Responsive Ad Slot

SEMANAL

latest

7NN: Levántate, no tienes los huesos rotos

El contrato no restringe nada, pueden hacerme lo que sea, salvo penetrarme. Pueden lamerme, escupirme o venir a morir a mi lado, envenenados, y pagar por ello.

22 mayo 2018

/
Levántate, no tienes los huesos rotos
Por René López


«Busquemos una joven virgen que lo
atienda y lo cuide, mi señor;
dormirá en sus brazos y le quitará el frío»
Reyes 1:1

No despiertes; me doy una orden que no voy a atender: no despiertes. El clip continúa y yo despierto. Dentro del video, la otra yo ve al anciano muerto y grita. Mientras observo, fuera, también yo grito. En la última semana he visto ciento cincuenta veces al anciano tomar un té, desnudarse y quedarse dormido hasta la muerte, a un lado mío. Tengo la grabación porque quería saber qué pasaba mientras yo dormía.

De manera regular iba a casa de Sara; ella me daba un té para dormir por varias horas.  Mientras duermo, hombres, ancianos casi todos, intentan suplir su incapacidad sexual con fantasías. A cambio pagan la factura de mi celular, dos entradas al mes para un restaurante lujoso y un exclusivo spa de su propiedad. El dinero que recibo es aparte, depende de las personas que atienda. Casi siempre es más dinero del necesario para pasar muy bien el mes.

El contrato no restringe nada, pueden hacerme lo que sea, salvo penetrarme. Pueden lamerme, escupirme o venir a morir  envenenados a mi lado y pagar por ello.

No lo sabía, por eso compré la cámara miniatura.

Al día siguiente vinieron a mi departamento a recordarme el acuerdo de confidencialidad que teníamos. Yo puedo decir nada sobre el hombre envenenado.

Trato de olvidarlo y seguir yendo a la universidad. Pero mi celular timbra. Timbra y lo  silencio. Timbra aunque lo ignoro. Timbra y, cuando contesto, es ella. Ya no quiero ir de nuevo a tu casa, Sara. Te entiendo, Lucy, no voy a llamar en un tiempo, descansa.

Pero tengo miedo. Por las noches veo automóviles  que me siguen de regreso desde la estación del subterráneo. Dos noches seguidas un hombre de chaqueta café va detrás de mí,  intenta hacerse el disimulado y cometo el error que me pone en donde estoy. Marco el número de Sara y le digo que deje de molestarme. Intenta defenderse, no sabe de lo que hablo. ¿Y los automóviles, y el tipo de la chaqueta?. Sigue sin entenderme; entonces le digo del video, si continúa su acoso lo haré público. Me grita, sabe donde vivo, no me estaba siguiendo pero ahora no se detendrá hasta tenerme a mí y al puto video, luego cuelga.

Me quedo quieta, pensando al borde de la cama. Tocan la puerta, mi sangre abandona mi cara y siento una palidez dolorosa que marea. Corro al baño en puntas. Si recuerdo que estoy viva es sólo por el dolor al golpearme con el lavamanos. Se hace un silencio profundo, escucho caer el agua en el depósito del escusado. Desde afuera me gritan. Es la encargada de cobrar la renta, no estará la próxima semana pero puedo depositar en una cuenta de banco.

***
Teniendo a las personas indicadas puedes encontrar a quien sea. Me imagino que Sara tendrá a cualquiera de los ancianos a su disposición, pero no creo que sean las personas precisas para encontrarme. Ni yo sé dónde estoy. Busco alguna noticia que hable del hombre en casa de Sara, no hay nada. Nada.

Debo calmarme, hacer una lista de lugares en donde esconderme. No debo ir con amigos o familiares. Aunque quisiera, mis familiares no me hospedarían y mi lista de amigos es inexistente. Descarto la posibilidad de un hotel, ya no es fácil registrarse con un nombre falso. ¿Se encuentra bien, señorita?, me dice el camarero del café. Sí, sólo mis exámenes, respondo intentando justificar mis lágrimas  y todas las hojas en la mesa. Me trae un té. Es un regalo, para que termine pronto. Espero terminar pronto.

CouchSurfing, plataforma de hospedaje gratuito. Busco desde el celular. Me arroja varios sitios, en casi todos tienes que registrarte y mostrar credenciales. Finalmente descubro uno que es más amable con las restricciones, dice en su página principal:  “un esfuerzo de buena voluntad en contra de empresas que hacen negocios con la colaboración”. Qué estupidez. Yo sólo busco un lugar más o menos seguro y lejos de mis rumbos usuales.

