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Relatos patibularios: sin tregua para el lector

«La Ciudad de los Ahorcados» no perdona, no por cruel, sino porque nada es personal.

20 enero 2020

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Blue Street | Por Hugo Ernesto Hernández Carrasco


Cuando leemos La Ciudad de los Ahorcados, proyecto literario de Revista Sputnik y editado por Agujero de Gusano, uno tiene la sensación de adentrarse a una misma ciudad con muchas historias: soledades que no se subordinan, lugar de los no invitados, de los que se alejan para no volver, de los que llegan siempre inoportunos. La esperanza es, en esta ciudad de 87 páginas; una esperanza mutilada, que sonríe mientras se desangran los mundos que la han engendrado.

Caminamos por sus calles y plazas, tocamos a la puerta de los textos, y lejos de ahuyentarnos como lectores, nos asomamos con cierto morbo a la intimidad de los personajes, cuyas psiques guardan verdades, que como dijo Dostoyevski, muchas veces no nos atrevemos a confesarnos ni a nosotros mismos. Ante este abismo que no es otra cosa que, la brecha entre la promesa rota y la tierra prometida, el psicoanálisis -citadino, por cierto- se nos muestra como el gran intermediario del despertar, del retraso de lo inevitable.

Condenados a vagar entre sus propios muros; inexpugnables, en el medio de ese tormentoso infierno interior, del que los personajes no dejan lugar a duda a través de las historias; la ciudad, dentro de su propia muralla, le ha agregado violadores, asesinos, suicidas -ritual interminable, que termina en muerte- que no deja espacio para otros destinos: es, en resumen, una cárcel como sostiene Aldo Correa.
Por eso, quienes la habitan, parecen fantasmas de su propia calle. Ante la inseguridad, el refugio es la casa, los metales, la distancia y en caso extremo: la locura, la obsesión, la postración voluntaria o involuntaria. Al final, la muerte es, más que destino, nuestro propio decreto, lo que queremos que ella sea: tragedia, alivio, la puerta de salida de laberintos mentales y físicos ¿qué nos depara? No sabemos, pero la ciudad es en este sentido, la alfombra roja que nos lleva al espectáculo del patíbulo.

En estos lares, no sólo los adultos son los infames protagonistas, lo son también los niños de la 29 ponent. La Ciudad no perdona, no por cruel, sino porque nada es personal, llena de No lugares, sus habitantes -parvada de caníbales- buscan la siguiente víctima en las calles de la antigua Barcelona. Eso sí, la crueldad no puede ser masiva, porque la ciudad, es también aparente civilización y cordura. Entonces, lo inimaginable, la incivilizado tiene que ejecutarlo alguien, en la más completa clandestinidad, pero con la mayor de las absolutas complicidades. Lo que impresiona del texto, es que, lejos de ser ficción, la Vampira, fue una historia real.

¿Existe algún antídoto para salvarnos de esta anomia social? Marcela González nos da a entender que no. Ante la impotencia, queda el juicio de los otros, la incomprensión echada andar, disfrazada -de pecado y culpa- para quien es víctima.

Paseando entre parques y valles aislados de edificios, la vida y la muerte sirven a un mismo amo: la saciedad. Claro está, que no siempre la saciedad de nosotros mismos, muchas veces, de extraños, de seres ajenos a nuestra realidad y conciencia, nuestro cuerpo como tributo, como objeto. El hambre libera quizá, más intenciones de las que nosotros creemos conocer.


El libro, no escapa a las metáforas, muchas de ellas ilustrativas: Román nos dibuja en su texto la montaña rusa ¿nos mata la caída, el miedo, nuestro acompañante? Quizá, la manifiesta intención de un “piloto” y una canción que parecen salvar un mundo a costa de sacrificar otros tantos, no lo sabemos, quizá Alex Carrillo sí lo sepa. Lo que es un hecho, es que, en medio de tanta locura colectiva, cada quien se termina apegando a cualquier posibilidad dentro de esta ciudad politeísta: la fortuna, el azar, Dios, la voluntad. Ante estas deidades, las circunstancias parecen imponerse. Así, puede que, por capricho o destino, nos haga coincidir, nos salve, nos hunda, nos contagie como aquella epidemia que se cuenta, de Ciudad Lumbre. El lector, observará pequeños espejos, abrirá puertas. Más que lugar seguro, estos relatos patibularios nos harán habitar una ciudad que puede ser cualquier ciudad y cuyos personajes, podemos ser, cualquiera de nosotros.


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