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Oficio del cuentista: «La mancha»


La primavera para el colectivo de Letrhadas comenzó con el taller de cuento de la escritora Lola Ancira. Durante cinco semanas fueron revisados 15 textos de diferentes autoras y autores, con el fin de sentar las bases de la escritura del cuento. A través de la guía de la autora, las y los alumnos que se inscribieron comenzaron a ejercer el oficio del cuentista. En este dossier supervisado por la tallerista publicaremos los resultados de dicho taller. Queremos que conozcas a Lola Ancira como autora, pero también como editora y maestra del género, así que te invitamos a disfrutar la siguiente lectura.



La mancha

Por Julio Rodríguez


Lo que se vive en la infancia no huye, solo se esconde… 


La niña llega de la escuela. En la lejanía una voz que asemeja el recuerdo de un bello momento, se despide. Ella cruza la pequeña sala, donde un viejo comedor permanece a sus espaldas, sobre él, un plato de cereal abandonado a la intemperie y soledad, rodeado de una fina capa de polvo. En su interior crece una mancha que flota y se adhiere a las paredes, devora y descompone todo hasta dejar un vestigio de lo que fuera alguna vez. El color se torna oscuro, pálido y uniforme, recuerda el gris de las paredes, tan plano y frío que no da espacio a sentir algo más. La niña lo mira, recuerda que tiene hambre, hoy no fue un buen día en la escuela, es difícil concentrarse cuando alrededor el mundo parece estar roído. No puede imaginar más allá del gris frente a sus ojos, no conoce nada más. El estómago ruge, se comprime, ella puede sentir como aquellos ácidos gástricos están consumiendo su carne. La niña camina a la cocina por un diminuto pasillo que en sus paredes aún guarda algunos recuerdos de felicidad, y donde también aquellas corrosivas manchas que el tiempo ha dejado, solo invitan al olvido. El espacio tiene memoria, y recuerda a una madre, que hoy debe doblar turno en la fábrica, y a quien la niña extraña. Ella abre la puerta del refrigerador, encuentra un paquete de salchichas, un ligero hedor llega a su nariz. Las toma y un hilo de suero sale del paquete, manchando el piso. Se acerca a una parrilla eléctrica, la enciende, coloca un sartén y comienza a cocinarlas. Las salchichas se pegan dejando una capa carbonizada sobre el sartén.  La toma, colocándolas en un plato cuya imagen de flores se ve invadida por aquel color rojizo que permanece como testigo del pasado. La niña tiene tanta hambre que imagina que son el más majestuoso de los manjares. Se dirige a la mesa del comedor, encontrando en el camino una botella de cátsup, que segundos más tarde acompañaran aquel alimento. Cuando llega se sienta intentando acomodar el espacio. Quiere cubrir las salchichas con cátsup, pero esta no sale, así que la aprieta tan fuerte que explota, regando manchas por todas partes. Quizá más tarde una servilleta sea la solución, ahora solo queda comer y disfrutar del momento. El sabor de la carne acompañada por el rojo aderezo, cubre y estalla en su paladar. Al terminar, todo es silencio, y, frente al comedor, sobre una mesa de madera, un florero con algo marchito en su interior acompaña a un portarretrato navideño. En la foto en su interior cobijada por un árbol y regalos, vive una niña que es abrazada por una madre, detrás de ellas una mancha que esconde una silueta, un rostro que la niña observa. Un recuerdo llega y con él un cuerpo que tiene memoria, los sentidos que contemplan; el dolor en la carne, el ardor que enrojece la piel, su calor, las lágrimas que se combinan con el sudor y la secreción nasal escurriendo por sus labios, ese sabor más amargo que salado. El llanto de una madre, su dolor, el dolor que compartieron, la piel quemada y sus cicatrices. La niña tiene miedo, sabe que cuando su mamá no está, aquella silueta manchada se presenta, no puede hacer mucho más que esperar. Este sitio al que debería llamar hogar no ayuda, solo oprime, resguarda el sufrimiento y lo perpetua en el recuerdo. Lo mejor será distraerse, por ahora la tarea es una buena opción, además, es mejor pensar que un fin de semana libre de labores se aproxima. La niña toma su mochila, saca un lápiz y un cuaderno, que coloca sobre la mesa. Mientras mira lo blanco y puro de las hojas, recuerda su escuela, donde unos niños gritan y se burlan. No es un crimen que su papá decida irse, no está mal no verle más, es mayor el crimen que él causo en ella, las marcas que dejó. Pero los demás no piensan eso, les satisface señalar la derrota y las carencias, en ello encuentran la diversión, el dolor ajeno es la más dulce de sus delicias. La niña guarda silencio, teme que el dolor continue, es mejor dejar las cosas como están. Camina de vuelta a la sala, los sillones son duros y en medio de ellos un trozo de madera sostiene la tela que cae, carente de aquello que lo hacía ser suave. Se recuesta y tras un corto periodo de movimiento comienza a soñar. Un ruido hace que el momento termine, un golpeteo la trae de vuelta al mundo de la vigilia. Dentro del cuarto de su mamá algo resuena, son pasos, sonidos encharcados, líquidos, como si una masa de fluidos caminara. Por un momento, una niña piensa que es su mamá que está de vuelta. Los pasos siguen y se detienen en la puerta.  Algo sube por su espalda, es el miedo que comienza a sentir, sabe que algo no va bien. Decide acercarse lentamente, el silencio del otro lado sigue presente, solo escucha sus propios pasos y el crujir de la casa. Del otro lado, en las comprimidas paredes escucha más ruidos. El sonido de la fricción de dos metales, es la puerta que se abre lentamente, la niña sabe lo que significa. Un golpe libera la oscuridad, transformando la casa en una caja de resonancia que hace vibrar cada rincón. Unas partículas de luz logran colarse dibujando una silueta, la niña la reconoce y comienza a recordar. Su cuerpo se paralizada al tiempo que la silueta inicia su movimiento, manchando todo a su paso. La niña quiere moverse, pero el recuerdo, el temor, el dolor, no se lo permiten. La mancha se acerca reptando entre el pasillo y las paredes, los sonidos líquidos se hacen más presentes y un olor a podrido penetra el lugar. La niña da un paso atrás y cae, pierde el control ante el dolor, no responde, se vuelve torpe y descuidada. Pero la mancha continúa reptando. La niña lo siente, esa silueta tan familiar ha llegado de nuevo. Puede mirar como comienza a subir pesadamente por su pie, asfixiándola. Siente cómo su cuerpo es devorado por la mancha que roe su piel lentamente hasta entrar por sus arterias. Mientras la sombra avanza consumiendo la carne, ella, paralizada, cierra los ojos e imagina que aquella mancha negra en interior se torna en luz.


