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Letrinas: Un parpadeo en la vida de unas cuantas personas

Por Eusebio Ruvalcaba. Alejandro encaminó el automóvil de su padre por aquella carretera de ida y vuelta. Era un viejo Ford Galaxie.

06 marzo 2016

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Por Eusebio Ruvalcaba | 


Un parpadeo en la vida de unas cuantas personas


Alejandro encaminó el automóvil de su padre por aquella carretera de ida y vuelta. Era un viejo Ford Galaxie. La velocidad siempre lo había atraído poderosamente. Le gustaba sentir el acelerador bajo su pie, y que a medida que imprimía mayor fuerza el auto acrecentaba su marcha. Era como si tuviera el mundo en el puño. Sobre todo lo atraían las carreteras federales, sin camellón ni nada parecido que implicara mayor seguridad. Caminos peligrosos que parecían abrirle sus fauces.

Pero esta vez llevaba un pensamiento en su cabeza.

Había dejado de ver a Adriana un par de años completos. Porque su padre lo había enviado a trabajar a Estados Unidos. Estamos en la ruina, y te toca cooperarte para la manutención de la casa. Yo lo he hecho más de treinta años. Pero no puedo más. Estoy cansado y maltrecho. La endemoniada diabetes me tiene paralizado. No puedo trabajar ni cinco minutos. Te pido un par de años. No más. Es un tiempo prudente. Para poner a prueba a un hombre. Dos años que ni te aparezcas. Tu tío Carlos te espera. Él te colocará en un trabajo que te rinda lo suficiente. Ya me lo dijo. Vivirás en su casa. No tendrás gastos. Todo lo que ganes se irá directamente al banco. Es el único modo de salvarnos de la bancarrota. Regresas y será como recomenzar. Ya verás cómo las cosas se acomodarán a tu modo. Abriremos un pequeño taller para que te hagas cargo de él, y puedas reiniciar una nueva vida. Vete preparando. Tienes que darle el ejemplo a tu hermano. Que tu madre vea que eres capaz de sacar las cosas adelante. Porque se opone a que vayas. Quiere tenerte aquí como si fueras un chiquito. Ya sabes que eres su adoración.

Su padre había decidido que dos años era el tiempo ideal. Ciento cuatro semanas trabajando como burro. Sin parar. Se lo explicó a Adriana pero ella se negó a aceptar. Si el amor entre ellos estaba en plenitud. ¿Por qué ponerlo a prueba? El dinero no importaba. Por encima de la plata, lo único que ganaría sería destruir la pasión que había entre ellos. Que era mucha. Él le juró que no. Mi amor es lo más fuerte. Y es lo que me dará energía para trabajar sin cansancio. Yo regresaré y nos casaremos de inmediato. Tendré veintidós años y tú dieciocho. Estaremos en el mejor momento.

Y pronto partió.

Se cruzaban cartas cuando menos una vez a la semana. Iban para el año. Ella le escribía y le contaba pormenorizadamente todo lo que había hecho. Excepto que era asediada por Joaquín, un joven recién cambiado al barrio. Y que empezaba a acceder al acoso. Es irrelevante, se decía a sí misma cuando pensaba en Alejandro. Y sentía sobrevenir una sensación de culpa. Pero insistía, como para darse ánimo. No hay problema. En el momento que decida cortarlo, lo corto. Además no he hecho nada de lo que pueda avergonzarme. A estas alturas del siglo XXI, unos cuantos besos no son nada. Si todas mis amigas se la pasan en el auto de sus novios. Y nadie les dice nada. Porque en el fondo, no pasa absolutamente nada.

El tiempo restante se fue como un parpadeo. Se preguntó qué cara harían todos en su familia cuando lo vieran llegar, y sobre todo qué cara haría Adriana. Cuando regresara.

Y había vuelto.