Mi anfitrión es un tipo flaco, huele a tabaco, tiene libretas y papeles tirados por todo el diminuto cuarto. Me preparó un futón, él no dormirá acá, tiene una reunión con amigos, pero puedo sentirme en casa. No, gracias, le contesto en mi mente y me siento a esperar a que se vaya para  acostarme. No duermo, siento que estoy olvidando algo, siento que Sara o algún tipo contratado por ella estará esperándome afuera para cuando salga, o que al doblar la esquina los voy a encontrar. Va a ser fácil para ellos, aún recuerdo algunos movimientos de kick boxing, pero ocho años sin entrenar son demasiados.

Logro empezar a soñar. Dentro del sueño estoy dormida en la casa de Sara, pero el cuarto no está; todo lo que nos rodea es una nube color esmeralda, me levanto, estoy gritando, siento el esfuerzo pero no se escucha nada. De pronto, el anciano muerto se despierta y me voltea a ver. Le faltan pequeños pedazos de piel, alcanzo a ver larvas blancas en algunas partes de su rostro. Me toma de la cara y mete su lengua a mi boca. Intento despertar, pero sigue aquí conmigo, siento su peso sobre mi pecho y no me puedo despertar. Lloro, siento mis lágrimas correr. Intento hablar pero no puedo porque tiene su lengua hurgando mi boca. Abro los ojos y el tipo flaco está sobre mí, no tiene camisa, está borracho y dice cosas que no logro entender. Lo empujo y cae, lo pateo en el suelo. Cojo mi mochila y me largo, sin más trámite. Salvo en la casa de Sara, nunca duermo desnuda en las casas ajenas.

***
Regreso por donde llegué. Ya no me siento perseguida, pero sí perdida . Me dirijo al café. Está a punto de amanecer, así que espero sentada en la banqueta a que abran. Me despierta el mesero, levanta la cortina, me hace pasar y prepara la mesa más próxima a la ventana, me sirve dos panes con mermelada y café.

No hablo nada mientras como, él no dice nada. A veces, cuando termina de limpiar algo, se sienta conmigo y me observa. Está para cualquier cosa que necesite, dice.

Se levanta para atender a los clientes que comienzan a llegar, siento sus miradas en mí, como si supieran que huyo, como si supieran algo y fueran parte de un grupo organizado por Sara. Una anciana me voltea a ver y me recuerda a mi abuela. La señora que espera un desayuno y su pequeña hija me recuerdan a mi madre y a mi hermana. Al anciano de traje no lo puedo relacionar con nadie, pero es el que más me parece conocido. Comienzo a sentirme mal. Siento una mueca que mi cara hizo por sí misma: es el muerto, me sonríe. El mesero sirve café en la mesa de junto. No me puedo parar y llegar al anciano. Lo cojo de la camisa. Voltea y en el movimiento, con el brazo que sostiene la cafetera, me noquea. Despierto, algunas personas están cerca, el mesero trae un trapo mojado que me pone en la cabeza. El anciano muerto ya no está, vuelvo a cerrar los ojos.

***

Las paredes hablan, las mesas, los sillones; cualquier decorado dice quién es la persona que vive en el espacio en el que estás. Es muy identificable la presencia o la ausencia de un florero, un cuadro o alguna pintura. A veces engañan, claro, a veces pensarías que una buena persona vive en una casa acogedora. Casi siempre es fácil saber de las personas por sus hogares.

Así comienzo a entender al mesero, Tel Fitt se llama, es hijo de inmigrantes angoleños, él ya es de acá, supongo. Comparte casa con otras dos personas, uno trabaja y el otro estudia, ambos están fuera de la ciudad ahora. Dividen el alquiler, de otro modo no podría tener una habitación decente. Que me lo digan a mí, también fui mesera.

Puedes quedarte acá, el café está a un par de cuadras, recuerdas por dónde llegar ¿cierto? Creo, le contesto.

Observo un pequeño cuadro en un portarretratos, es un atardecer: rojos y naranjas en el cielo, los árboles están pintados con negros. De ahí debe venir Tel, pienso.

Por la noche, cuando regresa del café, horas después, ya sé casi todo de él. Basta algo de plática para darme cuenta que mis apuestas son ciertas. Sé que estudió arte y no pudo concluir.

Hay una dedicación profunda cuando hace cualquier cosa: prepara comida, lo que plasma en un cuadro, una figura de cerámica o la atención que pone en mí. Es como si hiciera todo con una fuerza vital que envidio.

