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Defecto de fábrica: llorarán nostalgia

Letrinas: Un relato postapocalíptico situado en la Ciudad de México, por la escritora Gema Mateo.

22 abril 2021

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Defecto de fábrica: llorarán nostalgia

Por Gema Mateo

 

Mientras la caja metálica se eleva a mil pies de altura, me invade una sensación de aflicción y vislumbro la ciudad destruida a mis pies. En los confinamientos de las ruinas, más allá de lo que era el Ángel de la Independencia, los túneles subterráneos se conectan en enjambres.

De manera particular mis dedos se sienten entumecidos, de principio a fin mi dispositivo móvil está vorazmente conectado a la pirámide central. Los circuitos resplandecen hasta el punto de cegar mis pupilas, pero escucho su voz familiar y todo parece tener sentido, me dice que nos encontremos en el mismo lugar para platicar.

El elevador central del edificio solar pertenece al conglomerado de la sección Beta. Vivimos en un rascacielos radiante que recibe al astro poniente cada amanecer, disfruto de sus magníficos atardeceres cuando se oculta por el oeste.

Los guardias en la Apertura principal solo permiten a los nuevos residentes pasar: inspeccionan sus valijas, sus signos vitales y su permiso activado que los hace acreedores a un piso de esta sección. No he tenido referencia de nuevos vecinos en el edificio desde hace 5 años, de hecho, mis memorias solo alcanzan el periodo de un lustro. La doctora a cargo de nuestros registros de salud me ha dicho que es consecuencia de la desintoxicación 3-0-3.

Al cruzar el umbral hacia el interior del elevador, el paisaje se torna pleno de aluminio dorado, percibo un olor a metal y químicos. Presiono el botón T, el cual indica descenso en la Terraza. Allá me espera Cintia, mi mejor amiga.

Tomar el elevador para llegar al último piso del edificio Beta me entusiasma, porque al cerrar los ojos llegan a mí imágenes de lo que solía ser la ciudad, de un tiempo lejano, antes de que ocurriera el fatal episodio del que nadie quiere hablar.

Mis visitas en el piso C son frecuentes. La Central médica siempre me ha dado el mismo diagnóstico: consecuencia de la desintoxicación 3-0-3. Sin embargo, esa sensación de aflicción continúa, mi curiosidad no me deja en paz y sigo investigando. Me han dicho que después de aquel incidente global, las personas pueden presentar confusión, destellos de la vida pasada, entumecimiento en las manos y pies.

Cuando visito el piso B acelero el paso entre las y los jóvenes que invaden la sección de Acercamiento Virtual para llegar al área clausurada de Historia. Logro pasar desapercibida por mi estatura: soy pequeña, rápida, invisible. Logro desactivar las bandas de nano-sensores y desconecto la ubicación de mi móvil. Me adentro en el largo pasillo cubierto de polvo, busco información en los escasos libros físicos que, intactos de otras manos, aún existen para llegar a mi objetivo.

“Las personas morían sin lograr un diagnóstico médico. Las ciudades superpobladas no contenían la infección, era necesaria la desintoxicación 3-0-3.”

El trayecto del elevador termina cuando suena esa melodía demasiado aguda para mis oídos, se abren las puertas y cada rincón en aquella caja dorada es visitada por la luz natural que, tímida, se cuela por el domo que cubre la terraza.

        ¿Por qué no podemos respirar el aire?

        Amalia, deja de hacer tantas preguntas. Venimos a la piscina, hoy hace un buen clima.

Es cierto, el sol está justo encima de nosotras, el clima no es caluroso, la ventilación inteligente del domo nos envía una brisa peculiar. Se proporciona la exacta luminosidad para que las personas se puedan broncear, nadar y reír, pero yo solo me quedo contemplativa hacia el astro, el cual se ve muy pequeño, como la pelota de tenis amarilla con la que juegan dos hombres a unos metros de donde nos sentamos.

        Deja de soñar despierta Amalia. Ven, tómame una foto. La voy a compartir. No, mejor un vídeo, quiero presumir mi traje de baño.

        Está bien – le respondo sin muchas ganas, con una punzada en mi pecho, como si en realidad estuviera en otra parte y no aquí.

        ¿Qué te sucede hoy? Estás rara.

        No lo sé, desperté somnolienta.

        Deberías ir a una consulta en el piso C.

        No, no obtengo las respuestas que quiero allá.

