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Fito Páez sin filtro: cuando el mundo (por fin) cabe en una canción



Call me old fashioned... please! | Por Mónica Castro Lara |

Recuerdo que en cuanto vi el post en Instagram, le escribí rapidísimo a mi cuñado Hugo para que ya NO hiciera el pago del Airbnb que él había buscado y que nos había gustado un montón. “¡Pinche Fito, no mames!”. A 17 días de sus conciertos en México, al rosarino se le ocurre caerse, fracturarse cinco costillas (aunque dice que fueron 11) y cancelar y posponer sus presentaciones en Guadalajara y Ciudad de México, incluida la del Zócalo capitalino. Yo, francamente estaba que me llevaba la chingada como buena provinciana porque imprevistos como este, realmente te cambian todos tus planes. Lo último en lo que pensaba era en el bienestar de uno de mis artistas favoritos y eso te da mucho que pensar sobre el ensimismamiento de ser fan, porque entre la emoción y la frustración, me olvidé de que detrás del ídolo hay un ser humano que también puede romperse (literalmente). Y eso, créanme, duele y avergüenza más de lo que una quisiera admitir.


Cuando Netflix anunció el mes pasado que el documental “Fito Páez: el mundo cabe en una canción” llegaría a nuestras pantallas el 03 de septiembre, sentí una alegría total. Pensé: “órale, Fito seguro es un consentido en Netflix”. Y no es para menos: ya en 2023 la plataforma le había dedicado un espacio con “El amor después del amor”, la serie biográfica que nos transportó a la Argentina de los ochenta, a los inicios de Páez como cantautor y a las tragedias que lo han acompañado e influenciado toda su vida. Pero ahora, con este nuevo documental, la apuesta sube de nivel, porque si la serie nos contó su historia desde afuera (con actores, recreaciones y esa estética que nos hizo revivir cada éxito y fracaso) esta vez, como bien sentencia la propia plataforma de streaming: “La serie contó su historia. Ahora habla él”. Y eso, querides, es ooootra cosa. Es Fito sin filtros, la voz en primera persona; es el artista que vuelve para decirnos lo que tal vez nunca nos contó del todo. Y, por lo que habían dado a entender en el tráiler, la película transcurre justo ahí, en el límite entre el dolor físico y emocional tras el accidente que frenó su gira exactamente hace dos años, y desde esa pausa forzada, Fito reexamina sin filtros su historia personal, sus excesos, sus fracasos y esos éxitos que lo consagraron como uno de los compositores más importantes de Latinoamérica. Es como si, después de más de cuatro décadas de intensa carrera, el músico eligiera ese momento tan vulnerable para abrirse del todo, mostrándonos que a veces hay que quebrarse un poco para encontrar la honestidad más cruda y hermosa.


Sin duda, la cereza del pastel fue descubrir que el gran Matías Gueilburt está detrás de este proyecto y que, además, tiene un vínculo muy estrecho con Fito. Yo no puedo parar de elogiar el trabajo de Gueilburt; es como si el Rey Midas se hubiera convertido en director argentino. Algunos de sus proyectos documentales, como “Patria”, “El vendedor de ilusiones: El caso Generación Zoe” y “Los Ladrones: La verdadera historia del robo del siglo”, los considero auténticas joyas cinematográficas, en especial “Los Ladrones”. Me parece que encaja perfectamente con el espíritu de esa peculiar argentinidad que tanto me gusta y atrae. Cuando tengan oportunidad, véanlo. Les va a explotar la cabeza como a mí. 


Matías es, ante todo, un narrador obsesionado con las grietas de la historia que aborda; su estilo se define por una investigación y narrativa quirúrgicas que no teme revolver archivos polvorientos y olvidados, testimonios incómodos y documentos inéditos para reconstruir relatos que, aunque conocidos en superficie, guardan capas de complejidad moral.


No le interesa la cronología lineal: prefiere sumergirse en los claroscuros, en los personajes que oscilan entre el mito y el monstruo; su mirada no juzga, sino que deja que los hechos y las voces se desplieguen con una crudeza que obliga al espectador a hacerse miles de preguntas mientras transcurre lo que está viendo. Me parece que lo más rico de Gueilburt es su capacidad para convertir temas densos en relatos accesibles y humanos, sin caer en el sensacionalismo, a través de una fotografía y encuadres de una calidad absoluta.


Por lo tanto, estoy muy feliz de compartirles que mi clarividencia y yo acertamos: este documental es brillante. La amistad entre Fito Páez y Matías Gueilburt le da al director una llave privilegiada para entrar en esos instantes frágiles donde, a ratos, se nos olvida la excentricidad del rosarino y nos topamos de lleno con su dolor, con su angustia, con su desesperación ante un momento de salud sumamente complicado. Como bien dijo Gueilburt para Página12: “en ningún momento vemos un personaje, es un retrato de Rodolfo”, y eso es justo lo que hace tan potente a esta pieza: no hay pose, hay pura verdad.


