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Oficio del cuentista: «El club de los gatos negros»



La primavera para el colectivo de Letrhadas comenzó con el taller de cuento de la escritora Lola Ancira. Durante cinco semanas fueron revisados 15 textos de diferentes autoras y autores, con el fin de sentar las bases de la escritura del cuento. A través de la guía de la autora, las y los alumnos que se inscribieron comenzaron a ejercer el oficio del cuentista. En este dossier supervisado por la tallerista publicaremos los resultados de dicho taller. Queremos que conozcas a Lola Ancira como autora, pero también como editora y maestra del género, así que te invitamos a disfrutar la siguiente lectura.


El club de los gatos negros

Por Miguel Ángel Barragán Reyes



Era la tercera vez que pasaba ese pensamiento descabellado por la mente de Lucho. La primera vez fue solo una reflexión; ¿qué pasaría si secuestro al gato del sargento Ospina? Esos bichos suelen escaparse de casa. La gente pone carteles de ‘se busca’ constantemente. Nunca los encuentran. La segunda vez fue, más bien, un arrebato de sofismas; ¡lo salvaré de ese pedante cocainómano! Una bala en la sien, un cuchillazo en el cuello y el gato sería mío. En todo caso, los gatos son seres sobrenaturales que no pertenecen a nadie. Pero la tercera vez, más que un pensamiento, fue un plan para cometer el crimen.

            En aquel entonces, Lucho tenía 30 años. Era contador en un discreto despacho y vivía en un pequeño departamento, solo. Una vida relativamente ordinaria, sino fuese por el oscuro secreto que, a veces, lo aquejaba. 

            Al lado de él vivía el sargento Ospina y su gato negro; un felino hermoso que Lucho comenzó a desear cuando se enteró de la existencia del Club de los gatos negros; una enigmática sociedad con la que se obsesionó sin remedio.

            Verónica, la chica nueva del trabajo, le contó acerca de ello; le confesó que aquel club estaba conformado por personas que buscaban un sitio donde poder ser ellas mismas. Personas, algunas, con oscuros secretos.

            —Desnudamos nuestra alma, Luchito. Nos contamos nuestros pecados más viles.

            —Pero, ¿qué tipo de pecados?

            —De todo, créeme.

            Lucho imaginó, con gran ilusión, a un grupo de psicópatas; inadaptados que habían encontrado un refugio. Un club que ansió conocer.

            —Sí pero, ¿qué tipo de pecados?

            Verónica rio por lo desesperado que parecía Lucho. Sabía que el Club sería de su interés pues, según algunos compañeros del trabajo, Lucho se sentía atraído por órdenes secretas y antiguas; sociedades que Lucho admiraba por pensarlas enigmáticas e, incluso, perturbadoras. Illuminatis dominando la economía global. Masones a las sombras de las más grandes revoluciones políticas. Neotemplarios protegiendo viejos cánones de conocimiento.

            —Si te lo contara, incumpliría la regla número 7 del club.

            —¿Y cuál es esa regla?

            —Si te lo contara, incumpliría la número 8.

            Lucho rio, se emocionó con ese exagerado secretismo.

            —¿Y qué se necesita para entrar?

            —Si te lo contara… ¡bueno!, tal vez algún día te dé una pista.

            Pero para Lucho fue obvio, se necesitaba un gato negro. Inmediatamente pensó en el gato del sargento Ospina. Aquel animal le daría entrada a una sociedad de personas como él.

            Fue así como empezó a planear el secuestro. Lo más orgánico sería provocar que el gato saliera de casa por su cuenta. Una vez afuera, lo tomaría sin más. Para esto, tendría que dejar alimento cerca de la casa del sargento y, así, provocar la salida del gato; con un poco de suerte, el felino se haría una rutina. Lucho estaría atento de esos horarios, aunque también de la actividad vecinal en la calle. Nadie debía verlo. Robar un gato es una atrocidad que ni siquiera el Club de los gatos negros perdonaría. O peor aún, el sargento Ospina podría propinarle la más histórica de las palizas. Pero mientras pensaba en estos escenarios, con la mirada perdida y la respiración un tanto agitada, se descubrió frente a la puerta del sargento Ospina, con un cuchillo de cocina en la mano izquierda, después de haber tocado el timbre.

