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Letrinas: O Rei



O Rei

Samanta Galán Villa


Al pensar en mi padre, puedo recordar claramente su cuerpo inmóvil frente a la imagen de O Rei. Un póster que consiguió en un mercado, en donde se ve al ídolo del futbol de espaldas, mostrando en la playera verdeamarela el número diez. Su cara de lado, sonriendo feliz de saberse el mejor futbolista del mundo.

Lo fue para muchos. Lo fue para mi padre.

No sólo coleccionaba varios recortes de periódico sobre las victorias de Pelé en el Santos FC o incluso algunas notas de revistas, también tenía un par de jerseys supuestamente autografiadas por él, colgadas en un gancho de madera y cubiertas con una bolsa de plástico. Muy parecido a como entregan los trajes en la lavandería.

El cuarto de mi padre era un santuario para do Nascimento. No había mujer que le reclamara su afición porque mi mamá falleció cuando yo tenía tres años por una angina de pecho. Según mi papá, no fue eso, sino los corajes que hacía ella porque siempre se hizo en esa casa su santa voluntad. Y es por eso que tengo este nombre, esta cruz. Pelé Reymundo González Chagoya.

Qué orgullo para mi papá presentarme con sus amigos diciendo mi nombre completo, haciendo énfasis en la última e de mi primer nombre. Pelé. En ese entonces, cuando tenía apenas diez años, llamarme así me ponía a la par de ellos y hasta más alto.

Nunca vi jugar a O Rei, pero mi papá me contaba historias increíbles sobre sus goles y sus Copas del Mundo. Decía, con aires de profeta, que si Pelé se coronaba como el rey en otro Mundial, entonces habría más ganancias en el negocio de tapicería que nos daba el sustento. Si Pelé gana otro Mundial entonces tú, hijo, serás igual de grande que él. Algún día tú llevarás a este país a la final y yo diré orgulloso que Pelé Reymundo es mi hijo. Eso decía.

Para mí no había labor más importante. La escuela era un desperdicio de tiempo. Salía corriendo de clases para tomar un balón que se desbarataba con cada golpe. Ponía dos cubetas como portería y practicaba penales. Con mis amigos jugaba a la hora del recreo y de la salida.

Nunca estuvimos en un torneo formal hasta que mi papá me inscribió en uno con muchachos más grandes que yo. En el primer partido me dieron una paliza. Un llegue arriba del talón me sacó del partido.

Entre mis lágrimas vi la cara de mi papá, diciendo que no. Arqueando las cejas como cuando un sillón ya estaba muy usado y no tenía remedio. Al siguiente partido no fue. Imaginé que ya se había arrepentido de llamarme Pelé Reymundo. Y a mí ya no me sabía igual patear la pelota si no era para llevar este nombre a la cima.

No volví a jugar futbol. Mi papá se encerraba en ese cuarto cada vez más seguido, escuchando las noticias de su ídolo. No sé por qué, pero lo sentí más ausente. Como si el futbol fuera ese lazo de amor que cualquier hijo quiere construir con su padre y que, si falla un penal, una asistencia o un tiro libre, entonces también fallan esos ratos en donde se sientan a las ocho a ver dos equipos enfrentarse. Enojarse porque el árbitro es un ciego que no ve esto o aquello y celebrar juntos cuando cae un gol a favor.

Mi padre nunca imaginó que el Pelé Reymundo al que le tenía tanta fe para llevar a México a la gloria en el Mundial, terminaría estudiando Leyes. Y cuando salí de ese universo en el que sólo existíamos mi papá y yo, me di cuenta de que mi nombre no era una bendición. Era un chiste.

El abogado Pelé Reymundo, ¿te imaginas?, decían las muchachas del salón y a mí me ardía la cara de vergüenza. Quería reclamarle su locura y su desmedida afición, pero, a fin de cuentas, mi papá me hubiera puesto ese nombre aunque naciera cien veces.

Entonces investigué todo para cambiármelo y ponerme uno como cualquiera. A lo mejor Silvestre como mi abuelo, Juan Carlos como mi tío. Rafael, como mi padre.

Pero una tarde me invitaron a cascarear afuera de la facu. Yo centro delantero. Nunca tuve problemas para correr ni cabecear. El ADN me bendijo con piernas largas y una flacura que yo muchas veces pensé insana.

El aire me daba en la cara, sentí cómo el sudor de mi frente y del pecho se secaban al tiempo de burlar a los defensas y anotar el primer gol. Un cabezazo que dejó al portero del otro equipo con la boca abierta, inmóvil.

Pelé Reymundo, Pelé Reymundo gritaban los curiosos que se juntaron alrededor de la cancha. Dicen por ahí que el cuerpo tiene memoria y que nunca olvida sus verdaderas pasiones. Y esa tarde hice seis goles, los que me hubiera gustado hacer en aquel torneo infantil ante los ojos de mi viejo.

Por primera vez en años sentí orgullo de llevar ese nombre. Los maestros me dijeron bien que te queda. A lo mejor te equivocaste de carrera y lo tuyo era el deporte. En la Selección Mexicana hace falta un Pelé como tú.

El aire de todo el mundo me cabía en los pulmones. Se me atoró la emoción en la garganta. Corrí, atravesé las avenidas, ensuciándome el pantalón con los charcos de agua, pisando chicles, esquivando perros y señoras con sus hijos.

Me quité la camisa para que el humo de los carros no ensuciara mi victoria.

Llegué a la casa y encontré a mi papá en el patio. Estaba sentado en un tronco de madera. Grapas en medio de los labios, midiendo un pedazo de tela de terciopelo azul. Las bolsas de sus ojos nunca me parecieron tan grandes. Las grapas temblaban entre sus dientes y un hilo de saliva le resbaló por la barbilla y cayó sobre su vientre, que se asomaba debajo de la camisa.

¿Qué quieres?, preguntó.

Papá, hoy jugué fut.

Su boca se abrió como una tumba dispuesta a recibirme. Se estaba riendo. Su barriga brincaba con las carcajadas y dijo apoco todavía se acuerda cómo jugar el señorito. ¿Y ganaste?

No, le respondí. Hoy tampoco pude.



Samanta Galán Villa (Moroleón, Guanajuato,1991) textos suyos se publicaron en medios como la Revista Pez Banana, Revista Estrépito, Sputnik, Neotraba, Monolito, Low-fi ardentía y en el periódico oaxaqueño El Imparcial. Actualmente, lleva un diplomado en Literaria, Centro Mexicano de Escritores y forma parte del taller de novela corta del escritor Eugenio Partida. Recientemente se publicó su primer libro de cuentos 'Amorfismos' (2022), con editorial La Tinta del Silencio.

Letrinas: Crac


Crac

Franco García


Genaro da un trago a la cerveza y mira por la ventana. El cielo está despejado, el día caluroso. Son más de las dos de la tarde y unos niños juegan futbol. El pavimento en la colonia Vacacional parece brasero pero poco les importa. A Genaro le llama la atención el portero, quien es rechoncho, moreno y de baja estatura. Al instante se identifica con él y recuerda todo lo que sufrió respecto a su apariencia física en la escuela.

—¡Genaro puerquito!

—¡Mantecoso!

—¡Oing, oing!