La película arranca, además de con un espectacular montaje de Páez en conciertos masivos musicalizado por “Al lado del camino” (una de esas canciones eternas que, confieso, me aprendí a marcha forzada porque quería berrearla sin errores en su concierto), con una declaración que, si uno lo piensa bien, es lo que cualquier espectador desea: “Lo que me embola de los documentales, en general, es que les falta malicia”, dice Fito como advirtiéndonos. Y se justifica: “[…] el personaje retratado siempre es visto como una especie de adalid de la bondad y las buenas costumbres. Y eso me embola terriblemente”. A modo de pedido, o de manifiesto, hay una necesidad del cantante por no mostrarse impoluto y le indica al director que quiere que pasen cosas reales, sin caretas porque él ya sabe que hay que “caretear” en la vida, pero en este documental no. Y vaya que suceden “cosas reales”. Gueilburt nos presenta un retrato del músico en dos dimensiones entremezcladas: de un lado, la intimidad del hogar, el cuarto de hospital, los hoteles de gira y los ensayos; del otro, los recuerdos y momentos claves de su historia narrados por él mismo. Es como si la cámara se atreviera a entrar donde pocos han estado, y el resultado es tan incómodo como necesario.



La primera parte del documental es la cámara siguiendo a Páez en algunos momentos clave que vivió a mediados de 2024: lo vemos siendo trasladado por un incrédulo taxista hacia los estudios Abbey Road donde estaba trabajando en “Novela” su vigésimo noveno álbum, proyecto que había iniciado desde 1988 y recién concretó en 2025 (con un montón de críticas, por cierto). Luego, nos vamos a Madrid, donde Fito festeja su décimo aniversario de relación con su entonces pareja, la actriz Eugenia Kolodziej quien es la encargada de narrarnos cómo fue que encontró a Fito la mañana siguiente tirado en el descanso de la escalera completamente desgastado, golpeado, adolorido y sin la capacidad de responder a las simples preguntas que le hacía. Realmente me re entristeció y angustió la situación tan delicada y grave en la que estuvo Fito; los moretones en el brazo y los gritos desgarrados de dolor se quedan cortos a lo que verdaderamente sentía y nos confiesa que sí se sintió al borde de la muerte:


“Es muy salvaje la situación. El dolor era tal, era tan grande, tan fuerte, que dije bueno hasta acá llegué”.


Casi como en una especie de metarrelato, el músico mira en la televisión lo que se informa sobre su accidente. Y con esa visión y sensibilidad quirúrgica de Matías que les mencionaba unos párrafos arriba, el momento de la vulnerabilidad absoluta es musicalizado con “Tumbas de la gloria”, convirtiendo a la canción en una especie de banda sonora de su historia familiar en Rosario. Mientras suena “Tu amor abrió una herida porque todo lo que te hace bien siempre te hace mal” nos platica que su mamá murió 8 meses después de haberlo dado a luz porque le sacaron mal la placenta e ipso facto, deduce y nos dice con una tranquilidad dolorosa, que la muerte de su mamá entonces fue por su culpa. Uff. Pausita para exhalar. Nos cuenta su cotidianidad en Rosario: cómo eran su padre y las “abuelas” que lo criaron, el exceso de amor y esos primeros acercamientos a todo tipo de música que lo moldearon, detalles que, por suerte, dejaron bien plasmados en la serie, para que nosotros también pudiéramos asomarnos un poquito a ese universo. La historia de Fito desafortunadamente también va de la mano con la tragedia; tal vez una no podría existir sin la otra. Revivimos el terrible asesinato de sus “abuelas” y la empleada doméstica que las acompañaba, por allá en 1986 y nos lanza otra frase devastadora: “[…] yo ya no vengo a ofrecer mi corazón, ¿para qué? ¿para que me lo rompan?” haciendo alusión a su canción homónima. 


Regresamos al presente, con el proceso de recuperación de Fito y los ensayos de cara a la gira “4030” en Argentina. El documental nos muestra la primera vez que se sienta al piano post accidente para tocar “Del 63” en su casa de Buenos Aires y, de pasada, para ver cómo le respondían sus manos; otro momento de vulnerabilidad que pocos se atreven a mostrar. Acá tengo que hacer mención especial al muñequito de Charly García saltando desde aquel épico noveno piso, colgado de una lámpara de techo, que me pareció una brillantez y genialidad absoluta y me hizo pensar que necesito uno cuanto antes. Se develan también otros detalles en esos espacios privados: fotografías, portadas de revista, cuadros, medicinas, suplementos alimenticios… 


Luego aparece un Páez melodramático regañando y exigiéndole a sus músicos como si la vida se le fuera en cada nota. La rigurosidad y los tonos (nada amables) con los que se dirige a ellos, incomoda MAL; al menos a mí sí me molestó e hizo que le cuestionara a modo de reclamo, un montón de cosas que yo he vivido y visto de sus presentaciones más recientes… sin respuesta alguna, obviamente. 


