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Letrinas: El señor Rodolfo Romero

Por Eusebio Ruvalcaba


El señor Rodolfo Romero entró a su casa deshecho y furioso. La sola dicotomía le recordó aquella imagen del villano Doble Cara, a cuya lectura en los cómics había sido tan aficionado en su juventud. Era un hombre que podía actuar en sentidos opuestos a la menor provocación, y que en numerosas ocasiones dejaba que una moneda al aire tomara la decisión por él.

¿Qué pesaba más en un hombre: la fidelidad o la satisfacción del deseo?, o peor que eso: ¿traicionar a su hijo o complacer su apetito sexual? Se debatía entre un territorio y el otro. Ciertamente se consideraba un hombre fiel. Nunca se había acostado con ninguna otra mujer. Ni siquiera había intentado cortejar a nadie. A sus 51 años era un buen récord. Y a sus 28 de casado, más aún. Sobre todo si tomaba en cuenta que alrededor suyo todos sus amigos eran infieles y promiscuos. Pero ahora el desafío era diferente. Porque la mujer que traía metida entre ceja y ceja era Gerarda, su nuera.

El señor Rodolfo Romero se había casado joven, recién cumplidos sus 30 años. Primero tuvo una hija adorable —que era su perdición—, de nombre Eloísa, y luego un hombre, Mariano, que había hecho la licenciatura en sistemas y finalmente se había casado con una mujer a la que no se podría calificar de ser una belleza, pero que sin embargo encerraba una suerte de misterio. En su percepción de toro viejo, él advertía ciertos códigos. Como si la mujer se empeñara en enviarle mensajes sólo para sus ojos. Se acercaba más de la cuenta cuando le aproximaba algún ingrediente de la mesa; sus faldas eran cada vez más estrechas; los escotes más pronunciados. Ya tenía una niña, y eso parecía no haber menguado su atractivo sino exacerbarlo. Así como su coquetería. Él no se atrevía ni a mirarla. Cuando menos para que ninguno de los dos posibles perjudicados: su esposa y su hijo, se percataran. Así que cada vez más lo obsesionaba su nuera Gerarda. Y cada vez más se esforzaba por mantenerse alejado —incluso evitaba comer en casa los sábados, para no encontrárselos—, por poner tierra de por medio. Pero no siempre estaba en sus manos hacerlo.

El padre carmelita de la iglesia de san Pedro Mártir, Luciano —muy dado a hacerse el invitado a la fuerza— había decidido que el último sábado del mes en curso iría a comer a la casa del señor Rodolfo Romero para bendecir hasta el último rincón. Ni cuenten conmigo, le había dicho a su mujer, soy enemigo de esas triquiñuelas, a lo que ella había respondido: Vienes porque vienes. Mariano vendrá con Gerarda, y Eloísa con Juan, así que ni sueñes con escaparte. Aquí te quiero a las 2 de la tarde, media hora antes de lo que prometió venir el padre, para que te bañes y le prepares su copita. Y te quiero de buen humor. Nada de jetas.

El señor Rodolfo Romero prometió hacer un sobreesfuerzo. Ni siquiera se volvería a mirar a su nuera.

Pero el primer sobresalto se produjo cuando le dio la mano. Gerarda la retuvo un par de segundos más de la cuenta, y cuando la soltó lo hizo con una caricia sutil de por medio.

Después de ese acontecimiento que a más de uno le hubiera parecido insignificante, se la topó en la cocina cuando fue a preparar otra cuba para el padre Luciano. Estaban solos. Ella se agachó por unos platones, y su boca quedó a la altura del miembro de él. Hizo una exclamación como de que se lo estaba saboreando. Que se alargó, se alargó y se alargó, y que no sólo hizo sonrojar al señor Rodolfo Romero sino que le provocó una erección imposible de disimular. El pantalón pareció a punto de reventar.

Se dio media vuelta y salió volando de la cocina.

Pero ya no le fue posible disimular. Delante de ella.

Ahora su comportamiento era el de un adolescente. De ahí en adelante, en lo que duró aquella jornada, se detenía con deleite en su mal disimulado escote. Con sólo ver aquellos senos, quería devorarlos. Miraba descaradamente aquellos pechos blancos y su imaginación volaba. ¿Qué se sentiría tenerlos en la boca?, chuparlos hasta la saciedad. Y esas piernas que parecían esculpidas por el demonio, cómo habría querido acariciarlas. Besarlas.

No había pasado ni media hora de que su hijo Mariano había abandonado la casa, y decidió probar suerte. Le llamó desde su celular al fijo. La excusa era lo de menos —¿llegaron bien a casa? Pero se cuidó de hacer la llamada en la calle. Sacó al perro para tener un pretexto que resultara verosímil.

Le contestó ella.

Le bastó con escuchar aquella voz, para que el nerviosismo lo desbordara. Gerarda, le dijo, tenemos que parar esto. ¿De qué me habla, don Rodolfo? No finjas, niña, de esta calentura que nos empieza a rebasar. ¿Me lo diría viéndome a los ojos? Se limitó a decir ella. Claro que sí. Te espero mañana en el Rayuela, tú dime a qué hora. A las 10 de la mañana. Allí estaré, se escuchó decir él.

Y allí estuvo. Apenas la vio entrar, su respiración se agitó. Ella se sentó, y le espetó a boca de jarro al tiempo de que le acarició una mano: “¿Qué me quería decir, don Rodolfo?”. El hombre quería decirle tantas cosas. Quería llevar la mano de ella hasta que sintiera su pene, que a esas alturas ya se encontraba duro. Pero entonces el rostro de Mariano vino a su cabeza. Y por más que abría y entrecerraba los ojos no lograba quitárselo de encima. Sacó una moneda y la echó al aire. Enseguida pidió la cuenta y se dirigió hacia la salida. Sin abrir la boca más de la cuenta.

Letrinas: Conserva tu soltería

Por Eusebio Ruvalcaba | Ilustraciones: Susana Lozano |


Te lo digo yo que se de estas cosas: No hay mujer que valga la pena el sacrificio de tu soltería. Los varones somos animales solitarios, esa es la única verdad que no cambia entre las cientos de miles que se tragan quienes ven televisión. Cualquier intento de ir en contra de la corriente fracasa, antes o después. Te ilusionas, te haces a la idea de que una mujer nació para ti y tú para ella, te enamoras, te imaginas al abrir los ojos por la mañana y verla a tu lado, feliz por que los dos despertaron al mismo tiempo y ella también se ha vuelto para mirarte, te ves caminando con ella, tomados de la mano en un parque o reventándose en una disco, bebiendo en el auto, viendo películas en la cama, teniendo sexo en un callejón oscuro (mucho ojo, por que te apaña la ley y cuando menos 50 dólares te quita por la gracia). Es decir, te imaginas esclavo de ella, siempre a su lado, siempre dispuesto a obedecer como perrito faldero, dejando en sus brazos la hombría que te caracterizaba antes de vivir juntos –si es que alguna hombría tuviste- o aquellos sueños de aventura que también cuentan.

A veces, por fortuna, soltería equivale a soledad. Es cuando mas se disfruta o, mejor dicho, cuando verdaderamente se disfruta. De ser hijito de familia a vivir con una mujer –a casarse con una mujer- es el paso esperado por todos, especialmente por ella y sus parientes (quienes el día de mañana serán tus parientes políticos y a quienes no te podrás quitar de encima; piensa en esto y reflexiona, que a como es la madre de tu novia va a ser ella; no te espantes pero es la verdad). Que te esfumes es lógico, natural y tiene sentido que así sea. Finalmente estás hasta la madre de tus padres, de tus hermanos, de esa banda asquerosa que constituye tu familia. Y aquella mujer te da la opción de que te largues sin provocar resentimientos o aspevimientos sino felicitaciones. La verdad –y no te vayas a sacar de onda- es que todo el mundo se quiere deshacer de ti. Hasta el perro. Entonces se presenta aquella mujer y todo se va al diablo. Es decir, te casas. Pero a quien le estas dando el gusto es a tu family, no a ti, aunque creas lo contrario.



Qué pobre vida le espera a quien toma una decisión tan mediocre (yo la tome, yo la viví). Porque ya dio el primer paso hacia el vacío. ¡Pero ojo! Cuando se toma una decisión de esa naturaleza, significa que el arroz ya se coció y para lo que se está listo es para mandar al carajo la casa y parentela y para vivir solo. No para engancharse a otra tiranía.