            Escuchó fuertes pisadas aproximándose. Ocultó el arma. Respiró. Pensó en huir, pero no lo hizo. Miró rápidamente los alrededores. Cuando el sargento abrió la puerta, lo único que se le ocurrió fue señalar, con la mano derecha, el poste de luz más cercano. Apuntaba al panfleto que hace unos días habían colocado en la colonia para pedir información sobre Noa Martínez, un chico de 19 años que había desaparecido recientemente; un cuerpo que descansaba en el departamento de Lucho. Con convincente serenidad, Lucho le comunicó al sargento que sabía dónde estaba aquél chico. El sargento, dubitativo, lo invitó a entrar para entender qué pasaba, pero en cuanto el sargento dio la vuelta, Lucho le clavó con violencia el cuchillo en el cuello. El hombre cayó mientras balbuceaba algo inentendible. El gato, con la mirada fija, indescifrable, lo vio todo.

            Durante un minuto, Lucho no pudo despegar la mirada del cuerpo que yacía en el suelo. Buscó justificaciones del asesinato dentro de su confundida mente, pero, al no encontrarlas, un extraño trance se apoderó de él; solo podía pensar en un revoltijo de ideas: el club, el gato, oscuros secretos, solución. El Club de los gatos negros podría ayudarle.

            Al día siguiente, Lucho dejó una notita en el escritorio de Verónica. ‘Ya tengo un gato negro’, decía. Verónica no comprendió el mensaje de inmediato, pero supo de quién, dadas las últimas conversaciones que habían tenido. Lucho esperaba alguna especie de confirmación, pero no fue sino hasta tres días después, en el cumpleaños número 31 de Lucho, cuando Verónica le pidió acudir al Pompeyo Café, donde lo esperaría el líder del Club.

            Al llegar, solo una persona se encontraba en una de las mesas. Vestía de negro, tenía semblante pálido y sorbía su café tan elegantemente como lo haría un gato. Al sentarse, Lucho corroboró, como se lo exigía el prejuicio, que el hombre cargaba un aura sombría, casi exagerada, casi actuada. Esto emocionó como nunca a Lucho, sabía que estaba en el lugar correcto. El hombre le pidió confiar en él. Lucho asintió. El supuesto líder cerró ventanas y puertas; le vendó los ojos y le ató una mano a la silla. Lucho accedió sin chistar.

            Al principio, se percató de que aquel hombre preparaba una suerte de utensilios. Guantes de látex que se esforzaba por ocultar inútilmente. Iba de aquí para allá sin explicación alguna. Pasaron varios minutos hasta que el lugar se tornó casi sepulcral; frío pero solemne. El hombre no decía ni una sola palabra. A lo lejos, el barullo de la calle nada más, como un recordatorio de que el tiempo no se había detenido; un recordatorio de que esto era real.

            De pronto, alguien habló. No era el hombre que lo recibió. La voz era contundente, casi violenta.

            —¿Sabes dónde estás?

            —En el Pompeyo Café.

      Irrumpió en el lugar un fuerte ‘nooooo’, gritado por varias personas. Lucho se sobresaltó. ¿En qué momento había llegado tanta gente al lugar? ¿Todos lo miraban?

            —¿Sabes dónde estás?

            —En el Club de los gatos negros.

            —¿Y qué es el Club de los gatos negros?

            —Una orden secreta de…

            ¡Noooooo!, se escuchó ahora más fuerte dentro del recinto. Lucho tragó saliva y volvió a contestar.

           —Mi hogar. El lugar donde conoceré a mis hermanos y hermanas.

           —¿Y qué quieres de nosotros?

          Una voz a lo lejos murmuró ‘quiere nuestros secretos’. Los demás parecieron seguir el juego. Lucho, en su esmero de no dar respuestas apresuradas, calló. 

           —¿Cómo saber si podemos confiar en ti? 

           —Este Club es lo que siempre deseé, sin saberlo.

           —Todo aquel que es parte de este club es iniciado en oscuros secretos, pero tememos que los reveles.

            —No pasará.

            —¿Estarías dispuesto a todo para probar tu lealtad?

            —Sí.

            —¿Seguro?

            —Sí.

