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Letrinas: Don Pez

El camión que va a Morelia sale cada hora, pero hay gente que tiene prisa, que debe irse de volada. Ahí es cuando te llamaban y cobrabas el doble.

15 diciembre 2020

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Don Pez
Por Samanta Galán Villa

A tus cincuentas seguías dándole baile al cuerpo. Todos te conocían como el borracho que animaba las fiestas. Yo no, a lo mejor porque me inicié tarde en ese ambiente. Te conocí porque manejabas el taxi que nos llevaba hasta Morelia e ibas por nosotros a la casa cuando mi abuelito tenía que ir al hospital. Me mirabas por el retrovisor y guiñabas el ojo. También te veía, tu cara reseca y escamosa me daba náuseas.

Así me fuiste agarrando confianza, hasta que al fin te animaste a invitarme a un baile, en honor a la patrona Santa Rosa. Los Players cerrarían la semana de fiestas y jaripeos. ¡Claro que te mandé a la chingada! No soy una modelo, pero tampoco estoy tan jodida. Terminé yendo con mis amigas y ahí te encontramos. Les invito las cervezas, dijiste, apestando a colonia barata. Mis amigas se rieron, pero yo no. Lo único que vi fue tu piel de pez.

Con el tiempo te perdí la repulsión, pero no como para andar contigo. Yo apenas terminaba el bachillerato y tú tenías tres hijos con una mujer que te abandonó porque ya no aguantaba tus infidelidades. Dicen que a veces te encontraban tirado en medio de la calle, meado y con el vómito resbalándote hasta el ombligo. Margarita, ven Margarita, decías entre el llanto y palabras a medio terminar.

          Margarita estaba en la capital con otro, todos lo supimos. Tus hijos te agarraron coraje y prefirieron olvidar que, en un pueblo en medio de la Sierra Madre, estaba su padre el infiel. Nadie se haría cargo de ti cuando estuvieras viejo, nadie te aventaría una tortilla para que no te murieras de hambre. Entonces tuviste la mejor idea de tu vida y te endeudaste para comprar el taxi.

El camión que va a Morelia sale cada hora, pero hay gente que tiene prisa, que debe irse de volada. Ahí es cuando te llamaban y cobrabas el doble. Aunque se nos hacía un robo, no nos quedaba de otra porque hay cosas que el tiempo nos quita y el dinero no recupera.

 Hiciste una reputación, ya no eras el borracho, sino el que sacaba de apuros y llevaba a la gente a la capital o a otros pueblos en tiempo récord. También con eso aumentaron tus ganancias. Preferiste bajarle a la tomadera y gastarlo en invitar a las muchachas a los jaripeos, a pasear al río y luego a tu casa.

Nunca ocultaste tu gusto por la putería y me da risa que hasta pensaras que yo te haría caso. No creas que no me gustaron tus regalos, los peluches envueltos en bolsas de celofán con las orejas chuecas o los ramos de rosas que aún traían espinas. He de confesarte que me sentía bonita, cotizada. Era, o así lo creía, la inalcanzable.

Terminé la prepa y mis papás dieron todo lo que tenían ahorrado para que estudiara enfermería en Morelia. No querían que terminara como ellos. A las enfermeras se les respeta y son muy inteligentes, una enfermera vale más que cualquier mujer que lleva a moler el nixtamal, eso decía mi papá muy orgulloso cuando me dejaba en la parada de autobuses. Todos sabían tu fama de mujeriego, y él prefería que tomara el camión a última hora que irme contigo.

¡Don Pez, ya se estaba tardando!, ándele que va a anochecer, te decía los viernes cuando aparecías en Mil Cumbres para subir pasaje. Me podían más las ganas de volver a la casa, que el regaño de mi papá por tomar el taxi. Ya no te miraba por el retrovisor la cara escamada ni los guiños de ojo. Ahora veía las montañas, las vacas y los borregos que pastaban antes de que llegaran las secas.

Pensé que ya éramos amigos y que dejaste de lado tus tonterías, por eso me extrañó verte fuera de la facultad esa mañana. Traías tus tenis blancos llenos de mugre, tu gorra del América, los ojos llorosos y en las manos un peluche envuelto en celofán.