Julio Rodríguez es un creador originario de Querétaro cuya práctica se desarrolla entre la educación, la música y la fotografía. Estudió Licenciatura en Intervención Educativa en la Universidad Pedagógica Nacional y estudios de música en la Universidad Autónoma de Querétaro. Su trayectoria ha navegado por diversos espacios de la docencia, mientras construye una propuesta artística que explora el diálogo entre el sonido, la imagen y la experiencia cotidiana. A través de distintos proyectos musicales, fotográficos y educativos, busca generar encuentros donde la creación se convierta en una forma de reflexión, memoria y transformación colectiva.

Oficio del cuentista: «Mercurio»


La primavera para el colectivo de Letrhadas comenzó con el taller de cuento de la escritora Lola Ancira. Durante cinco semanas fueron revisados 15 textos de diferentes autoras y autores, con el fin de sentar las bases de la escritura del cuento. A través de la guía de la autora, las y los alumnos que se inscribieron comenzaron a ejercer el oficio del cuentista. En este dossier supervisado por la tallerista publicaremos los resultados de dicho taller. Queremos que conozcas a Lola Ancira como autora, pero también como editora y maestra del género, así que te invitamos a disfrutar la siguiente lectura.


Mercurio

Por Alian Hernández Romero


Mi mamá trabaja en las tardes y no regresa hasta la mañana siguiente. Siempre llega a prepararme mi lunch y alistarme para ir a la escuela. Extraño cuando me leía cuentos antes de dormir, o cuando hacíamos pasteles y galletitas, o jugar juntos con Mercurio, mi gato.

Si el gato estuviera en casa, me pondría a jugar con él, pero no sé dónde está, desde ayer que llegué de la escuela no lo he visto. Mi papá está todo el día en casa, pero no juega conmigo, nomás me presta su celular para que vea videos. Solo una hora y luego me manda a jugar con mis carritos. Desde hace dos años no me han comprado juguetes nuevos.

A él le siguen llegando mensajes al celular, que dicen que mi mamá le puso los cuernos, fotos donde está platicando con el papá de mi amigo Rodrigo. No me gusta lo que dicen de mi mamá. Ni siquiera entiendo qué es eso de poner cuernos. Yo solo veo que están platicando. Yo estuve ahí, fue el día que su papá de Rodrigo nos invitó un helado. Recuerdo que ese día mi mamá le contó que estaba fastidiada, que por más que trabaja no le alcanza. Tal vez mi papá se enoja de que mi mamá le cuente a los demás sus problemas.

—¡Edgar! ¡Ya dame el celular! Vete a jugar con tus carritos.

—No encuentro a Mercurio por ningún lado. ¿Tú no lo has visto?

—Ese gato ni siquiera tendría que vivir acá. Tu mamá que se lo encontró en la calle y se lo trajo y ahora por más que lo corro, siempre regresa. Aunque ahora sí creo que ya no va a volver.

Ni caso tiene discutir. Me voy por mis carritos. Alcanzo a ver que mi papá se acerca al congelador, me asomo desde la puerta de forma que no me vea. Saca una bolsa de plástico que, parece estar llena de comida, la baja al refrigerador.

—Ahora sí me vas a conocer. ¡Te vas a arrepentir!

Mi papá dice cosas muy extrañas. No me las dice a mí. Habla solo. Piensa que no lo escucho.


*

Construyo una carretera con mis colores, nomás de cincomilochomil metros, cada color mide milochomil metros, antes era de seismilochomil metros, pero se me perdieron dos en la escuela, el verde claro y el amarillo. Acomodo dos carritos, los preparo, run run, y los aviento al mismo tiempo para ver quién gana. Luego elijo los otros dos y hago lo mismo. Recojo a los ganadores de cada carrera y los enfrento en la gran final. Gana el carro rojo descarapelado. Siempre gana. Ya me aburrí. Si tan solo estuviera el gato… Él siempre encuentra travesuras nuevas.

Mi papá saca un pedazo de pizza, lo mete al microondas y me grita para que ya vaya a cenar.

—¿Seguro que no hay otra cosa?

—Eres un malagradecido. Cuando yo era niño solo me compraban pizza el día de mi cumpleaños. Además, ya se acabaron las Maruchan. Todo por culpa de tu madre, que ayer se le olvidó comprarlas antes de entrar a trabajar.

—Esta pizza ni me gusta. No es de Domino's, es de la que venden los vecinos de la esquina.

—Esas son las mejores de toda la ciudad. Además, son más grandes.

—Sí, ya sé, compras dos para que alcancen toda la semana.

Me manda a dormir temprano porque mañana tenemos una excursión en la escuela. Estoy muy contento. Casi no puedo dormir. Me levanto a mitad de la noche para acercarme al refrigerador. Me da mucha curiosidad saber qué es lo que mi papá guardó ahí. 

Ya es muy tarde y sigue sin llegar el gato. A veces sale a estas horas a pelearse con otros gatos en el techo, pero no lo escucho. Los gatos de los vecinos tampoco están. ¡Qué extraño!

Doy vueltas y vueltas en la cama, no puedo dormir. Quiero ver qué guarda mi papá en el refri. Salgo de mi cuarto con mucho cuidado para no despertarlo. Arrimo una silla a la ventana, intento cargarla para hacer el menor ruido posible, pero es muy pesada. La arrastro con cuidado. Voy a ver si no ha regresado el gato, quizá esté en el jardín. 

