Letrinas: Promesas

Alejandro Emmanuel León Cohetero. Estudió Relaciones Públicas y Comunicación, originario de la mixteca poblana.


Promesas

Alejandro Emmanuel León Cohetero


—...
—Sentí luces en mi cabeza.
—...
—Así como destellos en los ojos, como cuando estamos en educación física y miro al sol.
—...
—Sí, sí. Pequeños destellos que se prenden y se apagan caminando como hormigas rojas en mis ojos.
—...
— Aquí me duele, me zumba la cabeza. Siento decenas de abejas entrando y saliendo por mis orejas, ese aleteo sutil y delicado que escarba en mi cerebro.
—...
—Ya no quiero estar aquí, quiero ver a mi papá
—...
—¡Ya no quiero! ¡Papááá! ¡Ven rápidooo!
—...
— ¿Estás segura? ¿Me lo juras? ¡No mientas! Mi papá dice que no se debe jurar en vano.
—...
—¡Dónde está Karla!


Esa noche no pude dormir, lo sé bien porque al cerrar los ojos solo veía destellos que anoté en mi diario. No entendía qué pasaba, enfermeras iban y venían, el lugar olía a mucho cloro y a pinol chafa, de ese que no le gusta comprar a mi papá.

Logré ver a mi papá, tenía un semblante de preocupación, estaba triste. Lo había visto algunas veces así en los aniversarios luctuosos de mi mamá. Ella murió cuando yo nací, un intercambio. Vida por muerte. Nunca quería tocar el tema. Era un misterio, uno que fui descubriendo a pedazos cuando en una ocasión me quedé despierta hasta muy noche para esperar a los reyes magos, les había pedido la saga completa de Harry Potter. Solíamos pasar el año nuevo con la familia de mi mamá, así que ese cinco de enero por la noche me escondí debajo de las escaleras y me cubrí con sábanas para no ser detectada por nadie. Estaba ansiosa por mi regalo, mis amigos me decían que habían visto a Melchor, Gaspar y Baltazar; Karla, mi mejor amiga, me había jurado que los había visto, habían entrado a su casa con todo y sus animales. Yo no lograba concebir que semejantes bestias cupieran en una casa, era imposible. Yo dudaba de esas palabras, lo que más me importaba en ese momento era mi regalo. Mientras estaba oculta vi caminar a mi tío Pedro y a mi papá. Se sentaron en el sillón rojo a platicar sobre los gastos y las noticias del canal de las estrellas. Me estaba desesperando, ya habían pasado horas y mis pies ya estaban entumecidos, no me moví de ahí porque escuché la verdad de mi vida, de mi madre muerta. La plática de mi tío Pedro y de mi papá se extendió hasta hacerlos llorar, él narraba como el IMSS no la pudieron atender por falta de camas y de personal médico. Habían llegado un sábado por la mañana que recorrieron entre caminatas entre pasillos y mentadas de madre para llegar al fatídico domingo. El gobierno, la corrupción, el personal inepto y una hemorragia eran palabras con las que mi tío Pedro describió los sucesos que le arrebataron la vida a Emilia.


—...
—¿Ayer comí? No recuerdo
—...
—No papá, no sé cómo pasó. Lo último que recuerdo son los gritos de Karla. Creo que se me cayó algo encima.
—...
—Siento una cabeza gigante, como un globo enorme.
—...
—Nos iremos pronto de aquí, ya quiero ir a casa
—...
—Sí, me acuerdo de esa película de Adam Sandler. Es sobre una chica que tiene un accidente con unas piñas y no recuerda nada. Creo que se llama Como si fuera la primera vez. ¿Estuve muy cerca de quedar así?
—...
—¿Sabes algo de Karla?