Una época dura, difícil de olvidar. No fue de muchos amigos porque había que permanecer en casa todo el día. Su madre trabajaba de camarera en los hoteles de la Costera y se veían sólo por las noches. Una mujer cariñosa y sensible. Jamás volvió a salir con otro hombre después de la muerte de su esposo. Se dedicó de tiempo a completo al trabajo y a su hijo, hasta que el cansancio y la edad acabaron con ella.

Genaro no aparta los ojos del portero. De pronto le meten un gol y todos los de su equipo comienzan a darle de manotazos en la cabeza; el contrario celebra. No alcanza a escuchar lo que le gritan mas lo supone. Acaba la cerveza, se limpia los labios con el antebrazo y deja la botella en el alféizar. Acto seguido se sienta en el sofá, coge el control de la televisión y la enciende. Pasa de un canal a otro hasta que finalmente se detiene en una película mexicana en blanco y negro. Al cabo de unos minutos tocan la puerta. Apaga el televisor y se dirige a abrir.

—¿Quién? —pregunta en tono brusco.

Una voz femenina y dulce responde al otro lado.

—Soy yo, Mariela, su nueva vecina.

Después de asegurarse quién es, Genaro gira la perilla y abre. Mariela es una mujer joven, morena, delgada, de fino rostro y casada. Lleva puesto un vestido azul con burbujas blancas, holgado y escotado por la espalda.

—Buenas tardes, don Genaro. Perdón que lo interrumpa, ¿tendrá que me preste un taladro? Sucede que mi esposo lo necesita porque pondrá un espejo en el baño. Y como sabemos que usted trabajó en teléfonos, pues...

Genaro guarda silencio por algunos minutos y luego dice:

—Deje voy a la bodega y lo busco. Pase, tome asiento.

Mariela ingresa echándose aire con ambas manos en sus senos, se sienta en uno de los sofás y mira a su alrededor. Genaro suspira y cierra la puerta. De inmediato a Mariela le atraen los cuadros que cuelgan en la pared, los floreros y algunos juguetes que adornan los muebles. Genaro le ofrece agua y refresco.

—Agua está bien —responde Mariela.

Genaro va a la cocina por ella. Mariela no contiene su curiosidad y se levanta de su lugar y se aproxima a ver de cerca una foto donde un niño gordo abraza a una mujer por la cintura. Al fondo hay juegos mecánicos, luces de múltiples colores. Genaro regresa con el vaso de agua y se lo entrega. Mariela lo lleva a la boca y bebe hasta el fondo. Después coloca el vaso sobre la mesa que se encuentra al centro de la sala y pregunta:

—¿Es su mamá, don Genaro?

Genaro frunce el ceño, le incomoda hablar de su madre mas asiente.

—Qué linda era, y usted tan serio. Pero qué calor ha hecho últimamente, ¿no?

—Bastante. Permítame, voy a la bodega por el taladro. En seguida vuelvo.

Sale por la cocina y atraviesa el jardín trasero. Una vez dentro de la bodega, baja una caja enorme de la repisa, la abre y extrae el aparato. Mariela continúa contemplando las fotos, una a una. Genaro entra a la sala, la mira de espalda y dice:

—Aquí tiene.

Mariela se vuelve hacia a él.

—Gracias. ¿Sabe, don Genaro? Acabo de descubrir que usted es un hombre triste. Lo digo por sus fotos. Nunca sonríe. La mujer de allá, la de la foto de encima del televisor, ¿es su esposa?

Genaro hace una mueca de disgusto y dice:

—Señorita Mariela, no quiero ser descortés con usted, pero no es asunto suyo.

—Lo siento. No quería ser imprudente. Cielos.

— No se preocupe, sólo que no me gusta hablar mucho de mi pasado. Sí, fue mi esposa. Murió en el parto junto con mi hijo hace años.

—Yo… no sé qué decir. Creo que debería marcharme.

Sin embargo, hace mucho que Genaro no tiene visitas y desea estar en compañía un poco más.

—Espere, ¿gusta tomar otro vaso de agua? También hay cerveza en el refrigerador.

Esta vez lo dice con una voz entrecortada, tímido. Mariela suspira y dice:

—Bueno, sólo una. A nadie le hace daño un trago, después de todo. Además el clima lo amerita.

—De acuerdo. Voy por ellas.

Mariela de nueva cuenta toma asiento y coloca el taladro en su regazo. Genaro vuelve con las cervezas y se sienta junto a ella. Las chocan, dicen salud y ambos dan un trago.

—¿Lleva tiempo viviendo solo?

—Algo.

—¿Alguna novia o pretendiente?

—No que yo sepa. ¿Usted lleva mucho tiempo casada?

—No mucho. Apenas un año, y nos mudamos a esta colonia por cuestiones de trabajo. Soy maestra de primaria.

—¿Tienen hijos?

—No por ahora. Quizás más adelante.

Dan otro trago y bajan las cervezas al suelo, junto a sus pies.

—¿Ya vio las noticias?

—Sí.

—Caray, cuántos muertos, ¿no cree, don Genaro? Acapulco me da miedo y tristeza. Ya nada es como antes. De puras migajas turísticas sobrevivimos por tanta violencia.

—Demasiados, pero así funciona la vida en el sur. Sólo es cuestión de acostumbrarse.

—¡Qué horror! Mis ojos no podrían con la sangre desparramada a diario, ¿se imagina?

Genaro cambia el tema de conversación y dice:

—Su esposo debe ser muy afortunado al casarse con usted. Me recuerda a mi esposa. Siempre radiante con su sonrisa y llena de energía. Era enfermera y amaba su trabajo. Estaba muy emocionada con el embarazo. Diego, así deseaba llamar a nuestro hijo.

Mariela se sonroja y baja la cabeza. Genaro no deja de sudar y agita con movimientos bruscos su playera. Por momentos le tiemblan los labios.

—También era una mujer con un gran sentido del humor. Hacía reír a cualquiera con sus chistes. Vaya que sí.

Mariela aguarda unos instantes y cuando está por hablar, un balón entra por la ventana. Vuelan virutas de cristales y ambos brincan de sus lugares debido al estallido.

—¡Santo Dios!

—¡Qué carajo!

Genaro se incorpora con dificultad mientras Mariela permanece inmóvil, nerviosa. Genaro se dirige a la puerta, sale hasta la calle y no encuentra rastro alguno de los niños que jugaban futbol. De pronto, entre los arbustos, asoma una cabeza pequeña. Es el niño rechoncho, trata de ocultarse pero es inútil. Así que avanza hasta Genaro, cabizbajo. Al verlo de cerca, le pregunta:

—¿Fuiste tú?

—¡No, señor, se lo juro! Fue Carlos y todos me mandaron por él. ¡Por favor, devuélvamelo o me irá muy mal! Por favor.

—Tranquilo, hijo. Tranquilo, caramba. Acá lo tengo. Ven por él.

Genero vuelve a la casa y el niño duda en hacerlo, teme por lo que pueda pasar una vez dentro. Luego piensa en la golpiza de sus compañeros y lo sigue. Mariela se ha marchado sin llevarse el taladro; Genaro se encoje de hombros y se lamenta de lo sucedido. Invita al niño a sentarse pero éste decide permanecer de pie.

—¡Señor, por favor, devuélvame el balón! Lo necesito. En serio.

Genaro se coloca frente al niño, cruza los brazos y dice:

—Dime una cosa, hijo, ¿quién me va a pagar por los daños? ¿Tú?

