Oficio del cuentista: «Mercurio»

Alian Hernández Romero. Nació en Tulancingo, Hgo. Lleva 10 años viviendo en Puebla, Puebla. Dirige el club de lectura "Leyendo al mundo".

La primavera para el colectivo de Letrhadas comenzó con el taller de cuento de la escritora Lola Ancira. Durante cinco semanas fueron revisados 15 textos de diferentes autoras y autores, con el fin de sentar las bases de la escritura del cuento. A través de la guía de la autora, las y los alumnos que se inscribieron comenzaron a ejercer el oficio del cuentista. En este dossier supervisado por la tallerista publicaremos los resultados de dicho taller. Queremos que conozcas a Lola Ancira como autora, pero también como editora y maestra del género, así que te invitamos a disfrutar la siguiente lectura.


Mercurio

Por Alian Hernández Romero


Mi mamá trabaja en las tardes y no regresa hasta la mañana siguiente. Siempre llega a prepararme mi lunch y alistarme para ir a la escuela. Extraño cuando me leía cuentos antes de dormir, o cuando hacíamos pasteles y galletitas, o jugar juntos con Mercurio, mi gato.

Si el gato estuviera en casa, me pondría a jugar con él, pero no sé dónde está, desde ayer que llegué de la escuela no lo he visto. Mi papá está todo el día en casa, pero no juega conmigo, nomás me presta su celular para que vea videos. Solo una hora y luego me manda a jugar con mis carritos. Desde hace dos años no me han comprado juguetes nuevos.

A él le siguen llegando mensajes al celular, que dicen que mi mamá le puso los cuernos, fotos donde está platicando con el papá de mi amigo Rodrigo. No me gusta lo que dicen de mi mamá. Ni siquiera entiendo qué es eso de poner cuernos. Yo solo veo que están platicando. Yo estuve ahí, fue el día que su papá de Rodrigo nos invitó un helado. Recuerdo que ese día mi mamá le contó que estaba fastidiada, que por más que trabaja no le alcanza. Tal vez mi papá se enoja de que mi mamá le cuente a los demás sus problemas.

—¡Edgar! ¡Ya dame el celular! Vete a jugar con tus carritos.

—No encuentro a Mercurio por ningún lado. ¿Tú no lo has visto?

—Ese gato ni siquiera tendría que vivir acá. Tu mamá que se lo encontró en la calle y se lo trajo y ahora por más que lo corro, siempre regresa. Aunque ahora sí creo que ya no va a volver.

Ni caso tiene discutir. Me voy por mis carritos. Alcanzo a ver que mi papá se acerca al congelador, me asomo desde la puerta de forma que no me vea. Saca una bolsa de plástico que, parece estar llena de comida, la baja al refrigerador.

—Ahora sí me vas a conocer. ¡Te vas a arrepentir!

Mi papá dice cosas muy extrañas. No me las dice a mí. Habla solo. Piensa que no lo escucho.


*

Construyo una carretera con mis colores, nomás de cincomilochomil metros, cada color mide milochomil metros, antes era de seismilochomil metros, pero se me perdieron dos en la escuela, el verde claro y el amarillo. Acomodo dos carritos, los preparo, run run, y los aviento al mismo tiempo para ver quién gana. Luego elijo los otros dos y hago lo mismo. Recojo a los ganadores de cada carrera y los enfrento en la gran final. Gana el carro rojo descarapelado. Siempre gana. Ya me aburrí. Si tan solo estuviera el gato… Él siempre encuentra travesuras nuevas.

Mi papá saca un pedazo de pizza, lo mete al microondas y me grita para que ya vaya a cenar.

—¿Seguro que no hay otra cosa?

—Eres un malagradecido. Cuando yo era niño solo me compraban pizza el día de mi cumpleaños. Además, ya se acabaron las Maruchan. Todo por culpa de tu madre, que ayer se le olvidó comprarlas antes de entrar a trabajar.

—Esta pizza ni me gusta. No es de Domino's, es de la que venden los vecinos de la esquina.

—Esas son las mejores de toda la ciudad. Además, son más grandes.

—Sí, ya sé, compras dos para que alcancen toda la semana.

