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La duna más alta del baldío


Por Antonio León


Pocos inicios de historia me han gustado tanto como “Iban contentas cuando corrieron hasta la duna más alta del baldío”, de Donde termina el verano, la primera novela de la escritora mexicalense Elma Correa.  Será que, a estas alturas de mi vida, todo me parece tan absurdo que recuerdo haber ido contentísima al lado de alguna de mis amigas rumbo a un desastre, o haber metido el acelerador a una fantasía por más dudosa que esta fuera.

También puede ser que la sonrisa que adivino en los rostros de Aimee y Elisa, protagonistas de esta historia, me parece tan familiar y esperanzadora como un verano ligero en alguna parte de mi memoria.

Justamente el verano, que en otros sitios puede leerse como la estación ideal para el ocio y las actividades al aire libre, en Mexicali aparece como la temporada extrema de pensarlo muy bien antes de salir a la calle. Pero algo sucede en esta parte de la frontera que blinda a los personajes de la parsimonia en interiores y los lanza hacia baldíos y patios a circular rumbo a la cotidianidad y a jugar a lo improbable.

Esta frontera, sala liminal de cruising entre dos países que se saludan y no, es el proscenio adolescente de Elisa y Aimé, quienes mantienen el tipo de amistad que solo se vive una vez: formada a los doce años, con el tipo de códigos y complicidades que nacen de la lealtad como un único tipo de lenguaje posible.

Pero una fractura que hay que cargar a partes iguales divide este lenguaje. En el marco del norte mexicano menos exótico o folklorizante, Elma decide que sus personajes carguen una culpa de forma desigual. Elisa y Aimee coexisten en una complejidad que navega, bien que mal, en contradicciones que no se resuelven con juicios morales. La adolescencia es el lugar del error ahí donde podría antojarse un perdón, un abrazo, un beso y a lo que sigue.

La novela explora la forma en que la violencia, la precariedad, la desconfianza en las instituciones y la autoridad afectan a quienes viven en los márgenes, y la manera en que la amistad puede convertirse en la única resistencia posible.

Hablamos de una historia que nos brinda una mirada personalísima sobre la vida en la frontera y acerca de cómo los miedos, secretos y silencios pueden dictar un destino. De la misma forma en que la trama central avanza, las líneas paralelas comparten cierto desencanto por lo que ha de suceder.

La novela es particularmente exitosa en cuanto logra uno de los fenómenos más interesantes a los que puede aspirar un producto de consumo cultural: desarrollar un universo. De la misma forma en que historias y personajes resuenan en su humanidad y cercanía, se afianzan en un espacio de la mente del lector que los vuelve plenamente identificables: las enfermeras visitantes, los gitanos de la generación espontánea, los obreros y trabajadores del field, los futuros y la carrera trunca de atletismo.

Esta es una historia que mezcla los efectos y rasgos humanos de un lugar y el poder inquebrantable de la amistad. Porque el regreso a los primeros escenarios de la vida tiene siempre algo de tristeza taciturna y la duna más alta del baldío puede que ni siquiera existió.  Pienso en mi historia personal y en mi propia adolescencia en el verano bajacaliforniano, en la amiga que perdí mientras me convertía en persona, en la tarde donde todas las que hemos sido Aimee o Elisa jugando a los palacios de tierra en un baldío sembramos una historia en la que no todo el tiempo nos volveremos a encontrar.

Oficio del cuentista: «El peso del tiempo»


La primavera para el colectivo de Letrhadas comenzó con el taller de cuento de la escritora Lola Ancira. Durante cinco semanas fueron revisados 15 textos de diferentes autoras y autores, con el fin de sentar las bases de la escritura del cuento. A través de la guía de la autora, las y los alumnos que se inscribieron comenzaron a ejercer el oficio del cuentista. En este dossier supervisado por la tallerista publicaremos los resultados de dicho taller. Queremos que conozcas a Lola Ancira como autora, pero también como editora y maestra del género, así que te invitamos a disfrutar la siguiente lectura.


El peso del tiempo

Lucía Zavarice

No es que Teódulo hubiera fallado en su deber: siempre fue fiel en todos los trabajos de herrería que le pedí. Su carácter manso repetía órdenes en su cabeza hasta hartarlo. Decidió lo que decidió porque entendió la transición divina que conlleva el arte. Era necesario. En el fondo lo supimos siempre, aunque nos costara aceptarlo. Le aturdía cualquier pensamiento ajeno a la obra. Sentía que, si dejaba de atenderla, el tiempo le jugaría una mala pasada. Y Teódulo no podía permitirse jugar en vano con el tiempo. 

Desde que comenzó a trabajar aquí, nos convertimos en uno. Si lográbamos concentrarnos y conectar a la perfección, podía fusionarme con  con sus pensamientos desordenados y su carácter de papel, siempre dispuesto a doblarse. Sobre todo si necesitaba un paseo nocturno para refrescar la creatividad. Entonces yo sentía con él, me dejaba guiar por su andar taciturno. Era lo mismo en cada caminata nocturna. Al principio, el aire nocturno se sentía de maravilla, después comenzaba la parte más caótica. Presentía que, a nuestras espaldas, alguien mimetizaba cada paso. Así que solíamos detenernos para saber si la presencia que nos inquietaba estaba realmente ahí o si solo existía en esa ruidosa mente que yo visitaba de cuando en cuando.


Decía que le ocurría todo el tiempo, desde que la obra había empezado a reclamarlo. La verdad es que recuerdo haberlo conocido así de paranoico desde mucho antes. Recuerdo esa inquietud constante tan suya de que alguien le acompañaba a todos lados. Esa paranoia de sentirse observado era más común de lo que él recordaba. Caminar le ayudaba a despejar la mente, pero al principio le era difícil sentir la confianza para salir. Por ello prefería la noche, la calma. Lo sé porque estuve ahí y lo sentí. Lo sentía todo.


Evitaba transeúntes por miedo a confundirlos con murmullos mentales. Los últimos pensamientos que le atormentaban eran que su familia aclamaba tanto la obra y que, en cambio, para él era una pieza sin consuelo celestial. Empezó la Piedra del Sol después de una reja decorativa. Dos días después del sueño que lo decidió todo. Si no hubiera sido por el sueño, ese estúpido sueño de revelación prehispánica, jamás se hubiera interesado por el calendario. Qué más se puede hacer cuando una deidad tan antigua como Tonatiuh, la deidad solar, te revela poco a poco los secretos del universo. Tanta información puede destrozarte por dentro, volverte loco. Un ser humano no tiene la capacidad para comprender los embrollos cósmicos, los dilemas celestes. 