            El niño baja la cabeza y guarda silencio. Descubre que el balón se encuentra en el suelo y que hay vidrios por doquier.

—Lo suponía. Te mandaron por el balón pero no te dijeron nada sobre las consecuencias, ¿verdad?

            El niño se echa a llorar. Genaro deja caer sus manos, levanta el balón y se lo entrega. El niño lo sujeta contra su pecho, se limpia los ojos con su playera, se marcha a toda prisa y deja la puerta abierta. Genaro no tiene más opción y la cierra. Después entra a la cocina por otra cerveza. De regreso a la sala se detiene frente a la ventana rota. Respira hondo, suda; de un momento a otro le llegan recuerdos de su madre, esposa e hijo. Un hilillo de agua escurre lentamente por su mejilla y da un trago largo.

 


Franco García (Guerrero, 1987). Ha publicado en Punto de partida, Punto en línea, Ágora, Opción, Mono, La otra voz, Trinchera, Acapulco cultura, Minificción, Monolito, Rankia, Zompantle, Capote, Enpoli, Sputnik, Periódico Poético, entre otras. Parte de su obra ha aparecido en antologías de minificciones y cuentos.


Letrinas: Perdidos



Perdidos
Luis G Torres



Ya le dije a Simón que, si va a empezar a inhalar piedra, al menos se vaya a otro lado. A otro cuarto, fuera, donde ni siquiera lo vea. No entiende. Sacó su cajita de zapatos donde guarda los materiales: una charolita metálica, un encendedor, un tubito de paleta de plástico y la bolsa con las piedras. No quiero verlo, pero es imposible. Cogió la charolita y depositó ahí un poco de piedra, moronitas. Entonces prendió el encendedor y empezó a quemar. Se empezó a producir ese humito blanco que él absorbe sin desperdiciar nada con el palito de paleta hueco. Inhaló fuertemente y repitió la operación. Lo miré desde mi rincón. Hizo todo con calma y poco a poco se le vio más relajado. Sonrió. Yo me hice la que no vi nada y seguí en lo mío.

Ya no recuerdo ni cuando empezó todo esto. Solo recuerdo que lo primero que se supo fue que muchos niños estaban desapareciendo. Chamacos que aún los veías jugando al futbol en la calle y al otro día ya no. Había listas de desaparecidos que crecían sin parar. Quizá no era novedad, pero en esas cantidades no se había visto antes. Los niños eran buscados por la policía y se anotaban en bases de datos nacionales. Algunas gentes empezaron a formar grupos de búsqueda, cansados de la falta de resultados del gobierno para resolver el montón de casos pendientes.

Cuando conocí a Simón, él era muy diferente. Me buscaba seguido y pasábamos buenos ratos. Me compraba cosas, me decía que le gustaba y me besaba. Si se le ocurría, venía por mí a la noche, me chiflaba desde fuera y yo salía con cualquier pretexto, tomaba mi sudadera y lo veía en la esquina. Nos comíamos unos tacos, otras ocasiones íbamos directo a la casa en construcción que está a unas cuadras de la mía. Nos íbamos hasta el fondo y nos empezábamos a tocar y a besar. Él era muy fogoso. Poco a poco fuimos llegando más lejos. Primero nada más eran toqueteos, después me empezó a pedir que me quitara la blusa y me levantaba el brasier, sin quitármelo. Después ya empezó a quitarme más ropa y él se bajaba los pantalones. Así llegamos al día en que lo hicimos todo. Fue muy bonito.

Ayer me enteré por Cuca, la prima de mi papá, que a la señora Adela, que vive apenas a una cuadra de nosotros, se le perdió su hijo de siete años. Ese niño es bien tranquilo y no se mete con nadie. De un día a otro desapareció. Nadie sabe de él y la mamá pues está desesperada. Empezó su calvario: ir al ministerio a levantar el acta, de ahí le recomendaron hablar al Centro de Apoyo a Personas Extraviadas y Ausentes, vueltas y vueltas. Hay que repetir una y otra vez la misma historia: que dónde lo vio la última vez, que cómo iba vestido, que, si conoce a sus amigos, que a dónde acostumbra ir.

Simón ha ido cayendo cada vez más. Ya no trabaja, nada más anda con sus amigos y viene cuando se le da la gana. Cuando quiere comer o necesita dinero. Ya le dije que esto no puede seguir así. Hay días que está de un humor de perros, que ni hay que contradecirlo. Se pone medio violento. Muy pocos momentos está bien, es amable y hasta cariñoso conmigo. No sé porque me enganché con él, pero ahora ya quisiera que me dejara en paz. Imposible. Mis hermanas me dicen que ya lo deje, que me consiga algo mejor. Ellas no saben lo difícil que es Simón, no hay manera con él. No me va a dejar en paz nunca.

Comencé a preguntar a la gente del barrio. ¿En qué estaba metido Simón? Alguien me dijo que estaba trabajando para unos tipos que antes le habían vendido la piedra. Nadie sabía dónde estaban. Otro me dijo que Simón estaba actuando muy raro y se le veía llegar tarde a su casa siempre, acompañado de tipos con cara de maleantes. Estaba metido en algo turbio, seguro. Aquí todo el mundo lo conoce y sabe que es un bueno para nada. Alguien me contó que ahora cargaba mucho dinero y gastaba mucha lana en los antros.

Por fin a alguien me dio un nombre para investigar. Lo busqué hasta llegar a una dirección, no muy lejana a mi casa. Una colonia más pobre que la nuestra. Tenía que saber más…Llegué por la tarde a esa casa de la colonia El Zapotillo. Me dijeron que ahí podría encontrar a Simón. Encontré la calle y el número, que traía apuntados en un papelito. No había nadie en la entrada, así que abrí la reja y caminé por un pequeño pasillo oscuro y sucio. Con un poco de miedo seguí caminando hasta un patio interior: pequeño, sucio, lleno de tendederos vacíos. Los pasillos estaban cubiertos de basura, latas, trebejos y juguetes de plástico ennegrecidos por el tiempo. Al fondo había una puerta metálica sin pintar. Estaba entreabierta así que me decidí a entrar por ahí. Por su estado, supuse que era una casa abandonada.

De repente oí ruidos al interior. No sabía qué pasaba. Vi al primer niño en el suelo, apenas con un pantalón viejo y raído. Flaco y mocoso. Él me miró con unos ojos bien grandes y me agaché a tocarle la cabecita. No entendía qué hacía ahí. Dejé al pequeño y seguí por el pasillo hasta una nueva habitación. Ahí la sorpresa fue mayor: había varios niños descalzos, con poca ropa, sucia y vieja. Unos jugaban con los trebejos del cuarto. Otros peleaban por un objeto cualquiera. Uno más allá, pequeño lloriqueaba sin parar. ¿Qué es esto? Pensé parada en medio de la habitación. Me sentía aterrada. No sabía cómo reaccionar. Cuántos niños solos, descuidados. En eso escuché que alguien estaba fuera, abría la puerta y entraba.

Volteé a ver y para mi sorpresa era Simón, con una pistola en la mano. No sé si su sorpresa fue mayor que la mía. Estábamos boquiabiertos. “¿Qué haces aquí?”, dijimos casi al mismo tiempo. Él bajó el arma y se me acercó, queriéndome abrazar. Me retiré hacia atrás y tomé uno de los pequeños de los hombros. Lo atraje hacia a mí en cuclillas. “¡Explícame qué hacen estos niños aquí!”.

