Comerse la vida a cuerpos: la identidad apasionada de Claudina Domingo

Reseña de Dominio de Claudina Domingo: erotismo, enfermedad y deseo en una novela autobiográfica intensa y profundamente poética.

Falses Beatniks | Por Liz De Roman



Si así sueño mi carne, así es mi mente:
un cuerpo largo, largo, de serpiente,
vibrando eterna, ¡voluptuosamente!

Delmira Agustini


Una mujer lobo bella y feroz. Esa es la imagen que vino a mi mente cuando pensé con detenimiento en el nombre de Claudina Domingo, pues junto a la sonoridad tintineante de aquel vino una infancia en la que me rodeaba toda clase de caricaturas e historias ficticias y la única serie en que recuerdo haber escuchado un nombre similar al de ella fue en la de “Clawdeen” de Monster High, que siempre pronuncié como “Claudín”. Lo curioso de esta mención nostálgica no sería mi ignorancia respecto a la autora de mi nueva lectura, sino la reconfiguración que pude observar de la (o las) personaje que fue “Claudina” a lo largo de las páginas de Dominio (2023); de modo que, aunque aquella no estudiara en una institución para monstruos sacados de la mitología occidental, sí en varias escuelas públicas edificadas por la narrativa mexicana y, pese a que no nos referimos a una criatura sobrenatural, el sueño y las ideas serán el cauce de crecimiento de una mujer empujada a los lindes de “monstruo”.

Claudina nos entrega una novela autobiográfica y, haciéndole honor a la cercanía o incluso confidencia que tienen estos textos, la historia se rige a partir de dos temporalidades significativas en la vida de la poeta: su paso de la pubertad a la adolescencia y la mujer adulta en que se convertiría. Así, los capítulos conceden el salto y avance entre una u otra Claudina, iniciando por la mujer que llega convaleciente al hospital y regresando a la chica que añoraba salir de sus ataduras para finalmente vivir como mujer autónoma. Dicho vaivén ocurre de manera paralela, por lo que vemos crecer tanto a la chica mexicana que le tocó habitar la década de los noventa en el entonces “D.F.” y a la mujer mexicana de siglo XXI que también padeció el confinamiento por COVID-19. Ambas se dejan escuchar, mas a través de la primera se da pauta a otro vaivén: un viaje hacia los sueños y la imaginación que la otra plasma en imágenes poéticas.

En este sentido, la chica-Claudina procede de una familia trabajadora pero lo suficientemente tranquila para hacerle resentir sus limitantes. Aquí es preciso señalar que los “límites” son tan particulares como comunes a cualquiera que esté o haya estado alguna vez en esa etapa que refleja el paso de la secundaria al bachillerato; recuerdo que en cierta ocasión un maestro me dijo “nadie disfruta esa edad” y tal vez poniéndose de acuerdo con la autora, la novela expresa el caos, la confusión y al mismo tiempo las fuertes sensaciones de acabar con todo lo existente para abrirle camino a algo nuevo, a por ejemplo: la ilusión de ser otra persona o vivir otra vida. De allí, un frecuente aburrimiento por ir y regresar de la escuela a su casa (sin desvíos, un solo trayecto) o la insufrible atención de quedarse en un salón de clase muchas horas, lo que la reta a perseguir un mundo en el que fuera libre de desear, conocer y esculpir experiencias e ideales coherentes a su apasionada forma de buscar la vida. Para esta versión juvenil de Claudina, el mundo de los sueños le ofrece envolver su primera pasión: el placer de abrirse a su sexualidad.

Una de las escenas que más me atraparon fue la de una profesora de secundaria que se describe con la apariencia de Bonnie Tyler.

Siendo de las pocas a las que respetaban los alumnos, un día llega con un semblante distinto a dar una charla que tomaría toda la sesión; en ella, arranca una hoja de papel y la arruga, la hace bolita y la vuelve a estirar, luego lanza un comentario impactante: “ahora que existen los condones parece «más sencillo» tener una vida sexual desordenada. Pero es una confusión; no hay nada de inofensivo en «este mundo cruel»” (p. 40), acto seguido explica con efusividad que “una mujer puede acostarse con un hombre y con otro y creer que estará bien”, pero tras hacer pausas dramáticas y torcer la hoja repetidas veces, así como clavar una pluma en ella, la profesora comienza a enfatizar un discurso que en la superficie no sólo es conservador y machista sino violento, pero una vez sale del aula comienza una burla colectiva de todos los chicos contra una de las compañeras del curso que se rumoreaba con una vida sexual activa. Las impresiones a esta escena se dividen en dos: la de una lectora como yo, quien ve en sus palabras la negación de la sexualidad femenina mientras se le oprime con el mismo miedo de lo que la sociedad es capaz de hacerle a las mujeres que se atreven a ejercerla, y la de la chica-Claudina, la cual no se deja arrasar por su entorno y sigue fantaseando con esa vida erótica.

