Mostrando las entradas con la etiqueta Cuentos. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Cuentos. Mostrar todas las entradas

Letrinas: Los ciegos


LOS CIEGOS

Samanta Galán Villa

 

Todavía me faltaba aprenderme la tabla del ocho cuando nos enteramos que Lupita iba a quedarse ciega por un glaucoma congénito. Esas palabras me gustan mucho y cuando digo ggggglaucoma congggggénito arrastrando la g los adultos se me quedan viendo con las cejas levantadas y dicen continúa, niño. Prosigue y yo prosigo diciendo que eso del gggglaaaucoma conggggénito es algo más difícil que aprenderse que ocho por cinco dan treinta y cinco.

Lupita es buena gente. Nunca se metía con nadie y no se enojaba cuando jugábamos al fut frente a su casa porque es la última de la cerrada de José Vasconcelos. Tres veces le rompimos el cristal de la puerta. No, fueron cuatro. Tres por balón de fut y una con la pelota de beis que a veces saca Pato. Lupita nunca nos dijo nada, es más, hasta nos invitaba un chocolate caliente y decía que tuviéramos más cuidado niños.

Creo que ella vive triste porque no tiene ni papá ni mamá. Siempre andaba sola y encerrada en su casa arrrrrreglando los vestidos de las señoras o las caamissssas de los señores que trabajan en oficinas de blanco y corbata azul. Dios mío, qué voy a hacer ahora que me quede ciega, la oíamos decir cuando pegábamos la oreja a la puerta mientras echábamos reta. Qué voy a hacer. Sólo me queda arrimarme al callejón apestoso de los ciegos.

Pienso que a Lupita le agarró la desesperación. En la escuela vimos el dibujo de un ciego que traía un perro Pastor Alemán. Dicen que guau guau los perros guau guau pueden ayudarle a la gente a ver guau guau. Bueno, no a ver, pero los van guiando para que no se tropiecen en las banquetas y si van a chocar con una persona les muerden el culo guau guau guau. A mí me gustaría tener un perro Pastor Alemán aunque no esté ciego, pero no me dejan.

La pobre Lupita no se compró el perro, pero sí la veíamos salir todos los días al callejón de los ciegos, sobándose las manos y limpiándose las lágrimas. ¿La seguimos? ¿Sí? ¿Para qué? Pues es que mírenla, parece un fantasma que no se ha muerto pero está para pronto. ¿No les da curiosidad? Sí, vamos pues, de todas formas siempre empatamos porque somos muy buenos para el fut. Nos quedábamos atrás del bocho run run run descompuesto run run que queda justo frente a la Iglesia de San Francisco. Las escaleras del templo tenían a uno dos tres cuatro ciegos. Todos sucios.

Los domingos, cuando hay que ir al templo a la de a fuerzas, tenemos que pasar a un lado de los pordioseros. Huelen hoooorrrrrriibleeee. Hasta se les paran las moscas en el pelo y en las manos. Mi mamá los mira con odio y luego mira a mi papá para decirle esta gente es una mafia, no les des el vuelto. Se quedan en comuna en el callejón para ponerse de acuerdo y repartirse las iglesias. Dime tú, Federico, si eso no es mafia. Claro que sí, aquí y en China eso es negocio.

Aquí y en China debe ser negocio estar ciego o eso entendí. Lo que sí sabíamos era que Lupita se juntaba cada vez más con los ciegos. Poquito a poco se acercaba para darles una moneda buenas tardes ¿cómo estuvo hoy? ¿Ya sacan para comprarse un pan? Tengan, miren, aquí les dejo unos taquitos de frijoles que me sobraron en la mañana. No me den las gracias a mí, sino a Dios que a todos nos socorre.

¿Qué crees que quiera lograr haciendo eso, Pato? Y Pato pues no lo sé. Ya sabemos que se va a quedar ciega pero no se sabe cuándo. A lo mejor un día despierta sin ver nada. Quién le va a ayudar con las costuras nadie. Quién se va a preocupar por ella nadie. Entonces los ciegos del callejón van a ser sus únicos amigos. Ustedes me abandonarían si yo me quedara ciego, estoy seguro que sí, bola de culeros. Mejor vámonos a jugar al fut porque se nos va la luz.

Los demás se reían de las palabras de Pato y lo seguían de vuelta a la cerrada de Vasconcelos. Pero a mí me daba no sé qué. Es que los demás no ponen tanta atención como yo. Clarito podía verle las lágrimas a Lupita cuando miraba a los ciegos y no sé de dónde le salía el valor para mirarlos tanto.

A mí me dan miedo. Antes de lo de Lupita eran dos hombres y dos mujeres. El más viejo es un señor de cabello blanco. Los ojos también los tiene blancos. Tan blancos blancos que yo creo que nació sin las bolitas negras que todos tenemos en medio y que es lo que nos ayuda a ver o como dice Pato, las ventanas del alma. Se pega mucho a una de las señoras y se soba el pantalón cuando la tiene cerca. ¿Ya vieron lo que hace ese viejo? Y los demás no ¿qué? Y yo pues se pega mucho a la señora. Pues ha de ser su esposa tú qué sabes. Pues sí verdad. Pus sí.

Otro de los señores tenía los ojos cerrados siempre y quién sabe si tenía ojos. A este lo veía más joven porque su pelo es negro y no está tan arrugado. Él se ponía en medio de las otras dos mujeres, pero nunca lo vi sobarse. Pato dice que a ese señor su papá le sacó los ojos con una cuchara cuando también andaba en tercero de primaria. ¿Y por qué un papá le va a sacar los ojos a su hijo? Y Pato pues porque se porta mal, porque no va al mandado cuando le dicen o porque se gasta el dinero del refresco en las maquinitas. Ustedes escojan. Yo escojo mejor llevar el mandado al tiro para no terminar pidiendo limosna en las escaleras del templo de San Francisco.

Una tarde cuando llegamos a la cerrada de Vasconcelos para definir de una vez por todas qué equipo era mejor, cuando encontramos a Lupita sentada en la banqueta, remendando un saco con flores negras. Ya van a jugar muchachos, sí Lupita y tú qué haces aquí sentada. Pues es que ya casi no veo la luz adentro y me tuve que salir para terminar de remendar este vestido. Pero mira Lupita que no es vestido, es un saco Lupita, ¿ya no ves? Y Lupita en silencio. Luego Pato oye ¿y a nosotros nos puedes ver? Y Lupita ya no les distingo la cara, pero veo sus siluetas y por eso puedo adivinar quién es quién. A demás está la luz. Sobre sus cuerpos cae una sábana que parece hecha de luz. Nosotros nos comenzábamos a reír y corríamos de un lado a otro para confundirla. Nos cambiamos de lugar y decíamos a ver Lupita ahora dónde estoy yo y yo y yo adivina dónde. Y ella, a pesar de los pesares, lo adivinaba al tiro.

Luego de esa tarde ya no vimos a Lupita en un mes y eso que íbamos diario a tratar de quitar ya el desempate, aun cuando hacía frío ¿ahorita que llegues a tu casa te vas a meter a bañar, Pato? No porque el agua está helada brr brrrrr.

Apareció una tarde en la que mi mamá me mandó a comprar el pan al carro del panadero con el pan el panadero con el pan tempranito va y lo saca calientito en su canasta pa salir con su clientela por las calles principales y también la ciudadela y después a los portales y el que no sale se queda sin el pan para comer. Lupita traía un bastón en la mano y lloraba. Con el palo iba pegándole a la pared y a los perros guau guau que se le atravesaban en el camino.

Yo que soy muy observador y me fijo en lo detalles como me ha dicho mi mamá, noté que Lupita casi no se tropezaba con nada. Ya se había aprendido el camino de memoria de tanto ir con los ciegos. Era la hora de merendar y mi mamá me estaba esperando en la casa para servir la leche y sopear las conchas, pero es que siempre fui muy curioso y si veía a los demás en la escuela les tenía que darles bien el chisme.

Lupe llegó con el ciego viejo sobón y le dijo algo que no escuché, pero el viejo le agarró la mano para levantarse y así se fueron de la mano. También el de los pelos negros al que le sacaron los ojos con la cuchara. Uno dos tres cuatro cinco ciegos caminando al callejón.

Dicen que ahí se aparece el diablo, pero si les iba a dar el chisme a los otros iba a ser completo o nada. Me escondí run run atrás del bocho descompuesto run run run. Cuando entraron al callejón crucé la calle pi pi pi piiiiiiiiiiii fíjate chamaco pendejo, cállese usté atrabancado. Estuve en el filo de la pared, echando un ojo. Pendejo como dijo el del carro rojo, pues si ellos no ven, daaaaah.

Me quedé detrás de la pared de todos modos porque sí. Porque es la costumbre de un detective. El viejo de los ojos blancos tenía las manos en las tetas de Lupita y se acercaba para lamerle el cuello con su lengua de víbora de cascabel. El otro de los pelos negros le metía la mano en medio de las piernas y las dos mujeres pegadas atrás de cada uno. Ah ah ah decían. Ah ah ah aaaah. Sólo Lupita no decía ah. Ella tenía la boca apretada y los ojos también. Pero se dejaba hacer todo lo que querían los ciegos, que se le tiraban encima en medio de las cajas de cartón en las que se dormían.

No me quedé a ver todo porque se hacía de noche y yo con el pan en la mano. Ay, mijito si te digo que quiero el pan para ahorita es para ahorita, cabezón. Como si no jugaras con tus amigos todas las tardes y yo sí mamá ya sé perdóname es que me distraje platicando y es que ya pensamos hacer un solo equipo y meternos a un torneo oficial para tener uniformes, tacos y también ganar el campeonato.

Al día siguiente les dije todo a los demás y ellos con la boca abierta no me creían. ¿En serio todo eso viste? En serio. ¿Y ella no se defendió? Ni poquito. ¿Le pegaron? Sí, nalgadas y jalones de greña. ¿Y hubo sangre? No vi porque ya estaba oscuro. ¿Y tuviste miedo? Sí porque la oscuridad me da miedo y yo pienso que a Lupita también.

