Letrinas: Alicia te había prohibido verla

El insomnio otra vez, las caminatas nocturnas por el parque no ayudaban ni las canciones de Juan Cirerol. Iván Gutiérrez nos trae este cuento musical.

Alicia te había prohibido verla
Por Iván Gutiérrez

Ahí está de nuevo, ese maldito escalofrío que siempre te persigue antes de tocar. El miedo nunca se irá, por el contrario, es parte del oficio. Eso es lo que dice Alicia. Claro que dar consejos siempre ha sido más fácil que llevarlos a cabo.  ¿Cuándo ella se ha presentado en un escenario como éste? ¿Cuándo ha tocado frente a cien personas impacientes por destrozar cualquier canción que no coincida con sus expectativas? ¿Por qué habría de hacerle caso a las ideas de Alicia, después de todo?

All I wanna be… Is something so good… (Floated By - Peter Car Recording Co.)

Estos tipos tocan poca madre, y aunque no entiendes si lo que escuchas es jazz, rock o góspel, sientes cómo todas las almas a tu alrededor vibran como guiados por cierta melodía con sabor a psicodelia. ¿Por qué te pusieron después de ellos? Ya casi es hora de subir al escenario y tu maldito corazón no va más que empezando a galopar. ¡Mírate, estás echo mierda! ¡Por Dios, ni siquiera el agua fría te quitó la peste a vino barato! ¡Basta, deja de pensar pendejadas y concéntrate! La carta, acuérdate de la carta, y de su voz cuando te pidió que tocaras el Mi Mayor más rápido, y luego sus labios, sobre todo sus labios, de hecho, olvídate de la carta. ¡No, qué dices, la carta es lo importante! Qué decía… empezaba algo así como… “recuerdo que pensé dos cosas cuando te conocí: que tus canciones no eran malas (pero tampoco las mejores), y que necesitabas a alguien que te dijera cuando no estabas dando lo mejor de ti…”

En la presentación de hace un mes los nervios eran mucho peores, ¿te acuerdas? El hedor a marihuana era casi el mismo, aunque el público no superaba las quince personas, y no podía hablarse tanto de asientos como del clásico estar parado con tu caguama en la mano cotorreando. Apenas habías terminado de tocar y ya querías irte a la chingada del evento. No era como que la gente le hubiera puesto mucha atención a tu música, pero tú sabías que no lo habías hecho del todo bien. Por eso te sorprendiste cuando esa melena rubia se acercó para decirte que le había gustado tu música, y tú como pendejo diciéndole “gracias, qué bueno que te gustó”, en vez de pedirle su teléfono o preguntarle su nombre o por lo menos expresar lo increíble que se miraba con esa falda larga. Por suerte ella supo seguir la conversación comentando que tu última canción no había sido la más afinada de la noche. Sacó una tarjeta y te reveló que era manager de bandas independientes en Los Ángeles, y a pesar de tu cara de fracasado te invitó a que fueras a su departamento al día siguiente para ver si había posibilidades de trabajar en tu proyecto. Awebo le dijiste que sí.

Para el día siguiente quedaste sorprendido por lo minimalista de su depa, con apenas una planta, algunas botellas de vino y un cuadro en óleo de dos jóvenes desnudos mirándose fijamente: ella fumado un cigarro, él tratando de leer. Al fondo sonaba esa versión de Barro Talvez con la noble y hechicera voz de Cande Buasso y los teclados de Paulo Carrizo.

Tienes mucho potencial, Julián, comenzó a decirte mientras te invitaba a ponerte cómodo en el sillón y te servía una copa de Tempranillo. Yo te voy a ayudar a desarrollar tu talento, pero antes debo saber si tienes o no madera de artista. Verás, un artista no puede tener apego a nada más que a sí mismo.

¿Apego?, le respondiste a la par que la marihuana comenzaba a llenar cada rincón del aire. Tener apego es vivir encadenado, y un artista no puede vivir así: tiene que ser libre, ¡darlo todo por la libertad!, sentenció Alicia. Respondiste que no estabas del todo de acuerdo, y ella te respondió que eso era porque le temías a la soledad. Eres un cobarde, y esa es una de las razones por las que tu proyecto no prospera ni tu música no llega a más de diez personas, dijo mientras exhalaba un toque.

Si quiero me toco el alma… Pues mi carne ya no es nada…

¿Te acuerdas cómo permaneciste impávido, mientras tratabas de evitar que las palabras de Alicia rebotaran en tu baja autoestima? Tras unos segundos no pudiste contenerte y le gritaste ¡¿Tú qué chingados sabes Alicia?! Y ella, sin alterarse, dijo que no se creía nada, pero que ella siempre era honesta con los músicos con los que trabajaba.

¡No vine aquí para que dijeras pendejadas!, le respondiste encabronado. Eres un mamador, te dijo ella mientras dejaba la copa vacía en la mesa y te miraba con malicia. Fue entonces que te echaste encima de ella repitiendo que se callara, y ella respondió que te dejaras de mamadas y que la besaras de una puta vez. Eso hiciste y luego la mordiste y tus dedos se fueron debajo de su vestido y descubriste que no traía ropa interior.

Ya lo estoy queriendo… Ya lo estoy volviendo canción…

Luego cogieron con furia, como enojados por haberse tardado tanto en hacer lo que ambos querían: tratarse con esa mezcla de cariño y desprecio, arrancarse los labios y besarse el cuello y morder un pezón y luego el otro y olvidar por un momento que la vida no vale nada. Ya al final te dijo que eso era lo que te hacía falta en el escenario: transformarte en una bestia y dar una exhibición que naciera de lo más profundo de ti. Después te invitó a que regresaras en cuatro días, y que para tal ocasión llevaras tu guitarra.