Que siempre termina en eso todo amor matrimonial. No te creas cosa alguna del canto de las sirenas. Las mujeres no cambian: siempre son posesivas, celosas y toda la inteligencia de la que son capaces de aplicar a la resolución de los problemas de cualquier índole, se les rebota si de comprender a su pareja se trata. La felicidad –la paz, no otra cosa, no hay que ser tan ambicioso- no existe. La condición humana de la mujer esta hecha para sufrir modificaciones continuamente. Las mujeres pasan de un estado a otro en forma acelerada y alarmante y lo que hoy las complace mañana las dejará frías. Y a la inversa. Por eso cuesta tanto trabajo darles gusto, ojo, no comprenderlas, una vez más no hay que ser tan ambiciosos.



El punto de todo esto es tu soledad. Si de vivir en la casa con tus padres te vas a vivir solo, a ganarte la vida como Dios te de a entender, mis respetos. Estás del otro lado. Ya recorriste la mitad del purgatorio rumbo a la salida de emergencia. Y espérate que empieces a disfrutar a solas, contigo mismo… libertad tan ansiada y que debes valorar, que es lo mejor de la vida. Tú contra el mundo, con tu música sin nadie que te reclame por el volumen, con tus videojuegos súper violentos que salpican de sangre todo el monitor, con tus libros de cualquier clase, con tus cómics y revistas sin que tengas que esconderlas, con tus vicios y adicciones –que para ti son sagradas-, con tus pajas tirado en el sofá sin preocuparte que llegue alguien y te agarre en pleno vuelo, con tus desveladas descomunales, con tu suciedad, tu mediocridad –tuya, absolutamente tuya, es tu hipermegamediocridad y a quien no le guste que se vaya a la búrguer-, tus calzones sucios en la cocina, tus envases de cerveza en el buró, tus rebanadas de queso de cerdo tumefacto junto al teclado de la PC, tu zapato izquierdo en el baño y ni idea del derecho. Justo todo esto es lo que no soporta una mujer. Y eso para no hablar de la chica que bien ebria te habla en la madrugada para tener sexo, de tus amigos que llegan curados de alcohol por la mañana del sábado para invitarte a curársela. Esto menos, pero mucho menos, lo soporta una mujer. Me cae, me consta. Cualquier mujer, si estás en el periodo de gracia –que es cuando te está envolviendo en su encanto-, te va a decir que ¡qué buena onda!, que ella aguanta eso y más, que tú eres el hombre que ella anda buscando. Que qué dulces y divertidos son los hombres. Pero espérate tantito. Vive con ella y vas a ver que no miento. Por eso te digo que no hay que precipitar las cosas. Primero vive tu soltería, tu soledad, tu libertad y defiéndela a toda costa de lo que sea. No des tu brazo a torcer. Vive tu soledad y gózala al máximo. Que nunca más volverá a presentarse. Cuando firmes, ya valiste. O sin firmar, cuando admitas a esa mujer en tu casa, ¿Cómo te vas a deshacer de ella? No hay modo. Emborráchate todos los días o comulga, pero goza tu vida y tu soledad. Nada hay que se le compare en la vida, nada, que no te engañen ni te metan ideas en la cabeza. Pregúntamelo a mí que toda la vida he estado reprimido, con escasos segundos para tomar aire. De ahí a la peda. ¿Y por qué tanta insistencia en disfrutar la soltería?, te preguntarás, si es que llegaste hasta estas alturas del artículo. Porque al fin te vas a casar y vas a formar tu familia y a tener hijos; que a eso se viene al mundo. ¿Por desgracia? Ahí te queda de tarea.

Ahora que si en los recorridos de tu vida llegaras a encontrar a una mujer que aún a entendimiento de las palabras atrás escritas aún deseara estar contigo, y sobre todo, no apretarte ni asfixiarte, amigo no lo pienses dos veces: ella es la mujer ideal.

*Artículo publicado originalmente en la desaparecida Revista La Mosca




Nacido en la ciudad de Guadalajara en 1951, Eusebio Ruvalcaba se dedicó a escuchar música. Cabal y rotundamente. Pese a que publicó ciertos títulos (Un hilito de sangre, Pocos son los elegidos perros del mal, Una cerveza de nombre derrota, El frágil latido del corazón de un hombre…), pese a que se ganó la vida coordinando talleres de creación literaria y escribiendo en diarios y revistas, él dijo que vino al mundo a escuchar música. Y a hablar sobre música. Y a escribir sobre música. Descanse en paz.


Letrinas: Connecticut


Por Eusebio Ruvalcaba | 

Connecticut


Mi tío George purga una condena de cadena perpetua en Connecticut. Por un tris se salvó de la pena máxima. Es un criminal. Y todos en casa lo detestamos. Ni siquiera podemos pronunciar su nombre; excepto mi papá, que es su hermano.

Mi tío George no se llama George sino Germán, y, como mi padre, también es negro. Para muchos, un negro nacido en Veracruz puede considerarse algo perfectamente normal, pero ni hablar que mi tío George, hasta donde recuerdo, tenía algo como de tránsfuga, como que no era de ninguna parte, ni de Veracruz, ni del Caribe, ni de África. Ni siquiera de Estados Unidos.

País al que decididamente se marchó en busca de mejor suerte. Todos —aun yo, que era un chiquillo— le aconsejamos que no hiciera eso. Que en Estados Unidos le iba a ser imposible conseguir trabajo, o destacar en lo que fuera —él quería ser piloto comercial— por su calidad de negro, y por su falta de educación escolar pues con dificultades había cursado la educación básica.

Pero él insistió en que no, que el destino no le podía jugar una mala pasada. Y aun sin cumplir los 18 años, se fue de espalda mojada. Era muy audaz, y logró librarse de un coyote que lo quería pasar a cambio de 5 mil dólares. La verdad no sé cómo le habrá hecho, pero en un abrir y cerrar de ojos ya estaba en el otro lado. Y a pesar de tener ofertas de trabajo en la industria de la construcción en el estado de Nevada, una fuerza inexplicable guió su camino y decidió no detenerse hasta Nueva York. Algo tenía esta ciudad que lo atraía poderosamente.

Pronto consiguió trabajo como taxista. Es increíble la facilidad que otorgan los gringos para que un ilegal consiga manutención, o, dicho de otro modo, es inaudito el grado de corrupción entre los patrones estadounidenses. Según supimos, en el sitio de taxis les bastó con que supiera manejar. Ya con 18 años, sus gastos como alimentación y techo se los pagaba el dueño del negocio. Pero mi tío George —admitamos que se llama así— no era la excepción; otros que estaban en la misma situación recibían las mismas canonjías. En un sitio que le daba trabajo a 200 taxis, sucedían las cosas más insólitas, recuerdo que escribió en una de las escasas cartas que llegaron a nuestras manos.

Y así hubiera seguido hasta el final de los tiempos, pero se hizo amigo de un joven neoyorkino de nombre Hal. Y cuando digo amigo, lo que quiero decir es amigo de verdad. Hijo de un oficial del ejército de los Estados Unidos, y de un ama de casa a la usanza yanqui, Hal pasaba tantas horas solo que poco a poco compartió su tiempo libre con George. Al punto de que las mejores horas del día las pasaba jugando videos con George.

Pero algo aconteció que cambió el curso de las cosas. En cierta ocasión en que George se encontraba jugando en la recámara de Hal —quien en esos momentos se había ido a recoger unos documentos a la escuela—, decidió ir a la cocina por un vaso de agua. Enorme fue su sorpresa cuando descubrió a la madre de su amigo en ropa interior apenas disimulada por una bata entreabierta. Los dos se miraron estupefactos. Ambos tuvieron la intención de dar un paso atrás, como si de ese modo se pudiera pulverizar la impresión; pero ninguno lo hizo, al contrario, dieron un paso adelante.

Aquel encuentro fue decisivo. La experiencia se repitió incontables veces. A la menor oportunidad, y aprovechando que Bennett, el marido de Jenny y madre de Hal, estaba en Irak y viajaba a Estados Unidos una semana cada seis meses, George encontraba el modo de entrar a la casa y hacerle el amor a aquella mujer —por cierto de melena rubia y de ojos tan azules como expresivos.