Todos terminaron creyendo porque luego de ese día, Lupita también está en las escaleras de San Francisco. El viejo sobón siempre está a un lado de ella. Estira la mano y dice que Dios le multiplique esta moneda, gracias por esta caridad.

Ya no se parece a la Lupita que nos invitaba chocolate. Se volvió una de ellos, una ciega más del callejón.

Al menos se acompañan, dice mi papá. Pero mira que involucrarse con esos miserables, dice mi mamá. Eso sí, de hambre no se mueren porque ser ciego de iglesia es negocio aquí y en China.


Samanta Galán Villa (Moroleón, Guanajuato,1991) textos suyos se publicaron en medios como la Revista Pez Banana, Revista Estrépito, Sputnik, Neotraba, Monolito, Low-fi ardentía y en el periódico oaxaqueño El Imparcial. Actualmente, lleva un diplomado en Literaria, Centro Mexicano de Escritores y forma parte del taller de novela corta del escritor Eugenio Partida.

Letrinas: Aguamiel



Aguamiel

Conrado Parraguirre

 

Los domingos vengo al mercado porque siempre hay actividad. La gente suele llegar para comprar parte de su despensa. Algunos también aprovechan para comer carnitas, barbacoa, pescado frito, o quesadillas. Incluso hay personas que sólo vienen a curársela con micheladas o pulque. Y es por esta última razón que me encuentro aquí.

A doña Renata únicamente le basta con sonreírme para que yo caiga ante su expresión y el pulque que vende. Me ofrece una prueba e irremediablemente le termino comprando dos o tres litros de esta refrescante bebida. El pulque y el calor se llevan de maravilla.

El cielo es claro y limpio, y desearía que mis recuerdos estuviesen igual. El motivo que me ha hecho venir a sentarme sobre una cubeta, bajo la lona de los pulques, es porque he despertado nuevamente con una terrible laguna mental.

La noche anterior me encontraba en una fiesta. Pero de haber sabido que ella estaría ahí, probablemente me hubiera reservado un poco de beber. Me engaño, porque de haber sabido que ella iría, quizás no me habría aparecido. Desconocía que era parte de los amigos en común de mis conocidos.

El viento sopla suavemente y yo trato de recordar si no habré hecho algo de lo que pueda arrepentirme. Lo último que conservo de memoria, fue que ella llegó con una botella de mezcal y a la mitad del segundo caballito, quedé inconsciente y funcionando en piloto automático. Al despertar, me encontré en el suelo sobre un tapete y sin mis lentes. Por alguna razón suelo extraviarlos o romperlos. Entré al baño, y al mirarme en el espejo, descubrí que tenía una playera bajo la camisa, que no llevaba la noche anterior. Se veía bastante bien y como no supe de qué manera la obtuve, continué con la búsqueda de mis lentes. No los encontré en ningún lugar de aquel segundo piso del departamento, y decidí marcharme. Al salir, más por instinto que por certeza, los busqué en el jardín de la planta baja. Ahí estaban y mi alma se sintió un poco mejor. Con seguridad los arrojé por la ventana para no ver. ¿No ver qué? Quizás no ver nada de lo que sucedió.

Bebo mi pulque y observo a la gente. Aquí no hay Wi-Fi gratis y las personas sin saldo tienen que recurrir a la primitiva costumbre de encarar al otro y charlar. Me parece bien, porque en los lugares donde el servicio de conexión a internet está disponible abiertamente, la gente únicamente se entretiene clavando los ojos en una diminuta pantalla.

Un mensaje con una foto de la noche anterior me llega. Y ahí estoy con ella. Aparentemente la estoy abrazando, porque puedo ver mi mano sobre su hombro. Carajo. Por eso no me gusta beber con gente que tiene celulares inteligentes, uno puede terminar ridiculizado y con un registro de sus incompetentes acciones.

Vuelvo a guardar el aparato en la bolsa de mi pantalón, y doña Renata me sonríe. Le pido otra jícara más. Un perro pasa por ahí, y a manera de broma le pregunto, si también a estos animales les gusta el pulque. Entonces me cuenta que una vez cuando eran pequeños, su hermano le dio a un perro, le puso la boca de una botella en el hocico, y lo zarandeó para que el animal se pasará el líquido, al final el perro se fue tambaleando. Ambos reímos. Me gusta verla sonreír, su sonrisa es igual de amable que su pulque.

Quizás mis conocidos tengan razón y yo no deba andar buscando mujeres de mi edad para salir; es posible que las señoras sean mi mercado. Una ocasión, la señora de la tienda por donde vivo, me obsequió unas tortillas. Yo había llegado temprano y el repartidor aún no aparecía. Me dijo; “tengo unas pocas tortillas de ayer, están un poco maltratadas, pero están limpias”. Las acepté y le pregunté cuánto era. Me respondió que no era nada, que no me preocupará, que al menos con eso podía echarme un taquito.

Otra señora, propietaria de un puesto de tacos de canasta, siempre me daba un taco extra, y me decía como pretexto, que me lo regalaba porque la tortilla estaba un poco rota. Bueno, a lo mejor las señoras no son mi mercado, y simplemente se quieren deshacer de sus tortillas rotas o maltratadas.

Veo que doña Renata tiene otras botellas de plástico con un contenido de color distinto al del pulque. Me dice que es aguamiel. Y le pregunto cuál es la diferencia. El agua miel es de ese mismo día, es dulce y aún no ha fermentado; el pulque, por el contrario, ya fermentó. “Ah”, respondo con el asombro del imbécil que no sabe lo que toma. Aunque estoy seguro que esta bebida se obtiene del maguey; como el mezcal.

Y de nuevo trato de recordar la noche anterior. El mezcal y ella, pueden lograr que un hombre pierda la razón. ¿Cómo es posible que tanta maldad quepa en tan pequeño y bien formado cuerpo? Maldita cruda.

Mientras estoy absorto en mis pensamientos, con la mirada perdida y el rostro desencajado, una de las hijas de doña Renata se acerca para ofrecerme chapulines tostados. Le doy las gracias y pregunto por el precio.

Me dan una pequeña bolsa con estos insectos, les agrego limón y un poco de salsa. Ojalá la vida fuera tan sencilla como ser un chapulín tostado a fuego lento por el calor del amor. Yo no debería estar pensando ello. Se supone que la gente se supera, que olvidas las cosas y continúas adelante. Claro, eso es. Seguir adelante.

Doña Renata me sonríe de nuevo.

Letrinas: Brotes

Brotes

Por Salma Caristo

Estaba empezando a oscurecer y los exploradores seguían navegando por el río que poco antes fue nombrado Amazonas, llevaban haciéndolo desde muy temprano. Quizá porque era su primera expedición o porque tenían prisa en descubrir algo, sólo paraban la balsa para alimentarse, verter un poco del agua cristalina en sus cuencos y beberla para continuar remando.

No se les notaba ni un poco de cansancio; remaban con una cadencia lenta pero incesante. Se desviaron por uno de los canales del río. A medida que avanzaban, también se agrandaba el terreno verdoso; su camino poco a poco fue llenándose de un abundante follaje hasta que se transformó en un gran arco de plantas y flores. Para entonces se comenzaban a vislumbrar destellos azules en todas direcciones. En el agua se reflejaban sus rostros; uno tras otro eran alumbrados por esa bioluminiscencia. Sus ojos también empezaron a brillar, reflejaron los matices turquesa que iban iluminando su trayecto. Se miraban unos a otros como para asegurarse de estar en la realidad y reían, primero de forma sutil, luego a carcajadas.

Los exploradores se mostraban fascinados con el paisaje tan radiante en el que se estaban adentrando. Imantados por ello, siguieron remando. Avanzaban cada vez más rápido y sus esfuerzos se convertían en sonidos. Bramidos de sus cuerpos retumbaban en esa especie de cueva frondosa que se iba tejiendo con la vegetación y seguía creciendo, al mismo tiempo que el canal iba disminuyendo su tamaño hasta ser tan estrecho como la anchura de la balsa. Se detuvieron. Un pequeño silencio dio paso al siseo de la selva, que se fusionó con sus agitados jadeos.

Minutos después descendieron de la balsa y caminaron con calma para apaciguar el ritmo de su respiración; observaban hacia todas partes y se encontraban con la flora que proyectaba un turquesa intenso. Sus ojos ahora se veían más brillantes que nunca, resplandecientes como la superficie de ese lugar. Les llamó la atención la densidad de las hojas que estaban en el suelo. Se agacharon para tocarlas y hallaron una textura muy suave, similar al terciopelo. Atraídos por eso, uno a uno fueron abriéndose espacio para recostarse en ese lugar; suspiraban, y sus miradas comunicaban gestos cómplices de estar haciendo lo correcto.

Relajados, los exploradores cerraron los ojos. Inhalaban guiados por las estridulaciones de la selva y exhalaban como expulsando el cansancio acumulado a lo largo del día. Sonreían. De pronto percibieron unos brazos afelpados que brotaron del piso; se dirigían a sus pechos, rodeándolos, se sentían bien. En sus ensoñaciones tal vez pensaron que era algún ser querido brindándoles afecto, porque se encogieron hacia el centro de sus cuerpos; unos incluso devolvieron ese apacible movimiento que parecía un abrazo, apretándose con fuerza; otros ni siquiera se percataron de lo que pasaba, pues empezaron a quedarse dormidos.

Los brazos avanzaban sigilosamente, uno hacia sus cuellos y el otro hacia sus muslos; iban delineando y acariciando cada parte con paciencia. La expresión genuina de los rostros no cambiaba, tampoco lo hacía el pausado movimiento de los diafragmas. Estas ramificaciones siguieron los contornos de los cuerpos, enrollándose en cada parte, dejando su rastro luminoso. Los músculos seguían flojos, la frecuencia cardiaca se iba haciendo cada vez más lenta, un estado de estupor que abría paso a un sueño profundo.

Las ramas no dejaban de moverse. Sus hojas con sus flores se encontraban y se entrelazaban formando ramos majestuosos, habitando cada centímetro, cada orificio, cada órgano y cada fluido, hasta que todo quedó arropado con los deslumbrantes matices turquesas que emanaban de la planta trepadora, que envolvió estos cuerpos, que los tendrá por la eternidad, que los hará sentirse protegidos para siempre.


