Mary Shelley, etcétera.

Esto evidencia que estamos muy acostumbrados a lo norteamericano, a las películas gringas; fuera de ese ambiente parece carecer de sentido. Así, a la ciencia ficción mexicana no se le ha dado el valor correspondiente, y no digamos ya a la latinoamericana. Se ha intentado una y otra vez, pero no despega; su difusión resulta mínima y complicada. No se vende como otros géneros tan sobrevaluados.

Uno de los autores mexicanos que más ha trascendido en ese género es, sin duda, Pepe Rojo. Un autor underground de culto, guerrerense, buenísimo en el cuento y cronista, aunque actualmente se enfoca más en lo cinematográfico. Se le admira y respeta por lo que ha hecho en la ciencia ficción mexicana. De verdad se ha esforzado en ese terreno.

Es un admirador de Kurt Vonnegut, quien, por cierto, es otro autor norteamericano que no se lee tanto en nuestro país. O al menos no tiene el mismo peso que K. Dick o Bradbury. Cuando uno se aferra a cierta autora o autor, rara vez escapa de ese mundo literario. Pepe ha adoptado y adaptado a Vonnegut a su estilo. No se trata de imitar, sino de homenajear: buscar la propia voz que llevamos dentro. Para eso sirven las influencias literarias: para autoexplorarnos y sacar lo mejor de nosotros.

Casi todos en el mundo literario mexicano han escuchado el nombre de Pepe Rojo, pero hasta ahí. No se le ha dado la oportunidad a la ciencia ficción mexicana como debería. Recientemente el Fondo de Cultura Económica reeditó un libro de cuentos de Pepe: Estroboscopía y accidentes similares. Bef —quien también es uno de los principales exponentes del sci-fi, aunque más en la novela gráfica— fue uno de los impulsores de esta reedición. Lo dijo durante la presentación en la UNAM, donde estuve presente, ya que no se le ve mucho por la Ciudad de México.

Y no me parece mal que se le rescate, que se le reedite o edite. Ha puesto muy en alto a la literatura guerrerense y no necesita de premios o becas para demostrar su talento. Creo que por eso se ha ganado mi admiración y respeto: porque no es un autor enfermo u obsesionado con acaparar todos los premios y becas posibles.

Los cuentos que más me agradaron fueron Cosas, Breve manual para escapar de la monotonía, Estroboscopía, Tornillos y Ascensión 01. Es un deleite ver cómo Pepe explora la ciencia ficción a través de deseos, temores u obsesiones. El encuentro entre sujeto y objeto desde una perspectiva sensible, irónica, humorística, caótica, cinematográfica. Esa enajenación, revolución, revelación o rebeldía de los objetos.

Además, me recuerda un poco al libro de Jean Baudrillard El sistema de los objetos, donde analiza el exceso de objetos producidos que llevan a un vacío existencial, perdiendo el sentido de la vida a través de su acumulación. El fetichismo de la mercancía, como bien lo señaló Marx en El Capital. Objetos que, a su vez, nos permiten ascender a cierto estatus social: entre más objetos de calidad tengas, eres un ciudadano con más valor. Ese libro también estudia la frialdad de las relaciones humanas con los objetos y cómo esto caracteriza la vida moderna.

Por ejemplo, en Cosas de Estroboscopía… hay una melancolía y soledad por parte de Muñequita y Refrigerador. Esa sensación de abandono los une: logran empatizar y ser tiernos a la vez.

“—¿Te sientes solo? —le pregunta Muñequita.
Refrigerador asiente.
—Yo también —le dice Muñequita, mientras se rasca el pelo.

Muñequita suspira y empieza a sacar los alimentos que Muñeca había colocado dentro del refrigerador unos minutos antes.

—¿Estás segura? —pregunta Refrigerador.”

Lo mismo sucede en Estroboscopía:

“Me siento en una banca del parque frente a la disco. Puedo ver cómo salen las estatuas con las que bailé, caminando como si nada. Escucho un ruido detrás de mí. Hay un vagabundo que despierta. Se sienta en la misma banca que ocupo, pero lejos, en la otra esquina.

Nos quedamos en silencio observando las luces de la ciudad.

Después de unos minutos, me voltea a ver.

—Cuéntame la historia de tu vida —me dice.”

Un final abierto, con tintes cinematográficos. Sin olvidar que Pepe mantiene ese ojo de cineasta. Los objetos desempeñan un papel relevante en cada cuento, como en Ascensión 01 con el abrelatas, describiendo su vida diaria: sus miedos, su angustia, su amor, su odio, su desesperación, su entrega.

“Abrelatas está nervioso. Abrelatas no reposa. Al dormir, se agita. Sueña con Cátsup. Cátsup prohibida. Cátsup sin lata. Abrelatas tiene miedo. Algo no funciona, algo falla. Hoy lo separaron.”

Su pasión con Vela lo lleva a entregarse, a despertar derretido. O en Tornillos, que están hartos —al igual que otros objetos— de su trabajo y se rebelan contra los humanos:

“(...) el día que los tornillos gritaron ‘nunca más’, se hicieron promesas eternas de amor, los calendarios y los relojes tartamudearon, hoy era mañana, el ahí era un aguijón, birlos y bisagras, camas y libreros, las cosas y las plantas, nada volvió a callar nunca más”.

Como bien señala la cuarta de forros: objetos más humanos que sus dueños e instrucciones para vivir en un mundo futurista. Vale la pena rescatar una y otra vez la obra de Pepe para que no se le olvide; para que se mantenga más vivo, sensible y rebelde que nunca, como sus objetos.