En los días siguientes estuviste pensando en cómo habías perdido los estribos, y tuviste noches de insomnio que ni el tabaco ni el jazz ayudaron a apaciguar, horas pensando si lo ocurrido había sido (o no) lo correcto, porque jamás te habías sentido tan libre como cuando dejaste que la pasión tomara el control, pero tampoco nadie te había hecho enloquecer de tal manera. Y dudaste, claro que dudaste si regresar o no, porque temías que manipulara tu violencia y terminarás por hacerle daño, y te preguntaste por qué te importaba tanto el llegar a hacerle daño si apenas la conocías. El mero día sonó Plan de Fuga de Los Planetas y dejaste de pensar para seguir ese impulso que su aroma había dejado flotando por tu memoria.

Tan sólo necesito una victoria… una victoria nada más…

Cuando llegaste pudiste ver varias de las botellas vacías y el cuadro en el piso con el vidrio roto. Alicia parecía angustiada, pero cuando te vio llegar con la guitarra se entusiasmó y toda su cara adquirió brillo. Hoy vamos a practicar un ejercicio de ritmo, porque hay muchas de tus canciones que pueden mejorar si trabajamos el tiempo, dijo, y luego te ordenó que tocaras un acorde de Mi Mayor con un ritmo de folk, y que progresivamente fueras subiendo la velocidad del rasgueo. Llegaste a un punto en que no podías más, los dedos y la muñeca comenzaba a dolerte, pero Alicia te gritó que fueras más rápido, que no se te ocurriera detenerte ni perder el ritmo, que ¡vamos hijo de puta, hazlo más rápido!, y así alcanzaste un ritmo increíble que nunca habías ejecutado sin perder el tiempo. Terminaste exhausto, uno de tus dedos sangraba ligeramente porque en cierto momento la púa salió volando y tuviste que continuar sin ella, pero sentías una fuerza increíble fluyendo por todo tu cuerpo.

Alicia te dijo que tenía otro ejercicio, y quitándote la guitarra de las manos te desabrochó los pantalones y te dijo que cerraras los ojos. Atrévete a mirar y te vas a la chingada de aquí, advirtió mientras te recostaba en el sillón. Obedeciste sin resistencia y escuchaste como su ropa caía al suelo, y entonces llegó a tu boca el roce de sus senos, apenas una caricia que te dejaba más ansioso que un preso sin tabaco, queriendo que supieras que estaban ahí para ti pero que ella marcaba el ritmo: que ella era la libertad. Sus labios comenzaron a besar tu pecho y descendieron hasta tu entrepierna, revelando con su lengua una talentosa habilidad para sacar lo mejor de ti. Luego se subió encima y con una mirada de caníbal te ordenó que te la cogieras como al acorde de Mi Mayor, con fuerza y rapidez, y tú obedeciste y con tus manos dejaste unas marcas rosadas sobre su piel blanca y ella te gritó que lo hicieras más rápido, ¡más rápido, hijo de puta! y en tu cabeza Belafonte Sensacional cantaba que lo Hicieras por el Punk, y entonces Alicia gritó mientras te rasguñaba el pecho y tu sentías como todo el peso de su alma se evaporaba. Ya con el porro encendido te confesó que te había conseguido un lugar para tocar en el Subterra Fest, que se llevaría a cabo dentro de tres días en el Foro Alameda, y que necesitabas llevar una canción nueva para cubrir el tiempo total de la presentación.

El insomnio otra vez, y las caminatas nocturnas por el parque no ayudaban ni las canciones de Juan Cirerol: estabas convencido de que “la presión obstruía la inspiración”. Alicia te había prohibido verla antes del día de la presentación, que para que te enfocaras en la nueva rola, pero tú solo podías pensar en ella, en Alicia riendo a carcajadas, en la mirada encantadora y perversa de Alicia, en Alicia contigo en la regadera, en Alicia gritándote que lo hicieras más rápido.

La noche del tercer día terminaste por soñar con Alicia recostada sobre tus piernas conversando sobre lo que hace auténtica a una canción, si la sinceridad de la composición o lo vanguardista de su sonido, si su carácter subversivo o su fuerza emotiva, si el dominio de la técnica o la altura conceptual; una conversación sin resolución cerrada con un beso profundo que te hizo despertar y descubrir que la canción estaba hecha, que podías escucharla de principio a fin, así que fuiste en chinga a anotarla y la compusiste en menos de cinco minutos, bautizándola como “Alicia me ha prohibido verla”.

Te valió madres el pacto con Alicia y corriste a su departamento, listo para interpretarle en vivo la nueva obra, pero cuando atravesaste la puerta no había nada, ni botellas, ni cuadro, ni Alicia, ni nada, apenas una canción de Los Tigres del Norte sonando desde la calle, y sobre la mesa la planta de Alicia, y debajo de ella una carta donde tu mujer soñada confesaba que no se llamaba Alicia ni era manager de Los Ángeles, pero que no mentía cuando decía que tenías talento, que solo debías creer más en ti mismo y dar lo mejor de ti en el escenario. Se despedía pidiéndote que cuidaras de su planta, y terminaba la carta dedicándote un poema de Samuel Noyola.

Ahora tienes la carta contigo, y es probable que nunca vuelvas a saber de Alicia, pero también sabes que no vas a olvidar nunca el calor de sus piernas arriba de ti, ni su voz gritándote que lo hagas más rápido, ni mucho menos la sonrisa fugaz entre la penumbra de las velas. Entonces sujetas el cuello de tu guitarra, dejas de pensar, subes al escenario y le demuestras a esta centena de extraños cómo debe sonar un Mi Mayor.

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