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Las cinco dimensiones de un hombre delgado

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Music in a coma | Por Carlos Iván Carrillo |


Cuarenta y cuatro álbumes oficiales, doce Grammys, un Óscar, un Príncipe de Asturias, un Pulitzer, un sinfín de honores e inducciones y hasta un Nobel despreciado; son la carta de presentación del hombre que tantas veces nos ha reunido para compartir cervezas, experiencias, textos, rolas y el corazón sobre todo.


Definitivamente una influencia importante en todos los que directa o indirectamente participamos en la música y el arte; en mi caso, he engullido la obra de Dylan desde crío y muy seguramente desde el periodo de gestación en el vientre de mi madre.


He revisitado unas cuantas veces las producciones de Bob en orden cronológico con el objetivo de encontrar la manera de dividir y explicar su obra, la mayoría de las veces sin éxito. 

Producción, sonido, instrumentación, género, letras; pocas veces lograremos encontrar un hilo conductor claro entre disco y disco, excepto que —como él mismo lo dijo en el Royal Albert Hall en 1966— “todas mis canciones son de protesta, así que vamos…”

El folk y el rock coquetearon desde los últimos años de los 50, siempre con recelo entre los espectadores. Es importante precisar que el folk rock como lo conocemos hoy, nació en California en 1964 cuando Roger McGuinn y The Byrds mezclaron una guitarra Rickenbacker de doce cuerdas con la influencia de la invasión británica y las letras de folk de Bob Dylan o Pete Seeger. Esto incluso antes de la “electrificación” de Dylan.


Uno de mis discos favoritos de todos los tiempos es “Fifth Dimensión”, grabado y publicado en 1966, producido por Allen Stanton -productor muy poco conocido- que antes sólo había trabajado en los discos más countrys de Jimmie Rodgers y los más bluegrass de Tony Bennett. El álbum “Fifth Dimension” es el tercero de los Byrds, poco valorado a pesar de ser la piedra angular de la transformación del rock de los años 60. El rock sicodélico nace con éste disco y es el puente en la transición del rock basado en el folk y el blues, que después se transformaría en hard rock, glam rock y hasta el rock progresivo. 

No, no, no, el rock sicodélico no nació con “Sgt. Peppers Lonely Hearts Club Band”.

¿Qué tiene que ver esto con Bob Dylan? Pues bien, Fifth Dimension no sólo es el primer disco publicado por The Byrds sin incluir una sola rola de Zimmerman -a petición del mismo Dylan, según Bud Scoppa, el biógrafo de la banda-. Sino que, además, ¿quién creen que fue el que introdujo a Roger McGuinn y compañía al mundo del ácido lisérgico? Exacto, el hombre delgado. Incluso existe el mito de que la canción que le da nombre al disco, la escribió McGuinn en un mega bús de LSD -con ya saben quién- para explicar la teoría de la relatividad de Einstein. Por sus referencias a la droga, el disco y sus sencillos fueron censurados por los medios especializados en ese momento y tuvo muy poco éxito comercial.


Un nombre basado en ese álbum fue el que elegí para este análisis y remembranza sonora, pues curiosamente son cinco las etapas en las que he logrado conectar y segmentar la obra musical y sobre todo vocal de Dylan. El viejo Bob ha sido un camaleón y nunca ha tenido problema alguno para radicalizarse, cambiar su forma de cantar o navegar entre géneros musicales. En las siguientes líneas intentaré, de manera abreviada, precisar las transiciones en la voz y producción de la música de Bob Dylan.

La primera época de Dylan entre 1962 y 1968 será la que seguramente la historia recordará, los homenajes y hasta mofas que se realizan a Dylan en la cultura popular son basadas en esta época; un registro vocal fino y con mucha nasalidad, además de elementos teatrales y recitativos. Esto fue lo que llenó el ojo del productor de sus primeros discos y el responsable del éxito de rolas como “Blowin in the Wind” y “A Hard Rains-a Gonna Fall. John Hammond, famoso por descubrir también a otras deidades de la música como Aretha Franklin, Leonard Cohen, Bruce Springsteen y Stevie Ray Vaughan, entre otros. Se sabe por palabras del propio Hammond que Bobby en sus inicios era un tipo muy indisciplinado en el estudio y que sin importar errores en la guitarra o la voz siempre se negó a grabar segundas tomas. Dentro de esta etapa vocal también se encuentran el “Bringing It All Back Home”, “Highway 61 Revisited” y “Blonde on Blonde” donde mantiene las mismas características nasales de la voz y se pronuncian más las características teatrales al cantar; incluso en canciones como “Subterranean Homesick Blues” llega hasta a rapear sobre la base, sin embargo esta idea, así como gran parte del cambio del sonido acústico de Dylan a uno más pesado, se le atribuye al productor de origen afroamericano Tom Wilson, responsable de producir también los discos más importantes de Simon & Garfunkel, Eric Burdon y The Velvet Underground.


La segunda etapa que encuentro es un periodo muy corto entre el año 1969 y 1973, las producciones desde “Nashville Skyline” hasta la banda sonora de “Pat Garrett & Billy The Kid”, composiciones e instrumentaciones que recuerdan al sonido del clásico country norteamericano y un registro vocal suave, relajado y sin cadencias experimentales ni recitadas. Para esto solicitó los servicios del gran Bob Johnston que después de la chingonería realizada en “Nashville Skyline” produjo también grandes discos para Johnny Cash y Leonard Cohen. Esta etapa termina por el fracaso comercial del disco “Self Portrait” con los viejos fans desconcertados y sin rumbo. Curiosamente no existe memoria en vivo de esta época pues coincide con los años de retiro de los escenarios derivado de un grave y misterioso accidente en motocicleta del que por cierto no existen registros hospitalarios.