Simón estaba nervioso, enojado, sorprendido aún por mi inesperada presencia. Los niños nos miraban sin acercarse, con unos ojos hundidos y miedosos. “Yo no sé nada, solo me pagan por vigilarlos”, fue lo único que atinó a decir. “Estos niños son robados, Simón. ¡No te das cuenta?” Se quedó pensativo un instante y se le subió el color al rostro. “Vete, no tienes nada que hacer aquí. Si vienen mis jefes se me va a armar una bronca”. No podía creerlo aún, Simón estaba involucrado en la desaparición de esos inocentes. Si no los raptó él, sí era responsable de tenerlos en ese cuchitril, de resguardarlos para sabe dios qué fin.

Agarré a un par de niños de las manos y empecé a caminar hacia la puerta. “Tenemos que liberarlos. Sácalos de aquí, aún es tiempo de arreglar esto Simón”, le dije con calma, tratando de no gritar. Él me miró furioso. Me arrebató a los niños de las manos y me empujó hacia la puerta. “Vete de aquí, eso no va a pasar. Si te vas ahora no tendré problemas. No me obligues”. No podía creer lo que escuchaba. “¿Que no te obligue a qué?”.

Estaba fuera de sí. Quise salir de ahí, pero al girar la cabeza me di cuenta que tenía la boca del cañón en la frente. Me inmovilizó en un segundo. “No me hagas hacerlo”, dijo Simón con cara compungida. “Te juro que lo hago”, agregó. En ese preciso instante, los niños que nos rodeaban se dieron a la huida. Los oí correr hacia fuera del cuarto. No sé cuántos eran, pero más de los que yo había visto. Entonces Simón echó a correr hacia la puerta, quitándome la pistola de la frente y cerrándola con un puntapié. “No te muevas. Quédate ahí, voy por esos escuincles”. Yo me hice hacia atrás, y me puse en cuclillas. Los tres niños que no pudieron salir, se acercaron a mí y me abrazaron. En sus caritas se veía una angustia que seguramente tenían desde que los capturaron. Los abracé y traté de tranquilizarlos.

Simón no regresaba. Me asomé a la puerta y no lo vi. Ése era el momento. Tomé a los tres niños y salí de ahí. Empezamos a correr hacia la calle. No había nadie afuera. Uno de los pequeños cayó al suelo. Lo tomé en brazos y seguimos corriendo. Sentía miedo y cansancio. De repente oí un grito: “¡Adriana, vuelvan acá!”. Me paralizó. Volteé a mirarlo. Estaba cerca de la casa, pistola en mano. Tenía una cara muy rara. Yo temblaba.

No sé de dónde saqué fuerzas para decirles a los pequeños que debíamos correr. Ellos me miraron con esos ojitos tristes y siguieron mi instrucción. Seguí corriendo. Miraba hacia los lados, a ver si encontraba un policía, alguien que pudiera ayudarme. Nada. Corría tropezando por la prisa. Sentía que el corazón se me salía. Ni siquiera miraba la carita de los niños, a los que casi hacía volar.

Avanzamos unas cuadras con Simón atrás de nosotros. Él gritaba de vez en cuando. Cuando sentí que por fin nos alejábamos de él, escuché el primer disparo. Fue al aire, pero su mensaje era claro: no estaba jugando. Empecé a sudar. Los niños me miraban con terror. No había marcha atrás. No podría salvar a todos, pero a éstos tres, sí. Volteé para comprobar que él nos seguía, no corría, pero daba grandes zancadas. Los pequeños corrían llorando. Mi corazón se me salía del pecho.

Entonces sonó el segundo tiro. Él cada vez más cerca. Me detuve. “¡Déjanos ir!, no le diremos a nadie”. Se detiene. Está furioso. “No te vas a llevar a esos niños, me matarían”, dice entrecortadamente. Yo no puedo traicionarlos. No queda de otra. Me acomodo al pequeño que cargaba y empezamos a correr otra vez. Veo que él no avanza y eso me da más temor. Siento el sudor entre mis pechos. Entonces escucho el tercer disparo. Suena distinto a los anteriores. Me detengo y bajo al pequeño. Mis piernas se doblan. Veo lentamente cómo sucede todo. Me desplomo en la calle y los niños empiezan a llorar más fuerte. Caigo levantando el polvo y enterrándome cantidad de piedras pequeñas en las manos y rodillas. Ninguno se mueve. Golpeo con la cara en el duro asfalto. Veo cómo Simón se me acerca lentamente, con cara de enojo, de remordimiento. Lo último que viene a mi mente es: “Simón no me va a dejar nunca en paz”.




Luis G Torres Bustillos Nació en la CDMX en 1961. Ahora ya retirado de la docencia e investigación vive en Cuernavaca, Morelos. Recientemente publicó en revistas electrónicas como ZOMPANTLE, PERRO NEGRO DE LA CALLE, PLUMA, KATABASIS, TABAQUERIAS, ALMICIDIO. LETRAS INSOMNES, ALMICIDIO, entre otras. En 2021 publicó en INFINITA su primer libro de cuentos: Pequeños paraísos perdidos, y acaba de publicar Sin Pagar boleto, cuentos y narraciones de viajes por México. Actualmente es alumno de la Escuela de Escritores Ricardo Garibay, de Morelos.

Letrinas: Fin de año



Fin de año

Samanta Galán Villa

Esa Navidad sería la primera en la que tendríamos la visita del tío Óscar, hermano menor de mi padre. Recuerdo haber escuchado historias fantásticas sobre él desde que era niño. Mi padre decía que el tío Óscar había descuartizado a toda una organización criminal y por eso estaba en la cárcel.  

Mi tía Malena, la mayor, aseguraba que el tío se perdió en los vicios, así de simple. Cuando uno es niño deja que la imaginación gane partida, y a mis ojos, el tío Óscar era algo así como un Sansón que podía aplastar la cabeza de cualquier buscapleitos que le echara bronca.

Crecí con esa idea y al fin, al tener dieciséis años, iba a ponerle rostro a ese nombre mítico.

Eran las ocho y media de la noche. Mi mamá hizo un lomo relleno con papas, ensalada de manzana y sacó un vino añejo de muy mala calidad para que comenzáramos la cena. La tía Malena llevó a mis primos, Daniela y Cheto. Los dos apáticos, haciendo caras de fuchi a la comida de mi mamá. Los típicos parientes creídos que uno tiene que soportar porque hay un lazo de por medio que no puede borrar nadie.

Hay que empezar a comer, dijo Cheto. Ya tengo hambre. Sí, sí, le secundó Daniela. El tío Óscar seguramente está de nuevo en la cárcel. A fin de cuentas, es un esquizofrénico.

Tuve ganas de levantarme de la silla y darles un puñetazo en la cara a los dos. Que la fuerza de mis nudillos les reventara las venas más pequeñas de la nariz y llenaran todo de sangre. La sangre que tanto aborrecía y que a fin de cuentas también corría por mis venas.

Hay que esperar un rato, dijo mi padre. Si a las nueve no llega, comenzamos. Todos aceptaron la idea en silencio. Mis primos sacaron sus teléfonos para tomarle foto al lomo, al vino que sabía a agua de calcetín y a ellos mismos.

