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"Avatar: fuego y cenizas", poco innovadora en su guion, pero con una deslumbrante Oona Chaplin


Cinetiketas | Jaime López


La tercera entrega fílmica sobre el planeta Pandora, "Avatar: fuego y cenizas", lleva en el título su penitencia, pues es dueña de intensas secuencias de acción, que regocijan el espíritu como cuando uno se acerca a las brasas de una fogata, pero también tiene momentos grises y repetitivos que hacen recordar cosas de sus antecesoras.

Es decir, se trata de una producción irregular, sobre todo en lo referente al guion coescrito por James Cameron, Rick Jaffa y Amanda Silver, quienes nuevamente retoman a los protagonistas y antagonistas de sus dos primeras películas.

Eso último evidencia que los creadores de los nativos azules poco o nada quieren arriesgar en su argumento, el cual otra vez retrata a los humanos como unos depredadores desalmados sin un ápice de remordimiento.

Y no es que ello esté mal, porque siendo francos, en la vida real el homo sapiens ha dado muchas pruebas de que es la raza más peligrosa respecto al cuidado de los recursos naturales, pero ojalá los escritores le hubieran dado más matices a algunos de sus representantes. Sí, existe un científico/biólogo que se arrepiente de sus planes, pero parece sacado de la manga, solo para salvarle el pellejo al estelar masculino.

La trama de "Avatar: fuego y cenizas" recuerda a sagas épicas como la de "El Señor de los anillos", en donde también se prevé una gran batalla en el acto final del metraje con la participación de una especie que al principio no quiere estar en ninguna guerra.

En el caso de la trilogía de James Cameron se hace referencia a los Tulkun, las enormes criaturas marinas parecidas a las ballenas, que se comunican a través de sonidos o miradas.

Su postura antibélica o su actitud de estar al margen de cualquier confrontación cuerpo a cuerpo recuerda a los Ents, los personajes de la saga escrita por J.R.R. Tolkien. Eso sí, el diseño de sus movimientos corporales es digno de aplaudirse.

Es ese último punto en donde Cameron vuelve a poner su mayor esfuerzo, en la consolidación de su tecnología estereoscópica, que hace sentir a la audiencia como en un videojuego.

Lo malo es que el séptimo arte sigue requiriendo de historias sólidas para no solamente brindar una experiencia inmersiva al público, sino también emocional.

Ahi es donde "Avatar: fuego y cenizas" vuelve a quedar a deber, porque aunque aborda tópicos universales como el remordimiento, la venganza y el rencor, lo hace sin ingenio ni profundidad.

Ahora bien, hay un nuevo personaje que sí vale la pena destacar y que ha tenido buena acogida entre la crítica especializada, el de "Varang", la lideresa del clan "Ceniza".

Es interpretada por Oona Chaplin, la nieta del legendario director y actor británico, quien dota a su rol de una epidérmica sensualidad e ira contenida. Además de que probablemente es el personaje de "Avatar 3" con el mejor arco emocional de la cinta.

Sin temor a equivocarme, la también actriz de la serie "Juego de Tronos" podría tener su propio spin-off y brillaría innegablemente.



"Jay Kelly", imperfecta como la vida, pero con una sorprendente actuación de Adam Sandler



Cinetiketas | Jaime López


Aunque en apariencia "Jay Kelly" puede percibirse como una nueva comedia dramática acerca de los claroscuros que tiene la gente que trabaja en la industria fílmica estadounidense, en el fondo la propuesta en cuestión hace una reflexión sobre lo irrepetible de nuestras existencias, en donde no hay oportunidades para segundas tomas, mucho menos para editar nuestros errores.

Protagonizada por el ganador del premio Oscar, George Clooney, la historia sigue a un actor veterano que enfrenta una crisis personal tras el fallecimiento de uno de sus seres queridos y el inevitable paso a la edad adulta de su hija menor.

Dicha crisis lo hace tomar decisiones impulsivas como viajar a Europa para tratar de aprovechar el último verano con la joven antes de que ésta se vaya lejos de casa por la universidad.

"Jay Kelly" comienza con una secuencia en la que el estelar está finalizando la grabación de su más reciente película y en donde pide insistentemente una nueva toma al director de la obra.

Esa línea tendrá una resonancia más relevante en el último acto de la historia, sobre todo para las audiencias que buscan un significado más profundo en el arte.

Y es que el guion escrito por Emily Mortimer y Noah Baumbach logra reflejar oportunamente temas universales con los que muchos espectadores se sentirán identificados como el distanciamiento de personas que fueron importantes en nuestras vidas.

"Jay Kelly" tiene la virtud de combinar secuencias cómicas y dramáticas para versar sobre la soledad, las personas narcisistas y las heridas del pasado que afectan las relaciones humanas.

Si bien es cierto que el guion no es perfecto y tiene momentos que rozan el cliché, no hay mucho que criticar en este rubro debido a que la vida es así: imperfecta y repleta de convencionalismos.

Ahora bien, "Jay Kelly" también tiene una gran representación de las personas que son fieles a sus amigos y se sacrifican con la finalidad de hacerlos brillar.

Dicha representación se percibe en el rol de Adam Sandler, quien da vida a "Ron", el manager del protagonista, que se ha mantenido a su lado durante tres décadas.

El actor en cuestión exhibe una sencillez epidérmica y también muestra su capacidad de dar una pausa a los personajes tontos o infantiles que han caracterizado su trayectoria.

Asimismo, Sandler tiene en sus manos una de las escenas más inteligentes y divertidas del reciente año fílmico, en donde hace mofa sin caer en la comedia barata acerca del rompimiento entre un actor y su agente.

