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Letrinas: Una por otra

El tiempo convirtió a Poot en oficial de la Marina. Llegó a ser vicealmirante. Detuvo decenas de cargamentos.

22 octubre 2020

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Una por otra

 Por Saulo Aguilar


Ahí en donde tiene su imperio el mar del Caribe…

Leyenda de Chetumal – Carlos Gómez Barrera

 

Poot y sus hombres se hacen pasar por los integrantes de la Banda MS, los originales se encuentran amordazados dentro de un tráiler a las afueras de Chetumal. A media noche los impostores subirán al escenario y tomarán sus posiciones, ubicando los puntos hacia los que deben disparar. Los colaboradores y la familia de Don Félix, jefe del Cártel del Norte, se encuentran entre los asistentes. Cuando el capo dé el brindis de agradecimiento en la fiesta, la banda abrirá fuego contra todos los presentes. La orden es matarlos a todos, menos a la quinceañera.

Los impostores se cambian dentro del camerino y alistan las armas que llevan dentro de los estuches de sus instrumentos. Se mueren de miedo, pero saben que hoy es la mejor oportunidad para aniquilar al Cártel del Norte de una vez por todas. Ser empleados de esos cabrones o instaurar su propia organización aquí en casa: el Cártel del Caribe.

En la mesa de regalos yacen armas de oro con incrustaciones de esmeraldas y turquesas tan brillantes como el mar o la selva. Bolsos, maquillaje, celulares y las llaves de una Hummer color rosa, que se encuentra a un lado para que todos los asistentes puedan presenciar el regalo que Don Félix le ha dado a su hija.  Los meseros sirven caballitos de tequila reservado, vasos con whisky de dieciocho años y latas de Tecate Light por montones. Se sirve cabrito al ataúd, carne asada y barbacoa. Un pedacito del norte en el caribe para hacer que los miembros del cártel se sientan como en casa. Ese lugar que tanto se extraña, ese que dejaron para tenerlo todo aunque fuese lejos de casa. Todo mientras esperan a que las luces se enciendan y la Banda MS se arranque con sus grandes éxitos.

Algunos de sus más leales pistoleros trajeron a toda su familia para presenciar el acto, incluso el gobernador vino con toda su familia desde Cozumel. Cientos de selectos asistentes.

Chiflidos y aplausos animan a la banda a salir cuando se acerca la hora del acto, la cumpleañera se muere de emoción por ver a sus ídolos, ser la envidia de sus amistades y compañeros de la escuela. Los presentes están ansiosos, pero Poot lo está aún más.

Era solo un niño cuando los hombres del Cártel del Norte irrumpieron en la marisquería de sus padres exigiendo el derecho de piso. Lo recuerda bien, porque hasta el sol de hoy repasa el momento todas las noches como quien reza un rosario. Era domingo, el local estaba a reventar, como de costumbre, cuando dos hombres con sombrero texano y botas vaqueras cruzaron desde la entrada hacia el mostrador exigiendo la presencia del dueño. Eran Don Félix y compañía exigiendo ochenta mil pesos al mes. Su padre los corrió a mentadas. No sabía que después secuestrarían a su esposa y a su hija ni que las violarían entre diez hombres para luego descuartizarlas. Solo así entendió que valía más perderlo todo y huyó para jamás volver, tras dejar a su hijo al cuidado de una tía.

El tiempo convirtió a Poot en oficial de la Marina. Llegó a ser vicealmirante. Detuvo decenas de cargamentos. Quemó plantíos en Guerrero, Veracruz y Sinaloa. Se volvió experto en interrogatorios, aplicando los métodos de tortura más eficaces: golpes por todo el cuerpo, toques eléctricos en los genitales, sacarles las muelas sin anestesia, entre otras.

En todos sus años de servicio aprendió que esos hombres no son más que animales sobreviviendo a un infierno que ellos mismos construyeron. Atrapados en el vértigo constante. Seres con la mirada de quien solo tiene dos opciones: vencer o ser vencido. Para aniquilar a los vencedores hay que destruir su legado. Por eso hay que pegarles donde duele, botar su ego como quien tira la estatua de un tirano.

Así engañó a los verdaderos miembros de la Banda MS, con escorts que pusieron pastillas molidas en sus tragos. Luego reclutó a unos cuantos delincuentes chetumaleños con parecido a los integrantes de la banda, todo para convencerlos de que se puede ser algo más que subordinados. Convertirlos en los amos de la zona, hacer que todos conozcan al Cártel del Caribe como esa organización que destruyó por completo a los norteños. No como un asunto de revanchas, sino como un golpe definitivo a la moral de quienes, por décadas, se han sentido superiores.

Odia a los sicarios, pero es una por otra. No hay vuelta atrás.

***

Son las once con cincuenta y cinco minutos. Unas luces azules alumbran medio escenario. Las caras de los impostores aún se resguardan tras un velo de sombra. Los instrumentos se conectan y fingen probar sonido, afinar.  Los aullidos de las niñas y las mujeres se escuchan de fondo. La voz del público corea al unísono el nombre de la agrupación como si fuera una consigna. Todo va de acuerdo al plan.

En la pantalla que se encuentra al fondo del escenario comienzan una presentación con fotografías de la hija de Don Félix. Fotos de sus primeros años, de sus innumerables viajes alrededor del mundo. Se abren los micrófonos, el vocalista falso da las buenas noches e invita a Don Félix a subir al escenario para dar el brindis en compañía de su hija. Éste da rienda suelta a una perorata que resulta un lugar común, una cursilería propia de un briago, hasta pide a los presentes que se pongan de pie y levanten sus copas. Entonces un cuchillo le acaricia el cuello. Comienzan los disparos y Poot toma como rehén a la quinceañera para obligarla a presenciar todo.

El público no entiende que es lo que está pasando. La falsa Banda MS de Poot dispara desde el escenario. En lugar de clarinetes, trombones y trompetas suenan ráfagas de metralla y llueven granadas en lugar de tamborazos. Los presentes caen como si fuesen fichas de dominó.

La quinceañera llora y maldice a los asesinos de su familia. Patalea entre la sangre que derramó su padre. Poot la dejará vivir. Ella despertará más tarde en un hospital privado y a los pocos días será transportada a Miami con sus familiares. Nadie más volverá a saber de ella o de su familia. Nadie vendrá a cobrar venganza.

En otro punto de la ciudad la policía municipal encuentra y libera a los verdaderos miembros de la Banda MS. Antes de tomarles la declaración preguntan a los músicos si pueden tomarse una foto con ellos. Estos acceden.




Saulo Aguilar Bernés  (Chetumal, 1993)

Lic. en Derecho por la Universidad Modelo y maestrante en Creación y Apreciación Literaria por el Instituto de Estudios Universitarios. Autor del libro “Cosas del juego” (Capítulo Siete/Universidad Modelo, 2019) y coordinador de editorial Gazapo. Sus relatos aparecen en revistas como Círculo de Poesía, Blanco Móvil, Tropo a la Uña, Letralia, Efecto Antabús y Materia Escrita. Un par de estos fueron traducidos al polaco y al italiano. Becario del programa “Los signos de rotación” del Festival Interfaz en Mérida, Yucatán (2017).
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