Mostrando las entradas con la etiqueta Pantalla. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Pantalla. Mostrar todas las entradas

Fito Páez sin filtro: cuando el mundo (por fin) cabe en una canción



Call me old fashioned... please! | Por Mónica Castro Lara |

Recuerdo que en cuanto vi el post en Instagram, le escribí rapidísimo a mi cuñado Hugo para que ya NO hiciera el pago del Airbnb que él había buscado y que nos había gustado un montón. “¡Pinche Fito, no mames!”. A 17 días de sus conciertos en México, al rosarino se le ocurre caerse, fracturarse cinco costillas (aunque dice que fueron 11) y cancelar y posponer sus presentaciones en Guadalajara y Ciudad de México, incluida la del Zócalo capitalino. Yo, francamente estaba que me llevaba la chingada como buena provinciana porque imprevistos como este, realmente te cambian todos tus planes. Lo último en lo que pensaba era en el bienestar de uno de mis artistas favoritos y eso te da mucho que pensar sobre el ensimismamiento de ser fan, porque entre la emoción y la frustración, me olvidé de que detrás del ídolo hay un ser humano que también puede romperse (literalmente). Y eso, créanme, duele y avergüenza más de lo que una quisiera admitir.


Cuando Netflix anunció el mes pasado que el documental “Fito Páez: el mundo cabe en una canción” llegaría a nuestras pantallas el 03 de septiembre, sentí una alegría total. Pensé: “órale, Fito seguro es un consentido en Netflix”. Y no es para menos: ya en 2023 la plataforma le había dedicado un espacio con “El amor después del amor”, la serie biográfica que nos transportó a la Argentina de los ochenta, a los inicios de Páez como cantautor y a las tragedias que lo han acompañado e influenciado toda su vida. Pero ahora, con este nuevo documental, la apuesta sube de nivel, porque si la serie nos contó su historia desde afuera (con actores, recreaciones y esa estética que nos hizo revivir cada éxito y fracaso) esta vez, como bien sentencia la propia plataforma de streaming: “La serie contó su historia. Ahora habla él”. Y eso, querides, es ooootra cosa. Es Fito sin filtros, la voz en primera persona; es el artista que vuelve para decirnos lo que tal vez nunca nos contó del todo. Y, por lo que habían dado a entender en el tráiler, la película transcurre justo ahí, en el límite entre el dolor físico y emocional tras el accidente que frenó su gira exactamente hace dos años, y desde esa pausa forzada, Fito reexamina sin filtros su historia personal, sus excesos, sus fracasos y esos éxitos que lo consagraron como uno de los compositores más importantes de Latinoamérica. Es como si, después de más de cuatro décadas de intensa carrera, el músico eligiera ese momento tan vulnerable para abrirse del todo, mostrándonos que a veces hay que quebrarse un poco para encontrar la honestidad más cruda y hermosa.


Sin duda, la cereza del pastel fue descubrir que el gran Matías Gueilburt está detrás de este proyecto y que, además, tiene un vínculo muy estrecho con Fito. Yo no puedo parar de elogiar el trabajo de Gueilburt; es como si el Rey Midas se hubiera convertido en director argentino. Algunos de sus proyectos documentales, como “Patria”, “El vendedor de ilusiones: El caso Generación Zoe” y “Los Ladrones: La verdadera historia del robo del siglo”, los considero auténticas joyas cinematográficas, en especial “Los Ladrones”. Me parece que encaja perfectamente con el espíritu de esa peculiar argentinidad que tanto me gusta y atrae. Cuando tengan oportunidad, véanlo. Les va a explotar la cabeza como a mí. 


Matías es, ante todo, un narrador obsesionado con las grietas de la historia que aborda; su estilo se define por una investigación y narrativa quirúrgicas que no teme revolver archivos polvorientos y olvidados, testimonios incómodos y documentos inéditos para reconstruir relatos que, aunque conocidos en superficie, guardan capas de complejidad moral.


No le interesa la cronología lineal: prefiere sumergirse en los claroscuros, en los personajes que oscilan entre el mito y el monstruo; su mirada no juzga, sino que deja que los hechos y las voces se desplieguen con una crudeza que obliga al espectador a hacerse miles de preguntas mientras transcurre lo que está viendo. Me parece que lo más rico de Gueilburt es su capacidad para convertir temas densos en relatos accesibles y humanos, sin caer en el sensacionalismo, a través de una fotografía y encuadres de una calidad absoluta.


Por lo tanto, estoy muy feliz de compartirles que mi clarividencia y yo acertamos: este documental es brillante. La amistad entre Fito Páez y Matías Gueilburt le da al director una llave privilegiada para entrar en esos instantes frágiles donde, a ratos, se nos olvida la excentricidad del rosarino y nos topamos de lleno con su dolor, con su angustia, con su desesperación ante un momento de salud sumamente complicado. Como bien dijo Gueilburt para Página12: “en ningún momento vemos un personaje, es un retrato de Rodolfo”, y eso es justo lo que hace tan potente a esta pieza: no hay pose, hay pura verdad.


La película arranca, además de con un espectacular montaje de Páez en conciertos masivos musicalizado por “Al lado del camino” (una de esas canciones eternas que, confieso, me aprendí a marcha forzada porque quería berrearla sin errores en su concierto), con una declaración que, si uno lo piensa bien, es lo que cualquier espectador desea: “Lo que me embola de los documentales, en general, es que les falta malicia”, dice Fito como advirtiéndonos. Y se justifica: “[…] el personaje retratado siempre es visto como una especie de adalid de la bondad y las buenas costumbres. Y eso me embola terriblemente”. A modo de pedido, o de manifiesto, hay una necesidad del cantante por no mostrarse impoluto y le indica al director que quiere que pasen cosas reales, sin caretas porque él ya sabe que hay que “caretear” en la vida, pero en este documental no. Y vaya que suceden “cosas reales”. Gueilburt nos presenta un retrato del músico en dos dimensiones entremezcladas: de un lado, la intimidad del hogar, el cuarto de hospital, los hoteles de gira y los ensayos; del otro, los recuerdos y momentos claves de su historia narrados por él mismo. Es como si la cámara se atreviera a entrar donde pocos han estado, y el resultado es tan incómodo como necesario.