Me manda a dormir temprano porque mañana tenemos una excursión en la escuela. Estoy muy contento. Casi no puedo dormir. Me levanto a mitad de la noche para acercarme al refrigerador. Me da mucha curiosidad saber qué es lo que mi papá guardó ahí. 

Ya es muy tarde y sigue sin llegar el gato. A veces sale a estas horas a pelearse con otros gatos en el techo, pero no lo escucho. Los gatos de los vecinos tampoco están. ¡Qué extraño!

Doy vueltas y vueltas en la cama, no puedo dormir. Quiero ver qué guarda mi papá en el refri. Salgo de mi cuarto con mucho cuidado para no despertarlo. Arrimo una silla a la ventana, intento cargarla para hacer el menor ruido posible, pero es muy pesada. La arrastro con cuidado. Voy a ver si no ha regresado el gato, quizá esté en el jardín. 

Ni rastro de él. Me quedo observando la luna. Es muy bonita, tan redonda y amarilla. Se me antoja un sándwich de queso. Desde el cumpleaños de Rodrigo no he comido uno.

Doy un salto para bajar de la silla y me acuerdo que no debo hacer ruido, pero creo que no desperté a mi papá.

El refri se convierte en un castillo enorme y tengo que pasar con mucho cuidado por un puente para no caer en el lago que está lleno de cocodrilos, camino lento pero firme. Ahora extraño más a Mercurio, él sería el dragón en este momento. Cuando por fin llego al castillo, unos guerreros medievales abren la puerta. Escondida en donde deberían ir las verduras está la bolsa que metió mi papá. Con mucho cuidado la toco, parecen pedacitos de carne, el nudo está muy fuerte, intentó desatarla con todas mis fuerzas. Un gigante se acerca al castillo, me quita la bolsa y azota la puerta.

—¿Qué buscas? ¡Deberías estar dormido! Mañana no te vas a querer despertar ¿Qué no quieres ir a tu excursión?

—¡Tenía hambre! Venía por el pedazo de pizza que dejé.

—¿Ves por qué tienes que cenar bien?

—Estaba preocupado. No he visto al gato en todo el día. Ayer por la mañana fue la última vez que lo vi.

—Mejor ya ni pienses en el gato. Lo más seguro es que se perdió o algún perro lo atacó.

—¡No digas eso! Mercurio va a regresar.

Me voy corriendo a mi cuarto. Me meto entre las sábanas, me acuesto boca abajo y pongo la almohada encima de mí. Empiezo a llorar hasta que me quedo dormido.


*

El carro de mi papá se descompuso, justo hoy que iremos de excursión. ¡Lo que me faltaba!

Me lleva caminando hasta la escuela. Voy prestando atención a todos los gatos que encuentro en la calle para ver si veo al mío.

Estoy muy cansado, justo se tenía que descomponer el carro hoy que es la excursión.

—Papá, ¿Por qué no mejor tomamos un taxi?

—Deja de quejarte y apúrate.

—Si hubieras pedido un taxi ya hubiéramos llegado.

Mi papá me ignora. Me jalonea y empezamos a correr.

A lo lejos veo el altobús que nos llevará de paseo.

Corro y corro, pero no logro alcanzarlo. El altobús empieza a acelerar.

—¡Esperen! ¡Esperen! Falto yo.

Grito con todas mis fuerzas. Es inútil. Parece que no me escuchan. Nunca me escuchan. El altobús ya va muy lejos. Escucho unos maullidos, debe ser mi gato. Volteo y observo como otro altobús lo atropella. Y luego el carro de mi papá me atropella a mí. Siento las ruedas pisando mi cabecita.


*

Despierto gritando. Algo muy pesado está aplastando mi cabeza. Era la almohada. Todo fue un sueño. ¡Vaya pesadilla! Tal vez mi gato nunca se perdió.

Escucho mucho ruido afuera, pero ningún maullido. Un carro se estaciona, a los quince segundos vuelve a acelerar. No es el carro de mi papá. Suena diferente. Escucho unos ronquidos. Mi papá sigue durmiendo.

El chirrido de la puerta. ¡Debe ser mi mamá que ya llegó del trabajo! Corro a abrazarla.

