Por Jorge Sosa |
Pienso mucho en el título del libro de Jorge Orlando Correa, Primeros y últimos instantes de una mañana (Liliputienses, Sindicato Sentimental, 2024). Primero porque me hizo reír al recordarme a la asociación mormona. Luego porque tiene un sonido lindo, pegajoso, como estribillo pop. Los primeros instantes de una mañana también son lo que los artistas plásticos llaman hora mágica, una iluminación natural muy expresiva, sin exceso de luz directa. Por otro lado, los últimos instantes de una mañana son el peor momento para tomar una foto o para jugar futbol, el punto más alto del sol “quema” todos los colores y deshidrata al más atlético de los jugadores.
El libro está dividido en cuatro partes (la primera es la que da nombre al volumen completo), cada una con ambientes y recursos de escritura claros y muy distintos. Fuera del momento en el que los textos hayan sido escritos, me parece que plantea cuatro búsquedas. Cuatro formas distintas de cocinar un pollo, por decirlo así.
Por momentos, tiene un tono confesional con el que es imposible no sentirse identificado, en especial cuando habla de la infancia como ese lugar en el que la memoria suele sugerir que estuvimos solos:
en el corazón de un miedo
junto a recuerdos escolares
encuentro la bicicleta
con la que aprendí a huir
de ladridos y regaños
el temor a caer
un impulso que conservo
hoy sin manubrio al que aferrarme
ni ruedas de apoyo
Es notorio el tránsito desde este lugar íntimo de creación hacia apreciaciones lúdicas, hechas con mucha ingenuidad, acerca del acto mismo de escribir o leer.
el lector no puede dormir
bañarse dar un paseo
escuchar un crujido
sin creer que un arma
desde un punto ciego
acabará con su vida
La colección de poemas de Primeros y últimos instantes de una mañana no es especialmente larga, pero al leerla de principio a fin da la impresión de que uno ha viajado un camino largo. Incluso la redacción de los versos es deliberada de una forma imposible de ignorar. Me gusta la idea de que escribir, en muchos sentidos, es borrar. Jorge borra con mucho cuidado, extrae elementos que existen a través de su ausencia, como un fotógrafo que busca la sombra que sugiere la presencia de un elemento que apenas existe y apenas no existe. Un fenómeno parecido a despertar, ver la sombra de un perchero y tener miedo por un momento de que se trate de un asesino o un espíritu maligno.
Quizá la asociación “religiosa” que me hizo reír tampoco es totalmente gratuita y el libro en muchos sentidos es un evangelio sin dogma, con sus cantos y sus parábolas, pero sin promesas de salvación.
