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Beanpole: los cuerpos y el dolor

La violencia sutil de una sociedad devastada por la guerra es palpable en 'Beanpole', filme del joven director ruso Kantemir Balagov.

18 febrero 2021

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Por J. Alejandro Becerra González

La guerra es el territorio de hombres y así se ha reflejado en el arte cinematográfico: a través este se ilustran sus luchas, su dolor, su muerte, etcétera. En Beanpole (2019), el joven director ruso Kantemir Balagov propone mirar las consecuencias del conflicto armado en las mujeres de una ciudad y una nación recién devastadas por la Segunda Guerra Mundial: Leningrado, Unión Soviética, invierno de 1945.

El dolor y la destrucción ocasionados por la guerra son palpables a cada momento de la película: calles y fachadas ruinosas, hombres mutilados, hambruna y la constante charla sobre la muerte de infantes. Un aire de miseria generalizado pesa sobre los personajes de la película, habitantes desdichados que no han recobrado aún las ganas de vivir, pues aún se reponen del trauma colectivo de la guerra (recordemos que la entonces Unión Soviética tuvo el mayor número de bajas de todo el conflicto).

Entre ellos se encuentran Iya, cuyo sobrenombre Dylda le da nombre a la película y Masha, camaradas cuya amistad surgió durante la defensa de la patria. Masha partió al frente con el Ejército Rojo, mientras que Iya sufrió una lesión en combate que le ocasiona ataques de catatonia (se ha señalado que se trata de secuelas del estrés postraumático), durante los cuales se paraliza involuntariamente, abriendo la película con uno de estos soponcios.

Un hospital en Leningrado se ha convertido en su refugio. Allí se desempeña como enfermera, atendiendo a los soldados heridos en combate. Un hombre que ha quedado parapléjico le dice que algún día se casarán. El médico a cargo le regala raciones adicionales para que alimente a su hijo, el diminuto Pashka. Pero una tragedia deshace la tranquilidad de su nueva vida. La cámara de Balagov encuadra este momento de tal forma que, como audiencia, sentimos la impotencia de lo inevitable. La muerte del diminuto Pashka es una de las escenas más devastadoras e impactantes de memoria reciente. 

Iya resume su vida como puede, pero el regreso de Masha del frente ocasiona un quiebre, pues el niño no era de Iya, sino de Masha, quien lo tuvo en el frente y lo dejó al cuidado de su amiga. La muerte de Pashka es un suceso que resuena a lo largo del filme, envolviendo a las protagonistas en un proceso de duelo que toma muchas formas.

Al igual que su compatriota ruso Andrei Tarkovski, Balagov permite que las secuencias retraten la vida con muy pocos cortes, haciendo que Beanpole tenga escenas largas que permiten escrutar los rostros de sus personajes, así como la melancólica belleza de sus decorados de interiores.

Como en el cine de Tarkosvki, las largas secuencias dan pie a un realismo. Ello contrasta con los vibrantes colores que portan las protagonistas, así como las paredes de sus principales escenarios, pues recuerdan más al realismo mágico, un poco cursi de Amélie (Jeunet, 2001). Pero el resultado no es contradictorio, pues la vivacidad de sus decorados y de su vestuario funciona como elemento simbólico que complementa una película con escasos diálogos (otro elemento que añade al realismo no dramático, es decir, alejado de las convenciones dramáticas de una obra de teatro).

Los efectos de la guerra sobre el cuerpo es una de las principales preocupaciones del director ruso. La herida de Iya le ha impedido llevar una vida heroica, combatiendo contra los invasores alemanes. El cuerpo de Masha ha sufrido los embates de los hombres del frente repetidamente y su percepción de la realidad se ve alterada debido al trauma sufrido, no en la guerra, sino ante sus compatriotas y los misóginos mecanismos del Ejército Rojo. El médico que dirige el hospital donde trabajan ambas mujeres, Nikolai Ivanovich, ha visto tanto sufrimiento que basta convencerlo poco para aplicar una eutanasia y la pesadez de su rostro denota el cansancio de ver la muerte y la desfiguración de tantos jóvenes. Este punto de análisis es consolidado si se toma en cuenta la subtrama de Stepan, el soldado que ha quedado parapléjico, cuya serenidad esconde un convencimiento de que su vida no vale la pena vivirse, opinión secundada por su esposa.