Salma Caristo. Psicóloga egresada de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMéx), realizó una movilidad estudiantil en la Universidad de La Frontera (UFRO), en Chile. Es artista plástica y escritora, integrante de Talentos Universitarios UAEMéx, del Colectivo artístico Ameyalli, la Colectiva Mujeres en el Arte y el Taller de narrativa de Grafógrafxs UAEMéx. Participó en la Estancia literaria “Material de los sueños” en las Islas Marías. Textos suyos han sido publicados revista Grafógrafxs, Penumbria, Red Universitaria de Mujeres Escritoras y Especulativas MX. Además imparte cursos, talleres y charlas sobre la salud mental relacionada con las artes.

Letrinas: El hombre de gris



El hombre de gris

Por José Rodolfo Espinosa

 

“Ningún hombre puede bañarse dos veces en el mismo río”. Esta frase tiene un error de traducción, lo que Heráclito dijo fue: “En los mismos ríos entramos y no entramos, somos y no somos”. ¿Qué quiere decir todo esto? Se estará preguntando el lector. Pues bien, el filósofo griego hablaba de las alteraciones que hay en el tiempo, que es como el río, que fluye y cambia. ¿O por qué se pensaría usted que existen tantos efectos Mandela? Que, por cierto, según mi informante en el siglo XXXI, ellos le llaman el efecto septiembre, ya que fue el primer cambio registrado en la línea del tiempo.

Septiembre tenía treinta y un días. El que ahora tú lo recuerdes con treinta se debe a un ataque de piratería en el tiempo, una venganza personal de cierta mujer en la que intentando borrar a su expareja de la existencia optó por eliminar el día de su nacimiento. Lo gracioso es que su expareja nació de todas formas, el primero de octubre.

Mi informante a quien llamaremos a partir de aquí “Cronos” (mis disculpas si les resulta un poco cursi, me pareció un mote ad hoc) menciona que mientras más se acerca un cambio a la línea del tiempo a el día prime (que es la fecha en que se realizó el primer viaje; 12 de diciembre de 3033) más fácil es de detectar, gracias al efecto nube, que ocurre por la globalización. Esto es porque como los seres humanos hemos globalizado el mundo desde finales del siglo XX, el conocimiento se guarda en una especie de inteligencia colectiva que comparten todos los miembros de una misma especie.

 —Aún no entendemos cómo funciona, pero los pioneros en el campo son los científicos a cargo del experimento del centésimo mono, puedes buscar sobre ello en el internet de tu época. ¿Cuántos casos de efectos septiembre pueden recordar hasta ahora? —me preguntó Cronos.

Creo que lo correcto sería contar cómo fue que le conocí. Verá usted apreciable lector (y le agradezco por continuar hasta este punto), esto ocurrió hace ocho años, en aquel entonces trabajaba como oficial de tránsito en Shenzen, China. Esa noche detuve la patrulla porque se me había ocurrido una idea para continuar mi novela policiaca. La verdad sea dicha, pocas veces le llega a uno la inspiración frente al ordenador, escribimos mientras hacemos las cosas cotidianas, es cuando nos llega la luz y uno debe atraparla, como si de una luciérnaga se tratase, para luego vaciar la idea en la hoja en blanco. Lo que hacemos sentados es más parecido a transcribir, que a escribir per se. Como le decía, orillé mi vehículo a mitad de la cuadra, bajo un poste de luz. Escuché el ruido característico de un carrito de baozis rellenos; un sonido agudo de corneta, similar al de los eloteros en mi natal México, incluso tiene la misma estructura de un triciclo que facilita el transporte. Eran tres treinta y cuatro de la madrugada, es normal ver a transitar a los vendedores desde muy temprano ya que algunos comienzan su venta desde las cinco. El ruido me hizo levantar la cabeza para verlo, apenas lo distinguí, puesto que no traía luces, iba cruzando la avenida cuando vi el camión. Es más fácil para mí narrarlo en retrospectiva, porque puedo ralentizar los hechos, lo que vi ocurrió en un instante y si hubiese parpadeado me lo habría perdido.

Por la velocidad a la que iba el camión, estaba seguro que se llevaría al triciclo; el vendedor ambulante moriría sin lugar a dudas. Entonces lo vi, parecía que salían rayos de los pies al correr. Mi primer pensamiento fue Flash (el súper héroe); el sujeto movió al hombre con todo y carrito y lo llevó a una orilla de la calle, luego le preguntó algo (después me revelaría que la pregunta fue acerca de su estado de salud y si se sentía bien). El chofer del camión frenó en seco y se bajó para ver lo ocurrido. El sujeto que salvó al vendedor ambulante se alejó caminando, como intentando no llamar más la atención, pero yo le seguí.

Cuando percibió mi presencia, lejos de escapar, se acercó a mi patrulla. Con las luces del auto pude distinguir el color de su ropa, vestía un traje gris, todo, pantalón, saco, camisa y corbata, incluso el calzado, que eran unos tenis color plata.

—¿Me puedes llevar?

—¿Cómo hiciste…?

—Te lo contaré si me llevas, necesito ir a Shatou, a la calle Shangsha.

—¿Qué hay ahí?

—Te cuento en el camino.

Mi yo oficial de tránsito no lo habría subido, pero era mi lado de escritor quien estaba al mando de mi mente en ese momento. Y un escritor siempre desea una buena historia.

Lo primero que me dijo fue que no podía revelar su nombre, luego me soltó que era viajero del tiempo. Lo dijo con tal seriedad y seguridad que me fue imposible reír, aun así, no lo creí.

—¿No me crees? No te culpo. Detén el auto.

—¿Por qué?

—Necesito que anotes algo.

Obedecí. Fuese un truco o no, me resultaba de lo más interesante.

—Este mes arrestarán y condenarán a 15 años de prisión a Wang Lijun —mientras hablaba movía los ojos, como si estuviese leyendo algo —¿te gusta el fútbol?

—Eh… sí.

—Los siguientes campeones del mundo serán: Alemania en 2014 y Francia en 2018.

—¿Me estás dando datos del futuro?

—¿Estás escribiendo? —preguntó esto último con un tono de molestia. En ese momento pensé echarlo del auto, sin embargo, escribí —En 2013 Xi Jinping asumirá la presidencia de China y la mantendrá hasta el 15 de agosto de 2020, cuando escribas sobre tu encuentro conmigo. Ese mismo año, el mundo sufrirá una pandemia, que comenzará en Wuhan y que pondrá al noventa y ocho por ciento de los países en cuarentena.

—¿Cómo estás tan seguro que escribiré sobre ti? La ciencia ficción no es mi género.

—Lo harás, cuando se cumpla todo lo que he dicho lo harás.

Sacó un reloj de bolsillo y revisó la hora en él.

—Arranca o llegaré tarde.

Mientras conducía le hice toda clase de preguntas. Me reveló que trabajaba para la policía del tiempo, que se hacían llamar los hombres de gris (en referencia los villanos de la novela Momo de Michael Ende).

—Nosotros nos encargamos de mantener el orden cronológico. Detectamos aberraciones de tiempo y les ponemos fin.

—¿Aberraciones de tiempo?

—En mi época es normal el turismo en el tiempo. Pero existen ciertas reglas que deben seguirse. Nosotros no interferimos a menos que alguien viole esas reglas. La piratería, por ejemplo, es anterior a la invención de la escritura y persiste en nuestro tiempo.

—¿Qué hacen con aquellos que rompen las reglas?

—Dejan de existir.

Me mostró un aparato que parecía la mezcla de un control de aire acondicionado del 2012 y una pistola. Era blanco y tenía una pantalla y un gatillo, Cronos lo llamó “Desvanecedor”.

—Necesito estar por lo menos a veinte metros para usarlo. Pero creo que tendremos que entrar. Acompáñame, será más fácil si vienes conmigo.

Después de mucha reflexión he concluido que dijo eso debido a que portaba uniforme en ese momento.

Entramos a un edificio con decenas de habitaciones.

—¿A cuál iremos?

—A la número 42 —dijo presionando el botón del elevador. Se escuchó un ruido y las puertas se abrieron. Subimos.

—¿Es un criminal peligroso?

—Sí y no. Es peligroso para la línea del tiempo, pero probablemente sea inofensivo para nosotros. Este tipo de delincuentes aplican la McFly.

—¿Cómo en Volver al futuro?

—Sí, viajan con almanaques deportivos o de números ganadores de lotería; esto está terminantemente prohibido, pero todos creen que pueden burlar la ley y quedarse en el pasado a vivir la gran vida.

Al llegar al apartamento, Cronos sacó una plastilina y la moldeó hasta darle forma de llave que introdujo en la cerradura. Luego abrió. Dentro del apartamento había un enorme televisor, un jacuzzi y una torre de dinero sobre la mesa.  En el sofá descubrimos la revista. Campeones de la Champions League en la primera mitad del siglo XX. Cronos la tomó y guardó en su bolsillo.

—¡Arriba las manos! —era un hombre delgado, de espeso bigote castaño y anteojos de pasta. Traía una escopeta en la mano.

—Por fin —dijo mi compañero y sacó el Desvanecedor; ambos dispararon al mismo tiempo. Sólo que el arma de Cronos no hizo ruido y la bala que debía matarlo se difuminó, como cuando soplas sobre un puñito de tierra. El criminal lanzó el peor grito que escuché en mi vida y despareció igual que la bala.

—¿Qué sucede?

—¡Vámonos! —apuró Cronos. Y mientras salíamos el televisor, el jacuzzi, el sofá y el dinero desaparecían también.

He soñado con ese hombre y todo lo que ha dicho Cronos se cumplió.

Esa noche me dijo una última cosa, sobre el criminal que liquidó. El desvanecedor busca en la base de datos al delincuente y uno de nuestros agentes lo asesina a los pocos días de nacido. El que tú lo hayas visto provocará un efecto Morfeo, y personas en el mundo a partir de ahora, soñarán con este desgraciado sin haberlo visto jamás.