Era natural que se obsesionara, que no pudiera pensar en otra cosa sin importar si era la hora del desayuno o la merienda. No podía ni siquiera caminar tranquilo con el peso del saber sobre sus robustos hombros. Entre aquellos misterios, la deidad le confesaba que el tiempo se había fracturado. Naturalmente, nadie más que un artista puede forjar el hierro con sus manos y el fuego para repararlo. Sólo Teódulo era capaz de traer de vuelta la Piedra del Sol y reparar el daño universal. 


El tiempo estaba roto, no había duda de ello. Se sentía en el ambiente y en el actuar mezquino de todos alrededor. Teódulo sintió que no podía ignorarlo, debía protegernos a toda costa. Debía proteger a mamá, al abuelo, a los primos, al cartero, al hombre de la esquina que pide unas monedas para comer y lo termina gastando en licor barato, en los niños que al salir de la escuela corren por las calles y suelen burlarse de su concentración máxima detrás de las rejas de las ventanas, en los políticos que no conocen su nombre y jamás se interesaron en saberlo, a todos, absolutamente a todos.


Después de días interminables de estudio y lectura, lo entendió. Quiero decir, lo entendimos. Me aferré a la idea de estar equivocado. De no entender lo que pasaba ni lo que sería necesario. Pensé muchas veces que se hartaría de este asunto. Que lo dejaría por la paz. Algún día despertaría y tiraría a la basura esa obra que no le permitía dormir. Volveríamos a los días tranquilos donde se realizaban encargos y trabajábamos hasta tarde, pero con la certeza de que la obra se iría sin la necesidad de recuperar el orden universal, ni de reponer el tiempo, ni de poner a salvo a mamá, al abuelo, a todos los conocidos y extraños. 


Comprendió además, que para reparar el tiempo y el orden universal, debía realizar una obra perfecta. Teódulo sabía que la forma más elevada de una obra de arte es la perfección. Es lo único que la conecta con la divinidad. Desde entonces no pudo concentrarse en otra cosa. Se volvió obsesivo y meticuloso en cada uno de los arreglos que le hacía al calendario: pulía los surcos hasta volverlos casi respirables, corregía la tensión de las figuras que orbitaban el centro. El disco de metal, denso y opaco, iba reuniendo signos que parecían acomodarse solos cuando estaban en su sitio. 


Ya le había dicho a mamá por qué, le explicó mil veces que su misión era importante, por su bien, por el del abuelo y de todos los demás, todos a quienes les tenía cariño e incluso todos a los que les tenía coraje. Aquellos que le eran indiferentes y aquellos que todavía no nacían. Todos dependían de este encargo. De la perfección del calendario. 


Ahora se arrepentía de haber sido tosco con la señora de la panadería. Es probable que ella actuara de manera tan grosera porque sentía el tiempo destrozarse. No era consciente de ello, por supuesto. Pero el cuerpo y la psique humana no podían ignorar la inevitable catástrofe que se aproximaba. Lamentaba las discusiones con mamá, pero tenía claro que su deber era más importante. Su voz se mecía en palabras que parecían sin sentido para ella. Mamá recordó cuando Teódulo era pequeño, que pintaba las paredes y ella dudaba en reprenderlo porque creía que su talento artístico salvaría a toda la familia. O al menos la salvaría a ella de ser una madre terrible. De ser un monstruo que le prohibía a su hijo expresarse por medio de los colores y las texturas. 


Con esta nueva locura, se reprochó no haberle prohibido jugar con los crayones en las paredes blancas, no haberlo llevado a los entrenamientos de futbol en lugar de las clases extracurriculares de pintura y cerámica. No haberle puesto mano dura cuando ella lo defendía diciendo que era un niño muy sensible. Ya era tarde, era muy tarde para salvarlo, y salvarnos a todos por medio del calendario, o de los crayones, o de los diálogos interminables de su hijo. 

Por mi cuenta, puedo decir que nos volvimos tan unidos por las peculiaridades que compartíamos. Éramos capaces de detectar el sabor del metal utilizado en cada trabajo. Mientras más lejos estuviera la obra de ser terminada, el amargor se intensificaba. Fue algo que compartimos desde el primer día: él decía que sus huellas dactilares percibían sazones ferrosos como si fueran papilas gustativas. Yo lo sentía en todo mi ser; ese sabor amargo y frío que acompañaba los materiales metálicos. Teódulo me decía que era muy similar al sabor de la sangre. Por desgracia, nadie más creía que esto fuera un don divino. Su familia, sus amigos, todos subestimaban sus habilidades y lo creían loco.

Estas sensaciones le decían si había forjado una figura a la perfección o si debía volver a hacerla. Sin su aprobación —o sin la mía— no podía considerar ninguno de sus trabajos como bueno. Si en alguna ocasión se rehusaba a escucharlas, no dejaba de pensar en la imperfección durante días: le quedaba un sabor amargo en el paladar de las manos que no le permitía distinguir nada comestible. Recurría seguido a mi consejo para dar por terminado un trabajo. Fui exigente con él, pero confiaba en su talento. Buscaba llevarlo más lejos, empujarlo a rozar el límite de su obra. 

Era común que la familia se reuniera los fines de semana. Podía escucharlos cada sábado, recurriendo a las mismas pláticas de siempre, a los mínimos chismes con tal de tener algo en la boca que soltar. También oía cómo la voz de Teódulo cambiaba, como si cambiara de piel para protegerse de algún depredador.

—El taller peca de imperfección, pero me hace sentir seguro…— discutía en cierta ocasión con un primo que siempre tenía un cigarro escondido entre los dedos alargados. Al parecer, este último trataba de convencerlo de rentar un estudio más moderno y más cercano al centro de la ciudad.

—Es su decorado de mosaicos diminutos. Las figuras coloridas le dan un toque especial —seguía Teódulo, con una voz inexpresiva y desconectada. Nunca se atrevía a hablarles de lo demás: de cuando comenzaba a ver los mosaicos borrosos, como píxeles intentando escapar de la pantalla de la objetividad. De cómo después se volvían líquidos y sentía que era capaz de oler los colores. De cómo crecían y empezaban a darle miedo, porque creía que lo miraban, que observaban con determinación su trabajo y lo juzgaban. Siempre tachándolo de imperfecto e indigno.

