No es que Teódulo hubiera fallado en su deber: siempre fue fiel en todos los trabajos de herrería que le pedí. Su carácter manso repetía órdenes en su cabeza hasta hartarlo. Decidió lo que decidió porque entendió la transición divina que conlleva el arte. Era necesario. En el fondo lo supimos siempre, aunque nos costara aceptarlo. Le aturdía cualquier pensamiento ajeno a la obra. Sentía que, si dejaba de atenderla, el tiempo le jugaría una mala pasada. Y Teódulo no podía permitirse jugar en vano con el tiempo.
Desde que comenzó a trabajar aquí, nos convertimos en uno. Si lográbamos concentrarnos y conectar a la perfección, podía fusionarme con con sus pensamientos desordenados y su carácter de papel, siempre dispuesto a doblarse. Sobre todo si necesitaba un paseo nocturno para refrescar la creatividad. Entonces yo sentía con él, me dejaba guiar por su andar taciturno. Era lo mismo en cada caminata nocturna. Al principio, el aire nocturno se sentía de maravilla, después comenzaba la parte más caótica. Presentía que, a nuestras espaldas, alguien mimetizaba cada paso. Así que solíamos detenernos para saber si la presencia que nos inquietaba estaba realmente ahí o si solo existía en esa ruidosa mente que yo visitaba de cuando en cuando.
Decía que le ocurría todo el tiempo, desde que la obra había empezado a reclamarlo. La verdad es que recuerdo haberlo conocido así de paranoico desde mucho antes. Recuerdo esa inquietud constante tan suya de que alguien le acompañaba a todos lados. Esa paranoia de sentirse observado era más común de lo que él recordaba. Caminar le ayudaba a despejar la mente, pero al principio le era difícil sentir la confianza para salir. Por ello prefería la noche, la calma. Lo sé porque estuve ahí y lo sentí. Lo sentía todo.
Evitaba transeúntes por miedo a confundirlos con murmullos mentales. Los últimos pensamientos que le atormentaban eran que su familia aclamaba tanto la obra y que, en cambio, para él era una pieza sin consuelo celestial. Empezó la Piedra del Sol después de una reja decorativa. Dos días después del sueño que lo decidió todo. Si no hubiera sido por el sueño, ese estúpido sueño de revelación prehispánica, jamás se hubiera interesado por el calendario. Qué más se puede hacer cuando una deidad tan antigua como Tonatiuh, la deidad solar, te revela poco a poco los secretos del universo. Tanta información puede destrozarte por dentro, volverte loco. Un ser humano no tiene la capacidad para comprender los embrollos cósmicos, los dilemas celestes.
Era natural que se obsesionara, que no pudiera pensar en otra cosa sin importar si era la hora del desayuno o la merienda. No podía ni siquiera caminar tranquilo con el peso del saber sobre sus robustos hombros. Entre aquellos misterios, la deidad le confesaba que el tiempo se había fracturado. Naturalmente, nadie más que un artista puede forjar el hierro con sus manos y el fuego para repararlo. Sólo Teódulo era capaz de traer de vuelta la Piedra del Sol y reparar el daño universal.
El tiempo estaba roto, no había duda de ello. Se sentía en el ambiente y en el actuar mezquino de todos alrededor. Teódulo sintió que no podía ignorarlo, debía protegernos a toda costa. Debía proteger a mamá, al abuelo, a los primos, al cartero, al hombre de la esquina que pide unas monedas para comer y lo termina gastando en licor barato, en los niños que al salir de la escuela corren por las calles y suelen burlarse de su concentración máxima detrás de las rejas de las ventanas, en los políticos que no conocen su nombre y jamás se interesaron en saberlo, a todos, absolutamente a todos.
Después de días interminables de estudio y lectura, lo entendió. Quiero decir, lo entendimos. Me aferré a la idea de estar equivocado. De no entender lo que pasaba ni lo que sería necesario. Pensé muchas veces que se hartaría de este asunto. Que lo dejaría por la paz. Algún día despertaría y tiraría a la basura esa obra que no le permitía dormir. Volveríamos a los días tranquilos donde se realizaban encargos y trabajábamos hasta tarde, pero con la certeza de que la obra se iría sin la necesidad de recuperar el orden universal, ni de reponer el tiempo, ni de poner a salvo a mamá, al abuelo, a todos los conocidos y extraños.