Y entonces… ¡llegan los conciertos en México! Lo vemos caminando por la CDMX con una tierna familiaridad, de la mano de su hijo Martín. Me hace reflexionar que le tomó únicamente 4 meses en recuperarse de ese fatal accidente donde por momentos, parecía que se estaba entregando a la muerte y que verdaderamente, hizo un esfuerzo casi sobrenatural por cumplirle a sus fans mexicanos. Hay algo más que me conmueve de esas escenas: haber compartido un mismo tiempo y espacio en el Auditorio Nacional con esta leyenda. Recuerdo el concierto casi a la perfección y ahora me doy cuenta de que ambos atravesábamos momentos complicadísimos en nuestras vidas pero que, durante dos horas, pudimos dejar pasar todo. Porque la música —y el arte en general— nos lo permite; nos da ese permiso tácito de suspender el caos, aunque sea un ratito.


Rápidamente, ooootra escena incómoda: el cierre de uno de estos conciertos no salió como lo habían ensayado y el músico se mortifica con una ansiedad e insistencia que, les confieso, no me fueron ajenas. Si bien podríamos llamarlo “perfeccionismo”, creo que más bien se trata de tener o no el control absoluto de las cosas. Tuve que revisar los videos de su concierto en mi celular para ver si había sido en esa misma noche, pero no… ahora me queda la incógnita de saber si fue en la segunda noche del Auditorio Nacional o si más bien, fue en su concierto en Guadalajara, pero sobre todo, si la gente se dio cuenta o no del “error”. Algo así como un pequeño misterio personal que, supongo, también forma parte del encanto.


Ya en la recta final del documental, nos topamos con escenas de Fito compartiendo con su otra hija, Margarita. Son fragmentos que se entrelazan con material de archivo y grabaciones caseras donde se les ve, tanto a Martín como a Margarita, conviviendo con ese padre peculiar y caprichoso que todos conocemos (o creíamos conocer). Es una faceta menos pública, más íntima, y me parece comprensible —casi necesario— que haya permanecido resguardada en lo privado durante todos estos años, como si ese espacio reservado fuera el que le permitió a Fito seguir siendo tan auténtico en lo público.


El documental cierra con la visita de Fito Páez a Estados Unidos, donde da una charla en la Universidad de Berklee en Boston, que trató sobre “la música en tiempos de demencia masiva”, y al mismo tiempo, afinaba los detalles de su sesión de Tiny Desk, que he de confesar con total libertad, no me gustó. Me pareció una muy mediocre selección de canciones, curadas mal, a Fito se le veía distraído, se le escuchaba desentonado y ahora ya sé por qué: el día de la grabación, el man tenía una fiebre intermitente junto con una migraña de esas que aniquilan. Aun así, logra sacarlo adelante. Y aquí regreso a mi dolencia y vergüenza del primer párrafo: ¿quiénes somos para exigir y exprimir hasta la última gota a nuestros artistas?


Hay algo en la figura de Fito Páez que trasciende lo meramente musical. No es solo el pianista virtuoso de “Cadáver Exquisito”; es esa capacidad para convertir el caos emocional en melodías que nos hacen sentir menos solos, como si fuera una extensión directa de nuestras propias contradicciones.


A diferencia de otros de sus contemporáneos, Fito eligió la exposición brutal, una honestidad incómoda que lo llevó a desnudarse en público una y otra vez, ya sea cantándole a la “puta ciudad” que lo vio caer en el abismo más profundo o confesando sus demonios en entrevistas que a veces parecen sesiones de terapia. Quizás por eso, escucharlo hoy se siente menos como un acto de consumo cultural habitual y más como un reencuentro con esa versión de nosotros mismos que todavía cree, ingenuamente, que hay amor después del amor.


¿Vale la pena ver el documental? Para mí, es un total y rotundo SÍ, y no lo digo solamente desde mi cariño, admiración y fanatismo por Rodolfito. Disfrútenlo, llórenlo, cuestiónenlo y compárenlo con otros documentales musicales y satúrense de él como ya lo hice yo. Porque, al final, lo que logra Gueilburt es exactamente lo que Fito pidió: malicia, pero por supuesto, también mucha humanidad. Eso, en un género tan saturado de homenajes edulcorados, es un verdadero lujo. Nuestro rosarino consentido, termina casi dos horas de exposición con un “I’m baack!”, porque con sus contradicciones, múltiples heridas y resiliencias, ya nos lo había predicho en cierta canción del 2010: “[…] si algo aprendimos en el mundo es que el mejor momento aún no vino, está por llegar”. Así que, señoras y señores, habemus Fito para rato.




