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‘The Jazz Singer’: la película que rompió estigmas en los años 20

En términos cinematográficos, la película es legendaria por su mezcla tan característica entre el cine mudo y el sonoro.

20 febrero 2018

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Call me old fashioned… please! | Por Mónica Castro Lara |


Remontémonos 89 años atrás, cuando en Estados Unidos faltaban tan sólo dos años para el Crack del 29 y con él, la euforia y auge de la Era del Jazz llegarían a su fin, así como las flappers, escritores como F. Scott Fitzgerald y celebridades como Clara Bow. Fin, fin, fin. A pesar de ello, nunca hay que olvidar que la década de los roaring twenties le dio al mundo gigantescos avances en todos los ámbitos posibles, en especial en los sociales, culturales y tecnológicos y, como muestra de dicha combinación, está el que es considerado como el séptimo arte: el cine. Es precisamente en este año, en 1927, cuando da un giro tan dramático –con una película en particular-, que tomó a Hollywood por sorpresa y por lo tanto, cambió la forma de hacer y ver cine: las películas sonoras.

Haciendo un recuento muy rápido y escueto, recordemos que el cine en la década de los años 20 era un cine mudo, respaldado por música en vivo y en ocasiones, por un ‘maestro de ceremonias’ apto para analfabetas que gustaban de ir al cine y que obviamente no sabían leer los diálogos que aparecían en pantalla. Como espectadora (y crítica sin título oficial), puedo decirles con toda honestidad que es muy peculiar ver una película antigua y analizar todos los aspectos que la conforman: la estructura del guion, la edición, las actuaciones, los sets, los vestuarios y maquillaje, etc. etc. etc. No hace falta tener un don especial para identificar la clara evolución del cine –técnica, artística y narrativamente- a lo largo de tantos años, pero lo que sí es fundamental y necesario para sentarse dos horas y apreciar todo lo mencionado anteriormente, es tener mucha, mucha paciencia. Y no me lo van a negar, a veces es muy tedioso ver una película de hace setenta o sesenta años precisamente porque estamos ya acostumbrados a un cine comercial que requiere y nos exige el 100% de nuestra atención, porque de lo contrario, nos podemos perder un nanosegundo trascendental para el hilo conductor de la historia. Esto no es bueno ni malo, ni nos hace más o menos ignorantes, es simplemente una cuestión de temporalidad (o por lo menos, esa es mi opinión personal). Una de mis películas favoritas -y no nada más porque es un musical- que precisamente habla sobre esa interesante y dramática transición del cine mudo al sonoro, es ‘Singin’ in the Rain’ de 1952, con la actuación del fabuloso Gene Kelly del cual escribí precisamente hace un año en estas fechas.

Bueno, una vez recordado y mencionado todo lo anterior, les cuento que llevaba meses tratando de ver la película que es famosa por un montón de razones: por ser considerada como la primer película sonora en la historia del cine (aunque según yo, antes hubo varios proyectos con audio), por tener de protagonista al que, posteriormente, sería considerado como ‘la mayor celebridad del mundo’, por hablar de temas medio tabús, por romper con los esquemas sociales convencionales de la época y sobre todo, por la música. Sí, estoy hablando de la película ‘The Jazz Singer’ de 1927, protagonizada por Al Jolson y que hasta la fecha, sigue dando de qué hablar. Con orgullo y felicidad puedo decirles que al fin se me hizo verla hace un par de semanas y tengo varias opiniones al respecto.

Les cuento rápidamente cuál es la historia de la película (y si empiezan con sus ‘spoilers, spoilers’ ¡me vale!): un niño de trece años llamado Jakie Rabinowitz tiene una voz privilegiada y su padre, el rabino y cantor Rabinowitz, lo sabe. Cinco generaciones de su familia respaldan la tradición de ser los cantores oficiales de la sinagoga del gueto judío de Nueva York en donde viven, pero obviamente a Jakie eso no le interesa en lo absoluto. Su papá lo cacha en un bar cantando, lo corre de la casa, pasan los años y Jakie –ahora Jack Robin- se vuelve famoso, viaja por todo Estados Unidos y le llega por fin su tan anhelado trabajo en Broadway, pero el día de la ‘opening night’, pasa algo que lo coloca indiscutiblemente entre la espada y la pared. Punto final. Tal vez sea una historia que hemos visto y leído en interminables ocasiones, pero recordemos que ésta fue la pionera; las actuaciones son exageradamente dramáticas y la historia en sí es terriblemente exagerada, pero ¡ojo! no estoy diciendo que sea una mala película o algo por el estilo. Obviamente tenemos que ubicarnos en 1927 y precisamente por eso se los pedí desde que inicié este artículo; por más ridícula o absurda que nos llegue a parecer la trama de la película, no lo es.