Entre conversaciones que iban y venían como humo, sus primos le pedían ver su último trabajo. Al entrar, sus miradas iban directo al calendario colgado en mi pared, un disco compacto de símbolos y relieves precisos. Lo tocaban como si fuera un talismán. Luego comenzaban a juguetear con piezas sueltas, a girarlas entre los dedos, y al final le pedían que se los regalara. Esto había ocurrido en dos ocasiones anteriores, cuando apenas comenzábamos con esa creación. La insistencia solía molestar a Teódulo, que decidía ignorarlos.

—Podrías regalármelo, primo —decía entre risas—. Estaría encantado de quitártelo de la vista. Quizá eso sea justo lo que necesitas para relajarte. —reía de nuevo, daba otra fumada al cigarro y añadía, sin asomo de comprensión por la encomienda tan delicada que Teódulo tenía que cumplir, que sería mejor deshacerse de aquello cuanto antes.

Se cansaba pronto de la adulación. Los nervios se le contorsionaban con el más mínimo halago hacia su supuesta obra imperfecta. Entre tragos y risas apagadas que venían del patio, los familiares insistían en quedarse con la obra que devolvería el tiempo a la normalidad. La Piedra del Sol se filtraba en la conversación como una obsesión compartida. Teódulo no entendía aún que su deber implicaba una responsabilidad mayor que la creación misma de la obra.

La casa lo resentía. El aire se volvía más denso los fines de semana, como si las horas se acumularan sin terminar de avanzar. Las risas llegaban tarde o se quedaban suspendidas un segundo de más, y nadie parecía notarlo. En el taller, en cambio, el cambio era más claro: el calor persistía incluso cuando el fuego estaba apagado, y el olor a metal no se disipaba del todo, como si algo siguiera trabajando en silencio.

Cada arreglo alteraba un equilibrio mínimo. Al corregir un relieve, al tensar una figura, algo en el espacio se ajustaba con él: una vibración apenas perceptible, un orden que se reacomodaba a costa de otro. Las paredes parecían contener la respiración, y el calendario, colgado en su sitio, adquiría un peso nuevo, como si no solo ocupara espacio, sino tiempo.

Aun así, ellos insistían en tocarlo, en pedirlo, en llevárselo como si se tratara de una pieza más. No alcanzaban a percibir lo que ya se había puesto en marcha. Jamás accedió. No estaba completa. Sus familiares eran incapaces de verlo: aseguraban que ya era perfecta. Pero Teódulo sabía lo lejos que estaba de ser terminada. Cuando se retiraba a dormir, creía ver el calendario moverse. No de manera física. Más bien era la idea que se agitaba en su mente, como si reclamara ser completada. Trataba de ignorarlo y pensar que se trataba de una alucinación.

En más de una ocasión, le despertó un llamado insistente:

—– ¡Teódulo! – —se escuchaba musitar dentro de mis paredes. No había sido yo. Al igual que él, estaba confundido y un poco aterrado. Teódulo lo supo antes que yo. En la noche húmeda e irreal, había un tercero acechandonos. Tras la oscuridad, quien le llamaba era el círculo ferroso colgado en su sitio usual. Era como si le persiguiera a cada hora; tanto en sus lapsos despierto como entre sueños. No hacía más que dirigirle peticiones a medias, frases que se quebraban antes de completarse: que no bastaba con el metal, que el centro seguía vacío, que algo debía ofrecerse para cerrar el círculo. 


A veces solo alcanzaba a oír palabras sueltas —“sangre”, “latido”, “alimento”—, otras, un murmullo más espeso que insistía en que el tiempo no se sostenía solo. Teódulo no comprendía. No sabía qué más podía hacer por él. No sabía de qué manera podría alimentar a un sol tan obstinado, tan hambriento. No encontraba qué podría saciar su hambre. De un momento a otro, pasó a obsesionarse con mitología prehispánica, creyendo que entre páginas de libros antiguos encontraría alguna respuesta: ¿cómo se calma el hambre celestial?


Por desgracia, no fue así. Teódulo iba en picada. No podía mantenerse tranquilo, por más que ya no faltaran detalles por pulir. Los mosaicos ya no eran mosaicos. Eran jueces estrictos de las imperfecciones que dejaba en cada obra, de todo aquello que sus manos no lograban corregir. Eran monstruos intentando salir de las paredes para reclamar que la ruptura del tiempo siguiera sin arreglo. Le perseguían de día y de noche. Despierto o dormido. Le exigían. Le insultaban. Le recordaban todo lo malo que había hecho. Todo el tiempo desperdiciado, y Dios mío, ¡el tiempo!, el tiempo malgastado, roto, sin arreglo. El inicio del fin de los tiempos. La muerte. La desgracia. Y todo por culpa de un herrero que no podía concretar su misión. 

Eran monstruos intentando salir de las paredes para reclamar que la ruptura del tiempo siguiera sin arreglo. Le perseguían de día y de noche, despierto o dormido. Le exigían. Le insultaban. Afuera, el mundo comenzaba a resentirlo de formas mínimas, casi imperceptibles: las conversaciones se quedaban a medias, los relojes parecían adelantarse o detenerse sin motivo, los gestos llegaban tarde a los rostros. 

La gente repetía palabras como si no las hubiera dicho antes, olvidaba lo inmediato, confundía los días. Nadie lo atribuía a nada en particular, pero algo en todos empezaba a desacomodarse. Teódulo lo sentía con claridad. Cada fallo en su obra no era solo suyo: se filtraba, se extendía, alteraba lo demás. Como si cada imperfección dejara pasar un poco más de ese desorden que los monstruos no dejaban de reclamar. Todo el tiempo desperdiciado, y Dios mío, ¡el tiempo!, el tiempo malgastado, roto, sin arreglo. El inicio del fin de los tiempos. La muerte. La desgracia. Y todo por culpa de un herrero que no podía concretar su misión.

