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Fito Páez sin filtro: cuando el mundo (por fin) cabe en una canción



Call me old fashioned... please! | Por Mónica Castro Lara |

Recuerdo que en cuanto vi el post en Instagram, le escribí rapidísimo a mi cuñado Hugo para que ya NO hiciera el pago del Airbnb que él había buscado y que nos había gustado un montón. “¡Pinche Fito, no mames!”. A 17 días de sus conciertos en México, al rosarino se le ocurre caerse, fracturarse cinco costillas (aunque dice que fueron 11) y cancelar y posponer sus presentaciones en Guadalajara y Ciudad de México, incluida la del Zócalo capitalino. Yo, francamente estaba que me llevaba la chingada como buena provinciana porque imprevistos como este, realmente te cambian todos tus planes. Lo último en lo que pensaba era en el bienestar de uno de mis artistas favoritos y eso te da mucho que pensar sobre el ensimismamiento de ser fan, porque entre la emoción y la frustración, me olvidé de que detrás del ídolo hay un ser humano que también puede romperse (literalmente). Y eso, créanme, duele y avergüenza más de lo que una quisiera admitir.


Cuando Netflix anunció el mes pasado que el documental “Fito Páez: el mundo cabe en una canción” llegaría a nuestras pantallas el 03 de septiembre, sentí una alegría total. Pensé: “órale, Fito seguro es un consentido en Netflix”. Y no es para menos: ya en 2023 la plataforma le había dedicado un espacio con “El amor después del amor”, la serie biográfica que nos transportó a la Argentina de los ochenta, a los inicios de Páez como cantautor y a las tragedias que lo han acompañado e influenciado toda su vida. Pero ahora, con este nuevo documental, la apuesta sube de nivel, porque si la serie nos contó su historia desde afuera (con actores, recreaciones y esa estética que nos hizo revivir cada éxito y fracaso) esta vez, como bien sentencia la propia plataforma de streaming: “La serie contó su historia. Ahora habla él”. Y eso, querides, es ooootra cosa. Es Fito sin filtros, la voz en primera persona; es el artista que vuelve para decirnos lo que tal vez nunca nos contó del todo. Y, por lo que habían dado a entender en el tráiler, la película transcurre justo ahí, en el límite entre el dolor físico y emocional tras el accidente que frenó su gira exactamente hace dos años, y desde esa pausa forzada, Fito reexamina sin filtros su historia personal, sus excesos, sus fracasos y esos éxitos que lo consagraron como uno de los compositores más importantes de Latinoamérica. Es como si, después de más de cuatro décadas de intensa carrera, el músico eligiera ese momento tan vulnerable para abrirse del todo, mostrándonos que a veces hay que quebrarse un poco para encontrar la honestidad más cruda y hermosa.


Sin duda, la cereza del pastel fue descubrir que el gran Matías Gueilburt está detrás de este proyecto y que, además, tiene un vínculo muy estrecho con Fito. Yo no puedo parar de elogiar el trabajo de Gueilburt; es como si el Rey Midas se hubiera convertido en director argentino. Algunos de sus proyectos documentales, como “Patria”, “El vendedor de ilusiones: El caso Generación Zoe” y “Los Ladrones: La verdadera historia del robo del siglo”, los considero auténticas joyas cinematográficas, en especial “Los Ladrones”. Me parece que encaja perfectamente con el espíritu de esa peculiar argentinidad que tanto me gusta y atrae. Cuando tengan oportunidad, véanlo. Les va a explotar la cabeza como a mí. 


Matías es, ante todo, un narrador obsesionado con las grietas de la historia que aborda; su estilo se define por una investigación y narrativa quirúrgicas que no teme revolver archivos polvorientos y olvidados, testimonios incómodos y documentos inéditos para reconstruir relatos que, aunque conocidos en superficie, guardan capas de complejidad moral.


No le interesa la cronología lineal: prefiere sumergirse en los claroscuros, en los personajes que oscilan entre el mito y el monstruo; su mirada no juzga, sino que deja que los hechos y las voces se desplieguen con una crudeza que obliga al espectador a hacerse miles de preguntas mientras transcurre lo que está viendo. Me parece que lo más rico de Gueilburt es su capacidad para convertir temas densos en relatos accesibles y humanos, sin caer en el sensacionalismo, a través de una fotografía y encuadres de una calidad absoluta.


Por lo tanto, estoy muy feliz de compartirles que mi clarividencia y yo acertamos: este documental es brillante. La amistad entre Fito Páez y Matías Gueilburt le da al director una llave privilegiada para entrar en esos instantes frágiles donde, a ratos, se nos olvida la excentricidad del rosarino y nos topamos de lleno con su dolor, con su angustia, con su desesperación ante un momento de salud sumamente complicado. Como bien dijo Gueilburt para Página12: “en ningún momento vemos un personaje, es un retrato de Rodolfo”, y eso es justo lo que hace tan potente a esta pieza: no hay pose, hay pura verdad.


La película arranca, además de con un espectacular montaje de Páez en conciertos masivos musicalizado por “Al lado del camino” (una de esas canciones eternas que, confieso, me aprendí a marcha forzada porque quería berrearla sin errores en su concierto), con una declaración que, si uno lo piensa bien, es lo que cualquier espectador desea: “Lo que me embola de los documentales, en general, es que les falta malicia”, dice Fito como advirtiéndonos. Y se justifica: “[…] el personaje retratado siempre es visto como una especie de adalid de la bondad y las buenas costumbres. Y eso me embola terriblemente”. A modo de pedido, o de manifiesto, hay una necesidad del cantante por no mostrarse impoluto y le indica al director que quiere que pasen cosas reales, sin caretas porque él ya sabe que hay que “caretear” en la vida, pero en este documental no. Y vaya que suceden “cosas reales”. Gueilburt nos presenta un retrato del músico en dos dimensiones entremezcladas: de un lado, la intimidad del hogar, el cuarto de hospital, los hoteles de gira y los ensayos; del otro, los recuerdos y momentos claves de su historia narrados por él mismo. Es como si la cámara se atreviera a entrar donde pocos han estado, y el resultado es tan incómodo como necesario.



La primera parte del documental es la cámara siguiendo a Páez en algunos momentos clave que vivió a mediados de 2024: lo vemos siendo trasladado por un incrédulo taxista hacia los estudios Abbey Road donde estaba trabajando en “Novela” su vigésimo noveno álbum, proyecto que había iniciado desde 1988 y recién concretó en 2025 (con un montón de críticas, por cierto). Luego, nos vamos a Madrid, donde Fito festeja su décimo aniversario de relación con su entonces pareja, la actriz Eugenia Kolodziej quien es la encargada de narrarnos cómo fue que encontró a Fito la mañana siguiente tirado en el descanso de la escalera completamente desgastado, golpeado, adolorido y sin la capacidad de responder a las simples preguntas que le hacía. Realmente me re entristeció y angustió la situación tan delicada y grave en la que estuvo Fito; los moretones en el brazo y los gritos desgarrados de dolor se quedan cortos a lo que verdaderamente sentía y nos confiesa que sí se sintió al borde de la muerte:


“Es muy salvaje la situación. El dolor era tal, era tan grande, tan fuerte, que dije bueno hasta acá llegué”.