Probablemente, el "pero" más grande en "Jay Kelly" es que no hay un buen balance en el desarrollo de sus personajes femeninos y, por tanto, algunos de ellos se sienten desperdiciados.

Es el caso de Laura Dern, que en la historia interpreta a la publicista del estelar y el exinterés romántico de "Ron", pero a pesar de su fuerte personalidad, no tiene escenas inolvidables como sí la tienen sus contrapartes masculinas.

En contraste, Riley Keough y Grace Edwards destacan como las hijas de "Jay Kelly", las cuales tienen personalidades diametralmente opuestas y fungen como la brújula emocional del protagonista.

Al final, el filme estrenado en la plataforma Netflix es altamente recomendable para quienes buscan propuestas íntimas y versátiles. Eso sí, no es la mejor cinta de Baumbach, pues tiene algunos momentos artificiosos o forzados, que le restan ritmo y autenticidad a la propuesta.



Alberto Aguilera Valadez, las dimensiones de un artista llamado Juan Gabriel

Por Sergio Martínez


Debo, puedo y quiero (Netflix 2025) documental de José María Cuevas, nos muestra a Juan Gabriel en primera persona, a veces desde la mirada y voz de Alberto, otras desde la figura del artista que despliega voz, baile y su peculiar personalidad para cantarle a la vida.

Construido principalmente con videos caseros personales, llamadas telefónicas, entrevistas, presentaciones y material de diversos programas televisivos, el documental nos lleva de mano por la vida del Divo de Juárez, desde sus inicios en aquella ciudad fronteriza, la cúspide de su carrera en unos memorables conciertos en Bellas Artes que levantaron ámpula en la entonces comunidad culta de México hasta el multitudinario cortejo fúnebre también en Bellas Artes.

Alberto siempre supo que él y Juan Gabriel llegarían al éxito total con sus canciones, no se explicaría de otra forma que cámara de fotografía y de video en mano, capturaría toda su vida, abajo y arriba del escenario.

El talento de José María Cuevas es crear un ensayo visual donde el espectador descubrirá mientras el documental avanza, como Alberto construye a Juanga. Son las vicisitudes de su vida, el amor por su madre, su difícil infancia, el inicio de su fama, la crítica a su personalidad, sus estados emocionales entre otras cosas, el combustible de dónde vienen sus canciones, piezas musicales que han permeado en múltiples generaciones y algunas se han vuelto himnos que se entonan todos los días en cualquier casa, funeral, cantina, karaoke, o en intimidad para confesar algún dolor, o el gozo del amor.

Entre las varias perlas que nos muestra el documental de cuatro episodios, podemos ver su correspondencia personal, cartas, dibujos, y letras de canciones con borrones y rectificaciones de puño y letra; que nos muestran piezas claves de la vida de Juan Gabriel.

La magia de Alberto fue escribir canciones, que conectaron instantáneamente con el público y se volvieron parte de su memoria sentimental, eso nos cuenta el documental, la vida de un artista, las dimensiones humanas de Alberto Aguilera Valadez, que se amalgaman y se imbrican con Juan Gabriel y lo hacen uno de los artistas más queridos y cantados de México y Latinoamérica.




Juan Gabriel: Debo, puedo y quiero.
Dirección: María José Cuevas.
Guion: María José Cuevas, Manuel Alcalá, Eduardo Donjuán, Álvaro de la Lama.
Producción: Laura Woldenberg, Ivonne Gutiérrez.
Fotografía: Axel Pedraza.
Compañía productora: Mezcla.

"Zootopia 2", una secuela que no se repite a sí misma y que aborda temas progresistas


Cinetiketas | Jaime López


Es muy raro que una película sea disfrutable en distintos niveles, ya sea por su calidad narrativa, su excelencia técnica o su discurso. Y es más extraño que una secuela destaque en todos esos rubros y, además, tenga varias lecturas o interpretaciones nuevas, que la hacen sentir como una propuesta ambiciosa y no repetitiva.

"Zootopia 2" logra cumplir con todo ello, pues para empezar, los comentarios sociales en su guión pueden considerarse una analogía del actual contexto estadounidense, en donde quienes ostentan el poder muestran un claro desprecio a un sector de la población, pese a que dicho sector es parte importante de su historia contemporánea.

En el filme, el escritor y director, Jared Bush, retrata el racismo contra una especie de animales, conducta que, según el argumento, ha perdurado a lo largo de un siglo, y que sin lugar a dudas remonta a la gente a lo que ha pasado en el vecino país del norte durante varias décadas.

Por otro lado, la historia tiene varios guiños y homenajes a clásicos del séptimo arte, por ejemplo, "Ratatouille", "Hannibal" o "El silencio de los inocentes" y "James Bond", algo que causará una enorme satisfacción a la comunidad cinéfila de hueso colorado.

Dicho guiños ocurren en cuestión de segundos y no se sienten metidos a calzador o a la fuerza, ni tampoco distraen a la audiencia de la historia central, lo que evidencia el ingenio y calidad del libreto.

El nuevo filme de los estudios Disney también aborda el tema del consentimiento a través de unos de sus personajes, el cual siempre pide permiso para abrazar a alguien a fin de no invadir su espacio personal.

Eso último se siente como un gran detalle, sumamente progresista, que muestra una madurez y aprendizaje en la nueva generación de creadores, que perciben el arte como un espejo de la sociedad actual.

Asimismo, "Zootopia 2" habla sobre la deconstrucción de las viejas masculinidades, que se niegan a expresar sus sentimientos a las personas que aman o quieren.