En términos cinematográficos, la película es legendaria por su mezcla tan característica entre el cine mudo y el sonoro; lo único que podemos escuchar–además de la música de fondo- son las canciones que interpreta Al Jolson, tales como “Dirty hands, dirty face”, “Toot, toot, tootsie (goo’ bye)”, “My mammy”, “Kol Nidre” (que es un cántico judío previo al Yom Kipur), entre otras. Este avance tecnológico pudo ser posible con un proceso llamado ‘Vitaphone’ que la verdad, sigo sin comprender totalmente, pero bueno… pueden buscarlo tranquilamente en internet. Ha quedado registrado en la historia del cine que, el diálogo transitorio entre las canciones “Dirty hands, dirty face” y “Toot, toot, tootsie (goo’ bye)” en la escena del bar, fue el momento cumbre y de más frenesí que tuvo la película en sus primeras proyecciones, ya que Al dice: “Wait a minute, wait a minute… you ain't heard nothin' yet”. Tanto ha sido el impacto de dicha frase, que hay miles de artículos sobre cómo cambió la industria del cine para siempre. Y bueno, a la mayoría se le olvida que también podemos escuchar un breve diálogo entre Jack y su madre cuando él regresa a casa y le toca varias cancioncitas en el piano; yo me emocioné más en esa parte que en la anterior, pero es porque en la escena del bar, olvidé momentáneamente ubicarme en el ’27. ¡Ah! Y se me está pasando decirles que Al Jolson nos demuestra lo buen actor y cantante que era. Créanme cuando les digo que Elvis se inspiró en Al para su tan famoso movimiento de caderas.



  
Ahora, cambiando un poquito de tema, muchos historiadores y amantes del jazz, rebaten el hecho de que la película se llame así, ‘The Jazz Singer’, cuando lo que menos escuchamos en los 90 minutos de proyección, es auténtico jazz. Aquí es donde entra mi poca experiencia y necedad, y me hacen reflexionar que, más allá de una cuestión literal sobre la palabra jazz, la película nos habla y redirige hacia lo que significaba y representaba culturalmente dicha palabra en aquella época: la constante pelea entre lo viejo y lo moderno, el romper con lo socialmente establecido en términos de racismo y feminismo, el causar polémica, el generar y difundir el ‘american way of life’, el derroche insaciable de dinero, la prohibición de alcohol, entre muchas otras cuestiones. El personaje de Jack lo recalca cada que puede: “mi carrera es mucho más importante que tus viejas tradiciones” y eso es precisamente lo crucial de la película. Eso y que se pintó la cara de negro en la última escena, lo cual nos habla de una apertura y leve aceptación de los blancos norteamericanos hacia la cultura de los negros, no tanto para apropiarse de ella, sino más bien para integrarse en ella aunque ese ‘gesto’ sería considerado una aberración hoy en día y sería Trending Topic en Twitter. Recordemos que el jazz es auténticamente negro y que, cuando se volvió famoso en los bares y centros nocturnos de Harlem en Nueva York, una de sus principales audiencias, eran los blancos.

Disfruté la película mucho más cuando terminé de verla y me permití hacer toda esta reflexión que les comparto. Soy muy sincera y admito que había momentos en que sí me desesperaba bastante, pero ‘es parte de’. ‘The Jazz Singer’ fue, en definitiva, un parte aguas en mi querida Era del Jazz en donde claramente hay un antes y un después de la película y es algo que continúa asombrándome y apasionándome. En ‘París era una fiesta’, Ernest Hemingway nos cuenta que, estando en Antibes con los Fitzgeralds y con otras amistades, Zelda tuvo el atrevimiento de preguntarle descaradamente: “¿No crees que Al Jolson es más grande que Jesús?”, a lo que obviamente Hem le contestó con un tajante “NO”. Lo que hace que una vez más me emocione y se me enchine la piel al pensar en toda esta década fascinante de acontecimientos y cómo están tan relacionados unos con otros. ¿Y Al Jolson? Bueno, tal vez no fue más grande que Jesús, pero gracias a él, las celebridades son lo que son hoy en día.




La Autora: Publirrelacionista de risa escandalosa. Descubrió el mundo del Social Media Management por cuenta propia. Gusta de pintar mandalas y leer. Ácida y medio lépera. Obsesionada con la era del jazz. Llámenme anticuada… ¡por favor!


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