Esta vez no me preocupa despertar a mi papá, sigue roncando. Un momento, ¿Cómo es que no pasó por mi mamá al trabajo? Siempre pasa por ella en el carro.

—¡Mami, mami!

—Corazoncito, ¿Qué haces despierto a estas horas?

—Mami, ¿Por qué mi papá no pasó por ti al trabajo?

—Me llamó anoche para decirme que estaba fallando el carro y que no quería arriesgarse a que se quedará varado en la madrugada. —se acerca a mi oído y me cuenta un secreto —No le digas que me trajo el papá de Rodrigo por favor, si te llega a preguntar, dile que llegué en un taxi.

—No te preocupes mami. Por cierto —ahora yo le cuento otro secreto — hace rato le llegaron fotos a mi papá de cuando fuimos con Rodrigo y su papá. Y dijeron algo de cabras y toros, no recuerdo bien, lo que sí recuerdo es que decían cosas muy feas de ti, esa palabra de cuatro letras que me has dicho que no tengo que decir.

—Ay, esa gente chismosa. Pero si solo estábamos platicando, tú estabas con nosotros. Tú no hagas caso hijo, y no andes leyendo los mensajes de tu papá. De seguro al rato me va a reclamar y no quiero discutir con él por sus tonterías. Gracias por avisarme, corazoncito delator.

—No me gusta cómo te dicen. Mis amigos me empezaron a molestar con eso, desde que les conté que trabajas en las noches, dicen que solo las… la palabra que no debo decir, son las que trabajan en la noche.

—Hay muchas personas que trabajan por la noche. De guardias, en los OXXOS, en farmacias, en gasolineras. Hay muchos trabajos nocturnos. Trabajar no tiene nada de malo, yo tengo que doblar turnos, por eso termino de trabajar hasta las cinco de la madrugada. 

Mi mamá sale al patio.

—¿A dónde vas mami?

—A prender el boiler, ya que andas muy despierto, de una vez métete a bañar, acuérdate que ahora tienes que salir antes, con eso de que tu papá anda con el carro casi descompuesto.


*

Después de todo, la pesadilla tuvo algo de cierto. Creo que cuando me estaba quedando dormido alcancé a escuchar a mi papá hablando por teléfono con mi mamá. Trato de hacer memoria mientras me tallo rápido, antes de que se acabe el agua calientita.

Al salir con la toalla y en chanclas veo que mi mamá está preparando unos sándwiches y está calentando algo en el sartén.

—¡Que rico huele mami!

—Ayer pasé a comprar las Maruchan que me pidió tu padre y estaba de oferta este pan porque caduca mañana. Y como te vas a ir de excursión, pensé que tal vez podrías llevarle unos sándwiches de pollo a tus amiguitos. ¡Qué sorpresa que tu papá haya comprado pollo rostizado ayer!

—¿Cómo? ¿Había pollo?

—Estaba en el refri, ¿No fue eso lo que comieron ayer?

—No. Me dijo que solo había pizza, como siempre. Así que eso es lo que guardaba en la bolsa.

—De seguro el muy codo se lo compró para él solito y no nos quiso invitar. Ni modo, yo ya te estoy preparando tus sándwiches. Y para que se le quite no le voy a guardar nada.


*

—¡Papá! ¡Apúrate que me va a dejar el altobús escolar!

—Lo que me faltaba, un cuervo sacándome los ojos.

—Nunca más me vuelvas a decir eso. Yo no soy ningún cuervo.

—Doblando la esquina estamos a dos calles. Si quieres córrele, y ya de aquí me regreso. Ni modo que te pierdas, si estás tonto, pero no tanto.

Me echo a correr. Doy vuelta en la esquina. Veo al señor Agustín cerrando la puerta.

—¡Señor Lupián! ¡Señor Lupián! ¡No cierre la puerta!

Por más que grito, el señor Agustín no parece escucharme.

—¡Don Agustín!

A Don Agustín le molesta que le digamos por su nombre, pero le estoy gritando por su apellido y no escucha.

Corro con todas mis fuerzas, golpeó fuerte la puerta. Por más que toco el señor Agustín no sale. Me paro de puntillas para alcanzar a ver. No veo a nadie adentro. El ruido de un motor hace que pierda el equilibrio.

