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7NN: El secreto del pescador

El pescador encontró su tesoro de pura casualidad. Un día, aburrido de todo, se fue a caminar cerca de una peña a la que sólo se podía llegar escalando.

11 julio 2018

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El secreto del pescador 
René Alejandro López


Dos uniformados le dijeron que en cuanto estuviera mejor lo pasarían a la cárcel regional por delitos ambientales. 

¿Cuáles delitos ambientales? 

No se haga el inocente, hace tiempo que sabemos de sus actividades en la desembocadura. 

Tal vez pasarían varias semanas, incluso meses, explicó una de las doctoras, para que se detuvieran sus crisis. A veces hablaba normal y daba la impresión de estar recién llegado de la playa, y ahí le llegaban las alucinaciones, convulsionaba y perdía el sentido. Incluso, un par de veces, llegó a fallarle el corazón. Así cómo llegaban los síntomas se iban, sin explicación certera. 

De la cintura para abajo no podía mover nada. Fue su padre quien, en medio de un llanto quedo, le dio la noticia: nunca tendría hijos, se iba a perder su larga familia de pescadores. Hasta la noche levantó la sábana y enmedio de las piernas, donde debería haber un pene, encontró una ramita seca. 

En los sueños se le aparecía la mujer, a veces con un rostro y a veces con otro, a veces con el cabello rojo y otras de color verde. Pero siempre le acercaba los labios y lo besaba hasta hacerlo perder el aliento. Él despertaba gritando y echaba unos suspiros para tomar la mayor cantidad de aire posible. La bruja, decía él, aunque no quiso contar nada más hasta que le llevaron al sacerdote. 


Si mantuvo en vilo a todo el pueblo fue porque despertaba pasiones entre la gente al ser el mejor pescador de la Costa Verde. No sólo era hábil enfrentando hasta el mar más embravecido, también lograba pescas impresionantes; cargaba, hasta casi el hundimiento, las embarcaciones en las que iba, por eso se lo peleaban los capitanes. Sin embargo nunca quiso tener su propia flota, El trabajo diario engrandece, el dinero envilece, decía. Un día dejó de trabajar en las balsas y comenzó a disminuir su pesca. Lo que perdió en cantidad lo ganó en rareza; primero empezó a llevar pescados gigantes, que pocas veces se veían por ahí. Lo segundo que sorprendió fue que, justamente él, encontrara animales de ese tipo durante treinta y dos días seguidos. Pero lo que dejó aterrorizados a los demás habitantes de San José Moro fue cuando empezó a llevar pescados que de ninguna manera se conseguían en la región. 


Y este ¿de dónde sacó un salmón rojo? 

Pos no lo sacó, ese güey los debe de comprar congelados y los trae para jugarle al cabrón. 

Algunos intentaron seguirlo varias noches mientras iba a pescar pero se les perdía en medio de la selva. No hubo oído capaz de distinguir sus pasos en medio de tanta cigarra chillona. 

Mientras estuvo convaleciente en el hospital, muchos fueron a visitarlo los primeros días, pero él se negaba a decir cualquier cosa. Por eso en cuanto terminó de confesarse, los curiosos abordaron por el camino al sacerdote. No pudieron sacarle nada del secreto de Basilio Ordoñez. Dicen que el padre se fue caminando hacia la Parroquia del Carmen, aunque su cuerpo fue encontrado al día siguiente del otro lado, en una de las playas de la Costa Verde. Parecía que por las ansias de saber lo que le había dicho el pescador, lo mataron a golpes. 

Un día antes de desaparecer para siempre, el pescador se acercó a uno de los doctores que hacía el servicio social, era su último día en el pueblo y habían organizado una despedida con tacos y un pastel. Cuando pasó a despedirse de los enfermos, Basilio lo detuvo fuerte del antebrazo como por veinte minutos. 


Nomás a usted puedo decirle qué fue lo que me pasó, doctor. 

Se lo puede decir a cualquier otra persona, Basilio. 

Se lo digo a usted porque ya se va. 

Y yo de qué le voy a servir, cuénteselo a quien le pueda atender, yo ya me regreso a la capital. 

Por eso, ¿no vio lo que le pasó al padre? Si le digo lo que le voy a decir ya no va poder regresar jamás al mar. 

Cálmese Basilio, si eso lo va a tranquilizar, dígame lo que quiera. 

El pescador encontró su tesoro de pura casualidad. Un día, aburrido de todo, se fue a caminar cerca de una peña a la que sólo se podía llegar escalando; por lancha no, debido a las olas que chocaban asesinas contra las piedras. Cuando estuvo a punto de lograr la punta de la peña resbaló; una ola enorme lo engulló a media caída pero no lo estampó contra las rocas. Entrar al mar fue más como estar en un túnel inclinado y con una caída suave en cuyo final se podía ver la luz. 

Salió en una bahía de aguas tranquilas que no pudo reconocer; a la playa llegaban olas apenas tan grandes como pellizcos y entonces quiso saber si por ahí podía pescar algo. De la mochila que llevaba al hombro sacó la atarraya y la echó al mar. Antes de que los plomos tocaran el fondo ya se sentía cargada. Era el paraíso, no se podía estar más en paz. Cuando pudo, hizo fuego y cocinó lo que había sacado. Ya por la tarde vio acercarse a una mujer de vestido blanco y ligero, se sentó a su lado y le dijo que era tiempo de irse. Lo besó profundamente hasta robarle el resuello. Él no tuvo miedo, se fue quedando dormido y cuando despertó estaba en una de las playas de la Costa Verde con un pez gigante al lado. 

Regresó a la peña durante más de un mes, se dejaba caer y siempre venía la ola a llevarlo por el túnel. Estaba todo el día y luego era besado por la mujer. Pero la última vez que fue a la bahía, ella empezó a desabotonarle la camisa y luego el pantalón, se levantó el vestido y lo tiró para que estuviera por completo recostado. Mientras ella se movía de adelante hacia atrás, justo en el orgasmo, tuvo la sensación de ser absorbido por el cuerpo de ella, como con una ventosa. Ella le susurró al oído que ya se había llevado a muchos de sus hijos, que tendría que dejar su savia en ella para poder reponerlos. Despertó cuando lo llevaban de camino al hospital. 

Al sacerdote lo mataron los hijos de la bruja, nadie sería tan bestia como para hacerlo. 

Ya no se dijo más, el doctor se fue antes de lo planeado en una camioneta que iba de camino a la capital. A Basilio no lo encontraron en su cama al día siguiente, algunos dicen que la última vez que lo vieron se metió a la selva camino a la peña más alejada de la Costa Verde.




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Editorial

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7NN

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