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Amar la incertidumbre: la invocación del amor de Elsa Cross

Falses Beatniks | Por Liz De Roman

 

Esto es amor, quien lo probó lo sabe

Lope de Vega

 

Desde que tengo memoria, el tema del amor ha estado presente en mi vida y, contrario a la interesante (y quizás divertida) idea de buscarlo activamente en mis relaciones personales, me fascinan un poco más las historias que se proponen contarlo, así no sabes si habrá una sensibilidad distinta como en los animes y doramas en los que cada gesto y roce encierran una explosión de sentido o una alegría fugaz de ver el coqueteo entre dos personajes de películas e incluso videos musicales. Aunque es cierto que este impulso nunca descansa, pues no importa el número de narrativas que conozca, una pregunta vuelve a aparecer para susurrarme: ¿qué es amar?

Si repasamos nuestras experiencias cercanas a lo amoroso, es muy probable que coincidamos con los artistas que afirman un hecho casi indiscutible: no importa cuántas sociedades ni cuánto tiempo transcurra, quizá la incógnita más íntima y, por ende dimensionada como una de las más importantes en el sentir humano, sea la del amor. Y esto no con el afán de colocar lo amoroso en el centro del mundo, sino para preguntarse nuevamente por qué el amor es tan complejo y a la vez tan común de vivir. Rastreando dicha naturaleza, la obra Tu otro nombre de Elsa Cross se une a esta discusión y su misterio en una propuesta que juega con el peso del “nombre” y el acto de “nombrar”, pues aunque parezca una labor sencilla (casi automática) en realidad compromete un modo distinto de ver y existir en el mundo.

Pensemos en una de las certezas más grandes de nuestra vida: el nombre, esa etiqueta que moldea tu identidad y te afirma ante otros, a veces con cariño como en el caso de los sobrenombres o apodos, y otras con distancia o formalidad (para algunos apellidos o nombres que no reciben modificación alguna en el modo de llamarte); un grupo de palabras que encierran de principio a fin todas las cualidades, características e ideas que uno tiene de su persona a quien identificamos con solo evocarla en el pensamiento o abrir la boca. Sin embargo, ¿habrá algún modo de poner en duda ese nombre?, ¿tal vez de confrontarlo? La respuesta inmediata sería “sí”, y para una explicación más detallada los poemas de Elsa Cross exhiben que esa posibilidad radica en el amor.

Si nos dieran a la tarea, como en las películas, de pasar diferentes escenas y recuerdos que guardan cada instante en nuestras relaciones, ¿qué las distinguiría a unas de otras?, porque sin importar que todas las viva un mismo sujeto, nunca se salvan de condiciones y cambios que las afectan. Así, partiendo de lo más visible: la otra persona (que suele cambiar) hasta lo más profundo, la vida creada en compañía, Cross señala un fenómeno recurrente; el amor tiene múltiples dimensiones, la del amante es la que siempre quedará con nosotros (la perspectiva del que ama y puede declarar “yo amé”), pero hay algo más allá, algo que rebasa los hechos y las sensaciones o que las integra en una cosa innombrable, una manera de convivir con el otro que no posee una sola forma y mucho menos una sola etiqueta para describirse, un lenguaje que solo es comprendido por los que se aman en él y que Cross señala como el “otro nombre” que recibimos al estar con la persona amada y que es irrepetible.

Un aroma, un chiste personal, un apodo, una costumbre… en suma, el abanico de cosas que hacemos con esa persona en particular y que, aunque amemos después a otros y este conjunto cambie (sean otros gestos, otros apodos, otros chistes u otras vivencias), no podemos encasillar en una sola palabra, pero sí experimentarlo en el amor. Ese es nuestro otro nombre. Uno que jamás será nombrado porque no tiene una sola forma, mas sí reconocido como tal. Tú vives con una parte del otro y viceversa, el otro vive con una parte de ti. Un nombre adoptado en el amor.

Entre los aspectos clave del libro, resonaron mucho en mí los usos de otras nociones ligadas al espectro amoroso como el deseo y la sensualidad, resaltando su erotismo y el papel importante que en la experiencia del enamoramiento se le da a los límites del lenguaje o el poder de los silencios. Para lo erótico, por ejemplo, Cross me mantuvo a la expectativa porque plasmaba de manera muy meticulosa los argumentos de George Bataille y Byung-Chul Han (ambos filósofos) sobre el erotismo, el cual alejado de lo que se cree (un género pornográfico o sexualizante) tiene teorías en las que se habla de un encuentro con “el otro” y su alteridad. Es decir, al conocer a alguien lo que hacemos es dejar de lado nuestro egoísmo y las barreras que nos encierran en el “yo” (esto es en nosotros mismos y nuestra forma de ver las cosas), por lo que de dicha experiencia se puede llegar a una especie de “fusión con el otro” a partir del cuerpo o el afecto o ambos. En los poemas de la autora el juego de cada elemento de lo amoroso y del erotismo se confunde o se mezcla, aludiendo a que al final se asumen como eso, una fusión entre dos individuos que por instantes dejan de ser “dos” y se vuelven “uno”, al grado en que no se sepa quién es quién: “ese instante/ contiene/ todo el espacio/ en sí/ todos los tiempos/ en sí/ en nos”.

Por otro lado, en cuanto al lenguaje y el silencio, se nos muestran dos paralelismos: tanto se puede hablar del amor como no conseguir hacerlo en plenitud (la famosa frase “las palabras no son suficientes para transmitirlo”) y por lo que refiere al amor, se basta con no nombrarse por completo (aquí aplica en parte lo de “un silencio dice más que mil palabras”), entonces es posible leer fragmentos en los que la voz (generalmente femenina) no alcanza a expresar sus sentimientos y a la vez no lo necesita pues lo importante es transmitir ese conocimiento que compartimos todos por haber amado alguna vez; “desde qué fondo invisible/ viene esto que sabemos/ sin decirlo”, “poco a poco / nos contiene en su silencio/ esta cesura/ nos hace entrar en su núcleo/ de potencia infinita/ y antes de que existan/ acomoda/ y revuelve las palabras”, de ahí que “busque cómo decirse/ y se dice mejor en el silencio”.

A lo largo de los poemas se puede sentir la ambivalencia que solemos asociar al amor (más de uno no lograría mentir si nos cuestionaran el que no todo en su experiencia es y ha sido agradable), de manera que, aprovechando tal dinámica, los estados emocionales en que se encuentra la voz de los poemas cambia tan alternadamente como lo hacen los apartados de cada capítulo. Algunos fragmentos como “Y en el latido que pulse y se detenga/ habrá sólo amor/ sólo tu amor” o “ un instante contigo/ y todo se transfigura/ se vuelve/ esta fulguración” se percibe un proceso que intenta abarcarlo todo y que también carga “luz” e intensidad. Pero como lo declara la voz en otros versos “este amor [...]/ se juega todo entero a cada instante” y es “una moneda al aire [...]/ no sabemos/ de qué lado del tiempo/ va a caer”, por ende, en el resquicio de sentirlo hay una incertidumbre que permanece, no sabemos si una persona nos corresponderá o no (y, de hacerlo, si será en la misma medida en que nosotros la amamos) o si en algún punto de la relación ésta se volverá monótona, fría e indiferente.