La primera parte del documental es la cámara siguiendo a Páez en algunos momentos clave que vivió a mediados de 2024: lo vemos siendo trasladado por un incrédulo taxista hacia los estudios Abbey Road donde estaba trabajando en “Novela” su vigésimo noveno álbum, proyecto que había iniciado desde 1988 y recién concretó en 2025 (con un montón de críticas, por cierto). Luego, nos vamos a Madrid, donde Fito festeja su décimo aniversario de relación con su entonces pareja, la actriz Eugenia Kolodziej quien es la encargada de narrarnos cómo fue que encontró a Fito la mañana siguiente tirado en el descanso de la escalera completamente desgastado, golpeado, adolorido y sin la capacidad de responder a las simples preguntas que le hacía. Realmente me re entristeció y angustió la situación tan delicada y grave en la que estuvo Fito; los moretones en el brazo y los gritos desgarrados de dolor se quedan cortos a lo que verdaderamente sentía y nos confiesa que sí se sintió al borde de la muerte:


“Es muy salvaje la situación. El dolor era tal, era tan grande, tan fuerte, que dije bueno hasta acá llegué”.


Casi como en una especie de metarrelato, el músico mira en la televisión lo que se informa sobre su accidente. Y con esa visión y sensibilidad quirúrgica de Matías que les mencionaba unos párrafos arriba, el momento de la vulnerabilidad absoluta es musicalizado con “Tumbas de la gloria”, convirtiendo a la canción en una especie de banda sonora de su historia familiar en Rosario. Mientras suena “Tu amor abrió una herida porque todo lo que te hace bien siempre te hace mal” nos platica que su mamá murió 8 meses después de haberlo dado a luz porque le sacaron mal la placenta e ipso facto, deduce y nos dice con una tranquilidad dolorosa, que la muerte de su mamá entonces fue por su culpa. Uff. Pausita para exhalar. Nos cuenta su cotidianidad en Rosario: cómo eran su padre y las “abuelas” que lo criaron, el exceso de amor y esos primeros acercamientos a todo tipo de música que lo moldearon, detalles que, por suerte, dejaron bien plasmados en la serie, para que nosotros también pudiéramos asomarnos un poquito a ese universo. La historia de Fito desafortunadamente también va de la mano con la tragedia; tal vez una no podría existir sin la otra. Revivimos el terrible asesinato de sus “abuelas” y la empleada doméstica que las acompañaba, por allá en 1986 y nos lanza otra frase devastadora: “[…] yo ya no vengo a ofrecer mi corazón, ¿para qué? ¿para que me lo rompan?” haciendo alusión a su canción homónima. 


Regresamos al presente, con el proceso de recuperación de Fito y los ensayos de cara a la gira “4030” en Argentina. El documental nos muestra la primera vez que se sienta al piano post accidente para tocar “Del 63” en su casa de Buenos Aires y, de pasada, para ver cómo le respondían sus manos; otro momento de vulnerabilidad que pocos se atreven a mostrar. Acá tengo que hacer mención especial al muñequito de Charly García saltando desde aquel épico noveno piso, colgado de una lámpara de techo, que me pareció una brillantez y genialidad absoluta y me hizo pensar que necesito uno cuanto antes. Se develan también otros detalles en esos espacios privados: fotografías, portadas de revista, cuadros, medicinas, suplementos alimenticios… 


Luego aparece un Páez melodramático regañando y exigiéndole a sus músicos como si la vida se le fuera en cada nota. La rigurosidad y los tonos (nada amables) con los que se dirige a ellos, incomoda MAL; al menos a mí sí me molestó e hizo que le cuestionara a modo de reclamo, un montón de cosas que yo he vivido y visto de sus presentaciones más recientes… sin respuesta alguna, obviamente. 


Y entonces… ¡llegan los conciertos en México! Lo vemos caminando por la CDMX con una tierna familiaridad, de la mano de su hijo Martín. Me hace reflexionar que le tomó únicamente 4 meses en recuperarse de ese fatal accidente donde por momentos, parecía que se estaba entregando a la muerte y que verdaderamente, hizo un esfuerzo casi sobrenatural por cumplirle a sus fans mexicanos. Hay algo más que me conmueve de esas escenas: haber compartido un mismo tiempo y espacio en el Auditorio Nacional con esta leyenda. Recuerdo el concierto casi a la perfección y ahora me doy cuenta de que ambos atravesábamos momentos complicadísimos en nuestras vidas pero que, durante dos horas, pudimos dejar pasar todo. Porque la música —y el arte en general— nos lo permite; nos da ese permiso tácito de suspender el caos, aunque sea un ratito.


Rápidamente, ooootra escena incómoda: el cierre de uno de estos conciertos no salió como lo habían ensayado y el músico se mortifica con una ansiedad e insistencia que, les confieso, no me fueron ajenas. Si bien podríamos llamarlo “perfeccionismo”, creo que más bien se trata de tener o no el control absoluto de las cosas. Tuve que revisar los videos de su concierto en mi celular para ver si había sido en esa misma noche, pero no… ahora me queda la incógnita de saber si fue en la segunda noche del Auditorio Nacional o si más bien, fue en su concierto en Guadalajara, pero sobre todo, si la gente se dio cuenta o no del “error”. Algo así como un pequeño misterio personal que, supongo, también forma parte del encanto.


Ya en la recta final del documental, nos topamos con escenas de Fito compartiendo con su otra hija, Margarita. Son fragmentos que se entrelazan con material de archivo y grabaciones caseras donde se les ve, tanto a Martín como a Margarita, conviviendo con ese padre peculiar y caprichoso que todos conocemos (o creíamos conocer). Es una faceta menos pública, más íntima, y me parece comprensible —casi necesario— que haya permanecido resguardada en lo privado durante todos estos años, como si ese espacio reservado fuera el que le permitió a Fito seguir siendo tan auténtico en lo público.


El documental cierra con la visita de Fito Páez a Estados Unidos, donde da una charla en la Universidad de Berklee en Boston, que trató sobre “la música en tiempos de demencia masiva”, y al mismo tiempo, afinaba los detalles de su sesión de Tiny Desk, que he de confesar con total libertad, no me gustó. Me pareció una muy mediocre selección de canciones, curadas mal, a Fito se le veía distraído, se le escuchaba desentonado y ahora ya sé por qué: el día de la grabación, el man tenía una fiebre intermitente junto con una migraña de esas que aniquilan. Aun así, logra sacarlo adelante. Y aquí regreso a mi dolencia y vergüenza del primer párrafo: ¿quiénes somos para exigir y exprimir hasta la última gota a nuestros artistas?