Mi época favorita y en la que más disfruto a Bob es de 1974 al 79, a mi parecer los más grandes discos, con un Dylan maduro y una voz estable, cantando en tonos altos y rasgando toda la garganta. Stratocaster negra o Telecaster sunburst en hombro, con canciones agresivas y mucho rocanrol influenciado por The Band, de varones, pues.


Los álbumes más chingones se producen en esta época, “Blood on the Tracks”, “Desire” y “Street Legal”, la producción de estas joyas corren a cargo del mismo Dylan y de Don DeVito, que fue presentado a Zimmerman por Johnny Cash. Sin duda, para mí es el punto más alto de su carrera musical y vocal; además en estos tiempos se realizan los famosos discos en directo “Before the Flood” y el magnífico tour “Rolling Thunder Revue”; gira de 57 conciertos donde comandó a personajes de la talla de Roger McGuinn, Mick Ronson (en ese entonces guitarrista de David Bowie y Lou Reed), Joan Baez, Scarlett Rivera, T-Bone Burnett y el mismísimo Allen Ginsberg, por citar a algunos. Para más información acerca de esta bacanal, recomiendo el libro “Rolling Thunder” que escribe Sam Shepard y claro, el nuevo material cinematográfico del maestro Martin Scorsese.


Con la llegada del disco “Slow Train Coming” y el último año de la década de los 70, Dylan se convierte al cristianismo. Este disco cuenta con las tremendas participaciones de Mark Knopfler, líder de Dire Straits y del productor Jerry Wexler, a quienes Bob intentó evangelizar durante la grabación. En este punto, el hijo de Duluth, Minnesota trató de regresar al mismo ejercicio vocal que presumía a principios de los 60, pero la edad le empieza a pesar. El principio de los 80 es definitivamente una época oscura para las producciones y la carrera musical de Dylan. En el libro “Crónicas Vol. 1” el cantante menciona que se encontraba desorientado y había perdido la fe en su propia capacidad para crear nuevas obras; sin embargo, en 1988 su inducción al Salón de la Fama del Rocanrol y el nacimiento de los Traveling Wilburys junto a Tom Petty, George Harrison, Roy Orbison y Jeff Lyne, reviven a Bob y alcanza los primeros puestos de ventas en las listas Billboard.


Cuenta Dylan en el citado “Crónicas Vol. 1” que en 1989 paseando por Nueva Orleans entró a un local a descansar -e ingerir whisky seguramente- y escuchó a un cantante de blues desgarrar su voz de manera lacónica de la forma más tradicional, breve y concisa. Decide grabar ahí mismo el disco “Oh Mercy” con un estilo muy clavado hacia el blues que aumentaría más en las siguientes producciones. Dylan intenta esconder la nasalidad de su voz, la oscurece y la rompe lo más que puede hasta llegar al punto más sombrío en 1997 con el disco “Time Out Of Mind”. Es esta época donde a Dylan se le declara y se consagra como un crooner y en 2006 publica el que considero su mejor material de los dos miles: “Modern Times” producido por él mismo bajo el seudónimo de Jack Frost; discazo con mucho rockabilly y blues, además del mismo corte vocal de crooner que mantiene a la fecha.


El crooner, el cristiano, el rocanrolero, el countryero y el folkero; cinco etapas temporales para enfrentar la música de Bob Dylan, una de las tantas maneras de disfrutarlo. Espero sirva este análisis para acercar a nuevas generaciones a su obra, más como un consejo que hace años me hubiera gustado recibir, que como una lección. 


Con base en las credenciales mostradas ¿A alguien le queda duda de que Robert Allen Zimmerman es tal vez el artista más prolífico e influyente de nuestras épocas? Quizá, quizá, solo detrás del rompecorazones con sombrero de copa que ahora descansa en paz. Cierro hilo.

Los extraterrestres de Spielberg invaden el 11-S

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Por Sebastián Marín |



A Spielberg siempre le gustó hacer películas de marcianos. Pero atrás quedó E.T diciendo casa y señalando con el dedito luminoso. Habría que decirles a esos chicos que lo ayudaron a volver a su planeta que no sean estúpidos, que lo caguen a patadas al bicho ese y lo entreguen a las autoridades, porque viendo La guerra de los mundos de 2005 se hace evidente: el marciano más amigable y simpático del mundo, E.T, era un infiltrado extremista que veinticinco años después iba a venir a reventar todo.

Durante los años de La Guerra Fría, en el cine de Hollywood estos siempre representaron a los soviéticos. Ese miedo a una invasión o una guerra nuclear latente, cuyo punto álgido tuvo la década del 50, puso de moda las películas de invasiones extraterrestres con naves espaciales con sonido de Family Game. Pero ya está, la Unión Soviética colapsó hace rato y ya no son enemigos porque compran y venden y libre mercado y etc. Ahora los malos son los terroristas musulmanes, esos que les reventaron las torres el 11 de septiembre del 2001. Y cuatro años después, La guerra de los mundos de Spielberg está ahí para convertir a los extraterrestres de comunistas a terroristas musulmanes. 

