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"Desierto": El viacrucis de los ilegales según Jonás Cuarón

Reseña de la película "Desierto", protagonizada por Gael García Bernal y dirigida por Jonás Cuarón.

17 abril 2016

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Cinetiketas | Por Jaime López Blanco |


Su periplo es conocido, lleno de acontecimientos adversos. Sueños y mochilas al hombro; botellas de agua para extinguir el calor; y recuerdos y familias que se dejan atrás. Son los migrantes mexicanos, los ilegales o “mojados”; aquellos marginados del sistema económico,  que buscan empleos mejor pagados; los hijos pródigos que emprenden constantemente el éxodo, porque en casa no existe una “tierra prometida”. Todo esto conforma el arquetipo que utiliza Jonás Cuarón en su más reciente largometraje, “Desierto”, el cual convierte el trayecto de los expatriados mexicanos en una película de acción y suspenso, encabezada por “Moisés” (Gael García Bernal) y “Sam” (Jeffrey Dean Morgan), un juego de cacería desenfrenada entre un gato y diversos ratones.

¿El resultado? Una historia que entretiene a ratos, pero cuyo argumento cae en ciertas inconsistencias y estereotipos, lo cual impide que el mismo y sus personajes centrales  adquieran mayor complejidad o mejores matices (alerta de posibles spoilers): osos de peluche que suenan en momentos incómodos; escopetas cuyas balas nunca se terminan; persecuciones de las cuales se anticipa un último enfrentamiento; héroe cuya última actividad laboral “coincide” con algo que lo puede sacar de un apuro; y un desierto desperdiciado, del que se pudo haber sacado mejor provecho, volviéndolo un verdadero tercer protagonista, o un testigo neutral -poderoso y despiadado- que no otorga concesiones a ningún bando.     

Sin embargo, a pesar de lo anteriormente mencionado, he de reconocer el “tino” de los guionistas (Mateo García y el propio Jonás Cuarón) para nombrar “Sam” al personaje antagónico. El apelativo no es mera casualidad, ya que hace referencia a la forma popular de denominar la esencia inquisidora de una supuesta superioridad imperialista del vecino país del norte. El odio de “Sam” es primitivo, irracional, incomprensible. Incomprensible como cualquier tipo de odio existente en el universo que habitamos.

Este nuevo metraje manufacturado por la familia Cuarón (Alfonso y Carlos en la producción; Jonás en la coescritura y dirección) también resalta por su calidad técnica: la fotografía (de Damián García) es de admirar, por el simple hecho de lograr que no salieran a cuadro -en tomas muy abiertas- las sombras del crew (aquellas personas que se encuentran detrás de la filmación de las secuencias). Asimismo, me sigo preguntando cómo le hicieron para grabar el sonido en las escenas más álgidas, con travellings y cámaras temblorosas al hombro. ¿Sonido directo? ¿Efecto y diseño sonoros agregados en la post? Cualquiera que sea de las dos, un reconocimiento, porque no se siente como algo sobrepuesto o poco natural. Finalmente, la participación de Alondra Hidalgo (como “Adela”) le otorga un plus a la historia en comento, porque exhibe otra de las problemáticas que se vive en el viaje lleno de sacrificios de los ilegales: la violencia de género.
En términos generales, “Desierto” funciona como una obra medianamente aceptable, de entretenimiento, que debe ser vista como una película palomera de acción, la cual quizá se vea beneficiada por la actual coyuntura política-social de los Estados Unidos.

Pero, por otra parte, “Desierto” tiene poco o nada que abonar al tópico de los emigrantes nacionales, y de cómo el vecino del norte debe ponerse en nuestros zapatos, si se le compara con el sensible drama paternal “A better life” (protagonizado por Demián Bichir); con la divertidísima farsa promexicana “Machete” (de Robert Rodríguez); con los emotivos y brillantes documentales sociodramáticos “Mi vida dentro” (de Lucía Gajá), “Los herederos” (de Eugenio Polgovsky) y “Los que se quedan” (de Juan Carlos Rulfo y Carlos Hagerman); o con el empático y elegante filme “Los tres entierros de Melquiades Estrada” (dirigido por Tommy Lee Jones y escrito por otro mexicano, Guillermo Arriaga).


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