Hay algo en la figura de Fito Páez que trasciende lo meramente musical. No es solo el pianista virtuoso de “Cadáver Exquisito”; es esa capacidad para convertir el caos emocional en melodías que nos hacen sentir menos solos, como si fuera una extensión directa de nuestras propias contradicciones.


A diferencia de otros de sus contemporáneos, Fito eligió la exposición brutal, una honestidad incómoda que lo llevó a desnudarse en público una y otra vez, ya sea cantándole a la “puta ciudad” que lo vio caer en el abismo más profundo o confesando sus demonios en entrevistas que a veces parecen sesiones de terapia. Quizás por eso, escucharlo hoy se siente menos como un acto de consumo cultural habitual y más como un reencuentro con esa versión de nosotros mismos que todavía cree, ingenuamente, que hay amor después del amor.


¿Vale la pena ver el documental? Para mí, es un total y rotundo SÍ, y no lo digo solamente desde mi cariño, admiración y fanatismo por Rodolfito. Disfrútenlo, llórenlo, cuestiónenlo y compárenlo con otros documentales musicales y satúrense de él como ya lo hice yo. Porque, al final, lo que logra Gueilburt es exactamente lo que Fito pidió: malicia, pero por supuesto, también mucha humanidad. Eso, en un género tan saturado de homenajes edulcorados, es un verdadero lujo. Nuestro rosarino consentido, termina casi dos horas de exposición con un “I’m baack!”, porque con sus contradicciones, múltiples heridas y resiliencias, ya nos lo había predicho en cierta canción del 2010: “[…] si algo aprendimos en el mundo es que el mejor momento aún no vino, está por llegar”. Así que, señoras y señores, habemus Fito para rato.




Retrovisión: El monstruo detrás de «La puerta»


Retrovisión | Por Alberto Preciado

 

No hay que olvidarlo nunca: desde el principio de los tiempos el hombre vive para contarlo. Y yo, que soy un adicto a esta premisa, tengo un gran problema: mi memoria es menor a la de un disquete (todo un reto esta palabra para gente que nació después del 98). Así que he adquirido un hábito que me ayuda, desde que recuerdo que escribo: hago listas. Listas que me permiten prestar más atención y que dificultan el olvido. Listas sobre el pasado que hacen y deshacen las historias, y listas sobre el futuro. Listas dramáticas sobre los libros que sí o sí tengo que leer antes de ¨x¨ edad, o películas que vi en Navidad y que ahora son un must-watch cada que las fechas decembrinas aterrorizan a la mujer, gatos y perros que cohabitan conmigo, con villancicos que se escuchan sin parar en un loop interminable de añoranza de nieve.

Hay un enorme placer —cuestión casi existencialista-ideológica— en tener la oportunidad de recomendar algo que sientes, o sabes, debe ser apreciado. Obtener el diálogo que sigue después de que alguien escuchó el disco que recomendaste, o vio la película que dijiste, es fascinante. Muchas veces la recomendación es una forma de invitar al otro a que te conozca. «Revisa esto que me impactó, que me hace ser. No sé si te va a gustar, pero a mí me ocasionó algo que quiero que veas, que me veas». Y sí, se convierte en un acto en principio egoísta. Pero también es, sin duda, una invitación a ahora «ser» juntos. Puede que lo odies o puede que te encante, pero ahora hay algo, si se cumple el loop que nos une.

Durante gran parte de mi vida, hacer listas ha sido un acto tanto de abrazar y coleccionar recuerdos, como de poner el foco en ideales futuros. Quiero aprovechar el fervor patrio para platicar durante este mes sobre cine hecho en casa, desdeñando lo que la pantalla nos muestra como ocurrentes insomnios sociales y, aunque se dice que no hay dos pupilas iguales, observar el retrato propuesto de un país surreal. Más que encontrar novedades me gustaría abrir el diálogo, rebotar ideas y conversar en torno a las películas que nos describen, y que, como una radiografía, nos muestran algo de lo que somos. Durante este mes compartiré la lista de películas mexicanas que de alguna u otra forma me han impactado iniciando por el género final: el terror.


LA PUERTA

Comenzaré platicando, entonces, por el corto que suele salir de mi boca cuando hablo de cine de terror. Es un metraje donde Luis Alcoriza se encarga de entregar una tesis sobre el pánico colectivo. Bajo el disfraz de historia de miedo, La puerta funciona como retrato de las paranoias del adulto pequeñoburgués en pleno 1968 y del choque generacional que tenía con sus hijos.

La historia nos sitúa en una fiesta de gente rica en una casa nueva. Un opening. Todo va bien hasta que un invitado abre por accidente una puerta que da a un pasillo oscuro, y del fondo empieza a salir un hombre enorme, desnudo, que camina de forma lenta y anormal hacia él sin decir nada. La cierra de golpe. Eventualmente la vuelven a abrir… y ahí sigue. Lo que pasa después no es que lo enfrenten ni que huyan: primero se aterran, claro, luego tapan la puerta con un mueble y hasta le ponen un crucifijo. Al final —aburridos— se ponen a jugar con él, abriendo y cerrando la puerta como un juguete para reírse. Entre todos concursan para ver quién aguanta más con la puerta abierta, mientras este hombre enorme se acerca poco a poco hacia ellos. Suena rock «satánico» de la mano de Los Inesperados y Los Jokers, banda pionera del rock mexicano de los 60 fundada, casualmente, por un sobrino del cineasta Ismael Rodríguez, generando un contraste entre lo paranormal y las carcajadas que provoca la apuesta. Nunca te explican qué es ese hombre. No parece interesarle eso a Alcoriza.

Más allá de lo que es o hay detrás de la puerta, se resalta la reacción de los invitados. En una época donde la sociedad mexicana parecía no entender lo que sucedía, el humor, la jiribilla y la burla se hacen presentes. El terror no está en el monstruo, sino en la gente mirándolo. En la ignorancia que los hace refugiarse en el humor.

Este corto, digno de The Twilight Zone, forma parte de un proyecto que buscaba ser la gran saga de terror mexicano. Hacia 1968, Ismael Rodríguez —uno de los directores más importantes de la Época de Oro del cine mexicano— planeó una antología inspirada en historias de horror, locura y misterio, pensada para reunir a lo más grande del cine mexicano en un solo formato.