En un momento, todo se detuvo: pensó. Lo pensó una, dos, tres veces. Pensó que era la única manera. Entiende ar dEntendió el porqué del pasado sangriento. Los sacrificios. Los corazones al aire. La sangre brotando. El fluido carmesí impregnando escalones pertenecientes a pirámides construidas por miles de hombres sin descanso. Era necesario darle de comer al sol un humano. Un mortal servido o no saciaría su hambre. Y no sólo el tiempo estaba roto, sino que todo, absolutamente todo, se iría al carajo. Al carajo mamá, el abuelo, los conocidos, los políticos, los desconocidos. Todos. 


No podía responder a la ambición celestial simplemente con hierro forjado con fuego y sus manos expertas. Era necesario dejar de existir primero como autor de la obra. Deshacerse de ella. Evitar tenerla más entre sus pertenencias. Por ello los primos insistían tanto. No entendía cómo pudo ser tan terco. No cumplir con la voluntad divina. No entender las señales. Poner a todos en riesgo. Ignorar a los monstruos pixelados que le balbuceaban en otro idioma. Día y noche. Noche y día. Y lo que fuera que había entre estos dos lapsos de tiempo cuando no se duerme por tanto pánico, tanto estrés, tanto delirio. 


Y salió. Salió de madrugada como acostumbrábamos. Pero lo hizo sin mí. Se llevó la Piedra del Sol y no volví a sentirla, a verla, ni a saborearla. Al final, todo acabó. Y yo terminé siendo espectador de algo que quisiera borrar de la historia. Que quisiera borrel tiempo. El centro, por fin, dejó de exigir. Teódulo se fue y el hambre celestial al fin cesó.



Lucía Zavarice. San Miguel de Allende, 1997. Escribe desde las grietas de lo cotidiano, allí donde la materia se vuelve símbolo y la emoción, atmósfera. Su obra explora los bordes porosos entre la realidad y lo fantástico, entre lo visible y lo latente. Lucía no escribe para domesticar el misterio, sino para habitarlo. Formada en estudios literarios, combina su sensibilidad narrativa con una sólida comprensión crítica del lenguaje. Desde hace más de cinco años se ha desempeñado como correctora y editora de textos, experiencia que ha fortalecido su precisión estilística y su oído atento a los matices. Esa doble condición —la de quien crea y la de quien pule— se refleja en su escritura: cada palabra parece elegida con el rigor de quien cuida el lenguaje, pero también con la libertad de quien lo habita como territorio emocional.

Oficio del cuentista: «Elevador»



La primavera para el colectivo de Letrhadas comenzó con el taller de cuento de la escritora Lola Ancira. Durante cinco semanas fueron revisados 15 textos de diferentes autoras y autores, con el fin de sentar las bases de la escritura del cuento. A través de la guía de la autora, las y los alumnos que se inscribieron comenzaron a ejercer el oficio del cuentista. En este dossier supervisado por la tallerista publicaremos los resultados de dicho taller. Queremos que conozcas a Lola Ancira como autora, pero también como editora y maestra del género, así que te invitamos a disfrutar la siguiente lectura.


Elevador

Por Ana Paulina Flores Aguilar


Braulio N. de setenta y seis años, empleado de tiempo completo en la tintorería del Centro Urbano del sur de la ciudad, era un hombre muy formal. Todos los días a las siete y media de la mañana, tomaba el elevador desde el séptimo y último piso del edificio hasta la planta baja; vestía siempre con camisas de manga larga cuidadosamente planchadas y fajadas en sus pantalones de pana, sujetos por un cinturón de cuero auténtico que combinaba con sus zapatos boleados.

En el edificio la hora pico comienza a las seis de la mañana y termina poco después de las siete y cuarto. Por orden de protección civil, debido a la antigüedad y a la falta de mantenimiento del edificio, solo se permiten cuatro personas a la vez dentro del elevador incluyéndome a mí, por eso cuando los inquilinos salen de sus departamentos para ir a trabajar, los que llegan temprano esperan pacientemente su turno para bajar, y a los que se les hace tarde bajan corriendo por las escaleras de zig zag.

A pesar de la cantidad de gente que utiliza el elevador a esas horas, los dulces y cigarros de mi pequeño puesto se mantienen intactos, mientras que los periódicos y los boletos de la lotería se acaban rápidamente bajo la esperanza de que “este boleto es el bueno”. Braulio N., el nombre que se leía en su gafete, compraba ocasionalmente un paquete de chicles de menta y una paleta de corazón, de esas que tienen frases cursis en uno de sus lados.

Nava, Navarrete, Negrete… Cada día, después de que el señor Braulio salía del elevador y se despedía con un “gracias, que tenga buen día, Rosita”, yo me ponía a pensar en todos los apellidos que comienzan con ‘N’ tratando de adivinar el suyo. Preguntarle hubiera sido más fácil, pero cuando el hombre entraba al elevador, sus conversaciones casuales sobre el clima y el olor intenso de su perfume me hacían olvidar la duda.

Operar un elevador es un trabajo agotador aunque no lo parezca: el horario matutino inicia a las seis de la mañana y termina a las dos de la tarde; el espacio mide poco más de un metro cuadrado y está cubierto de plafones de madera que se han ido despegando con los años y por la humedad que se filtra por las grietas; la radio y el periódico han sido mi escape de la soledad constante.

Cada cierto tiempo, Braulio N. entraba al elevador con una maleta grande. Me explicó que algunas veces su jefa le permitía lavar y planchar su ropa en la tintorería donde trabajaba. Pasaba horas en el local “sacando todas las manchas” decía, pero yo nunca vi su camisa sucia, ni siquiera el último día.

El mes pasado, Lucía, la operadora del turno nocturno, me pidió cambiar los turnos para cuidar a su madre enferma. Ese turno era aún más solitario. Los inquilinos empezaban a llegar a las ocho y el último, Braulio N., subía pocos minutos antes del final del turno, a veces solo y otras con esa pesada maleta que olía a una extraña combinación entre vapor y metal.

La mañana en que regresé al turno matutino él no usó el elevador. La última vez que lo vi fue en una foto, en la primera plana del periódico: “Braulio “N” de setenta y seis años, empleado de tiempo completo en la tintorería del Centro Urbano del sur de la ciudad, fue detenido anoche en su domicilio por el asesinato de al menos doce niñas de entre seis y nueve años, a las que invitaba a entrar al establecimiento a base de mentiras y una paleta”.