El protagonista de la historia es Tom Cruise, un obrero divorciado con dos hijos – Dakota Fanning y otro que ni me gasté en buscarlo en Wikipedia- y una exesposa embarazada de su actual pareja. Lo que para un musulmán extremista sería la fiel representación de la decadencia de occidente, digo por eso de separarse, embarazarse y que el marido todavía no la haya matado a piedrazos junto con un par de vecinos. 

Todo empieza con una tormenta bastante rara y unos rayos que, indiferente al refrán de que los rayos no caen dos veces en el mismo lugar, caen no dos sino veintiséis veces. Tom Cruise obrero va hasta donde cayeron. Ninguno de sus vecinos ni las personas con las que se cruza sabe lo que está pasando. El paralelismo con los primeros momentos después del ataque que reventaron las torres es evidente. Algo natural en el cielo como los aviones comerciales se compartan de manera extraña. Y si uno ve un poco los noticieros de ese momento, descubre que al principio ningún periodista tenía idea que estaba pasando. 

Cuando obrero Tom Cruise llega al lugar donde cayeron los rayos, un agujero en medio del asfalto, hay amontonamiento de gente. Nadie se muestra asustado, más bien están desconcertados, desconcertados igual que las personas que andaban por New York cuando se estrellaron los aviones contra las torres. Y como pasó ese día, después de un rato se derrumba todo. Pero lo que no pasó el 11 de septiembre y sí pasa en la película, es que del agujero sale una máquina que estuvo ahí, bajo tierra, esperando con paciencia el momento justo para atacar. ¿Y cuándo sale cuál es el edifico que se derrumba primero? Una iglesia cristiana. Sí, falta que diga Alá. 

La máquina tiene un rayo que desintegra a las personas y las vuelve polvo. Otra vez hay que volver a las imágenes de la caída de las torres. El polvo era la diva del momento. Todo era gente corriendo, polvo ensuciando y escombros aplastando. Era así el 11 de septiembre y también es así en el ataque de los marcianos de Spielberg.



Tom logra escapar de la ciudad junto con sus hijos y se va con destino a Boston para buscar a la madre. Salen con un auto mientras las maquinas siguen tirando rayos. Y ahí, en ese momento, Dakota Fanning pregunta: ¿Son terroristas? Y yo me pregunto después que Dakota: ¿Era necesario, Steven? A esta altura me parece que ya nos dimos cuenta todos de la metáfora. 

Además, de lo que también nos damos cuenta es de que los rayos de los marcianos no solamente destruyen edificios y desintegran personas, también destruyen y desintegran a la sociedad. Todo es un caos, es el sálvese quien pueda. Y en un momento es tan sálvese quien pueda que mientras atraviesan una multitud, unos intentan robarle el auto, y se lo roban, y entonces Tom saca un arma, y otro tipo saca un arma también y mueren varios por no saber compartir. 

Pero no hay rayo, por más destructor que sea, que pueda contra el ejército de Estados Unidos. En la escena siguiente, bajó la suave y melosa voz de Sinatra desde unos parlantes, vemos a la misma multitud caminando con tranquilidad mientras unos marines les indican que circulen y una vieja dice que ya tienen suficiente sangre y no necesitan más donaciones. La misma gente que se mató por un auto ahora dona sangre para salvar a otros. ¿Un milagro navideño? No, porque no es navidad y tampoco es un milagro: son los militares haciéndose cargo de una emergencia nacional. 

A los marcianos los mata una bacteria no sé si de la gripe o algo así, pero al primero que vemos morir los mata un militar, un militar con apoyo de los civiles, que es lo que tienen que hacer los civiles, apoyar a su ejército y poner una banderita en el patio y no quejarse mucho si un hijo muere en la guerra. En la escena, a Tom lo captura una de las máquinas y lo mete en una jaula llena de gente. Cada tanto agarra uno, lo mete por algo que la verdad, aunque no quiero decirlo parece un culo, lo tritura y con su sangre hace unas raíces que van cubriendo todo Estados Unidos. Cuando llega el turno de Tom para ser triturado, este tiene un montón de granadas, un militar lo agarra de las piernas para que no se lo lleven mientras le grita a los demás, todos civiles, que lo ayuden. Tiren de mí, dice. Y lo ayudan, y el resultado de todos esos civiles apoyando a un militar es la destrucción de una de esas naves marcianas. 

Al final, Tom llega a Boston y ve que las raíces de los marcianos están secas, y no las ve en cualquier lado, sino encima de una estatua de un soldado de la Guerra de Independencia. Desde ahí van secándose y llegan hasta las maquinas que van muriendo una a una. Las raíces militares norteamericanas, ese pasado heroico hace imposible que unos pobres marcianos con unos rayitos que desintegran y una planificación de más de cien años puedan conquistar Estados Unidos. 

Otra vez ha fallado la invasión extraterrestre. Y solo queda preguntarse de que manera volverán en el futuro, convertidos en que ideología o de que nacionalidad. Porque algo es seguro, pueden cambiar de forma, de idioma, de cultura o pintar de otro color las naves, pero lo que nunca van a cambiar a pesar de todos los fracasos es esa fijación ya patológica de invadir a los norteamericanos.

Coda a Diario íntimo de un Guacarróquer: No pinches mames AVG

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Por Sergio Martínez

Yo tenía 10 años cuando la botellita empezaba a echar tamborazos y guitarrazos, ocho años más tarde aprendería ese piche lenguaje que me cagó los destos por más de 100 páginas en las que creía que no decías ni madres. No te adornes, te hubiera dicho el buen Par, en un relámpago de lucidez.