A la par de la falta de certeza, existe un contrapunto al que le suelen temer todos los que aman: la ruptura. ¿Qué pasa conmigo cuando el “nosotros” vuelve a ser “tú - (menos) yo”? Para esto, Cross recurre nuevamente al erotismo y la fatalidad de una pasión que consume al sujeto porque carece de la reciprocidad del otro como en “y tu ausencia/ se extiende/ como una madreselva/ y no deja ya ver/ en dónde o cómo o para qué”. Un dolor que cohabita con otros sufrimientos como la desolación, la ausencia o la despedida, así hallamos versos en los que se escucha que “perdemos suelo y cielo [...]/ de pronto estamos/ en una tierra ajena/ buscando un rasgo familiar/ cualquier indicio–/ pero todo se va ya” o la sentencia que describe irónicamente el duelo del desamor: “qué maligna ley retributiva/ hace pagar con lágrimas/ cada instante de dicha”.

Sin embargo, llegados a la descripción de los diversos matices en el amor incluidos el sufrimiento y la desdicha, resulta necesario puntualizar que aunque el discurso de Cross tienda a describir cómo una sujeto femenina se pierde en el amor y la pasión desbordados o comienza a “destruir” el sentido de sí misma y de la vida, las estrategias de su escritura (e incluso de las metáforas) no enaltecen las ideas que hoy concebimos como “amor romántico”. No se trata de un romance que crece en el dolor donde muchas historias quieren cubrir los abusos, la falta de límites o la adversidad y drama como “verdadero amor”, sino que funcionan como hipérbole de lo pasional, en la que los sujetos resienten en cada fibra de su cuerpo y de su ser los síntomas del amor y desamor. Empleando palabras como “destrucción” o “muerte” ejemplifica de un modo simbólico el traspaso de ser uno y “volverse uno con el otro” (a nivel corporal y sensorial) o el duelo de una relación que llega a su fin. En “la hermandad creciente con la muerte/ hace de cada instante/ un vino delicioso” el sentido que se la da a “morir” no supone una interpretación literal del acto, sino su equivalencia con los puntos cúlmines del placer, pues al estar tan embelesados en volverse uno con sus cuerpos, el gozo se lleva a un extremo máximo que solo podría tener comparación con algo que nos hace sentir nuestra existencia efímera (la muerte) y su eternidad (los orgasmos y el amor).

Finalmente, aunque me gustaron la musicalidad y los temas que emplea la autora, sintiéndose como la cascada de emociones que cualquiera ha experimentado al enamorarse (o padecer el rechazo y el abandono), habría sido interesante encontrar poemas con nuevas metáforas o lugares literarios para explicar el amor, quizá más centrados en los métodos actuales de las relaciones, lo cual no implica que Cross carece de una propuesta adecuada para su contexto, pues ejecuta con maestría y soltura un amplio catálogo de imágenes que Occidente ha utilizado para hablar de lo amoroso. Y, si hay algo que la autora parece decirnos con su poemario, es que en un mundo donde “la entrega sin acuerdos, límites ni precauciones” es peligrosa, uno tiene que atreverse a amar, aún con miedo, aún con concesiones y filtros, dado que las personas pueden ir y venir o dejar heridas que nunca sospechamos, pero el amor, su enigma y sus sorpresas siempre quedarán en el desarrollo de nuestros corazones.

La fuerza invisible de "Auliya": un viaje de amor entre la magia y el desierto.



Falses Beatniks | Por Ale Ballesteros


En algún lugar del Medio Oriente existe una pequeña aldea llamada Achedjar. La arena blanca y el sol abrasador cubren todo a su paso y apenas algunas plantas crecen en la región así como algunas cabras que dan leche. Los habitantes sobreviven día a día.

Dentro de esta miseria nace Auliya, una pequeña que es marginada desde el instante de su nacimiento debido a, entre otras cosas, tener una pierna más larga que la otra. La postura del pueblo hacía Auliya se funda en el miedo: nace de la ignorancia, no entienden y, por tanto, temen. En consecuencia, la tribu la considera un mal presagio y sus padres no tienen más remedio que ocultar a su pequeña hija. Lo mismo para los dones que ella comienza a manifestar tan pronto comienza su niñez…

El temor a lo desconocido es un fenómeno universal. En él encontramos raíces psicológicas, culturales e incluso biológicas. La reacción “natural” es el deseo de alejarlo y negarlo, si no es posible eliminarlo. Sin embargo, nunca habrá de existir una explicación que justifique la crueldad.

Murguía construye la imagen de una joven devota tanto de sus padre como de su fe. Una personaje que tratará de desmentir los rumores que han crecido en Achedjar y cuya lucha no será suficiente para esperar que pueda conocer a alguien que se case con ella. Una vida de soledad es lo que habrá que aceptar.

El cuidado determina mucho de su esencia. Por ejemplo, cierto día, un joven casi moribundo de nombre Abú al-Jakúm quien recién emprendía un viaje de autodescubrimiento con rumbo al mar, llega en el lomo de un caballo y los habitantes asumen lo peor del forastero. Asociando su misteriosa llegada con el mal presagio que es Auliya y esta idea cobra fuerza cuando la joven coja muestra interés en el enfermo. Será la única que limpie cada día sus heridas, lo alimente y ore por su recuperación, mientras el resto esperan su mejora para ver su partida inmediata.

A diferencia de su tribu, Auliya no adopta una actitud de rechazo a lo desconocido. Al contrario, se interesa en saber cómo y de dónde pudo llegar un joven tan mal herido. En aquellos momentos breves de lucidez que comienza a manifestar Abú al-Jakúm, el moribundo, muestra interés en los rasgos singulares que posee la joven que siempre está a su lado. Como agradecimiento, le contará numerosos relatos y en ella nacerá un deseo de salir a conocer el mundo, como aquellos viajeros de los cuentos.

Observamos el nacimiento de un amor que sobrepasa los prejuicios que el pueblo tiene sobre ambos. La autora narra este encuentro no encerrándose en la confusión, sino en el sentir de sus presencias, en interesarse el uno por el otro a través de pequeños detalles que reflejan sus verdaderas emociones. El joven herido, a pesar de saber cual es la probabilidad de su recuperación, procura mantener en calma a Auliya, brindándole una sonrisa cada vez que ella lo alimenta o cura sus heridas con los remedios caseros que prepara.

No obstante, encontraremos un tratamiento donde el amor aparece como efímero y Auliya, a través de este elemento, hará conciencia de sus poderes, la conexión que sus emociones logran establecer en los sueños, los eventos climáticos y eventualmente en el reino animal. Así, emprende un viaje en busca del mar del que escuchó hablar en las historias de Abu al-Jakúm.

Verónica Murguía nos adentrará en esta travesía por el desierto, el cual refleja la madurez que crece en su personaje a medida que se enfrenta con cada dificultad. Desde aprender a mantener comunicación con las diferentes criaturas que la ayudan a seguir su camino, aprender a manejar sus poderes y hasta la repentina ausencia de ellos.

Su estilo narrativo en tercera persona encaja con lo que desea transmitir a lo largo de su novela, combinado con la atmósfera poética, mítica y fantástica que crea, con un toque de metáfora en el renacer de Auliya. Resurgir sin más, que tu cuerpo sin memoria alguna de quién fuiste o eres lo redescubre de una forma tan genuina. Es decir, Murguía no crea una heroína inquebrantable, sino una joven que se deja cautivar por sus alrededores, que duda de lo que experimenta, sufre la incertidumbre, al igual que tiene constantes caídas, pero no la retroceden sino que la fortalecen.

Por momentos podemos llegar a cuestionar si algún día terminarán los constantes obstáculos que nuestra protagonista debe atravesar. Sin embargo, una suave brisa de mar es la que nos conduce a su final.