Aunque es mi mejor amiga nunca me he atrevido a decirle que visito la sección prohibida en el piso B. Cuando la observo con detenimiento a veces me parece una desconocida, pero cuando oigo su voz mis pensamientos toman un camino lógico y se ajustan a lo que ella dice.

Quisiera contarle qué siento, es una sensación extraña de la cual no he escuchado a nadie nombrar. Decido enfocarme en lo que me pide: tomarle la foto, compartir su video para que otras personas en remotas secciones como Alfa, Gama o Delta lo vean.

Mientras intento tomar la foto, las risas escandalosas de unas chicas, que tienen una fiesta privada muy cerca de la gran piscina rectangular, llaman nuestra atención. Es inevitable preguntarme por qué no tenemos más amigas y amigos, quizá es porque soy extraña y la mayoría de mis pensamientos se concentran en descubrir más sobre los tiempos antiguos, investigar en qué consistió la desintoxicación 3-0-3 o desactivar las rutas de rastreo digital para seguir siendo invisible.

No obstante, Cintia es una chica agradable, es decir, le gusta platicar sobre los temas en los que todos están interesados. Es alta, de cabello azul celeste, pero carece de habilidades sociales, mira qué ironía analizarla cuando yo tampoco platico con alguien más. Mientras sigo este camino de ensimismamiento, un chico bronceado se acerca. Ni siquiera me mira, pero se fija en Cintia y le pregunta si quiere unirse a la fiesta que tiene lugar cerca de la piscina.

        Claro, eso me gustaría mucho – le dice emocionada.

        Oye, Tío – le gritan las chicas de la risa estrepitosa – ven aquí. ¿Qué estás haciendo? – le preguntan sin bajar un solo tono en su voz.

        Solo la invitaba a unirse a nosotros.

        Llevas menos tiempo que nosotras aquí, así que te diremos cómo son las cosas. Ella no es digna de asistir a las fiestas, su familia pertenece a Lambda.

Jamás había escuchado que alguien pronuncie aquella letra, de qué sección proviene, qué significa. Cintia baja la mirada y me dice que nos alejemos, mientras continúan riéndose y el chico la observa entre suspiros.

        ¿Por qué dijeron eso? Nunca me has dicho nada sobre Lambda. Ni siquiera creí que hubiera otras letras que pudiéramos nombrar.

        Olvídalo Amalia, mejor quedémonos aquí, bajo la sombra de este árbol – me dice mientras baja la mirada y se sienta.

Luce cohibida, aunque me ha dicho que olvidemos aquel comentario se nota humillada. Aquí en Beta no hay comunidad, se congregan en pequeños grupos que muy rara vez se conectan con otras personas. Leí sobre ese término, comunidad, en el piso B, en la sección de Historia de civilizaciones perdidas. An no comprendo porque nadie habla sobre los cimientos en los que se construyó nuestra civilización, la vida humana era caótica, pero guardaba esas finas líneas de entrelazamiento, creando comunidades, redes vecinales y conexiones emocionales.

Me aventuro a platicar con Cintia sobre lo que siento, una sensación de confusión y vacío, como si me llamaran desde otro lugar, como si me pidieran regresar a días en los que nunca viví.

        ¿Has observado que casi nadie enferma aquí? La doctora me dice que los síntomas de entumecimiento son comunes, pero nunca encuentro a alguien más visitando el piso C.

        ¿De qué hablas Amalia?

        Es que siento algo dentro –  al decir esto me observa con desconcierto y me pide que nos vayamos.

Caminamos de regreso al elevador.

        ¿Te sientes enferma? – me pregunta confundida, atropellando esa última palabra, como si en mucho tiempo no hubiera sido pronunciada por sus labios.

        No lo sé, no es algo físico, es más …

Nos introducimos al elevador con una señora y un niño, él y yo nos observamos, sus ojos verdes fulminantes me inspeccionan de abajo hacia arriba, pero la señora no me ve, solo a Cintia. Se saludan, él y yo no decimos nada, una función lógica dentro de mí no se activa en ese momento para saludar con cortesía.

        Es más bien una sensación que una dolencia física. ¿Eso tiene el nombre de alguna enfermedad?

        No sé si estés enferma, debes ir al piso C – al decir esas palabras, noto que la señora la voltea a ver con repudio, se recluyen en una esquina del amplio elevador.