"Jay Kelly", imperfecta como la vida, pero con una sorprendente actuación de Adam Sandler



Cinetiketas | Jaime López


Aunque en apariencia "Jay Kelly" puede percibirse como una nueva comedia dramática acerca de los claroscuros que tiene la gente que trabaja en la industria fílmica estadounidense, en el fondo la propuesta en cuestión hace una reflexión sobre lo irrepetible de nuestras existencias, en donde no hay oportunidades para segundas tomas, mucho menos para editar nuestros errores.

Protagonizada por el ganador del premio Oscar, George Clooney, la historia sigue a un actor veterano que enfrenta una crisis personal tras el fallecimiento de uno de sus seres queridos y el inevitable paso a la edad adulta de su hija menor.

Dicha crisis lo hace tomar decisiones impulsivas como viajar a Europa para tratar de aprovechar el último verano con la joven antes de que ésta se vaya lejos de casa por la universidad.

"Jay Kelly" comienza con una secuencia en la que el estelar está finalizando la grabación de su más reciente película y en donde pide insistentemente una nueva toma al director de la obra.

Esa línea tendrá una resonancia más relevante en el último acto de la historia, sobre todo para las audiencias que buscan un significado más profundo en el arte.

Y es que el guion escrito por Emily Mortimer y Noah Baumbach logra reflejar oportunamente temas universales con los que muchos espectadores se sentirán identificados como el distanciamiento de personas que fueron importantes en nuestras vidas.

"Jay Kelly" tiene la virtud de combinar secuencias cómicas y dramáticas para versar sobre la soledad, las personas narcisistas y las heridas del pasado que afectan las relaciones humanas.

Si bien es cierto que el guion no es perfecto y tiene momentos que rozan el cliché, no hay mucho que criticar en este rubro debido a que la vida es así: imperfecta y repleta de convencionalismos.

Ahora bien, "Jay Kelly" también tiene una gran representación de las personas que son fieles a sus amigos y se sacrifican con la finalidad de hacerlos brillar.

Dicha representación se percibe en el rol de Adam Sandler, quien da vida a "Ron", el manager del protagonista, que se ha mantenido a su lado durante tres décadas.

El actor en cuestión exhibe una sencillez epidérmica y también muestra su capacidad de dar una pausa a los personajes tontos o infantiles que han caracterizado su trayectoria.

Asimismo, Sandler tiene en sus manos una de las escenas más inteligentes y divertidas del reciente año fílmico, en donde hace mofa sin caer en la comedia barata acerca del rompimiento entre un actor y su agente.

Probablemente, el "pero" más grande en "Jay Kelly" es que no hay un buen balance en el desarrollo de sus personajes femeninos y, por tanto, algunos de ellos se sienten desperdiciados.

Es el caso de Laura Dern, que en la historia interpreta a la publicista del estelar y el exinterés romántico de "Ron", pero a pesar de su fuerte personalidad, no tiene escenas inolvidables como sí la tienen sus contrapartes masculinas.

En contraste, Riley Keough y Grace Edwards destacan como las hijas de "Jay Kelly", las cuales tienen personalidades diametralmente opuestas y fungen como la brújula emocional del protagonista.

Al final, el filme estrenado en la plataforma Netflix es altamente recomendable para quienes buscan propuestas íntimas y versátiles. Eso sí, no es la mejor cinta de Baumbach, pues tiene algunos momentos artificiosos o forzados, que le restan ritmo y autenticidad a la propuesta.



Alberto Aguilera Valadez, las dimensiones de un artista llamado Juan Gabriel

Por Sergio Martínez


Debo, puedo y quiero (Netflix 2025) documental de José María Cuevas, nos muestra a Juan Gabriel en primera persona, a veces desde la mirada y voz de Alberto, otras desde la figura del artista que despliega voz, baile y su peculiar personalidad para cantarle a la vida.

Construido principalmente con videos caseros personales, llamadas telefónicas, entrevistas, presentaciones y material de diversos programas televisivos, el documental nos lleva de mano por la vida del Divo de Juárez, desde sus inicios en aquella ciudad fronteriza, la cúspide de su carrera en unos memorables conciertos en Bellas Artes que levantaron ámpula en la entonces comunidad culta de México hasta el multitudinario cortejo fúnebre también en Bellas Artes.

Alberto siempre supo que él y Juan Gabriel llegarían al éxito total con sus canciones, no se explicaría de otra forma que cámara de fotografía y de video en mano, capturaría toda su vida, abajo y arriba del escenario.

El talento de José María Cuevas es crear un ensayo visual donde el espectador descubrirá mientras el documental avanza, como Alberto construye a Juanga. Son las vicisitudes de su vida, el amor por su madre, su difícil infancia, el inicio de su fama, la crítica a su personalidad, sus estados emocionales entre otras cosas, el combustible de dónde vienen sus canciones, piezas musicales que han permeado en múltiples generaciones y algunas se han vuelto himnos que se entonan todos los días en cualquier casa, funeral, cantina, karaoke, o en intimidad para confesar algún dolor, o el gozo del amor.