Abuelita de Batman, lo más fácil es autoentrevistarse vía alter ego, e inventarse un libro dentro de un libro, quesque tu diario, el que divides en tres partes, en la primera te presentas como Armiados Güeva Vil y medio nos cuentas que pex con tu vida de chamaco, el encuentro con la música y cómo marcaría tu vida en el futuro, en la segunda parte deliras, nos cuentas el cancunazo de la Maquinita y cómo tirabas baba hasta por el tercer ojo, por una tal Maine; chupas, mamas o arremangas pensabas decirle, en un parpadeo llega el Maspuerco y te da baje, aunque terminas entrándole al gangbang. No escatimas detalles, ¿querías presumir o que se nos antojara? y en la tercera parteagarras, a tu ídolo el Parménides García Saldaña de hilo conductor. Sí ahuevo, sabías desde ahí, que lo tuyo era escribir, aunque no supieras como. Se la mamas completa cuando descubres que te habla en tu idioma, pero lo odias cuando denuesta a tu Lennon… vaya mamada la tuya, amas y odias por el mismo motivo, grotesco y escatológico, como casi todo el lenguaje de tu libro.

De la chingada las tocadas en los hoyos fun-kids, pero no había de otra, ustedes arriba las sufrían, nosotros abajo las gozábamos, a ustedes los estafaba el organizador, a nosotros nos caía la chota por traer el pelo largo y usar tenis Panam, y a correr en putiza para evitar caer en la julia… era lo que había… qué tiempos aquellos de Durazo y administrar la abundancia… valió madre todo porque López Portillo no era perro para defender el peso. Aunque la crisis y corrupción venía de más lejos.

Qué cagado que saliste en telerisa, pero más de la mierda volverte personaje de reparto de comedia en Alcanzar una estrella, aaaaah no te restires del capuchón con tu premio: Eres, juar, juar, juar Simón Siminazo dixit. No, no, no, mames, se me olvidaba: esas apariciones en Estrellas de los Ochentas, creo era Tatiana la conductora, o era Gloria Calzada… en tu libro no lo dices, pero recuerdo el pedo en que metiste a René Casados cuando los invitaron a XETU y le tratabas de explicar al putín ese, que ustedes tocaban guacarock, ¡todo lo naco es chido!… y el putín sin entender las espuelas en los tenis…  donde si me chingaste y me invadió la puta envidia fue cuando te vi en el estadio Azteca de variedad al medio tiempo en un juego de futbol; no mames pájaro madrugador, estar en la cancha y no tocar las pelotas: ahueso te metí un gol.

No hay desperdicio en tu diario, el abrazo huérfano que no le diste al Rockdrigo, el Flamita y su camioneta la chata, recorriendo el país de norte a sur en viceversa y al revés; el sub Marcos desde el sureste seduciendo con capucha… Chancris la puta, la maquinita de Pachuca, la fiesta y obra de teatro con Angeliquita Vale, las muertes del Apache, y ese tour misterioso, mágico, musical por Almoloya, sus círculos del infierno y su bazofia viviente… si wey, ¿quién no querría ver a los capos de capos en vivo, en directo y a todo calor?, ¡chicheñor!

No me digas que viviste el halconazo desde la voca tres burro blanco, que regenteabas Rokcotitlán, bueno aportabas tu mano de obra barata; que te vieron la cara de pendejo tus alumnos churro en mano y Divina-Coatlicue, la que tiene su falda de serpientes, te curó a lengüetazos la pirinola, el cuerpo y el corazón… ¿por qué wey? ¿Por qué después de tanto vivido tú de lo tuyo, de tanto debraye tú de lo tuyo? Caíste en la red y vía un dogal protestaste muy tú, de lo tuyo, cegando tu vida por una piche denuncia anónima. ¡No pinches mames Armando, no pinches mames!

Leonardo Ortizgris, entre "¿Conoces a Tomás?" y Chile

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Cinetiketas | Por Jaime López 


Su voz transmite mucha armonía y tranquilidad. Quizá ello se deba a que su carrera está pasando por uno de sus mejores momentos, pues su presencia está siendo muy recurrente en el celuloide nacional, lo cual le ha dado la oportunidad de trabajar en otras latitudes del mundo. Es Leonardo Ortizgris, reciente ganador del premio Ariel como mejor coactuación masculina, quien este 26 de julio regresa a las pantallas del país con el filme "¿Conoces a Tomás?". 

Entrevistado por este reportero, Ortizgris platicó sobre uno de los motivos por los que aceptó participar en la ópera prima de María Torres, la cual aborda el tema del autismo. Igualmente, comentó algunos detalles del proyecto que está grabando en Chile.

Respecto al primer punto, el otrora coprotagonista de "Museo" señaló que "¿Conoces a Tomás?" lo atrajo por la manera en la que está contada su historia. 

“Me llamó muchísimo la atención como estaba tratado el tema del autismo en este contexto familiar, en una narrativa que no es una película aleccionadora ni moralina como suelen serlo cuando se habla de alguna persona que tiene una característica personal", acotó.

Detalló que su personaje ("Leo") es un músico incomprendido, el cual está pasando por una etapa de muchas dudas, pues no sabe si continuar su quehacer como artista o dedicarse a la vida laboral convencional con tal de tener una seguridad financiera.