Ni rastro de él. Me quedo observando la luna. Es muy bonita, tan redonda y amarilla. Se me antoja un sándwich de queso. Desde el cumpleaños de Rodrigo no he comido uno.

Doy un salto para bajar de la silla y me acuerdo que no debo hacer ruido, pero creo que no desperté a mi papá.

El refri se convierte en un castillo enorme y tengo que pasar con mucho cuidado por un puente para no caer en el lago que está lleno de cocodrilos, camino lento pero firme. Ahora extraño más a Mercurio, él sería el dragón en este momento. Cuando por fin llego al castillo, unos guerreros medievales abren la puerta. Escondida en donde deberían ir las verduras está la bolsa que metió mi papá. Con mucho cuidado la toco, parecen pedacitos de carne, el nudo está muy fuerte, intentó desatarla con todas mis fuerzas. Un gigante se acerca al castillo, me quita la bolsa y azota la puerta.

—¿Qué buscas? ¡Deberías estar dormido! Mañana no te vas a querer despertar ¿Qué no quieres ir a tu excursión?

—¡Tenía hambre! Venía por el pedazo de pizza que dejé.

—¿Ves por qué tienes que cenar bien?

—Estaba preocupado. No he visto al gato en todo el día. Ayer por la mañana fue la última vez que lo vi.

—Mejor ya ni pienses en el gato. Lo más seguro es que se perdió o algún perro lo atacó.

—¡No digas eso! Mercurio va a regresar.

Me voy corriendo a mi cuarto. Me meto entre las sábanas, me acuesto boca abajo y pongo la almohada encima de mí. Empiezo a llorar hasta que me quedo dormido.


*

El carro de mi papá se descompuso, justo hoy que iremos de excursión. ¡Lo que me faltaba!

Me lleva caminando hasta la escuela. Voy prestando atención a todos los gatos que encuentro en la calle para ver si veo al mío.

Estoy muy cansado, justo se tenía que descomponer el carro hoy que es la excursión.

—Papá, ¿Por qué no mejor tomamos un taxi?

—Deja de quejarte y apúrate.

—Si hubieras pedido un taxi ya hubiéramos llegado.

Mi papá me ignora. Me jalonea y empezamos a correr.

A lo lejos veo el altobús que nos llevará de paseo.

Corro y corro, pero no logro alcanzarlo. El altobús empieza a acelerar.

—¡Esperen! ¡Esperen! Falto yo.

Grito con todas mis fuerzas. Es inútil. Parece que no me escuchan. Nunca me escuchan. El altobús ya va muy lejos. Escucho unos maullidos, debe ser mi gato. Volteo y observo como otro altobús lo atropella. Y luego el carro de mi papá me atropella a mí. Siento las ruedas pisando mi cabecita.


*

Despierto gritando. Algo muy pesado está aplastando mi cabeza. Era la almohada. Todo fue un sueño. ¡Vaya pesadilla! Tal vez mi gato nunca se perdió.

Escucho mucho ruido afuera, pero ningún maullido. Un carro se estaciona, a los quince segundos vuelve a acelerar. No es el carro de mi papá. Suena diferente. Escucho unos ronquidos. Mi papá sigue durmiendo.

El chirrido de la puerta. ¡Debe ser mi mamá que ya llegó del trabajo! Corro a abrazarla.

Esta vez no me preocupa despertar a mi papá, sigue roncando. Un momento, ¿Cómo es que no pasó por mi mamá al trabajo? Siempre pasa por ella en el carro.

—¡Mami, mami!

—Corazoncito, ¿Qué haces despierto a estas horas?

—Mami, ¿Por qué mi papá no pasó por ti al trabajo?

—Me llamó anoche para decirme que estaba fallando el carro y que no quería arriesgarse a que se quedará varado en la madrugada. —se acerca a mi oído y me cuenta un secreto —No le digas que me trajo el papá de Rodrigo por favor, si te llega a preguntar, dile que llegué en un taxi.

—No te preocupes mami. Por cierto —ahora yo le cuento otro secreto — hace rato le llegaron fotos a mi papá de cuando fuimos con Rodrigo y su papá. Y dijeron algo de cabras y toros, no recuerdo bien, lo que sí recuerdo es que decían cosas muy feas de ti, esa palabra de cuatro letras que me has dicho que no tengo que decir.

—Ay, esa gente chismosa. Pero si solo estábamos platicando, tú estabas con nosotros. Tú no hagas caso hijo, y no andes leyendo los mensajes de tu papá. De seguro al rato me va a reclamar y no quiero discutir con él por sus tonterías. Gracias por avisarme, corazoncito delator.

—No me gusta cómo te dicen. Mis amigos me empezaron a molestar con eso, desde que les conté que trabajas en las noches, dicen que solo las… la palabra que no debo decir, son las que trabajan en la noche.

—Hay muchas personas que trabajan por la noche. De guardias, en los OXXOS, en farmacias, en gasolineras. Hay muchos trabajos nocturnos. Trabajar no tiene nada de malo, yo tengo que doblar turnos, por eso termino de trabajar hasta las cinco de la madrugada. 

Mi mamá sale al patio.

—¿A dónde vas mami?

—A prender el boiler, ya que andas muy despierto, de una vez métete a bañar, acuérdate que ahora tienes que salir antes, con eso de que tu papá anda con el carro casi descompuesto.


*

Después de todo, la pesadilla tuvo algo de cierto. Creo que cuando me estaba quedando dormido alcancé a escuchar a mi papá hablando por teléfono con mi mamá. Trato de hacer memoria mientras me tallo rápido, antes de que se acabe el agua calientita.

Al salir con la toalla y en chanclas veo que mi mamá está preparando unos sándwiches y está calentando algo en el sartén.

—¡Que rico huele mami!

—Ayer pasé a comprar las Maruchan que me pidió tu padre y estaba de oferta este pan porque caduca mañana. Y como te vas a ir de excursión, pensé que tal vez podrías llevarle unos sándwiches de pollo a tus amiguitos. ¡Qué sorpresa que tu papá haya comprado pollo rostizado ayer!