Ana Paulina Flores Aguilar, egresada de la carrera de Escritura Creativa y Literatura por la Universidad del Claustro de Sor Juana, nació y creció en la Huasteca Veracruzana. Es apasionada de la literatura de terror, ciencia ficción y de todas aquellas historias que reflejen la cotidianidad mexicana desde todos sus ángulos.

Oficio del cuentista: «El club de los gatos negros»



La primavera para el colectivo de Letrhadas comenzó con el taller de cuento de la escritora Lola Ancira. Durante cinco semanas fueron revisados 15 textos de diferentes autoras y autores, con el fin de sentar las bases de la escritura del cuento. A través de la guía de la autora, las y los alumnos que se inscribieron comenzaron a ejercer el oficio del cuentista. En este dossier supervisado por la tallerista publicaremos los resultados de dicho taller. Queremos que conozcas a Lola Ancira como autora, pero también como editora y maestra del género, así que te invitamos a disfrutar la siguiente lectura.


El club de los gatos negros

Por Miguel Ángel Barragán Reyes



Era la tercera vez que pasaba ese pensamiento descabellado por la mente de Lucho. La primera vez fue solo una reflexión; ¿qué pasaría si secuestro al gato del sargento Ospina? Esos bichos suelen escaparse de casa. La gente pone carteles de ‘se busca’ constantemente. Nunca los encuentran. La segunda vez fue, más bien, un arrebato de sofismas; ¡lo salvaré de ese pedante cocainómano! Una bala en la sien, un cuchillazo en el cuello y el gato sería mío. En todo caso, los gatos son seres sobrenaturales que no pertenecen a nadie. Pero la tercera vez, más que un pensamiento, fue un plan para cometer el crimen.

            En aquel entonces, Lucho tenía 30 años. Era contador en un discreto despacho y vivía en un pequeño departamento, solo. Una vida relativamente ordinaria, sino fuese por el oscuro secreto que, a veces, lo aquejaba. 

            Al lado de él vivía el sargento Ospina y su gato negro; un felino hermoso que Lucho comenzó a desear cuando se enteró de la existencia del Club de los gatos negros; una enigmática sociedad con la que se obsesionó sin remedio.

            Verónica, la chica nueva del trabajo, le contó acerca de ello; le confesó que aquel club estaba conformado por personas que buscaban un sitio donde poder ser ellas mismas. Personas, algunas, con oscuros secretos.

            —Desnudamos nuestra alma, Luchito. Nos contamos nuestros pecados más viles.

            —Pero, ¿qué tipo de pecados?

            —De todo, créeme.

            Lucho imaginó, con gran ilusión, a un grupo de psicópatas; inadaptados que habían encontrado un refugio. Un club que ansió conocer.

            —Sí pero, ¿qué tipo de pecados?

            Verónica rio por lo desesperado que parecía Lucho. Sabía que el Club sería de su interés pues, según algunos compañeros del trabajo, Lucho se sentía atraído por órdenes secretas y antiguas; sociedades que Lucho admiraba por pensarlas enigmáticas e, incluso, perturbadoras. Illuminatis dominando la economía global. Masones a las sombras de las más grandes revoluciones políticas. Neotemplarios protegiendo viejos cánones de conocimiento.

            —Si te lo contara, incumpliría la regla número 7 del club.

            —¿Y cuál es esa regla?

            —Si te lo contara, incumpliría la número 8.

            Lucho rio, se emocionó con ese exagerado secretismo.

            —¿Y qué se necesita para entrar?

            —Si te lo contara… ¡bueno!, tal vez algún día te dé una pista.

            Pero para Lucho fue obvio, se necesitaba un gato negro. Inmediatamente pensó en el gato del sargento Ospina. Aquel animal le daría entrada a una sociedad de personas como él.

            Fue así como empezó a planear el secuestro. Lo más orgánico sería provocar que el gato saliera de casa por su cuenta. Una vez afuera, lo tomaría sin más. Para esto, tendría que dejar alimento cerca de la casa del sargento y, así, provocar la salida del gato; con un poco de suerte, el felino se haría una rutina. Lucho estaría atento de esos horarios, aunque también de la actividad vecinal en la calle. Nadie debía verlo. Robar un gato es una atrocidad que ni siquiera el Club de los gatos negros perdonaría. O peor aún, el sargento Ospina podría propinarle la más histórica de las palizas. Pero mientras pensaba en estos escenarios, con la mirada perdida y la respiración un tanto agitada, se descubrió frente a la puerta del sargento Ospina, con un cuchillo de cocina en la mano izquierda, después de haber tocado el timbre.

            Escuchó fuertes pisadas aproximándose. Ocultó el arma. Respiró. Pensó en huir, pero no lo hizo. Miró rápidamente los alrededores. Cuando el sargento abrió la puerta, lo único que se le ocurrió fue señalar, con la mano derecha, el poste de luz más cercano. Apuntaba al panfleto que hace unos días habían colocado en la colonia para pedir información sobre Noa Martínez, un chico de 19 años que había desaparecido recientemente; un cuerpo que descansaba en el departamento de Lucho. Con convincente serenidad, Lucho le comunicó al sargento que sabía dónde estaba aquél chico. El sargento, dubitativo, lo invitó a entrar para entender qué pasaba, pero en cuanto el sargento dio la vuelta, Lucho le clavó con violencia el cuchillo en el cuello. El hombre cayó mientras balbuceaba algo inentendible. El gato, con la mirada fija, indescifrable, lo vio todo.

            Durante un minuto, Lucho no pudo despegar la mirada del cuerpo que yacía en el suelo. Buscó justificaciones del asesinato dentro de su confundida mente, pero, al no encontrarlas, un extraño trance se apoderó de él; solo podía pensar en un revoltijo de ideas: el club, el gato, oscuros secretos, solución. El Club de los gatos negros podría ayudarle.

            Al día siguiente, Lucho dejó una notita en el escritorio de Verónica. ‘Ya tengo un gato negro’, decía. Verónica no comprendió el mensaje de inmediato, pero supo de quién, dadas las últimas conversaciones que habían tenido. Lucho esperaba alguna especie de confirmación, pero no fue sino hasta tres días después, en el cumpleaños número 31 de Lucho, cuando Verónica le pidió acudir al Pompeyo Café, donde lo esperaría el líder del Club.