Casi como en una especie de metarrelato, el músico mira en la televisión lo que se informa sobre su accidente. Y con esa visión y sensibilidad quirúrgica de Matías que les mencionaba unos párrafos arriba, el momento de la vulnerabilidad absoluta es musicalizado con “Tumbas de la gloria”, convirtiendo a la canción en una especie de banda sonora de su historia familiar en Rosario. Mientras suena “Tu amor abrió una herida porque todo lo que te hace bien siempre te hace mal” nos platica que su mamá murió 8 meses después de haberlo dado a luz porque le sacaron mal la placenta e ipso facto, deduce y nos dice con una tranquilidad dolorosa, que la muerte de su mamá entonces fue por su culpa. Uff. Pausita para exhalar. Nos cuenta su cotidianidad en Rosario: cómo eran su padre y las “abuelas” que lo criaron, el exceso de amor y esos primeros acercamientos a todo tipo de música que lo moldearon, detalles que, por suerte, dejaron bien plasmados en la serie, para que nosotros también pudiéramos asomarnos un poquito a ese universo. La historia de Fito desafortunadamente también va de la mano con la tragedia; tal vez una no podría existir sin la otra. Revivimos el terrible asesinato de sus “abuelas” y la empleada doméstica que las acompañaba, por allá en 1986 y nos lanza otra frase devastadora: “[…] yo ya no vengo a ofrecer mi corazón, ¿para qué? ¿para que me lo rompan?” haciendo alusión a su canción homónima. 


Regresamos al presente, con el proceso de recuperación de Fito y los ensayos de cara a la gira “4030” en Argentina. El documental nos muestra la primera vez que se sienta al piano post accidente para tocar “Del 63” en su casa de Buenos Aires y, de pasada, para ver cómo le respondían sus manos; otro momento de vulnerabilidad que pocos se atreven a mostrar. Acá tengo que hacer mención especial al muñequito de Charly García saltando desde aquel épico noveno piso, colgado de una lámpara de techo, que me pareció una brillantez y genialidad absoluta y me hizo pensar que necesito uno cuanto antes. Se develan también otros detalles en esos espacios privados: fotografías, portadas de revista, cuadros, medicinas, suplementos alimenticios… 


Luego aparece un Páez melodramático regañando y exigiéndole a sus músicos como si la vida se le fuera en cada nota. La rigurosidad y los tonos (nada amables) con los que se dirige a ellos, incomoda MAL; al menos a mí sí me molestó e hizo que le cuestionara a modo de reclamo, un montón de cosas que yo he vivido y visto de sus presentaciones más recientes… sin respuesta alguna, obviamente. 


Y entonces… ¡llegan los conciertos en México! Lo vemos caminando por la CDMX con una tierna familiaridad, de la mano de su hijo Martín. Me hace reflexionar que le tomó únicamente 4 meses en recuperarse de ese fatal accidente donde por momentos, parecía que se estaba entregando a la muerte y que verdaderamente, hizo un esfuerzo casi sobrenatural por cumplirle a sus fans mexicanos. Hay algo más que me conmueve de esas escenas: haber compartido un mismo tiempo y espacio en el Auditorio Nacional con esta leyenda. Recuerdo el concierto casi a la perfección y ahora me doy cuenta de que ambos atravesábamos momentos complicadísimos en nuestras vidas pero que, durante dos horas, pudimos dejar pasar todo. Porque la música —y el arte en general— nos lo permite; nos da ese permiso tácito de suspender el caos, aunque sea un ratito.


Rápidamente, ooootra escena incómoda: el cierre de uno de estos conciertos no salió como lo habían ensayado y el músico se mortifica con una ansiedad e insistencia que, les confieso, no me fueron ajenas. Si bien podríamos llamarlo “perfeccionismo”, creo que más bien se trata de tener o no el control absoluto de las cosas. Tuve que revisar los videos de su concierto en mi celular para ver si había sido en esa misma noche, pero no… ahora me queda la incógnita de saber si fue en la segunda noche del Auditorio Nacional o si más bien, fue en su concierto en Guadalajara, pero sobre todo, si la gente se dio cuenta o no del “error”. Algo así como un pequeño misterio personal que, supongo, también forma parte del encanto.


Ya en la recta final del documental, nos topamos con escenas de Fito compartiendo con su otra hija, Margarita. Son fragmentos que se entrelazan con material de archivo y grabaciones caseras donde se les ve, tanto a Martín como a Margarita, conviviendo con ese padre peculiar y caprichoso que todos conocemos (o creíamos conocer). Es una faceta menos pública, más íntima, y me parece comprensible —casi necesario— que haya permanecido resguardada en lo privado durante todos estos años, como si ese espacio reservado fuera el que le permitió a Fito seguir siendo tan auténtico en lo público.


El documental cierra con la visita de Fito Páez a Estados Unidos, donde da una charla en la Universidad de Berklee en Boston, que trató sobre “la música en tiempos de demencia masiva”, y al mismo tiempo, afinaba los detalles de su sesión de Tiny Desk, que he de confesar con total libertad, no me gustó. Me pareció una muy mediocre selección de canciones, curadas mal, a Fito se le veía distraído, se le escuchaba desentonado y ahora ya sé por qué: el día de la grabación, el man tenía una fiebre intermitente junto con una migraña de esas que aniquilan. Aun así, logra sacarlo adelante. Y aquí regreso a mi dolencia y vergüenza del primer párrafo: ¿quiénes somos para exigir y exprimir hasta la última gota a nuestros artistas?


Hay algo en la figura de Fito Páez que trasciende lo meramente musical. No es solo el pianista virtuoso de “Cadáver Exquisito”; es esa capacidad para convertir el caos emocional en melodías que nos hacen sentir menos solos, como si fuera una extensión directa de nuestras propias contradicciones.


A diferencia de otros de sus contemporáneos, Fito eligió la exposición brutal, una honestidad incómoda que lo llevó a desnudarse en público una y otra vez, ya sea cantándole a la “puta ciudad” que lo vio caer en el abismo más profundo o confesando sus demonios en entrevistas que a veces parecen sesiones de terapia. Quizás por eso, escucharlo hoy se siente menos como un acto de consumo cultural habitual y más como un reencuentro con esa versión de nosotros mismos que todavía cree, ingenuamente, que hay amor después del amor.