La protagonista pasa de ser una criatura solitaria y, a ojos de los demás, “peligrosa” a ser una diosa de la abundancia, emanando una esencia de valentía pura, sin dejar de ser la misma chica. Auliya es una joven que con frecuencia se ve perdida en diferentes cambios, físicos y mentales, demostrando que son consecuencia de la imagen que crearon de ella.

Podríamos relacionar sus diversos cambios con diferentes etapas de la vida. El tiempo no se detiene, vivimos eventos que nos obligan a cambiar. Estos cambios son confusos, a menudo frustrantes, a veces nos perdemos pero siempre podemos renacer de nuestros propios miedos.

Al final, encontramos una reminiscencia con la maga Auliya, que conectó con el mundo y lo multiplicó. Su esencia radica en renacer en algo más especial cada vez.

Quién es quién en «36 toneladas» de Iris García Cuevas


Falses Beatniks | Por Osvaldo Sánchez

 

Iris García Cuevas (Acapulco, 1977) nos presenta una novela negra que, lejos de ser mero entretenimiento, se convierte en una herramienta que utiliza para denunciar y tratar de entender, desde las decisiones de sus protagonistas, la crisis de violencia, corrupción e impunidad que atraviesa nuestro país.

En 36 toneladas se nos narra una historia sí, de un crimen, pero que busca responder una pregunta existencial: “¿quién soy?”. Y aún más atrevida, nos busca exponer temas como la ética, la justicia y el deseo de poder, emociones totalmente humanas que nos permiten conectar con la novela desde el primer párrafo.

Es precisamente la forma de contar la historia lo que nos deja ver su identidad, qué curioso, identidad pues si bien tiene elementos clásicos como la investigación policial, usa la amnesia del personaje como un recurso narrativo para exponer los vínculos de corrupción, narcotráfico y violencia. Esto hace que nos preguntemos si lo contado al protagonista es verdadero o si los implicados de alguna forma buscan ocultar o justificar sus acciones.

El punto de partida de esta novela te engancha en un instante: un hombre, Roberto Santos, despierta en un hospital sin recordar nada. Un policía de gafas oscuras lo recibe con tres noticias impactantes: la primera, asesinó a un hombre; la segunda, es un judicial que se ha robado una cantidad enorme de dinero; y la tercera: saliendo del hospital, lo matarán.

La amnesia de Roberto Santos se convierte en el medio por el cual García Cuevas explora cómo la identidad y la moral de los personajes son maleables y corruptibles en un entorno en donde todos buscan el beneficio individual, sea cual sea el precio. Y éste es el conflicto que realmente se busca resolver, ¿Santos realmente quiere volver a ser ese judaca corrupto y violento que todos le describen? ¿O es esta amnesia una oportunidad para redimirse de su pasado y comenzar como un lienzo en blanco a pintar una nueva vida y un nuevo futuro para él?

Lo atrapante de la narración de la escritora es que, a medida que Roberto Santos encuentra una respuesta que parece definitiva, siempre hay un personaje que dice lo contrario, lo que nos devuelve a una posición de incertidumbre. Nos vamos resignando junto con el protagonista, quien declara que su nombre o quien haya sido antes ya no le importa, pues su pasado se vuelve una carga de culpa, vergüenza, e incredulidad por los actos tan grotescos que le adjudican.

Pero no me malinterpreten, no vamos en círculos. Es más a encontrarnos en una caída libre descubriendo la verdad sobre todos los personajes implicados en la desaparición de los recuerdos de Roberto Santos. La historia avanza de manera vertiginosa dándonos un plot twist cada vez más y más intrigante, haciendo que cada página nos haga querer más y más respuestas.

Y no podemos dejar de hablar del personaje secundario más importante de la novela: la corrupción. La autora nos presenta al crimen organizado y a las fuerzas del orden como miembros de un mismo bando, como un solo ente omnipresente a nivel nacional que esparce violencia por cada rincón del país.

Se describe, con una precisión de miedo, las redes de colusión entre la policía y los militares, quienes deberían fungir como actores garantes de la ley. Sin embargo, son ellos los principales perpetradores de pactos entre criminales, donde la misma autora nos dice “entre más alto el rango, mayor debe ser tu compromiso con la corrupción”. Están los políticos, quienes facilitan las condiciones para que esta red de corrupción se mantenga y también puedan probar una rebanada del jugoso pastel que es el dinero del decomiso de drogas. Y, por último, los periodistas, quienes podrían pasar como héroes de la verdad, pero que, en realidad, a ellos también les parece oportuno sacrificar un poco de su ética siempre y cuando se les presente un cheque con el número correcto de ceros.

Esta historia no es una de buenos contra malos, de blanco o negro, es una historia de grises, una muy humana, real, cruda y una muy importante para seguir cuestionándonos la forma en cómo funcionan los espacios de poder en nuestro país.

En cuanto a su forma, la novela de Iris García Cuevas es de esas que empiezas a leer en la mañana y que no dejas de cambiar páginas hasta la noche. Una novela con capítulos breves, pero precisos. En sus capítulos siempre estamos al pendiente de los hechos, llenos de tensión, y reflejan perfectamente la urgencia que tiene Santos por conocer la verdad de su pasado. Dicha urgencia se contagia al lector, lo que hace que no nos despeguemos de la trama.

Además, algo plausible es la forma que adopta el lenguaje dependiendo de quién narra la historia. Este toque aporta frescura a las páginas y dota de realismo a la novela, pues a lo largo de la narración nos encontramos con los testimonios de un profesor de literatura, de una periodista, de una prostituta, de un judicial y de un político. Entonces, es lógico que ninguno de estos personajes cuente o recuerde de la misma forma las cosas.

Para terminar, me gustaría remarcar que la obra de García Cuevas no sólo logra plasmar una intriga absorbente, sino que la usa como plataforma para poner como tema de discusión la corrupción, la violencia y la opresión del narcotráfico en nuestra actualidad. Pone al centro del conflicto la búsqueda de la identidad utilizando la amnesia del personaje como un recurso narrativo que expone precisamente eso: el olvido de la moralidad de la propia sociedad, dejando de lado el sentido de legalidad y de humanidad. Hace ver que el hecho de perder la memoria no sea algo tan malo del todo, pues así, por lo menos, tenemos una oportunidad más de hacer las cosas de forma diferente.

Esta novela es de principio a fin reflexiva, pues la falta ética, la impunidad y los estragos de un Estado fallido son elementos de nuestro día a día. La autora supo cómo aprovechar esta realidad tan desesperanzadora para convertirla en una historia trepidante, intensa, con un equilibrio magistral entre la acción, el lenguaje, la narrativa y la ambientación. Cerrando por completo los enigmas planteados al inicio de la historia, pero dejando un rastro de incertidumbre sobre el futuro de nuestro protagonista. 

Muerte Caracol: el libro como presentación del lector


Por Alis Flores | Falses Beatniks


La novela llegó a mis manos hace apenas un par de días. Lo primero que captó mi atención fue el color llamativo de su portada. Dicen por ahí que “quien de amarillo se viste, en su belleza confía”. Aunque coloquialmente se dice que no se debe juzgar a un libro por su portada, esta me llamó a gritos y yo quería comprobar su osadía. Muerte caracol es una novela mexicana escrita por Ivonne Reyes Chiquete y republicada por la editorial Casa del libro de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL) en 2023.