Ya con un inglés fluido que le permitía expresarle a Jenny lo que sentía por ella, George empezó a fallar en su trabajo. Fue conminado a enderezarse pero las palabras de su patrón —quien le tenía buena fe— le entraron por un oído y le salieron por el otro. Ya sin contar con el menor ingreso, se mudó al cuarto de la servidumbre de la casa de Hal —quien, hay que decirlo, no sospechaba nada del romance que estaban teniendo su amigo y su madre.

Y aunque querían descararse más allá de lo permitido, George lograba detenerse a tiempo; tal vez por un prurito de decencia que le había sido inculcado desde niño, no se atrevía a rebasar ciertos límites. Pero cuando Bennett anunció su llegada, la situación se complicó. George no quiso dejar la casa, y finalmente le aseguró al marido que si estaba ahí era por la generosidad de Hal —que en serio estaba convencido, manipulado por George y por su mamá, de que él era el causante directo de la estadía del negro en su casa.

Bennett empezó a sospechar. Aquel hombre era casi 20 años más joven que su esposa, mexicano, ilegal y negro; menos le pareció correcto que no trabajara. Ese bueno para nada vive a mis costillas. Sus ochenta kilos los debería gastar trabajando, le reclamó a Jenny, quien a su vez lo defendía con el argumento de que estaban fomentando en Hal la clemencia, y que ellos mismos como matrimonio estaban haciendo una obra de caridad. Que eran buenos cristianos y que Dios los compensaría.

Aquella noche, Bennett metió su auto al garage. Y apenas se apeó, una daga de 30 centímetros le atravesó el bulbo raquídeo y le salió por la garganta, provocándole una muerte instantánea. Enseguida y con la ayuda de Jenny lo metieron a la cajuela y arrojaron el auto a una presa cercana.

Su propio hijo denunció la desaparición de su padre, y la policía investigó. No se necesitaba ser un genio para incriminar a George, quien se delató por un nerviosismo incontrolable. Confesó todo, y, como era de esperarse, inculpó a su amada.

El juicio no duró más de una semana.

Mi padre estuvo presente, y nos trajo los diarios donde habían aparecido las noticias. Fue un verdadero escándalo. Con voz de ultratumba, dijo que su hermano se lo había merecido, y que lo más triste en el juicio fue la presencia de Hal, aquel hijo en quien pareció recaer toda la culpa. A su madre también la condenaron a cadena perpetua.

—¿Por qué en Connecticut? —le pregunté.

Me respondió que no sabía.



El Autor: Nacido en la ciudad de Guadalajara en 1951, Eusebio Ruvalcaba se ha dedicado a escuchar música. Cabal y rotundamente. Pese a que ha publicado ciertos títulos (Un hilito de sangre, Pocos son los elegidos perros del mal, Una cerveza de nombre derrota, El frágil latido del corazón de un hombre…), pese a que se gana la vida coordinando talleres de creación literaria y escribiendo en diarios y revistas, él dice que vino al mundo a escuchar música. Y a hablar sobre música. Y a escribir sobre música.

Letrinas: Un parpadeo en la vida de unas cuantas personas


Por Eusebio Ruvalcaba | 


Un parpadeo en la vida de unas cuantas personas


Alejandro encaminó el automóvil de su padre por aquella carretera de ida y vuelta. Era un viejo Ford Galaxie. La velocidad siempre lo había atraído poderosamente. Le gustaba sentir el acelerador bajo su pie, y que a medida que imprimía mayor fuerza el auto acrecentaba su marcha. Era como si tuviera el mundo en el puño. Sobre todo lo atraían las carreteras federales, sin camellón ni nada parecido que implicara mayor seguridad. Caminos peligrosos que parecían abrirle sus fauces.

Pero esta vez llevaba un pensamiento en su cabeza.

Había dejado de ver a Adriana un par de años completos. Porque su padre lo había enviado a trabajar a Estados Unidos. Estamos en la ruina, y te toca cooperarte para la manutención de la casa. Yo lo he hecho más de treinta años. Pero no puedo más. Estoy cansado y maltrecho. La endemoniada diabetes me tiene paralizado. No puedo trabajar ni cinco minutos. Te pido un par de años. No más. Es un tiempo prudente. Para poner a prueba a un hombre. Dos años que ni te aparezcas. Tu tío Carlos te espera. Él te colocará en un trabajo que te rinda lo suficiente. Ya me lo dijo. Vivirás en su casa. No tendrás gastos. Todo lo que ganes se irá directamente al banco. Es el único modo de salvarnos de la bancarrota. Regresas y será como recomenzar. Ya verás cómo las cosas se acomodarán a tu modo. Abriremos un pequeño taller para que te hagas cargo de él, y puedas reiniciar una nueva vida. Vete preparando. Tienes que darle el ejemplo a tu hermano. Que tu madre vea que eres capaz de sacar las cosas adelante. Porque se opone a que vayas. Quiere tenerte aquí como si fueras un chiquito. Ya sabes que eres su adoración.

Su padre había decidido que dos años era el tiempo ideal. Ciento cuatro semanas trabajando como burro. Sin parar. Se lo explicó a Adriana pero ella se negó a aceptar. Si el amor entre ellos estaba en plenitud. ¿Por qué ponerlo a prueba? El dinero no importaba. Por encima de la plata, lo único que ganaría sería destruir la pasión que había entre ellos. Que era mucha. Él le juró que no. Mi amor es lo más fuerte. Y es lo que me dará energía para trabajar sin cansancio. Yo regresaré y nos casaremos de inmediato. Tendré veintidós años y tú dieciocho. Estaremos en el mejor momento.

Y pronto partió.

Se cruzaban cartas cuando menos una vez a la semana. Iban para el año. Ella le escribía y le contaba pormenorizadamente todo lo que había hecho. Excepto que era asediada por Joaquín, un joven recién cambiado al barrio. Y que empezaba a acceder al acoso. Es irrelevante, se decía a sí misma cuando pensaba en Alejandro. Y sentía sobrevenir una sensación de culpa. Pero insistía, como para darse ánimo. No hay problema. En el momento que decida cortarlo, lo corto. Además no he hecho nada de lo que pueda avergonzarme. A estas alturas del siglo XXI, unos cuantos besos no son nada. Si todas mis amigas se la pasan en el auto de sus novios. Y nadie les dice nada. Porque en el fondo, no pasa absolutamente nada.

El tiempo restante se fue como un parpadeo. Se preguntó qué cara harían todos en su familia cuando lo vieran llegar, y sobre todo qué cara haría Adriana. Cuando regresara.

Y había vuelto.

Justo en ese momento se encontraba descendiendo del camión en los andenes de la Tapo. ¿A quién iría a visitar primero?: ¿a su padre? Tenían mucho de qué hablar. Como habían acordado, en dos años no había vuelto a México. Su tío Carlos lo había colocado en un taller automotriz, y había ganado sus buenos dólares. Básicamente por las horas extras. Los demás compañeros de trabajo lo miraban con asombro. ¿De dónde sacaba fuerzas ese mexicano para resistir cargas de trabajo arduas, capaces de doblar a cualquiera? Parecía que lo movía un impulso interior. Era invencible. Había embarnecido. Ahora se veía más fuerte. La otra era dirigirse a la casa de Adriana. Eran las diez de la noche. Buena hora para dar una sorpresa.

Se decidió por su casa. Lo primero que llamó su atención fue la fachada. Su padre la había abandonado por completo. Aun de noche pudo distinguir que se encontraba en ruinas. Tocó y le abrió su hermanito. Lo abrazó y se dirigió a la sala, desde donde provenía una música de mambo. Era su padre. Que al momento de verlo, ni siquiera se levantó. Estaba ebrio. Alejandro se aproximó y le besó la mano. O cuando menos ésa había sido su intención. Que no pudo consumar porque el hombre la retiró abruptamente. ¿Vienes a reclamar tu dinero?, le dijo. Porque no hay cinco centavos de todo lo que mandaste. Para lo único que sirvió tu trabajo fue para enterrar a tu madre, y para que yo disipara mi dolor con la botella. Y con una mujer que ahorita mismo me está preparando mis frijoles. Y ni te atrevas a reclamar, porque te rompo el hocico.

