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Círculo de Lectura: Nómadas quietos, vagabundos tropicales

"Vagabundos tropicales" de Blas Dotta se establece en la quietud ganada por el movimiento y la fuga, tiene un lugar nodo, un mundito gigantesco, una belleza tropical carcomida por dentelladas de arribos.

18 marzo 2015

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Círculo de Lectura | Por Hugo César Moreno Hernández |



Dotta, Blas. Vagabundos tropicales. San José, Costa Rica, Editorial Germinal, 2013.


Si el mundo es un pañuelo, como dicen las abuelas, entonces lo interesante es esconderse entre los pliegues y desplegarlos, alisarlo, estriarlo, inventarle hoyos de gusano, repetir los caminos para inventarlos con los pasos andados al practicarlos una, dos, tres, mil veces. Si el mundo es un pañuelo, en sus bordes nos queda lo desconocido con semblante de horizonte. Como dice el abuelo de Vagabundos tropicales “quizás ese es el problema y la solución a su vez: redescubrir lo descubierto”. Blas Dotta ha recorrido buena parte del pañuelo, por eso mismo, no es complicado comprender por qué se encuentran personajes redescubiertos, recreados por ser extraídos y reformados en este lugar cintura. Pero si queda alguna duda sobre la natural veta que une la anterior novela de Dotta (Breves en el tiempo) y Vagabundos tropicales me parece que la explicación es sencilla: si el mundo es un pañuelo, entonces se puede crear un mundo exclusivo a través de la palabra: una América que inicie en la Ciudad de México con una mujer que une los linderos, el principio y el fin, las fronteras de esta tierra media que termina en Nicaragua, porque “una hembra caño que después se hace laguna”, después hace mar y penínsulas y ensenadas, y cayos y orillas, todo húmedo y caliente.

                La estación del Metro Indios Verdes, al norte de la Ciudad de México es un mojón fastuoso, las calles de la Gustavo A. Madero, sus colonias desclasadas y las avenidas desembocantes en santuarios me incitaron a dibujar el mapa de estos vagabundos. Es el cuerpo de ella, delgado, fibroso, plástico, duro, de formas centroamericanas habitando tierra de lobos y devorando a un ciervo del istmo continental, es el mejor contorno para desentenderse de geografías lineales y lograr sentir los saltos, las nostalgias, los miedos y esa dulce pereza tropical cuando los peces y las gotas de lluvia alimentan almas y sanan heridas, sin olvidar su facultad para oscurecer rastros y hacer de las despedidas acto absoluto, casi mortal.

América anudada y pesada por los bordes nace ligera, con belleza primigenia, salvaje y sin caminos rectos. Por eso Blas no puede (aunque lo intente) identificar la línea narrativa recta, y qué bueno, porque así se deja herir por los accidentes orográficos, hidrográficos, migratorios, por las lanchas movidas por motores de no sé cuántos caballos de fuerza, por locuras del sur, por manufacturas del norte, por gente del centro, por peces y cocodrilos, por conflictos políticos de corte pueblerino. 

Ese aire a crónica que sin previo aviso ataca la estructura de la novela es derribado, con la misma fuerte embestida, por incursiones subjetivas o por construcciones que retratan el sopor de un día sin trajín, con un río apresurado para llegar al mar. Los cambios de velocidad, ya sea en lancha, ya sea al interior de la voz narrativa, semejan una piel tostándose, muriéndose, envejeciendo con la adecuada consistencia del tiempo, porque, como bien nos dice Capote, “no se puede terminar de construir la salvación sin parecerse a una mujer envejeciendo más rápido que uno mismo”, una mujer tierra, planeta, mundo pañuelo, mundo universo, una mujer quizá sea la mejor guía para perderse entre los pliegues acuáticos de un rincón.

Vagabundos tropicales crea, así, un lugar. El lugar de Blas Dotta. Un espacio donde los personajes caen llevados por la búsqueda. Buscar es el verbo, pero no atina a solucionarse. Sólo produce encuentros no buscados. Cruces de líneas, cruces de flujos humanos en búsqueda, en punto de fuga y las orillas de Barra condensan los líquidos humanos en escape. 

No importa dónde diga Blas esto al interior de la novela: “La expresión de una pesadilla colgaba de sus ojos”, no importa por dos razone: una, al indicar evocación implica combustible de evasión, punto de ignición para que los flujos en fuga estallen hacia cualquier lugar; dos, porque me remite a la posibilidad de un rostro para la ciudad. Puede ser cualquier ciudad, pero está instalada en mi ciudad, el Distrito Federal, la vieja ciudad de Hierro. Nosotros somos las pesadillas y escurrimos como lágrimas. Sin embargo, los personajes de Blas escurren hacia el sur para perderse en la salinidad de un paraíso sin reloj. No entiendo el nomadismo sino está amparado por la ausencia del tiempo cuadriculado en el reloj de las oficinas, las fábricas, los televisores. Estos nómadas de Blas viajan a la locura, no la insanidad, a la locura de un mundo sin horarios, a la nostalgia de la pérdida, al dolor de la búsqueda que no encuentra. La pesadilla de “sent[ir] un golpe de mar y viento al verla, como una inundación que lo invade todo” ocasionada por la libertad. Esa libertad de no tener que producir.

Si bien la nostalgia es una constante a lo largo de Vagabundos tropicales, es con Akki donde adquiere pesadez, un ansia pegajosa y el mapa de América deja ver los puntos rojo sangre que la han consolidado (ya sea como alfeñique, ya sea como lugar para vivir). Por supuesto, la novela no tiene intenciones políticas, no en ese sentido aleccionador o programático, pero con tantos cruces no puede alejarse de ella, sólo porque es otro flujo de lo humano y ese flujo se le escurre a Dotta entre las letras y hace historias y crea muertos y extravíos y, sobre todo, nostalgia, esa nostalgia tristísima. Akki es el primer personaje en aparecer en Vagabundos tropicales, pero es lateral, ni siquiera es guía, sólo punto, no es eje, es amalgama, casi inmóvil en su búsqueda sólo alcanza un gramo de redención cuando se mueve un poco para acariciar los cruces que ha logrado porque “una lágrima parecía haberse alojado en la grieta de su cicatriz sin poder deslizarse hacia abajo, aprisionada por el recuerdo”, y al ser sacudido por los otros cuerpos que le hablan, la lágrima escurre hacia el suelo y le aclara la visión, puede mirar entonces el borde del pañuelo.

Nómadas sin rumbo se quedan en el sitio divido por un río quizá como metáfora que les recuerda el mundo del que huyen. El lugar de Blas Dotta, imaginario o cierto, no importa, parece ser el verdadero borde del pañuelo donde todo parece querer tirarse al borde, pero el clima, la sabrosura, la inclemente pesadez, otorga paciencia, tanta paciencia como para mirar hacia el abismo y no sentir terror ni ganas de acariciarlo de cerca. Estos vagabundos aprenden, en ese lugar, a quedarse quietos, aunque sea por un momento, y cuando alguien más se aparece se preguntan “¿Qué viento lo habrá traído a esta cintura de tierra a punto de caer en el mar?” como preguntándose a sí mismos por su condición.

Vagabundos tropicales de Blas Dotta se establece en la quietud ganada por el movimiento y la fuga, tiene un lugar nodo, un mundito gigantesco, una belleza tropical carcomida por dentelladas de arribos y sugiere explicitar el carácter de Latinoamérica, porque, “ya sabés, en lugar de billetes juntamos orillas”.



 
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