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Luchadores gringos, más guapos que los panzones mexicanos

“Es simple, yo la veo (la lucha estadunidense) por las divas, no es lo mismo ver a Kelly Kelly que ver a Martha Villalobos”.

13 octubre 2014

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Por Juan Pablo Proal-

“Porque los luchadores gringos impactan más con sus físicos. Los mexicanos son panzones y parecen policías municipales de rancho”. “Es simple, yo la veo (la lucha estadunidense) por las divas, no es lo mismo ver a Kelly Kelly que ver a Martha Villalobos”. Con estos argumentos, lectores del periódico El Universal respondieron en un foro por qué preferían la lucha libre producida en el país vecino a la mexicana.

No es diferente lo que ocurre con el futbol local. Cada vez es más común escuchar en los aficionados a este deporte comentarios despectivos respecto a la liga mexicana. La empresa Consulta Mitofsky publicó en 2012 un estudio en el que indicaba que los equipos nacionales habían perdido alrededor de 5 millones de aficionados. “La gente prefiere ver jugar al Barcelona que ver un partido de un equipo de media tabla de la liga en México”, reconoció Miguel Couchonnal, director general del Atlante, en una entrevista publicada con el portal CNN-Expansión.

La preferencia por la producción extranjera se extiende a conciertos, películas, literatura y exposiciones pictóricas. El mexicano arrastra con la histórica vergüenza por su espejo.

La apertura a la competencia internacional no sólo ha arrasado con los productores de maíz, frijol o zapatos; los músicos, los pintores, los basquetbolistas, los escritores, los científicos y un largo etcétera ahora luchan no sólo por subsistir en el mercado local, sino por hacerse visibles frente a gigantes de los fenómenos de masas.

Si bien la amplia oferta proveniente de todo el globo terráqueo puede enriquecer a los consumidores y obligar a mejorar la calidad de la producción local, también deviene en desfigurar la borrosa identidad del mexicano de estos tiempos, debilitar la de por sí enclenque cohesión nacional, amén de llevar a la bancarrota a quienes carecen de herramientas sólidas para subirse a la competencia avasallante.

El 26 de abril de hace dos años en menos de 120 minutos se vendieron las localidades más caras en la preventa para el concierto de la cantante estadunidense Madonna en el Foro Sol. Con esa misma neurótica velocidad fueron comprados los boletos para las bandas Metallica y Foo Fighters. En contraste, cuando la ahora fallecida pianista mexicana María Teresa Rodríguez recibió el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2008 en la categoría de Bellas Artes, lamentó en una entrevista concedida al periódico La Jornada:

“Este premio es para mí gran alegría, pero me interesa sobre todo que pueda servir de ejemplo para que los jóvenes que ahora están estudiando arte no claudiquen, porque desgraciadamente en México tenemos un ambiente pobre en el arte. No hay, por ejemplo, suficientes lugares para tocar.

“En otras partes, como en Europa, hay la conciencia de que el arte es necesario, mientras para los mexicanos, en general, la principal distracción es ir al cine.

“En términos más materiales, espero que el premio me sirva como ayuda, para que pueda jubilarme, porque aún trabajo en la Escuela Superior de Música; no me he jubilado, porque de hacerlo ganaría una tercera parte menos. Naturalmente, necesito ese dinero, porque soy viuda. ¿Vivir como concertista? Imposible. No hay espacios ni oportunidades”.

Todo escritor mexicano sabe que publicar su primer libro es un logro equivalente a escalar el Everest sin equipo especial. Que te lean es aún más improbable que obtener un asiento en el Metro a las ocho de la mañana. Y que algún día sea presidente de México un ser humano medianamente honesto es más viable que vivir de las regalías. A pesar de este panorama, los mexicanos sí consumen libros, a montones. Entre las obras más vendidas en México el año pasado, de acuerdo con el periódico Publimetro, destacan los bestsellers: “Infierno”, de Dan Brown; “Perdida”, de Gillian Flynn y la trilogía de E.L. James, “50 sombras de Grey”.

Desde los años cuarenta, en su obra de referencia La industria cultural, Thedor Adorno y Marx Horkeimer señalaban cómo el arte se había esfumado, siendo reemplazado por divertimento comercializado:

“El arte es una especie de mercancía, preparada, registrada, asimilada a la producción industrial, adquirible y fungible; pero esta especie de mercancía, que vivía del hecho de ser vendida y de ser, sin embargo, esencialmente invendible, se convierte hipócritamente en lo invendible de verdad, tan pronto como el negocio no sólo es su intención sino su mismo principio”.

Al recibir la medalla Bellas Artes 2013 por su trabajo fílmico, Arturo Ripstein explicaba en ese mismo sentido la falta de demanda del cine mexicano:

“En los más de 100 años que tiene de existir el cine, es doloroso ver que el cine mexicano no ha logrado acercar a su público, duele ese rechazo. Para el gran público el cine es un entretenimiento, no arte; existe para olvidarse de la medianía de sus vidas, en México se cree que la cultura es gratis, pero lo que es gratis no vale nada.

“Hay un cine que aspira al éxito descomunal y que poco tiene qué ver con el arte; los mexicanos se asombran por aquellos que se han ido de este país buscando otras tierras, otras lenguas y lo lograron, bien por ellos, los respeto, pero no es posible que se contrapongan con lo que nos representa, ¡ay Malinche, sigues dominando nuestros corazones!” (Milenio, 25 de febrero de 2014).

No se trata de hacer una simple defensa patriotera. El multiculturalismo es parte intrínseca de la historia de los pueblos. Hollywood, Random House, Warner Music, Sony o los estudios Ghibli han enriquecido nuestra visión del mundo. No obstante, la apertura de tantos y tan potentes grifos también está esfumando la posibilidad de que las expresiones locales puedan ser escuchadas y vistas. Todo aquel que quiera grabar un disco, vivir del box o exponer en una galería enfrenta un panorama desolador, originado, precisamente, por la poca empatía de sus connacionales, ávidos de consumir preferentemente lo extranjero. A este paso nadie querrá ir a un América-Chivas por quedarse en casa a disfrutar un Real Madrid-Barcelona; sólo los familiares de los músicos de una orquesta irán a sus presentaciones mientras Justin Bieber atiborra el Foro Sol, al tiempo que una veintena de personas asistirá a un cine pequeño a ver la película más reciente de Ripstein, mientras Transformes 5 se exhibe simultáneamente en cuatro salas de un centro comercial.
 
 
 
@juanpabloproal Periodista, escritor. Publica en . Autor de los libros Voy a morir, la biografía de José Cruz (Lectorum) y Vivir en el cuerpo equivocado (UANL)
 
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