Entre las varias perlas que nos muestra el documental de cuatro episodios, podemos ver su correspondencia personal, cartas, dibujos, y letras de canciones con borrones y rectificaciones de puño y letra; que nos muestran piezas claves de la vida de Juan Gabriel.

La magia de Alberto fue escribir canciones, que conectaron instantáneamente con el público y se volvieron parte de su memoria sentimental, eso nos cuenta el documental, la vida de un artista, las dimensiones humanas de Alberto Aguilera Valadez, que se amalgaman y se imbrican con Juan Gabriel y lo hacen uno de los artistas más queridos y cantados de México y Latinoamérica.




Juan Gabriel: Debo, puedo y quiero.
Dirección: María José Cuevas.
Guion: María José Cuevas, Manuel Alcalá, Eduardo Donjuán, Álvaro de la Lama.
Producción: Laura Woldenberg, Ivonne Gutiérrez.
Fotografía: Axel Pedraza.
Compañía productora: Mezcla.

Las Muertas: de la sátira feroz al drama televisivo impecable


Cinema Coyote | Alejandro Carrillo 


En 1977, Jorge Ibargüengoitia publicó Las Muertas, una novela que diseccionaba con ironía, humor negro y un filo narrativo irrepetible el escándalo real de “Las Poquianchis”: una red criminal ocultada bajo los mantos del moralismo provinciano. Casi cincuenta años después, Netflix adapta la obra al formato de serie, una apuesta que en principio parecía arriesgada: ¿cómo trasladar a la pantalla el tono corrosivo, la crítica social disfrazada de carcajada, la voz inimitable del autor guanajuatense? Contra todo pronóstico, Las Muertas (2025) consigue honrar el espíritu literario y, al mismo tiempo, trazar un lenguaje propio, potente, visualmente magnético y dramáticamente contundente.


Ibargüengoitia, un narrador imposible de copiar… pero sí de reinterpretar

Hablar de Las Muertas implica reconocer el genio de Ibargüengoitia para desnudar el absurdo mexicano. Su novela es, ante todo, un espejo deformante: muestra un país donde la corrupción tiene sotana, el poder huele a establo y las víctimas terminan convertidas en notas al pie. La mirada del autor no es piadosa, pero tampoco cruel; es, más bien, quirúrgica. Con un estilo seco, preciso y dolosamente divertido, Ibargüengoitia reconstruye el expediente judicial de las Poquianchis para evidenciar la hipocresía que normaliza lo monstruoso.

La serie parece consciente de que competir con ese tono sería suicida. En lugar de intentar imitar la prosa del escritor, apuesta por rescatar su esencia: el retrato de un México rural donde la miseria económica se mezcla con la miseria moral; la denuncia disfrazada de anecdótico; la violencia presentada sin morbo, pero tampoco sin anestesia.

De esa decisión nace la mayor virtud de la adaptación: comprender que Las Muertas no es solo una historia criminal, sino un comentario sociopolítico que sigue vigente.

El director Luis Estrada y el equipo creativo optaron por una estética cuidada al detalle: vestuarios opacos, atmósferas áridas y una paleta de colores que captura la sensación de encierro físico y emocional. No es la típica “serie de época” reluciente; aquí predomina la textura terrosa, las paredes descascaradas y la iluminación que evoca la precariedad de la vida marginal.

El diseño de producción logra algo crucial: hace visible el sistema que permitió a las hermanas González (las Poquianchis ficcionalizadas) operar durante décadas. Los burdeles disfrazados de “casas de huéspedes” están recreados con una sobriedad que incomoda; los despachos de funcionarios corruptos —desde policías municipales hasta políticos locales— transmiten la complicidad invisible que Ibargüengoitia denuncia con sorna. La fotografía, además, alterna planos cerrados que acentúan la claustrofobia de las víctimas con composiciones amplias que exponen la indiferencia del entorno. Ese contraste es quizá la forma más visualmente efectiva de trasladar la ironía del autor al lenguaje audiovisual.

Si la serie funciona con la fuerza que funciona, es porque el elenco la sostiene como un coro trágico. Joaquín Cosío, Alfonso Herrera y Mauricio Isaac que encarna magistralmente el personaje de "La Calavera", complementan el magnífico trabajo de Arcelia Ramírez y Paulina Gaitán, que le dan vida a las hermanas Baladro, ofreciendo protagónicos a la altura de la producción con lecturas y actuaciones matizadas y profundamente humanas, evitando caer en la caricatura que —por el carácter satírico de la novela— habría sido un riesgo tentador. En pantalla, Serafina y Arcángela no son monstruos estrafalarios, sino mujeres moldeadas por la ambición, el resentimiento y la impunidad que heredaron y reforzaron. Esa complejidad dota a la historia de un peso dramático que enriquece, sin contradecir, la visión literaria.