En ese sentido, el zorro "Nick Wilde", que ahora trabaja para la policía, es una clara representación de los machos dominantes que deben de dejar de lado sus conductas rancias, hermetismo y egocentrismo para evolucionar y poder ser felices.

Ver ese tipo de detalles en una película de Disney, una compañía que históricamente ha perpetuado algunos estereotipos, es algo digno de alabarse y celebrarse.

Pero el guion de "Zootopia 2" también ahonda en la psicología de su protagonista femenina, la coneja "Judy Hopps", quien no deja de ser un ser aguerrido y tenaz, y al mismo tiempo, comparte más información sobre sus motivaciones y miedos personales.

Quizá el único pero a la nueva producción animada de Disney es que no tiene una canción tan pegajosa o icónica como la de su primera entrega, "Try everything", interpretada por Shakira.

Sin embargo, es un detalle menor en comparación con todas sus virtudes, que hacen sentir que valió la pena esperar una secuela nueve años después.



"Wicked: por siempre", secuela entretenida, pero sin números musicales sublimes



Cinetiketas | Jaime López



Aunque no tiene la misma fuerza visual y musical que su antecesora, "Wicked: por siempre" es una propuesta que complacerá a las y los fanáticos de la obra creada hace más de 20 años por Stephen Schwartz.

Ello debido a que se trata de una adaptación lo más fiel posible al segundo acto que conforma la exitosísima obra de Broadway, que a su vez reimagina la historia de "El mago de Oz" desde la perspectiva de las antagonistas, es decir, de las brujas.

En ese sentido, "Wicked: por siempre" sigue destacándose por su crítica contra quienes controlan los medios de producción en una sociedad y, por tanto, contra quienes manipulan las narrativas para influir en el comportamiento de la gente.

Asimismo, la exitosa saga sigue retratando los momentos de luz y oscuridad entre dos amigas opuestas en personalidades, pero que tienen la similitud de luchar contra sus propios dolores o demonios internos.

Rechazo, aceptación, egos lastimados, enojo y autocompasión, son algunos de los sentimientos por los que transitan "Elphaba", la Bruja Mala, y "Glinda", la Bruja Buena, protagonistas de la historia.

Ambas nuevamente son interpretadas por Cinthya Erivo y Ariana Grande, respectivamente, pero es la segunda la que posee un mejor desarrollo en la secuela fílmica, porque en el guión se explican parte de sus frustraciones y temores, lo que genera una mayor empatía hacia ella.

Además, la también cantante sigue transmitiendo un halo de inocencia y valentía a su rol, que aparentemente incurre en algunos estereotipos, pero en el fondo representa a un amplio sector de la población que solo busca aceptación.

En cuanto a la historia, continúa el señalamiento contra el personaje de "El mago de Oz", que es una metáfora de aquellos seres siniestros que simulan tener una conducta intachable con el propósito de alimentar su ego o intereses mezquinos y egoístas.

Eso último se agradece infinitamente debido al mundo de falsos profetas en el que actualmente estamos inmersos, que ha llevado a la decadencia a varios países o naciones.

Ahora bien, uno de los principales problemas de "Wicked: por siempre" es que no tiene canciones sublimes como "Desafiar la gravedad", la cual se pudo escuchar al final de la primera película.

Ese tipo de himno o secuencia escénica hace falta en la continuación fílmica, lo que le resta puntos a la nueva producción comandada o dirigida por Jon M. Chu.

Por otro lado, hay situaciones o ideas que se van resolviendo apresuradamente para hacer avanzar la historia, lo que provoca una narrativa no tan orgánica como la primera parte.

Por lo que respecta al diseño de producción, los vestuarios y los efectos visuales, no hay realmente problemas en esos rubros, pero tampoco existen elementos inéditos que los hagan memorables.

Al final, "Wicked: por siempre" es disfrutable, sobre todo, para las y los seguidores del musical, pero se queda corta en ejecución y desarrollo de su historia. Dominguera, ni más ni menos.




El diablo en el camino: la penitencia como viaje y la culpa como territorio

Úrsula Márquez |


Con El diablo en el camino, Carlos Armella vuelve a esa zona áspera donde lo humano y lo sobrenatural se contaminan mutuamente. Su nuevo largometraje —que llega a salas mexicanas el 11 de diciembre— es, ante todo, una inmersión en la conciencia fracturada de un hombre que intenta cargar con lo que ya no puede soltar: el cuerpo de su hijo, su memoria, su culpa.

Armella, conocido por una mirada visual que convierte el paisaje en un estado mental, plantea aquí un relato que cruza lo místico con lo terrenal sin subrayados. La película sigue a Juan (interpretado con una fuerza contenida por Luis Alberti), un desertor del ejército federal marcado por la Guerra Cristera y perseguido por un diablo que parece más interno que externo. La premisa es brutal en su sencillez: caminar, literalmente, con el ataúd de su hijo a cuestas, rumbo a El Porvenir, su lugar de origen. Pero cada paso abre una grieta. Cada kilómetro revela el peso espiritual de un país desolado y de un pasado que no deja de morder.

La fotografía de Mateo Guzmán Sánchez convierte esa travesía en un espacio simbólico, donde el polvo, la noche y el silencio funcionan como adversarios. Nada es accesorio: la luz y la sombra dialogan con la angustia persistente del protagonista, mientras el relato se tensa entre el suspenso y la alucinación.

