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Costumbre, hábito, usanza. Inercia, automatismo, repetición

25 noviembre 2019

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Letrinas | Por Mónica Castro Lara


Por las mañanas, por las tardes y por las noches, la rutina es siempre la misma: cada que me lavo los dientes, me coloco frente al espejo del baño, me agacho para sacar la pasta dental que está dentro del mueble del lavabo y, ahí está... como esperándome. Me la quedo mirando un rato antes de soplarle con todas mis fuerzas, lo que hace que se esconda rápidamente debajo del mueble. Rutinaria ella y rutinaria yo. Con ocho patas debió estar explorando el mundo entero, pero no. Algo de seguro la orilló a permanecer en el baño de mi casa.

Pero desde ayer fue todo distinto: no la vi en la mañana, ni en la tarde, ni en la noche. Comencé a exasperarme al no poder verla. La busqué un rato y nada. Creí que teníamos todo ya muy estudiado y ahora su ausencia forma parte de las múltiples cosas que no puedo –y quisiera- controlar en mi vida.

Es de noche y comienzo mi ya clásica rutina de lavarme los dientes. Siento un ligero cosquilleo en el pulgar de mi pie izquierdo pero, lo ignoro. Estoy a punto de escupir la espuma que emana de la pasta de dientes cuando el cosquilleo se torna más bien en el que creí en ese instante, era dolor más agudo de toda mi pinche vida. Trato de gritar pero me atraganto con la espuma; escupo todo lo que puedo y sin dejar de toser, agacho la mirada solo para ver cómo la mitad de su cuerpo está entre mi uña y la carne y, tras un segundo, penetra totalmente mi dedo con rapidez y agilidad. Mi cuerpo entonces experimentó dolores y sensaciones desconocidas, aunado a que la angustia, la taquicardia y la desesperación estaban al tope. No me quedó más remedio que comenzar a arrancarme la uña; ese sí fue el dolor más agudo de toda mi vida. Ya no quiero entrar en más detalles pero, reconozco que cuando comencé a desgarrarme la piel del pie y después la de la pierna entera, ya no estaba en mis cabales. No era yo. Estaba tan inmersa en esta ‘curiosa’ situación que recuerdo muy, muy vagamente a mi familia gritando, a los paramédicos, a la ambulancia y al hospital. Lo único que deseaba era encontrarla y sacarla de mi cuerpo para continuar con nuestra rutina de “sopla y esconde”, donde era yo la que tenía… digamos… cierto dominio sobre ella y no al revés.

Tras varios días en perfecto estado de sedación, desperté en casa con vendas y gasas en la parte izquierda de mi cuerpo, lo que me impide constatar hasta dónde me arranqué la piel. El dolor es insoportable, tremendamente insoportable. Comienzo a sentir un cosquilleo pero esta vez, en el hombro. Volteo y veo una pequeña bola que se mueve con algo de dificultad. Me la quedo viendo y decido soplarle con las pocas fuerzas que tengo. Rápidamente se esconde detrás de mi hombro, donde no puedo verla. ¡Ah! Mi hermosa rutina y yo, hemos vuelto a la normalidad.

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