—¿Cómo? ¿Había pollo?

—Estaba en el refri, ¿No fue eso lo que comieron ayer?

—No. Me dijo que solo había pizza, como siempre. Así que eso es lo que guardaba en la bolsa.

—De seguro el muy codo se lo compró para él solito y no nos quiso invitar. Ni modo, yo ya te estoy preparando tus sándwiches. Y para que se le quite no le voy a guardar nada.


*

—¡Papá! ¡Apúrate que me va a dejar el altobús escolar!

—Lo que me faltaba, un cuervo sacándome los ojos.

—Nunca más me vuelvas a decir eso. Yo no soy ningún cuervo.

—Doblando la esquina estamos a dos calles. Si quieres córrele, y ya de aquí me regreso. Ni modo que te pierdas, si estás tonto, pero no tanto.

Me echo a correr. Doy vuelta en la esquina. Veo al señor Agustín cerrando la puerta.

—¡Señor Lupián! ¡Señor Lupián! ¡No cierre la puerta!

Por más que grito, el señor Agustín no parece escucharme.

—¡Don Agustín!

A Don Agustín le molesta que le digamos por su nombre, pero le estoy gritando por su apellido y no escucha.

Corro con todas mis fuerzas, golpeó fuerte la puerta. Por más que toco el señor Agustín no sale. Me paro de puntillas para alcanzar a ver. No veo a nadie adentro. El ruido de un motor hace que pierda el equilibrio.

Por andar con la preocupación, no me di cuenta que el altobús escolar ya había llegado. Está ahí estacionado al otro lado de la calle. La maestra Eliza viene corriendo hacia mí.

—¿Qué haces acá? Ya deberías estar arriba del autobús. Estábamos a punto de arrancar cuando volteé y te vi.

Me jalonea y me lleva hacia el altobús. Mis compañeros se ríen cuando me ven subir. Camino en busca de un lugar. Rodrigo se hace a un lado para que yo quepa.

—¿Por qué llegas tarde? Ya casi te íbamos a dejar. ¿Qué pasó?

—Se descompuso el carro de mi papá. Venía peleando con él porque no se apuraba. Por poco me deja el altobús. ¡Me iba a perder la excursión!

—Tranquilo, ya estás aquí, ya verás que nos divertiremos mucho. 

El altobús se empieza a mover. Voy observando el paisaje.

—Edgar, ¿Qué tienes? Vienes muy callado. ¿Estás enojado conmigo?

—Mi mamá está muy cansada, no me lo dijo, pero lo pude ver en sus ojos. El gato no aparece. Llevo dos años con los mismos juguetes. Tres meses comiendo pizza recalentada todos los días. Ayer perdí dos colores. Y no, no estoy enojado contigo, pero mi papá está enojado con mi mamá por culpa de tu papá.

—Mira, para que no te enojes te presto mi juguete nuevo que me trajo mi primo de Francia, es un orangután. Dice que se lo encontró en un río abandonado. Río Morgan o algo así dijo que se llama.

—Uy, está horrible.

—Oye, no le digas así. No te desquites con él. No te ha hecho nada malo. ¿Te imaginas que nos encontremos uno de verdad ahorita que lleguemos al Safari?

—Ay no, ¡Qué miedo! Con todos los problemas que traigo encima, no me quiero ni imaginar.

—Mejor cuéntame eso de que tu papá se enojó con tu mamá por culpa de mi papá.

—¿Te acuerdas del día que fuimos al parque y tu papá nos compró un helado a nosotros y a mi mamá? Pues alguien tomó unas fotos y se las mandó a mi papá.

—Pero ¿eso que tiene?

—Yo tampoco sé, pero me da mucho miedo, porque mi papá está muy enojado desde ayer, se la pasa hablando solo y diciendo cosas raras.


*

—Ya me cansé de tanto caminar. Vamos a sentarnos un ratito.

—¡No! ¡Qué aburrido! Yo quiero seguir conociendo el lugar.

—Entonces ayúdame a cargar mi mochila.

Dejo la mochila en el suelo. Él intenta levantarla y se cae por el esfuerzo.

—Oye, ¿Por qué traes tantas piedras?

—¡No seas exagerado! No son piedras, son sándwiches.

Rodrigo no me cree y abre la mochila. Un fuerte olor a podrido nos pega en la cara.

—Edgar, ¿Qué traes ahí adentro?

—Son sándwiches de pollo. De seguro se echaron a perder con el calor. Tal vez sea el pan. Mi mamá me dijo que estaba por caducar.

—Huele a carne podrida, como cuando atropellan a los animales en la carretera.

—No digas eso que anoche soñé que atropellaban a Mercurio.

—¿Estás seguro que son de pollo? Huelen muy raro.

—Son sándwiches de pollo rostizado. Eso dijo mi mamá.

Rodrigo empieza a palidecer. Va a vomitar.

La mochila cae al suelo. Un sándwich llega hasta mis pies. Lo levanto, no soporto el olor, alejo mi cara. Me cubro la nariz con el suéter. Intento quitarle la servilleta, pero el papel está muy pegado. El sándwich tiene algunos pelitos negros, como de gato. Al abrirlo, entre más pelos negros veo un ojito que parpadea. Un maullido muy fuerte se escucha en el interior de la mochila.



Alian Hernández Romero. Nació en Tulancingo, Hgo. Lleva 10 años viviendo en Puebla, Puebla. Psicólogo social por la UAEH. Dirige el club de lectura Leyendo al mundo.


Oficio del cuentista: «Doomscrolling»


La primavera para el colectivo de Letrhadas comenzó con el taller de cuento de la escritora Lola Ancira. Durante cinco semanas fueron revisados 15 textos de diferentes autoras y autores, con el fin de sentar las bases de la escritura del cuento. A través de la guía de la autora, las y los alumnos que se inscribieron comenzaron a ejercer el oficio del cuentista. En este dossier supervisado por la tallerista publicaremos los resultados de dicho taller. Queremos que conozcas a Lola Ancira como autora, pero también como editora y maestra del género, así que te invitamos a disfrutar la siguiente lectura.



