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Ciudadano cero

Por Alejandro Carrillo | Como cada martes, lo invadió la pesadumbre del fracaso y la sensación de no pertenecer a ningún lugar. Durante el café pensó en Ana, la última fuente de su voluntad y de su vida.

30 marzo 2015

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Delirium Tremens | Por Alejandro Carrillo |


Ciudadano cero


 "Era un individuo de esos que se callan por no hacer ruido,
perdedor asiduo de tantas batallas
que gana el olvido."

Joaquín Sabina


Andrés despertó cerca de las cinco de la mañana, víctima de la tristeza. Una profunda náusea lo llevo al retrete y de ahí a la ventana de la habitación. Sintió la primera brisa mediterránea y el vértigo de saberse nueve pisos por encima de la Diagonal. Por un momento sintió fortuna y contuvo el llanto.


Como cada martes, lo invadió la pesadumbre del fracaso y la sensación de no pertenecer a ningún lugar. Durante el café pensó en Ana, la última fuente de su voluntad y de su vida. Casi sin querer, recordó su denso cabello, sus ojos grandes y su láctea piel; le vino a la mente algún gesto burlón y por un momento creyó escuchar el susurro de su voz hablándole por encima del hombro durante el desayuno. Una voz cuya tesitura tuvo la bondad de calmar la sobrecarga emocional de un hombre delgado, incapaz de controlar sus impulsos.


“Un día voy a hacer algo por lo que todos recordarán mi nombre”, se dijo para sus adentros como otros tantos martes, y bebió el último sorbo de café. Se metió a la regadera y canturreó la única tonada capaz de salvar el mundo conocido. Zapatos, pantalón, camisa. Se anudó la corbata con cierto recelo frente al espejo y salió con el saco en una mano y el equipaje en la otra. Entregó la llave de la habitación y abordó un taxi con rumbo al aeropuerto. Su avión despegaba a las 9:55.


Durante el trayecto, sintió el nervio común que antecede cualquier viaje y como tantas veces recordó las palabras con las que su madre lo reprendió aquel día de hace veintitantos años; el día que se sintió pájaro y aterrizó de emergencia en el jardín trasero y con la pierna en tres pedazos: “Vuela todo lo que quieras, pero nunca llegarás a Neptuno”. 


Se le hizo temprano y compró el diario antes de abordar el vuelo 9525 que lo llevaría a casa. Leyó noticias hasta donde su malograda vista se lo permitió. Sintió tensión y angustia, le sudaron las manos, le temblaron las piernas. Fue al baño a vomitar hiel, se refrescó la cara y con un buche de agua se pasó la olanzapina que tanto bien había traído a su vida desde el abandono de Ana.


Pasó la angustia y subió al avión a las 9:30. Saludó a la tripulación y le dio el primer reporte al capitán. A las 10:00 en punto, como tantos martes, Andrés volaba al norte a bordo del vuelo 9525 con destino a casa. 


Ya más relajado, Andrés supo atender las trivialidades y la jerga aeronáutica del capitán  durante veinte minutos. A las 10:27, el A-320 alcanzó los 38 mil pies de altura y el capitán le pidió al copiloto preparar el aterrizaje, -vamos a ver, ojalá- respondió Andrés. El capitán abandonó la cabina para ir a orinar. A las 10:31 inició el declive.


Cuatro minutos le bastaron a Andrés para convertir el tedio matinal en adrenalina, cuatro minutos para ocupar el asiento del capitán, cuatro minutos para cerrar la puerta de la cabina y activar el sistema de descenso, cuatro minutos para recordar esas vacaciones invernales de la infancia, cuatro minutos para grabarse  la cara de Ana, cuatro minutos para ver de cerca el paisaje alpino a setecientos kilómetros por hora y otros cuatro minutos para caer diez mil metros en picada -cuatro minutos para hacer algo por lo que todos recordarán su nombre-.


Lejos de esa cabina quedaron los gritos de la tripulación y las súplicas del capitán pidiendo que “por el amor de dios, abriera la maldita puerta”. Andrés no tuvo tiempo de escuchar los alaridos de horror de ninguno de los setenta y tres alemanes, ni de los treinta y cinco españoles, ni del holandés, ni de la británica, ni del colombiano, ni de las dos mexicanas, ni del matrimonio argentino, ni del danés, ni del belga, ni del israelí, ni de los dos iraníes, ni de los dos venezolanos, ni de los norteamericanos. Tampoco escuchó las llamadas de la torre de control ni las alertas de pérdida de altitud. 


Lejos quedaron la vista nublada, los trastornos psicosomáticos y los antidepresivos; lejos quedó la restricción del psiquiatra para volar, lejos la voz de Ana, lejos el insomnio, lejos la náusea, lejos el vacío, lejos Neptuno, lejos la amargura, lejos las nubes.


Son las 10:41 y Andrés con la piel eriza frente a la ventanilla de la cabina, siente nuevamente la primera brisa mediterránea y el vértigo de saberse nueve pisos por encima de dios. Siente por un momento fortuna y no puede contener el llanto. Andrés frente al macizo de Trois-Évêchés, canturreando la única tonada capaz de salvar el mundo conocido.


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El Autor: Escribidor, mecánico tornero, periodista, rockero tumbado, diputado legítimo, corredor y corredor de apuestas, revolucionario de congal, fotógrafo, cinéfilo, miembro del Proyecto Mayhem y bebedor semi-profesional. Me enamoro de todo, me conformo con nada. @alexiliado 
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