            Al llegar, solo una persona se encontraba en una de las mesas. Vestía de negro, tenía semblante pálido y sorbía su café tan elegantemente como lo haría un gato. Al sentarse, Lucho corroboró, como se lo exigía el prejuicio, que el hombre cargaba un aura sombría, casi exagerada, casi actuada. Esto emocionó como nunca a Lucho, sabía que estaba en el lugar correcto. El hombre le pidió confiar en él. Lucho asintió. El supuesto líder cerró ventanas y puertas; le vendó los ojos y le ató una mano a la silla. Lucho accedió sin chistar.

            Al principio, se percató de que aquel hombre preparaba una suerte de utensilios. Guantes de látex que se esforzaba por ocultar inútilmente. Iba de aquí para allá sin explicación alguna. Pasaron varios minutos hasta que el lugar se tornó casi sepulcral; frío pero solemne. El hombre no decía ni una sola palabra. A lo lejos, el barullo de la calle nada más, como un recordatorio de que el tiempo no se había detenido; un recordatorio de que esto era real.

            De pronto, alguien habló. No era el hombre que lo recibió. La voz era contundente, casi violenta.

            —¿Sabes dónde estás?

            —En el Pompeyo Café.

      Irrumpió en el lugar un fuerte ‘nooooo’, gritado por varias personas. Lucho se sobresaltó. ¿En qué momento había llegado tanta gente al lugar? ¿Todos lo miraban?

            —¿Sabes dónde estás?

            —En el Club de los gatos negros.

            —¿Y qué es el Club de los gatos negros?

            —Una orden secreta de…

            ¡Noooooo!, se escuchó ahora más fuerte dentro del recinto. Lucho tragó saliva y volvió a contestar.

           —Mi hogar. El lugar donde conoceré a mis hermanos y hermanas.

           —¿Y qué quieres de nosotros?

          Una voz a lo lejos murmuró ‘quiere nuestros secretos’. Los demás parecieron seguir el juego. Lucho, en su esmero de no dar respuestas apresuradas, calló. 

           —¿Cómo saber si podemos confiar en ti? 

           —Este Club es lo que siempre deseé, sin saberlo.

           —Todo aquel que es parte de este club es iniciado en oscuros secretos, pero tememos que los reveles.

            —No pasará.

            —¿Estarías dispuesto a todo para probar tu lealtad?

            —Sí.

            —¿Seguro?

            —Sí.

            —Cuéntanos, entonces, tu secreto más vil. Solo así podremos contarte los nuestros.

            Lucho dudó. No veía nada. No sabía quiénes eran aquellos que estarían a punto de escuchar su confesión. Pero entre tanta oscuridad logró ver los ojos del gato del sargento Ospina, un recordatorio de la urgencia que debía ser atendida cuanto antes. Así que lo contó todo. Confesión tras confesión y con lujo de detalle. Andrea Lárraga, una mujer de 37 años, compañera suya en un curso de filosofía. Omar Atahualpa, un mesero del restaurante que Lucho frecuentaba. Noa Martínez, joven de 19 años que toda la colonia estaba buscando. Y, recientemente, César Ospina, un militar de 40 años, su vecino. Todos asesinados violentamente y descuartizados con delicadeza para que Lucho pudiera quedarse con los respectivos trofeos. A veces la cabeza, a veces un dedo.

            El silencio era sepulcral, casi incómodo. No era claro si alguien seguía ahí. Tal vez el Club de los gatos negros no era lo que esperaba y decidieron marcharse ante tanta atrocidad. Rápidamente decidió quitarse la venda con la mano que tenía libre. La luz era cegadora. Al principio, solo pudo advertir un pequeño grupo de personas que lo observaba. En el fondo, manchas de todos los colores adornaban el recinto.

            Cuando pudo ver con claridad, casi se le detuvo el corazón. Ni en sus momentos más oscuros habría imaginado un escenario tan atroz. Eran globos, globos de todos los colores alrededor del Pompeyo Café. También, un enorme y feo letrero que decía “Sorpresa Lucho!!”. Un pastel en medio de la mesa más grande. Un gato muy parecido al del sargento Ospina lamiéndose una de las patas delanteras. Y sí, Verónica con unos cuántos compañeros de trabajo que lo observaban con un horror indescriptible.



Miguel Ángel Barragán, filósofo de la Ciudad de México, nacido el 5 de septiembre del 89. Ha sido copywriter, storyteller y guionista en la industria de la publicidad y eventos corporativos. Actualmente diseñador de contenidos UX y amante empedernido de aquellas historias que espabilan la conciencia (o inconsciencia) y el corazón.

Código sci-fi: PP Red


Por Franco García |


Hace unos meses me reuní con el poeta guerrerense Carlos Ortiz en la cafetería El Edén, en Chilpancingo, Gro., donde solemos hacerlo siempre que coincidimos. Un par de horas nunca serán suficientes para hablar de un tema en específico: el tiempo vuela y a él sólo lo veo dos o tres veces al año. Así que tenemos que hablar a medias, o lo más breve y certero posible.

En algunos temas políticos, económicos, literarios o musicales quizá no coincidimos, pero nos respetamos. Entre tantos temas al aire, hubo uno particularmente interesante: el género de ciencia ficción. Para ser más exactos: la ciencia ficción mexicana.

¿Por qué se desprecia ese género en México? Me refiero al escrito por mexicanas y mexicanos, porque la verdad ando demasiado perdido. Se conoce más lo noir (que por momentos me cansa) o el terror (que me coquetea, pero no me atrapa). Y cuando uno habla de ciencia ficción siempre vienen a la mente Philip K. Dick, Ray Bradbury, Isaac Asimov, Ursula K. Le Guin, Mary Shelley, etcétera.

Esto evidencia que estamos muy acostumbrados a lo norteamericano, a las películas gringas; fuera de ese ambiente parece carecer de sentido. Así, a la ciencia ficción mexicana no se le ha dado el valor correspondiente, y no digamos ya a la latinoamericana. Se ha intentado una y otra vez, pero no despega; su difusión resulta mínima y complicada. No se vende como otros géneros tan sobrevaluados.

Uno de los autores mexicanos que más ha trascendido en ese género es, sin duda, Pepe Rojo. Un autor underground de culto, guerrerense, buenísimo en el cuento y cronista, aunque actualmente se enfoca más en lo cinematográfico. Se le admira y respeta por lo que ha hecho en la ciencia ficción mexicana. De verdad se ha esforzado en ese terreno.