Salió como había entrado. Y emprendió la carrera rumbo hacia la casa de su novia. Las cuadras se le hacían poca cosa. Como si la casa de Adriana estuviera en la misma acera. Por fin llegó. Tocó el timbre. Salió el papá de la chica. ¿Qué quieres? Vengo a buscar a Adriana. Por favor llámela, señor. Mi hija no tiene nada que hablar contigo. Ya se casó. Con un joven prometedor. Reconozco que hiciste un gran esfuerzo este tiempo. Todos en la colonia lo supimos. Para algunos eres un ídolo. Y de paso te doy el pésame por tu madre. Pero con mi hija no tenías la menor posibilidad. Apenas te fuiste, mi esposa y yo hablamos con ella y la convencimos de que estaba en el camino equivocado. Esperándote. Así que este muchacho y ella se enamoraron y fin de la historia. Ahora es la señora de Joaquín Mendizábal. Vete de aquí y haz tu vida como puedas. Que Dios te bendiga.

Los pasos de Alejandro lo guiaron a su casa. Pero esta vez no tocó. Buscó las llaves del garage. Que ahí estaban, debajo de una maceta. Abrió el portón y miró el Ford Galaxie. Su padre siempre lo tenía al punto. Tanque lleno. Presión de aire lista. Todos los niveles al tiro. Las llaves en el switch. Lo echó a andar, y accionó la reversa. Recorrió varias avenidas, y cuando se percató ya estaba en la carretera. Dejó que los ocho cilindros de aquella máquina fueran tomando impulso. Miró el velocímetro. ¡Estaba descompuesto! La aguja marcaba cero. Vaya error que su padre había dejado pasar. Increíble. Aceleró hasta el tope. La oscuridad lo atraía.


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El Autor: Nacido en la ciudad de Guadalajara en 1951, Eusebio Ruvalcaba se ha dedicado a escuchar música. Cabal y rotundamente. Pese a que ha publicado ciertos títulos (Un hilito de sangre, Pocos son los elegidos perros del mal, Una cerveza de nombre derrota, El frágil latido del corazón de un hombre…), pese a que se gana la vida coordinando talleres de creación literaria y escribiendo en diarios y revistas, él dice que vino al mundo a escuchar música. Y a hablar sobre música. Y a escribir sobre música.

Letrinas: Fokin noche


Por Eusebio Ruvalcaba |


Cuento 

Fokin noche

Para Paco Valencia

Se despertó con este pensamiento: lo más difícil ya lo había hecho, que era ligarse a la chava. Ahora venía lo fácil: pintar un graffiti en una pared del Reclusorio Oriente.

Le arrojó unas piedritas a la ventana. Siempre y cuando se despertara ella y no su hermana; pero no, como estaba gorda lo más probable era que no abriera los ojos aunque la casa se viniera abajo. Eran las cinco de la mañana y se volvió a mirar la bóveda celeste. ¿Qué estaba a punto de hacer?, se dijo. Pintar un graffiti en uno de los murales del Reclusorio Oriente era algo no sólo descabellado sino peligroso. Las consecuencias podrían ser imprevisibles. Pero valía la pena, con tal de que Citlalli le diera el sí. La había conocido enfrente de la delegación Iztapalapa, paseando tranquilamente por los corredores del parque. Él la había mirado, y ella le había sostenido la mirada. Lo siguiente fue seguirla. La observó de pies a cabeza, como decía su tío Toño que debía observarse a una mujer. Nomás para ver si no estaba renca, si no tenía un barril por cintura, si no le salía debajo de la falda un rabo de perro. Lo cual no. Esa niña era perfecta. Linda. Bien hechecita por donde se le viera.

Lo siguiente fue hablarle. Como era raro que una chica tan bonita anduviera solitaria, no había más que de dos: o estaba esperando a alguien o la habían dejado plantada. Se aproximó con paso cauto. Más le valía estar preparado por si ella le soltaba un revés, o cuando menos un desaire. Las mujeres son buenas para aplicar destamples, le había dicho su tío Toño. Y él sabía de mujeres. Si le arrancaba una sonrisa, había valido la pena el intento. Y para su fortuna, no sólo fue una sonrisa sino la perspectiva de un ligue.

Así pues, se asomó, y más con señas que con palabras le dijo ahí voy. Ahorita bajo.

El ahorita fueron más de cincuenta minutos. Habían quedado a las cuatro de la mañana y ya eran las cinco. Cinco para las cinco. Que si Citlalli hubiera vivido en la colonia Condesa no habría corrido ningún peligro. Pero aquí estaban a unos pasos del Reclusorio Oriente. Con cierta frecuencia pasaba la patrulla o bien la perrera con custodios, y lo más sensato era que no lo vieran. Ahí estaba el éxito de su trabajo. Nadie le habría creído la razón que lo tenía postrado ahí, con sus herramientas en la mochila para pintar un graffiti. De por sí había tenido que caminar una distancia respetable desde Santa María Aztahuacán. Al fin abrió la puerta. Bajo la penumbra del foco que colgaba a la entrada de la casa, sí que se veía hermosa. Traía una sonrisa que parecía extraída de las chicas que salían en las películas. Así de increíble. Una sonrisa con un reclamo: no avientes piedras tan grandes ni tan fuerte, que casi despiertas a mi hermana. Imagínate. Ahorita estarías aquí con ella y no conmigo. ¿O eso hubieras querido? Iba a protestar pero prefirió no hacer caso. Total, ya estaba ahí con Citlalli, a quien no se podía quitar de la cabeza. Cosa que le llamaba la atención: ni teniéndola enfrente podía dejar de pensar en ella. Ya su tío Toño le había advertido: a ningún lado se va con una mujer así. Te va a enajenar. Al rato vas a andar haciendo cosas disparatadas con tal de darle gusto. Y de ahí al matrimonio no hay más que un paso.

¿Matrimonio? No era matrimonio lo que le había pedido Citlalli. Era algo peor: pintar un graffiti en una pared del Reclusorio Oriente. Como vivía a la vuelta del RO, quería ver cuando lo hiciera. Ése era el plan. Tal día y tal hora. Él pasaría por ella y lo vería pintar el susodicho graffiti. Que por las prisas tenía que haber cierta improvisación, era inevitable; que por el peligro de que los cerdos lo cacharan no podía regodearse en los terminados, no había forma de evitarlo. Pero en cambio Citlalli tendría su graffiti: todo un elemento churrigueresco y estrambótico alrededor de la letra C. ¿Podía pedir más?

Sobre Reforma, enfrente del reclu, había varios autos estacionados. Siempre había. Muchos familiares de los reclusos acostumbraban quedarse a dormir a bordo de su vehículo para ser de los primeros en pasar los días de visita.

Se ocultaron tras uno de los coches. Querían cerciorarse de que no viniera a lo lejos ninguna patrulla. Lo malo era que los custodios vigilaban desde varios ángulos. Sería una proeza si lograba graffitear. Le dijo a ella que no se cruzara la calle. Que sólo lo viera. Y que si veía una patrulla que se echara a correr a su casa. Con que bajo la luz del sol mañanero viera la inicial de su nombre, con eso era suficiente. Porque si acaso lograba dejar plasmado su talento, no duraría ni 24 horas.

—Dame un beso para que me sirva de inspiración —le rogó ya casi con un pie en el pavimento.

—¿Estás loco? ¡Nunca! —dijo ella, y subrayó sus palabras con un beso sonoro y prolongado.

Entonces se cruzó. Llevaba dos latas destapadas: la plateada y la azul. En el trayecto seleccionó una pared. No había nadie a la vista. Se plantó, y en un santiamén trazó una curva que apuntaba al cielo. Tuvo que forzar la vista porque no veía bien. Sacó la casta y echó por delante su estilo. Era líder de un crew y sabía cómo hacer las cosas. Su taja era inconfundible. A sus 16 años ya era considerado maestro. Delante de sus ojos, aquella manifestación de su amor empezó a adquirir forma. ¿Pero cómo le haría para pronunciar el carácter de aquella C? No había de otra más que con rojo sobre dorado, a modo de una descarga eléctrica. Pero había dejado los aerosoles en la mochila. Qué wey, se dijo. Como diablo, cruzó una vez más la calle pero ahora en sentido contrario. De un brinco, llegó hasta donde estaba Citlalli. Aventó las dos latas que traía, extrajo las que buscaba, le ordenó a su prospecto de novia que se regresara y corrió una vez más hasta su graffiti inconcluso. O eso iba a hacer; pero ella lo tomó del brazo y le pidió otro beso. No iba a hacerlo porque ya empezaba a clarear y lo podían cachar. No iba a hacerlo pero lo hizo.