La convocatoria era casi un censo del cine nacional de la época: junto a Rodríguez y Chano Urueta, sonaban directores como Roberto Gavaldón, Julio Bracho y Alejandro Galindo, además de Luis Buñuel. También se hablaba de una faceta literaria, con el escritor Luis Spota, y de una actoral, con Enrique Rambal, Manolo Fábregas y Juan Ibáñez, junto al productor Mauricio Walerstein. Al final, el tamaño del proyecto, la falta de financiamiento y los compromisos que varios de los involucrados fueron adquiriendo hicieron que la saga nunca llegara a realizarse. De las 26 piezas soñadas, solo tres pasaron a la cámara.

La puerta es un cortometraje que de alguna forma recicla lo que conocimos en El ángel exterminador. No es casualidad: Alcoriza coescribió esa película junto a su gran amigo Luis Buñuel, y aquí parece incapaz de soltar la misma obsesión: el terror como coartada, como excusa para retratar las paranoias del adulto pequeñoburgués en pleno 68.

La premisa la enuncia el propio prólogo: el hombre teme por instinto a lo inexplicable, y cuando ese temor se vuelve colectivo, a veces mueve a la risa; pero si hay culpa, se convierte en miedo, pánico, pavor y horror. Alcoriza está menos interesado en asustar que en diseccionar cómo un grupo procesa —y ridiculiza— aquello que no entiende.

«Encontrarán a muchas personas —tal vez ustedes mismos— que tienen también su monstruo en el clóset», termina diciéndonos una voz en off. Recordando que lo inexplicable no da tanto miedo como lo que revela de quienes lo miran, y que vivimos en un mundo donde los cuerdos han perdido toda capacidad de distinguirse de los alucinados.



«Annette» y la belleza del artificio

Retrovisión | Por Alberto Preciado


Vivimos, una vez más, el momento Cannes del cine. Ritual anual donde los aplausos se han convertido en una métrica paralela al premio. Uno de los lugares donde el cine se discute con una pantomima religiosa.

Es apropiado, de vez en cuando, revisar las películas que han inaugurado el festival; intentar entender qué cosa nos quería decir el arte ese año, escuchar su tono,, comprender sus acordes más íntimos. Entre ellas hay títulos tan distintos como La mala educación, de Pedro Almodóvar; The Fifth Element, de Luc Besson; o Annette, la película con la que Leos Carax abrió la edición de 2021.

Annette es un filme que parece buscar estirar la realidad al máximo, y es esta característica la que la hizo ser sumamente apropiada para inaugurar Cannes. Porque el festival francés es, entre otras cosas, una celebración del artificio cinematográfico.

Leos Carax lleva décadas filmando personajes que confunden la verdad con la representación. Como si la ficción y la realidad fueran una misma serpiente que se alimenta de su cola. Su cine es profundamente artificial, pero nunca falso. Hay una diferencia importante entre ambas palabras. En sus películas los decorados pueden parecer irreales, los gestos exagerados y las situaciones improbables, pero las emociones siempre terminan golpeando con una fuerza inesperada.

Basta recordar a Denis Lavant corriendo por las calles al ritmo de Modern Love de David Bowie en Mauvais Sang. La escena tiene algo de videoclip, de sueño, de fantasía adolescente. Sin embargo, pocas veces el cine ha mostrado con tanta claridad la desesperación de alguien que ama y no sabe qué hacer con ese amor. 

Con Annette, Carax decide llevar esa lógica al extremo. Y para hacerlo escoge quizá el género más artificial de todo el cine: el musical.

La película ni siquiera intenta ocultarlo. Antes de que la historia empiece, una voz en off nos anuncia que la función está a punto de comenzar. Vemos a los músicos prepararse, escuchamos los primeros acordes de So May We Start y los propios actores abandonan el estudio de grabación para entrar en la ficción que vamos a presenciar.

Carax deja las reglas claras desde el primer minuto. Esto es una representación. Un espectáculo. Un juego.

Tal vez porque el espectador contemporáneo necesita que se le recuerde algo que antes parecía evidente: que toda historia es una construcción.

Henry McHenry, interpretado por Adam Driver, es un cómico feroz, agresivo, casi salvaje.

Un hombre que convierte su desprecio por sí mismo y por los demás en espectáculo. Ann Defrasnoux, interpretada por Marion Cotillard, es una soprano célebre cuya voz parece venir de algún lugar más cercano a lo divino que a lo humano. Él es un primate. Ella una musa. Él provoca. Ella eleva.

Naturalmente están destinados tanto a enamorarse como a destruirse.

La película se burla constantemente de las convenciones del musical. Henry y Ann cantan una y otra vez la misma canción, We Love Each Other So Much, como si Carax quisiera exhibir el mecanismo hasta volverlo ridículo. Como si nos estuviera mostrando los hilos de la marioneta mientras la marioneta sigue moviéndonos emocionalmente.

Porque eso es lo fascinante de Annette. Cuanto más evidente se vuelve el truco, más poderosa resulta la ilusión.

Todo en la película parece construido para recordarnos que estamos viendo algo falso. Los decorados. Las canciones. Los movimientos. Incluso Annette, la hija de la pareja, aparece representada por una muñeca de madera.

Y sin embargo, a medida que la película avanza, esa marioneta divina termina resultando más humana. 

Ahí está quizá el verdadero gesto de Carax. Demostrar que la verdad artística nunca depende del realismo.

El cine es artificio. Siempre lo ha sido. Lo son los decorados, el montaje, la música que aparece en el momento preciso para indicarnos qué sentir. Lo son los actores fingiendo emociones frente a una cámara. Lo es incluso esa convención absurda por la cual aceptamos que una sucesión de fotografías inmóviles produzca movimiento.

Pero el artificio no es el enemigo de la verdad; en muchas ocasiones es un camino para alcanzarla.

Por eso Annette puede parecer una película excesiva, caótica o incluso dispersa. Porque está menos interesada en contar una historia que en reflexionar sobre la propia naturaleza de las historias. Sobre nuestra necesidad de creer en ellas aun cuando conocemos el truco del mago.

Carax, como dueño del circo, no intenta esconder los mecanismos del espectáculo. Hace exactamente lo contrario.

Los ilumina.

Y aun así consigue que la magia ocurra.

Annette es, entonces, una historia de amor, de tragedia. Un espectáculo. Vale la pena sumergirse en este extraño espectáculo. Un mundo artificial donde se revela la tensión entre el artista y su público, y donde también aparece nuestra necesidad de escapar, junto con todo lo imperfecta que puede ser esa evasión.

La verdad a veces es insoportable, y quizá por eso seguimos necesitando ficciones capaces de cantarla.