Es un admirador de Kurt Vonnegut, quien, por cierto, es otro autor norteamericano que no se lee tanto en nuestro país. O al menos no tiene el mismo peso que K. Dick o Bradbury. Cuando uno se aferra a cierta autora o autor, rara vez escapa de ese mundo literario. Pepe ha adoptado y adaptado a Vonnegut a su estilo. No se trata de imitar, sino de homenajear: buscar la propia voz que llevamos dentro. Para eso sirven las influencias literarias: para autoexplorarnos y sacar lo mejor de nosotros.

Casi todos en el mundo literario mexicano han escuchado el nombre de Pepe Rojo, pero hasta ahí. No se le ha dado la oportunidad a la ciencia ficción mexicana como debería. Recientemente el Fondo de Cultura Económica reeditó un libro de cuentos de Pepe: Estroboscopía y accidentes similares. Bef —quien también es uno de los principales exponentes del sci-fi, aunque más en la novela gráfica— fue uno de los impulsores de esta reedición. Lo dijo durante la presentación en la UNAM, donde estuve presente, ya que no se le ve mucho por la Ciudad de México.

Y no me parece mal que se le rescate, que se le reedite o edite. Ha puesto muy en alto a la literatura guerrerense y no necesita de premios o becas para demostrar su talento. Creo que por eso se ha ganado mi admiración y respeto: porque no es un autor enfermo u obsesionado con acaparar todos los premios y becas posibles.

Los cuentos que más me agradaron fueron Cosas, Breve manual para escapar de la monotonía, Estroboscopía, Tornillos y Ascensión 01. Es un deleite ver cómo Pepe explora la ciencia ficción a través de deseos, temores u obsesiones. El encuentro entre sujeto y objeto desde una perspectiva sensible, irónica, humorística, caótica, cinematográfica. Esa enajenación, revolución, revelación o rebeldía de los objetos.

Además, me recuerda un poco al libro de Jean Baudrillard El sistema de los objetos, donde analiza el exceso de objetos producidos que llevan a un vacío existencial, perdiendo el sentido de la vida a través de su acumulación. El fetichismo de la mercancía, como bien lo señaló Marx en El Capital. Objetos que, a su vez, nos permiten ascender a cierto estatus social: entre más objetos de calidad tengas, eres un ciudadano con más valor. Ese libro también estudia la frialdad de las relaciones humanas con los objetos y cómo esto caracteriza la vida moderna.

Por ejemplo, en Cosas de Estroboscopía… hay una melancolía y soledad por parte de Muñequita y Refrigerador. Esa sensación de abandono los une: logran empatizar y ser tiernos a la vez.

“—¿Te sientes solo? —le pregunta Muñequita.
Refrigerador asiente.
—Yo también —le dice Muñequita, mientras se rasca el pelo.

Muñequita suspira y empieza a sacar los alimentos que Muñeca había colocado dentro del refrigerador unos minutos antes.

—¿Estás segura? —pregunta Refrigerador.”

Lo mismo sucede en Estroboscopía:

“Me siento en una banca del parque frente a la disco. Puedo ver cómo salen las estatuas con las que bailé, caminando como si nada. Escucho un ruido detrás de mí. Hay un vagabundo que despierta. Se sienta en la misma banca que ocupo, pero lejos, en la otra esquina.

Nos quedamos en silencio observando las luces de la ciudad.

Después de unos minutos, me voltea a ver.

—Cuéntame la historia de tu vida —me dice.”

Un final abierto, con tintes cinematográficos. Sin olvidar que Pepe mantiene ese ojo de cineasta. Los objetos desempeñan un papel relevante en cada cuento, como en Ascensión 01 con el abrelatas, describiendo su vida diaria: sus miedos, su angustia, su amor, su odio, su desesperación, su entrega.

“Abrelatas está nervioso. Abrelatas no reposa. Al dormir, se agita. Sueña con Cátsup. Cátsup prohibida. Cátsup sin lata. Abrelatas tiene miedo. Algo no funciona, algo falla. Hoy lo separaron.”

Su pasión con Vela lo lleva a entregarse, a despertar derretido. O en Tornillos, que están hartos —al igual que otros objetos— de su trabajo y se rebelan contra los humanos:

“(...) el día que los tornillos gritaron ‘nunca más’, se hicieron promesas eternas de amor, los calendarios y los relojes tartamudearon, hoy era mañana, el ahí era un aguijón, birlos y bisagras, camas y libreros, las cosas y las plantas, nada volvió a callar nunca más”.

Como bien señala la cuarta de forros: objetos más humanos que sus dueños e instrucciones para vivir en un mundo futurista. Vale la pena rescatar una y otra vez la obra de Pepe para que no se le olvide; para que se mantenga más vivo, sensible y rebelde que nunca, como sus objetos.

Primeros días y últimos santos sin iglesia

Por Jorge Sosa | 


Pienso mucho en el título del libro de Jorge Orlando Correa, Primeros y últimos instantes de una mañana (Liliputienses, Sindicato Sentimental, 2024). Primero porque me hizo reír al recordarme a la asociación mormona. Luego porque tiene un sonido lindo, pegajoso, como estribillo pop. Los primeros instantes de una mañana también son lo que los artistas plásticos llaman hora mágica, una iluminación natural muy expresiva, sin exceso de luz directa. Por otro lado, los últimos instantes de una mañana son el peor momento para tomar una foto o para jugar futbol, el punto más alto del sol “quema” todos los colores y deshidrata al más atlético de los jugadores. 


El libro está dividido en cuatro partes (la primera es la que da nombre al volumen completo), cada una con ambientes y recursos de escritura claros y muy distintos. Fuera del momento en el que los textos hayan sido escritos, me parece que plantea cuatro búsquedas. Cuatro formas distintas de cocinar un pollo, por decirlo así.