Doomscrolling

Ginebra López Alvarado


Hizo la única cosa que se puede hacer cuando una es jóven, no trabaja, no estudia y tiene roto el corazón: ponerse a ver reels en Instagram. 


[13:17 PM] «Los tralaleritos dicen tralala». Swipe up. «Yo después de estar chingue y chingue que cuando lo vea le voy a hablar». Swipe up. «Manas, no van a creer lo que me pasó ayer…» Swipe up. «Café en la Roma Norte con temática de… (Su madre tocó la puerta. No. No tenía hambre. Últimamente no comía mucho y a mamá parecía no importarle demasiado. Tal vez ni siquiera lo notaba).... etiqueta a tu amigx a quien llevarías». Swipe up. [16:37 PM] «Esa persona a quien tanto extrañas también piensa en ti, también te extraña pero no se atreve a buscarte porque su orgullo no se lo permite. Comparte este video a 5 contactos y verás como corre a buscarte» (Envío el reel al chat que tenía con sus amigas. Eso también contaba, ¿no?) Swipe up. «La que se lo queda pierde. Y YO QUERÍA PERDER». (Pensó en Sarahí y en lo que le dijo ese día en el parque. En lo que hubiera dado porque la hubiera escogido a ella). Swipe up. «Los reels que le dan risa a mi mamá/ Los reels que me dan risa a mí». (Su mamá había estado muy rara últimamente. Se la pasaba encerrada en su cuarto viendo su celular con la puerta cerrada con seguro. Justo como yo. Sintió un vaho gélido que le recorría la columna vertebral de arriba a abajo). Swipe up. «Esto es lo que el tarot quiere decirte hoy…» (Cuando le contó lo de Sarahí ni siquiera despegó la cara de la pantalla. Estaba absorta en el discurso de un hombre bajito, calvo, medio gordito. Hablaba de la promesa de un nuevo amanecer y una mierda extraña que le pareció casi sectaria. Mamá, ¿me estás escuchando? Pero su mamá se limitó a asentir e inmediatamente después se levantó y se encerró en su cuarto). Swipe up. [18:03 PM] «Dating en 2025 be like…» Swipe up. «wlw core» (The giver sonaba de fondo. Chappel Roan sabía lo que se sentía amar a una mujer. Las hetero dicen que se harán lesbianas para dejar de sufrir, pero ella solo se reía de ese comentario). Swipe up. «Todo el dolor que sientes, déjalo en sus manos. Solo él puede ayudarte a cargar esa pesada cruz. Solo él. Cuando despierte de su largo sueño en…» (Cristo sufrió el dolor de la lesbiana promedio) Swipe up. «Las enchanted y yo cuando…» (Se preguntó si su madre también tenía algo sobre lo que no quería pensar y por eso se escondía detrás del celular como ella). Swipe up. «Él  ya viene, hermanos. No hay nada que podamos hacer, sino doblegarnos ante él y ante su voluntad» (Era el pastor calvo y gordo que su mamá escuchaba. ¿Cómo había podido caer en toda esa porquería cristiana?). Swipe up. [20:52 PM] «Me looking at her and realising there is no chance to get her» Swipe up. «Él…» Swipe up. «Mamá, si un día no regreso a casa, solo imagina que me quedé en la calle acariciando perritos» (¿Se daría cuenta su madre si un día no regresaba a casa? ¿Se daría cuenta Sarahí? ¿Le importaría?) Swipe up. «Los justos claman, el Señor los oye y los …» (Qué raro. Ya pasó la hora de la cena y mamá aún sigue en su cuarto). Swipe up. [23:15 PM]  «Dichosos los que sufren pues serán consolados» Swipe up. «Él…» Swipe up. «Ya…» Swipe up. «Viene…» (El pulso se le aceleró y su respiración se entrecortó) Swipe up. «Entrégale tus penas, cuéntale tus secretos. Él sabrá qué hacer con ellos» Swipe up. [00:00 PM] «psospdppspspodpdpp» (La pantalla mostraba estática solamente. Se quedó mirando hipnotizada. Las líneas blancas, negras y grises tomaban formas). Swipe up. «Ph'nglui» (Formas de cosas asquerosas). Swipe up. «mglw'nafh» (Eran cosas escamosas, pero también con tentáculos y alas y cientos de ojos sangrantes que la miraban fijamente). Swipe up. «Cthulhu» (Se sintió de pronto más liviana. Más ligera. Como si flotara. Todos flotamos aquí abajo). Swipe up. «R'lyeh» (La interferencia había desaparecido. En su lugar, había un video grabado con un celular, desde la pantalla de una televisión antigua. Era una representación escolar. Como una pastorela). Swipe up. «wgah'nagl» (La escena continuaba. Era un hombre adulto con una barba falsa pegada en la cara. Traía una daga de plástico en la mano y había un niño tendido en el suelo, sobre un montón de leña, como en un altar. De repente un hombre disfrazado de ángel aparecía en escena y le detenía el brazo al de la barba postiza). Swipe up. «fhtagn» (En la pantalla volvió a mostrarse únicamente estática. Escuchó la puerta de su habitación abrirse y unos pasos sigilosos que se aproximaban, en la oscuridad, hacía ella). Swipe up. «Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn» 


La voz que chillaba aquellos cánticos guturales hacía vibrar las bocinas del celular. El audio estaba totalmente saturado. Un resplandor plateado se irguió en lo alto y, sin que le diera tiempo a reaccionar, lo siguiente fue un dolor punzante en el vientre. Por primera vez en todo el día levantó la vista de la pantalla y vio el rostro lleno de lágrimas de su madre. Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré. Pero no era a Dios a quien le estaba ofreciendo su alma. Recordó la silueta grotesca que formaba la estática y sintió como sus tentáculos arrastraban su conciencia hacía una oscuridad inefable, infinita, hasta que se desvaneció en ella para siempre.