Semejante a un cow boy con una colt en cada mano, disparó las latas. Pintó el rojo con violencia y el dorado con dulzura. Cosa que sólo se podía hacer cuando se dominaba el golpe del aerosol. Cuando pasaba de ser una herramienta para convertirse en un instrumento al servicio del hombre. Su corazón se hinchó de alegría. Y se habría quedado allí toda la vida para contemplar su trabajo, pero no había tiempo que perder. Subió las escaleras que lo separaban de la banqueta, y de pronto llegó a sus oídos la orden inconfundible de los motorizados: ¡deténte! Pero no se detuvo. Le imprimió a sus pies toda la velocidad que tenía reservada. Su condición física había mermado por tanto jale que se metía, pero no se iba a dejar agarrar. Se dio vuelta en la calle, y, exactamente cuando pasó enfrente de la casa de Citlalli, la puerta se abrió y aquella belleza le hizo la seña de que entrara. La patrulla siguió de largo. Con su torreta encendida.

Ahora sí, luego de que le reclamó por poner en peligro su vida, lo llenó de besos.
 
 
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El Autor: Nacido en la ciudad de Guadalajara en 1951, Eusebio Ruvalcaba se ha dedicado a escuchar música. Cabal y rotundamente. Pese a que ha publicado ciertos títulos (Un hilito de sangre, Pocos son los elegidos perros del mal, Una cerveza de nombre derrota, El frágil latido del corazón de un hombre…), pese a que se gana la vida coordinando talleres de creación literaria y escribiendo en diarios y revistas, él dice que vino al mundo a escuchar música. Y a hablar sobre música. Y a escribir sobre música.
 

Letrinas: El vuelo del búho


Por Eusebio Ruvalcaba |

Cuento

El vuelo del búho

Para Rafael Pastelín


Te levantas, y sin ningún afán melodramático, sin ningún sui generis incentivo ni conducta esnob, decides —así, tan simple como escoger una camisa— echar la hueva, no ir a trabajar, pues.

Piensas —mientras la oficialía de partes se va a mejor vida— que un paseo por el centro, en cambio, te sentará bien. Tal vez quieras recordar antiguas épocas cuando acostumbrabas caminar sin rumbo fijo por aquellas calles colmadas de recuerdos para ti. Del lado de tu madre. Y alguna vez de tu padre también.

Te vistes ligero, desayunas peor, y en un abrir y cerrar de ojos te encuentras saliendo de la estación Juárez.

Ya estás donde querías estar. Con las manos en los bolsillos caminas hasta un edificio que te resulta familiar: el Museo Nacional de Arte. ¿Cuántas veces has estado ahí? Lo ignoras. Pero ahora mismo crees haber visto un cartel en el que se anunciaba a un pintor o escultor que presentaba sus obras más recientes. Un artista aclamado en cielo, mar y tierra. No importa quién sea, pero ya que estás ahí. Será buena oportunidad.

Dos colegialas —¿hermosas?, no lo sabes, pero a ti te lo parecen— ratifican con carne tu decisión. Ellas también van al museo, meneándose sobre sus piernas sólidas y anchas. Seguirlas, mirando el suelo, observando las paredes. Disimuladamente o no, y distraerse mientras transcurre la mañana. No pides más.

Intentas ir tras ellas, pero algo te hace perder el ritmo, te estropea la cadencia que habías empezado a afianzar y que te hacía sentir en las nubes. Entonces vuelves tu vista a uno de los cuadros de los que el museo se jacta: Hacienda de Chimalpa de José María Velasco. Lo ves y algo extraño salta a la vista. No es la primera vez que te detienes ante él. Pero ahora distingues que los colores se están desparramando. Como si se fugaran de la pintura. No es posible. Parpadeas numerosas veces. Como para que la realidad se reacomode. Pero no hay tal. Delante de ti los colores escurren.

Vuelves tu mirada y observas acuciosamente otros cuadros. Nada. Todo está perfectamente normal. Entonces miras uno más de José María Velasco. Su Valle de México de 1890. Y lo mismo. Los colores han terminado por escurrir y ahora empiezan a manchar la pared. Del asombro pasas al terror. Aunque quizás todo no sea más que una maldita confusión. Suele pasar. Algo inexplicable. Las colegialas están tomando apuntes, y te aproximas —en otras circunstancias jamás lo habrías hecho— y les señalas los cuadros de Velasco. Pero ellas deciden poner tierra de por medio. Les das miedo. Y es evidente que no están dispuestas a escucharte. Quién sabe qué piensen de ti. Caminando como si estuvieras ebrio recorres el resto de la sala. Todo está como debe estar. Hasta que te topas con otro cuadro de Velasco: Camino a Chalco con los volcanes. Cuando lo miras, pierdes el equilibrio y caes estrepitosamente al suelo. Como si alguien te hubiera dado una patada en los bajos. La gente se te queda viendo, y alguien se acerca y te ayuda a incorporarte. Te dicen que si necesitas ayuda y dices que no, que gracias.

No te atreves a mirar una vez más las pinturas de Velasco. Si era el artista favorito de tu madre. Mejor aún, de tus padres. Aficionados a la cultura en general y a la pintura en particular, aún tienes presente los libros que te mostraban de la vida y obra de aquel pintor. Paso a paso tu madre te explicaba la grandeza de su obra mientras tu padre observaba la escena, sonriente y ensimismado. Todavía hace poco tú mismo tomaste uno de esos libros y lo hojeaste. Incluso te encontraste una flor a modo de separador, en la lámina correspondiente a la pintura que le gustaba a tu madre por encima de cualquier otra: Los ahuehuetes. Reviviste entonces aquellas intimidades. Pero también vino a tu mente el momento en el que tu madre fue atropellada, precisamente en un recorrido por el centro, por estas calles que acabas de caminar. ¿Por qué no te atropellaron a ti?, siempre te lo preguntaste. Y seguramente tu padre también se lo preguntó cuando decidió darse aquel balazo en la cabeza.

Ves a un policía que acude hacia ti. Pero tú no estás dispuesto a hablar con nadie. Corres. Y el policía corre atrás de ti. Con el rabillo del ojo, ves Los ahuehuetes. Los colores le escurren como si fueran la sangre de la pintura. La sangre de Velasco. Avistas el vacío. La escalera de mármol en espiral. Tres pisos. La gente se hace a un lado para dejarte pasar. Que nadie te detenga. Miras a un hombre de traje que viene hacia ti en sentido opuesto. Su aspecto de guardia es inconfundible. El policía detrás y él delante. Cuando el hombre del traje cree haberte atrapado lo eludes. Él es ahora quien se cae. Prosigues tu carrera. El vacío te llama.




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Nacido en la ciudad de Guadalajara en 1951, Eusebio Ruvalcaba se ha dedicado a escuchar música. Cabal y rotundamente. Pese a que ha publicado ciertos títulos (Un hilito de sangre, Pocos son los elegidos perros del mal, Una cerveza de nombre derrota, El frágil latido del corazón de un hombre…), pese a que se gana la vida coordinando talleres de creación literaria y escribiendo en diarios y revistas, él dice que vino al mundo a escuchar música. Y a hablar sobre música. Y a escribir sobre música.

Letrinas: Aforismos infernales

 Por Eusebio Ruvalcaba |


Aforismos infernales 


1) En la soledad de tu casa, con el perro al lado y los hijos jugando a tus espaldas, el tiempo que la evoques no lo malgastes en escribir palabras que no van a ninguna parte. Por más sinceras que te suenen. Porque quieras hacer una aclaración. Porque te imaginas que es hora de cruzar confidencias, promesas. Porque sientas que las palabras tienen prioridad sobre los vulgares sentimientos. Por lo que sea. Esas palabras son las que más hieren. Si quieres que te hieran a ti, allá tú. Estás en tu derecho. Pero no se las muestres. Te arrepentirás toda tu vida. Siempre será preferible el peor de los poemas

2) Sé trivial. Déjate seducir por la trivialidad. En el amor, la trivialidad va un paso delante de la sabiduría.