Desde un inicio, la autora pone al lector en el centro de su juego. Nos hace pensar si, acaso, el libro en nuestras manos tiene algún problema de imprenta. “¿Y los demás capítulos?”, te preguntas. Conforme la trama avanza, lo notas. Sin embargo, las preguntas no dejan de surgir. Muerte Caracol no sigue una estructura lineal, en su lugar, hace uso de la narración enmarcada, es decir, cuenta una historia dentro de otra con el propósito de profundizar en la psique del personaje principal

La novela comienza en in media res y está organizada en once capítulos numerados de acuerdo a la historia secundaria. Ésta se empalma de manera en que cada acción en ella provoca una reacción o un pensamiento decisivo en el protagonista. Del mismo modo, recurre a una variedad de voces narrativas y tiempos que se entrelazan entre sí, brindando una perspectiva diferente de la historia.

El personaje principal, Carlos Sobera, es un lector ávido de la novela negra, esta práctica es su tarjeta de presentación. Carlos es un hombre solitario con una vida aparentemente cotidiana; trabaja en el área administrativa de un hospital, regresa a su hogar en transporte público y descansa en la soledad de su departamento después de su jornada laboral. Tiene, además, una rutina particular; antes de checar su salida pasa por el área de urgencias y siempre está leyendo como una manera de sobrellevar la realidad. “El asesino del caracol” es su lectura del momento, contiene una trama policial con personajes que van tejiendo en él una reflexión detallada sobre la pregunta: “¿qué hace a un asesino?” pregunta que se encuentra también en la contraportada del libro en mis manos.

La atmósfera impregnada en la novela está cargada de violencia, incluso en la descripción de actos comunes o rutinarios. Por ejemplo, comparar el sonido de un checador con el sonido de una guillotina u observar a alguien más en el transporte público, imaginándolo en situaciones intensas. Así mismo, apela a la experiencia como lector, pues refleja los modos propios al leer como un recurso para conectar emocionalmente con la trama a través de acciones como resaltar frases, doblar las páginas del libro para marcar el avance, ensimismarse en un libro hasta perder la noción del espacio y del tiempo o sospechar sobre los posibles giros en la trama.

De esta manera, puntualiza la introspección en el reflejo de algo nuestro entre las páginas de un libro, como si la autora quisiera recordarnos continuamente que estamos leyendo sobre algo de lo que somos parte de una u otra forma. Por esta razón, los temas de su obra no son ajenos a nuestro contexto actual, a la realidad que podemos ver, escuchar o sentir todos los días. La novela nos posiciona en el centro de un tema muy debatido, a saber, la naturaleza del mal en el ser humano. ¿Es, acaso, innata o su origen está en las circunstancias? La autora sólo plantea las preguntas, pero es el lector quien debe responderlas por su cuenta, tal como su protagonista lo hace a través de la exploración de la otredad reflejada en “El asesino del caracol”.

Por otro lado, la figura del libro funciona como metáfora del espejo: “Cuando por suerte se encuentra con algún lector, no necesita nada más que echar un vistazo al título para conformar toda la personalidad. Dime qué lees y te diré quién eres, piensa” (p. 28). En Japón, por ejemplo, la gente acostumbra a cubrir las portadas de sus libros con fundas de tela o de papel, pues creen que revela mucho sobre la personalidad de una persona y, al cubrirlas, pueden tener cierto control sobre su privacidad. Esta puede ser una idea algo controversial e incluso incómoda, pero no irracional. La figura del libro es también una herramienta que el ser humano tiene para acceder a su fantasía: “Las novelas que más le gustan son aquellas que lo han retratado, que al entrar a la página 23 le dicen algo así como “este personaje podrías ser tú” y que en la 102, le expone una tesis con la que él está completamente de acuerdo” (p. 40).

El recuerdo es un factor útil de esta fantasía y de la necesidad de comprender el origen de todo. Los personajes de “El asesino del caracol” funcionan como una especie de guía y, a la vez, como el reflejo de las personas que marcaron la infancia y la juventud de Carlos Sobera, quien puede contemplarlos desde “lo alto”. La narración de los personajes en la segunda historia va conformando un todo en el entendimiento del protagonista sobre sí mismo y su relación con personas cercanas a él.

Otro punto importante dentro de la novela es, justamente, la contemplación de los otros, formando una espiral de acciones y reacciones. Para escribir, es necesario hacer uso de nuestros sentidos, pues a través de ellos podemos comprender el mundo y nuestra posición en él. Observar es parte de esto, no se escribiría sobre algo que no se conoce y, la violencia, en todas sus facetas; rechazo, burla, golpes, etc., es algo que el ser humano parece conocer demasiado bien, aunque aún no responda a la pregunta de su origen. La novela no pretende ser una crítica de la sociedad, o al menos no de manera explícita sino más bien lúdica. Expone los argumentos conocidos sobre la naturaleza del mal en el ser humano, pero lo hace desde la imparcialidad, como un: “mírate, míralos, míranos, ¿qué opinas?”. Al final, queda en el lector de Muerte Caracol encontrar sus respuestas y su postura.

En conclusión, considero que es una novela con una trama llamativa igual o más que su portada. El cambio constante en los tipos de narradores provoca que la novela se perciba fragmentada en algunas partes y algo pesada por momentos, como si estuviera descuartizada, pero supongo que ese es su propósito. El final fue mi parte favorita, creo que fue muy humano, pero sobre todo conciso y con una decisión que no me esperaba por parte del protagonista. Un acto tan impredecible, tal como a él le gusta.

Es una obra que recomendaría leer a quiénes no son fanáticos de las novelas policiacas, creo que es un buen inicio porque es solo un guiño a ellas y una crítica a la vez. Quién sabe, igual y despierta su curiosidad o trae sus memorias de regreso, tal como le pasó al protagonista. Aunque, claro, es un libro para todo tipo de lectores. La recomendación es que no subestimen Muerte Caracol, no es solo una portada bonita.


Observaciones fuera de lugar que quizá no sirvan para nada:

Por momentos, algunas citas me recordaban a canciones o series, porque, si lees y tu mente no divaga, ¿de verdad estás leyendo? A continuación, algunas divagaciones sobre el libro:

  1. “¿Cómo se había atrevido a siquiera pensar que la venganza no era motivo suficiente? ¿Qué no era Dios el ser más vengativo?” (p. 96) Me recordó a: “Si quitáramos la venganza de las sagradas escrituras, no quedaría texto suficiente ni para llenar un panfleto” Blair Waldorf, Gossip Girl (serie). Creo que es un argumento muy común para  justificar la venganza. Y algo osado, si me lo preguntan. 
  2. “Podrán acabar conmigo, pero siempre habrá alguien más” (p. 84) Me recordó a Heathens de Twenty One Pilots (canción). Uno de los puntos que el libro referencia es que cuesta imaginarse a sí mismo y a los demás como posibles agresores, quienes sólo necesitarían un detonante para activar ese lado.
  3. “Es una idea ya muy manida esa de que el criminal en el fondo es igual al detective que intenta atraparlo. Los dos tienen las mismas dudas, el mismo dolor, solo que uno erró el camino” (p. 97) Me recordó a Death Note (anime). Creo que se explica por sí mismo: en mis tiempos, ser team Kira o Team L decía mucho de ti. 

Un pájaro que ya no está


Por Jorge Sosa |


Este texto recoge y amplía lo que escribí para la cuarta de forros del libro “Los poemas humildes son verde menta” de Iván Mata, editado por Ediciones Come Fuego.