            —Cuéntanos, entonces, tu secreto más vil. Solo así podremos contarte los nuestros.

            Lucho dudó. No veía nada. No sabía quiénes eran aquellos que estarían a punto de escuchar su confesión. Pero entre tanta oscuridad logró ver los ojos del gato del sargento Ospina, un recordatorio de la urgencia que debía ser atendida cuanto antes. Así que lo contó todo. Confesión tras confesión y con lujo de detalle. Andrea Lárraga, una mujer de 37 años, compañera suya en un curso de filosofía. Omar Atahualpa, un mesero del restaurante que Lucho frecuentaba. Noa Martínez, joven de 19 años que toda la colonia estaba buscando. Y, recientemente, César Ospina, un militar de 40 años, su vecino. Todos asesinados violentamente y descuartizados con delicadeza para que Lucho pudiera quedarse con los respectivos trofeos. A veces la cabeza, a veces un dedo.

            El silencio era sepulcral, casi incómodo. No era claro si alguien seguía ahí. Tal vez el Club de los gatos negros no era lo que esperaba y decidieron marcharse ante tanta atrocidad. Rápidamente decidió quitarse la venda con la mano que tenía libre. La luz era cegadora. Al principio, solo pudo advertir un pequeño grupo de personas que lo observaba. En el fondo, manchas de todos los colores adornaban el recinto.

            Cuando pudo ver con claridad, casi se le detuvo el corazón. Ni en sus momentos más oscuros habría imaginado un escenario tan atroz. Eran globos, globos de todos los colores alrededor del Pompeyo Café. También, un enorme y feo letrero que decía “Sorpresa Lucho!!”. Un pastel en medio de la mesa más grande. Un gato muy parecido al del sargento Ospina lamiéndose una de las patas delanteras. Y sí, Verónica con unos cuántos compañeros de trabajo que lo observaban con un horror indescriptible.



Miguel Ángel Barragán, filósofo de la Ciudad de México, nacido el 5 de septiembre del 89. Ha sido copywriter, storyteller y guionista en la industria de la publicidad y eventos corporativos. Actualmente diseñador de contenidos UX y amante empedernido de aquellas historias que espabilan la conciencia (o inconsciencia) y el corazón.

Letrinas: Siempre voy tarde

Siempre voy tarde

Luis De la O


“Alguien debió haber calumniado a Josef K.,
pues una mañana fue arrestado sin haber hecho nada malo.”
—Franz Kafka, El proceso


Me despierto como todos los días. Suena la primera alarma de las siete, la que pongo “por si no me levanto a la primera”. El reloj marca las 5:45 a. m.
Bajo a prender el bóiler y me concedo un ratito más, ese pequeño acto de resistencia inútil.
Cuando vuelvo a ver el reloj repito el mantra que me ha acompañado los últimos siete meses: mierda, voy tarde.

Me ducho, preparo café y le grito a la cafetera:
—¿No puedes hacerlo más rápido?
Como si la velocidad fuera una virtud moral y no un castigo.

Salgo tan aprisa que olvido perfumarme. Prendo el auto: no hay gasolina. Golpeo el volante. Recuerdo lo que dije anoche, como siempre: mañana me levanto temprano a cargar. Rezo a Dios, ese gerente invisible, para que el coche aguante con lo poco que le queda.

El estacionamiento está lejos. Corro con las agujetas sueltas mientras repito el mantra en voz alta, como un rezo laico. Me abre la misma persona de todos los días, con la misma sonrisa disciplinada. Alguna vez me dijo que este era el mejor trabajo que había tenido en su vida. Desde entonces sospecho de él.

La oficina —si es que se le puede llamar así— mide dos por dos. Tres personas coexistiendo por obligación. Se maquillan y hablan del fin de semana como si el tiempo libre fuera un rumor. Abro la computadora: el mismo archivo inconcluso del viernes. El pasado reciente siempre vuelve en forma de documento sin guardar.

—¿Y a ti cómo te fue?
—¿A mí?

Hago una pausa. Pienso en excesos, en noches largas, en decisiones torpes.
—Bien, tranquilo. No hice nada.

La mentira más eficiente es la que no despierta preguntas.