Entonces, So May We Start? 



Febrero también es para los corazones ansiosos: volver a "Punch-Drunk Love"



Retrovisión | Por Alberto Preciado

No sé cuántos de ustedes eligen qué películas ver según el momento del año que atraviesan. Seguramente algunos tienen sus rituales de películas o capítulos de serie cada Navidad o Día de Brujas. Quizás también los tengan para fechas llenas de cursilería, como el mes de febrero. Y, la verdad, ¿quién no disfruta echar una que otra lágrima de felicidad al ver que los protagonistas cierran todo el drama con el beso esperado? ¿Cuántos no soñamos con ser Heath Ledger cantando Can’t Take My Eyes Off You, o mejor aún, con que Heath Ledger nos la cantara a nosotros? Estoy seguro de que más de uno aprovechó estas fechas para llorar con Postdata: Te amo, con la tragedia romántica de Rose y Jack en Titanic, o conteniendo la respiración ante la última mirada en La La Land.

Películas para disfrutar en febrero hay muchísimas —para gustos, colores—. Pero hay una que pasó medio desapercibida en su momento y que todavía hoy muchos no incluirían en sus listas cuando algún reportero de Letterboxd, en su imaginación, les pida dar sus cuatro películas de amor. Y es justamente de esa película de la que quiero hablar en esta Retrovisión.

Pocas películas han combinado la efervescencia del Hollywood clásico con los ritmos frenéticos de la vida moderna con tanta audacia como Punch-Drunk Love. Paul Thomas Anderson construye el retrato nervioso de un vendedor de destapadores de inodoros cuyo mundo se ve perturbado por un nuevo romance. Su estilo —como en muchas de sus obras— se manifiesta en un enfoque musical audaz, en una cámara que también narra, y en actuaciones memorables.

Adam Sandler ofrece aquí una actuación extraordinaria en un momento en que ya era un gigante de la comedia. Si por casualidad esta fuera la primera película que vieras de él, pensarías —estoy seguro— que estás frente a uno de los grandes.

Algo que después confirmaría en Uncut Gems o Spaceman. Barry, su personaje, está lleno de ansiedad, tristeza y problemas de ira. Durante toda la película, la cámara invasiva nos muestra su soledad. Anderson logra ponernos los anteojos de una persona ansiosa: la música, los ruidos del almacén que rugen como dinosaurios, las puertas y las llamadas telefónicas que van y vienen sin dejarnos respirar. Por momentos, vemos el mundo con ojos de terror. Todo esto con un lente sutil y bello.


Al inicio, Barry debe decidir si quedarse con un armonio que aparece frente a él tras un accidente. Así también aparece el amor: de manera inesperada. Debe decidir qué hacer con esa oportunidad. Sabemos que tiene siete hermanas —sus propios jinetes del apocalipsis— que invaden su privacidad, le dan órdenes y lo menosprecian. En una reunión familiar intenta mostrarse cordial, pero la tensión se percibe en su sonrisa rígida y en sus ojos inquietos; de pronto, estalla y patea las puertas de vidrio.

Este es su patrón: presenta al mundo un rostro de alegre insipidez y luego irrumpe en explosiones de violencia frustrada. Ni siquiera empieza a comprenderse a sí mismo. Siempre está a la defensiva, inseguro, vagamente amenazado. La hostilidad que en otras comedias de Sandler se disfraza de humor aquí se revela en su forma más cruda.

La película se vuelve sumamente disfrutable al observar a un Sandler liberado de la fórmula de la risa fácil, revelando un actor con verdadera profundidad. En el universo de Anderson, las personas se encuentran por azar y por necesidad, no por exigencias del guion. Barry conoce a Lena Leonard (Emily Watson), una ejecutiva dulce y de mirada intensamente concentrada. Se gustan de inmediato.

A lo largo de la película, el protagonista es perseguido por el amor: ese color rojo que lo sigue en forma de Lena, anuncios y flechas, intentando curar el azul que parece simbolizar su tristeza. Mientras tanto, Barry lidia con la absurda persecución de una empresa de sexo telefónico de Utah.

Uno de los momentos que más disfruto es cuando Barry viaja a Hawái. De repente comprende que él también puede ir tras el amor. Ese entendimiento repentino —que no estamos condenados a la tristeza— es algo que también disfruto de la vida. Barry descubre que el amor puede ayudarle a enfrentar sus problemas y nos regala la frase: “Tengo un amor en mi vida que me hace más fuerte que cualquier cosa que puedas imaginar.”

Punch-Drunk Love es, ante todo, el retrato de una personalidad herida. Barry Egan ha sido dañado, quizá más allá de toda reparación, por lo que percibe como las depredaciones de sus hermanas dominantes. Lo enloquece que la gente se entrometa en sus asuntos. No soporta que lo traten con ligereza. Su mundo está lleno de presagios inquietantes y situaciones desconcertantes. El personaje está retratado con gran viveza, y la película simpatiza con él en su desmesura.

Al final, vemos cómo el amor derrite su ansiedad, y Barry decide que no puede vivir una vida sin Lena.

Esta película entra en mi lista de febrero por mostrar, de forma magistral, cómo el amor nos persigue incluso cuando estamos demasiado asustados para darnos cuenta. A veces basta con atrevernos a dar un paso. Porque, como Barry descubre, no se trata de dejar de sentir miedo, sino de avanzar a pesar de él. Y quizá por eso, en Hawái —o en cualquier lugar donde decidamos intentarlo— el aire siempre puede oler a flor.


Como mordida canina e infernal

 

Por Franco García |


A Céline Degardin

L'Amour Est Un Chien de L'Enfer
(Crazy Love)
Dominique Deruddere
Bélgica, 1987


Ya lo decía el gran poeta maldito y narrador norteamericano Charles Bukowski, que el amor era como un perro del infierno. Vivir enamorado nada bueno nos traería. Era peor que el alcohol o las drogas. Bukowski, que supo moverse en el bajo mundo de Los Ángeles, California, comprendió que el verdadero amor rugía desde las entrañas y que pocos son los valientes que deciden ingresar a las fauces del infierno. Porque el amor quema, arde, ruge, desgarra, muerde y te asesina lentamente. Con una narrativa seca y sin tantos artificios literarios nos aleja de todo cliché para aceptar la cruda realidad. Pero Bukowski también era un nostálgico y romántico. Sus poemas lo evidencian. Su dolor y su fracaso en el amor lo llevaron a escribir unos textos magistrales, verdaderas obras literarias. El gran poeta del fracaso, el santo patrono de los perdedores.