Iván Mata es el poeta más vulnerable que conozco. El que está en más contacto con sus propios afectos y odios. Escribir, para mí, es un acto de observación. Iván es más preciso, en él parece un acto de escucha. ¿Qué escucha Iván? Sus tiernas y violentas emociones. Los chismes en redes sociales. La música de los aparatos de gimnasio y las tijeras que cortan cabello en las estéticas. El canto de un pájaro que ya no está, del que solo queda la jaula. 


El nombre del libro tiene su origen en una tendencia clasista de TikTok que señala que el color “verde menta” es predominante en las fachadas e interiores de las casas de las personas pobres. El ejercicio de apropiación de Iván para su libro no evade la naturaleza odiosa de los videitos de internet. Hace belleza de la tirria. En especial, de la propia:


“Sería una persona grosera con todos

porque tendría amor

el tuyo

a cada momento, donde sea, cuando fuera.”


Cada vez que leo de nuevo el libro, me río. Supongo que las personas que crean y comparten videos en redes sociales burlándose de alguien más, también se ríen. El humor de Iván está de un lado de la balanza que aprecio mucho. Me hace recordar que no me importa mucho la caricatura de mi persona. 


Es tan cándida la forma de escribir de Iván, que a veces me distraigo con lo mucho que me gusta lo que dice y dejo de prestar atención a lo mucho que me gusta cómo lo dice. Es el truco que comparten una gran balada pop y una naturaleza muerta. El bailecito lento y las frutas son tan bonitas, que parece que estuvieron ahí siempre y no son el producto de miles de notas y colores mezclados hasta el hartazgo.


Los textos de “Los poemas humildes son verde menta” parecen escritos con la energía encontrada para seguir bailando en una fiesta a las cuatro de la mañana. Un momento de lucidez en medio de un cansancio abrumador. Después de llorar, quedarse dormido y despertar de nuevo todavía intoxicado. Es un mal momento para tomar decisiones, pero Iván demuestra que es un buen momento para hacer poemas.


El Lobo Estepario: perderse para encontrarse (y no morir en el intento)

Náuseas y otras lecturas | Por Sabina Aruña 


Un lobo entre humanos domesticados

Si alguna vez te has sentido como un bicho raro, como alguien que no encaja, como si estuvieras hecho de otra sustancia más densa y triste que el resto de los humanos funcionales que sonríen en la fila del banco... entonces El lobo estepario de Hermann Hesse puede que no solo te entienda, sino que te abrace con una copa de vino en una noche larga y existencial.

Esta novela no es una historia con inicio, nudo y desenlace al estilo Disney. Es más bien como abrir el diario de alguien que se está desmoronando por dentro, pero que tiene la lucidez (y la honestidad brutal) de admitirlo. Harry Haller, el protagonista, no soporta el mundo en el que vive. Lo encuentra superficial, burgués, predecible, y él —con su sensibilidad a flor de piel y su desesperanza crónica— se siente como un lobo atrapado entre humanos domesticados. De ahí el apodo: el lobo estepario. Medio hombre, medio bestia, completamente jodido.


Una rabia silenciosa contra lo normal

Lo que hace especial esta novela es que no trata de "curar" a Harry ni te ofrece fórmulas mágicas. Aquí se habla de depresión de verdad, de la angustia existencial que te deja paralizado en tu sillón viendo cómo todo el mundo sigue su rutina sin preguntarse nada. Hesse pone sobre la mesa el conflicto entre el individuo que piensa y siente demasiado y una sociedad que premia la comodidad y la estabilidad por encima de todo.

"Porque esto es lo que más odiaba, detestaba y maldecía, principalmente en mi fuero interno: esta autosatisfacción, esta salud y comodidad, este cuidado optimismo del burgués, esta bien alimentada y próspera disciplina de todo lo mediocre, normal y corriente."

¡Zas! ¿Cuántos de nosotros no hemos sentido esa rabia silenciosa contra lo "normal"? Contra esa gente que parece tan feliz con su coche nuevo, su casa de interés medio, sus vacaciones en Cancún y sus conversaciones de oficina sobre promociones y seguros médicos. Mientras tanto, tú estás ahí, sintiendo que te estás pudriendo por dentro, que la vida no tiene un sentido claro, que todo es repetición y ruido blanco.


No hay moraleja, hay espejos

A medida que avanzamos en el libro, Harry se encuentra con personajes que, en lugar de sacarlo de su agujero con frases bonitas, lo empujan más adentro... pero para que vea que hay más allá. Hermine, por ejemplo, le muestra un mundo de placer, música, baile, contradicción y posibilidad.

Y luego está el famoso "Teatro Mágico": una especie de viaje simbólico al corazón de su propia mente, donde enfrenta todos sus yoes posibles, sus miedos, sus deseos reprimidos y su necesidad de romperse para comprenderse.

Leer El lobo estepario en momentos de crisis existencial puede ser como mirar a un espejo roto: duele, pero también te muestra partes de ti que nunca habías querido ver. No te da respuestas, pero te hace las preguntas correctas. No te dice "todo va a estar bien", pero te dice "no estás solo en esto".

"Yo no tenía vocación para estar feliz en el mundo. Me faltaba el arte de vivir, el arte de ser feliz."

Simple, directo, demoledor.


¿Y quién era ese tal Hesse?

Hermann Hesse no escribía desde una torre de marfil. Él mismo estuvo roto: perdió seres queridos, sufrió depresiones severas, se alejó de su país, de su familia y hasta de sí mismo. El lobo estepario fue, de hecho, su forma de sobrevivirse. Lo escribió en uno de sus peores momentos personales, como una especie de catarsis literaria.

Y si te quedas con ganas de más, no te detengas ahí: Demian es otra joya que explora la dualidad interior entre lo que mostramos y lo que reprimimos. Siddhartha, por su parte, es ideal si lo que necesitas es tomar aire, pensar en el camino, el ego y el silencio interior, sin caer en el rollo de gurú barato.


Para cerrar (sin moraleja)

Leer a Hesse es como emprender un viaje sin mapa por tu propio laberinto mental. No te promete una salida, pero sí te ofrece compañía. A veces, eso es lo único que necesitas para seguir caminando.

Así que si estás medio roto, no huyas del dolor: ábrele un libro de Hesse y déjalo hablarte. Tal vez no te salve, pero te va a hacer sentir menos raro.

Y eso, créeme, ya es bastante.



Texto: Sabina Aruña. Habla con Cioran como si fuera su tío lejano. Relee a Camus con insomnio y encuentra sentido justo donde nadie más lo ve. Cree que la lucidez es una condena y la escritura, un mal necesario. Vive rodeada de libros subrayados y tazas de café frío.
Obra reseñada: El lobo estepario, de Hermann Hesse

Año de publicación original: 1927
Traducción recomendada: Juan José del Solar, Ediciones Alianza

Una rata en la niebla de Silent Hill



Por Jorge Sosa

@jorge_kfgc


Silent Hill es un videojuego de terror de 1999 en el que Harry Mason busca a su hija Cheryl en un pueblo fantasma, habitado por monstruos y lleno de acertijos. Un aspecto interesante de Silent Hill es que grandes pasajes del juego ocurren en la calle, con el protagonista rodeado por una espesa niebla que apenas lo deja ver algunos metros a su alrededor.

La niebla es, en realidad, una solución creativa a un problema técnico. Los motores gráficos de los videojuegos eran capaces de generar una cantidad muy limitada de “terreno”, de manera que si los programadores querían hacer largos recorridos, el paisaje se iba creando a medida que el jugador avanzaba. Sin nada que lo ocultara, producía un efecto poco satisfactorio. La niebla permitió a los creadores de Silent Hill dar mayor libertad de movimiento a su personaje principal y al mismo tiempo, crear una atmósfera que se convertiría en parte esencial de la experiencia. Tanto enemigos como aliados dudosos, cadáveres y detalles sangrientos aparecen sin aviso, haciéndonos vulnerables a través de Harry.