—¿Cuántas personas?

—Puede que una o veinte, son las secuelas de este trabajo. Confío en que no apuestes con los resultados que te di.

—No yo…

—Si lo haces, tendré que venir por ti.

La idea me aterró, pero poco después soltó una carcajada.

—Es broma. Pero por favor, no lo hagas.

Después de eso regresó a su tiempo. Me encantaría poder narrar cómo fue, pero en esta ocasión si pestañeé. Sólo sé que el mundo está cambiando y que el tiempo es como un río.




J.R Spinoza - H. Matamoros, Tamaulipas, México (1990). Escritor y profesor mexicano. Becario del PECDA Tamaulipas, en la categoría de Jóvenes Creadores por novela. Asiste al Ateneo Literario José Arrese de Matamoros. Libros Publicados: El regreso de los dioses, la batalla de Folkvangr (Caligrama, 2019). Los deseos de Serena (Catarsis Literaria, 2021). Para destruir el final y otros cuentos fantásticos (Winged, 2022).

Letrinas: El otro lado


El otro lado

Por Vladimir Galindo

El patadura lo hizo de nuevo. Impactó el balón tan fuerte que lo mandó hacia el otro lado, unos metros más allá del cerco de púas que dividía a México de los Estados Unidos. Con ese jonrón entraron dos carreras y ganaron el partido de futbeis. Abelino, quien cubría la zona más alejada de la cancha inventada tenía la responsabilidad inherente a su posición de traer el ovoide de regreso.

Miró hacia el este, luego hacia el oeste para asegurarse de que no viniera ningún migra. En ambas direcciones sólo se apreciaba el reflejo del sol que rebotaba ardoroso sobre la arena. Se agachó para pasar por entre el alambre de en medio y el de arriba. Una púa alcanzó a aruñar su camiseta fallando con su único propósito: impedir que latinos cruzaran. 

De lan of de fri, escuchó en su cabeza una de esas voces vaqueras que a veces se percibían en la tele con la antena nueva que le habían puesto. El rastro del balón sobrepasaba un montículo de arena como a unos diez metros. Lo único que sabía del desierto era que uno tenía que pasar con cuidado por los matorrales porque ahí se escondían las víboras. Eso y que tragaba indocumentados.

Emprendió el trayecto con el corazón acelerado a pesar de que ya lo había hecho un millón de veces. Siempre sentía que era como una verdadera aventura; una especie de desafío a la autoridad del país más intimidante del mundo. Le generaba una sensación muy extraña, como si de ese lado del cerco alguna vibra más densa corriera por el aire. Incluso sentía sus pies más pesados, como en otra gravedad. Ahora era Abelino, el astronauta explorador que rondaba las dunas rojizas del planeta del terror en busca de la esfera dorada.

La base de control lo había mandado a él como supuesto castigo, por rebelde, por haber viajado a zonas prohibidas de la galaxia, pero él sabía muy bien que en realidad lo habían mandado porque era el único que podía enfrentar los riesgos que habitaban aquel planeta problemático.

Al llegar al montículo donde su traje espacial le indicaba que podría ubicar su objetivo, se percató de una figura que no encajaba con la geometría del paisaje habitual de cachanillas espaciales, rocas porosas y cachoras mutantes. Junto a la esfera que le habían mandado recuperar, del suelo se asomaba el cuerpo de lo que parecía ser un sombrerudo galáctico cualquiera.

Abelino, sin abandonar su misión, se acercó para analizarlo a detalle. El viento desértico que a veces podía ser muy agresivo y espeso debió haber enterrado las tres cuartas partes de aquella figura que se mostraba inerte. Si, sin duda estaba muerto. Lucía pálido, un verde casi blanco. Sus ojos parecían haber capturado el último segundo de su vida: horror. Tenía una herida aparatosa en un costado de su cabeza. En lugar de casco traía un sombrero tejano que estaba pegado a su pelo con grumos de sangre, lo cual le indicaba que era un terrorrícola que podía respirar en esa intemperie. También notó que le hacía falta un diente.

Estar cerca del muerto no le causaba miedo a Abelino. Incluso trató de moverle el brazo con la punta de su bota para cerciorarse de que estuviera tieso como tabla. No era raro encontrarse cadáveres por el desierto rojo de ese planeta. Además del clima, los locatarios eran bastante hostiles. Pero no sólo ellos, esa zona resultaba muy común para que se suscitaran enfrentamientos entre piratas, mercenarios, caza recompensas y la policía intergaláctica. Ese sujeto debía ser una cifra más del resultado de dichos encuentros.

Sin embargo, al seguir explorándolo con la vista, una sensación de vacío, de inexistencia, o hasta de soledad, le surcó la espalda cuando vio la cadenita de oro que el muerto portaba en el cuello. Traía un pequeño colguije circular con la imagen de Rómulo y Remo siendo amamantados por una loba. Abelino identificó a esos personajes de la mitología terrestre de inmediato porque él tenía una cadenita idéntica. 

Su hermano ya tenía más de seis años que se había cruzado para el otro lado. Se fue con un tío a la lejana ciudad de Chicago donde trabajó en varios lugares haciendo de todo hasta que pudieron meterlo en la construcción. Hubo un tiempo que hablaba muy seguido, pero poco a poco fue hablando menos. Lo que sí hacía era mandarle regalos a Abelino para su cumpleaños. Casi siempre lograba que el regalo llegara el mero día.

Usualmente le mandaba ropa, que para que se vistiera a la moda gringa y no pareciera tonto como sus otros amigos chorreados. También le enviaba uno que otro juguete porque a final de cuentas estaba muy morro aún. Ya llevaba dos cumpleaños que no mandaba nada y que no se comunicaba. Nadie sabía nada de él en el otro lado. La madre de Abelino le había marcado tantas veces a todos los conocidos que tenía de aquel lado hasta que le dejaron de contestar. Poco a poco su hermano se convirtió en una fotografía a blanco y negro.

Para el último cumpleaños que envió algo, su hermano le había regalado una cadenita de oro con la imagen de Rómulo y Remo, misma que estaba grabada con las iniciales de ambos, A y F de Fausto. En una tarjetita que vino con la caja le decía que él también usaría una igual y que nunca se la quitaría. Abelino lo imaginaba por una ciudad irreal con su cadena, construyendo puentes, casas. Desde entonces, Abelino decidió que tampoco se la quitaría nunca.

Ese de ahí sobre la arena no podía ser su hermano, porque su hermano era moreno y el muerto tieso ese frente a sus ojos era rubio. Y ahora que su pensamiento iba en ese rumbo, si había de parecerse a alguien, más bien era a él mismo, a Abelino. Este no dudó que se tratara de una coincidencia extraordinaria pero una urgencia lo colmó por saber si la cadenita del muerto también estaba grabada.

Se inclinó para coger el colguije y tumbarle la arena incrustada con sus uñas, pero sus intenciones se vieron truncadas momentáneamente al notar que debajo del brazo más enterrado, el muerto cargaba una bolsa de cuero café con la leyenda de 1st Bank Yuma de la cual se asomaban varios dólares terregosos moteados de sangre.

Ahora era Abelino, el vaquero solitario que transita por el mundo de las ánimas, forasteros y demás espejismos del desierto de fuego, una zona donde se traficaba mucha mercancía proveniente de diversas partes del mundo fuera de las rutas oficiales y lejos de los ojos de la ley.

Aquel sujeto fulminado sobre el suelo lucía como el típico bueno para nada que solo andaba de un lugar para el otro buscando problemas y encontrándolos. Un joven que no podía seguir escapándosele a la muerte. Seguro había asaltado ese banco y lo habrían herido en una persecución acalorada. Probablemente terminó huyendo a pie, pero hasta ahí le había alcanzado la fuerza. Hasta que su sangre lo abandonó con la mirada ciega de cara al sol. 

Su madre se la pasaba diciendo que si tan solo pudiera juntar algo de dinero viajaría a Chicago para averiguar qué había pasado con su hijo. Abelino no sabía cuánto había en esa bolsa, pero por diversas conjeturas que se concretaban en su cabeza, podía determinar que sería suficiente para los planes de su madre y tal vez hasta para más. Dirigió sus manos en esa dirección cuando…

¡La migra, Abel, la migra! Le gritaron sus amigos. Abelino levantó la vista. Por el este no se veía nada, pero por el oeste una estela de polvo se levantaba peligrosa. A gran velocidad y con una furia palpable, una camioneta blanca se aproximaba amenazante, hacía su recorrido cotidiano como un depredador hambriento que recién había localizado su presa.

No podía ser otro más que el viejo McQulero, un verdadero malnacido cuyo único proyecto de vida era joder a la gente honrada. Utilizaba su potente carroza blanca impulsada por sementales monstruosos para perseguir a todas esas almas que se encontraban desamparadas en el desierto de fuego. La única excusa con la que el viejo McQulero se escudaba para realizar sus improperios era que lo hacía para proteger a De lan of the fri.

El corazón de Abelino se desbocó sobre su pecho. Era hora de tomar decisiones y reconoció que lo más prudente sería seguir con el plan y culminar la misión, pues otros contaban con que así lo haría. Se lanzó por el balón y después de tomarlo corrió de regreso a tierras seguras sin antes echar más arena sobre el muerto para terminar de ocultarlo. La arena sepultó aquella expresión de horror, ingresó a sus ojos, llenó su boca, devoró el colguije y salvaguardó los dólares.

Para cuando la picap blanca con rayas verdes y amarillas llegó al área, Abelino ya estaba un metro dentro de México. Un gringo de complexión ancha tirándole a robusto, fletap pulcro y mano en la cintura se apeó con aires amenazantes. If I see you again I will fucking shoot you, kid! Gritó al aire antes de agarrar camino otra vez. El patadura, aprovechando la oportunidad, le sacó el dedo, ¡me la pelas pinche gringo! Y los demás rieron.