No lloré cuando me enteré de la verdad que ocultaba mi papá, sé que era muy complicado explicarlo, el dolor no dejaba que su boca emitiera los sonidos del pasado. Sentí un nudo en la garganta que no se podía deshacer, quería llorar, pero no lo logré. Se lo conté a Karla a la hora del recreo. Ella me juró que no se lo contaría a nadie, confié en ella. Era mi única amiga, pasábamos las tardes haciendo la tarea y me enseñó cosas que nunca había experimentado. Como aquella ocasión en la que me invitó a comer tacos de moronga con su familia. Me daba asco el tener que probar eso, mi papá siempre me decía que la comida no se desperdiciaba, que eso era el respeto que se debía de tener para el animal sacrificado, era la manera de honrarlos, además de ser la comida favorita de mi amiga. Karla incluso me había defendido de las burlas de Abi. Karla siempre fue mi hermana mayor, la que nunca tuve y siempre quise. Prometí siempre ser su amiga y nunca defraudarla. Yo odiaba a Abi, por todo lo que nos hacía, cruzó la línea cuando empezó a burlarse de mi mamá, había inventado que ella era una prostituta que me había abandonado. ¿Acaso mi dolor no contaba? ¿acaso los niños de mi edad son unos estúpidos que no cuestionan nada y se dejan guiar por la niña popular? Ella incluso me había puesto de apodo la Pinocha. Karla no aguantó y se lanzó hacia ella dándole una cachetada, Abi respondió tomando una piedra y golpeándole en la cabeza, yo me metí a defenderla, jamás había participado en una pelea y tenía miedo, la tomé del cabello para que soltara a Karla y ella a su vez le dio un puñetazo en el ojo. Gritó y no parecía normal, ella había aullado. Pidió auxilio para quedar como inocente. ¡Maldita perra! Llegaron los maestros viendo la escena y por más que les explicamos que Abi tenía la culpa nunca nos creyeron, y nos suspendieron a ambas por una semana. Era una injusticia, la última que nos haría.


—...
—Me duele el vendaje, creo que la sangre se me pego al cabello
—...
—¿Cuándo va a volver mi papá? Ya llevo dos noches acá.
—...
—¡Ya sé, ya sé! Debo de seguir en observación, todavía siento un pequeño dolor
—...
—¿Me pueden dar otra cosa para comer?


Durante la semana de suspensión nos prohibieron reunirnos, pero eso no significo nada, nos llamábamos a todas horas, planeamos nuestra venganza. Solamente queríamos darle un escarmiento. Karla me había platicado del lugar donde vivía y de su gato Migajón. Yo no estaba muy convencida de secuestrar al gato. Las dudas se desvanecieron cuando Abi pegó letreros con mi cara diciendo que se buscaba a la mamá de la Pinocha. Uso el número de un prostíbulo y el número de mi papá como referencia de los informes. Era definitivo, esto era ya era una guerra. Así que lo hicimos, el último día que tuvimos suspensión secuestramos a su gato Migajón, lo encerramos en una caja. El maldito gato no dejaba de maullar, trató de arañarnos. Le cerramos la trompa con cinta metálica que había traído Karla. Yo me lleve al gato porque mi papá siempre llega tarde del trabajo y no causaría problemas, mientras Karla hacía un mensaje para negociar el secuestro. Llegué a casa pensando en lo que habíamos hecho, Migajón me parecía un ser muy lindo, todo lo contrario a su dueña. No merecía esto. Me arrepentí y quería devolverlo. Cuando intenté quitarle la cinta se erizó, sus pupilas se dilataron y vi la mirada de Abi, el odio que sentía hacía ella volvió de golpe, me mordió la mano. Sentí el dolor que quizá mi padre sufrió con la pérdida de mi mamá, el dolor de nunca hacer las cosas por mí, el dolor de siempre esperar a que alguien como Karla que me salvara y golpeé al gato. Me llena de odio, de vergüenza, de venganza. Lo azoté contra el piso, el gato maulló y le brotó sangre de su hocico, le había dislocado la mandíbula. No dejaba de maullar y eso se convertiría en un problema mayor. Fui a la caja de herramientas de mi papá y saqué un martillo. Lo golpeé en las patas, las fracturé porque vi cómo se desviaban, le tronó la cabeza desparramando todos sus sesos blancos, grises y rojos. Su último aliento y su mirada final me la dedicó, me miró con un odio salvaje, un rencor que yo había provocado por un ataque de irá. Por fin pude llorar, lloré como nunca lo había hecho. Lloré por matar a un inocente, lloré por aquel nombre que era desconocido, el de Emilia, mi madre que nunca estuvo, lloré por mi padre que nunca me explicó, lloré por mi tío Pedro que nunca me abandonó y lloré por mi amiga Karla. Mis manos temblaban, sentí un peso en mi espalda, como si algo se me hubiese subido, quizá solamente era el peso del remordimiento. Metí como pude los restos del gato en una caja de zapatos, limpié con cloro y jabón toda la masacre. Llamé inmediatamente a Karla y le conté todo, le dije que me ayudará a enterrarlo en el terreno baldío. Lo hicimos juntas, lloramos y nos abrazamos por la injusticia que habíamos hecho y por las que nos habían hecho.