El reparto joven que encarna a las víctimas aporta la otra mitad del corazón narrativo: sus actuaciones transmiten vulnerabilidad sin caer en el sentimentalismo. La serie acierta en mostrar su humanidad sin romantizarlas ni convertirlas en símbolos abstractos; son personas atrapadas entre la pobreza y un sistema que nunca pretendió protegerlas. Ese equilibrio actoral permite que la historia sea dolorosa sin ser sensacionalista, respetuosa sin ser tibia.

Completan el cuadro varios secundarios memorables: policías que parecen burócratas de oficina, funcionarios que hablan en eufemismos, testigos que desfilan entre el miedo y la ignorancia. Aquí las actuaciones funcionan como engranes narrativos, articulando esa sociedad absurda que Ibargüengoitia tantas veces retrató.


Una de las adaptaciones mexicanas más sólidas de los últimos años

Lo más valioso de Las Muertas es cómo transforma la sátira literaria en una crítica televisiva contemporánea. Si la novela desmontaba los ridículos del México posrevolucionario, la serie señala continuidades incómodas: feminicidios normalizados, autoridades omisas, la facilidad con la que la violencia estructural se oculta bajo discursos vacíos.

La serie evita el panfleto. Todo está narrado desde la intimidad y la cotidianidad; no es un ensayo político sino un relato humano que expone las costuras del país a través de la vida (y la muerte) de mujeres invisibles. Esa mezcla de fidelidad histórica, sensibilidad contemporánea y rigor narrativo hace que Las Muertas no solo funcione como adaptación, sino como una obra con identidad propia, capaz de dialogar tanto con lectores de Ibargüengoitia como con audiencias jóvenes que quizá descubran aquí la fuerza del autor.

Las Muertas de Netflix es una serie que respira respeto por su origen literario, pero también valentía para reinventarse. Sus valores de producción, su dirección contenida pero incisiva, su guion bien articulado y, sobre todo, sus actuaciones, conforman una obra que honra la mordacidad de Ibargüengoitia sin sacrificar profundidad emocional.

El resultado es un híbrido afortunado: una pieza televisiva estética y narrativamente poderosa que recuerda por qué Las Muertas es una novela fundamental, y por qué sus ecos —dolorosos, irónicos, necesarios— siguen resonando en el México contemporáneo.


"Las guerreras K-pop", la gran sorpresa de Netflix y de la animación 2025

Cinetiketas | Jaime López


Hablar de "Las guerreras K-pop" significa hablar sobre el fenómeno más exitoso de las plataformas streaming en lo que va de este año, pues dicha propuesta tiene el récord de reproducciones en Netflix, con más de 300 millones de vistas.

El suceso en cuestión no es producto de la casualidad, sino de la habilidosa mancuerna de Maggie Kang y Chris Appelhans, directores del filme, quienes entregan una obra fresca y dinámica. 

Ello con base en un guion coescrito por ellos mismos, junto con Danya Jiménez y Hannah McMechan, quienes abordan temas universales con los que es fácil identificarse como la aceptación personal o la búsqueda de nuestra identidad. 

Además, "Las guerreras K-pop" logra combinar comedia, romance, fantasía, acción y música pegajosa a través de una estética vistosa, que no solamente honra los animes, sino que también hace una sátira de los dramas o de las novelas coreanas. 

La premisa se centra en un grupo femenino de K-pop, integrado por Rumi, Mira y Zoey, que, cuando no están en una presentación musical o en un concierto, se dedican a aniquilar demonios. 

Sin embargo, su principal enemigo ha dado luz verde a un plan inesperado, que las pondrá en jaque de distintas maneras, confrontándolas consigo mismas. 

Es ahí donde radica una de las principales virtudes de la película, pues la historia es un espejo de las dudas, miedos y altibajos que tienen las personas a lo largo de sus existencias. 

Asimismo, la trama se enfoca en un grupo de jóvenes que, en ocasiones, solamente desean ser felices comiendo uno de sus alimentos favoritos o tomando una siesta, pero por otros momentos, deben tomar decisiones sumamente complejas. 

Exhibida desde hace más de tres meses en Netflix, en donde se ha mantenido entre los tres primeros lugares de preferencia, "Las guerreras K-pop" también se destaca por la inclusión de personajes místicos en su narrativa, que hacen recordar las obras de Hayao Miyazaki. 

En cuanto a las canciones inéditas escritas para el filme, varias de ellas tienen un enorme potencial de ser nominadas en la edición 2026 del premio Oscar. 

Sin embargo, "Golden" es quizá la pieza o composición más destacable por su significado dentro de la historia, pues representa un apapacho para el alma y  también transmite una sensación de emancipación. 

Sumado a lo anterior, la canción ha hecho historia en Estados Unidos al liderar la lista Billboard, pese a que es interpretada por un grupo ficticio, algo que no había ocurrido desde hace varias décadas. 