Ya en la tiendita de Don Ruperto todos habían olvidado quién había ganado el partido de futbeis. Sobre el suelo, cada uno con su golosina o refresco, interpretaban sus versiones de cómo Abelino, el intrépido, había incurrido en tierras enemigas para recuperar el preciado tesoro. Era un maratón de gestos y estallidos de carcajadas al fondo del pasillo de los refrigeradores, donde quizás el más serio era precisamente Abelino, quien no dejaba de darle vuelta a su colguije, con la mirada perdida, concentrado en pasar la lengua por sus dientes para ver si alguno estaba flojo.

 

*Vladimir Galindo, oriundo de San Luis Río Colorado, Sonora, dice que porta un título de Licenciado en lengua y literatura de Hispanoamérica y otro de Maestría en traducción e interpretación, pero a todo el mundo le recomienda estudiar medicina. En la actualidad se dedica a traducir documentos jurídicos y a veces se hace de algunas horas para escribir ficciones; por lo pronto, prefiere el cuento. Algo de su material ha sido publicado en revistas como Pez Banana, Diez4 y El septentrión. En abril del año de la pandemia adoptó un perro llamado Fariseo y en diciembre a una gata llamada Furio(sa). Juntos añoran la paz mundial.

Letrinas: Los pepenadores

Los pepenadores

Por Carla Lamoyi

 

“No soy lo que soy, soy lo que hago con mis manos...”

― Louise Bourgeois


Alejandro entró corriendo al taller y le agarró la mano a Claudia para que lo acompañara para sacar algunas maderas del volquete del estacionamiento. El camión contenía todas las maquetas de posibles edificios y ejercicios constructivos que habían producido los estudiantes de arquitectura durante un cuatrimestre. Era el principio del invierno y yo los observaba desde el calor de los muros y la seguridad de la ventana. Vistos desde ahí, parecían dos perros hambrientos a los que su dueño les ofrece un enorme pedazo de bife. Si hubieran tenido cola, la hubieran movido de la emoción; no podían creer la cantidad de material que había en ese lugar, gratis, a su disposición. Después de adentrarse en la basura y revolverla, Clau, quien traía una sudadera enorme que no era suya, agarró tres tablas medianas, Ale un montón de maderas grandes, y entre los dos llevaron todo al taller.

Me llamo Carmen. Hace dos meses cumplí un año de haberme mudado a la ciudad para estudiar un posgrado en arte. Juana dice que la primera vez que me vio sentada dibujando en el taller, pensó que era una creída. Pero yo le digo que me veía así porque estaba nerviosa. Me considero más bien tímida, pero de convicciones claras. En mi opinión, no es buena idea revelar la personalidad ni las manías cuando recién se conoce a un grupo de personas; primero hay que tener confianza. Por eso soy discreta con el tema de mi obsesión por juntar papeles nuevos, arrugados, viejos, pedazos de servilletas, finos de algodón, restos de envoltorios de distintos colores para dibujar sobre ellos situaciones ficticias de la vida cotidiana. Montículos y montículos de aplanados trocitos de árboles muertos que he recolectado a través de los años, que he cargado conmigo de una mudanza a otra. Tengo closets, escritorios, cajones llenos, e incluso los pongo abajo de la cama, entre la ropa, entre mis tenis y mis botas de lluvia. Son tantos que no caben. Es que cada papel tiene la memoria de lo que fue antes, las huellas de todas las manos por las que ha pasado y yo he decidido dibujar esas manos sobre esas superficies, como un homenaje: manos que tocan papel, papeles que tocan manos, manos que se dibujan a sí mismas dibujando manos sobre un papel.

Cuando entré por primera vez al taller de la universidad que queda al fondo del patio, en el lugar más recóndito del predio, todo el espacio lucía limpio, los de mantenimiento habían eliminado los rastros de vida de los artistas anteriores. Las paredes habían sido repintadas, los estantes y los lockers vaciados, y las mesas y sillas estaban todas apiladas en una esquina. Tenía todo el espacio disponible para escoger, decidí ocupar una mesa de trabajo de uno cincuenta por un metro, y coloqué los papeles grises y los plumones, luego los papeles marrones y las plumas negras, y después los trozos amarillentos y los lápices. Comencé a dibujar.

De una semana a otra llegaron los demás, primero Ale y Claudia, después Hugo, Roberto, y por último, Juana. El espacio del taller, que era un galerón, se dividió por secciones y cada quien tomó su área de trabajo. Nos podían encontrar ahí de lunes a viernes y a veces también los sábados. Sentada desde mi mesa de dibujo, dedicaba unos segundos de mi día a la tarea de la contemplación y al análisis de los movimientos de mis compañeros.

Clau, metódica, de horarios y listas, aunque también desordenada, olvidadiza y torpe, operaba contra su naturaleza caótica, y como si se impusiera a sí misma un castigo, dibujaba con escuadra y lápiz 2h sobre papel calca, tratando de no mancharlo, cosa que casi nunca lograba. En su cara se veía la frustración. Sus dibujos eran un esfuerzo por ordenar el desastre, lo roto, y lo descompuesto, quería registrar de la forma más exacta los escombros.

En cambio, Alejandro era un obsesivo del internet y como su compu se había dañado llegaba temprano para usar la que había disponible en el taller, buscaba cualquier convocatoria abierta para mandar una propuesta de proyecto. Decía que el vaporwave, un género de música electrónica, un estilo artístico y un meme a la vez, era algo así, como la esencia de sus obras. Después de ver varios videos riendo solo, se levantaba con un impulso y daba vueltas hasta que decidía tomar su aerógrafo, espuma comprimida, cera, tablas, malla de gallinero, o su material predilecto de turno y creaba con violencia y fuerza una imagen o una escultura. Luego, insatisfecho, volvía a sentarse frente a la computadora a poner alguna musiquita de bit.

Roberto era el artista emergente del momento. Exudaba calma a pesar de que era común que tuviera alguna exposición en puerta o algún deadline; la mitad de su tiempo lo ocupaba diseñando estructuras de hierro y artefactos que mandaba a producir y la otra mitad trabajando con yeso, moldes de alginato y piedras. Ensamblaba las partes para formar dioramas, naturalezas muertas que eran activadas por algún performer.

Juana, la artista más jóven del grupo, que también era pequeñita y de carácter fuerte, pintaba imágenes lúgubres con gran velocidad sobre lienzos que eran de mayores dimensiones que ella. Se subía en un banco para alcanzar con largos brochazos la parte superior de las telas y después de unas horas, agotada, se armaba una cama con almohadas debajo de una mesa para tomar una siesta.

Hugo era un vago que idolatraba a Guy Debord y los Situacionistas, esos europeos que solo caminaban y teorizaban. Ansioso y un tanto impredecible, cambiaba de lugar de trabajo como si tuviera pulgas en las nalgas y se sentaba a platicar con quien lo dejara. Esas conversaciones sobre derivas, a menudo quedaban plasmadas en los mapas que dibujaba con carbones en un cuaderno rayado.

Era fascinante, el tiempo pasaba distinto para cada uno de ellos. Se podían ver la inmediatez y la persistencia, la tranquilidad y la ansiedad, la planeación y la espontaneidad, confrontadas en el mismo lugar. Lo que tenían en común es que eran transparentes, su sentir era visible. Las emociones salían de sus cuerpos como un gas pesado que impregnaba todo el taller dejando una extraña sensación atmosférica con la que cualquiera que entrara en ese espacio tendría que convivir. O por lo menos eso sentía yo. Al igual que los objetos, las emociones se quedaban ahí y se acumulaban en el aire.

Hugo, a quien por cierto conocía desde hace tiempo, instintivamente comenzó a recolectar en sus paseos por la ciudad, puertas, marcos, ventanas, pedazos de casas y restos de muebles como patas de camas y trozos de cabeceras. Los llevaba al taller para quemarlos y convertirlos en carboncillos gigantes que usaba para trazar mapas y escribir sobre las paredes a manera de acción.

Para hacer los calcos de partes del cuerpo con los que trabajaba regularmente, Roberto metió setenta y cinco sacos de cemento que ocuparon la cuarta parte del taller formando una especie de barricada. Cuando le pregunté sobre la procedencia de ese material, me dijo que había invertido la mitad de la beca que tenía. Ale encontró un tutorial de YouTube para fabricar con las maderas que había sacado del volquete una termoformadora casera; una máquina que se usa para modelar láminas de plástico –su nuevo material favorito–, por medio de presión al vacío y temperatura. La elasticidad del material le obsesionaba.

Juana decidió pintar el interior de la casona de su infancia en dimensiones reales. Una tétrica escenografía con la que tapizó del piso al techo del taller. Por su parte, Claudia transportaba ladrillos y baldosas rotas que cargaba en su mochila, los clasificaba, los medía y los pasaba a dibujo técnico con ayuda de un escalímetro. Entre el grafito y el polvo de ladrillo, el papel invariablemente se le ensuciaba; lo intentaba borrar desesperada para dejarlo impoluto, y ante su fracaso lo hacía bolita y volvía a empezar. Yo aprovechaba y tomaba esos papeles despreciados, los alisaba y amontonaba en mi mesa. Cuando la mesa me era insuficiente me trasladaba a otra y cuando ésta se llenaba de nuevo, tomaba otra más, y así hasta que ocupé todas las mesas que había disponibles e incluso tuve que buscar otras por la universidad. Los montones de papel eran tan altos que quedé oculta tras mi propio bosque. Todo eso pasaba mientras que las emociones se continuaban apilando en el aire.

Durante el proceso en el que Roberto preparaba la mezcla de yeso y cemento con agua en una tina, el polvo flotaba acumulándose en las paredes y salpicaba el suelo, formando una gruesa capa de materiales que daban la impresión de ser cráteres lunares. Los pedazos de muebles recolectados de Hugo ya no satisfacían su deseos, no tenían las formas adecuadas que él buscaba para crear sus carboncillos gigantes. Empezó a destruir el mobiliario del taller, lo golpeaba contra la pared o se valía de una sierra de mano o un mazo o alguna otra herramienta para desmembrarlo. Las autoridades universitarias notaron los destrozos y lo llamaron para darle una circular membretada donde le pedían atentamente que parara de dañar las instalaciones o de lo contrario, sería expulsado.