3) Nunca adivines lo que va a decir; puedes atinarle.

4) No enloquezcas cuando mire a otro; es la penitencia que estás pagando por un pecado que cometiste. Recuerda. Recuerda.

5) Aunque sea de vez en cuando, procura mirar sus ojos cuando la ames. Ahí radica el deseo, no más abajo.

6) El agua suple a la inteligencia. Dale a beber agua de tus labios.

7) Absorbe su aliento, fuente de vida. Llévatelo para prolongar un par de minutos el momento de tu muerte.

8) No le hables de tu muerte; excepto cuando sus ojos descubran a otro hombre.

9) No es la única mujer en la tierra; ni la última; pero para ti sí.

10) ¿Ya escribiste tu nombre en su piel? Y ni eso te garantiza nada.

11) Cuando no puedas más, cuando quedes exhausto, cuando te des por vencido sé un sacerdote: léele poemas al oído. Te recuperarás.

12) Cuando sientas que la ira te acomete, acaricia su lóbulo izquierdo; es prolongación de su corazón.

13) Halágala siempre. No te detengas. De todas las formas posibles. Es lo único digno que puedes hacer. Si tira tus obsequios, vas por buen camino.

14) Comparte con ella tus secretos espirituales; los de la carne le pertenecen al vulgo.

15) Que en tu corazón circule la paz luego de amarla. Nada debe perturbar la sensatez.

16) Mientras escribes estas líneas, está con otro.

17) Contén el búfalo de tu franqueza.

18) Mete el dedo en su boca y extráelo impregnado de saliva. Es el dedo de Dios.

19) Mírala y piensa; piensa y mírala. No la toques si no has resuelto el dilema.

20) Hurga en sus axilas. Huélelas. No hubo antes ni habrá después. La música es axial. El eje. El ritmo. El fundamento. La axila.

21) Coloca su mano derecha en tu pene. Y emite una plegaria de agradecimiento. Hay cosas que en este mundo van de la mano.

22) Ocasionalmente, muy ocasionalmente, déjala con la palabra en la boca. Alguien tiene que recordarle que es mortal.

23) Ve en ella a la mujer más fea del universo. Pídele una explicación a la poesía.

24) La ingratitud aguarda. Colócasela a modo de diadema. Aún se verá más hermosa.

25) No escuches sus pasos aproximarse. Corres el riesgo de despreciar a Brahms.

26) Cuando enfrente de ti se desnude ante el espejo, imagínate que no lo ha hecho para nadie más; aunque no puedas responder qué ocurrirá al día siguiente, ni qué aconteció cinco minutos antes de que llegaras.

27) Dedícale una novela; lo más probable es que la desaire, pero tendrás pretexto para dirigirle la palabra.

28) Despierta su piedad. Escríbele cartas como si fueras corresponsal de guerra, y ella el periódico receptor. Vigila que cada carta sea más angustiante y desesperada. Hasta el límite del suicidio.

29) Dale motivos para que te deje. Si falla uno busca otro. Porque tú nunca lo harás. Por los siglos de los siglos.

30) Delante de ella es delante de la única mujer que no puedes ser como eres.

31) Espíala. Un día completo. Excúsate porque no podrás pasar a verla. Pégate a sus espaldas como su propia sombra. Vigila todos sus pasos. No pierdas detalle. Si de pronto no alcanzas a ver la expresión de sus ojos, guíate por el lenguaje de su cuerpo. Ahí está todo. Síguela. Anota si es necesario. Dónde entró. Dónde se detuvo. Pero si temes que habrás de confirmar lo que tanto sospechas, mejor ni lo intentes. Sigue de largo y búscate una mujer como tú: pusilánime.

32) Chopin no es nada más uno de los más grandes compositores de todos los tiempos. Chopin es un enlace amoroso. Hazla enojar para comprobarlo. En el momento climático, llámala por otro nombre. Cuando sus ojos pergeñen una lágrima, levántate y pon Chopin. Te amará con doble denuedo.

33) Heráclito ya puntualizó que nadie se baña dos veces en el mismo río. Cambia la palabra río por mujer, y sigue su ejemplo.

34) Donde hay mujeres hay conflicto. Donde hay conflicto hay vida. Donde hay vida hay literatura —la música está por encima de estas niñerías.

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El Autor: Nacido en la ciudad de Guadalajara en 1951, Eusebio Ruvalcaba se ha dedicado a escuchar música. Cabal y rotundamente. Pese a que ha publicado ciertos títulos (Un hilito de sangre, Pocos son los elegidos perros del mal, Una cerveza de nombre derrota, El frágil latido del corazón de un hombre…), pese a que se gana la vida coordinando talleres de creación literaria y escribiendo en diarios y revistas, él dice que vino al mundo a escuchar música. Y a hablar sobre música. Y a escribir sobre música.

Letrinas: El ángel guardián


Por Eusebio Ruvalcaba |
Cuento

El ángel guardián

—Aquí una vez se sentó un tipo: yo —le digo a la chica al mismo tiempo que señalo el sitio en la banqueta donde alguna vez me quedé dormido.

—¿Usted cree en el presidente? —prosigue ella con la siguiente pregunta. Viste una diminuta falda tableada color verde, un chaleco guinda y una blusa blanca, casi tan blanca como ella.

—En el brandy sí, aunque no te lo recomiendo.

—Estoy preguntándole en serio, señor.

—Y yo te estoy respondiendo en serio. Creo que nunca le había respondido a nadie tan en serio. ¿Y sabes por qué? Porque a excepción de don Agustín, el dueño de este lugar, nadie me dirige la palabra, y menos para preguntarme nada. Pero sigue.

Ladro, y los perros de la casa de enfrente se asoman por el filo de la azotea. Siempre pasa lo mismo. Llevo años curándome la cruda en La Perla, un discreto barecito de la colonia Carrasco. Para más señas, atrás de la Ollín Yoliztli. Me tomo un par de tragos y luego me gusta salir a respirar aire contaminado. Entonces le ladro a los perros. Es lindo. Soy buenísimo para imitar ladridos y relinchos. Alguna vez sustituí los ladridos de un pastor alemán en una función de títeres. Los niños estaban felices. Cuando mi hijo cumplió tres años. No volví a tener otro hijo. Mi mujer se separó de mí cuando el niño se murió. De leucemia. Yo quería ir con una doctora homeópata, pero mi mujer no quiso. Tengo la estúpida sensación de que los doctores alópatas forman parte de una maquinaria criminal. Aunque ni ellos mismos se den cuenta. Porque los laboratorios son dueños de nuestro pensamiento. Nos manipulan a su antojo. Son cabrones. Prolongan las enfermedades y nos atemorizan. Mi hijo se murió y mi mujer y yo ya no pudimos hacer una vida en común. Todo empezó en una discusión que se agigantó. Y desde ese momento no hay mujer que se me acerque. Me eché una maldición encima. Mi ex y yo nos mandamos mutuamente al diablo echándolos la culpa de la muerte de Benjamín. Así se llamaba, como yo. Pero la boca se me llena cuando alguien me pregunta cómo me llamo y le digo Benjamín. Benjamín, repito, como si esa persona no me hubiera oído.

El dueño del bar me conoce. Es un hombre respetuoso y amable. Se llama Noé, don Noé, para los amigos, y siempre tiene una palabra de aliento para el derrotado, como lo soy yo. Solemos conversar de muchas cosas. Sin platicar. Es una conversación que transcurre en jirones. A él le gusta el whisky. Lo disfruta. Digo que todas las mañanas paso a echarme un par de tragos. Sin fallar un solo día. Y cuando salgo, respiro una bocanada de aire puerco. Sabe rico, a botana. Dejo que se llenen mis pulmones y ya tengo fuerzas para proseguir la jornada. Que no es muy larga. Me dedico a la venta de autos usados. Esto suena muy fastuoso, pero no hay tal. Tengo un solo automóvil que vender: el mío. Un Caribe 86. Está viejo y más o menos desmantelado, pero se defiende. Lo principal es que me lleva a todos lados. Siempre traigo una anforita de Oso Negro para sobornar a los patrulleros cuando me detienen, que es seguido. Siempre la aceptan, y cómo no. Me ven amolado con ese auto. Que me dejen ir es para mí un acto de conmiseración.

