Retrovisión | Por Alberto Preciado
No sé cuántos de ustedes eligen qué películas ver según el momento del año que atraviesan. Seguramente algunos tienen sus rituales de películas o capítulos de serie cada Navidad o Día de Brujas. Quizás también los tengan para fechas llenas de cursilería, como el mes de febrero. Y, la verdad, ¿quién no disfruta echar una que otra lágrima de felicidad al ver que los protagonistas cierran todo el drama con el beso esperado? ¿Cuántos no soñamos con ser Heath Ledger cantando Can’t Take My Eyes Off You, o mejor aún, con que Heath Ledger nos la cantara a nosotros? Estoy seguro de que más de uno aprovechó estas fechas para llorar con Postdata: Te amo, con la tragedia romántica de Rose y Jack en Titanic, o conteniendo la respiración ante la última mirada en La La Land.
Películas para disfrutar en febrero hay muchísimas —para gustos, colores—. Pero hay una que pasó medio desapercibida en su momento y que todavía hoy muchos no incluirían en sus listas cuando algún reportero de Letterboxd, en su imaginación, les pida dar sus cuatro películas de amor. Y es justamente de esa película de la que quiero hablar en esta Retrovisión.
Pocas películas han combinado la efervescencia del Hollywood clásico con los ritmos frenéticos de la vida moderna con tanta audacia como Punch-Drunk Love. Paul Thomas Anderson construye el retrato nervioso de un vendedor de destapadores de inodoros cuyo mundo se ve perturbado por un nuevo romance. Su estilo —como en muchas de sus obras— se manifiesta en un enfoque musical audaz, en una cámara que también narra, y en actuaciones memorables.
Adam Sandler ofrece aquí una actuación extraordinaria en un momento en que ya era un gigante de la comedia. Si por casualidad esta fuera la primera película que vieras de él, pensarías —estoy seguro— que estás frente a uno de los grandes.
Algo que después confirmaría en Uncut Gems o Spaceman. Barry, su personaje, está lleno de ansiedad, tristeza y problemas de ira. Durante toda la película, la cámara invasiva nos muestra su soledad. Anderson logra ponernos los anteojos de una persona ansiosa: la música, los ruidos del almacén que rugen como dinosaurios, las puertas y las llamadas telefónicas que van y vienen sin dejarnos respirar. Por momentos, vemos el mundo con ojos de terror. Todo esto con un lente sutil y bello.
Al inicio, Barry debe decidir si quedarse con un armonio que aparece frente a él tras un accidente. Así también aparece el amor: de manera inesperada. Debe decidir qué hacer con esa oportunidad. Sabemos que tiene siete hermanas —sus propios jinetes del apocalipsis— que invaden su privacidad, le dan órdenes y lo menosprecian. En una reunión familiar intenta mostrarse cordial, pero la tensión se percibe en su sonrisa rígida y en sus ojos inquietos; de pronto, estalla y patea las puertas de vidrio.
Este es su patrón: presenta al mundo un rostro de alegre insipidez y luego irrumpe en explosiones de violencia frustrada. Ni siquiera empieza a comprenderse a sí mismo. Siempre está a la defensiva, inseguro, vagamente amenazado. La hostilidad que en otras comedias de Sandler se disfraza de humor aquí se revela en su forma más cruda.
La película se vuelve sumamente disfrutable al observar a un Sandler liberado de la fórmula de la risa fácil, revelando un actor con verdadera profundidad. En el universo de Anderson, las personas se encuentran por azar y por necesidad, no por exigencias del guion. Barry conoce a Lena Leonard (Emily Watson), una ejecutiva dulce y de mirada intensamente concentrada. Se gustan de inmediato.
A lo largo de la película, el protagonista es perseguido por el amor: ese color rojo que lo sigue en forma de Lena, anuncios y flechas, intentando curar el azul que parece simbolizar su tristeza. Mientras tanto, Barry lidia con la absurda persecución de una empresa de sexo telefónico de Utah.
Uno de los momentos que más disfruto es cuando Barry viaja a Hawái. De repente comprende que él también puede ir tras el amor. Ese entendimiento repentino —que no estamos condenados a la tristeza— es algo que también disfruto de la vida. Barry descubre que el amor puede ayudarle a enfrentar sus problemas y nos regala la frase: “Tengo un amor en mi vida que me hace más fuerte que cualquier cosa que puedas imaginar.”
Punch-Drunk Love es, ante todo, el retrato de una personalidad herida. Barry Egan ha sido dañado, quizá más allá de toda reparación, por lo que percibe como las depredaciones de sus hermanas dominantes. Lo enloquece que la gente se entrometa en sus asuntos. No soporta que lo traten con ligereza. Su mundo está lleno de presagios inquietantes y situaciones desconcertantes. El personaje está retratado con gran viveza, y la película simpatiza con él en su desmesura.
Al final, vemos cómo el amor derrite su ansiedad, y Barry decide que no puede vivir una vida sin Lena.
Esta película entra en mi lista de febrero por mostrar, de forma magistral, cómo el amor nos persigue incluso cuando estamos demasiado asustados para darnos cuenta. A veces basta con atrevernos a dar un paso. Porque, como Barry descubre, no se trata de dejar de sentir miedo, sino de avanzar a pesar de él. Y quizá por eso, en Hawái —o en cualquier lugar donde decidamos intentarlo— el aire siempre puede oler a flor.