Por otro lado, Ortizgris dijo sentirse contento por haber trabajado con un grupo de actrices y actores jóvenes que están dejando huella en la industria fílmica nacional de la actualidad, por ejemplo, María Evoli ("Tenemos la carne") y Hoze Meléndez ("Almacenados"), quienes también han sido reconocidos con el Ariel. 

"Está bueno ser parte de esta generación de actrices y actores, estamos pasando por un buen momento en nuestro lenguaje cinematográfico", comentó. 

Con relación a su proyecto en Chile, relató que se trata de una cinta basada en la única novela escrita por Pedro Lemebel, "Tengo miedo, torero". Para quienes no conocen el texto en cuestión, éste narra una historia de amor en el marco de la dictadura militar de Augusto Pinochet. 

"El guion es maravilloso (...) Mi personaje es muy interesante en el sentido de esta pasión y entrega que siente por la revolución en este Chile completamente reprimido por el régimen pinochetista", señaló. 

Con "Tengo miedo, torero", Ortizgriz vuelve a trabajar con Alfredo Castro ("Desde allá), uno de los actores más reconocidos del denominado nuevo continente y con quien había filmado algunas escenas en "Museo". 

En otro orden de ideas, el actor mexicano adelantó que para noviembre estrenará otra película de la mano de Matías Meyer, director de "Yo", y destacó que el cine mexicano es una industria consolidada, con diversas narrativas a nivel comercial y autoral. Finalmente, fue modesto al considerar que vive un buen momento laboral, pero que no se duerme en sus laureles.

"Yo lo veo como una gran ola, estoy ahí parado en la tabla y en algún momento hay que nadarle a buscar otra (...) Que dure lo que tenga que durar, dormirme en mis laureles no me queda, me aburro y me apago, mejor así, como he estado haciendo las cosas", concluyó.




“El muñeco diabólico”, ¿un refrito innecesario?

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Cinetiketas | Por Jaime López 


La octava cinta sobre el juguete más terrorífico del celuloide mundial, "Chucky", no es una decepción, a pesar de su convencional trailer y de no tener la bendición de su creador y guionista original, el estadounidense Don Mancini.

Cabe recordar que el también productor del seriado "Hannibal" manifestó su molestia al enterarse de que la casa productora del primer filme sobre el muñeco diabólico (la Metro-Goldwyn-Mayer) preparaba un "reboot" del mismo, sin importarle que los estudios Universal ya dieron luz verde a una miniserie que también tendrá como protagonista al villano de cabello rojizo y overol azul.

Ahora sin la pluma de Mancini, la "Child's Play 2019" (por su título en inglés) revitaliza el tratamiento del origen de "Chucky", otorgándole una narrativa muy al estilo de la nueva versión cinematográfica de "Eso" o el programa estrella de Netflix, "Stranger Things", es decir, con un equipo de adolescentes al rescate.

¿El resultado? Un vehículo de entretenimiento aceptable que, si bien no destaca por su originalidad, logra engachar a las nuevas generaciones gracias a su buen ritmo, así como por su velada crítica al lado oscuro del Internet de las cosas. Además, rinde un digno tributo a varios de los elementos exhibidos en la primera cinta. 

De manera más detallada, "Child's Play 2019" respeta varias de las reglas del subgénero "slasher", ese que tiene como protagonista a un asesino serial, el cual comete sus crímenes con cuchillos o artefactos similares. En este sentido, la aparición de los adultos es mínima y las acciones de "Chucky" obedecen a la humillación o rechazo de los que ha sido objeto.


Por su parte, las dosis de sangre mostradas a lo largo de la historia son las adecuadas para los amantes del género, pues no se sienten excesivas o metidas a calzador. 

Igualmente, el humor irónico exhibido en las secuelas de "Chucky" también es preservado, aunque de manera más mesurada (ojo a la secuencia en la que una sexagenaria afroestadounidense recibe un peculiar regalo). 

Finalmente, los efectos especiales generados con un bajo presupuesto y mediante animatronics también son dignos de resaltarse, pues evidencian el profesionalismo vertido por el equipo de trabajo comandado por el realizador noruego, Lars Klevberg

Y qué decir del doblaje en inglés de Mark Hamill, el "Luke Skywalker" de "Star Wars", que se encarga de interpretar a "Chucky". Sus matices de voz dan cuenta de lo divertido que se la pasó en el rodaje, sobre todo cuando canta la melodía característica de su personaje, un plus a un producto que no tiene otra intención más que la de hacer pasar a la audiencia un rato divertido.

Sobre la literatura de Armando Ramírez

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Crónicas a Contracorriente | Por Lino


Por ahí se ven unos cuantos librillos del maistro, los cuales han sido un desmadre encontrarlos porque las pinches librerías no los vuelve a pedir y las editoriales no los vuelven a reeditar, por lo cual hay muchos libros ya inencontrables como "Crónica de los Chorrocientos mil días del Barrio de Tepito: en donde se ve, cómo obrero, ratero, prostituta, boxeador u comerciantes, juegan a las pipis y gañas, o sea, en donde todos juntos comeremos chi-cha-rrón", "La casa de los ajolotes", "Me llaman la chata Aguayo" -que presumo, lo pude encontrar arrumbado en una librería de Donceles-, "Tepito" -libro que de churro encontré en una librería de acá y que dice el maistro que fue un libro que le encargó el presidente Putillo, para conocer la vida del Barrio de Tepito y por el cual cobró una lanita allá mero en Gobernación-, "Bye, Bye Tenochtitlan", "El regreso de Chin Chin el Teporocho en la venganza de los jinetes justicieros" -que es un libro muy chingón porque lo hizo con ilustraciones de los pintores del Arte Acá-, "Sostenes San Jasmeo" y otros más que por el momento no recuerdo.