¿Vale la pena ver el documental? Para mí, es un total y rotundo SÍ, y no lo digo solamente desde mi cariño, admiración y fanatismo por Rodolfito. Disfrútenlo, llórenlo, cuestiónenlo y compárenlo con otros documentales musicales y satúrense de él como ya lo hice yo. Porque, al final, lo que logra Gueilburt es exactamente lo que Fito pidió: malicia, pero por supuesto, también mucha humanidad. Eso, en un género tan saturado de homenajes edulcorados, es un verdadero lujo. Nuestro rosarino consentido, termina casi dos horas de exposición con un “I’m baack!”, porque con sus contradicciones, múltiples heridas y resiliencias, ya nos lo había predicho en cierta canción del 2010: “[…] si algo aprendimos en el mundo es que el mejor momento aún no vino, está por llegar”. Así que, señoras y señores, habemus Fito para rato.




Retrovisión: El monstruo detrás de «La puerta»


Retrovisión | Por Alberto Preciado

 

No hay que olvidarlo nunca: desde el principio de los tiempos el hombre vive para contarlo. Y yo, que soy un adicto a esta premisa, tengo un gran problema: mi memoria es menor a la de un disquete (todo un reto esta palabra para gente que nació después del 98). Así que he adquirido un hábito que me ayuda, desde que recuerdo que escribo: hago listas. Listas que me permiten prestar más atención y que dificultan el olvido. Listas sobre el pasado que hacen y deshacen las historias, y listas sobre el futuro. Listas dramáticas sobre los libros que sí o sí tengo que leer antes de ¨x¨ edad, o películas que vi en Navidad y que ahora son un must-watch cada que las fechas decembrinas aterrorizan a la mujer, gatos y perros que cohabitan conmigo, con villancicos que se escuchan sin parar en un loop interminable de añoranza de nieve.

Hay un enorme placer —cuestión casi existencialista-ideológica— en tener la oportunidad de recomendar algo que sientes, o sabes, debe ser apreciado. Obtener el diálogo que sigue después de que alguien escuchó el disco que recomendaste, o vio la película que dijiste, es fascinante. Muchas veces la recomendación es una forma de invitar al otro a que te conozca. «Revisa esto que me impactó, que me hace ser. No sé si te va a gustar, pero a mí me ocasionó algo que quiero que veas, que me veas». Y sí, se convierte en un acto en principio egoísta. Pero también es, sin duda, una invitación a ahora «ser» juntos. Puede que lo odies o puede que te encante, pero ahora hay algo, si se cumple el loop que nos une.

Durante gran parte de mi vida, hacer listas ha sido un acto tanto de abrazar y coleccionar recuerdos, como de poner el foco en ideales futuros. Quiero aprovechar el fervor patrio para platicar durante este mes sobre cine hecho en casa, desdeñando lo que la pantalla nos muestra como ocurrentes insomnios sociales y, aunque se dice que no hay dos pupilas iguales, observar el retrato propuesto de un país surreal. Más que encontrar novedades me gustaría abrir el diálogo, rebotar ideas y conversar en torno a las películas que nos describen, y que, como una radiografía, nos muestran algo de lo que somos. Durante este mes compartiré la lista de películas mexicanas que de alguna u otra forma me han impactado iniciando por el género final: el terror.


LA PUERTA

Comenzaré platicando, entonces, por el corto que suele salir de mi boca cuando hablo de cine de terror. Es un metraje donde Luis Alcoriza se encarga de entregar una tesis sobre el pánico colectivo. Bajo el disfraz de historia de miedo, La puerta funciona como retrato de las paranoias del adulto pequeñoburgués en pleno 1968 y del choque generacional que tenía con sus hijos.

La historia nos sitúa en una fiesta de gente rica en una casa nueva. Un opening. Todo va bien hasta que un invitado abre por accidente una puerta que da a un pasillo oscuro, y del fondo empieza a salir un hombre enorme, desnudo, que camina de forma lenta y anormal hacia él sin decir nada. La cierra de golpe. Eventualmente la vuelven a abrir… y ahí sigue. Lo que pasa después no es que lo enfrenten ni que huyan: primero se aterran, claro, luego tapan la puerta con un mueble y hasta le ponen un crucifijo. Al final —aburridos— se ponen a jugar con él, abriendo y cerrando la puerta como un juguete para reírse. Entre todos concursan para ver quién aguanta más con la puerta abierta, mientras este hombre enorme se acerca poco a poco hacia ellos. Suena rock «satánico» de la mano de Los Inesperados y Los Jokers, banda pionera del rock mexicano de los 60 fundada, casualmente, por un sobrino del cineasta Ismael Rodríguez, generando un contraste entre lo paranormal y las carcajadas que provoca la apuesta. Nunca te explican qué es ese hombre. No parece interesarle eso a Alcoriza.

Más allá de lo que es o hay detrás de la puerta, se resalta la reacción de los invitados. En una época donde la sociedad mexicana parecía no entender lo que sucedía, el humor, la jiribilla y la burla se hacen presentes. El terror no está en el monstruo, sino en la gente mirándolo. En la ignorancia que los hace refugiarse en el humor.

Este corto, digno de The Twilight Zone, forma parte de un proyecto que buscaba ser la gran saga de terror mexicano. Hacia 1968, Ismael Rodríguez —uno de los directores más importantes de la Época de Oro del cine mexicano— planeó una antología inspirada en historias de horror, locura y misterio, pensada para reunir a lo más grande del cine mexicano en un solo formato.

La convocatoria era casi un censo del cine nacional de la época: junto a Rodríguez y Chano Urueta, sonaban directores como Roberto Gavaldón, Julio Bracho y Alejandro Galindo, además de Luis Buñuel. También se hablaba de una faceta literaria, con el escritor Luis Spota, y de una actoral, con Enrique Rambal, Manolo Fábregas y Juan Ibáñez, junto al productor Mauricio Walerstein. Al final, el tamaño del proyecto, la falta de financiamiento y los compromisos que varios de los involucrados fueron adquiriendo hicieron que la saga nunca llegara a realizarse. De las 26 piezas soñadas, solo tres pasaron a la cámara.

La puerta es un cortometraje que de alguna forma recicla lo que conocimos en El ángel exterminador. No es casualidad: Alcoriza coescribió esa película junto a su gran amigo Luis Buñuel, y aquí parece incapaz de soltar la misma obsesión: el terror como coartada, como excusa para retratar las paranoias del adulto pequeñoburgués en pleno 68.

La premisa la enuncia el propio prólogo: el hombre teme por instinto a lo inexplicable, y cuando ese temor se vuelve colectivo, a veces mueve a la risa; pero si hay culpa, se convierte en miedo, pánico, pavor y horror. Alcoriza está menos interesado en asustar que en diseccionar cómo un grupo procesa —y ridiculiza— aquello que no entiende.

«Encontrarán a muchas personas —tal vez ustedes mismos— que tienen también su monstruo en el clóset», termina diciéndonos una voz en off. Recordando que lo inexplicable no da tanto miedo como lo que revela de quienes lo miran, y que vivimos en un mundo donde los cuerdos han perdido toda capacidad de distinguirse de los alucinados.