Por momentos, tiene un tono confesional con el que es imposible no sentirse identificado, en especial cuando habla de la infancia como ese lugar en el que la memoria suele sugerir que estuvimos solos:


en el corazón de un miedo

junto a recuerdos escolares

encuentro la bicicleta

con la que aprendí a huir

de ladridos y regaños


el temor a caer

un impulso que conservo

hoy sin manubrio al que aferrarme

ni ruedas de apoyo


Es notorio el tránsito desde este lugar íntimo de creación hacia apreciaciones lúdicas, hechas con mucha ingenuidad, acerca del acto mismo de escribir o leer.


el lector no puede dormir

bañarse dar un paseo

escuchar un crujido

sin creer que un arma

desde un punto ciego

acabará con su vida


La colección de poemas de Primeros y últimos instantes de una mañana no es especialmente larga, pero al leerla de principio a fin da la impresión de que uno ha viajado un camino largo. Incluso la redacción de los versos es deliberada de una forma imposible de ignorar. Me gusta la idea de que escribir, en muchos sentidos, es borrar. Jorge borra con mucho cuidado, extrae elementos que existen a través de su ausencia, como un fotógrafo que busca la sombra que sugiere la presencia de un elemento que apenas existe y apenas no existe. Un fenómeno parecido a despertar, ver la sombra de un perchero y tener miedo por un momento de que se trate de un asesino o un espíritu maligno.


Quizá la asociación “religiosa” que me hizo reír tampoco es totalmente gratuita y el libro en muchos sentidos es un evangelio sin dogma, con sus cantos y sus parábolas, pero sin promesas de salvación.


Letrinas: Siempre voy tarde

Siempre voy tarde

Luis De la O


“Alguien debió haber calumniado a Josef K.,
pues una mañana fue arrestado sin haber hecho nada malo.”
—Franz Kafka, El proceso


Me despierto como todos los días. Suena la primera alarma de las siete, la que pongo “por si no me levanto a la primera”. El reloj marca las 5:45 a. m.
Bajo a prender el bóiler y me concedo un ratito más, ese pequeño acto de resistencia inútil.
Cuando vuelvo a ver el reloj repito el mantra que me ha acompañado los últimos siete meses: mierda, voy tarde.

Me ducho, preparo café y le grito a la cafetera:
—¿No puedes hacerlo más rápido?
Como si la velocidad fuera una virtud moral y no un castigo.

Salgo tan aprisa que olvido perfumarme. Prendo el auto: no hay gasolina. Golpeo el volante. Recuerdo lo que dije anoche, como siempre: mañana me levanto temprano a cargar. Rezo a Dios, ese gerente invisible, para que el coche aguante con lo poco que le queda.

El estacionamiento está lejos. Corro con las agujetas sueltas mientras repito el mantra en voz alta, como un rezo laico. Me abre la misma persona de todos los días, con la misma sonrisa disciplinada. Alguna vez me dijo que este era el mejor trabajo que había tenido en su vida. Desde entonces sospecho de él.

La oficina —si es que se le puede llamar así— mide dos por dos. Tres personas coexistiendo por obligación. Se maquillan y hablan del fin de semana como si el tiempo libre fuera un rumor. Abro la computadora: el mismo archivo inconcluso del viernes. El pasado reciente siempre vuelve en forma de documento sin guardar.

—¿Y a ti cómo te fue?
—¿A mí?

Hago una pausa. Pienso en excesos, en noches largas, en decisiones torpes.
—Bien, tranquilo. No hice nada.

La mentira más eficiente es la que no despierta preguntas.

Empiezo con los pendientes cuando me llaman. El jerarca quiere verme.
—¿Cómo vamos con los pendientes?

Suspiro. Repito la frase institucional de todos los lunes:
—Seguimos trabajando.

Su cara se endurece. Con voz de locutor de radio matutino, me pregunta:
—¿No puedes hacerlo más rápido?

Mierda. Eso mismo le dije a la cafetera. Aquí todos repetimos frases ajenas creyendo que son propias.

Regreso a la oficina. Dos personas esperan turno. La primera dice que su sueño es trabajar aquí. Pobre imbécil, pienso, pero sonrío.
La segunda tiene un apellido importante, rubia, ojos claros, padres benefactores de la iglesia. No sabe nada del puesto, pero eso nunca ha sido un obstáculo. Le doy el empleo de inmediato. El mérito es una superstición.

Hora de comer. Hago fila rápido: hoy hay algo que me gusta. Me siento cuando suena el teléfono. Es mi jefe, viejo lobo de mar varado en el pasado.
—¿Cómo vamos con los pendientes?
—Seguimos trabajando.
—Pues trabaja más rápido, mediocre.

Cuelga. La palabra se queda flotando sobre la mesa.

Como deprisa. La comida ya está fría. Toso y bebo agua de esas que prometen limón pero saben a tamarindo. Todo aquí es así: parece una cosa, es otra, y aun así lo aceptamos.

Anoto pendientes en una libreta con el nombre de mi jefe en letras doradas. Regalo navideño improvisado porque olvidó el intercambio. Estoy por terminar cuando alguien entra a contarme su vida. Mientras habla, mi ojo empieza a temblar.
Ojalá existan refacciones para los ojos, pienso, porque el mío ya se cansó de mirar lo mismo.
No escuché nada.
—Está cabrón —digo.

Funciona para casi todo.

Última junta del día. Presentan el plan de expansión. Me entregan pendientes que debí haber empezado hace dos semanas, quizá en otra vida. Antes de cerrar, alguien de la corte celestial presenta el nuevo producto que, según ella, revolucionará la industria. Silencio. Todos se ponen de pie y aplauden. Algunos lloran. En el fondo, todos sabemos que perderemos cientos de miles de pesos, pero la fe corporativa exige sacrificios.

Salgo corriendo, como cuando era estudiante y sonaba la campana. Tomo mi mochila, cierro la oficina y, de pronto, aparece detrás de mí la misma persona que me abrió en la mañana. Ya no sonríe. Con voz de ultratumba me dice:
—Ya no trabajas aquí. ¿Qué no lo entiendes? Ya vienen por ti.

No entiendo nada. Como Peña Nieto aquella vez, corro a esconderme en los baños. Entro al último cubículo y me subo al retrete. Abren la puerta. Revisan uno por uno. Llegan al mío. Veo los zapatos por debajo: botas viejas, usadas, de las que dimos porque no había de su número. Golpean la puerta. Cierro los ojos.
—Es el fin —susurro.

Despierto de golpe. Sudado. Jadeando. Respiro hondo.
—Solo fue una pesadilla.

Me siento en la cama, tomo un sorbo de agua y miro la hora con los ojos a medio abrir. Mierda, voy tarde.

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