Contaba con más libros de poesía que de narrativa, pero ambos talentos lo llevaron a ser un maestro del mal llamado “realismo sucio”. Mucho se ha hablado de él y, pese a sus imitadores y críticos, su obra sigue más vigente que nunca.

Dominique Deruddere (Turnhout, Bélgica, 1957), cineasta, actor y productor belga, llevó a la pantalla grande uno de sus mejores filmes inspirado precisamente en uno de los más memorables libros de la poesía norteamericana: El amor es un perro del infierno. Poemas 1974–1977. Fue en 1987 cuando L'Amour Est Un Chien de L'Enfer se estrenó en los cines de Estados Unidos (traducida como Crazy Love), convirtiéndose en una de las primeras películas flamenco-belgas en salir del país. Aunque no tuvo buenas críticas, hoy podría considerarse una obra de culto debido a su poca difusión y conocimiento. Y sería bueno considerarla, extraerla de los archivos muertos para homenajearla, brindarle el respeto que se merece toda obra de arte. Un clásico del cine belga que no debe morir.

Porque Dominique Deruddere logró lo que pocos cineastas europeos llevan a cabo: fusionar poesía y cine, un género híbrido, quizás. Adoptó y adaptó los textos literarios de Charles Bukowski a su mundo cinematográfico. El actor Josse De Pauw, quien interpreta a Harry Voss, realizó un papel modesto y maravilloso. Es el personaje principal y una clara personificación de Charles Bukowski.

Desde la infancia hasta la etapa adulta, Harry Voss atraviesa por una vida cruda. Un padre alcohólico y una madre sumisa, viviendo en un hogar pobre de Bélgica. Pese a esa desgracia, Harry Voss idealiza el amor. Se enamora de una ilusión a temprana edad e intenta mantener relaciones sexuales con la madre de un amigo mientras ella duerme borracha en su cama y fracasa. Son los primeros acercamientos y descubrimientos a su vida sexual. Llegada la adolescencia, se enferma de acné quístico crónico que lo aleja de las mujeres y, de nueva cuenta, intenta mantener relaciones sexuales con una mujer en un auto pero sufre el rechazo por no ser atractivo físicamente. No sólo su vida sentimental comienza a ser reprimida, sino también la sexual.


Al pasar los años, siendo adulto, se vuelve alcohólico, callejea pero no deja de buscar el amor en cada rincón de su pueblo. Cree en él, mantiene un poco la esperanza a flote. Podrá ser un fracasado, pero lucha contra las crudas pruebas de la vida. Tiene un solo amigo, Stan, interpretado por Michael Pas. Junto a él emprenden entonces una nueva aventura para buscar ese “amor loco”, su verdadero amor.

Al pasar los días se encuentran con el cadáver de una mujer hermosa y lo roban, entre broma y broma, para aprovecharse de ella. Un acto necrófilo desde luego. Pero Voss, al contemplarlo, no puede con algo así; es imposible que algo tan bello acabe sin sentido. Es injusto para el recuerdo de la chica de sus sueños, lo cual nos demuestra que todo hombre tiene traumas infantiles, fisuras en su alma. Hasta que termina suicidándose en el Mar del Norte con ella.

Sin duda, es una historia compleja, con una atmósfera tétrica que lleva al espectador a adentrarse en la mente y corazón de Harry Voss y cómo el rechazo, el romanticismo, el fracaso y la enfermedad nos conducen a nuestros límites, a tratar de llenar vacíos existenciales.

La propuesta de Dominique Deruddere también nos lleva a cuestionarnos: ¿de qué está hecho el amor entonces para Voss? Con toda seguridad, de vísceras, alcohol, desesperación y agonía. ¿El amor debe ser una batalla constante? ¿Por qué no rendirnos? ¿El amor todo lo puede y supera?

Enamorarse puede aterrorizar, llevarte a la locura y posiblemente pocos se atreven a entregarse por completo. Nadie quiere compromisos porque quizás implica subordinarse. Nadie quiere enamorarse porque quizás enferma o porque quizá al primer error que cometas huyan y te dejen con el remordimiento de por vida.

El amor muerde, desgarra, ruge, quema, arde, destroza; pero también aúlla durante las noches frías e infernales. Charles Bukowski entendió a la perfección este dilema por el que atraviesan los seres humanos. Amar y ser amado es lo ideal, lo justo; pero para él el valor está en amar, y no importa cuántas veces te hayan roto el corazón: sólo hay que amar y ya.



"Primate", satisfactoria para quienes aman el gore, pero con un guion elemental



Cinetiketas | Jaime López


Las personas que aman el horror corporal saldrán satisfechas con las dosis de sangre exhibidas en "Primate", el primer filme comercial de Estados Unidos estrenado este 2026.

La propuesta en cuestión es dirigida y coescrita por Johannes Roberts y se basa en una premisa sumamente sencilla, que hace recordar algunas de las historias de serie B producidas a lo largo de las décadas de los setenta, ochenta y noventa, como "Tiburón", "Cujo" o incluso "Anaconda".

Ello debido a que las y los protagonistas deben sobrevivir el acecho o persecución de una peligrosa especie animal, cuyo único propósito es matarlos o eliminarlos.

En ese sentido, "Primate" es un producto de entretenimiento que no ahonda en la psicología de sus personajes y que simplemente busca generar tensión a las y los aficionados al género. ¿Lo logra? Por las reacciones de la audiencia en la función a la que acudió un servidor, la respuesta es un rotundo sí.

Con un elenco de actrices y actores incipientes, cuyos rostros todavía no son muy populares, la película goza de un buen ritmo y tiene como una de sus principales virtudes el estar ambientada en una casa laberíntica, que le agrega más suspenso al argumento.

Ademas, la decisión de haber incluido en el reparto al primer histrión sordo en ganar el premio Oscar como mejor actor secundario, Troy Kotsur, le da más realce a "Primate".

Lo anterior con motivo de que las escenas en las que aparece el intérprete de "CODA" destacan por su empatía, lenguaje incluyente y sensibilidad.

Kotsur da vida al papá de dos jóvenes hermanas, que llevan bastante tiempo sin estar juntas y las cuales conviven con "Ben", el primate del título, que, al principio, es como otro miembro de la familia.

