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Letrinas: Sí, es el traje

Por Hugo César Moreno | Ese personaje de rasurado matutino, de pulcritud a medias, de gesto horrorizado frente a un niño con dulce en la mano a punto de joderle el trajecito barato y la factura de la tintorería, es una de las ciento cincuenta y siete cosas que más me cagan.

18 diciembre 2014

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Noche Suripanta | Por Hugo César Moreno |

Sí, es el traje


El personaje triste, esmirriado, bocabajeado con el cabello endurecido con gel para peinar, calzado de negro mal boleado, traje azul marino, corbata roja, amarilla o chillona, oliendo a brut y almohada, compañero de viaje en el metro o el camión, debería tener un sabor filial, casi militante, debería oler a compañero de cruzada. Sólo por el hecho de compartir el mismo fondo y tragar los mismos desperdicios. Me debería surgir la palabra camarada y escurrir una lágrima de comprensión: camarada, la liberación está próxima, la corbata, símbolo de la opresión que padeces, será quemada en el altar de la igualdad. 
 
De alguna manera somos iguales, de una manera muy culera, somos iguales, porque la igualdad es para los iguales, hay algunos más iguales que otros. Somos iguales por esa ciudadanía del vertedero. Por tanto, deberían estar dentro de las cosas que acepto. Pero no. Ese personaje de rasurado matutino, de pulcritud a medias, de gesto horrorizado frente a un niño con dulce en la mano a punto de joderle el trajecito barato y la factura de la tintorería, es una de las ciento cincuenta y siete cosas que más me cagan: el traje en conjunción con un pobretón que padece la vestimenta de los oficinistas oprimidos. Súper cagante. Lo peor es la ausencia de conciencia sobre su condición de esclavos. Portan el trajecito con aire de superioridad todavía más chacal que la marca pirata de la prenda. 
 
Me subo al camión, hallo un lugar junto a la ventana. Es un asiento mínimo, pero quepo bien solo. El pedo es que el espacio reducido junto a mí será usado por otro pasajero. No tengo suerte y se sienta un trajeado atormentado por los calores del verano. Se deja caer y con su cuerpo me invita a salir de la unidad por la ventanilla, pero me afianzo a mi lugar y opongo resistencia, órale culero, hágase pallá. Como no me muevo, voltea a verme con un dejo de molestia. Lo ignoro pero siento cómo me carcomen las ganas de arriarle un madrazo con el codo sobre su rostro sudoroso. Con gesto flemático sacude la pelusa de su saco corriente, se acomoda la corbata y mira mi ropa pandrosa (una playera de pearl jam y unos jeans grises con varias puestas encima), ojea hacia abajo para corroborar la pulcritud de sus zapatos, tienen manchas de pisotones marca metro y una ráfaga de frustración ensombrece su mirada, pero mis vans viejos y sucios lo hacen sentirse superior a mí. Pobre pendejo. Él tendrá que llegar a checar y pasarse ocho horas nalga en una oficina donde la secretaria dostrés buena le da picones sexuales, pero no le prestará aquellito por naco y pendejo y pobre. Pobrísimo pendejo, goza de una ilusión de superioridad clasial sólo porque lleva traje, a güevo, pero traje. No sé, imaginará que soy desempleado, vagabundo, jipster trasnochado, jipi perfumado o simple lumpen con cinco varos pal pasaje y ya dirá después el talón.
 
No es que me sienta superior a él. Me sé superior a él nomás por reconocer mi vitalidad mierdosa. Nomás por saberme superior al evitar el trajecito a toda costa. Hace mucho no uso uno, hace mucho no uso corbata y ya he olvidado cómo se hace el nudo. Hace poco, nomás por torturarme, intente hacer el nudo de la corbata. Fracasé miserablemente y me invadió un gusto a triunfo y contento que hacía meses no sentía.
 
           Es el traje en esa operación con el cuerpo lo que me caga. He visto cuerpos portando trajes caros y no son cagantes. Ahí la superioridad está definida por la clase social más que por el precio. La confabulación de elementos da otro resultado. En ese sentido, lo cagante son los jipijipster tránsfugas de clase que asumen en la pandrosidad una capacidad política para la transgresión. Pero eso es cagancia para otro momento.


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Hugo César Moreno Hernández (Ciudad de México, 1978). En 2003, con el Grupo Cultural Netamorfosis fundó la Revista Cultural Independiente El Chiquihuite. Ha publicado los libros Cuentos para acortar la esperanza (Netamorfosis, 2006); Cuentos porno para apornar la semana (2007, FETA-Conaculta); Cuentos cortos para acortar el domingo (2008, Cofradía de Coyotes-Netamorfosis) y Enseres de supervivencia (2011, Cofradía de Coyotes-Netamorfosis); el libro infantil Así aprendió a volar José (2009, Cofradía de Coyotes-IMC). Aparece en las antologías Abrevadero de dinosaurios, Ardiente coyotera, Perros melancólicos, El infierno es una caricia y Coyotes sin corazón. Fue becario del FOCAEM durante 2009 y actualmente imparte el taller de Poesía y Narrativa en el Faro de Indios Verdes.
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