«Annette» y la belleza del artificio

Retrovisión | Por Alberto Preciado


Vivimos, una vez más, el momento Cannes del cine. Ritual anual donde los aplausos se han convertido en una métrica paralela al premio. Uno de los lugares donde el cine se discute con una pantomima religiosa.

Es apropiado, de vez en cuando, revisar las películas que han inaugurado el festival; intentar entender qué cosa nos quería decir el arte ese año, escuchar su tono,, comprender sus acordes más íntimos. Entre ellas hay títulos tan distintos como La mala educación, de Pedro Almodóvar; The Fifth Element, de Luc Besson; o Annette, la película con la que Leos Carax abrió la edición de 2021.

Annette es un filme que parece buscar estirar la realidad al máximo, y es esta característica la que la hizo ser sumamente apropiada para inaugurar Cannes. Porque el festival francés es, entre otras cosas, una celebración del artificio cinematográfico.

Leos Carax lleva décadas filmando personajes que confunden la verdad con la representación. Como si la ficción y la realidad fueran una misma serpiente que se alimenta de su cola. Su cine es profundamente artificial, pero nunca falso. Hay una diferencia importante entre ambas palabras. En sus películas los decorados pueden parecer irreales, los gestos exagerados y las situaciones improbables, pero las emociones siempre terminan golpeando con una fuerza inesperada.

Basta recordar a Denis Lavant corriendo por las calles al ritmo de Modern Love de David Bowie en Mauvais Sang. La escena tiene algo de videoclip, de sueño, de fantasía adolescente. Sin embargo, pocas veces el cine ha mostrado con tanta claridad la desesperación de alguien que ama y no sabe qué hacer con ese amor. 

Con Annette, Carax decide llevar esa lógica al extremo. Y para hacerlo escoge quizá el género más artificial de todo el cine: el musical.

La película ni siquiera intenta ocultarlo. Antes de que la historia empiece, una voz en off nos anuncia que la función está a punto de comenzar. Vemos a los músicos prepararse, escuchamos los primeros acordes de So May We Start y los propios actores abandonan el estudio de grabación para entrar en la ficción que vamos a presenciar.

Carax deja las reglas claras desde el primer minuto. Esto es una representación. Un espectáculo. Un juego.

Tal vez porque el espectador contemporáneo necesita que se le recuerde algo que antes parecía evidente: que toda historia es una construcción.

Henry McHenry, interpretado por Adam Driver, es un cómico feroz, agresivo, casi salvaje.

Un hombre que convierte su desprecio por sí mismo y por los demás en espectáculo. Ann Defrasnoux, interpretada por Marion Cotillard, es una soprano célebre cuya voz parece venir de algún lugar más cercano a lo divino que a lo humano. Él es un primate. Ella una musa. Él provoca. Ella eleva.

Naturalmente están destinados tanto a enamorarse como a destruirse.

La película se burla constantemente de las convenciones del musical. Henry y Ann cantan una y otra vez la misma canción, We Love Each Other So Much, como si Carax quisiera exhibir el mecanismo hasta volverlo ridículo. Como si nos estuviera mostrando los hilos de la marioneta mientras la marioneta sigue moviéndonos emocionalmente.

Porque eso es lo fascinante de Annette. Cuanto más evidente se vuelve el truco, más poderosa resulta la ilusión.

Todo en la película parece construido para recordarnos que estamos viendo algo falso. Los decorados. Las canciones. Los movimientos. Incluso Annette, la hija de la pareja, aparece representada por una muñeca de madera.

Y sin embargo, a medida que la película avanza, esa marioneta divina termina resultando más humana. 

Ahí está quizá el verdadero gesto de Carax. Demostrar que la verdad artística nunca depende del realismo.

El cine es artificio. Siempre lo ha sido. Lo son los decorados, el montaje, la música que aparece en el momento preciso para indicarnos qué sentir. Lo son los actores fingiendo emociones frente a una cámara. Lo es incluso esa convención absurda por la cual aceptamos que una sucesión de fotografías inmóviles produzca movimiento.

Pero el artificio no es el enemigo de la verdad; en muchas ocasiones es un camino para alcanzarla.

Por eso Annette puede parecer una película excesiva, caótica o incluso dispersa. Porque está menos interesada en contar una historia que en reflexionar sobre la propia naturaleza de las historias. Sobre nuestra necesidad de creer en ellas aun cuando conocemos el truco del mago.

Carax, como dueño del circo, no intenta esconder los mecanismos del espectáculo. Hace exactamente lo contrario.

Los ilumina.

Y aun así consigue que la magia ocurra.

Annette es, entonces, una historia de amor, de tragedia. Un espectáculo. Vale la pena sumergirse en este extraño espectáculo. Un mundo artificial donde se revela la tensión entre el artista y su público, y donde también aparece nuestra necesidad de escapar, junto con todo lo imperfecta que puede ser esa evasión.

La verdad a veces es insoportable, y quizá por eso seguimos necesitando ficciones capaces de cantarla.

Entonces, So May We Start? 



Como mordida canina e infernal

 

Por Franco García |


A Céline Degardin

L'Amour Est Un Chien de L'Enfer
(Crazy Love)
Dominique Deruddere
Bélgica, 1987


Ya lo decía el gran poeta maldito y narrador norteamericano Charles Bukowski, que el amor era como un perro del infierno. Vivir enamorado nada bueno nos traería. Era peor que el alcohol o las drogas. Bukowski, que supo moverse en el bajo mundo de Los Ángeles, California, comprendió que el verdadero amor rugía desde las entrañas y que pocos son los valientes que deciden ingresar a las fauces del infierno. Porque el amor quema, arde, ruge, desgarra, muerde y te asesina lentamente. Con una narrativa seca y sin tantos artificios literarios nos aleja de todo cliché para aceptar la cruda realidad. Pero Bukowski también era un nostálgico y romántico. Sus poemas lo evidencian. Su dolor y su fracaso en el amor lo llevaron a escribir unos textos magistrales, verdaderas obras literarias. El gran poeta del fracaso, el santo patrono de los perdedores.

Contaba con más libros de poesía que de narrativa, pero ambos talentos lo llevaron a ser un maestro del mal llamado “realismo sucio”. Mucho se ha hablado de él y, pese a sus imitadores y críticos, su obra sigue más vigente que nunca.

Dominique Deruddere (Turnhout, Bélgica, 1957), cineasta, actor y productor belga, llevó a la pantalla grande uno de sus mejores filmes inspirado precisamente en uno de los más memorables libros de la poesía norteamericana: El amor es un perro del infierno. Poemas 1974–1977. Fue en 1987 cuando L'Amour Est Un Chien de L'Enfer se estrenó en los cines de Estados Unidos (traducida como Crazy Love), convirtiéndose en una de las primeras películas flamenco-belgas en salir del país. Aunque no tuvo buenas críticas, hoy podría considerarse una obra de culto debido a su poca difusión y conocimiento. Y sería bueno considerarla, extraerla de los archivos muertos para homenajearla, brindarle el respeto que se merece toda obra de arte. Un clásico del cine belga que no debe morir.

