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Letrinas: La cascada amarilla

Un lunes caluroso, ocurrió la tormenta de arena más poderosa que habían presenciado jamás, en ese momento el señor M decidió que tenían que regresar a la ciudad.

13 julio 2020

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La cascada amarilla
Por Gema Mateo

Se encontraban, como en otros días, dispuestos en la pequeña habitación de la casa, a la luz de la tarde. Esperaban a que su papá llegara del trabajo y disfrutaran de la merienda antes de que el sol se ocultara.

Los hijos recostados boca abajo sobre el piso, armaban un rompecabezas a escala de la constelación, con los cinco planetas formidables rodeados de millones de estrellas.

El señor M llegó unos minutos antes de lo habitual, con un ligero sobresalto en su rostro que sus hijos no habían percibido antes.

– ¿Qué te ha sucedido M? – preguntó la señora G con desconcierto al ver los ojos claros de su esposo.
Los tres hijos se acercaron para escuchar con atención lo que su papá tenía que decir. El señor M les explicó que había sucedido lo que tanto temía, las pesadillas que lo habían acompañado en los últimos días se habían vuelto realidad.

Aquello que su esposa y él habían guardado tan secretamente durante la última década se había revelado y no veía otra solución más que huir.

– Nos han descubierto, me lo han dicho hoy. ¡Nos han descubierto! – gritó con espanto.

La hija nerviosa preguntó qué era aquello que habían descubierto, al igual que sus hermanos, no comprendía por qué sus padres estaban aterrorizados y ahora comenzaban a guardar sus pertenencias en cajas y maletas, a la vez que les pedían ir a sus habitaciones para hacer lo mismo.

– ¿Qué sucede? Cuéntanos, ¡en qué nos descubrieron! – replicó el hijo mayor.

Con una palpitación acelerada en el corazón, el señor M se dispuso a narrar aquel secreto que sus hijos no recordaban por ser muy pequeños. Les contó que antes de llegar a la ciudad de plata, la cual estaba cubierta por un domo de una fibra delgada de cristal, su familia vivía en las dunas amarillas.

Las diferencias eran palpables, no solo en la distancia, sino también en la forma de vida. Era una región inhabitada, carente de servicios públicos y de la reluciente plata que adornaba cada espacio de la urbe donde ahora se encontraban.

Allá no existía la tecnología, estaban en contacto directo con la naturaleza, por la noche los cinturones de estrellas alumbraban sus veladas, a lo lejos percibían el antiguo planeta, sabían que se había consumido, pero no sabían por qué. Esos astros eran sus compañeros, el silencio era brutal, pero la familia vivió en calma durante cinco años.

Su choza estaba construida con palma de hoja verde y lodo crudo, tanto en las paredes como en el techo, que los cubría de la lluvia y el frío inclemente del anochecer.

En aquel sitio, su hogar estaba rodeado por cuatro montañas de arena dorada, lisa y tibia a causa del sol despejado en el día. A pesar de vivir en aquel desierto había un oasis justo enfrente de la casa.

Una laguna verdosa con matices azulados, era profunda y se encontraba rodeada de palmeras que daban deliciosos frutos; en ella, los niños podían nadar. Sin embargo, había una particularidad en toda el área de las dunas amarillas, puesto que al lanzarse a la laguna, en algún punto se conectaba con un portal teletransportador que los hacía caer como en una cascada desde el cielo.

Los niños se divertían tanto y disfrutaban de esas conexiones que se sumergían en la laguna no tanto para nadar sino para caer desde el cielo hacia el agua.

También podían lanzar esferas doradas tomadas de la arena hacia la fosa marina y verlas caer como una cascada amarilla desde el firmamento. Las coordenadas de ese oasis y las dunas sobrepasaban las leyes del espacio-tiempo, a los infantes eso no les importaba, era inofensiva la causalidad de aquellos sucesos porque lo que más deseaban era seguir jugando hasta que se ocultara el sol.

Además de aquellos fenómenos, si se acercaban a la duna del este, bajo la palmera más frondosa, podían lanzar cualquier líquido y la gravedad no aplicaba en ese punto. Las gotas que debían caer en la arena cuando se derrama el agua, quedaban suspendidas en partículas como si fueran canicas que podían mover con sutileza.

La señora G también disfrutaba de estas transformaciones de la gravedad, el espacio y el tiempo. Su regocijo era muy particular, pues al salir por la puerta trasera de la casa caminaba 500 metros, colocaba en la dorada tierra un almuerzo preparado para su esposo y en instantes el señor M lo recogía en la duna del oeste, ello sucedía en la temporada en que salía a recolectar madera o frutas de la hectárea más fructífera.

Así gozaban del desequilibrio perfecto de las leyes planetarias, vivían exiliados de la civilización robótica en la que se habían convertido los demás y mantenían su vínculo con la naturaleza, pero no todo fue alegría.

Un lunes caluroso, ocurrió la tormenta de arena más poderosa que habían presenciado jamás, en ese momento el señor M decidió que tenían que regresar a la ciudad, además era necesario que los niños comenzaran su educación e interactuaran con otros de su misma edad.

Tras esta revelación a través de las palabras de su padre, la hija comenzó a recordar de manera vívida aquellos días de arena y partículas amarillas que flotaban en el aire. De los saltos desde el cielo y de las risas con sus hermanos al rodar por la arena aleonada.

– Ahora lo recuerdo todo, dijo con algunas lágrimas de nostalgia.