Ginebra López Alvarado nació en la ciudad de México en el año 2000. Estudia la licenciatura en creación literaria en el centro de cultura Casa Lamm. Influenciada por autores como Mónica Ojeda, Lola Ancira y Stephen King aspira a convertirse en una escritora de lo abyecto y lo profano.

Oficio del cuentista: «El peso del tiempo»


La primavera para el colectivo de Letrhadas comenzó con el taller de cuento de la escritora Lola Ancira. Durante cinco semanas fueron revisados 15 textos de diferentes autoras y autores, con el fin de sentar las bases de la escritura del cuento. A través de la guía de la autora, las y los alumnos que se inscribieron comenzaron a ejercer el oficio del cuentista. En este dossier supervisado por la tallerista publicaremos los resultados de dicho taller. Queremos que conozcas a Lola Ancira como autora, pero también como editora y maestra del género, así que te invitamos a disfrutar la siguiente lectura.


El peso del tiempo

Lucía Zavarice

No es que Teódulo hubiera fallado en su deber: siempre fue fiel en todos los trabajos de herrería que le pedí. Su carácter manso repetía órdenes en su cabeza hasta hartarlo. Decidió lo que decidió porque entendió la transición divina que conlleva el arte. Era necesario. En el fondo lo supimos siempre, aunque nos costara aceptarlo. Le aturdía cualquier pensamiento ajeno a la obra. Sentía que, si dejaba de atenderla, el tiempo le jugaría una mala pasada. Y Teódulo no podía permitirse jugar en vano con el tiempo. 

Desde que comenzó a trabajar aquí, nos convertimos en uno. Si lográbamos concentrarnos y conectar a la perfección, podía fusionarme con  con sus pensamientos desordenados y su carácter de papel, siempre dispuesto a doblarse. Sobre todo si necesitaba un paseo nocturno para refrescar la creatividad. Entonces yo sentía con él, me dejaba guiar por su andar taciturno. Era lo mismo en cada caminata nocturna. Al principio, el aire nocturno se sentía de maravilla, después comenzaba la parte más caótica. Presentía que, a nuestras espaldas, alguien mimetizaba cada paso. Así que solíamos detenernos para saber si la presencia que nos inquietaba estaba realmente ahí o si solo existía en esa ruidosa mente que yo visitaba de cuando en cuando.


Decía que le ocurría todo el tiempo, desde que la obra había empezado a reclamarlo. La verdad es que recuerdo haberlo conocido así de paranoico desde mucho antes. Recuerdo esa inquietud constante tan suya de que alguien le acompañaba a todos lados. Esa paranoia de sentirse observado era más común de lo que él recordaba. Caminar le ayudaba a despejar la mente, pero al principio le era difícil sentir la confianza para salir. Por ello prefería la noche, la calma. Lo sé porque estuve ahí y lo sentí. Lo sentía todo.


Evitaba transeúntes por miedo a confundirlos con murmullos mentales. Los últimos pensamientos que le atormentaban eran que su familia aclamaba tanto la obra y que, en cambio, para él era una pieza sin consuelo celestial. Empezó la Piedra del Sol después de una reja decorativa. Dos días después del sueño que lo decidió todo. Si no hubiera sido por el sueño, ese estúpido sueño de revelación prehispánica, jamás se hubiera interesado por el calendario. Qué más se puede hacer cuando una deidad tan antigua como Tonatiuh, la deidad solar, te revela poco a poco los secretos del universo. Tanta información puede destrozarte por dentro, volverte loco. Un ser humano no tiene la capacidad para comprender los embrollos cósmicos, los dilemas celestes. 


Era natural que se obsesionara, que no pudiera pensar en otra cosa sin importar si era la hora del desayuno o la merienda. No podía ni siquiera caminar tranquilo con el peso del saber sobre sus robustos hombros. Entre aquellos misterios, la deidad le confesaba que el tiempo se había fracturado. Naturalmente, nadie más que un artista puede forjar el hierro con sus manos y el fuego para repararlo. Sólo Teódulo era capaz de traer de vuelta la Piedra del Sol y reparar el daño universal. 


El tiempo estaba roto, no había duda de ello. Se sentía en el ambiente y en el actuar mezquino de todos alrededor. Teódulo sintió que no podía ignorarlo, debía protegernos a toda costa. Debía proteger a mamá, al abuelo, a los primos, al cartero, al hombre de la esquina que pide unas monedas para comer y lo termina gastando en licor barato, en los niños que al salir de la escuela corren por las calles y suelen burlarse de su concentración máxima detrás de las rejas de las ventanas, en los políticos que no conocen su nombre y jamás se interesaron en saberlo, a todos, absolutamente a todos.


Después de días interminables de estudio y lectura, lo entendió. Quiero decir, lo entendimos. Me aferré a la idea de estar equivocado. De no entender lo que pasaba ni lo que sería necesario. Pensé muchas veces que se hartaría de este asunto. Que lo dejaría por la paz. Algún día despertaría y tiraría a la basura esa obra que no le permitía dormir. Volveríamos a los días tranquilos donde se realizaban encargos y trabajábamos hasta tarde, pero con la certeza de que la obra se iría sin la necesidad de recuperar el orden universal, ni de reponer el tiempo, ni de poner a salvo a mamá, al abuelo, a todos los conocidos y extraños. 


Comprendió además, que para reparar el tiempo y el orden universal, debía realizar una obra perfecta. Teódulo sabía que la forma más elevada de una obra de arte es la perfección. Es lo único que la conecta con la divinidad. Desde entonces no pudo concentrarse en otra cosa. Se volvió obsesivo y meticuloso en cada uno de los arreglos que le hacía al calendario: pulía los surcos hasta volverlos casi respirables, corregía la tensión de las figuras que orbitaban el centro. El disco de metal, denso y opaco, iba reuniendo signos que parecían acomodarse solos cuando estaban en su sitio. 


Ya le había dicho a mamá por qué, le explicó mil veces que su misión era importante, por su bien, por el del abuelo y de todos los demás, todos a quienes les tenía cariño e incluso todos a los que les tenía coraje. Aquellos que le eran indiferentes y aquellos que todavía no nacían. Todos dependían de este encargo. De la perfección del calendario. 