Febrero también es para los corazones ansiosos: volver a "Punch-Drunk Love"



Retrovisión | Por Alberto Preciado

No sé cuántos de ustedes eligen qué películas ver según el momento del año que atraviesan. Seguramente algunos tienen sus rituales de películas o capítulos de serie cada Navidad o Día de Brujas. Quizás también los tengan para fechas llenas de cursilería, como el mes de febrero. Y, la verdad, ¿quién no disfruta echar una que otra lágrima de felicidad al ver que los protagonistas cierran todo el drama con el beso esperado? ¿Cuántos no soñamos con ser Heath Ledger cantando Can’t Take My Eyes Off You, o mejor aún, con que Heath Ledger nos la cantara a nosotros? Estoy seguro de que más de uno aprovechó estas fechas para llorar con Postdata: Te amo, con la tragedia romántica de Rose y Jack en Titanic, o conteniendo la respiración ante la última mirada en La La Land.

Películas para disfrutar en febrero hay muchísimas —para gustos, colores—. Pero hay una que pasó medio desapercibida en su momento y que todavía hoy muchos no incluirían en sus listas cuando algún reportero de Letterboxd, en su imaginación, les pida dar sus cuatro películas de amor. Y es justamente de esa película de la que quiero hablar en esta Retrovisión.

Pocas películas han combinado la efervescencia del Hollywood clásico con los ritmos frenéticos de la vida moderna con tanta audacia como Punch-Drunk Love. Paul Thomas Anderson construye el retrato nervioso de un vendedor de destapadores de inodoros cuyo mundo se ve perturbado por un nuevo romance. Su estilo —como en muchas de sus obras— se manifiesta en un enfoque musical audaz, en una cámara que también narra, y en actuaciones memorables.

Adam Sandler ofrece aquí una actuación extraordinaria en un momento en que ya era un gigante de la comedia. Si por casualidad esta fuera la primera película que vieras de él, pensarías —estoy seguro— que estás frente a uno de los grandes.

Algo que después confirmaría en Uncut Gems o Spaceman. Barry, su personaje, está lleno de ansiedad, tristeza y problemas de ira. Durante toda la película, la cámara invasiva nos muestra su soledad. Anderson logra ponernos los anteojos de una persona ansiosa: la música, los ruidos del almacén que rugen como dinosaurios, las puertas y las llamadas telefónicas que van y vienen sin dejarnos respirar. Por momentos, vemos el mundo con ojos de terror. Todo esto con un lente sutil y bello.


Al inicio, Barry debe decidir si quedarse con un armonio que aparece frente a él tras un accidente. Así también aparece el amor: de manera inesperada. Debe decidir qué hacer con esa oportunidad. Sabemos que tiene siete hermanas —sus propios jinetes del apocalipsis— que invaden su privacidad, le dan órdenes y lo menosprecian. En una reunión familiar intenta mostrarse cordial, pero la tensión se percibe en su sonrisa rígida y en sus ojos inquietos; de pronto, estalla y patea las puertas de vidrio.

Este es su patrón: presenta al mundo un rostro de alegre insipidez y luego irrumpe en explosiones de violencia frustrada. Ni siquiera empieza a comprenderse a sí mismo. Siempre está a la defensiva, inseguro, vagamente amenazado. La hostilidad que en otras comedias de Sandler se disfraza de humor aquí se revela en su forma más cruda.

La película se vuelve sumamente disfrutable al observar a un Sandler liberado de la fórmula de la risa fácil, revelando un actor con verdadera profundidad. En el universo de Anderson, las personas se encuentran por azar y por necesidad, no por exigencias del guion. Barry conoce a Lena Leonard (Emily Watson), una ejecutiva dulce y de mirada intensamente concentrada. Se gustan de inmediato.

A lo largo de la película, el protagonista es perseguido por el amor: ese color rojo que lo sigue en forma de Lena, anuncios y flechas, intentando curar el azul que parece simbolizar su tristeza. Mientras tanto, Barry lidia con la absurda persecución de una empresa de sexo telefónico de Utah.

Uno de los momentos que más disfruto es cuando Barry viaja a Hawái. De repente comprende que él también puede ir tras el amor. Ese entendimiento repentino —que no estamos condenados a la tristeza— es algo que también disfruto de la vida. Barry descubre que el amor puede ayudarle a enfrentar sus problemas y nos regala la frase: “Tengo un amor en mi vida que me hace más fuerte que cualquier cosa que puedas imaginar.”

Punch-Drunk Love es, ante todo, el retrato de una personalidad herida. Barry Egan ha sido dañado, quizá más allá de toda reparación, por lo que percibe como las depredaciones de sus hermanas dominantes. Lo enloquece que la gente se entrometa en sus asuntos. No soporta que lo traten con ligereza. Su mundo está lleno de presagios inquietantes y situaciones desconcertantes. El personaje está retratado con gran viveza, y la película simpatiza con él en su desmesura.

Al final, vemos cómo el amor derrite su ansiedad, y Barry decide que no puede vivir una vida sin Lena.

Esta película entra en mi lista de febrero por mostrar, de forma magistral, cómo el amor nos persigue incluso cuando estamos demasiado asustados para darnos cuenta. A veces basta con atrevernos a dar un paso. Porque, como Barry descubre, no se trata de dejar de sentir miedo, sino de avanzar a pesar de él. Y quizá por eso, en Hawái —o en cualquier lugar donde decidamos intentarlo— el aire siempre puede oler a flor.


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