Star Rats, la primera novela de Idalia Sautto, narra la historia de un romance juvenil que termina de manera súbita y violenta. Está dividida en tres partes, entre la segunda y la tercera ocurre el evento trágico que da forma final a la anatomía de la historia. El libro está narrado en primera persona por la protagonista y en las primeras dos partes, asemeja mucho el efecto de “la niebla” de Silent Hill. Todo parece ocurrir a pocos metros de ella, una estudiante de Historia en la misión de realizar su tesis profesional que conoce a un chico que le gusta con una mezcla de curiosidad y frustración muy entrañable. Incluso cuando habla de hechos históricos u obras artísticas, lo que leemos es cuidadosamente lo que ella lee, piensa o cita. Nos relata un pasaje de una película pero ella y su pareja la pausan, la comentan y vuelven a reproducirla.

Aunque la pareja de Star Rats se mueve en muchas direcciones, viajando dentro y fuera de su país, dialogando con artistas y académicos a través de lecturas y reflexiones, lo hace siempre dentro de una pequeña habitación invisible que se mueve con ellos. En la novela, también se está escribiendo la novela en una libreta. Frases se repiten para ampliar su contexto o incluso contradecir su intención. La protagonista insiste en que solo le interesa el presente y sus estrechas paredes aprietan todo lo que le ocurre. Idalia nos recuerda que la vulnerabilidad que nos define, sólo es posible en lo que llamamos ahora.

—¿Eso fue antes o después de que comenzaras a escribir en mi casa? —me pregunta Fidel.
—Después.
—Quería decirte que no me gusta tanto esa historia que estás escribiendo.
—¿Por qué lo dices?
—Porque no tiene contexto histórico. Las cosas suceden como si no hubiera un espacio o una ciudad. El personaje que haces de mí es patético, me cae mal, sólo te está maltratando, a veces siento que te insulta. Patético, ¿cuántas veces ocupas ese adjetivo?

En la tercera parte de Star Rats, una muerte rompe esa atmósfera cerrada. Seguimos siendo guiados por la narradora y lo que vive, pero de pronto el universo que habita se hace inmenso. Surgen varias presencias, con o sin nombre, que forman parte del nuevo paisaje. La muerte que propone Idalia en su libro es un desfase. Sin la fuerza gravitatoria del otro, las paredes del presente se han derrumbado. La narradora resiste, imagina que las conversaciones siguen, fuma los cigarros que han quedado sin dueño, mientras recorre el territorio hostil sin “la niebla”.

Una gran conquista de Star Rats es esta transformación. Ahora mismo pienso, ¿qué habrá sido del Harry Mason con el que jugué cuando logramos escapar de Silent Hill? ¿Cómo volvió a su trabajo? Harry también era escritor, ¿tuvo el impulso de revivir y exponer su trauma en palabras, de hacer público su duelo? Por supuesto, él no fue feliz en Silent Hill, pero quizá se sintió tan solo en su mundo cotidiano como la narradora de Star Rats.

Star Rats, de Idalia Sautto, está editada por la editorial Alacraña.



Jorge Sosa (Ciudad de México, 1981). Miembro fundador del colectivo de arte multimedia Los KFGC. Cocreador de la serie Los Fotocopiadores, el disco Emails a Nigeria y los libros 1994 y No use las manos. Autor de It was a dark and stormy night, Yoghurt con ceniza y Pony.

«A través del vaso»: charla íntima con la música mexicana


Por Alejandro Carrillo | 


"A través del vaso. En vivo con 26 músicas y músicos de México" es un exhaustivo trabajo de entrevistas de casi dos años realizado por la escritora y periodista Mariana H, con personajes de la cultura musical en nuestro país. Tuve la fortuna de presentar este libro junto a su autora en la Feria del Libro de Aguascalientes 2021 y al igual que en dicha ocasión lo desmenuzaré desde el punto de vista del lector final con la finalidad de acercar a más lectores potenciales a este extraordinario trabajo periodístico.

Ximena Sariñana, Sabo Romo, Sergio Arau, Silverio, Pepe Mogt, Chema Arreola, Daniel Gutiérrez, Jessy Bulbo, Joselo Rangel, Natalia Lafourcade, Pato Machete, Clemente Castillo, Tito Fuentes, Tammy Tamerlane, Jaime López, Paco Huidobro, Denise Gutiérrez, Jay de la Cueva, José Manuel Aguilera, Ely Guerra, Dr. Shenka, Cecilia Toussaint, Fernando Rivera Calderón, Lino Nava, Abulón y Amandititita son los 26 personajes que componen las entrevistas de "A través del vaso", editado por Penguin Random Hpuse.


LIBRO PARA MELÓMANOS

En primera instancia y por obvias razones, se trata de un libro dedicado a los melómanos de todo tipo y generaciones, desde los más clavados que conocen vida, obra y árboles genealógicos de sus artistas favoritos, hasta los que simplemente disfrutamos de escuchar música en cualquier espacio y momento. 

Aunque la autora hace especial hincapié en mencionar que no se trata de un libro sobre rock, los amantes de este género encontrarán un sinfín de referencias, anécdotas e historias sobre las bandas más emblemáticas del rock nacional como Caifanes, Fobia, Panteón Rococó, Molotov, Las Víctimas del Dr. Cerebro o Café Tacuba; cómo se fueron forjando y pasaron de tocar en míticos foros de la capital como el Lucc, Rockotitlán, La Panadería, El Chopo y otros lugares under sofocantes y sudorosos, hasta llegar a los escenarios de festivales y conciertos masivos igual de sofocantes y sudorosos.

"A través del vaso" también contiene infinidad de datos curiosos y sobre la doble vida de los entrevistados, uno jamás se imaginaría que una de las músicas también la rola embalsamando cuerpos en su propia funeraria, o que alguna vaca sagrada grabó casi en secreto un disco con una banda sinfónica de esta ciudad hidrocálida.

Por lo anterior, es más que recomendable, aunque quizá la recomendación venga sobrando por la propia dinámica de la lectura que te invita a tener abierto el YouTube por si a Lino Nava de La Lupita se le ocurre hablar de la guitarra Les Paul blanca con la que grabó hace más de una década Gavilán o paloma para el disco tributo a José José; o bien, si Ely Guerra nos habla de todo lo que implicó grabar su último disco, es plausible tener a la mano el Spotify para descubrir una verdadera obra de arte vocal de la compositora regiomontana. En este sentido, el libro es bastante lúdico y en la literatura siempre se agradece que el autor traspase las barreras del papel e invite al lector a querer saber más sobre lo que está escribiendo. Mariana H lo logra con virtud.




LIBRO PARA MÚSICOS

Gran parte de las entrevistas de "A través del vaso" incluyen todo tipo de experiencias de sus protagonistas, por lo cual es un libro que los músicos sabrán apreciar bastante, principalmente los músicos emergentes que, indirectamente, encontrarán lecciones pedagógicas muy valiosas sobre todo lo que representa la industria musical en estos niveles.

Como es el caso del maestro José Manuel Aguilera o Chema Arreola de La Barranca, que en diferentes momentos del libro nos brindan análisis bastante serios y rescatables sobre la situación actual de la escena musical del país, en especial sobre el estancamiento del rock y la falta de redes para trascender en conjunto como ellos lo hacían antes junto a otras agrupaciones.