Porque Dominique Deruddere logró lo que pocos cineastas europeos llevan a cabo: fusionar poesía y cine, un género híbrido, quizás. Adoptó y adaptó los textos literarios de Charles Bukowski a su mundo cinematográfico. El actor Josse De Pauw, quien interpreta a Harry Voss, realizó un papel modesto y maravilloso. Es el personaje principal y una clara personificación de Charles Bukowski.

Desde la infancia hasta la etapa adulta, Harry Voss atraviesa por una vida cruda. Un padre alcohólico y una madre sumisa, viviendo en un hogar pobre de Bélgica. Pese a esa desgracia, Harry Voss idealiza el amor. Se enamora de una ilusión a temprana edad e intenta mantener relaciones sexuales con la madre de un amigo mientras ella duerme borracha en su cama y fracasa. Son los primeros acercamientos y descubrimientos a su vida sexual. Llegada la adolescencia, se enferma de acné quístico crónico que lo aleja de las mujeres y, de nueva cuenta, intenta mantener relaciones sexuales con una mujer en un auto pero sufre el rechazo por no ser atractivo físicamente. No sólo su vida sentimental comienza a ser reprimida, sino también la sexual.


Al pasar los años, siendo adulto, se vuelve alcohólico, callejea pero no deja de buscar el amor en cada rincón de su pueblo. Cree en él, mantiene un poco la esperanza a flote. Podrá ser un fracasado, pero lucha contra las crudas pruebas de la vida. Tiene un solo amigo, Stan, interpretado por Michael Pas. Junto a él emprenden entonces una nueva aventura para buscar ese “amor loco”, su verdadero amor.

Al pasar los días se encuentran con el cadáver de una mujer hermosa y lo roban, entre broma y broma, para aprovecharse de ella. Un acto necrófilo desde luego. Pero Voss, al contemplarlo, no puede con algo así; es imposible que algo tan bello acabe sin sentido. Es injusto para el recuerdo de la chica de sus sueños, lo cual nos demuestra que todo hombre tiene traumas infantiles, fisuras en su alma. Hasta que termina suicidándose en el Mar del Norte con ella.

Sin duda, es una historia compleja, con una atmósfera tétrica que lleva al espectador a adentrarse en la mente y corazón de Harry Voss y cómo el rechazo, el romanticismo, el fracaso y la enfermedad nos conducen a nuestros límites, a tratar de llenar vacíos existenciales.

La propuesta de Dominique Deruddere también nos lleva a cuestionarnos: ¿de qué está hecho el amor entonces para Voss? Con toda seguridad, de vísceras, alcohol, desesperación y agonía. ¿El amor debe ser una batalla constante? ¿Por qué no rendirnos? ¿El amor todo lo puede y supera?

Enamorarse puede aterrorizar, llevarte a la locura y posiblemente pocos se atreven a entregarse por completo. Nadie quiere compromisos porque quizás implica subordinarse. Nadie quiere enamorarse porque quizás enferma o porque quizá al primer error que cometas huyan y te dejen con el remordimiento de por vida.

El amor muerde, desgarra, ruge, quema, arde, destroza; pero también aúlla durante las noches frías e infernales. Charles Bukowski entendió a la perfección este dilema por el que atraviesan los seres humanos. Amar y ser amado es lo ideal, lo justo; pero para él el valor está en amar, y no importa cuántas veces te hayan roto el corazón: sólo hay que amar y ya.



Samuel Herrera: la borrachera después del drama


Alejandro Carrillo 


El año pasado el dolor tenía nombre y canción. Dallas, de Lázaro Cristóbal Comala, era ese sitio al que uno llega cuando ya no queda nada por decir, cuando el silencio pesa más que cualquier palabra. Era quedarse quieto, solemne, estoico, en medio del derrumbe. Pero incluso el drama más respetable se desgasta. A veces no sana: se vuelve costumbre. Y entonces uno necesita otra cosa. Algo que no niegue la herida, pero que tampoco la convierta en altar. Ahí apareció Samuel Herrera.

Samuel no discute el dolor: lo tutea. Su música no viene a redimir a nadie ni a ponerle nombre bonito a la tragedia. Si Lázaro es la habitación cerrada, Samuel es salir por unas chelas “nomás para despejarte” y terminar hablando de lo mismo, pero riéndote un poco de tu infortunio. Es el drama visto a la mañana siguiente, cuando ya sabes que exageraste… pero tampoco tanto.

Este cantautor duranguense se ha colocado como una de las voces más honestas del folk norteño: un territorio donde conviven el rock fronterizo, la música norteña mexicana y una lírica que entiende que el desamor también puede contarse sin pose. En su sonido hay acordeones y armónicas, sí, pero también guitarras eléctricas que no piden permiso. Y, sobre todo, letras que no subestiman al escucha ni le prometen revelaciones profundas a cambio de sufrir tantito.

Su historia es la clásica, sin épica artificial: secundaria, guitarra autodidacta, bandas de covers, y el inevitable hartazgo de repetir canciones ajenas. Samuel decidió escribir las suyas. Desde Pura pinchi tragedia (2020), grabado plena pandemia de tristeza, fue puliendo una voz que no busca quedar bien, sino decir las cosas como salen, incluso cuando salen medio chuecas.


En las sobrias, en las ebrias y en las crudas (2023), un disco que funciona casi como manual no autorizado del despecho cotidiano, aparece Convénceme, quizá una de sus canciones más representativas, donde el amor no se plantea como destino sino como tregua breve, negociable y perfectamente consciente de su fecha de caducidad.

El disco cuenta con colaboraciones de Anthony Escandón y del propio Lázaro Cristóbal Comala, en una especie de alianza no declarada entre cronistas del despecho y se mueve entre la cantina, el cuarto propio y la resaca moral del día siguiente, con letras que no dramatizan el fracaso amoroso, sino que lo observan con una mezcla de lucidez, humor seco y resignación norteña. No hay promesas eternas ni discursos grandilocuentes: hay vinilos girando, acuerdos tácitos y la aceptación —nada heroica— de que el “para siempre” casi siempre dura menos de lo que uno quisiera admitir.

Si vuelves que sea para siempre / aunque el siempre solo dure un par de meses / pues yo no soy de ti, mucho menos tú de mí / escuchemos vinilos de Invasores este fin…

Nada de promesas eternas ni finales trágicos. Solo acuerdos temporales, vinilos girando y la certeza de que nadie pertenece a nadie, aunque a veces finjamos que sí.

