Oficio del cuentista: «La mancha»

Julio Rodríguez es un creador originario de Querétaro cuya práctica se desarrolla entre la educación, la música y la fotografía.

La primavera para el colectivo de Letrhadas comenzó con el taller de cuento de la escritora Lola Ancira. Durante cinco semanas fueron revisados 15 textos de diferentes autoras y autores, con el fin de sentar las bases de la escritura del cuento. A través de la guía de la autora, las y los alumnos que se inscribieron comenzaron a ejercer el oficio del cuentista. En este dossier supervisado por la tallerista publicaremos los resultados de dicho taller. Queremos que conozcas a Lola Ancira como autora, pero también como editora y maestra del género, así que te invitamos a disfrutar la siguiente lectura.



La mancha

Por Julio Rodríguez


Lo que se vive en la infancia no huye, solo se esconde… 


La niña llega de la escuela. En la lejanía una voz que asemeja el recuerdo de un bello momento, se despide. Ella cruza la pequeña sala, donde un viejo comedor permanece a sus espaldas, sobre él, un plato de cereal abandonado a la intemperie y soledad, rodeado de una fina capa de polvo. En su interior crece una mancha que flota y se adhiere a las paredes, devora y descompone todo hasta dejar un vestigio de lo que fuera alguna vez. El color se torna oscuro, pálido y uniforme, recuerda el gris de las paredes, tan plano y frío que no da espacio a sentir algo más. La niña lo mira, recuerda que tiene hambre, hoy no fue un buen día en la escuela, es difícil concentrarse cuando alrededor el mundo parece estar roído. No puede imaginar más allá del gris frente a sus ojos, no conoce nada más. El estómago ruge, se comprime, ella puede sentir como aquellos ácidos gástricos están consumiendo su carne. La niña camina a la cocina por un diminuto pasillo que en sus paredes aún guarda algunos recuerdos de felicidad, y donde también aquellas corrosivas manchas que el tiempo ha dejado, solo invitan al olvido. El espacio tiene memoria, y recuerda a una madre, que hoy debe doblar turno en la fábrica, y a quien la niña extraña. Ella abre la puerta del refrigerador, encuentra un paquete de salchichas, un ligero hedor llega a su nariz. Las toma y un hilo de suero sale del paquete, manchando el piso. Se acerca a una parrilla eléctrica, la enciende, coloca un sartén y comienza a cocinarlas. Las salchichas se pegan dejando una capa carbonizada sobre el sartén.  La toma, colocándolas en un plato cuya imagen de flores se ve invadida por aquel color rojizo que permanece como testigo del pasado. La niña tiene tanta hambre que imagina que son el más majestuoso de los manjares. Se dirige a la mesa del comedor, encontrando en el camino una botella de cátsup, que segundos más tarde acompañaran aquel alimento. Cuando llega se sienta intentando acomodar el espacio. Quiere cubrir las salchichas con cátsup, pero esta no sale, así que la aprieta tan fuerte que explota, regando manchas por todas partes. Quizá más tarde una servilleta sea la solución, ahora solo queda comer y disfrutar del momento. El sabor de la carne acompañada por el rojo aderezo, cubre y estalla en su paladar. Al terminar, todo es silencio, y, frente al comedor, sobre una mesa de madera, un florero con algo marchito en su interior acompaña a un portarretrato navideño. En la foto en su interior cobijada por un árbol y regalos, vive una niña que es abrazada por una madre, detrás de ellas una mancha que esconde una silueta, un rostro que la niña observa. Un recuerdo llega y con él un cuerpo que tiene memoria, los sentidos que contemplan; el dolor en la carne, el ardor que enrojece la piel, su calor, las lágrimas que se combinan con el sudor y la secreción nasal escurriendo por sus labios, ese sabor más amargo que salado. El llanto de una madre, su dolor, el dolor que compartieron, la piel quemada y sus cicatrices. La niña tiene miedo, sabe que cuando su mamá no está, aquella silueta manchada se presenta, no puede hacer mucho más que esperar. Este sitio al que debería llamar hogar no ayuda, solo oprime, resguarda el sufrimiento y lo perpetua en el recuerdo. Lo mejor será distraerse, por ahora la tarea es una buena opción, además, es mejor pensar que un fin de semana libre de labores se aproxima. La niña toma su mochila, saca un lápiz y un cuaderno, que coloca sobre la mesa. Mientras mira lo blanco y puro de las hojas, recuerda su escuela, donde unos niños gritan y se burlan. No es un crimen que su papá decida irse, no está mal no verle más, es mayor el crimen que él causo en ella, las marcas que dejó. Pero los demás no piensan eso, les satisface señalar la derrota y las carencias, en ello encuentran la diversión, el dolor ajeno es la más dulce de sus delicias. La niña guarda silencio, teme que el dolor continue, es mejor dejar las cosas como están. Camina de vuelta a la sala, los sillones son duros y en medio de ellos un trozo de madera sostiene la tela que cae, carente de aquello que lo hacía ser suave. Se recuesta y tras un corto periodo de movimiento comienza a soñar. Un ruido hace que el momento termine, un golpeteo la trae de vuelta al mundo de la vigilia. Dentro del cuarto de su mamá algo resuena, son pasos, sonidos encharcados, líquidos, como si una masa de fluidos caminara. Por un momento, una niña piensa que es su mamá que está de vuelta. Los pasos siguen y se detienen en la puerta.  Algo sube por su espalda, es el miedo que comienza a sentir, sabe que algo no va bien. Decide acercarse lentamente, el silencio del otro lado sigue presente, solo escucha sus propios pasos y el crujir de la casa. Del otro lado, en las comprimidas paredes escucha más ruidos. El sonido de la fricción de dos metales, es la puerta que se abre lentamente, la niña sabe lo que significa. Un golpe libera la oscuridad, transformando la casa en una caja de resonancia que hace vibrar cada rincón. Unas partículas de luz logran colarse dibujando una silueta, la niña la reconoce y comienza a recordar. Su cuerpo se paralizada al tiempo que la silueta inicia su movimiento, manchando todo a su paso. La niña quiere moverse, pero el recuerdo, el temor, el dolor, no se lo permiten. La mancha se acerca reptando entre el pasillo y las paredes, los sonidos líquidos se hacen más presentes y un olor a podrido penetra el lugar. La niña da un paso atrás y cae, pierde el control ante el dolor, no responde, se vuelve torpe y descuidada. Pero la mancha continúa reptando. La niña lo siente, esa silueta tan familiar ha llegado de nuevo. Puede mirar como comienza a subir pesadamente por su pie, asfixiándola. Siente cómo su cuerpo es devorado por la mancha que roe su piel lentamente hasta entrar por sus arterias. Mientras la sombra avanza consumiendo la carne, ella, paralizada, cierra los ojos e imagina que aquella mancha negra en interior se torna en luz.


Julio Rodríguez es un creador originario de Querétaro cuya práctica se desarrolla entre la educación, la música y la fotografía. Estudió Licenciatura en Intervención Educativa en la Universidad Pedagógica Nacional y estudios de música en la Universidad Autónoma de Querétaro. Su trayectoria ha navegado por diversos espacios de la docencia, mientras construye una propuesta artística que explora el diálogo entre el sonido, la imagen y la experiencia cotidiana. A través de distintos proyectos musicales, fotográficos y educativos, busca generar encuentros donde la creación se convierta en una forma de reflexión, memoria y transformación colectiva.

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