Ahora se arrepentía de haber sido tosco con la señora de la panadería. Es probable que ella actuara de manera tan grosera porque sentía el tiempo destrozarse. No era consciente de ello, por supuesto. Pero el cuerpo y la psique humana no podían ignorar la inevitable catástrofe que se aproximaba. Lamentaba las discusiones con mamá, pero tenía claro que su deber era más importante. Su voz se mecía en palabras que parecían sin sentido para ella. Mamá recordó cuando Teódulo era pequeño, que pintaba las paredes y ella dudaba en reprenderlo porque creía que su talento artístico salvaría a toda la familia. O al menos la salvaría a ella de ser una madre terrible. De ser un monstruo que le prohibía a su hijo expresarse por medio de los colores y las texturas. 


Con esta nueva locura, se reprochó no haberle prohibido jugar con los crayones en las paredes blancas, no haberlo llevado a los entrenamientos de futbol en lugar de las clases extracurriculares de pintura y cerámica. No haberle puesto mano dura cuando ella lo defendía diciendo que era un niño muy sensible. Ya era tarde, era muy tarde para salvarlo, y salvarnos a todos por medio del calendario, o de los crayones, o de los diálogos interminables de su hijo. 

Por mi cuenta, puedo decir que nos volvimos tan unidos por las peculiaridades que compartíamos. Éramos capaces de detectar el sabor del metal utilizado en cada trabajo. Mientras más lejos estuviera la obra de ser terminada, el amargor se intensificaba. Fue algo que compartimos desde el primer día: él decía que sus huellas dactilares percibían sazones ferrosos como si fueran papilas gustativas. Yo lo sentía en todo mi ser; ese sabor amargo y frío que acompañaba los materiales metálicos. Teódulo me decía que era muy similar al sabor de la sangre. Por desgracia, nadie más creía que esto fuera un don divino. Su familia, sus amigos, todos subestimaban sus habilidades y lo creían loco.

Estas sensaciones le decían si había forjado una figura a la perfección o si debía volver a hacerla. Sin su aprobación —o sin la mía— no podía considerar ninguno de sus trabajos como bueno. Si en alguna ocasión se rehusaba a escucharlas, no dejaba de pensar en la imperfección durante días: le quedaba un sabor amargo en el paladar de las manos que no le permitía distinguir nada comestible. Recurría seguido a mi consejo para dar por terminado un trabajo. Fui exigente con él, pero confiaba en su talento. Buscaba llevarlo más lejos, empujarlo a rozar el límite de su obra. 

Era común que la familia se reuniera los fines de semana. Podía escucharlos cada sábado, recurriendo a las mismas pláticas de siempre, a los mínimos chismes con tal de tener algo en la boca que soltar. También oía cómo la voz de Teódulo cambiaba, como si cambiara de piel para protegerse de algún depredador.

—El taller peca de imperfección, pero me hace sentir seguro…— discutía en cierta ocasión con un primo que siempre tenía un cigarro escondido entre los dedos alargados. Al parecer, este último trataba de convencerlo de rentar un estudio más moderno y más cercano al centro de la ciudad.

—Es su decorado de mosaicos diminutos. Las figuras coloridas le dan un toque especial —seguía Teódulo, con una voz inexpresiva y desconectada. Nunca se atrevía a hablarles de lo demás: de cuando comenzaba a ver los mosaicos borrosos, como píxeles intentando escapar de la pantalla de la objetividad. De cómo después se volvían líquidos y sentía que era capaz de oler los colores. De cómo crecían y empezaban a darle miedo, porque creía que lo miraban, que observaban con determinación su trabajo y lo juzgaban. Siempre tachándolo de imperfecto e indigno.

Entre conversaciones que iban y venían como humo, sus primos le pedían ver su último trabajo. Al entrar, sus miradas iban directo al calendario colgado en mi pared, un disco compacto de símbolos y relieves precisos. Lo tocaban como si fuera un talismán. Luego comenzaban a juguetear con piezas sueltas, a girarlas entre los dedos, y al final le pedían que se los regalara. Esto había ocurrido en dos ocasiones anteriores, cuando apenas comenzábamos con esa creación. La insistencia solía molestar a Teódulo, que decidía ignorarlos.

—Podrías regalármelo, primo —decía entre risas—. Estaría encantado de quitártelo de la vista. Quizá eso sea justo lo que necesitas para relajarte. —reía de nuevo, daba otra fumada al cigarro y añadía, sin asomo de comprensión por la encomienda tan delicada que Teódulo tenía que cumplir, que sería mejor deshacerse de aquello cuanto antes.

Se cansaba pronto de la adulación. Los nervios se le contorsionaban con el más mínimo halago hacia su supuesta obra imperfecta. Entre tragos y risas apagadas que venían del patio, los familiares insistían en quedarse con la obra que devolvería el tiempo a la normalidad. La Piedra del Sol se filtraba en la conversación como una obsesión compartida. Teódulo no entendía aún que su deber implicaba una responsabilidad mayor que la creación misma de la obra.

La casa lo resentía. El aire se volvía más denso los fines de semana, como si las horas se acumularan sin terminar de avanzar. Las risas llegaban tarde o se quedaban suspendidas un segundo de más, y nadie parecía notarlo. En el taller, en cambio, el cambio era más claro: el calor persistía incluso cuando el fuego estaba apagado, y el olor a metal no se disipaba del todo, como si algo siguiera trabajando en silencio.

Cada arreglo alteraba un equilibrio mínimo. Al corregir un relieve, al tensar una figura, algo en el espacio se ajustaba con él: una vibración apenas perceptible, un orden que se reacomodaba a costa de otro. Las paredes parecían contener la respiración, y el calendario, colgado en su sitio, adquiría un peso nuevo, como si no solo ocupara espacio, sino tiempo.