Ahora bien, aunque la trama plantea el dolor que sienten las chicas por la ausencia de su madre, esta idea no es suficientemente desarrollada y prefiere enfocarse en las persecuciones del antagonista. Eso sí, la historia tiene el acierto de situar gran parte de sus 89 minutos de duración en una piscina, en donde las protagonistas se resguardan del primate, porque éste no sabe nadar.

En cuanto a la recreación del personaje asesino, es sumamente aceptable la manera en que el departamento de producción diseñó sus movimientos, miradas y ademanes. De ahí en fuera, la película es un festín de jumpscare, es decir, imágenes sorpresivas que aparecen acompañadas de fuertes ruidos para hacer que el público salte en su butaca.

Con una clasificación C, es decir, que solo puede ser vista por mayores de 18 años, "Primate" es una opción palomera para iniciar el año filmico, pero carece de las metáforas o críticas sociales del buen cine de terror contemporáneo.



"Sueños de trenes" y cómo aceptar el dolor como parte de la vida



Cinetiketas | Jaime López


¿Es posible volver a estar en paz con la naturaleza después de padecer una dura tragedia en la vida, que carcome el alma? Esta es una de las interrogantes que genera el filme "Sueños de Trenes", que algunos especialistas aseguran va a estar nominado al premio Oscar 2026 en la categoría de Mejor Película.

Suceda o no eso último, la obra en cuestión ha tenido una gran aceptación entre los críticos de Estados Unidos y la audiencia, y no es para menos.

Con una íntima fotografía a cargo de Adolpho Veloso, que ya ganó el premio de la Asociación de Críticos, "Sueños de trenes" cuenta la historia de un hombre introvertido que por mucho tiempo no sabía qué hacer con su existencia hasta que se enamora y tiene una hija.

A partir de ahí, el personaje interpretado por Joel Edgerton acepta trabajos temporales como obrero en la construcción de vías ferroviarias, así como de leñador, a fin de tener un sustento económico, pero también disponibilidad de tiempo con sus seres queridos.

Sus vivencias en distintas montañas y bosques de Estados Unidos le hacen conocer de cerca el racismo, la parte oscura de la condición humana y algunas creencias míticas sobre la naturaleza.

Respecto a ese último concepto, el protagonista se convierte en un silente observador de la manera en que se ha ido transformando la sociedad contemporánea.

Asimismo, el ver de cerca cómo atacan sin aparente explicación alguna a un sujeto de origen asiático, le hace tener un sentimiento de culpa, que se volverá crucial en sus emociones.

Dirigida por Clint Bentley, "Sueños de trenes" entrelaza una estética minimalista y una narrativa semejante a las que caracterizan el cine de Terrence Malik, quien contrasta la belleza de la Madre Tierra con la maldad de la gente.

Así, el filme se desarrolla de forma orgánica, sin prisas, ni ediciones frenéticas, a fin de transmitir la manera o el ritmo con el que el personaje principal percibe su entorno.

En tanto, el guion muestra las paradojas en la existencia del estelar, quien tiene un carácter pacífico y protector con su familia, pero debe irrumpir o violentar la flora debido a su oficio como leñador.

Los elementos descritos en líneas anteriores se van combinando naturalmente en "Sueños de trenes", junto con algunas reflexiones acerca de la muerte.

Es oportuno agregar que el trabajo actoral de Edgerton es respaldado por un gran elenco secundario, integrado por Felicity Jones, Kerry Condon y William H. Macy.

Cada uno de ellos aporta una reflexión vital, no solamente para el protagonista, sino para la audiencia misma, la cual terminará hecha un mar de lágrimas si se deja envolver por la premisa del argumento.

Dicha premisa tiene como principal propósito hacer que nos demos cuenta que la sociedad es una minúscula parte del universo y que la vida es hermosa, a pesar de sus momentos de dolor.



"Avatar: fuego y cenizas", poco innovadora en su guion, pero con una deslumbrante Oona Chaplin


Cinetiketas | Jaime López


La tercera entrega fílmica sobre el planeta Pandora, "Avatar: fuego y cenizas", lleva en el título su penitencia, pues es dueña de intensas secuencias de acción, que regocijan el espíritu como cuando uno se acerca a las brasas de una fogata, pero también tiene momentos grises y repetitivos que hacen recordar cosas de sus antecesoras.

Es decir, se trata de una producción irregular, sobre todo en lo referente al guion coescrito por James Cameron, Rick Jaffa y Amanda Silver, quienes nuevamente retoman a los protagonistas y antagonistas de sus dos primeras películas.

Eso último evidencia que los creadores de los nativos azules poco o nada quieren arriesgar en su argumento, el cual otra vez retrata a los humanos como unos depredadores desalmados sin un ápice de remordimiento.

Y no es que ello esté mal, porque siendo francos, en la vida real el homo sapiens ha dado muchas pruebas de que es la raza más peligrosa respecto al cuidado de los recursos naturales, pero ojalá los escritores le hubieran dado más matices a algunos de sus representantes. Sí, existe un científico/biólogo que se arrepiente de sus planes, pero parece sacado de la manga, solo para salvarle el pellejo al estelar masculino.

La trama de "Avatar: fuego y cenizas" recuerda a sagas épicas como la de "El Señor de los anillos", en donde también se prevé una gran batalla en el acto final del metraje con la participación de una especie que al principio no quiere estar en ninguna guerra.

En el caso de la trilogía de James Cameron se hace referencia a los Tulkun, las enormes criaturas marinas parecidas a las ballenas, que se comunican a través de sonidos o miradas.

Su postura antibélica o su actitud de estar al margen de cualquier confrontación cuerpo a cuerpo recuerda a los Ents, los personajes de la saga escrita por J.R.R. Tolkien. Eso sí, el diseño de sus movimientos corporales es digno de aplaudirse.

Es ese último punto en donde Cameron vuelve a poner su mayor esfuerzo, en la consolidación de su tecnología estereoscópica, que hace sentir a la audiencia como en un videojuego.

Lo malo es que el séptimo arte sigue requiriendo de historias sólidas para no solamente brindar una experiencia inmersiva al público, sino también emocional.

Ahi es donde "Avatar: fuego y cenizas" vuelve a quedar a deber, porque aunque aborda tópicos universales como el remordimiento, la venganza y el rencor, lo hace sin ingenio ni profundidad.

Ahora bien, hay un nuevo personaje que sí vale la pena destacar y que ha tenido buena acogida entre la crítica especializada, el de "Varang", la lideresa del clan "Ceniza".