Yo me pegué a la ventana esperando ver una sombra gigante abriéndose paso entre las casas, entre las pocas columnas de humo de un par de chimeneas en la colonia. Se me vino a la mente la figura voluminosa de un orco o un cíclope. De esas proporciones tenía que ser el tío Óscar.

Ya son las nueve cinco, dijo mi tía. No creo que venga. No vemos a Óscar desde hace veinte años. Ni siquiera sabemos si le interesa estar con nosotros. Claro que sí, respondió mi mamá. Imagínate estar tanto tiempo solo entre delincuentes. Cualquiera desearía sentir el amor de la familia y más en estas fechas.

Un trato es un trato, dijo mi padre. Hay que empezar. Cada quien ocupó su asiento, uno apretujado contra el otro. Yo era el único que sentía la ausencia del compañero. La silla de al lado era la de mi tío. Tenía más rabia que hambre. Quería que todos sintieran la misma emoción que yo, pero qué hacerle. Hay ausencias que al prolongarse tanto dejan de hacer falta.

Mientras partíamos el lomo sonó el timbre. Mi mamá fue a abrir la puerta, sobándose las manos. En el umbral estaba un hombre alto, sí. No musculoso, no era un orco ni un cíclope. Tenía la piel pegada a los huesos. El cabello crecido cubriéndole las orejas. Desde mi asiento podía ver el color miel en los ojos del desconocido que miraba todo alrededor como si se le hubiera perdido algo que trepaba por las paredes.

Gabardina negra, al menos tres tallas arriba de la suya. Pantalones manchados por la suela de los zapatos y en los brazos, como si fuera un regalo, la cabeza de un maniquí. Buenas, cómo están. Gracias por recibirme. Ella es Silvia, mi esposa.

Las miradas de mis familiares iban y venían de uno a otro, esperando a que alguien hiciera algún comentario. Yo no podía creer que ese fuera mi tío, el que desmanteló una organización criminal sin la ayuda de nadie. El que podía hacerle frente a cualquiera.

Mi mamá lo invitó a pasar y el tío ocupó el asiento que yo había reservado especialmente para él. Quería sentir la emoción de estar al lado de un presidiario.

 Pero mi tío era un guiñapo viviente. Movía la cabeza del maniquí de un lado a otro, provocando un chirrido metálico en el interior que daba escalofríos en los dientes.

Cómo estás, Óscar. Cuánto tiempo. Sírvete, qué rebanada quieres del lomo. Mi tío ignoraba las palabras de su hermano. Veía la casa y luego a Silvia, su mujer. La gabardina expulsaba un olor a humedad, el mismo que tiene la ropa que no se ha usado en años. La presencia de mi tío me intimidaba. Algo de energías, un halo de muerte que lo rodeaba y que no he vuelto a sentir en nadie.

Mi mamá le ofreció un plato bien servido del lomo, imaginando, tal vez, que el tío Óscar estuvo vagando por las calles desde que salió de prisión y había llegado esa noche de Navidad muerto de hambre, suplicando un bocado. Pero el tío apenas y vio la comida. Le ofreció caballerosamente una cucharada de la guarnición de papa al maniquí, que por lo demás, era uno de los rostros más bellos que he visto.

Ojos grandes y azules, pestañas postizas. La nariz respingada y los labios pequeños, melocotón. El cabello rubio le marcaba la barbilla. Mi tío veía la cabeza hipnotizado, perdiéndose en su belleza artificial.

¿Y cómo se conocieron? Preguntó Cheto. Mi prima comenzó a reírse y mi tía Malena igual. Mi mamá volteó la cara hacia otro lado y mi padre le dio un sorbo al vino que nadie quería probar. Mi tío apretó con el puño el tenedor en el que clavó un pedazo de carne.

¿Y piensan tener hijos?, agregó Daniela. Cheto se carcajeó, todos, de alguna manera se rieron por la estúpida pregunta. Todos menos mi tío que arrugaba el entrecejo. Con movimientos suaves y tranquilos, metió los dedos en la cabeza del maniquí y sacó un revólver.

La mano derecha de Óscar sostenía el arma que apuntó directo a la frente de Cheto. Ya nadie se reía. Las gotas de sudor en la frente de mi primo brillaban con las luces de colores del árbol de Navidad.

Cállate la puta boca.

Nunca vi un brazo tan firme como el de mi tío Óscar mientras apretaba el gatillo.



Samanta Galán Villa (Moroleón, Guanajuato,1991) textos suyos se publicaron en medios como la Revista Pez Banana, Revista Estrépito, Sputnik, Neotraba, Monolito, Low-fi ardentía y en el periódico oaxaqueño El Imparcial. Actualmente, lleva un diplomado en Literaria, Centro Mexicano de Escritores y forma parte del taller de novela corta del escritor Eugenio Partida. Recientemente se publicó su primer libro de cuentos 'Amorfismos' (2022), con editorial La Tinta del Silencio.

Letrinas: No es lo mismo



No es lo mismo

Aldo Rosales Velázquez


Un golpecito en la ventana me hace saltar. Subo el volumen, me acomodo los audífonos y cambio de canción, pero la ventana se cimbra y me doy cuenta de que Mauricio va a seguir aventando piedras hasta que me vea salir. Antes de asomarme a la ventana, miro hacia la sala para ver si mi mamá escuchó: está dormida frente a la tele, trae puesta su bata de baño y se ve pálida, como los muertos en las morgues de las películas. Mauricio nunca le ha caído bien, dice que es una mala influencia y que un día me traerá problemas. Yo no sé, a mí se me hace que exagera, pero eso es lo que hacen las mamás. Mientras me pongo los tenis, pienso que a lo mejor Mauricio quiere dinero. Saco de mi cartera dos billetes de a doscientos y los escondo debajo de mi almohada. Me pongo la mochila y salgo quedito, para no despertar a mamá. Además, tampoco es que pueda correr.  

Cuando bajo, Mauricio ya está parado junto a la puerta del edificio. Tiene las manos en las bolsas de la sudadera y mastica nervioso. Desde que lo noquearon en un sparring, empezó a masticar chicle a todas horas porque, según él, en una entrevista, Mayweather Jr. dijo que así vas fortaleciendo la quijada, pero no sé, yo no he escuchado nada así. Mi tío dice que eso se trae o no se trae. Eso sí, puedes trabajar más el cuello, y eso ayuda, pero no es que te cambie el aguante que ya traes. A los que nacieron con quijada, bien por ellos; los demás, a trabajar la guardia y que mejor no te toquen tanto. Siempre he pensado que se castiga de más: el que lo noqueó le llevaba, mínimo, diez kilos, además de que ya había hecho un par de peleas amateur. Le digo, pero no le importa: ya se le metió a la cabeza que tiene quijada floja y quiere remediarlo.   

―¿Qué vas a hacer al rato? ―me pregunta, pero se pone a caminar antes de que le conteste. Rengueando, trato de emparejármele: no me he curado bien del tobillo, que me torcí igual en un sparring. Le grito que me espere, pero sigue caminando.

Les da risa cuando lo cuento, pero todo fue por el charquito de sudor que dejó el señor con el que me tocó ese día. Me emocioné sembrándole los guantes en la careta, se me hizo como de película ver el sudor volando cuando le dejaba ir los golpes. Ya nada más traía las manos abajo y trataba de quitarse todo con cintura, pero no podía. Luego, casi para acabar el round, me empujó y fue cuando me resbalé. Lo que son las cosas: en una pelea profesional, me hubiera ganado por nocaut técnico. O sea que ese día es la única vez que no he ganado, si contamos aquella que empaté con Mauricio.  