Cuando yo llegaba para seguir dibujando manos en mi bosque de papel, me encontraba con la mesa ladeada y coja, y todos los papeles volcados sobre el suelo, incluyendo el documento oficial que Hugo me había dejado para que dibujará sobre él. Entonces tomaba los ladrillos clasificados de Claudia para hacer una pata postiza y volvía a apilar todo. Clau se ponía histérica y le echaba la culpa a Ale para hacerle un drama, aunque sabía que era yo la que le había arruinado el orden; luego regresaba a su obsesiva tarea, a seguir midiendo y dibujando un único ladrillo, sin que, por culpa de las manchas, pudiera avanzar de los primeros trazos. Sus bolitas de papel calco y la boronita de goma, iban formando montañas sobre el piso irregular, hasta llegar al techo del que colgaban las telas que Juana pintaba para aparentar cortinas. Éstas ocultaban las aberturas de las puertas y las ventanas haciendo que el tiempo fuera cada vez menos perceptible. Nos había introducido dentro del recuerdo de la casa de su abuela. La música que Alejandro ponía a alto volumen desde la computadora mientras modelaba en 3D, enfatizaba esa sensación de desfase temporal. Era como estar dentro de un videojuego.

Adoptamos nuevas formas de caminar. El polvo flotaba mezclándose con las emociones, los muebles eran convertidos en carbón, los ladrillos se volvían muebles, el papel y la basurita de la goma cubrían el piso llegando arriba de la rodilla. La tela colgante se abría y se cerraba como un telón y el olor del plástico calentado comenzaba a pasar desapercibido para nosotros. Las cosas caían y les asignábamos un nuevo lugar. Las almohadas llenas de baba cambiaban de sitio dependiendo de quien fuera el turno de dormir la siesta. Las tazas de café y té y los platos sucios del almuerzo también se amontonaban en los rincones del taller. Había hongos naranjas sobre algunos sándwiches viejos. Ya nadie prestaba atención ni se preocupaba por eso, ni siquiera Claudia, quien solía regañar a todos para que dejaran limpio. Ella solamente nos decía que parecíamos pepenadores, como los del fierro viejo, dedicados a buscar chacharas por la ciudad y materiales reciclados para vender. Tenía todo el sentido, queríamos transformar lo recolectado en arte y aspiramos a venderlo en una galería.

Decididos a recuperar hasta el mínimo desecho, comenzamos a levantar cáscaras de plátano, corazones de manzana, ardillas y ratas muertas y cualquier material orgánico que hubiera en la calle para preservarlo con resina. Tensábamos alfombras viejas llenas de polilla, para hacer lienzos. Con una espátula desprendimos pedacitos de pintura de las paredes para reacomodarlos como un rompecabezas sobre un gran pliego de papel. Entramos a escondidas a la bodega universitaria y sacamos todas las sillas y mesas rotas que habían sido guardadas para su mantenimiento, las quemamos para hacer una colección de carboncillos. Juntamos tuppers, tapitas de pluma y botellas de agua, olvidados por otros estudiantes; cualquier cosa de plástico que se pudiera derretir. Colillas de cigarros, pañuelos humedecidos, uñas, restos de muñecos, cabezas de porcelana, macetas, zapatos, pintura acrílica seca; cuando los agrupamos de la manera correcta se convirtieron en una bellísima escultura. Y como si fuera poco, nos pusimos a buscar en la vieja computadora tutoriales alquímicos sobre cómo multiplicar la materia.

El taller nos empezó a parecer chico, y en nuestro intento por difuminar las paredes hicimos hoyos con cinceles, fosas con los martillos, túneles con taladros, como si quisiéramos escapar de ese lugar, aunque lo que deseábamos era lo contrario: apropiárnoslo. Los clavos se volvían líneas y el escombro, sombras para dibujar en el espacio. Coordinados en una coreografía de acumulación; nuestras distintas formas de trabajo se habían sincronizado produciendo un caos colectivo. Nos subíamos en las mesas, a las sillas que no habían sido destrozadas y nos arrastrábamos por el suelo en las posiciones más incómodas para poner un objeto en un lugar preciso. Tomábamos turnos, reciclando la obra mil veces, pepenando las ideas y referencias que cada uno desechaba. Casi no comíamos, solo tomábamos café y fumábamos.

Hicimos tantos acomodos y combinaciones posibles de los objetos, que es imposible contarlas. No es por narcisista, ni por sobrestimar el talento de mis compañeros, pero estoy segura que si algún crítico de arte hubiera llegado a ver lo que estábamos haciendo, nos hubiera dado un premio, o por lo menos postulado para uno. Tal vez las emociones nos nublaron la vista y solo habíamos transformado el taller en un chiquero, porque en cambio, después de unos días de estar inmersos en ese proceso maniático, las autoridades universitarias nos expulsaron de las instalaciones y nos levantaron una demanda por hurto y daños a la propiedad privada.


Carla Lamoyi (CDMX, 1990), es artista visual y editora/escritora. Egresada de la Escuela Nacional de Pintura Escultura y Grabado “la Esmeralda”, CDMX y del Programa de Artistas en la Universidad Torcuato Di Tella, Buenos Aires. A partir de la investigación, la acumulación de imágenes y el uso de la ficción, su trabajo se centra en la idea de “editar” la historia para construir el presente y en pensar desde el cuerpo. De esta manera, sus proyectos combinan una serie de prácticas como el dibujo, la escritura, la publicación, el audio y la acción. Entre sus última exposiciones se encuentran “Olvida la rosas, dame las espinas”, una instalación sonora presentada en No Soy Basurero, CDMX (2021) y “Radio Archivo PVA: Sin andarse por las ramas”, obra digital comisionada para Archivo Digital Poesía en Voz Alta, Casa del Lago, (2021). Desde 2016, lleva la microeditorial FIEBRE Ediciones, dedicada a difundir prácticas creativas realizadas en Latinoamérica a partir de la década de los ochenta, con la cual ha realizado diversas publicaciones, además de proyectos expositivos, programas educativos y residencias. Ha sido becaria del FONCA (2014-2015), de la Cuarta Edición de la Beca adidas/Border (2014-2015), y beneficiaria de apoyo del PAC (2017-2018 y 2018-2019).

Letrinas: Minificciones de Franco García

Minificciones

Por Franco García 


Encuentros

Afuera hay una prostituta. Es joven y fea. Lleva puesto un vestido corto y ajustado. Su maquillaje es exagerado. A veces llora a escondidas. Nadie tiene interés en ella. Nadie.

— ¿Gustas algo de beber?

— No puedo, estoy en horas de trabajo. Qué bonito hotel.

Tiene quince años, vive a las orillas de la ciudad, su madre la echó de casa porque salió embarazada; sueña con ser enfermera.

— Tengo leucemia. No más de un mes de vida.

— ¡Y tan joven! Mira qué semblante. Conozco a un yerbero que lo cura todo. A mí me ha curado de algunas enfermedades. Te puedo llevar con él.

Tirita de frío y se mete a la cama; enciende un cigarrillo.

— Mi hijo pesó casi cinco kilos, ¿sabes? Es lo más hermoso que haya visto.

Le quito el cigarrillo y lo arrojo al suelo. Luego apago la luz, la beso en la mejilla y me meto a la cama con ella.

— ¿No te desnudarás?

Niego con la cabeza. Acaricio su rostro, su cabello, su espalda. Suspira y se echa a llorar.

— ¿Y cobra caro el yerbero?



Corredores

Después de seis cuadras pude alcanzar al chico. Resultó más veloz de lo que pensé pero me bastó con meterle el pie para que cayera al suelo. Hacía tiempo que no corría tanto y pese a mi cansancio, lo golpeé tan duro que le quebré los dientes y le molí los ojos. El chico tenía quince años y nos había robado las carteras y los celulares. Alondra se desangró a causa de la puñalada en el vientre. Actualmente el chico cumple su condena, usa lentes oscuros y mastica con una prótesis barata. Todas las mañanas salgo a correr para estar en condición.



Estrella tropical

Cada día la violencia en Acapulco va en aumento y arrasando indistintamente: infantes, jóvenes, ancianos, mujeres. La población está desesperada, temerosa y sobrevive de limosnas turísticas. La pobreza en que se encuentra es el testimonio de un paraíso desencantado. Con guitarra en mano, Tico sube a los urbanos para ganarse la vida; los pasillos estrechos son su escenario favorito. Al ritmo de cumbias, chilenas, rancheras o boleros, da lo mejor de sí en cada rasgueo, vibra su alma. Entre aplausos y gritos, los pasajeros lo admiran y respetan. Recibe las monedas y se baja agradecido, persignándose. Tico sueña con ser un gran músico algún día y huir de la miseria. Después de una larga jornada laboral se marcha abatido mas no derrotado. Durante el trayecto a su casa no deja de tocar su guitarra bajo la luz de la luna y el frescor de la noche. Pese a lo que enfrenta Acapulco, no le teme a nada, sólo el amor a la música importa. A lo lejos se escuchan disparos, patrullas y ambulancias, pero el escándalo ocurrido no supera al de su pecho.



Caníbal

Llevaba varios días perdido en el desierto, sin probar bocado e ingiriendo sus orines. El american dream parecía fuera de su alcance. Dicen que el ser humano puede sobrevivir más sin comer que sin beber agua, excepto que él tenía hambre y ni una serpiente ni un ave asomaban por el lugar. Las energías se le agotaban. Maldijo al pollero que lo abandonó a su suerte. Se colocó debajo de unos arbustos para ocultarse del sol y pensar cuál sería el siguiente paso. Luego sacó la navaja que le había regalado su hijo antes de partir. “Para cualquier emergencia”. Si se suicidaba, sería un cobarde y su familia quedaría desamparada económicamente. El estómago hacía de las suyas, necesitaba proteínas y no dejaba de mirarse las manos mientras blandía el arma. Cada que va a un bar en Sedona siempre inventa una historia de cómo perdió algunos dedos de las manos en sus diversos trabajos.



