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Letrinas: De la acedia a la matriz

¿Pereza? ¿Qué no es eso un pecado? Pienso al mismo tiempo que agarro el diccionario que se encuentra en mi cabecera junto con otros libros, discos piratas, y revistas de moda. Lo abro y busco la palabra.

02 octubre 2014

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Tacones Lejanos-
Por La Tija-

"Al infierno se va por atajos, jeringas, recetas".
Joaquín Sabina

Los dedos de mis pies dan hacia la ventana, son las tres de la tarde y otra vez no fui a trabajar, si es que uno puede llamarle trabajo a lo que hago. Terminé una carrera y mi empleo nada tiene que ver con ella, pero aunque muchos lo critiquen vender seguros de vida me dio la oportunidad de darme una más o menos decente.

Me despertó el ruido del celular, esta vez no era mi jefe reclamándome por faltar un día más sino la empresa de telefonía mandándome como todos los días puntualmente un mensaje para recordarme que no pagué el servicio. Ni me inmuto, si no pago ahora seguro me cortarán la línea y con ello dejaré de recibir sus mensajes y al mismo tiempo, dejaré de oír los alaridos de mi madre quien todos los días me recuerda que tal vez debería hacer algo de provecho con mi vida.

Veo el control de la televisión tirado en la alfombra que está manchada de lápiz labial, logro encenderla y descubro con ello que aún no me cortan la luz. Esa televisión blanca era de mi abuelo quien pasaba las horas viendo el béisbol; aficionado de los Rieleros y cuenta mi abuela que cuando era joven jugaba como con toda una estrella. Yo en cambio nunca fui buena para ningún deporte; pero en mis ratos libres desde niña me iba a sentar en el parque durante horas para ver a mis amigos jugar tochito, gusto que después creció y me abrió el mundo de los casinos a través del fútbol americano.

Mi tía ha venido a visitarme últimamente, me cuenta que hace poco conoció a una persona que la enamoró y que yo lo haré un día estos, por lo que no debo perder la esperanza en el amor. También me habla de Dios y de cómo nos regaló la vida para que la disfrutáramos. -¿Y yo qué?- pienso. A mí nadie me preguntó si quería vivir.

-Regreso al rato, a ver si lavas esos trastes y cambias las sábanas- me dice siempre al marcharse. Yo sólo asomo la mano por debajo de las cobijas y señalo que cierre la puerta.

-¡Quítate ya esa pereza!- alcanzo a escuchar.

¿Pereza? ¿Qué no es eso un pecado? Pienso al mismo tiempo que agarro el diccionario que se encuentra en mi cabecera junto con otros libros, discos piratas, y revistas de moda. Lo abro y busco la palabra.

Pereza: Depresión profunda, falta de ganas de vivir, desidia.

Aviento el diccionario y veo el techo que después de varios minutos se convierte en una mancha blanca. Dos personas afuera platican y una de ellas estornuda.

Supongo que cuando uno nace tiene asignadas debilidades que lo hacen más vulnerable a ciertas enfermedades y pecados, por lo que hay quienes son más propensos a padecer de lujuria y vanidad tanto como aquellos que se enferman de la garganta o del estómago a cada rato. Sucede que para los pecados no existen antibióticos ni recetas mágicas que logren curarte, por lo que uno se pasa la vida enfermo, contagiando y culpando al declive de la sociedad por todos los malos pensamientos y acciones que tenemos.

Mi madre, había estado preocupada los últimos meses por mi estado, ella piensa que fue la ruptura con mi último novio la que me tumbó en la cama y me quitó las ganas de vivir, por lo que ha estado insistiendo en que vea a un padre para que platique con él y me lleve de regreso al camino del señor. Yo jamás he sido una fiel creyente pese a los esfuerzos de mi padre por meterme a una escuela católica, y no es culpa de los maestros, simplemente la religión es un asunto que a mí siempre me ha importado poco. Aun así, cargo con prácticamente todos los sacramentos cuyos papeles oficiales guardo en el mismo fólder de mis certificados escolares en aquel clóset de por allá. El póster de Pink Floyd que tiene pegado me lo regaló un amigo en la secundaria.