Finalmente, "Las guerreras K-pop" puede ser disfrutada sin necesidad de ser un experto o aficionado a las bandas de K-pop, porque su trama no está dirigida a un segmento de mercado y, además, promueve la multiculturalidad, algo que se agradece infinitamente.


El secreto de sus ojos: pasión, justicia y futbol en un clásico argentino que nunca pasa de moda


Plano Secuencia | Nico Ledezma


En el vasto universo del cine argentino, pocas películas han logrado el estatus de culto y reconocimiento internacional como El secreto de sus ojos (2009). Dirigida por Juan José Campanella y protagonizada por el imponente Ricardo Darín, esta obra maestra se convirtió no sólo en un hito para la cinematografía nacional, sino en un fenómeno que traspasa fronteras y géneros. ¿Por qué sigue siendo tan relevante 15 años después? La respuesta tiene mucho que ver con su combinación perfecta entre thriller judicial, drama humano y, sobre todo, pasión en estado puro.


Más que un thriller: una historia que cala hondo

Basada en la novela La pregunta de sus ojos de Eduardo Sacheri, la película nos sumerge en la historia de Benjamín Espósito (Darín), un empleado judicial retirado que decide escribir una novela sobre un caso que marcó su vida: el brutal asesinato de una joven en Buenos Aires durante los años 70. A medida que se desgrana el caso, la película nos invita a explorar no sólo la búsqueda de justicia, sino también las emociones más profundas de sus personajes, sus amores, sus frustraciones y la implacable memoria de un país que lucha por recordar y reparar.

No es casualidad que El secreto de sus ojos haya ganado el Oscar a Mejor Película Extranjera en 2010. La mezcla de suspenso, política, historia y romance está construida con un guion inteligente, diálogos memorables y una dirección que sabe cuándo acelerar el pulso y cuándo dejar que el silencio hable por sí mismo.


La pasión como motor: el guiño futbolero que conecta generaciones

Uno de los momentos más emblemáticos y celebrados por la audiencia argentina (y por quienes entienden la cultura del país) es el diálogo sobre la pasión. En una conversación que parece casual pero es profundamente simbólica, los personajes discuten cómo la pasión —ese sentimiento que mueve masas en las tribunas y en las calles— es algo que no se explica, sino que se siente.

Este pasaje es oro puro para los amantes del futbol, pero también para cualquiera que haya sentido que algo en la vida lo mueve sin lógica aparente. En Argentina, el futbol no es sólo un deporte; es una religión, un fenómeno social y un espejo donde se refleja la identidad nacional. Y esa misma pasión desbordada está presente en la película, en sus personajes y en la forma en que enfrentan sus dilemas.

Este guiño futbolero no sólo sirve para conectar con el público local, sino que también universaliza el mensaje: la vida está llena de pasiones intensas, muchas veces irracionales, que definen quiénes somos y cómo enfrentamos la justicia, el amor y el destino.


Un elenco y una dirección que hacen magia

Ricardo Darín, uno de los actores más emblemáticos de Argentina, entrega una actuación sobria, intensa y conmovedora. A su lado, Soledad Villamil y Guillermo Francella aportan personajes que quedan grabados en la memoria, lejos de los estereotipos, con matices que humanizan incluso a los más conflictivos.

La dirección de Campanella es otro de los grandes aciertos. Su capacidad para equilibrar el ritmo, la tensión y el drama humano evita que la historia se convierta en un mero policial. En lugar de eso, construye un universo donde la política y la historia reciente de Argentina se entrelazan con las emociones más íntimas de los personajes.

La escena de la famosa toma en el estadio, donde la cámara sigue a Espósito corriendo por las gradas, es un claro ejemplo de cómo la técnica se pone al servicio de la emoción y la narrativa, convirtiéndose en un momento icónico que muchos recuerdan con admiración.


Vigencia y legado: por qué verla hoy

Si bien la película está ambientada en un contexto específico de la Argentina de los años 70 y 80, sus temas son universales y siguen resonando hoy. La búsqueda de justicia frente a la impunidad, la memoria como un acto necesario para no repetir errores, el amor que se mantiene a pesar del tiempo y la pasión que nos mueve son elementos que trascienden épocas y geografías.

Ahora que El secreto de sus ojos está disponible en Netflix, es una oportunidad perfecta para redescubrirla, para dejarse atrapar por su intensidad y para entender por qué se ha ganado un lugar sagrado en la historia del cine argentino.

No es sólo una película para amantes del cine de autor o del thriller; es una historia para quienes creen en la fuerza de la pasión, en la importancia de la memoria y en el poder de la justicia, incluso cuando parece inalcanzable.




"Emilia Pérez", una alucinante reflexión sobre la identidad de género



Cinetiketas | Jaime López



Para las y los analistas más exigentes, hacer una película sobre las desapariciones y crimen organizado en México, contada desde la visión de un cineasta francés, se vuelve una especie de apropiación y burla culturales.

