Un año sin la Carrà

Raffaella romana, madrileña, argentina o chilena: Tutto Carrà! Se fue hace un año, justo cuando decidí tirarme al vacío.


Por Liliana López León | 

El 5 de julio del 2021 leímos en varios titulares que nos había dejado y se nos derritió la cara. Luego nos enteramos de que ocultó la enfermedad para no hacernos sufrir. Quiero creer que nos protegió o que, de algún modo, nos quería. Raffaella, la de sonrisa luminosa, de cuerpo ligero y flexible, de luces, baile y purpurina. La de abdomen desnudo, en riesgo de censura por el Vaticano y con éxito total en hacernos sudar. Aquella, la que aconsejaba no ser aprehensivos si nos abandonaba un amante, y de la que, más allá del erotismo juguetón de sus letras, lo que más se asomó en su airosa melena fue alegría y agradecimiento por estar viva: búscate otro más bueno, vuélvete a enamorar.

A la Carrà le debo mucho. Si me la encuentro en otro plano existencial se lo haré saber. Aunque la conocí décadas después de que triunfara en Italia, España y luego en América Latina, sus canciones me regalaron vida en medio de bajoneos seriales que tengo desde los primeros años de este siglo. Quienes padezcan lo mismo, sabrán con qué aprecio particular nos resguardamos en ciertas piezas de arte igual que si fueran trocitos de chocolate.

Raffaella, astronauta que viaja por el tiempo y el espacio; un sol en los cuerpos y corazones de varias generaciones.

Raffaella Maria Roberta Pelloni, con el cabello perfecto después de haber agitado la cabeza con locura.

Verla interpretar Fiesta en TVE después de sus sesenta, hacer sentadillas como si nada a dúo con Maradona o entrevistar a una Madonna intimidada por su sencillez y confianza. Imaginar en Figueras a una pequeña Mónica Naranjo que veía con ilusión las presentaciones de nuestra showgirl, luego buscando a Dalí y pidiéndole consejo para ser artista. Estas imágenes son postales que me llevo a cualquier reunión. Cuando suena algo de Carrà y alguien no sabe quién es, entonces yo me hago la ofendida, pero solo para exagerar y generar interés en estos datos que no sirven para encontrar la cura del cáncer de pulmón.


Así me pasó cuando sonaba el club remix de Far l'amore que ella trabajó con Bob Sinclair y que ayudó a que gente más joven la conociera. Hasta me han preguntado: ¿Y tú cómo sabes todas esas cosas?, dicho más para que baje la intensidad del tema que para reconocer lo que he leído por gusto de nuestra santa en body rojo. En estas fiestas, también ocurre que mi pareja pone, con mucho mimo, una playlist de Raffaella si sabe que mi pie ha estado brincando. Y yo estoy agradecidísima por eso.

Fue declarada por ella misma como comunista: palabrita que asusta y disgusta. Yo la defiendo como Abraham Simpson a Homero: mi Raffaella no era comunista: podía haber sido una diva, cantante, compositora, bailarina, coreógrafa, presentadora de televisión, productora, vedette, actriz, altruista, comunista, pero nunca una estrella fascista.

Y en su total expresión de libertad y glamour, en el promover la adopción de niños, en el manifestarse a favor de los derechos humanos, nuestra Raffaella se convirtió, con pulso natural, en un ícono LGBTQ+, emulada por la eternidad en karaokes, espectáculos drag y en shows de imitadores. Ícono camp en el que se refugió una parte de la población aún no comprendida en el siglo XX, cobijándose bajo su manto de lentejuelas con ironía, humor, mientras ella aparecía con un cuerpo que pisaba fuerte sobre el escenario.

Por cierto, yo tuve una suegra que era igualita a Raffaella Carrà. Asimismo, mi ex era clavado a su madre. Un día le conté esto a mis amigas y una de ellas me dijo que Freud me estaba arqueando una ceja desde su tumba: estabas con ese chico porque te gusta Raffaella. Y puede que tenga razón: la Carrà me dejó huérfana de algún modo. Aunque los íconos no mueren, o no deberían morir, dicen. Siempre fue fácil acordarme de su cumpleaños, porque casi compartimos fecha (yo soy del 17 de junio, Raffaella del 18). Y con la cercanía hacia su aniversario luctuoso, esto se siente como un traje de lurex vacío.



Raffaella romana, madrileña, argentina o chilena: Tutto Carrà! Se fue hace un año, justo cuando decidí tirarme al vacío, palabras de otros lo que para mí ha sido renunciar a un trabajo y dedicarme con serenidad al autocuidado y a las letras. Desde entonces he escrito varios relatos, he participado en talleres de escritura, exploré métodos, ya me he reído y llorado con mis textos y los de otros. He publicado poco, aunque sigo enviando a editoriales y convocatorias con perseverancia. También ya me he frustrado cuando mis cuentos cortos tienen muchas explicaciones, cacofonías, poco o mucho desarrollo. O cuando parece, ya finalizados, que quizá no funcionan. Lo normal en este oficio.

En este año escribí sobre androides, mascotas mágicas, fantasmas, sobre gente cercana a mí, gente que quiero y otra a la que no. Y bueno, hace unos días me salió un cuento para ella, basado en un rompimiento que dolió en su momento y que ahora me divierte mucho porque acabé bailando hasta la madrugada con unas niñas y unas señoras en una fiesta mayor. No fue evasión, lo que me hizo pasar del dolor a la alegría fue ese hechizo que ella lanzaba a los que bailábamos su música.

En algunos talleres de escritura, elegantemente me han dicho que aún estoy buscando mi voz, en referencia a mi versatilidad aleatoria, aunque también lo llaman inconsistencia. No pasa nada: y qué tiene, pienso. Me gusta, algo se enciende dentro de mí cuando escribo. Explota, explota mi corazón. Igual que Raffaella, quizá no tengo una gran voz, pero tengo desparpajo. 



*Liliana López León nació el 17 de junio de 1984 en Mexicali, Baja California. Es doctora en Medios, Comunicación y Cultura por la Universitat Autònoma de Barcelona. Es maestra en Estudios Socioculturales por el Instituto de Investigaciones Culturales-Museo UABC, y Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la UABC. Ha sido profesora en distintos niveles educativos, de bachillerato a posgrado. Ha publicado varios libros y artículos académicos. Le gusta la ciencia ficción y las bicicletas clásicas. Ha publicado relatos cortos de ficción como: Aurora Mishina (2020) en la revista Pez Banana y Una camiseta de los Coquette para Gabi (2022) en Revista Sputnik, así como algunos microrrelatos en editorial Diversidad Literaria (2014-2015).
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