―No sé, ¿acompañarte? ―trato de seguirle el paso, pero no puedo.

Avanzamos más de cinco calles sin decir nada. Voltea a cada rato para ver si sigo atrás de él, pero no dice nada y tampoco se saca las manos de la sudadera. Me empieza a dar desconfianza, no sé qué se traiga. 

―Ah, bueno, me vas a hacer esquina ―es lo primero que dice luego de muchas cuadras sin hablar.

Subimos un puente peatonal. Los carros allá abajo pasan a velocidad constante, con un ruido casi apacible, sin claxonazos. En media hora, cuando todos salgan del trabajo, la cosa va a ser distinta: una peregrinación de luces rojas, a vuelta de rueda, plagada de ruidos y calor. Como para volverse locos, si no es que ya lo están. Una ciudad así vuelve un desgraciado al más tranquilo, y a los que ya son unos desgraciados los hace unos hijos de perra. Cualquiera quisiera irse, la verdad. Yo también lo haría, si pudiera.  

Con cada calle que dejamos atrás, el dolor en el tobillo crece. Casi casi puedo imaginar la bolsa de gel frío reposando en el congelador. Mamá la usa para reducir las bolsas bajo los ojos, pero esos últimos días me la ha prestado. Se siente raro al principio, quema, pero después se adormece el músculo y viene el alivio. En unos años, cuando las arrugas y las bolsas en los ojos se le noten más, va a decir que fue por mi culpa, por esas dos semanas que me prestó su bolsa. La conozco, va a rematar diciendo que su juventud se la acabó Alfredo Almazán, padre, para luego pasarle la estafeta a Alfredo Almazán, hijo.

―¿Cuánto traes? ―me pregunta cuando nos detenemos frente a un semáforo.  

Ya se había tardado en mencionarlo, pero ahí está: quiere dinero, aunque no sé para qué. No es que me caiga de raro ni que me moleste: ya me acostumbré. Mi mamá dice que no sabe por qué le aguanto tantas cosas a ese “muchacho”. Lo dice como insulto y le sale bien. Sólo las mamás saben usar las palabras de tal forma que acaban pareciendo otra cosa. Yo no sé si son tantas, además no me pesa: aparte de lo que me da ella, mi papá a veces me manda dinero con mi tío, su hermano, el que nos entrena. Les ha de caer de raro a los del gimnasio, los que no me conocen, ver que mi tío me da dinero cuando acabamos de entrenar: parece que él me paga a mí. Bueno, ni a mí ni a Mauricio nos cobra: mi tío sí lo aprecia, o por lo menos no lo trata mal. Ya también él lo llama “muchacho”, pero con otro tono. Así nos dice. Órale, muchachos, no estén descansando entre series. No estén de pinches flojos. Trabajen con alguien más, nadie les va a robar a su amiguito.

Mauricio y yo tenemos exactamente la misma edad. A veces juntábamos las fiestas de cumpleaños, bueno, más bien mi mamá lo dejaba celebrar en mi casa, porque su mamá, sola desde quién sabe cuando, nunca pudo pagarle algo así. Mi pastel, mis familiares y mis amigos, pero la fiesta de los dos. Pero eso era cuando todavía me festejaban así, con una fiesta. Ahora sólo me dan dinero o a veces un regalo: el año pasado, mis guantes nuevos.

―Traigo como trescientos ―le digo, pero no es cierto. Trato de recordar cuánto hay en mi cartera, descontando los billetes que dejé―. ¿Por qué?

―Con eso ―contesta, pero no dice más.

Seguimos avanzando cuando el semáforo se pone en verde. Pueden ser dos cosas, me digo mientras caminamos y las calles se me hacen más y más desconocidas, pero no quiero imaginarme a fondo ninguna de las dos y mejor sigo tratando de emparejármele. Tampoco quiero saber qué trae en la bolsa de la sudadera. Estoy a punto de decirle que ya no puedo seguir caminando a ese ritmo, que me aguante, pero se echa a correr hasta la entrada de una casa de materiales de construcción. Voltea a todos lados y me hace señas con la mano para que me acerque rápido. Con todo y dolor, troto hasta donde está. Cuando lo veo sacar las manos de la sudadera, noto que las trae vendadas. Revisa su reloj y truena la boca decepcionado. Ese reloj era mío, me lo dieron en mi cumpleaños doce y se lo regalé cuando se le descompuso la luz. Hasta donde mamá sabe, lo perdí.

―Toma, detenme ―se quita la sudadera y el reloj―. Guárdalos en tu mochila.

Voltea constantemente al zaguán de la casa de materiales y se jala el cuello de la playera para secarse la boca y la nariz. Inhala profundamente y comienza a hacer círculos con las manos y los brazos. Se da tres golpecitos en la cara, con los dos puños, antes de persignarse. 

―No mames, ¿qué vas a hacer?

―No dejes que se meta nadie, pero si me está dando la vuelta, me lo quitas.

Ya no le pregunto nada. Ambos miramos hacia el zaguán, que apenas si se alcanza a ver, medio iluminado por un foco escondido en quién sabe qué parte del techo. El tobillo ya se me enfrió y siento la punzada. Mauricio escupe el chicle y comienza a abrir y cerrar la boca exageradamente, como si masticara el aire de la noche. Está nervioso, pero no tiene miedo. Una vez me dijo que con vendas y guantes no le da miedo intercambiar golpes. Cosa chistosa, pero a lo mejor es puro reflejo: cuando peleas en el ring es distinto, puede que te tires con todo contra el rival, ya sea entrenando o en una pelea, pero al final del día es legal. No hay coraje que aguante una buena pelea, y ya si lo aguanta es porque no es coraje, es odio. Hasta ahorita, creo que no he visto a nadie odiar. De verdad odiar. 

―Acuérdate, que no se meta nadie ―me repite y camina hacia el zaguán. 

Tres hombres vienen saliendo. Voltean sorprendidos cuando Mauricio grita algo que no pude entender. Uno de ellos, el más alto y corpulento, se gira a mirar a los otros y después se queda quieto, incrédulo, cuando se da cuenta de que es a él a quien llaman.

―Te dije ayer que iba a venir, ¿a poco creíste que era broma? ―le grita Mauricio antes de empujarlo― Levanta las manos, cabrón, porque te doy a dar en tu madre, pero legal, para que luego no estés diciendo. 

―Cálmense ―grita el hombre cuando me ve acercarme, entonces le reconozco la voz: la misma que escucho en la casa de Mauricio cuando paso por él para irnos a entrenar―. No se metan en problemas.

De los dos hombres que lo acompañaban, uno se va caminando discretamente en dirección opuesta y el tercero se acerca a Mauricio, pero se queda quieto al ver que me quito la mochila. Levanta las palmas y da unos pasos atrás, pero sin relajarse. El otro, por el que vinimos hasta acá, voltea a verme una vez más, yo encojo los hombros.

―Mejor déjalos solos ―le pido al otro hombre. Parece que por él está bien, retrocede.  