Una notificación llega al dispositivo móvil y me indica que debo ir al piso C, la función lógica en mi cerebro también me lo hace saber, mis pensamientos se dirigen de inmediato a tomar la decisión de descender en aquel lugar.

        Si está enferma debes reportarla, nadie se ha enfermado desde la desintoxicación 3-0-3 – le dice a Cintia mientras cubre con sus manos los oídos del niño y bajan en el piso quince.

        No tiene de qué preocuparse. Hasta luego – le dice contundente Cintia.

        ¡Qué diantres sucede! ¿Por qué la señora no se dirigió a mí? Me lo pudo haber dicho y… ¡qué significa eso de que nadie ha enfermado! – exclamo enfadada y en voz alta, Cintia lo nota, su mirada es de total sorpresa.

        Calma, dirígete al piso C, te tienen que revisar – de nuevo el tono de su voz me tranquiliza, me ordena un comando.

Ella baja en el doceavo piso, me dice que me escribirá más tarde. Cuando abandona el elevador y éste sigue descendiendo, un choque neuronal se produce en mí. Cientos de escenas aparecen en mi mente, todas enredadas, como en un torbellino. Un zumbido me estremece y un dolor infernal de cabeza me ataca. Me quiebran de dolor aquellas imágenes borrosas, como si un destello de la luz más intensa rebotara en mis pupilas y mi cerebro explotara al sonido del estruendo de un gong. Me estremezco al punto de doblarme y caer, pero estiro mis manos para sostenerme y, por descuido, aprieto un botón del ascensor.

Después de soportar el estruendo dentro de mi cabeza, de ver escenas de lugares en los que nunca he estado, personas que jamás he conocido, sensaciones que no sé cómo nombrar, identifico un lugar, una estatua, el Ángel de la Independencia; me reincorporo. La horrible melodía suena y me doy cuenta que desciendo en el piso Z, jamás he estado acá.

Al cruzar las puertas quedo de frente a una enorme sala, con compuertas de madera abiertas de par en par, adentro hay muchos monitores, con escenarios diferentes del Beta, pero también de otros lugares que parecen ser los enjambres de las ruinas de la ciudad. Me quedo alucinada ante las pantallas.

        ¿Qué haces aquí? – sale a mi encuentro un joven enclenque, de uniforme color rojo.

        ¿Qué es este lugar? Tienes que decirme – le exijo.

        Déjame ver tu muñeca.

Se la muestro sin poner resistencia mientras contemplo con más detalle las escenas de las pantallas.

        Tienes que irte – me dice asustado al no encontrar lo que sea que esté buscando en mi muñeca.

        ¡No! ¿Tú quién eres? ¿Qué es este lugar?

        Es la sala de vigilancia, ahora vete.

        He estado muchas veces en el piso B y nunca he leído algún informe del Beta que dé conocimiento de este lugar. Es más, no había notado en el tablero del elevador el botón Z – le replico.

        ¡Tienes que irte! – se horroriza más.

De pronto, descubro entre las escenas de las pantallas, en los enjambres marginados de las ruinas, unas agrupaciones de viviendas y, de entre los escombros, me veo emerger. Visto unos harapos grises, pesados, como armadura, con un semblante más maduro, pero soy yo.  El horror, el mismo con el que me dice el vigilante de uniforme rojo que me vaya, me inunda y mis manos se vuelven a entumecer.

        ¡Qué es eso! – le pregunto al borde del grito.

        ¡Ya vete! – me responde de la misma manera.

        ¡No! No me iré hasta que me digas quién es, qué es, por qué se parece a mí.

Él se nota desesperado, acorralado porque no puede mover ni un centímetro de mi cuerpo, somos de la misma estatura, pero parece que mi peso corporal es el doble que el suyo.  Se rinde.

        Me arrepentiré de esto, yo te lo advertí. No sé cómo lograste presionar el botón que te condujo a este piso.

        Yo tampoco, tuve un dolor de cabeza atroz y por accidente puse mi mano en el tablero. Luego muchos destellos, confusión y descendí aquí.

Me mira como si me tuviera miedo y, a la vez, como si no se resistiera a decirme lo que sabe. Lo observo, pero también sigo observando las pantallas, busco a Cintia, pero ella no aparece en ninguna pantalla. No son tantas, encuentro al niño de los ojos verdes.

        ¿Por qué no veo a Cintia? Si este es el centro de vigilancia del Beta por qué no aparece ella.