"No me importó escribir Chin Chin así, pero yo veo que a gente "muy culta" le importa. Para ellos escribir bien, hacer literatura, es acentuar bien, en lugar de ver si es un reto literario el domesticar una lengua o un habla popular y hacerla literaria, sin concesiones, sin acudir a la perceptiva o a las reglas gramaticales, o sea la sintaxis. Pues yo oigo hablar a la gente y no habla correctamente y se entiende. La función de una lengua es comunicar, no es aprenderse las reglas del buen decir o el buen escribir, entonces, un escritor traiciona su identidad cultural si obedece a las reglas a las cuales no corresponde su concepto de vida. Si yo hubiera estudiado en la UNAM, hubiera aprendido todo eso y entonces hablaría de la gente del barrio desde un punto de vista superior, aparentemente, pero si me niego a eso, entonces sigo conservando, de alguna manera, mi visión de la vida de cómo es el barrio, entonces cuento como un tepiteño, como uno de barrio, no como un profesor de literatura que salió de Tepito y cuenta. Entonces, yo siento que ese es un reto muy padre, pero no creo que lo entiendan y yo tampoco lo voy a decir. (...) 


La neta ojalá se animen a leer los libros del maistro porque son una chingonería de narración y un testimonio chido de la vida en el barrio. De esta onda pueden leer: "Quinceañera", "Noche de Califas"; más o menos "Pu", que es una novela súper fatalista y cruda, la cual no está escrita en la onda del barrio pero sí de los chavos de barrio cotorreando en los cines;"¡Pantaletas!"; "La tepiteada", hecha más o menos a la onda de La Ilíada, donde los chavos de los barrios de la Ciudad de México -La Merced, Tepito, La Candelaria y las colonias del Centro- se encuentran con las huestes de los dioses, de los encumbrados, de los ricos y los ojetes que habitan en Palacio Nacional; por supuesto, el ya aclamado y famoso "Chin Chin el teporocho" es inevitable. Por otro lado también pueden leer su trilogía política que consta de "El presidente entoloachado", una onda que cuenta las aventuras y peripecias de El Botudo Fito Quesadilla, Presidente de la República Tanpendecuerense que llegó a ser el primer Presidente que sacó al Pirrín de la silla y que entoloachado por su vieja, una tal María Jesusa, pasó a delegar sus decisiones a esta vieja rata y corrupta -ah chingaos, ¿pos apoco no les suena? ; "La Chachalaca, el Pelele y el Legítimo"; y ya por último, parodiando aquel cuento bien mamalón de Pitorrosas, digo... Monterroso:"Y cuando despertó, el Prinosaurio todavía estaba allí". Ay nanita la ranita. Y Bueno, ya por último -de este escrito y de la producción del Ramírez-, recientito: "Fantasmas", una crónica chingona de la Ciudad de México y su Centro Histórico: libro lleno de referencias históricas interesantes y cotorras, que tiene como contrapunto una historia nostálgica de los años mozos del maistro. Pues échenle un ojito a tan chingonsita literatura. Total, como dice el señor que aquí nos incumbe: ¡qué tanto es tantitito!




Y ya pa’ que se den un quemón, les dejo parte de una entrevista que le pude sacar al maistro hace un rato:

“Un día el editor de Grijalbo dice con "Y cuando despertó el Prinosaurio todavía estaba ahí": -oyes, Armando, pero esto no se entiende, esta frase-, le digo sí se entiende, léela bien, léela con los puntos y las comas como está. Pero es que como leen con frases, de acuerdo a su ortodoxia no entendía; entonces yo le dije: bueno, vamos a hacer una cosa: ¿la quieres leer o la leo en voz alta? y me dice: -no, tú léela- y yo órale, fíjate bien, lo voy a leer de acuerdo a como está la coma y comencé a leer y me dice: -estás haciendo trampa, estás haciendo trampa- y le digo ¿ya ves que sí se entiende? Pero no estamos acostumbrados a leer así. O sea, si dejo de puntuar es que a lo mejor se está hablando de corridito, por ejemplo, como el monólogo de Bloom, de sesenta u ochenta páginas, que no lleva ningún punto ni una coma: así es como el pensamiento fluye, es el famoso monólogo interior, pero estos bueyes creen que todo eso nunca lo he aprendido y entonces dicen: "esto está mal hecho". Ahí te das cuenta de que hay mucha gente que no ha leído (...)

“El problema, creo, es que lo leen descuidadamente porque me ningunean y entonces dicen "éste no puede tener ideas literarias ni una propuesta literaria porque no sabe nada de eso", dices ¡pinche gente pendeja!, ¿qué no se darán cuenta que después de cuarenta años ya me he leído todo y he vivido a un nivel mucho más alto que todos en conocimiento? Yo he conocido a presidentes, he tenido acceso a lugares que muchísima gente no ha tenido chance, he visto pinturas, arquitectura, personas, he escuchado; ¡que me lean! Te digo que me están contratando y me dicen "maestro, queremos su punto de vista de la calle, de lo que es la vida en la calle, no lo académico, no la gente que lee" y digo ¡puta!, este güey me sigue viendo así. No vas a luchar contra él. Ya cuando me conocen ya es otra cosa."