Quizá la siguiente pregunta sea: ¿por qué la chica-Claudina no se ha puesto en marcha por esa sexualidad? Apartando las confrontaciones con una conciencia de género, durante sus estudios de secundaria y gran parte de lo que denominará “infancia”, Claudina aún es una chica tímida y cohibida, por lo que su único escape de la realidad son los sueños, pero no de cualquier tipo, los “sueños de aire”. En ellos, Claudina es una mujer independiente con múltiples disfraces pero siempre libre de tener sexo con el hombre que se imagine. Un anhelo que se vuelve tangible hasta el bachillerato, lugar en el que decide desprenderse de su timidez y emprender una práctica sexual que concibe como la de cualquier otra afición: tanteando entre muchos intentos hasta estar satisfecha.

Para la chica-Claudina, el emprendimiento de su sexualidad será el detonante que le permite descubrir y “devorar” el mundo y los submundos que la rodean en forma de personas e historias; no obstante, en una realidad en la que se esperan grises, aquella se topa de frente con los polos: la iluminación que cree encontrar en el sexo la hace encarar el lado oscuro que la cultura ha clavado por generaciones a nuestro género. Una chica joven no “debe” manchar su cuerpo con muchos hombres, de lo contrario es un monstruo y para un monstruo la única posibilidad identitaria es el gran insulto (de afanosa letra “P”) que la sociedad patriarcal le da cuando rechazas realmente estar con “cualquiera”, cuando dices que no eres virgen, cuando “te insinúas”, cuando expresas tu deseo e individualidad, cuando al final de cuentas: eres mujer.

Ahora bien, en algún punto las obstaculizaciones a su ser deseante la empujan a la “crueldad” de la que hablaba la profesora Bonnie Tyler, donde la mujer libre y lujuriosa no “tendría que ser compatible con el amor”. Empero, alejándose de los dramas en los que no quiere ser el personaje principal y en contramedida a tal “lógica” de los hechos, se interna en un camión y se deja ir (no para perderse, sino para buscar) y lo que encuentra será el motivo fundamental de su poesía adulta: la esencia de la ciudad, de la urbe. En esta segunda pasión, la chica-Claudina aspira a capturar los sentidos y el rastro que se deja en las ruinas y construcciones, una influencia que vemos marcada en las imágenes de la mujer-Claudina, pues su modo de narrar tanto sueños como sensaciones viene de un ejercicio atento de observación de la realidad, cuyo eje termina por ser poético y con ello, hermoso.

Por lo que refiere a la mujer-Claudina, la adultez y el presente indefinido se cruzan con el dolor y la enfermedad, circunstancias que evidencian lo fácil que el ser humano, su hasta entonces vida y sus aspiraciones futuras se pueden torcer. Escuchamos con regularidad la frase “tenemos mucho tiempo por vivir”, sin embargo, lo temible para algunos es saberse preguntando ¿cuánto tiempo será? De entre tantas opciones, el tópico de la enfermedad es el más común y del que menos se quiere discutir. Claudina se aventura a mostrar su experiencia más cercana a la muerte y los estragos que mediante aquella la obligan a volver al hospital. Conforme lees sus pasajes, inevitablemente te mueves en los propios: quizá no te haya pasado a ti, pero sí a un familiar o en algún momento por equis razón te ves obligado a adentrarte en ese espacio hermético que es la salud, los hospitales, los horarios de visita, las habitaciones compartidas o los procedimientos médicos y sus consiguientes demandas, ya sean económicas o emocionales.

Pensemos en las anécdotas donde nos obligamos a enfrentar el dolor físico, un dolor de cabeza/ de estómago/ de rodilla/ de cadera y un largo listado de malestares que se nos ocurra; en cada uno Claudina conduce una comparación con las pesadillas, pues como éstas el dolor se reconoce por ser consistente y repetirse sin descanso. Sobre todo esto último: la repetición.

Así como no sabemos cuándo ni cómo nos podríamos enfermar, tampoco cuántas veces a lo largo de nuestra existencia seguirá sucediendo ni en qué alcance. Entonces, me sorprendió leer que la mujer-Claudina alude al término del “eterno estudiante” (pues se dice que nunca dejamos de aprender) para darle un sentido crudo a su experiencia: “[...] aguanto firmes, me domino mientras tiemblo de dolor. Quizás esa es la asignatura que debo recursar una y otra y otra vez. Dominio ante las propias pasiones, Dominio frente al miedo, Dominio en el dolor [...]” (176).

En conclusión, aunque debido a la naturaleza fuerte de las circunstancias se llegue erróneamente a asumir que Claudina sufre y es “una víctima” de las mismas, el tono sarcástico que le da un toque refrescante de humor a la lectura nos regresa a la realidad, porque Claudina en todas sus versiones ha sido atravesada por problemas y conflictos, pero nunca se victimiza. Al contrario: adopta una postura osada y rebelde que fluye a la contra. No se deja engullir por completo, cae profundo quizá, pero observa en ello un proceso y se acerca al lector a contarle su historia, no para compadecerse ni llorar, mucho menos dar una lección, sino exhibirse como lo quisiera alguna vez la chica-Claudina: como un personaje literario dispuesto a contar sus secretos.


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