        ¿Quién?

        ¡Cintia! – le repito ahora con angustia por no encontrarla.

        No sé, aquí solo veo a los androides.

Mis piernas tiemblan, otra vez el cumulo de imágenes se alborotan como abejas enardecidas tratando de llegar a su panal. El zumbido me hace tambalear y me sostengo de su hombro.

        Eres pesada, ¿qué tipo de trasplante te habrán heredado?

        ¡De qué hablas! – le digo al borde de una sensación que no logro reconocer, con impotencia y como si quisiera… – ¿Quién eres tú? ¿Qué son los androides? – le digo con la voz cortada, con un nudo en la garganta.

        Me mira con curiosidad, me analiza – después de unos minutos, me he recuperado y comienza a explicarme – Esto no es la sala de vigilancia. Soy Fausto, el encargado del inventario de androides en Beta. También soy uno de ellos, como todos los que están en las pantallas, como tú. Mi programación neurolingüística me permite tener esta información para poder operar esta actividad.

No digo nada, lo observo helada, sin comentarios, dejo que hable.

        Los androides no saben lo que son, su programación es específica en cada caso. A veces hay niños que se sienten hijos de una familia, amigas, como tú, que sienten afinidad con su enlace. Supongo que Cintia es tu enlace.

Sigo sin decir nada, parpadeo una que otra vez, pero no me muevo, mis manos siguen entumecidas.

        Las personas que viven en Beta adquieren los androides para no sentirse solas, les asusta la soledad. También porque perdieron familia, porque no tuvieron hijos, porque quieren tener amigas y amigos – me explica en un intento de que yo reaccione y diga algo, emita un sonido, una palabra o un quejido.

        ¿Existió la descontaminación 3-0-3? – por fin le pregunto, mi único conocimiento sobre la vida pasada.

        Sí, por supuesto. A partir de la 3-0-3 pudimos existir. Después de ese episodio muchas personas no pudieron acceder a la vivienda que se ofrecía en las secciones. El mundo se dividió en dos, en estos edificios inteligentes pero aislados, y en los enjambres de las ruinas. Pero mientras las personas eran transportadas a zonas seguras y se construían estas secciones, los sobrevivientes en los enjambres comenzaron revueltas.

El llamado inició, la descontaminación 3-0-3 tuvo lugar. No se permiten personas enfermas en las secciones, con alguna diferencia o limitación física. Los que viven en Beta han sido cuidadosamente seleccionados, dejando fuera a muchas personas, incluso de su mismo núcleo familiar. No querían revueltas, así que las corporaciones más poderosas decidieron quiénes podían entrar aquí y los configuraron a su modo de ser.

        Espera – lo detuve en su explicación – ¿qué significa que Cintia pertenezca a Lambda? Lo mencionaron hoy.

        Lambda fue una de las corporaciones que defendió la política de no selección. Querían que aquellos que contaban con la adquisición económica pudieran acceder a la vivienda sin importar enfermedad, diferencia o limitación física, pero nadie les apoyó, tuvieron que someterse también al proceso de selección. Supongo que tu enlace debe ser de las únicas de su familia sin enfermedad y por eso vive aquí, pero su linaje no es bien visto.

        ¡Y qué buscabas en mi muñeca hace unos minutos!

        Quería corroborar tu nano-sensor enlazado, pero en efecto está desactivado.

        No, no entiendo, nada. Esto debe ser un error – le digo sollozando, mientras llevo mis manos entumecidas hacia mi cabeza confundida.

        ¿Acaso quieres llorar? Debe ser defecto de fábrica. Ningún androide ha llorado jamás, son emociones complejas e, incluso, las personas que viven en las secciones cada vez menos las tienen, ya no sienten. Verás, están configurados a una perfección inalcanzable, a una creación robótica que somos nosotros.

        ¿Qué dices? ¿Quién te ha dicho todo esto?

        Mi creador, él hizo el trasplante con mi original, la persona que no sé si siga viviendo allá afuera. No puedo verlo, aunque vea el de todos los androides de Beta, irónico.

        ¿Tú original? Es decir que, aquella persona – señalo la pantalla donde recolecto unos escombros – ¿es mi original?

        Sí, así es. Pero esto nunca había pasado – me observa de nuevo con extrañeza – ¿Cómo fue que rompiste el comando con tu enlace? Ella te debió ordenar algo.