El celular suena nuevamente, mi hermana escribe para avisarme que logró conseguir una cita con el padre que me dio mi primera comunión, algo así como el doctor de la familia que conoce todo mi historial desde pequeña, y me comenta que es el mismo que oficiará su próxima boda, por lo que me suplica no ser grosera con él. Para evitar discusiones familiares, me meto a bañar y salgo a esperarlo, llega a los pocos minutos y me abraza dando inicio así a su sermón que escucho y no porque sigo pensando en que el color lila de los vestidos de damas de honor para la boda no va con el tono de mi piel, pero en realidad no importa ya.

Después de un rato intento concentrarme en sus palabras.

-La religión señala a aquellos que se dañan con excesos porque insultan el cuerpo que Dios nos dio. ¿Estás consumiendo drogas, Marce?- me pregunta.

Qué ganas de decirle que sí, pero decido no contestarle. En realidad fumaba muy poco, pero estaba considerando hacerlo más seguido ya que estudios han demostrado que fumar reduce fuertes dolores corporales. Recordé también en ese instante que en alguna ocasión utilizaron morfina para tranquilizarme después de una operación. Ese día mientras me inyectaban, el doctor dijo que la combinación de drogas se llamaba así en honor a Morfeo, el dios griego del sueño, y que unos minutos dejaría de sufrir para dormir en sus brazos.

-En la Biblia Salomón nos dice que el todo de la vida es honrar a Dios con nuestros pensamientos y guardando sus mandamientos porque un día compareceremos ante él para entregarle cuentas- insiste el padre.

Pocas ganas tengo de ver a la gente desde que llegó el cartero a mi casa con un sobre antes de partir al trabajo. Ése día estuve a punto de entregar cuentas también a otro señor, batir mi récord anterior en ventas, y seguramente con esas cifras obtener un ascenso después de cinco años de estar encerrada en una oficina, sin saber para quién trabajo, enriqueciendo quién sabe a qué cabrón, y dándole una mejor vida a quién sabe cuántos de sus hijos.

-No hay lugar para la pereza en la vida de un cristiano, hija, porque el alma del perezoso desea y nada alcanza. La pereza sólo produce destrucción, desesperación y negatividad, si sigues así no tendrás lugar en el reino de Dios. ¿Qué no quieres disfrutar de la vida? ¿Qué acaso no quieres tener hijos y disfrutar del amor en pareja?

De todos mis amores sólo dos me han marcado. Alejandro había sido quizás el más importante. Nos conocimos en la universidad y duramos un par de años juntos hasta que me dejó por Andrea y yo lo dejé por Pablo, un ingeniero que me amó como pocos pero al cual nunca consideré mi novio porque él odiaba los títulos. No obstante, durante los años de relación intenté una y otra vez darle un hijo lo cual nunca sucedió, a diferencia de Andrea que a los pocos meses logró embarazarse y se dio el lujo de abortar porque no era el momento y porque sabía en el fondo que Alejandro, desempleado y deprimido jamás se hubiera hecho responsable. Terminé con Pablo argumentando que no podía ofrecerle otra persona que no fuera yo, él insistía en ver a un médico e iniciar un tratamiento pero yo siempre rechacé la idea y hoy me arrepiento. Finalmente sus ganas de ser padre fueron más fuertes y se fue para nunca más volver.

Deprimida y temerosa por nunca más encontrar a alguien como Pablo decidí una mañana ir al doctor y desquitar el seguro de gastos médicos mayores que me pagaba la empresa y después de varios análisis, la aseguradora se comprometió a llevarme los resultados hasta mi casa.

-Dios nos da oportunidades y formas de sostenernos, pero nosotros rechazamos lo que Dios nos da. Tienes que examinar tu vida, hija, porque lo que tu presentas es exactamente el cuadro de un perezoso.

En ese momento y harta de escucharlo hablar le entregué el sobre que recibí aquel día por parte del cartero.

-Durante toda mi vida he intentado hacer las cosas de manera correcta, llevo una vida sana y he sido capaz de discernir entre lo bueno y lo malo ¿Qué no es eso lo que predican ustedes? ¿A quién acudo cuando yo sí quiero vivir y Dios no me deja, padre?- añadí.

El sacerdote abrió el sobre y después de leer los papeles enmudeció totalmente y me vio a los ojos con profunda tristeza.

-Eso que usted llama pereza, los doctores lo llaman cáncer. 
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