Me morí de vergüenza al reconocerte. ¡Hijo de la chingada, vete a la verga! ¿Qué no entiendes? ¿Qué no entiendes que no quiero nada contigo?, quise gritarte, pero no lo hice, no iba a armar un escándalo frente a mis compañeros.

Híjole, ya llegó mi tío por mí. Nos vemos después, le dije a mis amigas y ellas entendieron que debían irse. Que, a fin de cuentas, aunque estudiara enfermería y me juntara con chavas de otro nivel, era del rancho y que una escena así no sería la última. Qué pasó, Don Pez. ¿Nos vamos? Hoy salí más temprano. Hasta parece que me lees el pensamiento. Ándale, vámonos. Tú sacaste el pecho, creyéndote el galán. Me entregaste el cochino oso y me dijiste que cada vez estaba más guapa.

Mírate, quién te viera. Ya preparándote para ser una licenciada. Para ti todos los que tenían una carrera eran licenciados: doctores, abogados, enfermeras, ingenieros, todos. Te agradecí por el oso y te repetí que ya nos largáramos. Te subiste al taxi y pusiste a los Cardenales.

La idea era irnos a Mil Cumbres a esperar pasaje, como siempre. Al pasar por ahí vimos a mujeres del pueblo en la parada y al autobús que llegaba al rancho más lento. Te valió madre y te fuiste de largo. ¿A dónde vamos? ¿No vas a subir gente o qué? No me respondiste y comenzaste a acelerar. Me cagué del miedo. Empecé a rezar el Padre Nuestro y a encomendarme a la Virgen, como me repetía mi mamá que hiciera cuando era niña.

En un punto del camino te orillaste y detuviste el taxi. Vente, te voy a enseñar algo. No quise bajarme, pero insististe. Había un bosquecillo y unos arbustos que comenzaban a secarse. Ya hay una cobija ahí y dejé unas cervezas. Vente, no te voy a hacer nada.

Sentí más coraje que miedo. Pendejo, imbécil. Moví la cabeza diciendo que no, el no que uno hace cuando alguien la caga. ¡Chingas a tu madre, pendejo! ¡Neta que vales verga, por eso te dejó Margarita! Agarré mis cosas y salí corriendo sin detenerme, sin pensar en nada. En ese momento no me di cuenta, pero estaba llorando. A lo lejos vi el camión que iba para el rancho y me subí antes de que me alcanzaras.

Pensé mucho en ti, en lo miserable que eras como para hacerle eso a una muchacha. Tan patético, que tu cara escamosa era la menor de tus vergüenzas. No le dije nada a mis papás porque seguramente hubieran ido por ti para lincharte. Me aguanté, pensando que usaría lo que hiciste para amenazarte si querías acercarte a mí de nuevo.

Ahora míranos, aquí los dos. Tardaron tres días en encontrarte. Mi mamá me marcó por teléfono para darme la noticia. Me dijo que apenas habían encontrado tu cuerpo. Te ahorcaste en medio de un bosquecillo, cerca de la carretera. Encontraron varias cervezas vacías, un oso en una bolsa y un cobertor bajo tus pies. Nadie imagina por qué lo hiciste, si un hombre viejo nada más debe esperar unos años a la muerte.

Dijo mi mamá que no te harían misa, porque las almas que se suicidan no pueden llegar a Dios. Te van a enterrar en el panteón sin banda, sin misa, como a un perro. Por eso vine, y estoy aquí, imaginando a través del ataúd tu cara de pez. No te guardo rencor, porque eso ya no nos sirve.

Margarita vino a tu entierro, llorando. Que de saber que ibas a matarte, no te habría dicho que se va a casar. Creíste que no le importabas a nadie, que nadie se daría cuenta si desaparecías. Viste la soledad que intentaste ahogar en alcohol y saciar en mujeres que sólo te seguían para desfalcarte.

Eras estúpido. ¿No sabes la falta que no vas a hacer a todos? ¿Sabes cuántos van a llegar tarde al hospital, a recibir el Solidaridad? ¿Quién va a traerme a casa los viernes en tiempo récord? ¿Quién me va a decir que he cambiado mucho, que estoy más guapa, elegante, bonita y que voy a ser la envida de las del pueblo? ¿Quién va a mirarme por el retrovisor? ¿Quién?

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