—¿Qué partido político tiene más presencia en la ciudad de México?

—Esa pregunta sólo te la puedo responder con un vodka de por medio. En la mesa, entre tú y yo. Como un ángel de la guarda que nos cuidara, como nuestro ángel guardián. ¿Te gusta la idea? A ver, ven, te invito un trago.

—No puedo…

—Ordénale a esa boquita cachonda que diga que sí…

—No me obedece…

—¿Ya ves?, eso es un sí. Ven, vamos al bar. Nos echamos un traguito y te respondo lo que quieras…

La tomo de la mano y no hace el menor esfuerzo por soltarse. Soy malo para calcular edades, pero cuando menos le llevo treinta años. Veinte de este lado y cincuenta del otro, se ve bien. Es una combinación prodigiosa, aún más que el invento de la rueda.

—Siempre no —dice, se suelta de mi mano y se dirige hacia la salida.

—¡Espera! —le grito. Pero no se detiene. Se encamina con paso firme hacia la fuente de luz que proviene desde la calle.

—Se le fue la palomita —acota de pronto don Noé.

—Pues sí, pero atrás de ella vendrá otra. Y otra. Y otra. Sírvame otro vodka, por favor. Que las penas con pan son menos.

Me siento en mi mesa favorita. Me gusta la que está junto al baño de las mujeres. Porque las veo entrar y salir. Y es un gusto para la vista y el olor. Don Noé me trae mi vodka, y lo bebo a la salud de la chica sin nombre. ¿A quién estará aplicándole la encuesta en este momento? Por cierto, el ángel guardián es ella.
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Nacido en la ciudad de Guadalajara en 1951, Eusebio Ruvalcaba se ha dedicado a escuchar música. Cabal y rotundamente. Pese a que ha publicado ciertos títulos (Un hilito de sangre, Pocos son los elegidos perros del mal, Una cerveza de nombre derrota, El frágil latido del corazón de un hombre…), pese a que se gana la vida coordinando talleres de creación literaria y escribiendo en diarios y revistas, él dice que vino al mundo a escuchar música. Y a hablar sobre música. Y a escribir sobre música.

Letrinas: El príncipe de las equivocaciones

 Por Eusebio Ruvalcaba |

 

Cuento 

 

El príncipe de las equivocaciones

 

 

Vivo con poco dinero. Poco es lo que necesito. A veces pienso que todos necesitamos poco, pero nos hacen creer que necesitamos carretadas. Y por esa razón nos devastamos. Nos quebramos por dentro. Siempre para tener más. Y más. Lo que he tenido por carretadas es equivocaciones. Me equivoqué en el modo de educar a mis hijos. Me equivoqué en el modo de sobrellevar mi matrimonio. Y ahí sí no había de otra con semejante bruja que me casé. Pero ahí no terminan mis equivocaciones. Desde luego que no. Me equivoqué en la carrera que elegí. Soy ingeniero civil. Alguna vez tuve la opción de radicar en el extranjero y preferí quedarme en este país. Otra equivocación. Si hiciera un recuento, no terminaría.
 
         Y ahora mismo estoy a punto de cometer una más.

         Soy el príncipe de las equivocaciones. Así me pueden decir. Me va bien.

         Estoy solo en casa. En cualquier momento va a sonar el timbre. Es Rosalba. La criada. La tengo que hacer mía. Llevo semanas esperando este momento. Se me antoja muchísimo. La espío siempre que hace el aseo. Si se agacha, se me para cabrón. Cuando sirve la comida, escudriño sus pechos. Por supuesto que no puede andar escotada. Mi esposa brincaría. O peor, la correría. Con la escoba con la que Rosalba barre. Mi esposa es una bruja. Y Rosalba una diosa. Pero en el fondo sé que sí. Que tiene ganas de mostrarme sus tetas. Se ve que las tiene grandes. Enormes. Me encantaría sacárselas por encima de la blusa, que se quedaran atoradas en el brasier, y mamárselas. Es de lo que tiene ganas. Como yo. Ni modo. Tiene novio. Lo primero que voy a hacer es prohibírselo. Viene por ella. Todos los días. Huevón de mierda. La espera enfrente. Recargado en el árbol. Ella sale de minifalda. Se la pone cuando se va. Aquí en la casa no podría andar de minifalda. Mi esposa protestaría. Hay dos hombres aquí en la casa y no quiero tener problemas, le diría. Pero más miedo le daría por mi hijo Bruno. Cabrón. Está guapo y es seductor. De 19 años. Su novia cursa la universidad con él. Se me olvida la carrera. Hay tantas carreras nuevas. Ni siquiera dejan que los jóvenes piensen dos veces qué carrera seguir. Los manipulan para que elijan una carrera que a la larga ni siquiera resulta de su agrado. Nada nuevo bajo el sol. Pero la bruja de mi mujer estaría sobre Rosalba si se imaginara cualquier cosa.

         Ya sonó. El timbre está sonando.

         Me tomaré mi tiempo. Si le abro en forma inmediata se va a dar su importancia. Lo primero es hacerse del rogar. Eso es digno. Así conquisté a la bruja de mi esposa. La procuraba muchísimo, ya saben: atenciones, regalitos, sorpresas. Y de pronto le daba una desconocida. Cuando percibía yo que ya se sentía demasiado segura, la dejaba plantada. Se me olvidada alguna fecha para ella significativa. Le decía Irma en vez de Susana. Lo que fuera. Y las cosas me salían. En lugar de enojarse, su cariño —ya de por sí empalagoso— crecía hasta ser más alto que un volcán. Más ígneo. Más puro. A mí eso me daba risa. Saber que la tenía en las manos me conmovía hasta el hartazgo.

         Una vez más el timbre.

         Me tardaré un par de minutos. Le diré que estaba en el baño. Apenas entre, le pondré la mano en su culito. Capaz que se voltea y me da una cachetada. O quizás sonría y me ofrezca sus labios. El dilema está abierto. Si yo he notado cierta coquetería. Cierto jalón. Como si quisiera y no. Es natural. Le tiene miedo a la bruja. Si supiera. Haremos las cosas de tal modo que jamás se dé cuenta la vieja. Nada hay más fácil que engañar a tu mujer. Son tan vanidosas que se la viven en la estupidez.

         Allá voy.



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El Autor: Nacido en la ciudad de Guadalajara en 1951, Eusebio Ruvalcaba se ha dedicado a escuchar música. Cabal y rotundamente. Pese a que ha publicado ciertos títulos (Un hilito de sangre, Pocos son los elegidos perros del mal, Una cerveza de nombre derrota, El frágil latido del corazón de un hombre…), pese a que se gana la vida coordinando talleres de creación literaria y escribiendo en diarios y revistas, él dice que vino al mundo a escuchar música. Y a hablar sobre música. Y a escribir sobre música.

Diez razones para respetar a las ratas

Por Eusebio Ruvalcaba |


Aforismos

Diez razones para respetar a las ratas


1) La concentración. Las ratas ejercen el arte de la concentración hasta grados escalofriantes. El mundo puede caerse alrededor, y esa rata permanecerá atenta, sin moverse de su sitio, a la espera del momento propicio para salir de su escondite y devorar aquel suculento pedazo de pan o de cualquier desperdicio que le permita sobrevivir hasta el día siguiente. Nada distrae a una rata cuando fija su atención en un objetivo. Toda ella se concentra. Es una rata/gato, una rata/culebra. Sabe perfectamente el precio que hay que pagar por ganarse el pan.

2) La caución. Una rata no pone en juego su vida. Conocedora de las debilidades humanas, opta por poner tierra de por medio antes que enfrentarse al hombre. La verdad de las cosas es que sólo ataca cuando se sabe acosada. Aunque primero muestra sus colmillos, con la intención de provocar miedo y que la dejen en paz. Si una rata fuera valiente, arrojada, intrépida, ya habría desaparecido de la faz de la tierra. ¿Quién no se siente impelido a matar una rata por su solo aspecto?