El diablo en el camino no busca el susto fácil ni el misticismo decorativo. Lo que propone Armella es un descenso íntimo hacia los fantasmas personales, a través de una narrativa que combina precisión formal con un pulso emocional que nunca se desvía hacia el melodrama. La cinta explora la culpa como herida abierta, el destino como condena y la redención como una posibilidad tan remota como necesaria.

Sinopsis:
Tras desertar del ejército federal al final de la Guerra Cristera, Juan es asediado por una figura diabólica que puede ser tanto una presencia real como la manifestación de su trauma. Con el cadáver de su hijo recién muerto a la espalda, inicia una caminata hacia El Porvenir. En un México devastado, su viaje se convierte en un enfrentamiento con los espectros de su pasado, una espiral de horror íntimo donde cada decisión revela el precio de sobrevivir.

Armella entrega una obra inquietante, profundamente atmosférica, donde el camino no solo se recorre: se paga. Mira aquí el tráiler.


Título: El diablo en el camino
Género: Ficción
Duración: 108 min.
País: México
Dirección: Carlos Armella
Producción: Yadira Aedo
Compañía Productora: CIMA, B Positivo Producciones, Tita B
Productions, Zensky Cine, The42Films, Pierrot Films, Godius, DVision
Fotografía: Mateo Guzmán Sánchez
Reparto: Luis Alberti, Ricardo Uscanga, Aketzaly Verástegui, Mayra Batalla, Roberto Oropeza y Osvaldo Sánchez

"Mátate, amor", una experiencia visceral no apta para espectadores ávidos de protagonistas perfectos


Cinetiketas | Jaime López


La nueva película dirigida por Lynne Ramsay, "Mátate, amor", no es recomendable para mentalidades conservadoras o repletas de prejuicios, que siguen romantizando temas como la maternidad.

Tampoco es apta para espectadores ávidos de protagonistas cuasi perfectos o discursos digeridos, que solo desean pasar un buen rato en la sala sin incomodarse.

Basada en la novela de la escritora argentina Ariana Harwicz, "Mátate, amor" se adentra en la mente de "Grace", quien acaba de convertirse en mamá y que padece un colapso emocional en la casa de campo en la que vive con su pareja.

A partir de esa premisa aparentemente sencilla, la cineasta de origen escocés plantea un retrato sin concesiones acerca de la depresión, los micro machismos, la salud mental y la falta de comprensión para las mujeres que no se apegan al rol de madres abnegadas.

Es ahí en donde la interpretación de Jennifer Lawrence se siente como un viaje feroz y sublime por distintas emociones que habitualmente la sociedad occidental busca reprimir.

La actriz ganadora del Oscar aborda a su "Grace" con una empatía salvaje, que sorprende, incomoda, pero también conmueve.

Ramsay propone una concatenación de imágenes no lineales, las cuales no buscan complacer a las grandes audiencias, sino retarlas a vivir una experiencia fílmica distinta, instintiva.

Ello con base en situaciones alejadas de lugares comunes, que causan escozor como lo que logró en sus anteriores producciones, "Tenemos que hablar de Kevin" o "Nunca estarás a salvo".

Para la cineasta, la condición humana no está sujeta a retratos edulcorantes sobre temas tabúes, siendo un ejemplo de esto las madres primerizas que sienten rechazo respecto a sus vástagos.

En "Mátate, amor", la realizadora no tiene temor en mostrar a una mamá que está más enfocada en satisfacer su sexualidad, que en dedicarse de lleno a labores domésticas.

Por otro lado, erige una extraordinaria crítica social contra los hombres rancios, que todavía siguen buscando en sus parejas a las madres perfectas, que supuestamente deben ser capaces de hacer muchas cosas al mismo tiempo.

Así, "Mátate, amor" es una experiencia visceral, pero imperdible, que se siente como una bocanada de aire fresco en medio de las propuestas superfluas que invaden las salas comerciales.



"Good boy", un gran protagonista y buenos enplazamientos de cámara, pero con algunos lugares comunes


Cinetiketas | Jaime López


"Good boy" es una película de bajo presupuesto que ha llamado la atención de las y los cinéfilos por contar una historia de terror desde la perspectiva de un lomito de carne y hueso, es decir, un perro que no está generado con efectos visuales ni con Inteligencia Artificial (IA).

Lo anterior es de destacarse, sobre todo, en el marco de las leyes actuales que rigen la industria fílmica, las cuales prohiben maltratar animales reales en sus producciones.

En ese sentido, el autor de "Good boy" y dueño del estelar, Ben Leonberg, ha explicado que solo filmaba tres horas al día y en sets controlados, lo que hace suponer que su objetivo era no estresar a su mascota.

Con menos de un millón de dólares de presupuesto, la principal fortaleza de la historia radica justamente en las reacciones de su peludo protagonista.

Ello debido a que dichas reacciones dotan a la película de una gran autenticidad y porque, obviamente, causan una empatía a flor de piel en la audiencia.

El filme comienza con el dueño de "Indy" mudándose a una granja familiar supuestamente embrujada y en donde el ser sintiente comienza a percibir energías extrañas.

Lo que sigue es una serie de emplazamientos de cámara bien resueltos para percibir las reacciones del lomito, que indudablemente son la mayor atracción de la película.

Así, sus miradas, ladridos y llantos elevan la premisa del argumento, uno que tiene el defecto de caer en algunos lugares comunes del género como incluir varios "jumpscare".

Un "jumpscare" es la aparición abrupta de un rostro o figura tétrica, así como la utilización de un sonido fuerte, que tienen la finalidad de causar mayor tensión en los espectadores.

En el caso de "Good boy" se puede identificar un constante uso de ese tipo de recursos, que desafortunadamente le restan profundidad a la premisa.