Esa claridad se siente con fuerza en Altibajos (2025), su más reciente disco de estudio, donde colaboran Juan Cirerol y Andrés Canalla. El álbum se mueve con soltura del rock folk al rockabilly y de regreso al ranchero, cargado de acordeón, armónica y electricidad en las cuerdas. Pero el verdadero voltaje está en la lírica: desamor, despecho y resignación, sí, pero escritos con un cuidado poco común dentro del regional mexicano. Aquí no hay frases de calendario ni moralejas disfrazadas de canción.

Aunque muchas de sus canciones hablan de desamor, Samuel no posa de mártir. Observa, escucha, toma nota. Muchas historias no son suyas, sino de amigos, conocidos o desgracias ajenas vistas en redes. Convertir eso en canción no es terapia: es oficio. Y también una forma de reírse un poco de lo mucho que nos gusta sufrir.

En vivo, su propuesta termina de cerrar el círculo. Samuel puede tocar en un foro independiente, una feria, una carne asada o una cantina sin pretensiones. Entre covers de Los Cardenales o de Alfredito Olivas se cuelan sus canciones, y cuando el público se da cuenta, ya está cantando algo nuevo. Luego vienen los stickers, los códigos QR, el “síganme en Spotify cuando estén bien crudotes”. Marketing emocional, pero honesto.

Este año, Samuel Herrera inicia gira por ciudades como Zacatecas, Torreón, Saltillo, Durango y Monterrey, acompañado de su banda Los Trágicos del Norte —nombre que ya dice mucho y no se toma demasiado en serio—. La invitación es simple: escuchen su música, vayan a verlo en vivo, síganle la pista a través de sus redes y juzguen ustedes mismos.

Si Lázaro canta para quienes quieren quedarse quietos en el dolor, Samuel canta para quienes ya entendieron que tampoco hay que exagerar. Que el drama se puede afinar, sí, pero también rebajarle tantito al volumen.

Samuel Herrera no viene a salvar a nadie. Viene a recordarnos, con una sonrisa ladeada y una canción bien escrita, que sufrir está bien… pero sufrir con estilo y un poco de ironía siempre se agradece.


“Una más para el camino”, un abrazo de Fernando Marlo para soportar la vida


Entrevista por Iván Gutiérrez | Fotos: cortesía del artista


En lo personal, no sé qué sería de mí sin la música real, la que viene de heridas reales, de sentimientos vividos en sangre y hueso, de esa poesía sonora que nos recuerda que sí: la vida vale la pena ser vivida por esos destellos de belleza. Por lo general, mucha de esta música no llega a las masas, y por el contrario, se esconde en ese lugar llamado “el underground”. La ventaja de habitar este subterráneo sonoro es que ahí existen joyas impresionantes de música real, por ejemplo, el nuevo EP de Fernando Marlo, “Una Más Para el Camino”. 

En una entrega de 6 canciones nuevas este compositor regiomontano lleva el sonido del folk mexicano a uno de sus picos más excelsos, demostrando que la música no está muerta, sólo está echándose un par de tragos en alguna cantina olvidada por Dios mientras la humanidad sigue aferrándose a su autodestrucción. Con ustedes, una conversación con Fernando Marlo, autor, poeta, amigo y hermano de canciones que nos mantienen vivos. 

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Iván: Fernando, queremos saber todo sobre tu nuevo EP, ¿cuándo fue que lo compusiste? ¿por qué salen estas canciones juntas y no separadas? ¿por qué se llama así?

Fernando: Las canciones de “Una Más para el Camino” las compuse en diferentes momentos de mi vida… hay canciones como “Bella Mujer” y “Canción para un migrante” que ya tenía ganas de publicar, pero no las inclui en el primer álbum (Canciones desde el Sauce) porque sentí que eran conceptos diferentes, y mi idea era hacer un álbum que fuera más coherente entre sus canciones. Otras composiciones las terminé después, hace un año compuse “No me gusta quien soy” y “Morí en silencio”, esas salieron en la primera gira que hice para promocionar “Canciones desde el Sauce”. 

Me ha pasado algo muy curioso, que siempre en los álbums queda una canción que no estaba planeada, en el primero fue “Pajarillo”, y en esta fue la de “Abrazo de aguamiel” esa fue la última que compuse y terminamos por incluirla como un bonus track, es una canción muy bonita que merecía ser contada.

La idea era hacer un EP que fuera muy cantinero, con canciones de nostalgia y tristeza, y bueno sobre el nombre del EP,  “Una más para el camino” es la forma en como se despiden mis amigos, al momento de terminar una peda o reunión; tengo un amigo que se llama David que toca conmigo, y antes de despedirnos siempre decimos “vamos a echarnos una última para el camino”, ya sea una cerveza o un cigarro. Me gusta mucho esa forma de despedirse porque nunca sabes si lo vas a volver a ver, entonces brindar por última vez con esas personas me gusta mucho, siento que eso transmite la esencia del EP.

I: ¿Cómo llegaste a esa sensación musical tan pura con la que representas el amor en “Bella Mujer”? Se siente en los instrumentos, los coros y violines... en el piano increíble.

F: La mayoría de mis canciones hablan de tristeza, nostalgia, son muy melancólicas, entonces sentí que si hablaba del amor quería hacerlo de forma peculiar y siendo sincero, sin mostrarme tan cursi… "Bella Mujer" termina siendo el romance completo, es una historia fragmentada con base a la forma en como mis papás se conocieron, está inspirada en su historia… la verdad no he tenido muy buena suerte en cosas del amor, no me considero que haga muchas canciones de amor, tampoco se me da muy fácil, pero quería contar esa parte de la historia más bonita de amor que yo conozco, que es la de mis papás.

I: ¿Tú estuviste a cargo de los arreglos en el EP? 

F: Cada quien hizo lo suyo, en el EP participaron muchos músicos. La producción la hizo  Fernando Galindo, mientras que Choco Maldito estuvo en el bajo, Silvio Alberto en el piano, en el chelo Jonathan Galvan (ya habíamos trabajado juntos en el primer álbum). En coros volvió a participar Isabel Montoya con la dulzura de su voz, ya que me gusta mucho su profundidad… la forma en que transmite y cómo siente la canción.

Me tocó a mí componer letra y armonía, pero cada uno de los músicos fue agregando su propio granito de arena y la verdad me gustó mucho hacerlo así porque se lo tomaron muy en serio, se metieron mucho en la canción, de subirse arriba de ella y hacerla suya, pienso que es muy bonito cuando le das esa libertad a los músicos de expresarse en la canción. 

En el último tema, “Abrazo de Aguamiel”, Efraín de la Rocha (Niño Van), se aventó toda la instrumentalización, grabó bajos, guitarras, hizo coros, y la batería la grabó Sebastian Fragoso; creo que tuve la suerte de coincidir con grandes músicos, muy talentosos, que me permitieron contar con ellos para darle color a las canciones.  