        Ya te lo dije, fue un terrible dolor de cabeza, muchas imágenes y luego me encontraba descendiendo en este lugar.

        Un choque neurocerebral – concluye decidido – Mi creador me contó de la posibilidad de llegar a este momento. Sobre todo, si el trasplante está conectado a través de una sinapsis que sigue viva, lo que mantendría unidas tus neuronas con las de tu original.

        ¿Pero ella sabe que existo?

        Ella fue quien se ofreció para que tú existieras. Te decía, con la 3-0-3 se prometió una vida mejor, pero quienes no tenían recursos económicos se enfilaron para lucrarse a través de la creación de su androide, a ellos les pagaban una suma y nosotros existimos.

        ¿Y por qué ella sigue viviendo en los enjambres?

        Pueden ser muchos factores, quizá no quiso dejar a su familia, tal vez, a pesar del pago no pudo costear un lugar para vivir en las secciones, quizá esté enferma, pero de estarlo ya hubiera muerto.

        Si nuestros originales mueren, ¿nosotros seguiremos existiendo? – lo cuestiono más por una preocupación hacia ella, al observarla a través del resplandeciente monitor, con su grisácea envoltura de telas, rodeada de humo espeso, con la cara demacrada, recogiendo escombros de cantera del pavimento levantado de lo que era el Paseo de la Reforma – ¿a dónde va? – le pregunto al verla marcharse y adentrarse a los enjambres, donde la cámara no tiene más visión.

        Las personas que habitan en los enjambres son seres que se guían por inercia, nadie sabe qué comen o cómo viven dentro de las viviendas adaptadas en la colmena urbana. No sé de ningún caso que su original haya muerto y, en consecuencia, haya dejado de existir. Somos una réplica, una mejora, pero no estamos conectados a ellos.

Decido que eso último es falso, toda la vida en este edificio lo es, no sé en qué nos hemos convertido, pero de lo que estoy segura es que puedo sentir como si estuviera allá, como si siguiera conectada a ella, pero no puedo enviarle alguna señal.

        ¡Déjame salir, quiero irme de Beta!

        ¡Estás loca! No digas más o tendré que mandarte a desactivar. No te das cuenta que tienes un defecto de fábrica, si alguien se entera solo lograrás la desconexión.

***

Tengo la sensación de que alguien me observa, quizá mi androide en Beta se ha dado cuenta, qué tonterías pienso mientras recojo las últimas piedras. El traje pesado me sofoca, pero protege mi piel. Siento la gran necesidad de alzar mi rostro hacia el enorme rascacielos y de hacer una seña, no lo haré. Sigo con la vista en los escombros, me pregunto si ella sentirá nostalgia de los días de tráfico y contaminación; de la comida callejera, el sonido de la guitarra de una señora que exhibe su talento en el semáforo, que se encuentra en rojo, para pedir alguna limosna.

Pienso si mi androide también se acordará de mi hija. Si mantendrá el recuerdo cuando hacía acrobacias una calle arriba de donde se encontraba aquella señora. Subía a mi hija en mis hombros y con destreza mi niña hacía malabares con una pelota amarilla de tenis. Claro que no extrañará esos días, allá vive en la opulencia, sin enfermedades ni sentimientos, ella no conoció la hermosa y miserable vida que teníamos antes de la descontaminación 3-0-3.

Me encuentro confundida, con una punzada en mi corazón, vivir con menor proporción de mi núcleo mayor me adormece y hace más lenta, pero sé que en Delta mi hija vive mejor. Jamás desearía que estuviera aquí, rascando las piedras, la mugre y los metales que dejó la destrucción. Por otra parte, de alguna manera siento que, con ella, con esa figura androide que nació de mi núcleo central, sigo conectada.

Tal vez sí podamos reconstruir la ciudad, estamos levantando nuevas casas con esta piedra que aún sirve. Nos alejamos de los enjambres para perdernos de la vista del espectro vigilante de las corporaciones. A miles de kilómetros, donde creían que la toxicidad había consumido todo, el lago de Chapultepec nos suministra de un hilito de esperanza. Allá arriba el Beta resplandece, sus paneles solares están recargados, la radiación incrementó hoy. Voy por la última recolección de piedra para vender, después comeré unos renacuajos verdosos que atrapé en el lago. Sentiré nostalgia por algo que nunca viviré.

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