Especial atención hay que prestar a la masterclass de Dr. Shenka, líder de Panteón Rococó y uno de los mejores frontmans del país, sobre cómo manejar una banda de ese calibre, sin pensarla únicamente como una simple agrupación musical, sino como una empresa en toda forma; y sobre su preparación profesional no sólo como músico y compositor para realizar un concierto, sino su formación pedagógica para saber manejar a las masas y llevar a cabo un espectáculo: cómo moverse, cómo prender a la gente, qué rolas tocar o no tocar en determinados momentos. En síntesis que nada de lo que hace Panteón Rococó arriba del escenario es obra de la casualidad, por el contrario, todo está perfectamente medido y estudiado. Quizá gran parte del éxito de la banda se deba a esta forma meticulosa de montar cada show.



LIBRO PARA PERIODISTAS CULTURALES

Por último, es importante es mencionar que el trabajo de entrevistas que reúne Mariana H en "A través del vaso" resulta un excelente material de consulta para los que intentamos hacer periodismo cultural, de entrada porque es un libro que muchos de los que laboramos en estos espacios desearíamos haber escrito por el simple hecho de tener frente a la grabadora a estos personajes icónicos de la cultura musical.

Gracias a su amplia trayectoria, experiencia en medios y por otros azares del destino, la autora es bastante cercana a algunos de los personajes entrevistados y por ende nos da un contexto muy amplio de su vida y obra en cada entrega. Por igual nos cuenta anécdotas divertidísimas y pasajes muy crudos. Si bien la mayoría de las charlas se perciben en un ambiente desenfadado y ligero, Mariana H sabe dónde y cuándo colocar los ganchos al hígado y nos regala momentos duros e íntimos de las músicas y músicos.

Sin querer hacer spoilers literarios, mencionaré solo algunos pasajes de dominio popular que encuentro amargos y no tienen desperdicio en la obra: el proceso de Lino Nava para vencer un tumor en la cabeza, Amandititita contando sobre los momentos con su padre, el gran Rockdrigo González, antes de que muriera en el terremoto de 1985; o bien, Sergio Arau hablando del desaparecido Armando Vega Gil y de Botellita de Jeréz.

Sin duda alguna, una de las principales virtudes del libro de Mariana H es llevar junto a estos monstruos de la industria a personajes con otro tipo de perfil, pero igual de valiosos para la historia musical de nuestro país. Más alejados de los reflectores y quizá más subterráneos por decisión propia, como es el caso de Fernando Rivera Calderón o Jaime López, que han hecho aportes medulares y de culto a la música, como el disco "Sesiones con Emilia", considerado la piedra angular del rock mexicano grabado junto a Roberto González y Emilia Almazán, o bien La chilanga banda, que todavía en estos días mucha gente le atribuye su composición a Café Tacuba. Si tú eres una de esas personas, te urge este libro.

Época de Cerezos: matrioshka de la tragedia

Por Alejandro Carrillo | Foto: Paraíso Perdido

Es difícil el oficio de narrar en México. Además del reto y la incertidumbre de plantarse frente a la hoja en blanco, nuestros narradores tienen la sinuosa encomienda de escribir en un país en donde el mar se incendia, los trenes se caen del cielo y la tierra se abre de la noche a la mañana para tragarse casas, niños y perros; un país cuya realidad es más aguda que cualquier ficción.

Laura Baeza (Campeche, 1988), ganadora del Premio Nacional de Narrativa Gerardo Cornejo 2017, nos recuerda en Época de Cerezos (Editorial Paraíso Perdido) que de este lado del mundo la desgracia vive en todas partes y que a veces solo es necesario el más mínimo esfuerzo para desatarla.

Tomando como hilo conductor un desastre nuclear atómico en el olvidado sureste mexicano, la autora nos narra lo largo de una decena de historias entrelazadas que las tragedias más brutales son las más íntimas, con las que cargamos diariamente y que nos desploman y abaten por completo; más allá de los edificios colapsados, las nubes de polvo y el cielo quemado.

El vapor se condensaba en gotas a la hora del baño caliente: veía disolver su paso líquido por la ceniza pegada en el espejo en algo semejante a lágrimas oscuras mientras me afeitaba. Catalina me hablaba poco, como si en silencio nos pusiéramos de acuerdo para convivir con toda esa mugre decorando el fastidio de nuestro matrimonio.

Con una narrativa ágil, capaz de dibujar en pocos renglones una escena situada entre el polvo conyugal y el catastrófico, la escritora campechana muestra personajes propios de la idiosincrasia mexicana en todos sus estratos y la obra puede navegar tranquilamente entre el realismo mágico y la crítica mordaz al sistema político-social e incluso de salud. Difícil no asociar algunos pasajes de Época de Cerezos con la crisis sanitaria que estamos viviendo:

Íbamos de una clínica a otra transportando heridos para que se reencontraran con sus familiares, el personal no se daba abasto a la hora de acomodar enfermos porque ya no había camillas para los recién ingresados por algún choque o pleito callejero. El servicio médico debía continuar como fuese (…)

En lo personal, destaco el relato “La Carretera”, cuyo personaje principal me atrapó por completo, y me recordó en todo momento a la Leonora de Edgar Allan Poe, “la reina muerta que murió tan joven”; y también el último cuento que la da nombre y sentido al libro, haciéndonos saber que la tragedia también es cambio, que todo cabe en una maleta de ruedas y que seguramente hoy pertenecemos a otros lugares, historias y fantasmas.

Una semana fue suficiente para darme cuenta de que ya no pertenecía a casa de mis padres, ni a la ciudad, ya no tenía amigos ahí a quienes visitar ni nada más productivo por hacer en ese infierno bochornoso.

En síntesis, se puede decir que el libro de Laura Baeza es una matrioshka de la tragedia que irónicamente tiene como punto de partida una explosión como boom narrativo para conocer historias y personajes que en apariencia todos conocemos en el contexto mexicano, pero que solo son la punta de lanza de una obra cuya mayor virtud es adentrarnos en la psique de una sociedad enferma y contaminada por una catástrofe transexenal.

Solía preguntarme en silencio, si acaso los genes transmitían la locura.

 


*Consigue Época de Cerezos de Laura Baeza en Editoral Paraíso Perdido, en ESTE LINK.

‘Nuestra parte de noche’: un recorrido por el país y el genio de Mariana Enríquez

Por Noé Isaías Lara Aguila


Mariana Enríquez ya era una autora consagrada de la nueva narrativa argentina. Los volúmenes de cuentos: Los peligros de fumar en la cama (2009) y Las cosas que perdimos en el fuego (2016) son clara muestra de ello. Es periodista del diario argentino Página 12. Al leer su última novela, que le mereció el Premio Herralde de novela 2019, encontramos a quien podríamos describir como una alumna avezada de Stephen King. Esto no quiere decir que su escritura sea una calca o una especie de King latinoamericano, pero su obra guarda ciertos paralelismos con la del maestro norteamericano. En pocas palabras, si estás habituado a los ambientes del maestro de Maine, la obra de Mariana Enríquez puede serte muy afín. Ese estilo dinámico, caracterizado por un lenguaje claro y sencillo que al paso de las páginas te va sumergiendo en las historias sin que aparentemente te des cuenta, forma parte también de la narrativa de Enríquez. A diferencia de King, ella no hace tantas digresiones ni se entretiene en tantos relatos secundarios, salvó cuando cree que la anécdota lo amerita. Como en el caso de la narración de las hazañas de Maradona durante el mundial de México 86, mientras el evento es seguido por los protagonistas en la televisión argentina. Al igual que en la obra del maestro de Maine, la infancia cumple un papel central en la conformación de sus personajes. Los hechos que vivirán de niños determinarán su futuro como personas adultas. Si bien, este es un hecho indudable en la existencia de cualquier persona, la naturaleza de los acontecimientos a los que se enfrentarán en esta historia, marcará un antes y un después dentro de sus vidas, dejándoles a algunos de ellos un trauma psicológico difícil de superar, y a otros, además de éste, huellas físicas que marcarán aún más sus destinos. Después de todo, puede resumirse la acción principal de la novela, como el esfuerzo que realiza un padre para proteger la vida de su hijo, sin importar los medios ni las consecuencias que esto atraiga consigo.