El primer golpe que tira Mauricio, un recto de derecha, hace un sonido hueco al impactarse contra la cara del hombre. Ni se dio cuenta cuando se lo tiraron. A veces es eso lo que te hace enojar: ese sonido. Luego pasa que no duele que te peguen, pero te enciende. Para eso sirve el primer golpe: para darte cuenta de que no te rompes si te tocan y de que puedes hacerle lo mismo. Que no es nada del otro mundo. Mauricio se espera a que el hombre se dé cuenta de lo que está pasando: la sangre que le baja de la nariz lo ayuda. Le contesta con la derecha, a lo pendejo. Mauricio se lo quita con un pasito al lado y le deja la izquierda en la cara. Suena a puro hueso. 

Los golpes que te meten en los brazos no cuentan en las tarjetas, no ganas una pelea pegándole a los puros guantes y a los antebrazos, pero también duelen, van durmiendo el músculo y te cansan, te acalambran, luego ya no puedes subir las manos por más que quieras y entonces sí, a tragar guante. Y si el que te está pegando es alguien que te lleva mínimo treinta kilos y veinte centímetros, más todavía. Por eso existen las categorías, porque el peso sí importa. A pesar de que no sabe meter las manos para nada, los golpes que le tira a Mauricio, cuando le llegan a dar, lastiman; se nota que le pueden. Es lo que tienen los que trabajan en construcciones o cargando: están correosos, aguantan mucho. Una vez, hace ya tiempo, casi cuando empezamos a entrenar, me tocó guantear con un albañil. Lo conecté hasta cansarme, literalmente, pero ni siquiera se dobló. Al otro día fue a entrenar como si nada, y eso que venía de trabajar. A mí las manos me quedaron doliendo.  

―Ya hay que separarlos, chavo ―me grita el otro hombre. No le contesto.

Mauricio tiene la ceja derecha abierta y la mitad de la cara llena de sangre, pero sigue conectando al hombre, que cada vez se mueve más lento y ahora respira por la boca. “Ya estuvo, en serio, cálmate”, grita de vez en cuando con la voz temblorosa, entre bocanadas espesas, pero Mauricio sigue brincando sobre puntas alrededor de él, escogiendo cada vez con mayor precisión sus golpes. Las luces de los carros iluminan la escena, que por lo demás apenas se deja raspar por la luz del foco de la entrada.  

Cuando es así, en la calle, casi nunca es un golpe lo que define, sino la falta de aire. Mauricio ya trae las manos abajo, está jugando y quiere humillarlo. Se quita con cintura una derecha malísima y luego luego veo cómo viene un ganchito de izquierda a la zona blanda. Y así es. Después de conectar, Mauricio desplaza hacia atrás la pierna derecha y queda a dos cuerpos de distancia: limpiecito el movimiento, como nos lo enseñó mi tío. El hombre cae de cara, tratando de jalar aire, pero el cuerpo en esos momentos no puede sacar ni meter nada: el puro infierno, una probadita de lo que se ha de sentir morirse ahogado. Mauricio se acerca a patearle la cara, le escupe un gargajo con sangre en la cabeza.

―¿Qué te dije? No es lo mismo con un hombre, ¿verdad, cabrón?

Logro quitarlo en el momento en que tiraba una segunda patada que sólo encontró el aire.

―Ni te aparezcas por allá otra vez ―le grita mientras yo lo sigo deteniendo―. Pinche puto.

 Alguien se asoma del zaguán y escuchamos una voz de mujer pedir a gritos que llamen a la policía. Nos echamos a correr; de los nervios, ni siquiera siento el dolor en el tobillo.  

―¿Cuánto traes? ―me pregunta Mauricio sin dejar de correr, pero no lo escucho; su voz se corta de nervios.

―No sé, cómo doscientos, igual más ―volteo para ver si nos siguen―. ¿Por qué?

Por fin nos frenamos, parece que nadie nos está siguiendo. Ahora sí siento el tobillo como piedra, caliente y abierto, pero ya no hay nada que hacer. Otras dos semanas de reposo, mínimo.

―Para ir a la Cruz Roja a que me cosan ―se quita las vendas mientras empieza a caminar de nuevo―, préstame.

―Sí ―le quiero decir algo más, pero no sé qué―, ya sabes que sí. No está tan grande el tajo, pero vamos.

Termina de quitarse las vendas y me las da para que las guarde en la mochila. Me pide que le regrese su reloj y se lo doy junto con la sudadera. La ceja le sigue sangrando. Nos quedamos callados el resto del camino. Quiero preguntarle algo, hacer que hable, pero no se me ocurre nada y mejor me quedo callado. Lo único que le pido es que se acerque para apoyarme en él. Así avanzamos, poco a poco, cada uno con su dolor.

Cuando llegamos a la Cruz Roja, hay dos personas antes que nosotros. Pago y me entregan el turno 9. Mauricio pasa al baño a lavarse la cara y las manos, luego regresa a sentarse junto a mí. La sala de espera huele a sangre seca, a orina cargada de pastillas, a sudor echado a perder. La recepcionista, una mujer gorda con cara de cansancio, mira una televisión pequeñita colocada sobre el escritorio, a un lado de la máquina de escribir. Está viendo la misma telenovela que mi mamá: me doy cuenta de que ya son más de las ocho y a lo mejor ya se dio cuenta de que no estoy. O a lo mejor no. Reviso mi teléfono: ni llamadas ni mensajes de ella, sólo dos de un número que no conozco. 

―¿Cómo se me ve? ―pregunta Mauricio y se gira para que lo vea bien.

―Normal, pero te está saliendo tantita sangre.

―No está tan profunda ―se vuelve a sentar derecho y se cruza de brazos―. ¿Y si nos vamos?

―Ya pagué. Mejor espérate.

―Aprovecha tú la ficha y que te revisen el tobillo. Yo así ya quedé.

―¿Es en serio? ¿Para qué me hiciste pagar entonces? 

Una mujer y un hombre nos miran desde las sillas de enfrente. Él carga a un niño y le hace caballito con las piernas, pero no logra que deje de llorar. Me acuerdo de mis papás: esa edad debían tener cuando yo nací. La mamá de Mauricio es más joven que la mía, mucho más, pero siempre se veía cansada, ya muy maltrecha, y eso la hace parecer mayor. A su papá, hasta donde recuerdo, no lo conocí. Creo que él tampoco.   

Después de unos minutos, llaman a Mauricio al consultorio y sale antes de que termine de acomodarme. El tobillo me está molestando cada vez más, como si cada dolor que ha pasado por aquí me estuviera revoloteando sobre la lesión, entonces noto cuántos enfermos hay siempre en las salas de espera, como siempre hay alguien herido o agonizante en el mundo. Cuando te rompes un brazo, empiezas a notar cada vez más gente enyesada en las calles. Será que el dolor llama al dolor y te abre los ojos.  

―Ya estuvo, vámonos ―se para frente a mí y me pide que guarde en la mochila las pastillas que le dieron. Trae una gasa sobre la sutura.

A pesar de que estamos a unas calles de mi edificio, le pido que tomemos un taxi, no le parece. Le digo que yo pago y entonces se relaja. Sale peor: hay mucho tráfico, pero por lo menos no tuve que caminar. El taxista nos mira por el retrovisor, pero no se anima a preguntar nada. Sólo nos insiste en que si traemos dinero.