Esto se acabó... Tan tán.

Letrinas: El señor Rodolfo Romero

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Por Eusebio Ruvalcaba


El señor Rodolfo Romero entró a su casa deshecho y furioso. La sola dicotomía le recordó aquella imagen del villano Doble Cara, a cuya lectura en los cómics había sido tan aficionado en su juventud. Era un hombre que podía actuar en sentidos opuestos a la menor provocación, y que en numerosas ocasiones dejaba que una moneda al aire tomara la decisión por él.

¿Qué pesaba más en un hombre: la fidelidad o la satisfacción del deseo?, o peor que eso: ¿traicionar a su hijo o complacer su apetito sexual? Se debatía entre un territorio y el otro. Ciertamente se consideraba un hombre fiel. Nunca se había acostado con ninguna otra mujer. Ni siquiera había intentado cortejar a nadie. A sus 51 años era un buen récord. Y a sus 28 de casado, más aún. Sobre todo si tomaba en cuenta que alrededor suyo todos sus amigos eran infieles y promiscuos. Pero ahora el desafío era diferente. Porque la mujer que traía metida entre ceja y ceja era Gerarda, su nuera.

El señor Rodolfo Romero se había casado joven, recién cumplidos sus 30 años. Primero tuvo una hija adorable —que era su perdición—, de nombre Eloísa, y luego un hombre, Mariano, que había hecho la licenciatura en sistemas y finalmente se había casado con una mujer a la que no se podría calificar de ser una belleza, pero que sin embargo encerraba una suerte de misterio. En su percepción de toro viejo, él advertía ciertos códigos. Como si la mujer se empeñara en enviarle mensajes sólo para sus ojos. Se acercaba más de la cuenta cuando le aproximaba algún ingrediente de la mesa; sus faldas eran cada vez más estrechas; los escotes más pronunciados. Ya tenía una niña, y eso parecía no haber menguado su atractivo sino exacerbarlo. Así como su coquetería. Él no se atrevía ni a mirarla. Cuando menos para que ninguno de los dos posibles perjudicados: su esposa y su hijo, se percataran. Así que cada vez más lo obsesionaba su nuera Gerarda. Y cada vez más se esforzaba por mantenerse alejado —incluso evitaba comer en casa los sábados, para no encontrárselos—, por poner tierra de por medio. Pero no siempre estaba en sus manos hacerlo.

El padre carmelita de la iglesia de san Pedro Mártir, Luciano —muy dado a hacerse el invitado a la fuerza— había decidido que el último sábado del mes en curso iría a comer a la casa del señor Rodolfo Romero para bendecir hasta el último rincón. Ni cuenten conmigo, le había dicho a su mujer, soy enemigo de esas triquiñuelas, a lo que ella había respondido: Vienes porque vienes. Mariano vendrá con Gerarda, y Eloísa con Juan, así que ni sueñes con escaparte. Aquí te quiero a las 2 de la tarde, media hora antes de lo que prometió venir el padre, para que te bañes y le prepares su copita. Y te quiero de buen humor. Nada de jetas.

El señor Rodolfo Romero prometió hacer un sobreesfuerzo. Ni siquiera se volvería a mirar a su nuera.

Pero el primer sobresalto se produjo cuando le dio la mano. Gerarda la retuvo un par de segundos más de la cuenta, y cuando la soltó lo hizo con una caricia sutil de por medio.

Después de ese acontecimiento que a más de uno le hubiera parecido insignificante, se la topó en la cocina cuando fue a preparar otra cuba para el padre Luciano. Estaban solos. Ella se agachó por unos platones, y su boca quedó a la altura del miembro de él. Hizo una exclamación como de que se lo estaba saboreando. Que se alargó, se alargó y se alargó, y que no sólo hizo sonrojar al señor Rodolfo Romero sino que le provocó una erección imposible de disimular. El pantalón pareció a punto de reventar.

Se dio media vuelta y salió volando de la cocina.

Pero ya no le fue posible disimular. Delante de ella.

Ahora su comportamiento era el de un adolescente. De ahí en adelante, en lo que duró aquella jornada, se detenía con deleite en su mal disimulado escote. Con sólo ver aquellos senos, quería devorarlos. Miraba descaradamente aquellos pechos blancos y su imaginación volaba. ¿Qué se sentiría tenerlos en la boca?, chuparlos hasta la saciedad. Y esas piernas que parecían esculpidas por el demonio, cómo habría querido acariciarlas. Besarlas.

No había pasado ni media hora de que su hijo Mariano había abandonado la casa, y decidió probar suerte. Le llamó desde su celular al fijo. La excusa era lo de menos —¿llegaron bien a casa? Pero se cuidó de hacer la llamada en la calle. Sacó al perro para tener un pretexto que resultara verosímil.

Le contestó ella.

Le bastó con escuchar aquella voz, para que el nerviosismo lo desbordara. Gerarda, le dijo, tenemos que parar esto. ¿De qué me habla, don Rodolfo? No finjas, niña, de esta calentura que nos empieza a rebasar. ¿Me lo diría viéndome a los ojos? Se limitó a decir ella. Claro que sí. Te espero mañana en el Rayuela, tú dime a qué hora. A las 10 de la mañana. Allí estaré, se escuchó decir él.