Comprendió además, que para reparar el tiempo y el orden universal, debía realizar una obra perfecta. Teódulo sabía que la forma más elevada de una obra de arte es la perfección. Es lo único que la conecta con la divinidad. Desde entonces no pudo concentrarse en otra cosa. Se volvió obsesivo y meticuloso en cada uno de los arreglos que le hacía al calendario: pulía los surcos hasta volverlos casi respirables, corregía la tensión de las figuras que orbitaban el centro. El disco de metal, denso y opaco, iba reuniendo signos que parecían acomodarse solos cuando estaban en su sitio.
Ya le había dicho a mamá por qué, le explicó mil veces que su misión era importante, por su bien, por el del abuelo y de todos los demás, todos a quienes les tenía cariño e incluso todos a los que les tenía coraje. Aquellos que le eran indiferentes y aquellos que todavía no nacían. Todos dependían de este encargo. De la perfección del calendario.
Ahora se arrepentía de haber sido tosco con la señora de la panadería. Es probable que ella actuara de manera tan grosera porque sentía el tiempo destrozarse. No era consciente de ello, por supuesto. Pero el cuerpo y la psique humana no podían ignorar la inevitable catástrofe que se aproximaba. Lamentaba las discusiones con mamá, pero tenía claro que su deber era más importante. Su voz se mecía en palabras que parecían sin sentido para ella. Mamá recordó cuando Teódulo era pequeño, que pintaba las paredes y ella dudaba en reprenderlo porque creía que su talento artístico salvaría a toda la familia. O al menos la salvaría a ella de ser una madre terrible. De ser un monstruo que le prohibía a su hijo expresarse por medio de los colores y las texturas.
Con esta nueva locura, se reprochó no haberle prohibido jugar con los crayones en las paredes blancas, no haberlo llevado a los entrenamientos de futbol en lugar de las clases extracurriculares de pintura y cerámica. No haberle puesto mano dura cuando ella lo defendía diciendo que era un niño muy sensible. Ya era tarde, era muy tarde para salvarlo, y salvarnos a todos por medio del calendario, o de los crayones, o de los diálogos interminables de su hijo.
Por mi cuenta, puedo decir que nos volvimos tan unidos por las peculiaridades que compartíamos. Éramos capaces de detectar el sabor del metal utilizado en cada trabajo. Mientras más lejos estuviera la obra de ser terminada, el amargor se intensificaba. Fue algo que compartimos desde el primer día: él decía que sus huellas dactilares percibían sazones ferrosos como si fueran papilas gustativas. Yo lo sentía en todo mi ser; ese sabor amargo y frío que acompañaba los materiales metálicos. Teódulo me decía que era muy similar al sabor de la sangre. Por desgracia, nadie más creía que esto fuera un don divino. Su familia, sus amigos, todos subestimaban sus habilidades y lo creían loco.
Estas sensaciones le decían si había forjado una figura a la perfección o si debía volver a hacerla. Sin su aprobación —o sin la mía— no podía considerar ninguno de sus trabajos como bueno. Si en alguna ocasión se rehusaba a escucharlas, no dejaba de pensar en la imperfección durante días: le quedaba un sabor amargo en el paladar de las manos que no le permitía distinguir nada comestible. Recurría seguido a mi consejo para dar por terminado un trabajo. Fui exigente con él, pero confiaba en su talento. Buscaba llevarlo más lejos, empujarlo a rozar el límite de su obra.
Era común que la familia se reuniera los fines de semana. Podía escucharlos cada sábado, recurriendo a las mismas pláticas de siempre, a los mínimos chismes con tal de tener algo en la boca que soltar. También oía cómo la voz de Teódulo cambiaba, como si cambiara de piel para protegerse de algún depredador.
—El taller peca de imperfección, pero me hace sentir seguro…— discutía en cierta ocasión con un primo que siempre tenía un cigarro escondido entre los dedos alargados. Al parecer, este último trataba de convencerlo de rentar un estudio más moderno y más cercano al centro de la ciudad.