Además, la película apenas dura 75 minutos, pero por momentos se siente como una historia larga y pesada, lo que evidencia su irregular ejecución.

No obstante, "Good boy" es dueña de una cuidada paleta fotográfica, en donde se trata de evitar darle foco a los rostros de los seres humanos que aparecen en el relato.

Eso último se agradece infinitamente, porque logran que la propuesta se sienta profesional y bien planeada. También resulta admirable que el filme trata de ser lo más artesanal posible.

En cuanto a su discurso, es plausible que el terror solo es un pretexto para hablar sobre los duelos o la pérdida de un ser querido. Ojo a la última secuencia de la película, que también es otra de las grandes virtudes de la misma.

Al final, "Good boy" es recomendable en términos generales, que sí pone nerviosa a la audiencia por varios momentos, pero tampoco es la propuesta más sublime de este año.



"Camina o muere", crudo retrato sobre la explotación a los jóvenes y la gente de a pie



#Cinetiketas | Jaime López


La competencia encarnizada y el control de las juventudes por parte del Estado son dos de las ideas que forman parte de "Camina o muere", la adaptación fílmica del texto escrito por Stephen King, "The long walk" o "La larga marcha", por su traducción al español.

Se trata de una propuesta discreta y efectiva, que con poca publicidad, ha sido bien recibida entre la crítica mundial y la audiencia debido a su cruda representación del capitalismo y la desigualdad social.

Ello debido a que cuenta la historia de 50 adolescentes que deben caminar a una velocidad constante a lo largo de varios días y sin ninguna meta específica de kilómetros.

Quien baje su promedio de recorrido es amonestado y quien sume tres advertencias es ejecutado por los elementos del ejército que vigilan a los concursantes.

Muy al estilo de "El juego del calamar" y la saga de "Los juegos del hambre", el premio para quien se mantenga como la última persona viva es un apoyo económico.

Esa es la línea argumental que utilizan los creadores del filme para erigir una crítica contra el abuso de los poderosos hacia la población de a pie, pues se aprovechan de su necesidad financiera para controlarla a su antojo.

Junto con ello, el director de la película, Francis Lawrence, se encarga de representar a la clase dominante como un ente insensible y deshumanizado, que supervisa el concurso desde la comodidad de sus tanques.

Y además se las ingenia para transmitir oportunamente el cansancio, agonía y ansiedad de los participantes, que en su momento Stephen King plasmó de manera grandiosa en su novela.

En la obra audiovisual estrenada en septiembre pasado, Lawrence demuestra su oficio para los dramas distópicos, un estilo que consolidó en "Los juegos del hambre".

Asimismo, respetó la petición del aclamado escritor de obras de terror, quien puso como condición que solo daría luz verde a la adaptación cinematográfica de su historia sino matizaban la violencia de la misma.

Y así sucedió, porque en "Camina o muere" Lawrence exhibe las ejecuciones de los participantes de manera explícita, con la sangre salpicando la cámara.

Asimismo, no tiene temor de mostrar el excremento que sale de los traseros de los jóvenes, quienes no pueden detenerse a hacer del baño, porque eso podría costarles la vida.

Por otra parte, el también responsable de "Constantine" y "Soy Leyenda" logra construir un retrato acerca de la amistad masculina y la pérdida de la inocencia, apoyado por un elenco de rostros frescos, en donde destacan los protagonistas, Cooper Hoffman y David Jonsson.

Ambos transmiten una hermandad a flor de piel, que se ve acentuada por las condiciones extremas en las que se encuentran inmersos y, además, logran dar a los espectadores un aire de esperanza.



Las Muertas: de la sátira feroz al drama televisivo impecable


Cinema Coyote | Alejandro Carrillo 


En 1977, Jorge Ibargüengoitia publicó Las Muertas, una novela que diseccionaba con ironía, humor negro y un filo narrativo irrepetible el escándalo real de “Las Poquianchis”: una red criminal ocultada bajo los mantos del moralismo provinciano. Casi cincuenta años después, Netflix adapta la obra al formato de serie, una apuesta que en principio parecía arriesgada: ¿cómo trasladar a la pantalla el tono corrosivo, la crítica social disfrazada de carcajada, la voz inimitable del autor guanajuatense? Contra todo pronóstico, Las Muertas (2025) consigue honrar el espíritu literario y, al mismo tiempo, trazar un lenguaje propio, potente, visualmente magnético y dramáticamente contundente.


Ibargüengoitia, un narrador imposible de copiar… pero sí de reinterpretar

Hablar de Las Muertas implica reconocer el genio de Ibargüengoitia para desnudar el absurdo mexicano. Su novela es, ante todo, un espejo deformante: muestra un país donde la corrupción tiene sotana, el poder huele a establo y las víctimas terminan convertidas en notas al pie. La mirada del autor no es piadosa, pero tampoco cruel; es, más bien, quirúrgica. Con un estilo seco, preciso y dolosamente divertido, Ibargüengoitia reconstruye el expediente judicial de las Poquianchis para evidenciar la hipocresía que normaliza lo monstruoso.

La serie parece consciente de que competir con ese tono sería suicida. En lugar de intentar imitar la prosa del escritor, apuesta por rescatar su esencia: el retrato de un México rural donde la miseria económica se mezcla con la miseria moral; la denuncia disfrazada de anecdótico; la violencia presentada sin morbo, pero tampoco sin anestesia.

De esa decisión nace la mayor virtud de la adaptación: comprender que Las Muertas no es solo una historia criminal, sino un comentario sociopolítico que sigue vigente.