I: “Abrazo de Aguamiel”es una gran canción, ¿de donde surgió? Siento como si estuviera escuchando justo un canto campesino, pero contemporáneo… ¿Cuéntanos, quiénes son Bacilio y Arturo Gómez?

F: En el estado de Hidalgo hay un lugar que se llama La Pila… toda la comunidad se llama Azoyatla, y ahí hay un lugar que se llama Escuelita Arturo Gómez Moedano. Tuve la fortuna de conocerlos, y en cada vuelta a CDMX iba a visitarlos: me hospedaron, me hicieron parte de la familia, y en el transcurso de esa calidez que tuvieron conmigo, conocí lo que hacían, que era promover la cultura del maguey, su cuidado, la producción del pulque y todas las tradiciones a su alrededor, lo que se obtiene del maguey, del maíz, que ellos siembran, y se me hizo muy bonito porque es una escuelita que busca enriquecer a los campesinos de la comunidad brindándoles una educación para que puedan aprovechar mejores sus tierras, producir mejor el maguey, 

Para producir el pulque hay que cuidar por años el maguey, para que te salga el aguamiel y ya luego el pulque, momento en el que el maguey tiene que morir. Es toda una experiencia de vida muy bonita, y lo que hacen ahí se me hizo muy merecedor de poderlo contar: lo que ocurre ahí es una historia que merece ser contada.

Hablando un poco de Arturo Gómez, impulsó mucho el arte, el trabajo de la tierra, tenían algo que se llama Los Tamuines, un tipo de moneda local que implementaron en la comunidad con la que podías ir a comprar maíz o frijol a tu vecino, era algo muy hermoso porque el Tamuin no estaba respaldado por petróleo ni oro ni nada, sino por horas de trabajo, entonces los campesinos solo por trabajar y producir tantos costales de frijol, tenían derecho a tantos Tamuines, y ellos conservaban su producción pero también obtenían estos Tamuines y podían usarlos para pagar. 

Fue tanto el impacto que el Banco Nacional de México los persiguió y hubo todo un proceso, un juicio, sobre esta historia, porque pensaban que era un lavado de dinero, pero en verdad era una moneda respaldada por trabajo, se me hizo muy impresionante, y Arturo Gómez formó parte de esto, él murió en la Pandemia, fue algo muy duro, yo conocí la escuelita hace un año y medio, y pude escuchar la historia de Israel Garnica —el fundador y mejor amigo de Arturo—, conocer los motivos de la fundación de la escuela, verlo levantarse temprano y trabajar hasta tarde… entonces una de las fechas de la gira ahí la cerramos, y parte del público era la familia de Arturo, y aunque no tuve el gusto de conocerlo, se que fue una gran persona, todo el pueblo habla de él y de Basilio, un gran pulquero al que le decían Juan, a quien también nombramos en la canción. Es una canción de ofrenda, una pequeña contribución a la grandeza de lo que hacen.


I: Platícanos de tus influencias, sé que te gusta mucho Lázaro Cristóbal, Iván García… se siente en la vibra de desdicha encantadora de tus canciones 

F: Lazaro para mí es uno de los referentes, Iván García también, ambos tienen letras increíbles y sólidas, la forma en que transmiten… creo que también tengo mucha influencia de Nacho Vegas. Este EP lo quise hacer muy apegado al folk y la onda cantinera, y pues estos personajes también tienen mucho de esto, también por Juan Cirerol, que tiene letras muy buenas… y he ido conociendo músicos de folk que me gusta mucho, por ejemplo, una de las canciones que tengo “Morí en silencio” está completamente influenciada por la canción de Ay Gregorio! “Prefiero Mentirme Otra Vez”. Creo que la vida te va poniendo con las personas correctas, vas conociendo proyectos más sólidos y todo eso inspira, es como decir yo también quiero hacer canciones que tengan trasfondo. 

Una de las razones por las que pude hacer el EP fue por la colaboración con Niño Van en la canción “¿Y tú qué harías?”, un bolero, al haberlo hecho me hizo agarrar más confianza para hacer “Bella Mujer”, que termina siendo un bolero romántico. 

I: “Cancion para un migrante” es increíblemente dura… una realidad que vivimos en la frontera, donde la gente va a buscar un mejor futuro y termina siendo asesinada… 

F: Me impactó mucho ver las caravanas de la gente migrando hace años. Poco a poco la ciudad de Monterrey se fue llenando de gente de Honduras, Venezuela, El Salvador, Haití, y en este peregrinar, por alguna razón nos encontrábamos en el camino, y terminé conectando con esas personas. Al momento que me contaban sus historias y lo que tuvieron que pasar para llegar aquí se me hacía muy impactante, la canción está dedicada a una amiga que es de Venezuela, ella tuvo que migrar y estando acá perdió a su papá, que se quedó en Venezuela y murió por falta de un medicamento que acá es muy accesible, murió de una infección, y la impotencia de ella, por no poder hacer nada, no poderlo ayudar ni tener la posibilidad de despedirse de su papá, esas historias son muy duras, entonces la canción es con mucho respeto, busca hacernos reflexionar sobre que todos somos iguales y que todos somos migrantes potenciales, y podríamos vivir una historia igual de dura que la de ellos, entonces es eso, hablar con honestidad brutal lo que representa la migración para muchas personas, que luego van por el sueño americano y mueren en el desierto, es horrible… por un balazo en la cabeza, como dice la canción, es una realidad que pasa mucha gente. 

I: "No me gusta quien soy", me parece una hermosa oda a la soledad, me siento en tu vida ahí, viéndote despertar ojeroso y empezando otro día de mierda, un trago de la noche anterior por ahí, con cierto autodesprecio también…

F: Es la canción que más me identifica como persona del EP, muchas veces me da esa sensación de no estar cómodo con quien soy, de no sentirme orgulloso de los errores que he cometido, de levantarte y que te cueste verte en el espejo, creo que nos puede llegar a pasar a muchos, a veces me da por cuestionarme si realmente estoy haciendo lo que quiero, si estoy cómodo siendo como soy, es… como la canción espejo, me muestro tal cual soy, creo que lo necesitaba, era un medicamento para mí, mostrar esa parte honesta, ser brutalmente honesto y decir “me estoy quedando sin amigos y no me gusta quien estoy siendo”, esta onda de a veces sentirte tan vacío y tan solo, creo que es lo que hace la canción tome mucho sentido. 

I: “Dónde estás mamá” la sentí como un folk con toques country-rock y coros hasta como de gospel… ¿Cómo llegaste a ese sonido?

F: Es una obra con Isabel, que sabe darle al punto. “Dónde estás mamá es una canción que compuse para mi papá cuando murió mi abuela, yo lo escuchaba llorar en el baño y decir “dónde estás mamá”, a mí me impactaba ver que mi papá no lloraba frente a nosotros y que se encerraba en el baño… la compuse en el 2014 y no había tenido oportunidad de sacarla. Ahora que murió mi mamá… pues se me hizo muy loco porque terminó siendo una canción para mí, terminó siendo una especie de cura para estos sentimientos de tristeza, y nada, salió el 2 de noviembre y fue una ofrenda para el altar de mi madre. 