Por andar con la preocupación, no me di cuenta que el altobús escolar ya había llegado. Está ahí estacionado al otro lado de la calle. La maestra Eliza viene corriendo hacia mí.

—¿Qué haces acá? Ya deberías estar arriba del autobús. Estábamos a punto de arrancar cuando volteé y te vi.

Me jalonea y me lleva hacia el altobús. Mis compañeros se ríen cuando me ven subir. Camino en busca de un lugar. Rodrigo se hace a un lado para que yo quepa.

—¿Por qué llegas tarde? Ya casi te íbamos a dejar. ¿Qué pasó?

—Se descompuso el carro de mi papá. Venía peleando con él porque no se apuraba. Por poco me deja el altobús. ¡Me iba a perder la excursión!

—Tranquilo, ya estás aquí, ya verás que nos divertiremos mucho. 

El altobús se empieza a mover. Voy observando el paisaje.

—Edgar, ¿Qué tienes? Vienes muy callado. ¿Estás enojado conmigo?

—Mi mamá está muy cansada, no me lo dijo, pero lo pude ver en sus ojos. El gato no aparece. Llevo dos años con los mismos juguetes. Tres meses comiendo pizza recalentada todos los días. Ayer perdí dos colores. Y no, no estoy enojado contigo, pero mi papá está enojado con mi mamá por culpa de tu papá.

—Mira, para que no te enojes te presto mi juguete nuevo que me trajo mi primo de Francia, es un orangután. Dice que se lo encontró en un río abandonado. Río Morgan o algo así dijo que se llama.

—Uy, está horrible.

—Oye, no le digas así. No te desquites con él. No te ha hecho nada malo. ¿Te imaginas que nos encontremos uno de verdad ahorita que lleguemos al Safari?

—Ay no, ¡Qué miedo! Con todos los problemas que traigo encima, no me quiero ni imaginar.

—Mejor cuéntame eso de que tu papá se enojó con tu mamá por culpa de mi papá.

—¿Te acuerdas del día que fuimos al parque y tu papá nos compró un helado a nosotros y a mi mamá? Pues alguien tomó unas fotos y se las mandó a mi papá.

—Pero ¿eso que tiene?

—Yo tampoco sé, pero me da mucho miedo, porque mi papá está muy enojado desde ayer, se la pasa hablando solo y diciendo cosas raras.


*

—Ya me cansé de tanto caminar. Vamos a sentarnos un ratito.

—¡No! ¡Qué aburrido! Yo quiero seguir conociendo el lugar.

—Entonces ayúdame a cargar mi mochila.

Dejo la mochila en el suelo. Él intenta levantarla y se cae por el esfuerzo.

—Oye, ¿Por qué traes tantas piedras?

—¡No seas exagerado! No son piedras, son sándwiches.

Rodrigo no me cree y abre la mochila. Un fuerte olor a podrido nos pega en la cara.

—Edgar, ¿Qué traes ahí adentro?

—Son sándwiches de pollo. De seguro se echaron a perder con el calor. Tal vez sea el pan. Mi mamá me dijo que estaba por caducar.

—Huele a carne podrida, como cuando atropellan a los animales en la carretera.

—No digas eso que anoche soñé que atropellaban a Mercurio.

—¿Estás seguro que son de pollo? Huelen muy raro.

—Son sándwiches de pollo rostizado. Eso dijo mi mamá.

Rodrigo empieza a palidecer. Va a vomitar.

La mochila cae al suelo. Un sándwich llega hasta mis pies. Lo levanto, no soporto el olor, alejo mi cara. Me cubro la nariz con el suéter. Intento quitarle la servilleta, pero el papel está muy pegado. El sándwich tiene algunos pelitos negros, como de gato. Al abrirlo, entre más pelos negros veo un ojito que parpadea. Un maullido muy fuerte se escucha en el interior de la mochila.



Alian Hernández Romero. Nació en Tulancingo, Hgo. Lleva 10 años viviendo en Puebla, Puebla. Psicólogo social por la UAEH. Dirige el club de lectura Leyendo al mundo.


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