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Círculo de Lectura: Larga mirada a través del espejo

Reseña literaria del libro 'El espejo del solitario' del autor Víctor Roberto Carrancá.

29 mayo 2015

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 Círculo de Lectura | Por Hugo César Moreno Hernández |


Carrancá, Víctor Roberto. El espejo del solitario. México, Ficticia, 2014


En el atribulado mundo de los viajes las dimensiones pueden perder consistencia, las profundidades volumen y las alturas presencia. Todo depende de la agencia de viajes. Las ofertas son profusas y las experiencias se hacen las perdidizas, escamoteando postales y plasmando itinerarios con cicatrices. El espejo del Solitario es la agencia de viajes en boga sobre mi buró. No duró mucho tiempo ahí, se me escapó entre la almohada, a veces se coló al baño y me llevó sobre ruedas y a todas horas o durante los minutos de viaje al espacio interior compré varios boletos de desazón y dos o tres de carcajadas y cuando una mueca de y eso qué es o para dónde va se atravesaba por los aires o asustaba cardúmenes de ceveretas, la experiencia tornaba en algo más que turismo para dejarme advertir la oferta certera de una letra fantástica sin mayor presunción que la soberbia de un lector asiduo incapaz de escapar de sus demonios y luego malnacido por hacerlos arrastrarse fuera de sus ojos hacia los míos para fabricarme un viaje sin fin hasta el final de un cuento corto u otro enloquecido en su geografía, en su historia, en sus referentes culturales, mezclando letra pop con religión y estilos musicales sagrados burlándose de jurados y judicaturas, riéndose cruelmente de profesiones tan loables como el malabarismo insuflándole un tufo amarillento de intelectualidad.


En realidad, la culpa es del agente, Víctor Roberto Carrancá, soñador y solitario como José. Presume de una técnica de mercado inusitada: mapeo mental onírico sobre los bordes de deseos inconclusos creyéndose una especie de Miguel de Cervantes Freud tejiendo novelitas rosas sobre el bajo mundo gay inglés del siglo perdido en una noche de verano. Me llamó la atención su postura docta reclinada sobre un radio de bulbos intentando sintonizar un viejo juego de beisbol con Babe Ruth al bate y, según él, traduciendo tradiciones y traiciones de continentes próximos a la extinción y Enogeas antiguas sobrepuesta a la crítica literaria soltada por personajes precisos entre mensajes y loas filtrados por lo bajo de la narración del partido beisbolero. Sí, me llamó la atención. Lo juzgué excéntrico, no loco. Fue cuando se colocó el gorro de Santa Claus que dudé de mi propia cordura ¿Qué hacía ahí, aún convencido de llevarme todos los viajes? Me avergüenza un poco confesarlo, pero en fin, qué más da si la isla sobre la que requemaba mis carnes ha extraviado altitud y latitud y mi GPS no forula más. Me convencieron los intestinos anudados torpemente alrededor de su cuello, imitando una bufanda. Esto será gore, me dije.


Sí y no, no y sí, no importa, nada se excluye y nada se incluye, el tiempo, el espacio, las dimensiones, “x”, “y” y “z” y vuelta a empezar el abecedario para sobreponer suspensos e inventar terrores. Porque sí, tantos viajes entrometidos han sido divertidos, algunos son como inmersiones por niveles, llegas al primer nivel, el más superficial, el plano te regala un horizonte donde el sol gira con coherencia, pero luego, al dar un paso o saltar una línea o pasar de página transitas a un nivel más profundo donde el horizonte está espejeado y el corazón late del lado derecho, donde la sístole es diástole y la diástole sístole y los zopilotes gorriones y los perros autores (bueno, quizá eso no esté tan loco) y apenas te vas acoplando a la nueva física tropiezas con otra incepción que no revoca los principios anteriores, sino que suma disyunciones y desvaríos, cuando estás a punto de salir a flote te hunde una vieja raza para retornar al principio. Sientes haber cerrado un círculo, te pones todo inteligente y con ganas de convertirte en guía de viajeros, supones poder enriquecerte con las trampas instaladas en cada pasaje y caminas horondo, sonriendo y zaz, otro nivel de percepción donde todo se mezcla para dejarse ver con claridad espantosa. No sé cuántos niveles descubrí en los viajes en El espejo del solitario, sólo estoy seguro de que el enloquecido agente de viajes Víctor Roberto Carrancá diseño los itinerarios con saña, para atrapar público entre las redes fantásticas de seres imperfectos o sólidamente construidos por demoniacas fuerzas expelidas desde el fragor de las pesadillas del agente malvado. Y si preguntan, oye, qué tal tu viaje, diré: lo recomiendo si llegas al final de los niveles, porque si te pierdes entre ser y no ser combinando tiempo y espacio es muy probable que seas una quimera abandonada por el visitante anterior.



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Hugo César Moreno Hernández (Ciudad de México, 1978). En 2003, con el Grupo Cultural Netamorfosis fundó la Revista Cultural Independiente El Chiquihuite. Ha publicado los libros Cuentos para acortar la esperanza (Netamorfosis, 2006); Cuentos porno para apornar la semana (2007, FETA-Conaculta); Cuentos cortos para acortar el domingo (2008, Cofradía de Coyotes-Netamorfosis) y Enseres de supervivencia (2011, Cofradía de Coyotes-Netamorfosis); el libro infantil Así aprendió a volar José (2009, Cofradía de Coyotes-IMC). Aparece en las antologías Abrevadero de dinosaurios, Ardiente coyotera, Perros melancólicos, El infierno es una caricia y Coyotes sin corazón. Fue becario del FOCAEM durante 2009 y actualmente imparte el taller de Poesía y Narrativa en el Faro de Indios Verdes.
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