Nuestra parte de noche es un recorrido por la Argentina de la segunda mitad del siglo XX. Si cierta literatura sobre la Argentina se ha centrado en la parte nazi que se escondió y proliferó en esas latitudes; en esta obra se establece un paralelismo entre la maldad de ciertos grupos iniciados en el ocultismo y su estrecha relación con los militares golpistas de la década de los setentas. Nuestra parte de noche habla de la oscuridad que habita en las personas y en los medios que ciertos grupos tienen para alimentarla y vivir de ella y para ella.

La maldad es una deidad generosa que sabe recompensar a sus allegados pero que exige a cambio un pago muy alto. Las diversas técnicas o estrategias narrativas que emplea Mariana Enríquez vuelven aún más completa la obra.

Desde la narración en retrospectiva, hasta la adaptación de uno de sus relatos dentro de esta novela; se trata de la historia de La casa de Adela, un texto original del volumen de cuentos Las cosas que perdimos en el fuego. De igual manera, se incluye un informe periodístico, el falso reportaje que una periodista se encuentra investigando sobre la extraña desaparición de una niña acontecida años atrás. Algunos tópicos clásicos del terror se encuentran presentes en la obra, como el terror psicológico y las casas embrujadas.

Por último, haré mención de la correspondencia entre esta obra y El invierno del lobo (2015) de John Connolly, en donde una comunidad de Maine, llamada Prosperous, descendientes directos de un grupo de colonos protestantes que arribaron a Estados Unidos procedentes de Inglaterra (sí, igual que los del Mayflower) también realizan un extraño culto a una deidad demoníaca en una iglesia antigua que fue traída en el mismo barco piedra por piedra para volver a ser edificada en América; recinto en el que habita una terrible deidad que debe ser alimentada con personas para que Prosperous siga haciéndole honor a su nombre.

En efecto, la maldad, tanto en la obra de Mariana Enríquez como en la de Connolly, es un ente caprichoso que recompensa generosamente a sus iniciados pero que a cambio exigirá ser bastante bien alimentado; recordándonos aquello de que todo imperio está construido sobre la sangre de sus víctimas. Creo que lo verdaderamente terrorífico sería descubrir que bajo cualquier deidad se escondiera un ente hambriento, pero eso ya es otra historia. 

Camino a Apulia: literatura de ciencia ficción en tiempos catastróficos

 
Círculo de Lectura |

En el año 2059, la Tierra se encuentra consumida por la masiva contaminación. La siembra es nula, el hambre exponencial. La población que sobrevive está agrupada en naciones custodiadas por domos que le protegen de respirar la tóxica atmósfera.

Camino a Apulia es un libro de ciencia ficción de la autora poblana Gema Mateo. La historia es narrada en primera persona por Líanet, la protagonista, quien vive en la nación de recolectores y se cuestiona si existe la posibilidad de revivir al planeta.

El libro trastoca el sentido de la humanidad cuando ésta, en su mayoría, se encuentra imposibilitada para conciliar el sueño. Todos transitan como autómatas, excepto aquellos que aún pueden soñar, conocidos como soñadores artesanales. Ellos son los únicos capaces de crear mundos y regresar a las memorias de los días verdes.

Cuando Líanet y sus amigos son descubiertos por la Maquinaria Suprema son perseguidos para imposibilitar que se sigan conectando con otros soñadores artesanales. Para sobrevivir tienen que cruzar el domo, pero sus amigos son capturados y la protagonista emprende el camino hacia Apulia, una zona deshabitada.

En la travesía que emprende, le acompaña un compañero único, pero la duda y desconfianza la inundan al no saber con certeza si encontrará a más personas. A lo largo de su camino visita otros tiempos y espacios, mundos paralelos y visiones oníricas que la impulsan a creer en ella misma.

¿Los soñadores artesanales lograrán llegar a Apulia para luchar por su anhelo de volver a contemplar la naturaleza en todo su esplendor? ¿Juntos lograrán sembrar de nuevo en el planeta?

Un libro que suscita un despertar en los sentidos, lo onírico y agradecer la importancia de las conexiones con la naturaleza y con quienes nos rodean.

Luces calientes

Por Sergio Martínez

Los chicos buscan el camino en medio de tanta bronca, lo encuentran en la música, el baile, la murga; se la bancan en un país donde los que gobiernan, con sus políticas económicas y sociales les ha negado un lugar. El barrio es el epicentro de todo, cuna y sello de identidad. El rock generado ahí es factor de autenticidad y cohesión social. Los jóvenes adoptan un espíritu roquero desde sus circunstancias, no tienen otra para hacerle frente a la precariedad. La música los conecta con su entorno, circunstancias y sus pares; la música será el elemento que haga cruzar las vidas de Alejandra, Martín, Silueta, Pani, Gastón, Lara, los mellizos Bicego y Tati, entre otros personajes.

Luces calientes (Walter Lezcano, Corrientes 1979) está basada en un hecho verídico: El incendio provocado por unas bengalas en el local República Cromañón, ubicado en el barrio de Balvanera, donde, el 30 de diciembre de 2004 durante un concierto de la banda de rock Callejeros, fallecieron 194 personas y resultaron heridos más de 1400 asistentes.

La historia se desarrolla en diferentes partidos del gran Buenos Aires, y básicamente la localidad de San Francisco Solano, mezcla la realidad con la ficción, el relato tiene referencias al rock argentino, al inglés, la cultura y la sociedad argentina de las décadas de 1990 y 2000; la historia la van desarrollando los diferentes personajes que hacen referencia a hechos, comportamientos, lugares y acciones de otros protagonistas; narrativamente es un rompecabezas que invita al lector a armarlo para completar la historia.

La novela está dividida en dos partes, en la primera, por medio de un testimonio coral de diversos personajes, el autor va narrando la vida de los protagonistas antes y después del incidente, tomando como hilo conductor la historia de Martín y Alejandra. Él queda enganchado de ella, aunque ella no busca ni quiere exclusividad amorosa con él. La segunda parte es el diario de rehabilitación de Martín, se divide en dos capítulos, está escrito en formato de cuaderno clínico-confesional, donde narra los sentimientos en azul y los recuerdos en rojo. Ahí se reafirma la personalidad del chico, unas veces muy pila y otras completamente en el hoyo. A partir del robo de unos discos que cree contiene música, Martín se enrolla en el videocine porno, se enamora de una de las estrellas de ese género y se va olvidando de Alejandra en medida que se relaciona con Rocío, a la que le confiesa su secreto mejor guardado. Esa confidencia cambiará la vida de Martín.

Con una prosa ágil, vertiginosa y directa, Lezcano nos da cuenta de una tragedia a la que le extrajo belleza literaria.


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