Justo en ese momento se encontraba descendiendo del camión en los andenes de la Tapo. ¿A quién iría a visitar primero?: ¿a su padre? Tenían mucho de qué hablar. Como habían acordado, en dos años no había vuelto a México. Su tío Carlos lo había colocado en un taller automotriz, y había ganado sus buenos dólares. Básicamente por las horas extras. Los demás compañeros de trabajo lo miraban con asombro. ¿De dónde sacaba fuerzas ese mexicano para resistir cargas de trabajo arduas, capaces de doblar a cualquiera? Parecía que lo movía un impulso interior. Era invencible. Había embarnecido. Ahora se veía más fuerte. La otra era dirigirse a la casa de Adriana. Eran las diez de la noche. Buena hora para dar una sorpresa.

Se decidió por su casa. Lo primero que llamó su atención fue la fachada. Su padre la había abandonado por completo. Aun de noche pudo distinguir que se encontraba en ruinas. Tocó y le abrió su hermanito. Lo abrazó y se dirigió a la sala, desde donde provenía una música de mambo. Era su padre. Que al momento de verlo, ni siquiera se levantó. Estaba ebrio. Alejandro se aproximó y le besó la mano. O cuando menos ésa había sido su intención. Que no pudo consumar porque el hombre la retiró abruptamente. ¿Vienes a reclamar tu dinero?, le dijo. Porque no hay cinco centavos de todo lo que mandaste. Para lo único que sirvió tu trabajo fue para enterrar a tu madre, y para que yo disipara mi dolor con la botella. Y con una mujer que ahorita mismo me está preparando mis frijoles. Y ni te atrevas a reclamar, porque te rompo el hocico.

Salió como había entrado. Y emprendió la carrera rumbo hacia la casa de su novia. Las cuadras se le hacían poca cosa. Como si la casa de Adriana estuviera en la misma acera. Por fin llegó. Tocó el timbre. Salió el papá de la chica. ¿Qué quieres? Vengo a buscar a Adriana. Por favor llámela, señor. Mi hija no tiene nada que hablar contigo. Ya se casó. Con un joven prometedor. Reconozco que hiciste un gran esfuerzo este tiempo. Todos en la colonia lo supimos. Para algunos eres un ídolo. Y de paso te doy el pésame por tu madre. Pero con mi hija no tenías la menor posibilidad. Apenas te fuiste, mi esposa y yo hablamos con ella y la convencimos de que estaba en el camino equivocado. Esperándote. Así que este muchacho y ella se enamoraron y fin de la historia. Ahora es la señora de Joaquín Mendizábal. Vete de aquí y haz tu vida como puedas. Que Dios te bendiga.

Los pasos de Alejandro lo guiaron a su casa. Pero esta vez no tocó. Buscó las llaves del garage. Que ahí estaban, debajo de una maceta. Abrió el portón y miró el Ford Galaxie. Su padre siempre lo tenía al punto. Tanque lleno. Presión de aire lista. Todos los niveles al tiro. Las llaves en el switch. Lo echó a andar, y accionó la reversa. Recorrió varias avenidas, y cuando se percató ya estaba en la carretera. Dejó que los ocho cilindros de aquella máquina fueran tomando impulso. Miró el velocímetro. ¡Estaba descompuesto! La aguja marcaba cero. Vaya error que su padre había dejado pasar. Increíble. Aceleró hasta el tope. La oscuridad lo atraía.


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El Autor: Nacido en la ciudad de Guadalajara en 1951, Eusebio Ruvalcaba se ha dedicado a escuchar música. Cabal y rotundamente. Pese a que ha publicado ciertos títulos (Un hilito de sangre, Pocos son los elegidos perros del mal, Una cerveza de nombre derrota, El frágil latido del corazón de un hombre…), pese a que se gana la vida coordinando talleres de creación literaria y escribiendo en diarios y revistas, él dice que vino al mundo a escuchar música. Y a hablar sobre música. Y a escribir sobre música.
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