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Cinderella
Alejandro Carrillo
El rayo inclemente del sol de las 8:05 a.m. se derrama sobre mis pies desnudos. El calor incómodo reactiva la resaca del día anterior y me obliga a levantarme del colchón amarillento con la única intención de acomodar la toalla negra que uso como cortina para impedir cualquier dejo de luz en la habitación. Las náuseas me invaden y corro al baño a vaciar el mareo de una borrachera que lleva días, quizá meses. Bajo a la cocina en busca de algo que me reanime —cerveza para dormir, café para despertar—. Como de costumbre no hay tazas limpias. Hurgando entre los trastos sucios encuentro una; una cucaracha muerta junto a la coladera me recuerda que quizá hoy sea mi cumpleaños. Si la gastritis no me falla, estaría cumpliendo treinta.
Lejos estoy de aquella promesa estúpida que me hice a los veinte —en diez años seré millonario y exitoso—. El primer sorbo de café me sabe al perfume de la madre soltera que me atendió anoche y un escalofrío me encoge los hombros. Me pregunto qué hice para llegar a este punto y decenas de caras y momentos cruzan frente a mis ojos —ya me acordé—. Suspiro fuerte, me tiendo un momento antes de dar el último trago y dejo la taza de vuelta en los trastos sucios. De reojo veo el cadáver de la cucaracha flotando patas arriba en el agua estancada de la coladera y pienso que es una manera innoble de morir para cualquier gusarapo.
A la de mil me armo de valor y me meto bajo la regadera helada. Me quedo ahí hasta que el agua cortante termina por despertarme. Pienso en mamá y en su sueño de tener un hijo doctor. A veces esa idea me ronda y siempre termino deseando tener a un doctor cerca, o a una enfermera —o a un recetario—. Pienso también en las palabras sabias de mi padre —con esa actitud no llegarás lejos— y le doy la eterna razón. Alzo la vista para cerrar la llave de paso y me pregunto, hacia mis adentros, si ese tubo galvanizado podría aguantarme colgado del cuello. Me seco el fracaso con la toalla negra y la regreso al cortinero de la habitación. Busco, con desgana, en el cajón, un motivo para no colgarme de la regadera.
Pienso en Matilde, en Elisa, en Adriana —las últimas conquistadoras de mi alma seca y mohosa—. Pero hoy pienso especialmente en Carolina. Me da pena haber olvidado su apellido, el color de sus ojos, el tono exacto de su voz. Lamento no conservar una sola foto, ninguna carta. El único recuerdo tangible son dos lunares y unos calzones rosas guardados dentro de un calcetín que se quedó sin pareja hace trece o catorce años.
A los diecisiete conocí a un amigo —por llamarlo de alguna manera— preocupado por mi forma de vivir, de beber. Prometió comprarme una botella de ron si lo acompañaba un día a su congregación cristiana. Naturalmente acepté: hoy en día nadie regala una botella de ron, y tampoco en ese entonces. Descubrí que para los cristianos es válido llorar en público y acudí a la congregación con puntual devoción durante meses. Yo no lo sabía, pero aquella cofradía fue mi primer grupo de apoyo: un lugar donde podía llorar sin dar explicaciones. Ahí tuve a mi propio Robert Paulson y conocí a Carolina —mi Marla Singer—.
Carolina tendría catorce años y la vitalidad de alguien dispuesta a comerse el mundo a mordiscos. Un día, a la hora de llorar, me descubrí saltando entre los dos lunares en la comisura de su boca. No volví jamás con los cristianos; en ese momento supe que había fichado por el equipo rival.
Semanas después, su uniforme verde de secundaria federal adornaba el asiento trasero del Buick 87 de mi padre. Me gusta pensar que conmigo aprendió todas esas cosas, y muy seguramente así fue, aunque para ser honesto mi único acierto fue haber caído en aquella congregación y robarme a la oveja más tierna del rebaño. La verdad es que, como yo, pudo haber sido cualquiera el que se llevara a Carolina de pinta todos los viernes a esa laguna perdida en las afueras de la ciudad a fumar y beber latas y latas de cerveza.
Disfrutaba estar cerca de ella, de su olor —yo juraba que era a chicle Motita—. Por primera vez en la vida me sentí útil y estúpidamente enamorado. Aprendí a fumar, a conseguir mota, a robar alcohol de las vinaterías. Recuerdo que en su cumpleaños le birlé a mi tío un cabernet de su cocina y un valedor de la cuadra me alivianó con un porrito. Aquel viernes trece, cuando cumplió quince, pensé en Dios y en los cristianos y sentí un leve remordimiento; agité la cabeza, le di un buen sorbo al vino —sangre de Cristo— y mi mano buceó bajo su falda dibujando corazones —cuerpo de Cristo—. Si Dios me estaba mirando, pensé, había que darle un buen espectáculo. No fuimos más allá de los arrumacos, los manoseos y los torpes intentos de despojo de ropa propios de un prepo pendejo, impopular y retraído —a la fecha, sólo la prepa ha quedado atrás—. Ese día nos quedamos hasta tarde en la laguna, tirados sobre el cofre del Buick 87, escuchando una y otra vez nuestra rola estúpida y entrañable: Aquí vienen los botas negras / nos gusta el rocanrol.
Aquel viernes sería el último. Como era de esperarse, más tarde que temprano nuestro idilio llegó a oídos de sus padres, de la congregación y de la policía. Con esas tres instituciones de por medio, las cosas nunca resultan bien para nadie. Aun así lo intentamos: nos veíamos a escondidas durante lapsos breves —diez, quince minutos— y nos jurábamos que el enfado de todos no trascendería más allá de la locura.
La última vez que la vi fue en octubre —quizá también era trece—. Carolina ideó un plan para escaparse de clases y yo la esperé en el Buick 87, a contraesquina de la secundaria. A pesar de la llovizna, Cenicienta quería una nieve de limón, así que fuimos a un centro comercial. Se amarró el suéter verde a la cintura y me tomó de la mano. Dimos vueltas interminables por los pasillos, nos reímos de tonterías y vimos los peces del acuario hasta que me pidió que la llevara a su casa. Serían las siete de la noche. Para mi sorpresa me pidió que la dejara justo en la entrada y no en la esquina, como solíamos hacerlo. Frente al portón blanco sentí vértigo. Cenicienta sacó la Tutsi Pop de la boca, me dio un beso pegajoso a cereza, se alzó la falda, bajó la ropa interior hasta los tobillos y dejó sus calzones en la guantera. Sin soltar la paleta me dio otro beso y susurró: feliz cumpleaños.
Tiempo después, el pinche portón blanco amaneció con un desolador Se vende y un número telefónico al que marqué cientos de veces sin obtener razón alguna. La busqué en la congregación y ni llorar pude. Lo último que supe de Carolina fue que había reprobado el año escolar —seguramente por mi culpa— y que sus padres se la llevaron a otra ciudad. No volví a verla. A Cenicienta se le hizo tarde.
Carolina debe tener ahora el doble de aquella edad y lamento no recordar su apellido, el color de sus ojos ni el tono de su voz. De ella sólo me quedan dos lunares y su ropa interior rosa que, lo juro, sigue oliendo a chicle Motita.
La pasamos bien. Estoy seguro de que esos pocos días a su lado son los recuerdos más felices de mi vida. Me gusta pensar que algún día lo dejaré todo —que no es mucho—, me compraré un Buick 87 y emprenderé una travesía en busca de la dueña de esas bragas rosadas que aún perfuman el cajón de mis calcetines.