I: ¿Algunas palabras finales que quieras compartir con los lectores y escuchas? 

F: Espero que con este EP sientan un abrazo de aguamiel con alguna de las canciones, creo que las canciones llegan en el momento en que tiene que llegar, se descubren cuando se tienen que descubrir, ojalá que sirva para abrazar el alma de quien lo necesite en ese momento. De mi parte tienen toda la honestidad y la calidez que a veces no se encuentra en otro lado, en estas canciones ahí les estamos regalando un soporte a la vida. 

Alberto Aguilera Valadez, las dimensiones de un artista llamado Juan Gabriel

Por Sergio Martínez


Debo, puedo y quiero (Netflix 2025) documental de José María Cuevas, nos muestra a Juan Gabriel en primera persona, a veces desde la mirada y voz de Alberto, otras desde la figura del artista que despliega voz, baile y su peculiar personalidad para cantarle a la vida.

Construido principalmente con videos caseros personales, llamadas telefónicas, entrevistas, presentaciones y material de diversos programas televisivos, el documental nos lleva de mano por la vida del Divo de Juárez, desde sus inicios en aquella ciudad fronteriza, la cúspide de su carrera en unos memorables conciertos en Bellas Artes que levantaron ámpula en la entonces comunidad culta de México hasta el multitudinario cortejo fúnebre también en Bellas Artes.

Alberto siempre supo que él y Juan Gabriel llegarían al éxito total con sus canciones, no se explicaría de otra forma que cámara de fotografía y de video en mano, capturaría toda su vida, abajo y arriba del escenario.

El talento de José María Cuevas es crear un ensayo visual donde el espectador descubrirá mientras el documental avanza, como Alberto construye a Juanga. Son las vicisitudes de su vida, el amor por su madre, su difícil infancia, el inicio de su fama, la crítica a su personalidad, sus estados emocionales entre otras cosas, el combustible de dónde vienen sus canciones, piezas musicales que han permeado en múltiples generaciones y algunas se han vuelto himnos que se entonan todos los días en cualquier casa, funeral, cantina, karaoke, o en intimidad para confesar algún dolor, o el gozo del amor.

Entre las varias perlas que nos muestra el documental de cuatro episodios, podemos ver su correspondencia personal, cartas, dibujos, y letras de canciones con borrones y rectificaciones de puño y letra; que nos muestran piezas claves de la vida de Juan Gabriel.

La magia de Alberto fue escribir canciones, que conectaron instantáneamente con el público y se volvieron parte de su memoria sentimental, eso nos cuenta el documental, la vida de un artista, las dimensiones humanas de Alberto Aguilera Valadez, que se amalgaman y se imbrican con Juan Gabriel y lo hacen uno de los artistas más queridos y cantados de México y Latinoamérica.




Juan Gabriel: Debo, puedo y quiero.
Dirección: María José Cuevas.
Guion: María José Cuevas, Manuel Alcalá, Eduardo Donjuán, Álvaro de la Lama.
Producción: Laura Woldenberg, Ivonne Gutiérrez.
Fotografía: Axel Pedraza.
Compañía productora: Mezcla.

El destino es redondo: Sísife

 


Por Pablo Rodríguez | Fotos: Eka Ríos


A inicios de los ochenta, el dramaturgo Samuel Beckett llevó a televisión cuatro seres que ejercitaron el vacío. Cuerpos que no podían rozarse y que, sin embargo, trastocaron todo. Como recuerdo y partida de esta obra de Beckett, Sísife es una puesta dancística que busca recorrer el espacio escenográfico e íntimo de sus espectadores. Esta pieza, encabezada por Selene Beltrán y David Flores Ortega dimensiona el movimiento de la ya conocida piedra de un Sísifo que nunca llega a la cima. Ahora, una Sísife nos muestra su danza, juego o condena alrededor de un destino redondo que es, al mismo tiempo, todas las formas y ninguna.

Selene y David, como en un poema de Wisława Szymborska, tocan una piedra ya no para saber una respuesta, sino para preguntar. En escena vemos dos cuerpos que se empujan, cargan, equilibran y se dejan caer. Cuerpos que se infligen a ellos mismos con la intención de saber dónde termina uno y empieza el otro. La interpretación, así, se abre: una danza que con sus juegos de luces y música muy al estilo de Takashi Kokubo, recorre la densidad de las cosas que, simbólicamente, cargamos: el amor, el deseo, el futuro, el tiempo, la frustración y todos los nombres, nuestras piedras y pasiones posibles.



Resaltan, entre las interacciones de les dos bailarines, el juego con la piedra: una que les dobla el diámetro y altura, hecha de retazos que, más que utilería, es sujeto vivo. Vemos tensos hilos que la rodean; brazos y piernas que sobresalen ante cualquier movimiento. Una redondez que no termina porque pertenecemos a ella, a sus (nuestros) fragmentos. Les bailarines se rodean y son rodeados por la piedra; giran y el aire les sostiene; dimensionan el peso y, con lentitud, saben nombrar las pieles que son, que fueron y que serán. Tal vez esa sea la metáfora que brilla entre las respiraciones de los cuerpos en movimiento: la única manera de habitar el cuerpo presente es volverse su propio peso, dimensionar qué tanto se piedran (sí, como verbo, no como sujeto) las demás pieles.

Y como quien mira la cuesta y no teme volver a empezar, Sísife se recorre a sí misma y su intención no es llegar a ningún lado. No hay inicio y fin, como en los trazos del Quad de Beckett: hay una con-tensión hacia el centro. La piedra que somos para nosotres mismes y para les demás es arrojada, pero también abrazada, fundida en silencio: un caracol que viaja hacia su centro. Un volver a empezar cada que agachamos la espalda y una carga nos espera.


“SÍSIFE / Las pieles que hemos sido” se presentó el viernes 28, sábado 29 de noviembre y los próximos viernes 5 y sábado 6 de diciembre en el Foro de Arte y Cultura como parte de la programación de Habita la Escena Jalisco 2025. Boletos disponibles en la boletera voyalteatro.

 

 

Pablo Rodríguez (Xalapa, Veracruz, 1997)

Poeta, gestor y editor. Licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas por la UV. Becario del PECDA Veracruz, del Curso de Creación Literaria para Jóvenes de la f,l,m. y del Festival Cultural Interfaz, los tres en el área de poesía. Textos suyos han aparecido en medios digitales e impresos como Periódico de Poesía, La Revista de la Universidad, La Razón, Casa del Tiempo, Punto de Partida, Carruaje de Pájaros, Punto en Línea, Casapaís, entre otros. Ha participado en diferentes antologías dentro y fuera del país y ha encabezado proyectos de promoción del libro y de la lectura.

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