La marcha de los marxistas

“Perdimos la guerra, camaradas”, dijeron entre suspiros. Luego, siendo un poco más optimistas: “Mejor vayamos por cervezas”. Alguien llevaba todavía cigarros de marihuana y unos viejos panfletos escondidos en su portafolio. Una vez dentro del bar, recordaron en voz alta algunos fragmentos del Manifiesto del Partido Comunista y disimularon su derrota a carcajadas. Cansados de una larga jornada laboral, tomaron sus sacos, pagaron la cuenta y se fueron orgullosos de generar el plusvalor.



El ecobromista

Ser payaso es un trabajo divertido, dijo el economista al concluir su cátedra de Teoría de Juegos.



Influencer

El dictador impartía tutoriales de golpes de Estado en su canal de YouTube. Recibió el Premio Nobel de la Paz por sus nobles contenidos.



Undertaker

Enterró profundamente su corazón en el olvido para no encontrarse a sí mismo.



El samurái

Decapitar es pan comido, dijo el samurái. Todo depende del filo de mi lengua.



De viaje

— ¿Y qué piensas hacer cuando te descubra tu esposo? — dijo el amante mientras se abotonaba la camisa.

— Irme de viaje — dijo la esposa, cepillándose el cabello frente al espejo.

— ¡Pero a dónde! — insistió el amante, preocupado.

— A la chingada.

Letrinas: Superficie inexistente


Superficie inexistente

Por Priscila Rosas Martínez

Creo que el primer nombre que pensamos fue Pensilvánica. Sí, Pensilvánica. ¿A poco no suena genial? Pues fue idea mía. Se me ocurrió porque la familia de Beto es de allá. Recuerdo que nuestra primera conversación se trató de eso, cuando íbamos en segundo de preparatoria. Cierta clase, el profesor quiso saber quién hablaba inglés y Beto y otras dos muchachas levantaron la mano. Disque querían hacerse las bilingües, pero el único era él y el profe le preguntó dónde había aprendido. Beto dijo que su mamá era american citizen.

A mí nunca me ha dado pena preguntar las cosas, así que cuando acabó la clase, me le acerqué para saber qué significaba eso tan chistoso que había dicho. Es cuando naces en el otro lado, me dijo, y le pregunté si él también era emerican sitisen, pero me dijo que no, que él era de aquí, de Ensenada. Me contó que su mamá venía de Pensilvania y también me tuvo que explicar dónde quedaba eso. Resultó que su papá estudió allá, conoció a su mamá, se casaron y toda la cosa, y luego se vinieron para acá a manejar un negocio de vino.

No sé cómo salió en la plática la música en inglés y la música en español. Yo le dije que casi no me gustaba la música en inglés porque lo más bonito de una canción es la letra y si no le entiendes, no tiene sentido. Él me dijo que su banda favorita en español era Soda Stereo y entonces le dije que la mía también. Y listo, nos hicimos amigos.

La verdad, creo que eso sucedió en el momento más oportuno para los dos. Como él era nuevo y no conocía a nadie, y como yo me la pasaba trabajando después de clases, ninguno tenía más amistades. Ese mismo día me invitó a su casa, me dijo que tenía una colección grandísima de revistas donde aparecía Gustavo Cerati y, como aquel era mi día libre, le dije que estaba bien. Agarramos el camión afuera de la prepa y nos bajamos por Valle Dorado. 

Tremenda casota. En cuanto entré, lo primero que me pregunté fue por qué Beto estaba en una prepa pública. Tenían alfombras y candelabros y espejos por todas partes, hasta de esas tazas que ahorran agua en los baños. Subimos y me enseñó las revistas, que sí eran geniales y todo, pero quedaron en segundo plano cuando vi qué más tenía en su cuarto: una batería, su propia batería, enorme y completita.

Me confesó con mucha pena, haciéndole como si estuviera bromeando, que algún día le gustaría formar parte de una banda. Y yo le confesé, sin nada de pena, que algún día me gustaría formar mi propia banda. Fue muy gracioso, porque en ese momento nos quedamos callados, viéndonos el uno al otro. Nuestro grupo musical había nacido.

         ***

La segunda propuesta que consideramos fue Love to go. Obvio fue idea de Beto, él era el del inglich. Creo que se le ocurrió una vez que estábamos hablando de mi empleo como repartidor de pizzas. Le conté que me gustaba porque en ninguna otra clase de trabajo te ordenan manejar una moto lo más rápido que puedas. Esa misma razón fue por la que renuncié tiempo después, cuando ya tenía demasiadas cosas rotas adentro como para arriesgar a romperme las de afuera. Pero esa tarde yo le dije que era una gran idea y Beto lo anotó en su cuaderno especial para notas, ese que luego agarramos como una especie de diario de la banda.

Era la noche de nuestro primer ensayo. Beto le había pedido permiso a su mamá para tocar en la casa, incluso me presentó con ella y todo. Traté de ser amable, pero hasta hoy sigo pensando que esa primera vez que me vio, hizo cara de fuchi. Había llevado mi guitarra, la vieja y confiable acústica que me heredó mi jefe, aunque no niego que me dio un poco de pena sacarla de la funda ahí enfrente de Beto y la batería brillando nuevecita.  Pero ya estoy ahorrando para una eléctrica, le dije, y además la vieja confiable aún truena como si estuviera recién estrenada.

Ese fue el día que conocí a Evelyn. Llegó más noche, cuando ya llevábamos rato dándole a Persiana Americana. Mira Mani, ella es mi novia Evelyn, me dijo. Evelyn, él es mi amigo Manuel, del que te conté, le dijo a ella. Nos saludamos de mano, era poquito más alta que yo, de ojos y pelo canela. Todavía recuerdo que por un segundo me quedé viéndola atontado, pensando que era obvio que una chava tan guapa como ella saliera con alguien como Beto, todo güerito y, además, de dinero. Muchachas así no se fijan en hombres como yo, pensé, que soy prieto, flaco y vivo en la Chapultepec.

Fue divertido que Evelyn se sumara, porque era chistosísima e hizo que lo que restaba del ensayo se pasara volando. Nos hicimos amigos rápido y cuando ya me iba hasta me pasó su contacto, Beto no dijo nada. La bronca fue cuando llegó su papá. Venía del trabajo y como que Beto ya se las sabía, porque en cuanto escuchó que estacionaba el carro, se puso muy nervioso y nos pidió que le bajáramos dos rayitas a nuestras carcajadas.  

No sirvió de nada, porque de todos modos su jefe terminó entrando al cuarto, rojo como tomate. Ya me había dicho Beto que a su papá no le gustaba que tocara la batería, que era muy poco tolerante al escándalo y que, en todo el mundo, él era al que menos le interesaba el rollo del indie-rock. Esa misma noche pude comprobarlo con mis propios ojos, porque entró gritándole como si ni Evelyn ni yo estuviéramos ahí.

En la vida, ningún sermón me ha dolido tanto como la regañada que le metió su papá esa vez, y eso que ni siquiera me hablaba a mí. Ya fue suficiente, le gritaba, ya deja de perder el tiempo en pendejadas, y yo nomás miraba a Beto hecho bolita sobre el banco, como queriendo esconder las baquetas con el cuerpo. En su lugar, yo sí me hubiera agüitado después de semejante regañón, pero para Beto, que ya estaba acostumbrado, representó otro motivo para echarle más ganas a la música. Desde esa ocasión, procuramos empezar los ensayos más temprano para terminar antes de que llegara su papá.

***

Equis equis asterisco se nos ocurrió estando borrachos. La verdad ya estábamos medio frustrados de no encontrarle un nombre apropiado al grupo, por lo que nos comprometimos a que todas las ideas que pensáramos, así fueran las más tontas, tendríamos que considerarlas.

Fue una vez que invité a Beto a una reunión de mis primos. Como que tenía poca experiencia en fiestas, porque desde que llegamos estaba todo perdido y la verdad sí se veía medio fuera de lugar. Tampoco tenía experiencia con el alcohol, pero eso lo supe demasiado tarde, cuando ya le había puesto en la mano vasos de todo. Me sentí responsable de que se empedara tan rápido, por eso lo anduve cuidando el resto la noche, digo, por si se vomitaba o algo así.

Alberto era de esos borrachos que sueltan todas sus verdades, aunque no se las pregunten. Empezó a abrazarme y a decirme que yo era la persona más genial que había conocido, que era su mejor amigo, que no iba a dejar de hablarme, sin importar que sus papás se lo pidieran. Eso me llamó la atención y empecé a sacarle la sopa; terminó confesándome que yo no le caía ni tantito a sus jefes y que pensaban que terminaría abandonando la escuela influenciado por mis ideales de música.

Después se la pasó hablando sobre cuán insoportables eran su papá y su mamá. Querían hacerlo estudiar una ingeniería y despuesito mandarlo a Pensilvania con la familia de su mamá, para que luego regresara y dirigiera los viñedos de su papá. Pero yo no quiero eso, decía, llorando sobre mi hombro y limpiándose los mocos con mi camiseta.

También me habló sobre cómo las cosas con Evelyn habían cambiado, que ya no era lo mismo que antes y que presentía que iban a terminar. Al escuchar eso, me sentí un poco culpable, porque las últimas semanas Evelyn y yo nos habíamos mensajeado mucho. En realidad no tenía culpa de nada en específico, pero de todos modos me tomé otras cuantas botellas para deshacerme de la sensación. Al final terminamos llorando los dos, luego riendo, luego volviendo a llorar, haciéndonos la promesa de llegar a ser famosos en el futuro.

Ya bien de madrugada, cuando quisimos llamar un taxi para que Beto regresara a su casa, ni él ni yo podíamos marcar bien la digitación. Yo seleccionaba puros gatos, él puros asteriscos y en la pantalla solo aparecía una equis con cada número equivocado.

***

Creo que fue el último año de la prepa cuando yo sugerí Pecado Siniestro. Lo sé, es bastante malo, pero también lo era la banda en aquel momento. Seguíamos practicando en la casa de Beto, no tan seguido como antes. Desde que me dijo lo de sus papás fui más consciente de ello, prestando atención a cómo me miraban, a la forma en que se referían a mí. Su desagrado era evidente, sé que Beto también lo notaba. Supongo que de verdad me consideraban una mala influencia para su hijo.