Aun así, ellos insistían en tocarlo, en pedirlo, en llevárselo como si se tratara de una pieza más. No alcanzaban a percibir lo que ya se había puesto en marcha. Jamás accedió. No estaba completa. Sus familiares eran incapaces de verlo: aseguraban que ya era perfecta. Pero Teódulo sabía lo lejos que estaba de ser terminada. Cuando se retiraba a dormir, creía ver el calendario moverse. No de manera física. Más bien era la idea que se agitaba en su mente, como si reclamara ser completada. Trataba de ignorarlo y pensar que se trataba de una alucinación.

En más de una ocasión, le despertó un llamado insistente:

—– ¡Teódulo! – —se escuchaba musitar dentro de mis paredes. No había sido yo. Al igual que él, estaba confundido y un poco aterrado. Teódulo lo supo antes que yo. En la noche húmeda e irreal, había un tercero acechandonos. Tras la oscuridad, quien le llamaba era el círculo ferroso colgado en su sitio usual. Era como si le persiguiera a cada hora; tanto en sus lapsos despierto como entre sueños. No hacía más que dirigirle peticiones a medias, frases que se quebraban antes de completarse: que no bastaba con el metal, que el centro seguía vacío, que algo debía ofrecerse para cerrar el círculo. 


A veces solo alcanzaba a oír palabras sueltas —“sangre”, “latido”, “alimento”—, otras, un murmullo más espeso que insistía en que el tiempo no se sostenía solo. Teódulo no comprendía. No sabía qué más podía hacer por él. No sabía de qué manera podría alimentar a un sol tan obstinado, tan hambriento. No encontraba qué podría saciar su hambre. De un momento a otro, pasó a obsesionarse con mitología prehispánica, creyendo que entre páginas de libros antiguos encontraría alguna respuesta: ¿cómo se calma el hambre celestial?


Por desgracia, no fue así. Teódulo iba en picada. No podía mantenerse tranquilo, por más que ya no faltaran detalles por pulir. Los mosaicos ya no eran mosaicos. Eran jueces estrictos de las imperfecciones que dejaba en cada obra, de todo aquello que sus manos no lograban corregir. Eran monstruos intentando salir de las paredes para reclamar que la ruptura del tiempo siguiera sin arreglo. Le perseguían de día y de noche. Despierto o dormido. Le exigían. Le insultaban. Le recordaban todo lo malo que había hecho. Todo el tiempo desperdiciado, y Dios mío, ¡el tiempo!, el tiempo malgastado, roto, sin arreglo. El inicio del fin de los tiempos. La muerte. La desgracia. Y todo por culpa de un herrero que no podía concretar su misión. 

Eran monstruos intentando salir de las paredes para reclamar que la ruptura del tiempo siguiera sin arreglo. Le perseguían de día y de noche, despierto o dormido. Le exigían. Le insultaban. Afuera, el mundo comenzaba a resentirlo de formas mínimas, casi imperceptibles: las conversaciones se quedaban a medias, los relojes parecían adelantarse o detenerse sin motivo, los gestos llegaban tarde a los rostros. 

La gente repetía palabras como si no las hubiera dicho antes, olvidaba lo inmediato, confundía los días. Nadie lo atribuía a nada en particular, pero algo en todos empezaba a desacomodarse. Teódulo lo sentía con claridad. Cada fallo en su obra no era solo suyo: se filtraba, se extendía, alteraba lo demás. Como si cada imperfección dejara pasar un poco más de ese desorden que los monstruos no dejaban de reclamar. Todo el tiempo desperdiciado, y Dios mío, ¡el tiempo!, el tiempo malgastado, roto, sin arreglo. El inicio del fin de los tiempos. La muerte. La desgracia. Y todo por culpa de un herrero que no podía concretar su misión.

En un momento, todo se detuvo: pensó. Lo pensó una, dos, tres veces. Pensó que era la única manera. Entiende ar dEntendió el porqué del pasado sangriento. Los sacrificios. Los corazones al aire. La sangre brotando. El fluido carmesí impregnando escalones pertenecientes a pirámides construidas por miles de hombres sin descanso. Era necesario darle de comer al sol un humano. Un mortal servido o no saciaría su hambre. Y no sólo el tiempo estaba roto, sino que todo, absolutamente todo, se iría al carajo. Al carajo mamá, el abuelo, los conocidos, los políticos, los desconocidos. Todos. 


No podía responder a la ambición celestial simplemente con hierro forjado con fuego y sus manos expertas. Era necesario dejar de existir primero como autor de la obra. Deshacerse de ella. Evitar tenerla más entre sus pertenencias. Por ello los primos insistían tanto. No entendía cómo pudo ser tan terco. No cumplir con la voluntad divina. No entender las señales. Poner a todos en riesgo. Ignorar a los monstruos pixelados que le balbuceaban en otro idioma. Día y noche. Noche y día. Y lo que fuera que había entre estos dos lapsos de tiempo cuando no se duerme por tanto pánico, tanto estrés, tanto delirio. 


Y salió. Salió de madrugada como acostumbrábamos. Pero lo hizo sin mí. Se llevó la Piedra del Sol y no volví a sentirla, a verla, ni a saborearla. Al final, todo acabó. Y yo terminé siendo espectador de algo que quisiera borrar de la historia. Que quisiera borrel tiempo. El centro, por fin, dejó de exigir. Teódulo se fue y el hambre celestial al fin cesó.



Lucía Zavarice. San Miguel de Allende, 1997. Escribe desde las grietas de lo cotidiano, allí donde la materia se vuelve símbolo y la emoción, atmósfera. Su obra explora los bordes porosos entre la realidad y lo fantástico, entre lo visible y lo latente. Lucía no escribe para domesticar el misterio, sino para habitarlo. Formada en estudios literarios, combina su sensibilidad narrativa con una sólida comprensión crítica del lenguaje. Desde hace más de cinco años se ha desempeñado como correctora y editora de textos, experiencia que ha fortalecido su precisión estilística y su oído atento a los matices. Esa doble condición —la de quien crea y la de quien pule— se refleja en su escritura: cada palabra parece elegida con el rigor de quien cuida el lenguaje, pero también con la libertad de quien lo habita como territorio emocional.

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