Nos bajamos frente a mi casa y Mauricio camina detrás de mí. Ni siquiera le pregunto, sé que se va a quedar a dormir. No tengo ganas de pelear con mi mamá, pero tampoco quiero que Mauricio duerma en la calle, y eso es lo que va a hacer si no lo dejo entrar, lo conozco. Al menos hoy no va a regresar a su casa. No sé si ese hombre va a hacerlo. Yo no creo. Subimos despacio las escaleras y entramos sin hacer ruido. La tele está prendida, pero no veo a mi mamá por ningún lado. Le digo a Mauricio, con señas, que se adelante y me espere en el cuarto en lo que voy a la cocina por hielos.

―¿Dónde estabas?

Salto al oír la voz de mi mamá detrás de mí.

―Bajé al parque a hacer ejercicio ―me mira molesta―, pero nada más de brazos y pecho. En los tubos.

―Así no te vas a curar ―toma una taza humeante y sale rumbo a su cuarto―. Ahí está en el congelador la bolsa de gel. Habló tu papá, que te estuvo marcando al celular.

Lleno dos vasos con agua y me voy rengueando al cuarto. Mauricio mira por la ventana, como si se observara a sí mismo parado ahí hace dos horas. Abre y cierra la mano derecha mientras se mira los nudillos. Recibe el vaso de agua, sin voltear a verme. 

―Hijo de su puta madre ―dice entre dientes. Se bebe el agua y deja el vaso en la ventana―. Creo que me rompí estos nudillos. Mira, toca. 

―¿Cómo crees? Ibas vendado. 

Nos sentamos en la cama. Se masajea los nudillos con la izquierda al tiempo que mira con atención la mano, como tratando de ver sus huesos a través de la piel. Quiero preguntarle algo, pero creo que no es lo mejor. Saco sus vendas de mi mochila y me pongo a alisarlas contra mi pierna derecha, luego las enrollo y las pongo en el buró. El tobillo me duele mucho más que en la tarde. Creo que lo lastimé más, ahora sí en serio.  

―Ahora que regreses ―le digo―, más bien, cuando yo regrese…

― ¿Qué? ―se para de nuevo.

―Te voy a enseñar a regresar la pinche derecha después de tirarla.

No le da risa, se levanta para ir a la ventana nuevamente. Aprovecho para poner en mi cajón los billetes que había guardado bajo la almohada. Mauricio sigue con la mirada hacia la noche, masajeándose la mano. Voy por la bolsa de gel y vuelvo en silencio.

―Te va a regañar mi tío ―me quito despacito los tenis y me pongo la bolsa de gel en el tobillo―, ya sabes que dijo que no nos iba a recibir si andábamos peleando en la calle. Ya ves cómo se pone.

―No voy a ir estos días. Si te pregunta, le dices que me disculpe, que tengo mucho trabajo ―voltea a verme, nota la bolsa de gel―. ¿Eso qué es?

―Es la bolsa que te había dicho, sirve para reducir la inflamación. Mamá se la pone en la cara antes de dormir.

―Ah, ya ―me contesta, pero sólo por decir algo. A lo mejor piensa en la cara de su mamá, también hinchada. A lo mejor yo hubiera hecho lo mismo. No sé, no hay forma de saberlo. 

―¿Te quedas en la litera de arriba?

―Sí, como me digas ―contesta, pero estoy seguro de que ni siquiera puso atención.

Me acuesto y le marco a mi papá desde el celular. Hablamos poquito, me pregunta cómo voy y si me hace falta algo. Pregunta por mi mamá, pero sólo por no dejar. Le digo que estamos bien. Luego nos vemos, se despide, pero sabemos que no es cierto. Mauricio parece escuchar lo que estoy diciendo, pero de pronto me doy cuenta de que está llorando. Después de que mi papá cuelga, hago como que sigo hablando, para darle tiempo a Mauricio de desahogarse. Sé que no le gusta que lo vean. ¿A quién sí?  La última vez que lo vi hacerlo fue en la primaria. Sólo él y yo nos quedamos en el salón, para que nadie se diera cuenta. Ya no recuerdo qué pasó esa vez, a lo mejor también algo de su mamá. Quién sabe. Hago como que le cuento a mi papá todo lo que ha pasado, en la escuela y en los entrenamientos. Le hablo de los exámenes, de las tardes en la casa, de mi mamá. Escucha mejor cuando no escucha, cuando no está. Sigo hablando como si fuera cierto que me oye. Le reclamo también por irse, por tener otros hijos y hacer de cuenta como que no existo. También le echo en cara que me hable como si fuéramos amigos, y le digo, por fin, que no me gusta. Hasta que Mauricio se calma, hago como que cuelgo.    

― ¿No tienes sueño? ―le pregunto después de un rato de silencio.

―Estoy cansado, pero no puedo dormir. 

―Te mandó saludar mi papá.

―Ya no me acuerdo cómo es él ―contesta―, ¿cuánto tiene que se fue?

―Ah, no sé bien ―me doy cuenta de que yo tampoco lo recuerdo con precisión. No lo había notado.

―Dile que gracias. Ahora que vuelvas a hablar con él.

Nos quedamos callados. Del otro lado de la pared, mi mamá habla con alguien, no sé quién. Quiero preguntarle a Mauricio si él se acuerda de su papá, si lo extraña a veces, aunque no lo diga, pero sólo me atrevo a preguntarle si le duele la ceja. 

―No ―mete aire y carraspea―. Me arde pero el estómago.

―Te quedaste con el coraje.

―No, no es coraje ―lo escucho descargar un golpe sobre el colchón―. Ojalá fuera nada más coraje.

Quiero decirle algo más, pero no sé qué. Creo que no hay nada. Quién sabe, puede que sea lo mejor. Es más difícil cuando de verdad alguien te escucha: corres el riesgo de que te contesten.



Aldo Rosales Velázquez. Ciudad de México, 1986. Coordinador del Taller de Creación Literaria del FARO Indios Verdes. Autor de los libros de cuento Luego, tal vez, seguir andando (Río arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (FETA, 2014), La luz de las tres de la tarde (BUAP, 2015), El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016), Ciudad nostalgia (Abismos, 2016), Sombra-Reflejo (BUAP, 2017), Los panes y los pescados (Ediciones Periféricas, 2018), Tiempo arrasado (Revarena ediciones, 2019), Mismatch (Cuadrivio, 2020) y Foley (Fondo Editorial del Estado de México, 2020), con el que obtuvo mención honorífica en el Certamen Literario Laura Méndez de cuenca 2018. También es autor de los libros de crónica Tren suburbano (Malpaís, 2019) y Linde faz (FETA, 2018) con el que obtuvo el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay. Obtuvo mención honorifica en el Premio Nacional de Periodismo Gonzo 2018 por la crónica Big Tony Bang y más recientemente el Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia por 'Nanda', que se publicará en 2023.

Becario del FONCA (2016 y 2021) y del PECDA Estado de México (2018) en el área de cuento. Ha publicado cuento, poesía, crónica, ensayo, reseña y dramaturgia en medios como La Jornada, El Universal, Casa del Tiempo, Tierra adentro, entre otras, así como en las antologías Menos bella, más brutal (Ediciones Periféricas, 2020) y De narcos a luchadores (Contrabando, 2019), por mencionar algunas. Fue seleccionado para el número especial Nueve ensayistas (1985-1995) de Punto de partida y el número especial sobre crónica: La crónica, el arte de narrar, de La Jornada. Es egresado de la Licenciatura en enseñanza de inglés, de la UNAM.
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