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Letrinas: Los mendigos bendecidores

Por Hugo César Moreno | Era adolescente cuando me hice ateo. Fue una noche de insomnio efecto de algún pecado.

02 marzo 2015

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Noche Suripanta | Por Hugo César Moreno |


Los mendigos bendecidores

 
Era adolescente cuando me hice ateo. Fue una noche de insomnio efecto de algún pecado. No sé, igual me había hecho una chaqueta pensando en una prima o con las revistas porno que le bajaba al tío. Tenía unas tan sórdidas que me temblaban las manos cuando le daba vuelta. Había descubierto el escondite de la llave para abrir el cofre del tesoro. O quizá sólo había mentido o cometido algún pecadillo venial. El pedo es que estaba asustado, pensando en los dolores eternos del infierno. Cagado de miedo. En tal ventisca de miserias espirituales me devanaba los sesos cuando de los fétidos aires me llegó la iluminación vía reflexión: ¿y si dejo de creer en tanta mamada? Me pregunté. ¿Sería posible? ¿Cuáles son las evidencias? ¿La anciana de la doctrina? ¿El cura culero de nariz roja de tan pedo? ¿Los milagros no cumplidos a mi padre?

Me sentía de la chingada. El terror. No terror a lo desconocido (harto conocido tenía el infierno aunque fuera de oídas). Sino terror a mi incontinencia: cómo podría ganarme el cielo siendo como era. Verga, estaba en un dilema que resolví sin tanta complicación. Voy a dejar de creer, me aseguré. Cerré los ojos y dormí tranquilo.

En ese momento no tenía herramientas conceptuales, saberes o argumentos, pero ya era ateo. En la secundaría era ateo. Iba a misa a güevo pero me valían madres las tonterías lanzadas por el cerdo de sotana. Mi jefe viene de tradición cristera, por lo que no me fue fácil ser consecuente con mi descreimiento, pero poco a poco me fui ganando el derecho a decidir mis creencias. En la secu tuve un profe cabrón, el más cabrón que tuve y de quienes conservo gratos recuerdos. Era culero, de esos culeros chingones. Y era ateo y se burlaba de las tradiciones católicas con tal impunidad que se convirtió en el primer paladín del ateísmo que tuve. Le aprendí cómo elaborar un buen argumento contra las tradiciones más idiotas del cristianismo en particular y del teísmo en general. Tuve mi etapa radical. Hoy mi posición es de tolerancia absoluta, sólo exijo la misma deferencia para mí.

Sin embargo, me siguen molestando un poco los que dios te bendiga. Le acepto con todo el corazón a mi jefa el que dios te acompañe. No hay bronca, bienvenida la bendición. También me viene dostrés guanga la bendición de fórmula. Lo que sí me caga harto son las bendiciones que se colocan en lugar de un chinga tu madre. Los mejores en hacerlo son los mendigos. Esos que abres y te dicen que dios te bendiga cuando en realidad dicen chinga tu madre pinche marro culero. A la gaver.

Siempre son los más gandallas. Se sube un cerdo inmenso a pedir pal suero de tresceintos varos que necesita su vieja porque tuvo un parto de alto voltaje. Dos meses después, se sube con el mismo choro. Chale, pinche mierda. Y la banda se siente impelida a soltar dos moneditas porque el culero sabe su acto, se le quiebra la voz, mira con los ojos envilecidos por la miseria y no falta el don que va al jale conmiserado, diciéndose, vale madres, yo estoy bien. Sí, pinche sueldito apenas pa mis chamacos, pero este vale se ve necesitado y pum, dos varos pa limpiar un poquito la consciencia.

El que se lleva las palmas es un ñor que chambea en el centro, por las calles de Gante, Motolinia, Regina, o donde haya masa por algún evento. Se acerca con semblante de estoy hecho mierda. Lanza un choro de que viene de Chilpancingo, que es maestro o algo así, que vino a arreglar unos asuntos sobre no sé qué mamada y en el taxi lo asaltaron y no tiene pa volver. Bueno, dos o tres veces lo he topado. La última, con lágrimas en los ojos, estiró la mano, yo metí ambas manos a mis bolsillos para hacer la finta de buscar morralla, me encogí de hombros y le dije, puta, qué mala suerte, siempre le pasa lo mismo. Me miró desconcertado, dios te bendiga me la mentó y se fue. En una de esas el cabrón con cáncer fue más honesto. Igual, llegó mientras me chingaba una biela en un localito de Gante y soltó su choro, le dije nel y me espetó un ojalá a ti no te dé cáncer. Volteé y le dije, ojalá a ti tampoco, ah, pero tú ya tienes ¿verdad?
 
 
 
 
Hugo César Moreno Hernández (Ciudad de México, 1978). En 2003, con el Grupo Cultural Netamorfosis fundó la Revista Cultural Independiente El Chiquihuite. Ha publicado los libros Cuentos para acortar la esperanza (Netamorfosis, 2006); Cuentos porno para apornar la semana (2007, FETA-Conaculta); Cuentos cortos para acortar el domingo (2008, Cofradía de Coyotes-Netamorfosis) y Enseres de supervivencia (2011, Cofradía de Coyotes-Netamorfosis); el libro infantil Así aprendió a volar José (2009, Cofradía de Coyotes-IMC). Aparece en las antologías Abrevadero de dinosaurios, Ardiente coyotera, Perros melancólicos, El infierno es una caricia y Coyotes sin corazón. Fue becario del FOCAEM durante 2009 y actualmente imparte el taller de Poesía y Narrativa en el Faro de Indios Verdes.
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