Y allí estuvo. Apenas la vio entrar, su respiración se agitó. Ella se sentó, y le espetó a boca de jarro al tiempo de que le acarició una mano: “¿Qué me quería decir, don Rodolfo?”. El hombre quería decirle tantas cosas. Quería llevar la mano de ella hasta que sintiera su pene, que a esas alturas ya se encontraba duro. Pero entonces el rostro de Mariano vino a su cabeza. Y por más que abría y entrecerraba los ojos no lograba quitárselo de encima. Sacó una moneda y la echó al aire. Enseguida pidió la cuenta y se dirigió hacia la salida. Sin abrir la boca más de la cuenta.

Robocop a los tiros contra el neoliberalismo

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Por Sebastián Marín 


Decir que Robocop de Verhoeven estrenada en 1987 es una crítica a la cara más salvaje del capitalismo puede provocar incredulidad. Los que la vimos por primera vez de chicos, allá lejos hace tiempo y en VHS que había que devolver rebobinado al videoclub, de seguro pasamos por alto que estábamos viendo un film que tomaba posición política. Y es natural que así sea, porque su director no pone en primer plano la historia de trabajadores desclasados, empleados abusados por sus patrones o luchas sindicales. Verhoeven no nos quiere aburrir tirándonos a la cara panfletos políticos; por eso nos cuenta la historia de un policía asesinado que vuelve a la vida convertido en un robot con ansias de venganza. Esa historia, así como la acabo de describir, es la que vimos de chicos, pero Verhoeven la tiene tan clara que mientras nos cuenta eso, tiene tiempo y espacio para incluir su crítica hacia el capitalismo salvaje neoliberal. 

La ciudad en donde pasa todo no está elegida al azar, y no, no es que le quedara cerca a Verhoeven ni a nadie del elenco. Si eligieron Detroit es porque supo ser el centro industrial de Estados Unidos, sede de Ford. Con la llegada de los gobiernos neoliberales se produjo una fuga de esas industrias a países del tercer mundo en donde podían pagar menos a los empleados y aumentar sus ganancias, mismas que ya eran millonarias, no vaya uno a pensar que se fueron porque se fundían. Pero por suerte en la película todo esto nadie lo dice, por suerte no aparece un tipo mendigando y diciendo que antes trabajaba para la Ford. 

Rápidamente la película nos mete dentro de la OCP, una empresa que acaba de hacerse cargo de la administración de la policía. Y pronto aparece Dick, un ejecutivo de alto rango que tiene una solución para hacer rentable esta inversión. Sí, la seguridad, como la salud y la educación, es una inversión y como tal debe dar ganancias. El buen negocio está donde uno lo halle, dice Dick en medio de aplausos. Más neoliberal échale un Chicago Boy

Para hacer rentable la inversión en seguridad, Dick presenta el ED209, un robot autónomo que trabaja veinticuatro horas sin cansarse ni distraerse; el sueño de cualquier patrón. Pero no le salen bien las cosas a Dick: en la demostración de cómo funciona, un ejecutivo termina reventado a balazos. 

Mientras algunos corren a ayudar, el presidente de la OCP mira a Dick y le dice: Dick, estoy muy decepcionado. ¿Y por qué está decepcionado el presidente? ¿Por qué acaban de matar a un empleado frente a sus ojos? ¿Por qué ese empleado ahora está reventado a balazos y seguro tiene familia que va a sufrir la pérdida? No, nada de eso, al empleado muerto, mierda. Lo que dice el presidente de la OCP es: Esto puede costarnos 50 millones solo en intereses. Ahí es cuando hace su aparición Bob, otro ejecutivo que ve en esa muerte una oportunidad para escalar en la empresa —sí, todos muy humanos—. Bob tiene un proyecto llamado Robocop que puede suplantar al fallido ED209.


Por supuesto que a Bob le aceptan el proyecto, porque sin Robocop no hay película. Pero Robocop no es solamente fierros y circuitos, es también un cacho del cadáver de Alex Murphy, un policía de Detroit. Alex es asesinado por unos ladrones de bancos que persigue hasta su guarida, una inmensa fábrica abandonada con tele y sillón incluido. El lugar que antes era ocupado por obreros ahora está ocupado por delincuentes. Y no de cualquier especie, sino recontraneoliberales. Cuando uno de los ladrones, de seguro primerizo, cuestiona el hecho de que roben bancos pero nunca se queden con el dinero, otro en donde la mentalidad neoliberal ha calado más hondo, le explica que roban dinero para comprar cocaína, para luego venderla y hacer más dinero; no hay mejor manera de robar que la libre empresa, concluye. 

A mitad de película uno de ellos entra en la casa de Bob y lo asesina, y descubrimos que estos trabajan como matones para Dick. Y en ese momento, la frase: el buen negocio esta donde uno lo halla, adquiere especial relevancia. Ya no importa que uno halle el negocio en inversiones en servicios públicos o en robos a bancos; la moralidad ya nada tiene que ver con las buenas inversiones. El ejecutivo Dick y los ladrones de bancos forman parte de una misma estructura jerárquica en donde rigen solo las ganancias. 

Si me permiten una buena elipsis, al final Robocop se termina vengando, porque recordemos que está película trata de un policía asesinado que vuelve a la vida convertido en robot. Muere Dick, mueren los ladrones que trabajaban para él, pero lo que no muere es la OCP, la empresa sigue a cargo de la seguridad. A poco de arrancar los créditos de la película de seguro ya estarán reemplazando a Dick como reemplazaron a los otros. A nadie le importa Dick, como tampoco importó Bob o importó ese que reventó a balazos el ED209. Lo único importante son las buenas inversiones. 
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