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Sobre el 'Opio' de Rafael Chaparro

Opio en las nubes es el título que el escritor colombiano Rafael Chaparro Madiedo le da a su obra publicada en 1993, este libro es el reflejo de una sociedad de los años 80 en la capital de Colombia.

10 abril 2015

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 Venga y le cuento | Por Tuto Flórez |


Opio: “Sustancia estupefaciente, amarga y de olor fuerte, que resulta de la desecación del jugo que se extrae de las cabezas de adormideras verdes.”


Opio en las nubes es el título que el escritor colombiano Rafael Chaparro Madiedo le da a su obra publicada en 1993, este libro es el reflejo de una sociedad de los años 80 en la capital de Colombia.  Obra narrada con una fascinante descripción analógica que sumerge al lector en una ciudad de olores, sabores y sentimientos. Esta obra, casi permite que la percepción sea tan aguda hasta el punto de entender la obra literaria como un diario de cada uno de los personajes que la cuenta. Como obra literaria que mantiene una estrecha cercanía entre el lector y el narrador de la historia, el propio nombre opio, definido por la real academia española como “Sustancia estupefaciente, amarga y de olor fuerte, que resulta de la desecación del jugo que se extrae de las cabezas de adormideras verdes.”, nos invita a pensar un libro que posiblemente hable de acontecimientos que puedan ser de alguna manera estupefacientes, amargos y de olor fuerte.

El capítulo Helga, la ardiente bestia de las nieves, es sin duda alguna, muestra de la poca importancia, en su mayoría, que se le da a el tiempo espacial y temporal dentro de la historia narrativa del libro, desde el inicio con “Era lunes. O tal vez martes, no puedo precisarlo.” Se entiende como el personaje que cuenta esta historia no es consiente del día de la semana en el que se encuentra, pero que está dispuesto a contar algo que para él tiene más importancia, le da prioridad a los recuerdos, olores y hasta a las palabras exactas que se le venían a la mente. Es tal vez de bastante atractivo este hecho debido a que en la época en la cual nos encontramos ahora, es de mayor importancia el lugar y momento en el cual se desarrollan los hechos que el momento mismo en esencia. Acaso no planeamos los momentos felices en las vacaciones a otro país como Australia o Estados Unidos, sabemos el día la hora y el lugar en el cual tendremos la felicidad. Pero en este libro ese lugar, día y hora no tienen fecha de vencimiento alguna.

Tal vez el hecho de la representación en personajes jóvenes hace que la historia se sienta más duradera en el momento, de disfrutar la vida en el aquí y el ahora sin preocuparse de los prejuicios sociales. Más preocupados por los sentimientos pero no mucho por el futuro de sus vidas, se hace evidente en frases de inconformidad tales como “esto es mucha mierda”. Frases que evocan tras una lectura más detallada, a una sociedad de música rock, el sexo y porque no, la derrota como forma de vida. El alcohol y las drogas como alternativa a la vida que realmente vivían, denota una sociedad de tal vez muchas problemáticas, pero a un mismo tiempo sugiere una forma de representar el disfrute en el momento que muy posiblemente se vuelva recuerdo.

Y eran aquellos recuerdos que se volvían más rutinarios los que nos cuenta en la historia; el hecho de ir al puerto los domingos a ver los barcos blancos no parecería tener trasfondo; pero es lo que acompaña a esos días domingo lo que realmente hace que este recuerdo tome sentido. La rutina, la compañía y el “olor a hojas secas que tenía la ciudad” parecían contrastar perfectamente con el hecho de que “Amarilla […] no soportaba los domingos sin alcohol”. El simple hecho de hacer que un domingo sea símbolo de desahogo de lo que sería un olor a tristeza reflejado en el cielo y en los atardeceres, hace que el hecho de tomar todos los domingos tenga un significado más allá del simple hecho de tomar, tomar seria entonces, el recurso para hacer más llevaderos esos días tristes y grises. 


Tal como si se tratase de un cortometraje la historia se cuenta sin pausa, se ve la rapidez de la historia, o tal vez la pausa en los detalles que el lector le quiera apropiar al texto. Es notable como la falta de signos de puntuación emerge en gran manera al lector, a su interpretación, creando una interacción entre las palabras que salen desde la boca de la persona que narra la historia hasta la imagen que nos hacemos en nuestras cabezas. La falta de pausas puede ser o símbolo de un momento que transcurre rápidamente, o un efecto colateral del alto grado de embriagues que tiene quien escribe; como sea que se maneje la idea se trata ante todo, de una interpretación abierta que el lector puede hacer al texto. 

