Siempre voy tarde
Luis De la O
Me despierto como todos los días. Suena la primera alarma de
las siete, la que pongo “por si no me levanto a la primera”. El reloj marca las
5:45 a. m.
Bajo a prender el bóiler y me concedo un ratito más, ese pequeño acto de
resistencia inútil.
Cuando vuelvo a ver el reloj repito el mantra que me ha acompañado los últimos
siete meses: mierda, voy tarde.
Me ducho, preparo café y le grito a la cafetera:
—¿No puedes hacerlo más rápido?
Como si la velocidad fuera una virtud moral y no un castigo.
Salgo tan aprisa que olvido perfumarme. Prendo el auto: no
hay gasolina. Golpeo el volante. Recuerdo lo que dije anoche, como siempre: mañana
me levanto temprano a cargar. Rezo a Dios, ese gerente invisible, para que
el coche aguante con lo poco que le queda.
El estacionamiento está lejos. Corro con las agujetas
sueltas mientras repito el mantra en voz alta, como un rezo laico. Me abre la
misma persona de todos los días, con la misma sonrisa disciplinada. Alguna vez
me dijo que este era el mejor trabajo que había tenido en su vida. Desde
entonces sospecho de él.
La oficina —si es que se le puede llamar así— mide dos por
dos. Tres personas coexistiendo por obligación. Se maquillan y hablan del fin
de semana como si el tiempo libre fuera un rumor. Abro la computadora: el mismo
archivo inconcluso del viernes. El pasado reciente siempre vuelve en forma de
documento sin guardar.
—¿Y a ti cómo te fue?
—¿A mí?
Hago una pausa. Pienso en excesos, en noches largas, en
decisiones torpes.
—Bien, tranquilo. No hice nada.
La mentira más eficiente es la que no despierta preguntas.
Empiezo con los pendientes cuando me llaman. El jerarca
quiere verme.
—¿Cómo vamos con los pendientes?
Suspiro. Repito la frase institucional de todos los lunes:
—Seguimos trabajando.
Su cara se endurece. Con voz de locutor de radio matutino,
me pregunta:
—¿No puedes hacerlo más rápido?
Mierda. Eso mismo le dije a la cafetera. Aquí todos
repetimos frases ajenas creyendo que son propias.
Regreso a la oficina. Dos personas esperan turno. La primera
dice que su sueño es trabajar aquí. Pobre imbécil, pienso, pero sonrío.
La segunda tiene un apellido importante, rubia, ojos claros, padres
benefactores de la iglesia. No sabe nada del puesto, pero eso nunca ha sido un
obstáculo. Le doy el empleo de inmediato. El mérito es una superstición.
Hora de comer. Hago fila rápido: hoy hay algo que me gusta.
Me siento cuando suena el teléfono. Es mi jefe, viejo lobo de mar varado en el
pasado.
—¿Cómo vamos con los pendientes?
—Seguimos trabajando.
—Pues trabaja más rápido, mediocre.
Cuelga. La palabra se queda flotando sobre la mesa.
Como deprisa. La comida ya está fría. Toso y bebo agua de
esas que prometen limón pero saben a tamarindo. Todo aquí es así: parece una
cosa, es otra, y aun así lo aceptamos.
Anoto pendientes en una libreta con el nombre de mi jefe en
letras doradas. Regalo navideño improvisado porque olvidó el intercambio. Estoy
por terminar cuando alguien entra a contarme su vida. Mientras habla, mi ojo
empieza a temblar.
Ojalá existan refacciones para los ojos, pienso, porque el mío ya se
cansó de mirar lo mismo.
No escuché nada.
—Está cabrón —digo.
Funciona para casi todo.
Última junta del día. Presentan el plan de expansión. Me
entregan pendientes que debí haber empezado hace dos semanas, quizá en otra
vida. Antes de cerrar, alguien de la corte celestial presenta el nuevo producto
que, según ella, revolucionará la industria. Silencio. Todos se ponen de pie y
aplauden. Algunos lloran. En el fondo, todos sabemos que perderemos cientos de miles
de pesos, pero la fe corporativa exige sacrificios.
Salgo corriendo, como cuando era estudiante y sonaba la
campana. Tomo mi mochila, cierro la oficina y, de pronto, aparece detrás de mí
la misma persona que me abrió en la mañana. Ya no sonríe. Con voz de ultratumba
me dice:
—Ya no trabajas aquí. ¿Qué no lo entiendes? Ya vienen por ti.
No entiendo nada. Como Peña Nieto aquella vez, corro a
esconderme en los baños. Entro al último cubículo y me subo al retrete. Abren
la puerta. Revisan uno por uno. Llegan al mío. Veo los zapatos por debajo:
botas viejas, usadas, de las que dimos porque no había de su número. Golpean la
puerta. Cierro los ojos.
—Es el fin —susurro.
Despierto de golpe. Sudado. Jadeando. Respiro hondo.
—Solo fue una pesadilla.
Me siento en la cama, tomo un sorbo de agua y miro la hora
con los ojos a medio abrir. Mierda, voy tarde.