Empiezo con los pendientes cuando me llaman. El jerarca quiere verme.
—¿Cómo vamos con los pendientes?

Suspiro. Repito la frase institucional de todos los lunes:
—Seguimos trabajando.

Su cara se endurece. Con voz de locutor de radio matutino, me pregunta:
—¿No puedes hacerlo más rápido?

Mierda. Eso mismo le dije a la cafetera. Aquí todos repetimos frases ajenas creyendo que son propias.

Regreso a la oficina. Dos personas esperan turno. La primera dice que su sueño es trabajar aquí. Pobre imbécil, pienso, pero sonrío.
La segunda tiene un apellido importante, rubia, ojos claros, padres benefactores de la iglesia. No sabe nada del puesto, pero eso nunca ha sido un obstáculo. Le doy el empleo de inmediato. El mérito es una superstición.

Hora de comer. Hago fila rápido: hoy hay algo que me gusta. Me siento cuando suena el teléfono. Es mi jefe, viejo lobo de mar varado en el pasado.
—¿Cómo vamos con los pendientes?
—Seguimos trabajando.
—Pues trabaja más rápido, mediocre.

Cuelga. La palabra se queda flotando sobre la mesa.

Como deprisa. La comida ya está fría. Toso y bebo agua de esas que prometen limón pero saben a tamarindo. Todo aquí es así: parece una cosa, es otra, y aun así lo aceptamos.

Anoto pendientes en una libreta con el nombre de mi jefe en letras doradas. Regalo navideño improvisado porque olvidó el intercambio. Estoy por terminar cuando alguien entra a contarme su vida. Mientras habla, mi ojo empieza a temblar.
Ojalá existan refacciones para los ojos, pienso, porque el mío ya se cansó de mirar lo mismo.
No escuché nada.
—Está cabrón —digo.

Funciona para casi todo.

Última junta del día. Presentan el plan de expansión. Me entregan pendientes que debí haber empezado hace dos semanas, quizá en otra vida. Antes de cerrar, alguien de la corte celestial presenta el nuevo producto que, según ella, revolucionará la industria. Silencio. Todos se ponen de pie y aplauden. Algunos lloran. En el fondo, todos sabemos que perderemos cientos de miles de pesos, pero la fe corporativa exige sacrificios.

Salgo corriendo, como cuando era estudiante y sonaba la campana. Tomo mi mochila, cierro la oficina y, de pronto, aparece detrás de mí la misma persona que me abrió en la mañana. Ya no sonríe. Con voz de ultratumba me dice:
—Ya no trabajas aquí. ¿Qué no lo entiendes? Ya vienen por ti.

No entiendo nada. Como Peña Nieto aquella vez, corro a esconderme en los baños. Entro al último cubículo y me subo al retrete. Abren la puerta. Revisan uno por uno. Llegan al mío. Veo los zapatos por debajo: botas viejas, usadas, de las que dimos porque no había de su número. Golpean la puerta. Cierro los ojos.
—Es el fin —susurro.

Despierto de golpe. Sudado. Jadeando. Respiro hondo.
—Solo fue una pesadilla.

Me siento en la cama, tomo un sorbo de agua y miro la hora con los ojos a medio abrir. Mierda, voy tarde.

Nieves de enero: convocatoria de cuento 2026 | Editorial Agujero de Gusano



CONVOCATORIAAntología de cuentos

Nieves de enero


La Editorial Agujero de Gusano convoca a escritoras y escritores que radiquen en México a participar en la antología de cuentos Nieves de enero, un proyecto editorial que explora la relación entre la música popular mexicana, la violencia, la memoria y la cultura contemporánea.


Intención editorial

Esta antología parte de la convicción de que la música popular mexicana no es un mero acompañamiento de la vida cotidiana, sino un archivo vivo de la violencia, la memoria y las contradicciones del país. En un contexto donde la música narra lo que a menudo no aparece en los discursos oficiales —o lo hace desde la distorsión, el mito y el espectáculo—, estos cuentos buscan interrogar el papel de la canción como testimonio, mercancía, propaganda o resistencia. La intención editorial no es glorificar la violencia ni moralizarla, sino explorar sus resonancias culturales, las formas en que se canta, se oculta, se celebra o se normaliza. Desde la ficción, la antología propone una lectura crítica del país a través de su música: lo que dice, lo que calla y lo que deja sonando cuando todo lo demás se ha roto.