Puedo definir precisión cuando él pregunta. Sus preguntas están a la mitad; no es intrusivo, pero me hace sentir confiada para dejarle entrar a una parte de mí. Escucha con atención, hablar con él es como pensar cosas en voz alta, cada vez con más claridad. Comienzo a decirle el embrollo en el que estoy, le hablo de Sara y del muerto, incluso le menciono que dudo un poco de él por mi última experiencia con el flaco asqueroso. Sonríe un poco, me dice que es normal, pero vale más la pena confiar en los otros.

A la hora de dormir me dice que duerma en su habitación, él puede dormir en la cama de alguno de sus compañeros. Quiero dormir con él, abrazarlo y sentir que ésta es mi casa y que no tengo que esconderme más, quiero verlo dormido y saber que mientras yo duerma él sólo estará ahí para mí. Pero es mejor dormir sola. De cualquier modo cierro con seguro la puerta y duermo vestida, aunque me quito el brassier y los zapatos.

Duermo reconciliándome con la cama. Duermo y me imagino que la cama vuelve a ser un sitio para esconderse. Si pongo mi cabeza debajo de la sábana nada puede pasarme porque es un campo de protección contra Sara y contra el mal del mundo. Comienza a haber ruido, como alguien afuera tirando platos, como mis padres discutiendo. Despierto y me mantengo con la cabeza debajo de la sábana, el ruido desaparece por un instante, todo es callado y suave, las cosas van bien, estoy tranquila.

Recuerdo que no estoy en casa. Salgo de la cama y en la sala veo a Tel en el suelo, y a varias personas en la habitación; uno de ellos revisa el cuello de Tel, otro está detrás de un hombre. Un hombre que sostiene mi teléfono, un hombre que se supone está muerto.

Te doy miedo, dice, más que un señalamiento es una orden. Me quedo callada. Sara me dijo que te escondías, pero ella tiene rastreada tu línea, ella la paga. ¿Cómo mierdas puede estar acá? Puedes hacer lo que sea con el video, me da igual. Por favor caballeros, salgan. Vinieron por si había problemas con el negro.

Mi cara vuelve a moverse sin mi permiso, tengo miedo y no sé qué está pasando. Los tipos salen y el anciano se sienta en el sillón, mira hacia arriba, parece complacido. Sabes, me dice, a algunos nos gusta mucho ver el miedo. Qué hermosa eres cuando tienes miedo.

Entonces me enciendo, un ardor desde la boca de mi estómago sube y mi cabeza explota, no sé en qué momento me pongo encima de él. Lo golpeo. Su cara comienza a desaparecer es como esculpir un cadáver. Mis brazos, no me obedecen, hacen con el anciano lo que ellos quieren. Ya no se mueve ni lucha contra mi cuando suena el teléfono. Es Sara.

-Lucy ¿Ya está contigo el señor Ellison?
- …
- ¿Lucy?
- ...
- Discúlpanos el mal rato que pudimos hacerte pasar, Gerald insistió en seguirte, no podíamos decirte, él quería ver tu miedo. No es nada personal. De verdad...
- …
- Cuando puedas pasa a mi casa para pagar tus honorarios, tres veces lo que recibes regularmente, creo que lo vale.


Sara cuelga, aprieto el celular y con la mano cerrada golpeo de nuevo a Gerald Ellison, si no tenía los huesos rotos, ahora sí.




Siete Nuevos Narradores

Editorial

Nos gusta tomar letras para formar palabras, aunque no despreciamos el agua, la leche, cerveza, güisqui o bebernos alguna que otra idea para ir alimentando nuestras historias.

Nos gusta escribir lo que vemos, pensamos, sentimos. Intentamos ser fieles a nosotros mismos, aunque de pronto nos traicionamos y somos más fieles a nuestras inquietudes, nuestros vicios, nuestros miedos, nuestras certidumbres y nuestras dudas, de ahí nacen nuestras historias.

Hijos de nuestro tiempo, apostamos al ciberespacio y nos subimos a la revista Sputnik 2 (junto con Laika) para poner en órbita nuestras letras. Pase, léanos, quizá se reconozca en alguno de nuestros textos. Recomiéndenos si pasa un buen rato leyendo, sino escriba para decirnos lo malos que somos. Apostamos a divertirnos, generar nuestra propuesta literaria para que sepan que aquí estamos y derramaremos letras e historias desde Aguascalientes.

7NN


No hay comentarios.

Publicar un comentario

TE PUEDE INTERESAR
© Copyright 2017 — Revista Sputnik de Arte y Cultura | Todos los derechos reservados
By Sputnik Medios