Esta pirotecnia verbal se entremezcla en cada uno de los momentos de la obra, en cada capítulo, que aunque no parece guardar conexión nos remonta gradualmente hacia un hilo conductor común, el del vértigo que produce la velocidad, velocidad al pensar, hilvanar ideas, armar frases y volver a expresar, esa pirotecnia, se presenta en la construcción de Helga, mujer bella y bellaca que sin ser el centro de esta historia de ese capítulo, remite un recuerdo, que nos transporta hacia una descripción, que emana de un olor, y de nuevo el autor y el lector se funden en un solo acto, cuando se desvanecen las fronteras entre lo leído, el contenido, quien ha escrito y quien hace el ejercicio de leer mismo, como es entonces que Helga se transforma en  la ardiente bestia de las nieves, suposiciones es todo lo que nos queda para señalar y tratar de interpretar posibles soluciones a tan extraña pregunta, Helga es ardiente por su naturaleza, Helga evoca solo una imagen, es una fotografía, es una mujer de revista o de portada según la fecha, es solo parte del imaginario erótico de los tres personajes en el capítulo, por ello mismo es ardiente, pues los remite hacia la figura femenina, les permite explorar la sutileza de la mujer desde sus curvas, de sus protuberancias y su cadencia así sea sólo imaginaria; Helga es solo un nombre para una figura, pero también habla de nieves tal vez por la región de la que procede la revista o tal vez, porque se entremezcla con otros recuerdos y otros olores, tal vez con los del personaje de vainilla, aquella chica que hace pensar y divagar al protagonista, aquella chica que siempre pide helado de ron con pasas, que acaso a los helados también no se les suele decir nieve que a lo mejor el mismo Chaparro, como creador de este mundo literario no puedo escribir vainilla la que siempre pide nieves en lugar de helado, como quiera que sea este juego ideonómico, esta ductilidad semántica nos remite a autores como Gonzalo Arango o Andrés Caicedo, si podemos especular, la obra de Rafael Chaparro, es más cerca al llamado movimiento nadaista en Colombia o la  generación beat de Estados Unidos con Jack Kerouac, William Burroughs, Allen Ginsberg o el propio Charles Bukowski, y como no habríamos de asociar a dichos autores con la obra de Chaparro, con este capítulo de Helga, si se condensa justamente la vertiginosidad del pensamiento, la celeridad en la percepción, que se sale de los estándar, de los llamados parámetros de la escritura convencional, decir nadaísmo o decir generación beat, es casi expresar lo mismo, pero en diferentes latitudes, el Norte y el Sur se encuentran en una amalgama literaria, en la que surge a flote una escritura muy particular.

La forma de ver, sentir y expresar la ciudad en este tipo de literatura me recuerda a la pirotecnia verbal que en su época hizo el propio Andrés Caicedo en su obra Cali-Calabozo, que mejor que resaltar un pequeño fragmento del cuento titulado Infección, que compone la obra de Caicedo en mención, cita:
“Odio la Avenida Sexta por creer encontrar en ella la bienhechora importancia de la verdadera personalidad. Odio el club campestre por ser a la vez un lugar estúpido, artificial e hipócrita. Odio el teatro Calima por estar siempre los sábados llenos de gente conocida. Odio al muchacho contento que pasa al lado, perdió al fin del año cinco materias, pero eso no le importa, porque su amiga se dejó besar en su propia cama. Odio a todos los maricas por estúpidos en toda la extensión de la palabra. Odio a mis maestros y sus intachables hipocresías. Odio las malditas horas de estudios por conseguir una buena nota. Odio a todos aquellos que se cagan en la juventud todos los días). [1]

Se trata en los propios términos de los personajes del capítulo de Helga, la ardiente bestia de las nieves, de “Palabras acuáticas, liquidas y Húmedas” Pág. 60.
Palabras que por su naturaleza dan cuenta de cómo, cita:  

“LOS OLORES SON ESE TEJIDO INVISIBLE QUE CONECTA TODOS LOS RECUERDOS Y LOS DÍAS”. [2]





[1] Tomado de: Cali Calabozo, de Andrés Caicedo Estela, Editorial Norma. 2003. Hipertexto, disponible en http://books.google.com.co/books?id=YPp8LVycD8UC&printsec=frontcover&hl=es&source=gbs_ge_summary_r&cad=0#v=onepage&q&f=false

[2] Tomado de: Opio en Las Nubes. Rafal Chaparro Madiedo. Pág. 62.
Disponible en: http://www.slideshare.net/LuisaRueda2/opio-en-las-nubes-13166026

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El autor: Tuto Flórez, nacido en el departamento de Santander, en la caótica y convulsionada, pero hermosa tierra del suramericano país llamado Colombia. Melómano consumado, amante del rock, de la música hecha con sentido, sobre todo de los años noventa y la cultura underground. Cinéfilo por convicción. Crecí entre los textos, de Henry Miller, Charles Bukowski, Allan Stewart Königsberg más conocido como Woody Allen, H. P: Lovecraft y Allen Ginsberg. tuto201333

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