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Chavos: fajen, no estudien

Por Eusebio Ruvalcaba. Sin dolor, sin sentimientos de culpa —eso déjenlo para los fresas, para los poetas, para los intelectualitos. Fajen todo lo que puedan. Fajen sin fajar. Esa chava que los trae vueltos locos fájenla en su imaginación.

14 agosto 2014

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Ensayo

Chavos: fajen, no estudien

Porque si no lo hacen ahora, el día de mañana ni tiempo van a tener. Ni ganas.

Estudien lo mínimo para pasar, para que sus jefes no la hagan de jamón. Que se vayan con la finta de que están aprovechando el tiempo a lo bestia. Consideren las ventajas: primero que nada, llevarse la fiesta en paz —no hay nada más insensato que tener todos los días broncas con el jefe; porque los weyes son vengativos: empiezan restringiendo el uso de la nave (ya se les olvidó cuando eran chavos), o por bajarle el domingo (si te da, digamos, 200 morlacos, le quita 50 como si nada), o por insinuarte que en la casa hay muchos gastos, que le metes al MB o mejor te vas buscando chamba. (Pero la culpa es tuya porque tienes acostumbrado a tu jefe a que cuando quieres la haces, que nadie te supera, que eres muy piola, sácale punta y te la vienen pérez prado y sus cometas. De cualquier modo para qué te esfuerzas. Si al cabo de los años vas a acabar trabajando en cosas que ni te gustan.)

Siempre que doy una charla en prepa, me asombra que haya tantos chavos. Entonces les digo que les hacen falta huevos, que qué hacen ahí, a la expectativa de escuchar a un —perdónenme la palabra— escritor. Y les digo las cosas como son: que yo a su edad pues en primer lugar nunca iba un escritor —repito, perdón por el terminajo—a dar ninguna charla de nada, porque ni quien pelara a semejantes perdularios (córranle al diccionario). Que si no podrían estar haciendo algo mejor: como quemar en el coche del hijo de papi, o estar fajándose a una chava, o bebiéndose un jale nomás para soportar la melancolía, la decepción de que la vida es tan vacía, o simple y llanamente para quemar con lágrimas y mocos tanta tristeza, miseria y podredumbre que ni se explican. Me oyen los chavos y en los ojos de uno, de otro, de aquél, de pronto descubro el gesto de que este wey tiene razón, pero de aquí no me puedo mover porque la maestra me reprueba.

Pobres.

Fajen. Fajen a lo bestia. Mastúrbense. Huelan a las mujeres. Olfatéenlas. Síganlas. Por el puro olor. Por el puro amor a esas piernas maravillosas, cachondísimas —al carajo las gimnastas, pesistas, boxeadoras y demás hembras con cuerpo de hombre; enamórense de la femineidad, de la belleza, de las mujeres con senos prodigiosos, con labios jugosos que se antoja besar, morder, exprimir, sacarles todo el jugo. Por el puro amor a esas tetas grandes o chiquitas, siempre hechas a la medida de la boca, de la boca de ustedes: chavos con la vida en un puño, chavos nacidos para amar a una mujer —o a un hombre, cada quien—, a muchas mujeres (entre más mejor; no te detengas, no seas fiel —deja eso para los ruquitos que ya ni se les para—, no te enamores de una sola mujer porque te va a sacar hijos y te vas a joder, te jodiste para siempre. No vas a poder dar un paso en libertad, y vas a ver volar los pájaros y te va a dar envidia, y de pronto vas a querer amar a esa chava como lo hiciste alguna vez y te vas a dar cuenta que ya no es la misma, que algo pasó porque ya es otra: ya no coge igual, ya no se peina igual, ya no chupa contigo, ya no hace el amor en los sitios más impensados, y vas a llorar y te vas a preguntar qué hiciste, en dónde la cagaste, y no hay respuesta para todo eso).

Sin dolor, sin sentimientos de culpa —eso déjenlo para los fresas, para los poetas, para los intelectualitos. Fajen todo lo que puedan. Fajen sin fajar. Esa chava que los trae vueltos locos fájenla en su imaginación. Es de ustedes. Es tuya. Nadie se las podrá quitar. Pasen su lengua por esa piel. Cuando la vean. Cuando le hablen —si es que le hablan—, ella lo va a notar. Va a saber que ustedes la han visto desnuda. Que la han fajado en la clase, en la parada de la micro, en la biblioteca; subiendo la escalera, bajando, caminando por los pasillos, esperando —por los siglos de los siglos, amén— que salga de su casa, que entre, que se suba al carro, que se baje. No les va a quitar la vista porque sabe, muy en el fondo lo sabe, que ella es de ustedes. Que ella es tuya. Tuya y de nadie más. Así estalle la tercera, la cuarta o la quinta guerra mundial. Ella es tuya. Y tú eres capaz de matar por ella.

Y hablando de matar, no se maten estudiando. El día de mañana van a notar que ésa ni era su vocación. Que se equivocaron de carrera. Que tantas horas-nalga valieron para pura madre. El día de mañana se van a dar cuenta de que el gandalla ese que se terminó llevando las mejores viejas (denles las medallitas a ese wey) estudiaba lo mínimo.

Pero tampoco fanfarroneen. Es mejor hacer las cosas acá, por abajo del agua, porque se acaba sabiendo. Odio ponerme de ejemplo pero lo voy a hacer: yo hice cuatro años de prepa en lugar de tres, pero mis jefes eran híper confiadérrimos, confiaban ciegamente en mí, y néver les dije que había reprobado; así que según yo ya estaba yendo a la universidad, y seguía en la prepa. Cuando me preguntaron que quería de regalo por haber terminado la prepa les pedí un carro, que me dieron sin chistar. Puta, cómo la gocé. Llegaba yo a la prepa y me llevaba a las chavas a Cuernavaca, y en la carretera les hacía y les deshacía. Y mis jefes tan confiados. Jamás se dieron color. Pero para eso se necesitaba mucho aplomo. No cualquiera. Pero eso sí, nunca abrí la boca. Nadie sabía lo que yo estaba haciendo. Porque se hubiera sabido —todo se acaba sabiendo— y la madriza que me ponen.

Fajen, todo lo que puedan. Que esa vieja, acabando de fajar con ustedes se va a ir a fajar con otros. Así son. A quién carajos le importa la fidelidad. Y más vale que se acostumbren. Ustedes. Y más ahora que las mujeres son capaces de cambiar el amor sin mancha de un hombre por un par de pesas.

Deja que tu primo estudie, que saque las mejores calificaciones. Déjalo que hablen bien de él tus tías y tu abuelito, que sea el ejemplo. Ríete de él. Vale madre. Es aplicado porque le dan miedo las mujeres. Y si no fíjate dentro de un cacho de años con qué esperpento de mujer se va a casar. Con la más fea, de cajón. No hay de otra.

Fajen. Pero también espíen. Que por más que los mojigatos la hagan de tox y prohíban los placeres de la carne, siempre habrá una mujer que podrán espiar. Y dije siempre y lo subrayo. Así sea su hermana. La cual espero conocer algún día.


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Nacido en la ciudad de Guadalajara en 1951, Eusebio Ruvalcaba se ha dedicado a escuchar música. Cabal y rotundamente. Pese a que ha publicado ciertos títulos (Un hilito de sangre, Pocos son los elegidos perros del mal, Una cerveza de nombre derrota, El frágil latido del corazón de un hombre…), pese a que se gana la vida coordinando talleres de creación literaria y escribiendo en diarios y revistas, él dice que vino al mundo a escuchar música. Y a hablar sobre música. Y a escribir sobre música. 


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