Lo anterior es parte de las reacciones que ha generado "En busca de Emilia Pérez", la obra más reciente del realizador galo, Jacques Audiard, la cual inauguró el Festival Internacional de Cine de Morelia de este año, después de haber obtenido en Cannes los premios del Jurado y a Mejor Actriz.

Si bien es cierto que el filme en cuestión cae en un enfoque simple y reduccionista sobre la violencia en el territorio mexicano, también lo es que cuenta con distintas virtudes artísticas que justifican su buena acogida en distintos países.

Para empezar, se trata de un musical inesperado, que sigue la historia de un poderoso líder del narcotráfico, cuyo mayor sueño es retirarse para convertirse en mujer.

Esa línea argumental la distingue de otras cintas similares, pues la dota de una originalidad innegable y propicia un debate interesante sobre la identidad género.

Si a eso se le añade que la protagonista es Karla Sofía Gascón, primer mujer trans en ganar Cannes, el discurso de la obra, acerca de buscar una vida libre, se torna realmente auténtico.

Además, nadie puede negar que el trabajo de la actriz es profesional desde su primera secuencia en la pantalla grande, pues muestra un empoderamiento a flor de piel, pero también una vulnerabilidad conforme avanza la trama.

Su "Emilia Pérez" tiene que asumir las consecuencias de sus decisiones y, a la par, experimentar situaciones inéditas como volver a enamorarse, tratar de corregir sus errores o aprender a soltar el pasado.

Por otra parte, el resto del elenco demuestra su virtuosismo para cantar y actuar, en especial, Zoe Saldaña y Adriana Paz, quienes también se hicieron acreedoras al galardón de Mejor Actriz en Cannes 2024.

Ambas tienen bajo su cargo roles complejos e inolvidables, que transitan entre el dolor y la esperanza. La primera como una abogada que defiende a criminales de poca monta, pero que halla cierta paz al conocer a "Emilia Pérez". Y la segunda, cautivando con su dulce "Epifanía" a la audiencia y la crítica.

Eso sí, la incursión de Selena Gómez en el casting es lo más cuestionable de la película, pues su pronunciación del español es irritante y desentona con la ejecución de sus colegas.

En cuanto al aspecto técnico, la propuesta de Audiard goza de grandes coreografías y una brillante edición de sonido, misma que es reflejo del asombro del francés respecto a distintos peculiares sonidos de la cotidianidad mexicana.

Así, en la escena inicial, se vuelve una protagonista indiscutible la famosa grabación de "se compran colchones tambores, refrigeradores, estufas, lavadoras, microondas o algo de fierro viejo que vendan".

Igualmente, el diseño de arte y la fotografía son excepcionales, pues la Ciudad de México se recrea correctamente en un estudio de Europa.

En resumen, "Emilia Pérez" es un alucinante montaje audiovisual que reflexiona sobre la identidad autopercibida, cuyo punto negativo principal es usar maniqueamente la tragedia en algunas de sus secuencias.



"KeMonito: La última caída", la gran lucha del pequeño guerrero


Cinetiketas | Jaime López 


En la secuencia final del documental 'KeMonito: La última caída", dirigido por Teresa de Miguel, es inevitable experimentar un sentimiento de tristeza justo en donde comienza el desfile de créditos. 

Eso se debe a que, durante 23 minutos, la realizadora recientemente nominada al Ariel muestra sin miramientos la decadencia del petit personaje, quien durante cuatro décadas fue mascota oficial del Consejo Mundial de Lucha Libre.

El hombre detrás de KeMonito, Jesús Juárez Rosales, revela la explotación económica y física que ha padecido en parte de su trayectoria. No lo hace de forma evidente ni sensacionalista. 

A diferencia de la película de ficción de Darren Aronofsky, "El luchador", Teresa de Miguel nos adentra en el ocaso del protagonista sin necesidad de escenas viscerales, maniqueístas o explosivas. 

La manera en que la creativa visual y periodista relata su argumento es elegante y orgánica, algo que ayuda a sentir una empatía natural por el creador de KeMonito.

Con la cinefotografía de Moisés Anaya, la realizadora nos lleva a recorrer el cuerpo adolorido y venido a menos del famoso pugilista, que trata de salir de las adversidades a lado de su familia y con la ayuda de una vieja máquina de coser. 

Sin ser explícita en los problemas económicos que prolongan el retiro del estelar, la audiencia puede comprender la lucha constante de KeMonito para mantenerse a flote. 

Asimismo, se agradece que Teresa de Miguel decide no incluir en su historia la confrontación legal que actualmente tiene el atleta con el Consejo Mundial de Lucha Libre, esto a fin de enfocarse en su cotidianidad, esa que no está bajo ningún reflector. 

Éxito viral, pero desafortunado en sus trabajo y finanzas, KeMonito es el retrato honesto de un hombre sencillo que continúa forjando su leyenda, a pesar de la voracidad de una rapaz corporación.



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