—Es su decorado de mosaicos diminutos. Las figuras coloridas le dan un toque especial —seguía Teódulo, con una voz inexpresiva y desconectada. Nunca se atrevía a hablarles de lo demás: de cuando comenzaba a ver los mosaicos borrosos, como píxeles intentando escapar de la pantalla de la objetividad. De cómo después se volvían líquidos y sentía que era capaz de oler los colores. De cómo crecían y empezaban a darle miedo, porque creía que lo miraban, que observaban con determinación su trabajo y lo juzgaban. Siempre tachándolo de imperfecto e indigno.
Entre conversaciones que iban y venían como humo, sus primos le pedían ver su último trabajo. Al entrar, sus miradas iban directo al calendario colgado en mi pared, un disco compacto de símbolos y relieves precisos. Lo tocaban como si fuera un talismán. Luego comenzaban a juguetear con piezas sueltas, a girarlas entre los dedos, y al final le pedían que se los regalara. Esto había ocurrido en dos ocasiones anteriores, cuando apenas comenzábamos con esa creación. La insistencia solía molestar a Teódulo, que decidía ignorarlos.
—Podrías regalármelo, primo —decía entre risas—. Estaría encantado de quitártelo de la vista. Quizá eso sea justo lo que necesitas para relajarte. —reía de nuevo, daba otra fumada al cigarro y añadía, sin asomo de comprensión por la encomienda tan delicada que Teódulo tenía que cumplir, que sería mejor deshacerse de aquello cuanto antes.
Se cansaba pronto de la adulación. Los nervios se le contorsionaban con el más mínimo halago hacia su supuesta obra imperfecta. Entre tragos y risas apagadas que venían del patio, los familiares insistían en quedarse con la obra que devolvería el tiempo a la normalidad. La Piedra del Sol se filtraba en la conversación como una obsesión compartida. Teódulo no entendía aún que su deber implicaba una responsabilidad mayor que la creación misma de la obra.
La casa lo resentía. El aire se volvía más denso los fines de semana, como si las horas se acumularan sin terminar de avanzar. Las risas llegaban tarde o se quedaban suspendidas un segundo de más, y nadie parecía notarlo. En el taller, en cambio, el cambio era más claro: el calor persistía incluso cuando el fuego estaba apagado, y el olor a metal no se disipaba del todo, como si algo siguiera trabajando en silencio.
Cada arreglo alteraba un equilibrio mínimo. Al corregir un relieve, al tensar una figura, algo en el espacio se ajustaba con él: una vibración apenas perceptible, un orden que se reacomodaba a costa de otro. Las paredes parecían contener la respiración, y el calendario, colgado en su sitio, adquiría un peso nuevo, como si no solo ocupara espacio, sino tiempo.
Aun así, ellos insistían en tocarlo, en pedirlo, en llevárselo como si se tratara de una pieza más. No alcanzaban a percibir lo que ya se había puesto en marcha. Jamás accedió. No estaba completa. Sus familiares eran incapaces de verlo: aseguraban que ya era perfecta. Pero Teódulo sabía lo lejos que estaba de ser terminada. Cuando se retiraba a dormir, creía ver el calendario moverse. No de manera física. Más bien era la idea que se agitaba en su mente, como si reclamara ser completada. Trataba de ignorarlo y pensar que se trataba de una alucinación.
En más de una ocasión, le despertó un llamado insistente:
—– ¡Teódulo! – —se escuchaba musitar dentro de mis paredes. No había sido yo. Al igual que él, estaba confundido y un poco aterrado. Teódulo lo supo antes que yo. En la noche húmeda e irreal, había un tercero acechandonos. Tras la oscuridad, quien le llamaba era el círculo ferroso colgado en su sitio usual. Era como si le persiguiera a cada hora; tanto en sus lapsos despierto como entre sueños. No hacía más que dirigirle peticiones a medias, frases que se quebraban antes de completarse: que no bastaba con el metal, que el centro seguía vacío, que algo debía ofrecerse para cerrar el círculo.