El director Luis Estrada y el equipo creativo optaron por una estética cuidada al detalle: vestuarios opacos, atmósferas áridas y una paleta de colores que captura la sensación de encierro físico y emocional. No es la típica “serie de época” reluciente; aquí predomina la textura terrosa, las paredes descascaradas y la iluminación que evoca la precariedad de la vida marginal.

El diseño de producción logra algo crucial: hace visible el sistema que permitió a las hermanas González (las Poquianchis ficcionalizadas) operar durante décadas. Los burdeles disfrazados de “casas de huéspedes” están recreados con una sobriedad que incomoda; los despachos de funcionarios corruptos —desde policías municipales hasta políticos locales— transmiten la complicidad invisible que Ibargüengoitia denuncia con sorna. La fotografía, además, alterna planos cerrados que acentúan la claustrofobia de las víctimas con composiciones amplias que exponen la indiferencia del entorno. Ese contraste es quizá la forma más visualmente efectiva de trasladar la ironía del autor al lenguaje audiovisual.

Si la serie funciona con la fuerza que funciona, es porque el elenco la sostiene como un coro trágico. Joaquín Cosío, Alfonso Herrera y Mauricio Isaac que encarna magistralmente el personaje de "La Calavera", complementan el magnífico trabajo de Arcelia Ramírez y Paulina Gaitán, que le dan vida a las hermanas Baladro, ofreciendo protagónicos a la altura de la producción con lecturas y actuaciones matizadas y profundamente humanas, evitando caer en la caricatura que —por el carácter satírico de la novela— habría sido un riesgo tentador. En pantalla, Serafina y Arcángela no son monstruos estrafalarios, sino mujeres moldeadas por la ambición, el resentimiento y la impunidad que heredaron y reforzaron. Esa complejidad dota a la historia de un peso dramático que enriquece, sin contradecir, la visión literaria.

El reparto joven que encarna a las víctimas aporta la otra mitad del corazón narrativo: sus actuaciones transmiten vulnerabilidad sin caer en el sentimentalismo. La serie acierta en mostrar su humanidad sin romantizarlas ni convertirlas en símbolos abstractos; son personas atrapadas entre la pobreza y un sistema que nunca pretendió protegerlas. Ese equilibrio actoral permite que la historia sea dolorosa sin ser sensacionalista, respetuosa sin ser tibia.

Completan el cuadro varios secundarios memorables: policías que parecen burócratas de oficina, funcionarios que hablan en eufemismos, testigos que desfilan entre el miedo y la ignorancia. Aquí las actuaciones funcionan como engranes narrativos, articulando esa sociedad absurda que Ibargüengoitia tantas veces retrató.


Una de las adaptaciones mexicanas más sólidas de los últimos años

Lo más valioso de Las Muertas es cómo transforma la sátira literaria en una crítica televisiva contemporánea. Si la novela desmontaba los ridículos del México posrevolucionario, la serie señala continuidades incómodas: feminicidios normalizados, autoridades omisas, la facilidad con la que la violencia estructural se oculta bajo discursos vacíos.

La serie evita el panfleto. Todo está narrado desde la intimidad y la cotidianidad; no es un ensayo político sino un relato humano que expone las costuras del país a través de la vida (y la muerte) de mujeres invisibles. Esa mezcla de fidelidad histórica, sensibilidad contemporánea y rigor narrativo hace que Las Muertas no solo funcione como adaptación, sino como una obra con identidad propia, capaz de dialogar tanto con lectores de Ibargüengoitia como con audiencias jóvenes que quizá descubran aquí la fuerza del autor.

Las Muertas de Netflix es una serie que respira respeto por su origen literario, pero también valentía para reinventarse. Sus valores de producción, su dirección contenida pero incisiva, su guion bien articulado y, sobre todo, sus actuaciones, conforman una obra que honra la mordacidad de Ibargüengoitia sin sacrificar profundidad emocional.

El resultado es un híbrido afortunado: una pieza televisiva estética y narrativamente poderosa que recuerda por qué Las Muertas es una novela fundamental, y por qué sus ecos —dolorosos, irónicos, necesarios— siguen resonando en el México contemporáneo.


"Una batalla tras otra", contestaria e imperdible


Cinetiketas | Jaime López



Una contundente e ingeniosa declaración de guerra contra la élite conservadora estadounidense. Así es cómo puede definirse "Una batalla tras otra", la más reciente película de Paul Thomas Anderson, considerado como uno de los realizadores más iconicos del séptimo arte contemporáneo.

Centrada en los supuestos pecados que persiguen al exintegrante de un grupo radical revolucionario, interpretado por Leonardo DiCaprio, "Una batalla tras otra" es una obra que destaca tanto en su forma como en su contenido.

Es decir, alcanza un nivel de virtuosismo tanto en su ejecución técnica como en su discurso, el cual está inspirado por la novela "Vineland", de Thomas Pynchon.

Sin embargo, el propio director y guionista del filme (Anderson) ha declarado que su propuesta no es una adaptación como tal del texto aludido, sino que toma prestado varios de sus elementos clave para hacer una versión actualizada.

Dicha versión resuena fuertemente en el presente por la coyuntura política que se vive en Estados Unidos bajo el mandato de Donald Trump y sus políticas anti-migratorias.

En ese sentido, "Una batalla tras otra" tiene una clara postura a favor de la diversidad racial y se va a la yugular contra los fascistas, defensores de la mal llamada "supremacía blanca".