Es interpretada por Oona Chaplin, la nieta del legendario director y actor británico, quien dota a su rol de una epidérmica sensualidad e ira contenida. Además de que probablemente es el personaje de "Avatar 3" con el mejor arco emocional de la cinta.

Sin temor a equivocarme, la también actriz de la serie "Juego de Tronos" podría tener su propio spin-off y brillaría innegablemente.



"Jay Kelly", imperfecta como la vida, pero con una sorprendente actuación de Adam Sandler



Cinetiketas | Jaime López


Aunque en apariencia "Jay Kelly" puede percibirse como una nueva comedia dramática acerca de los claroscuros que tiene la gente que trabaja en la industria fílmica estadounidense, en el fondo la propuesta en cuestión hace una reflexión sobre lo irrepetible de nuestras existencias, en donde no hay oportunidades para segundas tomas, mucho menos para editar nuestros errores.

Protagonizada por el ganador del premio Oscar, George Clooney, la historia sigue a un actor veterano que enfrenta una crisis personal tras el fallecimiento de uno de sus seres queridos y el inevitable paso a la edad adulta de su hija menor.

Dicha crisis lo hace tomar decisiones impulsivas como viajar a Europa para tratar de aprovechar el último verano con la joven antes de que ésta se vaya lejos de casa por la universidad.

"Jay Kelly" comienza con una secuencia en la que el estelar está finalizando la grabación de su más reciente película y en donde pide insistentemente una nueva toma al director de la obra.

Esa línea tendrá una resonancia más relevante en el último acto de la historia, sobre todo para las audiencias que buscan un significado más profundo en el arte.

Y es que el guion escrito por Emily Mortimer y Noah Baumbach logra reflejar oportunamente temas universales con los que muchos espectadores se sentirán identificados como el distanciamiento de personas que fueron importantes en nuestras vidas.

"Jay Kelly" tiene la virtud de combinar secuencias cómicas y dramáticas para versar sobre la soledad, las personas narcisistas y las heridas del pasado que afectan las relaciones humanas.

Si bien es cierto que el guion no es perfecto y tiene momentos que rozan el cliché, no hay mucho que criticar en este rubro debido a que la vida es así: imperfecta y repleta de convencionalismos.

Ahora bien, "Jay Kelly" también tiene una gran representación de las personas que son fieles a sus amigos y se sacrifican con la finalidad de hacerlos brillar.

Dicha representación se percibe en el rol de Adam Sandler, quien da vida a "Ron", el manager del protagonista, que se ha mantenido a su lado durante tres décadas.

El actor en cuestión exhibe una sencillez epidérmica y también muestra su capacidad de dar una pausa a los personajes tontos o infantiles que han caracterizado su trayectoria.

Asimismo, Sandler tiene en sus manos una de las escenas más inteligentes y divertidas del reciente año fílmico, en donde hace mofa sin caer en la comedia barata acerca del rompimiento entre un actor y su agente.

Probablemente, el "pero" más grande en "Jay Kelly" es que no hay un buen balance en el desarrollo de sus personajes femeninos y, por tanto, algunos de ellos se sienten desperdiciados.

Es el caso de Laura Dern, que en la historia interpreta a la publicista del estelar y el exinterés romántico de "Ron", pero a pesar de su fuerte personalidad, no tiene escenas inolvidables como sí la tienen sus contrapartes masculinas.

En contraste, Riley Keough y Grace Edwards destacan como las hijas de "Jay Kelly", las cuales tienen personalidades diametralmente opuestas y fungen como la brújula emocional del protagonista.

Al final, el filme estrenado en la plataforma Netflix es altamente recomendable para quienes buscan propuestas íntimas y versátiles. Eso sí, no es la mejor cinta de Baumbach, pues tiene algunos momentos artificiosos o forzados, que le restan ritmo y autenticidad a la propuesta.



Alberto Aguilera Valadez, las dimensiones de un artista llamado Juan Gabriel

Por Sergio Martínez


Debo, puedo y quiero (Netflix 2025) documental de José María Cuevas, nos muestra a Juan Gabriel en primera persona, a veces desde la mirada y voz de Alberto, otras desde la figura del artista que despliega voz, baile y su peculiar personalidad para cantarle a la vida.

Construido principalmente con videos caseros personales, llamadas telefónicas, entrevistas, presentaciones y material de diversos programas televisivos, el documental nos lleva de mano por la vida del Divo de Juárez, desde sus inicios en aquella ciudad fronteriza, la cúspide de su carrera en unos memorables conciertos en Bellas Artes que levantaron ámpula en la entonces comunidad culta de México hasta el multitudinario cortejo fúnebre también en Bellas Artes.

Alberto siempre supo que él y Juan Gabriel llegarían al éxito total con sus canciones, no se explicaría de otra forma que cámara de fotografía y de video en mano, capturaría toda su vida, abajo y arriba del escenario.

El talento de José María Cuevas es crear un ensayo visual donde el espectador descubrirá mientras el documental avanza, como Alberto construye a Juanga. Son las vicisitudes de su vida, el amor por su madre, su difícil infancia, el inicio de su fama, la crítica a su personalidad, sus estados emocionales entre otras cosas, el combustible de dónde vienen sus canciones, piezas musicales que han permeado en múltiples generaciones y algunas se han vuelto himnos que se entonan todos los días en cualquier casa, funeral, cantina, karaoke, o en intimidad para confesar algún dolor, o el gozo del amor.

Entre las varias perlas que nos muestra el documental de cuatro episodios, podemos ver su correspondencia personal, cartas, dibujos, y letras de canciones con borrones y rectificaciones de puño y letra; que nos muestran piezas claves de la vida de Juan Gabriel.

La magia de Alberto fue escribir canciones, que conectaron instantáneamente con el público y se volvieron parte de su memoria sentimental, eso nos cuenta el documental, la vida de un artista, las dimensiones humanas de Alberto Aguilera Valadez, que se amalgaman y se imbrican con Juan Gabriel y lo hacen uno de los artistas más queridos y cantados de México y Latinoamérica.




Juan Gabriel: Debo, puedo y quiero.
Dirección: María José Cuevas.
Guion: María José Cuevas, Manuel Alcalá, Eduardo Donjuán, Álvaro de la Lama.
Producción: Laura Woldenberg, Ivonne Gutiérrez.
Fotografía: Axel Pedraza.
Compañía productora: Mezcla.
© Copyright | Revista Sputnik de Arte y Cultura | México, 2022.
Sputnik Medios