La fantasmagórica Iya –una formidable Viktoria Miroshnichenko debutante– ha perdido parcialmente el control de su cuerpo, pues sus ataques de catatonia llegan sin aviso, sorprendiéndola en los peores momentos, ocasionando la consabida muerte de Pashka. Antes de ese momento, ella parecía caminar con la certeza de que su condición la hacía poco útil entre sus compatriotas, comportándose retraídamente, dedicándose de lleno a sus labores como enfermera. Después del suceso, Iya carga consigo la culpa de la muerte de un inocente y es esta culpa la que Masha explotará para conseguir su cometido de obtener un nuevo hijo, pues su cuerpo también ha dejado de funcionar y no le puede proporcionar lo que ella más desea. En su caso, esta incapacidad la lleva a la locura, simultáneamente colocándola lejos de la realidad pero con una perspicacia que le otorga la habilidad del chantaje y le permite alcanzar niveles preocupantes de crueldad, siendo indiferente de la violencia que ejerce contra su única amiga. 

La violencia sutil de una sociedad devastada por la guerra es palpable en Beanpole. Masha –una sorprendente Vasilisa Perelygina, debutando en un papel perverso, sensual, vulnerable y desesperado hasta la locura– la ejerce en contra de su querida amiga de manera similar a la que el Estado ha ejercido en su contra. Es una víctima cuyo profundo trauma la convierte en victimaria, redirigiendo la violencia que ha sufrido en su persona hacia otros, incluso si estos son sus últimos asideros a la realidad. El mismo Ivanovich, el médico que dirige el hospital, realiza un acto deleznable con profunda apatía e indiferencia por el bienestar del prójimo. En algún momento Iya le dice a Masha que está vacía, es decir, que no está embarazada, pero es una frase que bien puede describir a los personajes que pueblan la Leningrado del invierno del 45.

A pesar de esto, la cinta de Balagov no es una experiencia depresiva, pues encuentra la belleza de la solidaridad entre los soldados heridos confinados en el hospital, animando al pequeño Pashka a participar en su juego de pantomima, en la que es sin duda alguna la escena más conmovedora y hermosa del filme. Balagov subraya la ternura del minúsculo infante al mirarlo de espaldas, mientras este mira hacia los rudos hombres que, reducidos a piltrafas humanas en el hospital de la posguerra, se han convertido en divertidos compañeros de juego, turnándose para imitar a perros, pájaros y aves, siendo estas últimos un poderoso símbolo de sus almas, libres al viento a pesar de la jaula que los aprisiona. Una mascada adornada con aves se convierte en un recordatorio de la culpa que Iya lleva a cuestas, con el recuerdo de Pashka animando su devenir, sin importar cuán horribles y detestables acciones le sean impuestas como penitencia.

Los colores verde, amarillo y rojo dominan la pantalla, adornando las vestimentas de Masha e Iya, así como los interiores –en contraste, los exteriores son grises y desprovistos de vida–. El rojo de los atuendos de Masha señala el trauma que carga consigo, así como su locura apasionada con expresa su deseo de ser madre. El verde de las ropas de Iya señala su fertilidad, su inocencia y su timidez. Es por ello que Masha tiene un ataque de locura al probarse el vestido verde, con el cual después admitirá su verdadera historia frente a extraños, pues en el fondo ella sabe que se trata de un disfraz que contiene una promesa que ella no puede cumplir. 

Asimismo, el final sugiere que la solidaridad, el cariño y la compasión son los elementos que hacen la vida posible en un entorno adverso. Es por ello que Masha corre a su departamento comunal tras presenciar un perturbador suceso. Es el motivo por el que Iya se queda a su lado a pesar de que la obligue a actos abominables y contrarios a su naturaleza –el cariño de Iya hacia Masha abre la puerta a un análisis de Beanpole como una representación del deseo reprimido queer–. Ambas saben que están solas en la ciudad, pues los hombres que las rodean o están rotos –literalmente– o las acosan y solo las quieren para usarlas como objetos. 

Es por ello que Beanpole se antoja como una obra mayor, ilustrando la solidaridad y el amor como los remedios al dolor y la locura ocasionados por la guerra. Balagov utiliza todos los recursos del medio para presentar una historia desgarradora, trágica pero esperanzadora, como la vida misma.



Ficha técnica:
Título: Beanpole
Título original: Dylda
Dirección: Kantemir Balagov
Año: 2019
País: Rusia
Guión: Kantemir Balagov y Aleksandr Terekhov
Fotografía: Kseniya Sereda
Edición: Igor Litoninsky
Productor: Alexandr Rodnyansky, Sergey Melkumov, Natalya Gorina y Ellen Rodnianski
Producción: Non Stop Production
Reparto: Viktoria Miroshnichenko, Vasilisa Perelygina, Konstantin Balakirev, Andrey Bikov.
Música original: Evgueni Galperine
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