Eso último se puede constarar en la mofa que el cineasta hace de los antagonistas, exhibiéndolos como seres de doble moral, que recurren a argumentos ridículos para justificar sus yerros o atropellos contra la sociedad.

Ojo a esa secuencia en la que el personaje de Sean Penn asegura que fue "violado a la inversa", porque su presunta agresora, una mujer negra, quería despojarlo de su "poder".

Es justamente ese tipo de detalles, llenos de ironía o sarcasmo, los que convierten el guión de "Una batalla tras otra" en una elegante radiografía de los blancos privilegiados.

Además, Paul Thomas Anderson demuestra su oficio para llenar los espacios en los que filma, es decir, para darle significado a todos los escenarios en los que transcurren sus acciones: guettos de migrantes, azoteas, carreteras y hasta las instalaciones de sectas racistas.

En cuanto a su elenco, todos tienen fuertes posibilidades de nominaciones por su labor, tanto los intérpretes ya consagrados como DiCaprio, Sean Penn y Benicio del Toro como las caras más frescas o novedosas, es decir, Teyana Taylor y Chase Infiniti.

La primera de ellas da vida a una mujer que desea fervientemente cambiar el mundo, pero que debe tomar una decisión que afecta su personalidad, convicciones y su relación de pareja.

Además, está lleno de matices y simbolismos, que permiten reflexionar sobre temas actuales como la maternidad elegida y la autonomía personal.

En cuanto a Chase Infiniti, se trata probablemente de la mayor revelación actoral en lo que va del 2025, pues a pesar de que "Una batalla tras otra" es su primer filme, su interpretación tiene una solvencia espectacular, que desborda inteligencia, valentía y hasta sentimientos encontrados.

Obviamente, hay un grupo de hombres rancios que no ven con buenos ojos la reciente película de Paul Thomas Anderson, quien nuevamente graba escenas únicas, memorables y con un gran estilo fotográfico.

Dichos rancios han calificado su obra como "un panfleto izquierdista", lo que evidencia que su supuesta crítica o reseña se basa más en una postura política, que en un análisis de los méritos técnicos, artísticos y discursivos del filme.

Lo mejor es que el respetable tome su propia decisión y la vea en pantalla grande para disfrutar la nueva hazaña visual del creador de "Magnolia" y "Petróleo Sangriento".



"El gran viaje de tu vida", decepcionante, forzada y nada grandiosa



Cinetiketas | Jaime López



Decir que lo mejor de una película es el cover de una canción que comienza a escucharse de fondo en la última secuencia es muestra de que la producción por la que se pagó un boleto resultó fallida casi en su totalidad, en especial, en el desarrollo de su historia.

Es el caso de "El gran viaje de tu vida", el nuevo largometraje estelarizado por Margot Robbie y Colin Farrell, que no tiene nada de grandioso y que ni siquiera se siente como una propuesta entretenida o palomera.

Y es que aunque los intérpretes referidos son carismáticos y se esfuerzan en cada una de sus interacciones, la historia se va desinflando poco a poco hasta convertirse en una odisea plana y aburrida.

Dirigida por Kogonada, artista de origen surcoreano con un buen prestigio en el circuito independiente, "El gran viaje de tu vida" sigue a dos extraños que se conocen en la boda de unas amistades que tienen en común.

Tras un par de conversaciones, aceptan realizar un viaje que les propone el GPS del vehículo que les rentó una extraña agencia de automóviles.

En ese sentido, la premisa sonaba sumamente interesante y tentativa en los avances promocionales, sobre todo, para quienes disfrutan de propuestas aparentemente atípicas y que invitan a la audiencia a autoevaluarse.

Si a eso se le agrega la combinación de dos estrellas de Hollywood, con una innegable fuerza mediática e interpretativa, las expectativas eran demasiado elevadas.

Sin embargo, algo no cuaja en la ejecución del guion, pues la película termina generando bostezos en distintos niveles y una escasa conexión con la historia de amor proyectada en la pantalla grande.

De hecho, algunos analistas califican a la obra con los adjetivos de "fría y distante", algo en lo que no se equivocan debido a que varias escenas se sienten metidas a la fuerza para tratar de conmover a la gente.

Ese quizá es el mayor defecto de "El gran viaje de tu vida", que su premisa aparentemente mágica se ve diluida con motivo de las distintas escenas impostadas a lo largo del metraje.

Una de ellas ocurre cuando en el guion escrito por Seth Reiss se ponen a los protagonistas a pelearse bajo la justificación de sus inseguridades y traumas personales.

Pero dicho momento es predecible y acortonado, además de que tiene una resolución insípida. Así también se siente la reflexión sobre el duelo que se pretende hacer a través del rol de Margot Robbie.

Al final, es el cover del éxito musical escrito hace 45 años por Pete Townshend, "Let my love open the door", el que produce una ligera sonrisa en las personas que esperaban una cinta inolvidable y epidérmica, pero que resultó todo lo contrario. Tan decepcionante es que ni siquiera se agradece el cameo de Kevin Kline, que en 1989 ganó una estatuilla dorada como mejor actor secundario.

"Las guerreras K-pop", la gran sorpresa de Netflix y de la animación 2025

Cinetiketas | Jaime López


Hablar de "Las guerreras K-pop" significa hablar sobre el fenómeno más exitoso de las plataformas streaming en lo que va de este año, pues dicha propuesta tiene el récord de reproducciones en Netflix, con más de 300 millones de vistas.

El suceso en cuestión no es producto de la casualidad, sino de la habilidosa mancuerna de Maggie Kang y Chris Appelhans, directores del filme, quienes entregan una obra fresca y dinámica. 