Temática

La antología estará dedicada a la música popular mexicana y su relación con la violencia, la memoria y la identidad cultural.

Los cuentos podrán dialogar —de manera directa o tangencial— con alguno o varios de los siguientes ejes:

  • La música popular como narradora de la violencia en México.

  • Corridos, narcocorridos y corridos tumbados como mito, crónica o propaganda.

  • La censura, persecución o silenciamiento de la música popular.

  • La narcocultura y su imaginario musical.

  • La violencia de Estado y su reflejo (o su omisión) en la música.

  • La música regional mexicana como herencia, identidad o condena.

  • La música como industria, mercancía y dispositivo cultural.

La música podrá funcionar dentro del relato como tema central, detonante narrativo, atmósfera, memoria, obsesión o ruina.


Participantes

Podrán participar autoras y autores de cualquier nacionalidad y edad, siempre que radiquen en México (condición indispensable para el envío del ejemplar de cortesía).

Cada participante podrá concursar con un solo cuento.


Obra

  • Se podrá participar con una sola obra.

  • El texto deberá ser original e inédito, y no haber sido premiado ni estar participando simultáneamente en otros concursos o convocatorias editoriales.

  • La obra deberá estar escrita en español, en hojas tamaño carta, con una extensión de 4 a 7 cuartillas, en formato Word, con letra Times New Roman o Arial de 12 puntos e interlineado de 1.5 (si el trabajo se extiende un poco más de las 7 cuartillas, no hay problema).


Método de envío

Los trabajos deberán enviarse al correo electrónico: hola@sputnikdos.com

Asunto del correo: Nieves de enero

El correo deberá incluir:

  • El cuento adjunto en documento Word con título, nombre o seudónimo del autor (respetando las características de formato y extensión).

  • Una breve semblanza del autor o autora en el cuerpo del correo (de manera opcional puede incluir redes sociales del autor).

Además, cada participante deberá incluir un enlace de Spotify o YouTube a una canción relacionada con la temática de la antología (no necesariamente vinculada al cuento enviado), con el fin de conformar la playlist oficial de Nieves de enero.


Plazos

  • Recepción de trabajos: 01 de enero al 30 de marzo de 2026.

  • Las personas seleccionadas serán notificadas vía correo electrónico en fechas posteriores.

  • La publicación de la antología está prevista para el verano de 2026.


Selección

Los cuentos serán leídos y seleccionados por el equipo editorial de Agujero de Gusano. El fallo será inapelable.

Debido a la extensión limitada del libro, no será posible incluir todos los trabajos recibidos. Sin embargo, algunos textos no seleccionados para la antología podrán ser considerados para su publicación en la sección literaria Letrinas de Revista Sputnik, en la página web de Editorial Agujero de Gusano o en el fanzine impreso que la editorial distribuye periódicamente en la ciudad de Aguascalientes. Al enviar su obra, las y los participantes manifiestan su conformidad con esta posibilidad.


Publicación y derechos

Los autores y autoras conservarán los derechos de su obra, cediendo de manera no exclusiva los derechos necesarios para su publicación en la antología Nieves de enero, así como en sus posibles versiones impresa, digital, en Revista Sputnik, el fanzine impreso o la página web de Editorial Agujero de Gusano.

Al tratarse de un proyecto autogestivo e independiente, no se contempla remuneración económica. Cada autor o autora seleccionado recibirá un ejemplar de cortesía de la antología.

Se otorgarán cinco menciones honoríficas a los cuentos más destacados, las cuales estarán acompañadas de un presente simbólico por parte de los patrocinadores del proyecto.


Consideraciones finales

Editorial Agujero de Gusano se hará cargo de los gastos de impresión, registro y distribución de la obra entre sus autores. Un porcentaje del tiraje estará disponible para su venta a través de los distintos canales de la editorial, y las personas participantes podrán adquirir ejemplares adicionales si así lo desean.

La participación en esta convocatoria implica la aceptación total de las presentes bases. Cualquier situación no prevista será resuelta por el comité editorial.

© Copyright | Revista Sputnik de Arte y Cultura | México, 2022.
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