3) La humildad. Aun la rata más hábil para solventar sus necesidades —digamos, aquella que vacía las despensas o las bodegas de los restaurantes—, se abastece de residuos encontrados en la basura. Los mercados o las panaderías son sitios óptimos para emprender esta búsqueda. Donde un perro olfatea con desdén —no se diga un perro doméstico, que de plano pasa de largo delante de estas provocaciones—, la rata hurga hasta sumergirse. Sabe que sólo de ese modo logrará extraer lo salvable de aquella podredumbre. En estas condiciones y a pleno día, donde una rata busca, otra más lo hace. Botín que desde luego no compartirán. Dos bichos humildes en busca de alimento. En esto se parecen al hombre.

4) La tenacidad. La rata persevera. Es incansable, terca, porfiada. Aun en los ambientes más inhóspitos, da vuelta en U y se regresa. Sabe que finalmente el hombre cometerá un descuido. Al cabo, su tenacidad es recompensada. Es como si supiera el precio que debe pagarse por vivir. Cosa que nadie le ha enseñado. Al hombre se le enseña desde pequeño, e insiste en violentar este principio.

5) La desconfianza. Una rata vive en estado de alerta continuo. No baja jamás la guardia, lo que le permite avistar el peligro aun antes de que se presente. Una rata es un amasijo de nervios en estado crudo. Adrenalina pura. Una rata no conoce descanso. Aun en las madrigueras más pobladas, no para de olfatear, de mirar acuciosamente en torno suyo. Sus ojillos nerviosos están hechos para descubrir el peligro donde hay quietud aparente —las ratoneras y el veneno son pan comido para ella. Esta desconfianza es quizá su mejor arma, y no sólo para conservar la vida sino también la dignidad. Jamás inclina la cerviz.

6) La corrosión. La rata es un ser eminentemente libre, que corroe y corrompe todo alrededor. El mundo es suyo. Si para sobrevivir habrá de echar abajo una montaña, lo hará. Aun en los sitios más asépticos, encontrará el modo de abastecerse de nutrientes. Por ejemplo, en el enorme cubo de una lavadora es capaz de fijar su residencia. Allí se alimentará lo mismo de cables que de holanes de ropa interior. Todo muerde y en menor medida traga, hasta que el hambre cede.

7) El estoicismo. La rata es capaz de resistir cualquier adversidad sin implorar clemencia, apoyo, refugio, opciones tan gratas a otros animales. No podía ser de otra forma, cuando la vida de este roedor es una lucha incesante. La rata es dueña de una fortaleza superior. Somete la sensibilidad en aras de su sobrevivencia.

8) La misantropía. Mienten quienes afirmen que la rata es sociable, que, inclusive, suele emprender migraciones constantes en enormes camadas. Prefiere el ejercicio de la soledad, desplazarse en pequeños y delimitados territorios, de los cuales conoce y domina sus recovecos más profundos. Su aversión a trasladarse en grupo le evita compartir. Otra ganancia.

9) La supervivencia. Por más esfuerzos que haga un perro callejero para mantenerse vivo, jamás podrá compararse con los que habrá de enfrentar una rata. A una rata se le atropella deliberadamente. Se le arroja veneno. Los niños gozan apedreándola. La sola vista de la rata incita a matarla de una patada.

10) El aprovechamiento. Las ratas no desperdician. Una rata aprovecha hasta el último miligramo de su abasto diario. Paradójicamente, en gran medida vive de lo que el hombre desperdicia. Si el ser más inteligente de la creación no desperdiciara, la rata —el enemigo más acérrimo del hombre— vería contados sus días. Pero el egocentrismo del ser humano es para ella fuente de abastecimiento. Aun detalles que para el hombre son absolutamente insignificantes —un pedazo de hot dog—, para la rata constituyen garantía de subsistencia.
 
 
 
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El Autor: Nacido en la ciudad de Guadalajara en 1951, Eusebio Ruvalcaba se ha dedicado a escuchar música. Cabal y rotundamente. Pese a que ha publicado ciertos títulos (Un hilito de sangre, Pocos son los elegidos perros del mal, Una cerveza de nombre derrota, El frágil latido del corazón de un hombre…), pese a que se gana la vida coordinando talleres de creación literaria y escribiendo en diarios y revistas, él dice que vino al mundo a escuchar música. Y a hablar sobre música. Y a escribir sobre música.

Reglas que deben observarse en una cantina





Aforismos

Reglas que deben observarse en una cantina

Eusebio Ruvalcaba



Las mujeres

1) No llevar minifalda, ni menos falda provista de una espléndida abertura. (Sabido es que, con ciertos alcoholes encima, las faldas tienden a multiplicar en ráfaga la imaginación de los consumidores varones. Sabido es que una abertura al frente o al costado, puede capturar la vista masculina hasta un grado altísimo de peligrosidad.)

2) No llevar un perfume fino y sutil, de esos bendecidos por los ángeles; cuyo rocío las mujeres colocan en cuello, reverso de muñecas, muslos, nacimiento de senos y parte posterior de lóbulos. (Sabido es que un buen perfume puede distorsionar la realidad y extraer los más íntimos instintos de un hombre. Sabido es que, aunado al alcohol, un perfume exquisito es capaz de levantar en vilo a un hombre de su silla y obligarlo a levitar ante el aplauso de la mayoría. Pero sin lugar a dudas que ese hombre, por más que la buena fe lo anime, habrá perdido su voluntad y seguirá a la mujer en cuestión hasta depositar la punta de su nariz en la parte perfumada.)

3) No llevar medias negras. (Sabido es que las medias negras —peor aún, aquellas que se ajustan al muslo por sí solas— son parte del encanto femenino en el sentido más tradicional del término; sabido es que gentes como Lautrec, Orozco o Ensor hicieron de dicha prenda una constante de su arte; tal vez porque las putas se vestían con ellas. Las mujeres que en una cantina cruzan las piernas y muestran el privilegio de unas medias negras, están dando pie a que el inspector de incendios revise el sistema de alarma y clausure el negocio.)

4) No mirar de frente. Porque en los ojos radica todo. Y más allá de la intención que aviva una mirada, un par de pupilas bien dirigidas mueve al hombre de la mesa vecina a cerrar el puño con la cuba en la mano, y embarrar de sangre su pantalón. 

5) No hablar. Porque cuando la mujer abre la boca, son irresistibles las ganas de meterle el dedo y frotar suavemente. O bien la lengua y enredarla con la suya.

6) No mover las manos —excepto para tomar su trago. Porque cuando la mujer mueve las manos, la reacción del varón es aproximarse para que esas manos se posen en su pecho, en su espalda y dejarse acariciar. Esta acción acaece porque el hombre siempre desea ser apapachado. Que se tenga piedad y conmiseración de él.

7) No caminar. Porque cuando las mujeres caminan ejercen la provocación del deseo. Caminan y todo en rededor se cimbra. Se trastorna. Cuando una mujer camina, los ojos masculinos se aprestan a la contemplación de aquel trasero. Lo miran tras la tela. Lo miran refugiado en aquellas nalgas. Oculto a las miradas distraídas.

8) No pestañear. Porque cuando la mujer pestañea —o entremira— sus ojos se tornan doblemente bellos —y peligrosos. Aun la mirada más peregrina, se revela astuta y provocativa. 

9) No reírse —ni mucho menos sonreírse. Porque cuando una mujer se ríe —o sonríe—, su risa —o sonrisa— sale por los aires. Se detiene en la lámpara más próxima, para que cualquier hombre se ponga de pie y la capture con ayuda de una red para cazar mariposas.

10) No morderse las uñas. Porque este solo hecho pone nerviosos a más de tres. Algo tiene de diabólico este simple acto en manos de una mujer. Como si el hombre fuera el mordido. Una parte del hombre. Una bendita parte sin la cual no habría humanidad.

Los hombres

1) No llevar mujeres. 



El Autor: Nacido en la ciudad de Guadalajara en 1951, Eusebio Ruvalcaba se ha dedicado a escuchar música. Cabal y rotundamente. Pese a que ha publicado ciertos títulos (Un hilito de sangre, Pocos son los elegidos perros del mal, Una cerveza de nombre derrota, El frágil latido del corazón de un hombre…), pese a que se gana la vida coordinando talleres de creación literaria y escribiendo en diarios y revistas, él dice que vino al mundo a escuchar música. Y a hablar sobre música. Y a escribir sobre música.  
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