—...
—¡Ya te dije papá! No me acuerdo de cómo fue, me duele todavía la cabeza. Todavía no me han dicho cómo está Karla, ¿le pasó algo?
—...
—¿Cuándo nos podemos ir de aquí?
—...
— ¡Como que nos expulsaron! Abi era la que merecía ser expulsada, no nosotras.
—...
—Necesito verla a Karla, necesito a mi tío Pedro, él nunca miente.
—...


Nos habíamos olvidado del mensaje del secuestro. Justo cuando habíamos terminado de enterrar al gato, llegó Abi preguntando por Migajón. No nos explicamos cómo había llegado allí. Ella prometió que nunca nos volvería a hacer nada si le entregábamos a su gato, nos dijo también que nos había buscado en nuestras casas y que no nos encontró. No pudimos decir nada, estábamos congeladas, nuestras manos temblaban y ella corrió a ver el montón de tierra y escarbo. Descubrió las patitas de Migajón y dio un gritó que hizo que los vecinos salieran de sus casas. Tratamos de correr pero ella me jalo del cabello y tomó una piedra y empezó a golpearme en la cabeza, empecé a experimentar las luces azules, como electricidad en mi cabeza, como yo lo había hecho con el Migajón. Vi correr a Karla, mi única amiga. ¿Me estaba abandonando? Escuche sus gritos, los gritos que no recuerdo, porque al momento de verla correr gritaba algo. Abi se abalanzó sobre mí, me golpeó. Los vecinos tardaron en reaccionar cuando ella me soltó, traté de correr y ella tomó la pala que minutos antes había servido para ocultar nuestra escena del crimen y la aventó golpeándome la cabeza. No hay memoria desde ese momento, solo una pantalla blanca.


—...
—¿Tuviste miedo? ¿Por qué me abandonaste?
—...
—¿Ya no quieres ser mi amiga?
—...
—Lo siento, pero ella se lo merecía.
—...
—Gracias por llamar a mi papá, él me contó lo que le dijiste. Me van a cambiar de escuela, ya no nos veremos.
—...


Y lo siguiente que dijo me hizo mostrar una silueta sonriente, era la justicia que había deseado tanto, una que no se tiñe de rojo, sino de azul como el cielo, el de la libertad y pasa a blanco como la pureza. Cerré los ojos y no volví a recordar más cosas. Desde ese momento vuelvo a releer mi diario para poder reconstruir los sucesos para poder cumplir mi promesa.

—...
—…




Alejandro Emmanuel León CoheteroEstudió Relaciones Públicas y Comunicación, originario de la mixteca poblana. Sus pasiones son la literatura, la escritura y los productos audiovisuales. Ha trabajado en distintos lugares desde restaurantes de comida rápida, como community manager y en la gestión de audiencias en el medio independiente Lado B. Actualmente es librero y colabora en el programa cultural Cuéntame una Historia Puebla que se transmite en redes sociales. Es organizador de círculos de lectura en la ciudad y amante de los gatos.

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