Braulio N. de setenta y
seis años, empleado de tiempo completo en la tintorería del Centro Urbano del
sur de la ciudad, era un hombre muy formal. Todos los días a las siete y media
de la mañana, tomaba el elevador desde el séptimo y último piso del edificio
hasta la planta baja; vestía siempre con camisas de manga larga cuidadosamente
planchadas y fajadas en sus pantalones de pana, sujetos por un cinturón de
cuero auténtico que combinaba con sus zapatos boleados.
En el edificio la hora pico comienza a las seis de la mañana y termina poco después de las siete y cuarto. Por orden de protección civil, debido a la antigüedad y a la falta de mantenimiento del edificio, solo se permiten cuatro personas a la vez dentro del elevador incluyéndome a mí, por eso cuando los inquilinos salen de sus departamentos para ir a trabajar, los que llegan temprano esperan pacientemente su turno para bajar, y a los que se les hace tarde bajan corriendo por las escaleras de zig zag.
A pesar de la cantidad de gente que utiliza el elevador a esas horas, los dulces y cigarros de mi pequeño puesto se mantienen intactos, mientras que los periódicos y los boletos de la lotería se acaban rápidamente bajo la esperanza de que “este boleto es el bueno”. Braulio N., el nombre que se leía en su gafete, compraba ocasionalmente un paquete de chicles de menta y una paleta de corazón, de esas que tienen frases cursis en uno de sus lados.
Nava, Navarrete, Negrete… Cada día, después de que el señor Braulio salía del elevador y se despedía con un “gracias, que tenga buen día, Rosita”, yo me ponía a pensar en todos los apellidos que comienzan con ‘N’ tratando de adivinar el suyo. Preguntarle hubiera sido más fácil, pero cuando el hombre entraba al elevador, sus conversaciones casuales sobre el clima y el olor intenso de su perfume me hacían olvidar la duda.
Operar un elevador es un trabajo agotador aunque no lo parezca: el horario matutino inicia a las seis de la mañana y termina a las dos de la tarde; el espacio mide poco más de un metro cuadrado y está cubierto de plafones de madera que se han ido despegando con los años y por la humedad que se filtra por las grietas; la radio y el periódico han sido mi escape de la soledad constante.
Cada cierto tiempo, Braulio N. entraba al elevador con una maleta grande. Me explicó que algunas veces su jefa le permitía lavar y planchar su ropa en la tintorería donde trabajaba. Pasaba horas en el local “sacando todas las manchas” decía, pero yo nunca vi su camisa sucia, ni siquiera el último día.
El mes pasado, Lucía, la operadora del turno nocturno, me pidió cambiar los turnos para cuidar a su madre enferma. Ese turno era aún más solitario. Los inquilinos empezaban a llegar a las ocho y el último, Braulio N., subía pocos minutos antes del final del turno, a veces solo y otras con esa pesada maleta que olía a una extraña combinación entre vapor y metal.
La mañana en que regresé al turno matutino él no usó el elevador. La última vez que lo vi fue en una foto, en la primera plana del periódico: “Braulio “N” de setenta y seis años, empleado de tiempo completo en la tintorería del Centro Urbano del sur de la ciudad, fue detenido anoche en su domicilio por el asesinato de al menos doce niñas de entre seis y nueve años, a las que invitaba a entrar al establecimiento a base de mentiras y una paleta”.