El señor M agregó que cuando llegaron a la ciudad se enteraron que los demás catalogaban aquella zona en la que vivían como un área contaminada. Puesto que no comprendían los fenómenos sobrenaturales que ocurrían ahí, las personas se concentraron en ciudades cubiertas por aquellos domos, donde la tecnología se desarrolló cada vez más y tomó el control de sus vidas mientras que el contacto con la naturaleza se censuró.

La pareja decidió que era preferible no recordar aquellos años, sus hijos siendo muy chiquitos lo olvidarían mientras continuaban su vida en la urbe de cristal, con sus edificios altos y plateados, donde todo tipo de invención con inteligencia artificial predominaba.

Todo transcurría con normalidad, pero el señor M había estado teniendo extraños sueños, o más bien pesadillas, donde un grupo de altos funcionarios descubría la existencia de mucha gente infiltrada en la ciudad, gente que había vivido en esos lugares y que era necesario eliminar.

Esa tarde en el trabajo, el señor M había escuchado las últimas noticias, aquellas zonas de dunas doradas, las cuales había en demasía en el planeta, eran zonas intoxicadas por contacto alienígena. Los terranos habían contaminado esos lugares con basura espacial y agujeros negros que no pudieron controlar, pero el planeta se había adaptado a ello.

– ¿Y eso por qué nos afecta? Ellos son los que han destruido nuestro planeta, dijo el hijo menor.

– Todo sería diferente si hasta ese punto hubiera llegado el descubrimiento, pero ahora el gobierno ha decretado que todas las personas que tuvieron algún contacto con esa zona también están infectadas. Sus cuerpos, al igual que el planeta, se han adaptado y no saben cómo reaccionarán en el futuro, así que nos quieren eliminar – concluyó el señor M ocultando su temor.

Era eso, la pesadilla se había hecho realidad y tenían que escapar. No permitiría que lastimaran a su esposa o hijos al confinarlos en cámaras de observación, haciendo experimentos con ellos para comprender las leyes alteradas de la naturaleza.

Al terminar de escuchar las últimas palabras de su esposo, la señora G tembló de nuevo de nervios y sintió un frío que recorría su espalda, así que apuró a sus hijos para guardar todo y prepararse a partir.
El señor M ya había hablado con el señor T, un viejo amigo, él los ayudaría a salir de la cuadra principal de la ciudad para llevarlos a su casa, donde desarrollaba servicios de tecnología, y se encontraba alejada de multitudes.

Su sobrino llegó con el señor T a las siete de la noche, ambos trabajaban con algoritmos de información para crear nuevos y mejores servicios que vendían a las compañías de la ciudad.

No tienen por qué temer, les dijo su sobrino. Años atrás cuando supo de su regreso a la ciudad, el joven prometió ayudarlos siempre, puesto que eran la única familia que le quedaba.

– Vamos a ir allá a la cuadra del sur, donde no hay muchos habitantes y podremos disfrutar sin que los persigan – alentó el primo.

– ¿Seguro que vamos a estar bien? – preguntó en susurro tembloroso el hermano mayor para que sus hermanitos no lo escucharan.

Tomando la mano de su hija, la señora G respiró de manera profunda, debía normalizar su respiración antes de dejar la casa. Aunque usarían los atuendos que los ayudarían a camuflarse, necesitaba controlar su exhalación.

Por fin, cubiertos con las capas que el señor M había adquirido no hace mucho tiempo, salieron por la parte de atrás y se subieron al transporte que los condujo hacia la gran casa marmoleada. Su sobrino y el señor T ganaban mucho dinero desarrollando aquellos servicios que eran aplicados por toda la ciudad, por lo que contaban con un espacio inmenso para recibir visitas.

La tercera helada cayó esa noche, la temperatura descendía y el aire rasgaba sus mejillas mientras salían del transporte que flotaba con las luces intermitentes para no llamar la atención en la calle.

Al abrir la puerta, mientras los niños corrían con su primo a una habitación llena de juegos de realidad virtual, los adultos se quedaron conversando en la sala de estar, la cual estaba flanqueada por altas columnas de mármol blanco, del mismo material del piso.

Platicaron sobre dejar en definitiva la ciudad plateada, no podían quedarse ocultos para siempre, tal vez aún tenían una oportunidad de regresar a las dunas y sentir la tibieza de la arena. La pareja invitó al señor T y a su sobrino para fugarse con ellos, pero era una jugada arriesgada.

Estaban a punto de dormir cuando escucharon las sirenas estridentes de la guardia oficial. Los vidrios retumbaban y la señora G sintió sobre sus pies cómo crujía la tierra. En sobresalto todos se reunieron en la sala y temieron lo peor, solo les quedaba esperar.

Afuera los enormes felinos moteados con dientes de sable aguardaban las indicaciones de los vigilantes para entrar a la casa y llevarse a la familia a las cámaras de observación. Rugían hambrientos de poder.

– Aguarda unos segundos más – exclamó el vigilante – mientras el moteado felino volvió a rugir con fuerza.

La hija estornudó una vez y esto hizo que su codo resbalara de la mesa de la cocina.

– Deja de fantasear tanto – dijo su mamá.

Suspiró de manera profunda y se alegró de que estuviera en su hogar, con la estufa encendida cocinando el pollo, con el agua corriendo de la llave al lavarse las manos. Poco a poco iba dejando atrás aquella opresión en el pecho.

Aquel bostezo largo donde los ojos son visitados por algunas traviesas lágrimas había hecho que la hija tuviera esa visión, donde en otro mundo los humanos habían contaminado un planeta y ahora una familia era capturada por eso.


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