A veces solo alcanzaba a oír palabras sueltas —“sangre”, “latido”, “alimento”—, otras, un murmullo más espeso que insistía en que el tiempo no se sostenía solo. Teódulo no comprendía. No sabía qué más podía hacer por él. No sabía de qué manera podría alimentar a un sol tan obstinado, tan hambriento. No encontraba qué podría saciar su hambre. De un momento a otro, pasó a obsesionarse con mitología prehispánica, creyendo que entre páginas de libros antiguos encontraría alguna respuesta: ¿cómo se calma el hambre celestial?
Por desgracia, no fue así. Teódulo iba en picada. No podía mantenerse tranquilo, por más que ya no faltaran detalles por pulir. Los mosaicos ya no eran mosaicos. Eran jueces estrictos de las imperfecciones que dejaba en cada obra, de todo aquello que sus manos no lograban corregir. Eran monstruos intentando salir de las paredes para reclamar que la ruptura del tiempo siguiera sin arreglo. Le perseguían de día y de noche. Despierto o dormido. Le exigían. Le insultaban. Le recordaban todo lo malo que había hecho. Todo el tiempo desperdiciado, y Dios mío, ¡el tiempo!, el tiempo malgastado, roto, sin arreglo. El inicio del fin de los tiempos. La muerte. La desgracia. Y todo por culpa de un herrero que no podía concretar su misión.
Eran monstruos intentando salir de las paredes para reclamar que la ruptura del tiempo siguiera sin arreglo. Le perseguían de día y de noche, despierto o dormido. Le exigían. Le insultaban. Afuera, el mundo comenzaba a resentirlo de formas mínimas, casi imperceptibles: las conversaciones se quedaban a medias, los relojes parecían adelantarse o detenerse sin motivo, los gestos llegaban tarde a los rostros.
La gente repetía palabras como si no las hubiera dicho antes, olvidaba lo inmediato, confundía los días. Nadie lo atribuía a nada en particular, pero algo en todos empezaba a desacomodarse. Teódulo lo sentía con claridad. Cada fallo en su obra no era solo suyo: se filtraba, se extendía, alteraba lo demás. Como si cada imperfección dejara pasar un poco más de ese desorden que los monstruos no dejaban de reclamar. Todo el tiempo desperdiciado, y Dios mío, ¡el tiempo!, el tiempo malgastado, roto, sin arreglo. El inicio del fin de los tiempos. La muerte. La desgracia. Y todo por culpa de un herrero que no podía concretar su misión.
En un momento, todo se detuvo: pensó. Lo pensó una, dos, tres veces. Pensó que era la única manera. Entiende ar dEntendió el porqué del pasado sangriento. Los sacrificios. Los corazones al aire. La sangre brotando. El fluido carmesí impregnando escalones pertenecientes a pirámides construidas por miles de hombres sin descanso. Era necesario darle de comer al sol un humano. Un mortal servido o no saciaría su hambre. Y no sólo el tiempo estaba roto, sino que todo, absolutamente todo, se iría al carajo. Al carajo mamá, el abuelo, los conocidos, los políticos, los desconocidos. Todos.
No podía responder a la ambición celestial simplemente con hierro forjado con fuego y sus manos expertas. Era necesario dejar de existir primero como autor de la obra. Deshacerse de ella. Evitar tenerla más entre sus pertenencias. Por ello los primos insistían tanto. No entendía cómo pudo ser tan terco. No cumplir con la voluntad divina. No entender las señales. Poner a todos en riesgo. Ignorar a los monstruos pixelados que le balbuceaban en otro idioma. Día y noche. Noche y día. Y lo que fuera que había entre estos dos lapsos de tiempo cuando no se duerme por tanto pánico, tanto estrés, tanto delirio.
Y salió. Salió de madrugada como acostumbrábamos. Pero lo hizo sin mí. Se llevó la Piedra del Sol y no volví a sentirla, a verla, ni a saborearla. Al final, todo acabó. Y yo terminé siendo espectador de algo que quisiera borrar de la historia. Que quisiera borrel tiempo. El centro, por fin, dejó de exigir. Teódulo se fue y el hambre celestial al fin cesó.