Ello con base en un guion coescrito por ellos mismos, junto con Danya Jiménez y Hannah McMechan, quienes abordan temas universales con los que es fácil identificarse como la aceptación personal o la búsqueda de nuestra identidad. 

Además, "Las guerreras K-pop" logra combinar comedia, romance, fantasía, acción y música pegajosa a través de una estética vistosa, que no solamente honra los animes, sino que también hace una sátira de los dramas o de las novelas coreanas. 

La premisa se centra en un grupo femenino de K-pop, integrado por Rumi, Mira y Zoey, que, cuando no están en una presentación musical o en un concierto, se dedican a aniquilar demonios. 

Sin embargo, su principal enemigo ha dado luz verde a un plan inesperado, que las pondrá en jaque de distintas maneras, confrontándolas consigo mismas. 

Es ahí donde radica una de las principales virtudes de la película, pues la historia es un espejo de las dudas, miedos y altibajos que tienen las personas a lo largo de sus existencias. 

Asimismo, la trama se enfoca en un grupo de jóvenes que, en ocasiones, solamente desean ser felices comiendo uno de sus alimentos favoritos o tomando una siesta, pero por otros momentos, deben tomar decisiones sumamente complejas. 

Exhibida desde hace más de tres meses en Netflix, en donde se ha mantenido entre los tres primeros lugares de preferencia, "Las guerreras K-pop" también se destaca por la inclusión de personajes místicos en su narrativa, que hacen recordar las obras de Hayao Miyazaki. 

En cuanto a las canciones inéditas escritas para el filme, varias de ellas tienen un enorme potencial de ser nominadas en la edición 2026 del premio Oscar. 

Sin embargo, "Golden" es quizá la pieza o composición más destacable por su significado dentro de la historia, pues representa un apapacho para el alma y  también transmite una sensación de emancipación. 

Sumado a lo anterior, la canción ha hecho historia en Estados Unidos al liderar la lista Billboard, pese a que es interpretada por un grupo ficticio, algo que no había ocurrido desde hace varias décadas. 

Finalmente, "Las guerreras K-pop" puede ser disfrutada sin necesidad de ser un experto o aficionado a las bandas de K-pop, porque su trama no está dirigida a un segmento de mercado y, además, promueve la multiculturalidad, algo que se agradece infinitamente.


"Haz que regrese": un retrato perturbador y cautivador de la condición humana



Cinetiketas | Jaime López


Si pudiera describir en tan solo dos palabras la nueva película de Danny y Michael Philippou, "Haz que regrese", dichas palabras serían perturbadora y conmovedora, un par de vocablos que aparentemente son contradictorios, pero en este caso se relacionan profundamente.

Los gemelos australianos que, en 2022 sorprendieron a propios y extraños con su ópera prima "Háblame", vuelven a echar mano del género de terror y suspenso para contar una historia sobre la naturaleza humana.

Cabe recordar que habitualmente las películas más memorables de ese tipo de géneros son las que incluyen una crítica social en su argumento.

En el caso de "Haz que regrese", los autores recurren nuevamente a escenas sumamente impactantes a nivel visual, que algunos estómagos no acostumbrados a dicho tipo de secuencias podrían resentir fácilmente.

Sin embargo, detrás de ese nivel de intensidad se esconde un retrato doloroso sobre la incapacidad de algunas personas de superar un momento difícil de sus existencias.

Básicamente, el guion sigue a un par de hermanos que, tras un evento traumático, son enviados a una casa aislada de la civilización, en donde los espera su nueva madre adoptiva, quien también tiene bajo su cargo a un adolescente con un presunto mutismo selectivo.

Como una buena cinta de suspenso y terror, poco a poco se van revelando las verdaderas intenciones de la tutora en cuestión, quien muestra una evidente preferencia hacia uno de sus recién llegados habitantes, una joven con debilidad visual, interpretada oportunamente por la debutante Sora Wong.

Ahí se encuentra una de las virtudes más fuertes de "Haz que regrese", pues la actriz tiene realmente una discapacidad en la vida real, lo que aporta una innegable autenticidal al relato y a las situaciones plasmadas en el mismo.

Igualmente, los realizadores apuestan por un montaje sumamente sólido, que pone a la audiencia en los zapatos de la chica, quien tiene otra percepción del mundo.

Sumado a lo anterior, "Haz que regrese" cuenta con la magistral actuación de Sally Hawkins, quien se ha ganado el corazón de distintos sectores con sus personajes dulces y carismáticos en obras como "La forma del agua", "Paddington" o "Un cuento sobre la felicidad".

En el segundo largometraje de los hermanos Philippou, la actriz de origen inglés muestra una nueva faceta, una que dejará perturbados a muchos espectadores.

Pero su personaje evita la superficialidad y se convierte en una antagonista de lujo, que tiene uno de los cierres más cautivadores en la historia del séptimo arte contemporáneo.

Por otro lado, los realizadores que se hicieron populares en el universo de los youtubers, demuestran una madurez con su nueva propuesta, tanto en edición, fotografía y diseño de arte.

Y nuevamente abordan en su guión el tema de la pérdida de un ser querido, pero ahora planteado desde la perspectiva de una mujer madura, no de una joven.

Lo anterior lleva a pensar que los cineastas probablemente alisten una película similar para completar una trilogía o, al contrario, en su siguiente producción apuesten por algo distinto a lo que han logrado con sus dos primeras pelucas.

Lo cierto es que "Haz que regrese" es una recomendable cinta, no solo de género, que evita los sustos fáciles, sino también es una obra impecable e inolvidable en todos los sentidos.



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