Lo único bueno de ensayar en su casa era que podía ver a Evelyn. Se pasaba casi todas las tardes con nosotros, escuchándonos tocar, desafinar y volver a intentar. Ahora que lo pienso, creo que fue por esos días que Beto empezó a ponerse más serio. Como que ya no quería echarle las mismas ganas a la batería, porque azotaba los tambores sin emoción.

Nuestras canciones empezaron a sonar más sosas, pero no me atreví a decirle nada. En su lugar, lo platicaba con Evelyn, que opinaba lo mismo que yo. Ella también estaba preocupada por él, pero sabíamos que, si su cambio de actitud se debía a los problemas con sus papás, no nos podíamos meter.

Un fin de semana, Beto me avisó que se cancelaba el ensayo porque iba de viaje a Estados Unidos. Fue ese sábado en la tarde que Evelyn me escribió, diciendo que le daba lástima lo de la reunión porque tenía ganas de verme. Yo le dije que nos podíamos ver de todos modos, si esperaba a que saliera de trabajar. Así que esperó y salimos.

Primero fuimos al cine, luego le invité una nieve y ya en la noche la acompañé hasta su casa. No quiero que se malinterprete, yo hacía todas esas cosas porque era mi amiga y los amigos se tratan bien entre ellos, ¿no? Pero admito que después sí nos pasamos. No había nadie en su depa, me invitó a pasar y no me negué. Estuvo increíble, pero solo por un rato, porque después nos cayó el veinte de lo que habíamos hecho. Entonces me dijo que si yo no decía nada, ella tampoco lo haría. Así quedamos.

Y ninguno le dijo. Bueno, yo no le dije y ella dice que tampoco. Después tuve la sensación de que Beto se había dado cuenta de todas formas.

***

Del último nombre para la banda me enteré por casualidad, revisando el cuaderno. Esos últimos meses de preparatoria fueron raros, como que ya no sabíamos muy bien a dónde pertenecíamos. Venía el examen para la universidad, todo mundo andaba bien nervioso. Yo iba a aplicar para música, Beto para ingeniería en la universidad privada. Después de esa noche de la fiesta, no volvió a comentarme nada sobre lo que quería y lo que no quería hacer con su vida y yo tampoco volví a preguntar.

No sé qué sucedió, no sé explicar por qué las cosas se pusieron tan extrañas. Ya un par de meses antes de la graduación habíamos suspendido los ensayos; sinceramente, se había vuelto muy incómodo si quiera pararme por su casa. Beto sabía que no me sentía bien estando ahí y dejó de invitarme. Se volvió muy distante por esos días, como muy desganado. Yo sabía que le estaba pesando lo de sus papás y tener que irse a estudiar lejos, así que mejor le di su espacio, para que meditara y toda la cosa.

Bueno, admito que también me alejé porque me sentía culpable de lo sucedido con Evelyn. A ella ya no la veía y tampoco nos mensajeábamos. Hasta después me enteré de que rompieron justo unos días antes de las vacaciones de verano. Me parece que él la terminó a ella, no sé los detalles.

Al principio fue muy solitario, tanto para él como para mí, porque estábamos acostumbrados a ser la única compañía del otro. Con las semanas nos fuimos rodeando de otra gente, buscándonos menos y alejándonos más, hasta que llegó el día en que ya ni nos hablábamos. Yo siempre procuré mínimo saludarlo, aunque después de un tiempo le perdí la pista. De lo que fue de él las semanas siguientes a la ceremonia de graduación, no supe gran cosa.

Creo que había pasado un mes exacto cuando Evelyn me llamó por teléfono. No hacía mucho calor, pero la humedad era horrible. Lo recuerdo porque estaba sentado en el patio de mi casa ensayando una canción y la guitarra se me resbalaba de las manos sudadas. Sonó el celular, contesté y hablamos casual un rato, cómo estás, cómo te va, qué has hecho. Pero sonaba rara en la línea y le pregunté qué tenía, que si había pasado algo. Me preguntó si era una broma. Le pregunté por qué tendría que ser una broma.

Y me lo dijo. Y luego yo le pregunté si era una broma.

Pensó que sabía, pero le dije que no, que no sabía, porque nadie se había tomado la molestia de avisarme. De avisarme que hacía una semana, dieron a Beto por muerto. De avisarme que hacía una semana, Beto se había matado.

Resultaba que la noche de un jueves se había despedido de su mamá y de su papá como si nada, avisando que se llevaría el carro porque iría a visitar a Evelyn. Sus papás le dieron permiso y así salió de su casa, no hacia el depa de Evelyn, sino en dirección a la playa.

Habían encontrado el coche estacionado a la mañana siguiente, con las puertas abiertas y la llave puesta. Al parecer, donde comienza la arena había tres o cuatro huecos bien profundos, símbolo de que alguien se había llevado las piedras semi enterradas. Todos piensan que Beto las tomó y las cargó en su mochila, que no pudieron encontrar en la casa. Sus papás quisieron creer que había sido una especie de accidente, pero los converse a la orilla del mar sugirieron otra cosa. Buscaron algunos días, pero no encontraron el cuerpo. Finalmente, sus padres hicieron un pequeño funeral en su casa, al cual no fui invitado. Ahora que lo pienso me indigna, pero en ese momento que Evelyn me lo dijo por teléfono, no pudo importarme menos.

Aquella tarde fue irreal. Colgué y no sentí tristeza, no sentí enojo, no sentí nada. Estaba como ido, como si me hubiera golpeado la cabeza, incluso quería reír por lo increíble de la situación. Suicidio, qué loco, pensé. Y luego me dije que no podía ser posible porque Beto no era tan valiente, así que lo llamé por teléfono. No contestó. Había tono de llamada, por lo que marqué una y otra vez, seguro de que a la siguiente alguien iba a contestar, de que él iba a contestar, diciendo que se había quedado dormido o algo, pero nada.

Sin pensarlo, dejé la guitarra a un lado y salí a la callé. Caminé y caminé hasta su casa, que quedaba demasiado lejos de mí en todos los sentidos. Caminé hasta que se hizo de noche y me reventaban los pies. Caminé hasta estar parado una vez más frente al porche de esa mansión grande y bonita, sin miedo a tocar el timbre aunque todas las luces estuvieran apagadas. De verdad esperaba que Alberto abriera, me preguntara qué estaba haciendo ahí a esas horas de la noche y tal vez me invitara un vaso de agua o me cerrara la puerta en la cara, cualquier cosa hubiera estado bien.

Pero nada sucedía. Todos los autos estaban ahí, así que toqué el timbre como loco hasta que su mamá apareció. Y en cuanto vi su cara, dejé de pensar que Alberto estaba ahí adentro con ella, en algún lugar de la casa o en algún lugar del mundo. Me miró y no dijo nada. Siento que ella también se dio cuenta de muchas cosas al verme. Nos quedamos mirando un buen rato, antes de que preguntara qué se me ofrecía.

Se me ofrece ver a su hijo, quise decirle, pero a esas alturas sentí que debía dejar de hacerme el tonto. En su lugar, con la voz que me quedaba, le pregunté por el cuaderno. El cuaderno de Beto, ese en el que apuntaba los ritmos que ensayábamos, las canciones que componíamos y todas las ideas geniales suyas y mías. El cuaderno que sabía que no le dejaría a nadie más que a mí, aunque la banda se hubiera disuelto.

Por un momento pensé que no me lo daría, porque cerró la puerta y me dejó solo afuera, sin saber bien qué hacer. Debía regresar a mi casa, mi jefa me estaría esperando porque no le avisé que me iba y además había dejado el celular. Pero la mamá de Beto regresó con el cuaderno en la mano. Toma, me dijo y luego no dijo nada más. Se regresó adentro y desde entonces no la he vuelto a ver.

Después de ese día vino lo feo. Vino todo lo que sucede cuando pierdes a alguien, cuando te das cuenta de que está bien muerto, que jamás podrás verlo de nuevo y encima, que jamás recordarás cuándo fue la última vez que lo viste, qué fue lo último que le dijiste. Muy difícil es vivir en lo feo y mucho más difícil es escapar de ahí. Después de un año, yo sigo esperando que alguien venga y me diga dónde está la salida.

Pero esa noche me senté en la banqueta, bajo un poste de luz, a checar el cuaderno de Beto. Hoja por hoja, revisé el historial de nuestro grupo sin nombre y todos nuestros intentos fallidos por bautizarlo, nuestros versos chuecos y los recortes de Cerati pegados con saliva. Llegué a las últimas anotaciones, parecían de unas semanas antes del incidente. Había muchos borrones, pero se alcanzaba a distinguir algo que Beto escribió en un último esfuerzo por encontrarle nombre a la banda. Con solo dos palabras, era el peor de todos y al mismo tiempo, el perfecto. Más aun, me dio la sensación de que aquel había sido nuestro nombre desde el principio.



Priscila Rosas Martínez, de 22 años, es originaria de Mexicali, Baja California, y estudiante de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación. En 2018, fue becaria del Instituto de Cultura de Baja California y colaboró en una de sus antologías de cuento. Ese mismo año, ganó el Primer Concurso Estatal de Ensayo Joven de la revista El Septentrión. En 2020, su cuento "Cenizas" fue publicado por la Revista Plástico y obtuvo el primer lugar en el concurso de ensayo de la Facultad de Ciencias Humanas, UABC. Ha participado en talleres de escritura creativa con artistas de la región, además de ser invitada a varios encuentros de escritores como Tinta Fresca o Tiempo de Literatura. Recientemente, fue seleccionada nacional para la primera estancia literaria “Muros de Agua José Revueltas”, que se llevó a cabo en Islas Marías. Es correctora de la Revista Cultural Escafandra y guionista audiovisual para “Aliadxs Cimarronxs”, grupo creado para la atención y prevención de la violencia de género. Actualmente se encuentra de intercambio en Grenoble, Francia.

© Copyright | Revista Sputnik de Arte y Cultura | México, 2022.
Sputnik Medios